La Familia del Vourdalak

Fragmento Inédito de las Memorias de un Desconocido
(Sem'ya Vurdalaka-1847)

En el año de 1815 se reunió en Viena lo más distinguido en materia de erudición europea, espíritus brillantes de la sociedad y de enormes capacidades diplomáticas. Cuando el Congreso concluyó, los monárquicos emigrados se preparaban para regresar definitivamente a sus castillos, los guerreros rusos a ver de nuevo sus hogares abandonados y algunos polacos partían a disgusto por tener que llevar con ellos su amor a la libertad a Cracovia, para ponerla bajo la triple y dudosa independencia que supuestamente habían logrado el príncipe Metternich, el príncipe de Hardenberg y el conde de Nesselrode.

Parecido al fin de un baile animado, la reunión hacía poco tiempo muy concurrida se redujo a un pequeño número de personas dispuestas al placer que, fascinadas por los encantos de las damas austriacas, se demoraban en cerrar el equipaje y postergaban su marcha.

Esta feliz sociedad, de la que yo formaba parte, se reunía dos veces por semana en el castillo de la señora princesa viuda de Schwarzemberg, a pocas millas de la ciudad, al lado de un pequeño burgo llamado Hitzing. Los buenos modales de la anfitriona del lugar eran realzados por la gentil amabilidad y la finura de su espíritu, y hacían deleitosa la estancia en su residencia.

Las mañanas estaban destinadas a dar paseos; merendábamos todos juntos, en el castillo o en los alrededores y, en la noche, sentados alrededor de un agradable fuego de chimenea, nos entreteníamos conversando y contando historias. Estaba estrictamente prohibido hablar de política. Ya habíamos tenido demasiado, y preferíamos los relatos de leyendas de nuestros respectivos países o de nuestras evocaciones.

Una noche, cuando ya cada uno había contado alguna cosa y nuestros ánimos se encontraban en ese estado de tensión que por lo común la oscuridad y el silencio incrementan, el marqués de Urfé, viejo emigrado a quien todos estimábamos por su alegría juvenil y por la forma atrevida de hablar de su antigua buena fortuna, aprovechó un momento de silencio y tomó la palabra:

—Vuestras historias, señores —nos dijo—, sin duda son asombrosas, pero es de mi parecer que les falta algo esencial, quiero decir, la autenticidad. Que yo sepa ninguno de vosotros ha visto con sus ojos las cosas maravillosas que acaban de narrar, como tampoco puede asegurar su veracidad bajo palabra de honor.

Fuimos obligados a reconocerlo y el anciano, acariciándose la papada, continuó:

—En cuanto a mí, señoras, no conozco sino una sola aventura de ese género, pero al mismo tiempo es tan extraña, tan horrible, y tan verdadera que ella sola es suficiente para herir de espanto el espíritu del más incrédulo. Desgraciadamente fui testigo y actor al mismo tiempo, y aunque no me gusta recordarla, esta vez con placer les narraré la historia, siempre que las damas lo consientan.

La aprobación fue unánime. Algunas miradas, temerosas ante la perspectiva de escuchar una narración verdadera, se posaron en los cuadros de luz que comenzaban a dibujarse sobre la duela; pero pronto el pequeño círculo se fue cerrando y cada uno hizo silencio para escuchar la historia del marqués.

El señor de Urfé tomó una porción de tabaco, la fumó lentamente y comenzó diciendo:

—Antes que nada, señoras mías, les pido una disculpa si en el transcurso de mi narración sucede que hablo de mis asuntos amorosos más de lo que conviene a un hombre de mi edad. Pero deberé mencionarlos para la comprensión del relato. Además, se perdona a la vejez tener momentos de confusión, y será su culpa señoras mías, si al verlas tan hermosas frente a mí, me siento tentado a creer que soy un joven mozo. Les diré sin más preámbulos que en el año de 1759 yo estaba perdidamente enamorado de la bella duquesa de Gramont. Esa pasión que creí entonces profunda y duradera no me dejaba en paz ni de día ni de noche, y la duquesa, como suelen hacer las mujeres bonitas, se complacía en coquetear para acrecentar mis tormentos. Tanto que en un momento de desesperación, fui a solicitar y obtuve una misión diplomática cerca del hospodar de Moldavia, durante las negociaciones con el gabinete de Versalles y sería tan aburrido como inútil detallarlas. La víspera de mi partida, me presenté en casa de la duquesa. Ella me recibió menos sarcástica que de costumbre y me dijo con una voz que dejaba traslucir cierta emoción:

—De Urfé, comete usted una locura. Pero le conozco y sé muy bien que nunca se retracta cuando ya ha tomado una decisión. Así que no le demando sino una cosa: acepte esta pequeña cruz como prueba de mi amistad, y llévela puesta hasta su regreso. Es una reliquia que para mi familia tiene una gran valor.

Con una galantería, quizá para el momento fuera de tono besé no la reliquia, sino la encantadora mano que me la ofrecía y me la puse alrededor del cuello. Es la misma cruz que aquí muestro; desde ese día nunca me he separado de ella.

No las fatigaré, señoras, con los detalles del viaje, ni con las observaciones que hice de los húngaros y de los serbios, un pueblo empobrecido e ignorante pero valiente y honesto, que a pesar de estar bajo el dominio turco no había olvidado ni su dignidad ni su antigua independencia. Será suficiente decirles que haber aprendido un    poco del idioma polaco durante una estadía en Varsovia, facilitó mi instrucción y en poco tiempo me adiestré en el serbio, ya que esos dos idiomas, al igual que el ruso y el bohemio, como deben saber, no son sino ramas de una misma y única lengua que llaman eslava.

Ahora bien, sabía lo suficiente para hacerme entender, cuando un día llegué a un pueblo, cuyo nombre interesa apenas. Encontré a los habitantes de la casa en donde iba a hospedarme sumergidos en una consternación que me pareció tanto más inusual puesto que era domingo, día en que el pueblo serbio acostumbra entregarse a los más diversos placeres, tales como el baile, el tiro de arcabuz, la lucha, etc. Atribuí la forma de actuar de mis anfitriones a alguna desgracia reciente, y ya iba a retirarme cuando un hombre como de treinta años, alto de estatura e imponente, se acercó y me tomó de la mano.

—Pase, pase, extranjero —me dijo—, no se moleste por nuestra tristeza, cuando conozca la causa nos entenderá.

Me contó entonces que su anciano padre, llamado Gorcha, hombre de carácter inquieto e intratable, un día se había levantado de su cama y había descolgado de la pared su gran arcabuz turco.

—Muchachos —les había dicho a sus dos hijos, Georges y Pierre—, me voy a la montaña para reunirme con los valientes que persiguen a ese perro de Alibek (ése era el nombre de un bandolero turco que entonces asolaba al país). Espérenme durante diez días, y si no regreso al décimo, hagan decir una misa de difuntos, puesto que estaré muerto. Pero —añadió el viejo Gorcha poniéndose aún más circunspecto—, si yo regresara (de esto Dios los guarde) después de cumplirse los diez días, por sus vidas no me permitan de ningún modo entrar. Si esto ocurre, les ordeno olvidar que fui su padre y que me atraviesen con una estaca de álamo sin tomar en cuenta lo que yo pueda decir o hacer, ya que para ese momento no seré sino un maldito vourdalak que vendrá a succionar vuestra sangre.

Es oportuno decir, señoras mías, que los vourdalaks o vampiros de los pueblos eslavos no son otra cosa que cuerpos muertos, salidos de sus tumbas para succionar la sangre de los vivos. Hasta ahí sus costumbres son las mismas de todos los vampiros, pero tienen otra que los hace más temibles. Los vourdalaks, señoras mías, prefieren succionar la sangre de sus familiares más cercanos y de sus amigos más íntimos, quienes al morir se convierten en vampiros a su vez, de manera que se afirma haber visto en Bosnia y en Hungría poblaciones enteras convertidas en vourdalaks. El abad Agustín Calmet, en su curiosa obra sobre aparecidos, cita ejemplos escalofriantes. Los emperadores de Alemania en varias ocasiones han nombrado comisiones encargadas de esclarecer casos de vampirismo. Se levantan actas, se exhuman cadáveres encontrados ahítos de sangre y se les quema en las plazas públicas luego de perforárseles el corazón. Magistrados que son testigos de esas ejecuciones afirman haber escuchado a los cadáveres emitir alaridos al momento en que el verdugo hendía la estaca en sus pechos. Los mismos magistrados han hecho la deposición formal y lo corroboran sus juramentos y sus firmas.

Después de estas referencias, les será más fácil comprender, señoras, la impresión que produjeron las palabras de Gorcha en sus hijos. Los dos se hincaron a sus pies y le suplicaron que se les dejara ir en su lugar; pero, por toda respuesta, él les dio la espalda y se puso en marcha canturreando el estribillo de una antigua balada. Precisamente el día en que llegué al pueblo, expiraba el plazo fijado por Gorcha, y no me costó trabajo comprender la desesperación de esos jóvenes.

Se trataba de una familia buena y honesta. Georges, el mayor de los dos hijos, era de marcados rasgos masculinos, aparentaba ser un hombre serio y decidido. Estaba casado y tenía dos hijos. Su hermano Pierre era un hermoso joven de dieciocho años, su fisonomía revelaba más dulzura que audacia, y parecía ser el favorito de una hermana menor llamada Sdenka, una joven que representaba muy bien la belleza eslava. Además de esa belleza indiscutible desde todo punto de vista, el parecido con la duquesa de Gramont me impresionó de entrada. Tenía en especial un rasgo en la frente que en toda mi vida no encontré sino en esos dos seres. Esa particularidad podía no agradar en una primera impresión pero se volvía irresistiblemente atractiva después de haberla visto más de una vez.

Ya fuera porque en ese tiempo era muy joven, ya fuera el parecido, aunado a un espíritu único e ingenuo, Sdenka provocó en mí un efecto irresistible. No habíamos conversado ni dos minutos y ya sentía por ella una simpatía demasiado viva como para que no amenazara en convertirse en un sentimiento más tierno si prolongaba mi estadía en el pueblo.

Estábamos reunidos delante de la casa en torno a una mesa provista de quesos y de cuencos de leche. Sdenka hilaba; su cuñada preparaba la merienda de los niños que jugaban en la arena; Pierre, con afectada despreocupación, silbaba mientras pulía un yatagán, o largo cuchillo turco; Georges, acodado sobre la mesa, la cabeza entre las manos y el ceño fruncido, parecía devorar el camino con los ojos, sin pronunciar una palabra.

Por lo que a mí se refiere, vencido por la tristeza general, miraba con melancolía cómo las nubes enmarcaban el cielo dorado y, entre un bosque de pinos, la silueta de un convento a medio esconder.

Ese convento, como lo supe más tarde, antaño gozó de una enorme celebridad gracias a una imagen milagrosa de la Virgen, que según la leyenda los ángeles habían conducido y colocado en un roble. Pero al inicio del siglo pasado, cuando los turcos invadieron el país, degollaron a los monjes y saquearon el convento. De él no quedaban sino unos cuantos muros y una capilla comunicada por una especie de ermita. Este último acogía en sus ruinas a los curiosos y brindaba refugio a los peregrinos que llegaban a pie, venidos de un santo lugar a otro, para rendir las       devociones en el convento de la Virgen del Roble. Ya dije antes que esto lo supe tiempo después. Esa tarde, yo pensaba en cosas que distaban mucho de la arqueología serbia. Como sucede a menudo, cuando se deja volar la imaginación, evocaba tiempos pasados, los días de mi infancia, la querida patria, Francia, a la que había abandonado por un país lejano y salvaje.

Recordaba a la duquesa de Gramont y, por qué no confesarlo, en la distancia recordaba también a algunas damas de mi época, abuelas vuestras, cuyos rostros, después del de la encantadora duquesa, se deslizaban en mi corazón. Rápidamente olvidé a mis anfitriones y su desasosiego.

De pronto Georges rompió el silencio:

—Mujer —dijo—, ¿a qué hora partió el viejo?

—A las ocho —respondió la mujer—. Escuché con claridad las campanas del convento.

—Entonces está bien —siguió diciendo Georges—, no pueden ser más de las siete y media—. Y enmudeció fijando otra vez los ojos el largo camino que se perdía en el bosque.

Olvidé decirles, señoras, que cuando los serbios sospechan de algún vampirizado, evitan llamarlo por su nombre o de manera directa, puesto que para ellos es hacerlo salir de su tumba. También Georges, desde hacía algún tiempo, al hablar de su padre no se refería a él de otro modo sino como el viejo.

Se quedó otro rato en silencio. De pronto, uno de los niños, tirando del delantal de Sdenka, preguntó:

—Tía, ¿cuándo regresará el abuelo a la casa?

Una bofetada fue la respuesta de Georges a la pregunta inoportuna. El niño se puso a llorar, y su hermano más pequeño interrogó asombrado y temeroso:

—¿Por qué, padre, nos prohíbe hablar del abuelo?

Otra bofetada le cerró la boca. Los dos niños se pusieron a chillar y la familia entera se santiguó.

En eso estábamos cuando escuché las campanas del convento dar poco a poco las ocho. Apenas el primer toque resonaba en nuestros oídos vimos una forma humana salir de la espesura del bosque y avanzar lentamente hacia nosotros.

—¡Es él! ¡Alabado sea Dios! —gritaron al unísono Sdenka, Pierre y su cuñada.

—¡Dios nos guarde! —dijo Georges preocupado—, ¿cómo saber si los diez días transcurrieron o no?

Todos lo miraron con pánico, mientras la forma humana seguía avanzando. Era un viejo de gran altura con un bigote plateado, la cara pálida y severa y que se arrastraba a duras penas con la ayuda de un bastón. A medida que se acercaba, el rostro de Georges se hacía más sombrío. Una vez que el recién llegado estuvo muy cerca, se plantó y recorrió a su familia con unos ojos que no parecían ver, de tan apagados y hundidos en sus órbitas.

—¡Bueno! —dijo con una voz cavernosa—, ¿nadie me va a recibir?, ¿qué significa ese silencio?, ¿no ven que estoy herido?

Entonces me di cuenta que el viejo sangraba por el costado izquierdo.

—¡Ayude a su padre a sostenerse! —dije a Georges—. ¡Sdenka, usted vaya a preparar alguna medicina, este hombre está a punto de desfallecer!

—Padre mío —dijo Georges acercándose a Gorcha—, muéstreme su herida, sé de estas cosas y lo voy a curar.

Se acercó para abrirle las vestiduras, pero el viejo lo rechazó bruscamente y ocultó la lesión tras sus manos.

—¡Quítate, torpe —dijo—, me haces daño!

—Pero entonces, ¡es en el corazón donde trae la herida! —gritó Georges palideciendo—. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Quítese esas ropas, es urgente, urgente le digo!

El viejo se irguió.

—¡Cuídate mucho —dijo con su voz hueca— de tocarme, pues si lo haces, te maldeciré!

Pierre se puso en medio de Georges y de su padre.

—¡Déjalo! ¿no te das cuenta que lo lastimas?

—¡No le lleves la contra —añadió su mujer—, sabes que nunca lo ha tolerado!

En ese momento vimos a un rebaño regresar de pacer, entre una nube de polvo, que se dirigía hacia la casa. El perro pastor que lo conducía, o no reconoció a su viejo amo, o por otro motivo ignorado, desde el momento en que percibió la presencia de Gorcha se detuvo, y, con el pelambre erizado, comenzó a aullar como si viera algo sobrenatural.

—¿Qué le pasa a ese perro? —dijo el viejo cada vez más enojado—, ¿qué significa todo esto?, ¿me he convertido en un extraño en mi propia casa?, ¿diez días pasados en la montaña me cambiaron hasta el punto de que ni mis perros me reconocen?

—¿Escuchaste? —dijo Georges a su mujer.

—¿Qué cosa?

—¡Reconoce que pasaron los diez días!

—¡No, pero si regresó dentro del plazo fijado!

—¡Está bien, está bien, yo sé lo que tengo que hacer!

Como el perro seguía aullando, vociferó:

—¡Maten a ese perro! ¿No me escuchan?"

Georges no se movió, pero Pierre se levantó con lágrimas en los ojos, tomó el arcabuz de su padre y disparó. El perro rodó por el suelo.

—¡Era mi perro preferido —dijo en voz baja—, no entiendo porqué ha querido que lo mataran!

—¡Porque lo merecía! —dijo Gorcha—. ¡Vamos, quiero entrar, hace mucho frío!

Mientras eso sucedía afuera, Sdenka preparó para el viejo una tisana hecha de aguardiente hervido con peras, miel y raíces secas. Pero su padre la rechazó con asco. Mostró la misma aversión al plato de carnero con arroz que le sirvió Georges, y finalmente fue a sentarse en un rincón del hogar, mascullando palabras ininteligibles.

Un fuego hecho de pinos chispeaba en la chimenea y alumbraba vacilante el rostro pálido y derrotado del viejo, y sin esa luz se habría dicho que era la cara de un muerto. Sdenka fue a sentarse junto a él.

—Padre mío —le dijo—, no desea tomar alguna cosa ni descansar. ¿Y si nos contara sus aventuras en las montañas?

Al decir esto la joven sabía que tocaba un punto débil, pues al viejo le encantaba narrar historias de guerras y combates. Se dibujó una sonrisa en sus labios descoloridos, sus ojos permanecieron inexpresivos y pasando las manos por sus hermosos cabellos blancos, respondió:

—Sí, hija mía; sí, Sdenka, me gustará mucho narrarte lo que sucedió en las montañas, pero será otro día, ahora estoy muy cansado. Entretanto te adelantaré que Alibek ya no existe y que por mi mano murió. Si alguien lo duda  —siguió el viejo paseando la mirada sobre su familia—, ¡aquí está la prueba!

Desató una especie de alforja que le colgaba de la espalda y extrajo una cabeza pálida y cruel, que aún no excedía en estas características al rostro del viejo. Nos volvimos horrorizados, y Gorcha se la entregó a Pierre:

—Toma —le dijo—, ¡colócame esto encima de la puerta, para que la gente que pase sepa que Alibek está muerto y que los caminos están limpios de bandoleros, exceptuando, claro está, a los jenízaros del Sultán!

Pierre acató la orden con repugnancia.

—¡Ahora comprendo —dijo el viejo—, que ese pobre perro aullaba por olfatear la carne muerta!

—Sí, olió carne muerta —respondió con tristeza Georges, que había salido sin que nos diéramos cuenta y en ese momento entraba portando en la mano un objeto que me pareció una estaca y fue a depositarlo en un rincón.

—Georges —le dijo su mujer en voz baja— ¿no estarás pensando...?, espero.

—Hermano —añadió Sdenka—, ¿qué vas a hacer?   Pero no, ¿no harás nada, verdad?

—¡Déjenme —respondió Georges—, yo sé lo que debe hacerse y no haré nada que no sea necesario!

Entretanto había llegado la noche, la familia fue a acostarse en una parte de la casa separada de mi habitación solamente por un tabique muy delgado. Reconozco que lo sucedido aquella tarde turbó la tranquilidad de mis pensamientos. La luz de mi cuarto estaba apagada, la luna penetraba por una ventana muy baja cercana a mi cama y dejaba caer sobre el piso y los muros resplandores blanquecinos, más o menos similares, queridas damas, a los que invaden el salón donde nos encontramos ahora. Quise dormir sin poder lograrlo. Atribuí el insomnio a la claridad de la luna; busqué algo que pudiera hacer las veces de cortina, pero no hallé gran cosa. Entonces, al percibir voces confusas detrás del tabique, me acerqué para escuchar mejor.

—Acuéstate, mujer —decía Georges—, Pierre, Sdenka, ustedes también. No se preocupen, yo velaré por ustedes.

—Pero Georges —dijo su mujer—, me toca a mí permanecer en vela, tú lo hiciste ayer y trabajaste todo el día, debes estar muy cansado. Soy yo la que debe cuidar a nuestro hijo mayor, no está muy bien desde ayer.

—¡Tranquilízate y vete a la cama —respondió Georges—, yo velaré por los dos!

—Pero hermano— intervino Sdenka, con su voz más dulce—, todo esto me parece inútil. Nuestro padre ya se durmió, mira cómo está calmo y apacible.

—Ninguna de las dos entiende —dijo Georges en un tono que no admitía réplica—. Les he dicho que deberán acostarse y dejarme hacer guardia.

De pronto se hizo silencio, sentí el peso de mis párpados y el sueño vino a apoderarse de mí.

Creí ver que la puerta de mi habitación se abría y que el viejo Gorcha aparecía en el umbral. Pero más que ver su forma, la intuía, pues la habitación de la que salió estaba muy oscura. Me pareció que sus ojos apagados intentaban adivinar mis pensamientos y trataban de seguir el ritmo de mi respiración. Primero adelantó un pie, después el otro. Luego con extrema precaución caminó con paso de lobo hacía a mí. De inmediato dio un salto hasta quedar a un lado de mi cama. Padecí una angustia indecible pero una fuerza oculta me mantuvo inmóvil. El viejo se inclinó y aproximó su cara lívida tan cerca de la mía que me pareció sentir su respiración difunta.

Hice un esfuerzo sobrehumano y desperté bañado en sudor. No había nadie en mi habitación, pero me volví hacia la ventana y descubrí al viejo Gorcha afuera, con el rostro pegado al vidrio y sus ojos espeluznantes mirándome fijamente. Tuve el ánimo suficiente para no gritar y el dominio para permanecer acostado, como si nada hubiera visto. Sin embargo, el viejo daba la impresión de haber venido a asegurarse de que dormía y no hizo ningún intento por entrar. Después de escudriñarme se alejó de la ventana y lo sentí caminar hacia el cuarto vecino. Georges se había dormido y roncaba tan fuerte que hacía temblar los muros. El niño tosió y reconocí la voz de Gorcha.

—¿No puedes dormir, pequeño?

—No, abuelo —respondió el niño—, ¡y me gustaría mucho hablar contigo!

—¡Ah! Quieres hablar, ¿y de qué?

—Quisiera que me contaras cómo, al combatir a los turcos, los venciste. ¡También yo lucharé contra ellos!

—Ya lo había pensado, por eso te traje un pequeño yatagán. Mañana te lo daré.

—No, abuelo, mejor dámelo ahora, ya que estás despierto.

—Y tú, ¿por qué durante el día no me dirigiste la palabra?

—¡Porque papá me lo prohibió!

—Tu papá es demasiado precavido. Entonces, ¿de veras te gustaría tener tu pequeño yatagán?

—¡Oh!, sí que me gustaría, pero no aquí, papá podría despertar.

—Entonces, ¿dónde?

—Si salimos, prometo portarme bien y no hacer el menor ruido.

Me pareció escuchar la risa burlona de Gorcha y oí que el niño se levantaba. No creía en los vampiros pero la pesadilla que acababa de tener afectó mis nervios y no deseaba cargar en el futuro con una culpa a cuestas, así que me levanté y golpeé el tabique lo suficientemente fuerte como para despertar a toda la familia. Me precipité hacia la puerta dispuesto a salvar al niño; estaba obstruida por fuera y el cerrojo no cedió pese a mis esfuerzos. Mientras intentaba derribarla, vi por la ventana al viejo con el niño en brazos.

—¡Levántense! ¡Levántense! —grité con furia, haciendo que el tabique se estremeciera con mis golpes.

Sólo Georges despertó.

—¿Dónde está el viejo? —me preguntó.

—¡Salga rápido —grité—, acaba de llevarse a su hijo!

Georges abrió la puerta de una patada, pues la suya también había sido cerrada por fuera, y se echó a correr hacia el bosque. Por fin conseguí despertar a Pierre, a su cuñada y a Sdenka. Nos reunimos delante de la casa y pasados unos minutos vimos a Georges regresar con su hijo. Lo encontró desmayado en el camino, pero pronto recobró la conciencia; no parecía estar más enfermo que antes.

Acosado por las preguntas, respondió que su abuelo no le había hecho ningún mal, que ambos habían salido para conversar pero una vez fuera perdió el conocimiento y no recordaba nada. Gorcha había desaparecido. El resto de la noche, como pueden imaginar, nadie durmió.

Al día siguiente me enteré que el Danubio, cuyo curso interceptaba el camino a un cuarto de legua del pueblo, comenzaba a arrastrar témpanos de hielo, lo que siempre ocurre en esas regiones hacia el fin del invierno e inicio de la primavera. El paso estaba obstruido y no podía ni pensar en la partida. Aun cuando lo hubiera podido, la curiosidad y una atracción cada vez más poderosa, me retuvieron. Más veía a Sdenka, más me sentía dispuesto a      amarla. No soy de ésos que creen en las pasiones súbitas e irresistibles de las que ofrecen tantos ejemplos las novelas; pero hay casos en los que el amor crece de prisa. La belleza única de Sdenka, ese extraño parecido con la duquesa de Gramont de la que huí en París para reencontrarla ahí, sumergida en las costumbres folklóricas, hablando un idioma extranjero y melódico, el rasgo peculiar por el que en Francia me habría dejado matar; todo eso, sumado a la rareza de mi situación y a los misterios que me envolvían, debieron contribuir a que naciera dentro de mí un sentimiento que, en otras circunstancias, quizá se hubiera manifestado vago y pasajero.

En el transcurso del día escuché cómo Sdenka conversaba con su hermano menor.

—¿Qué piensas de todo esto? —decía ella—, ¿también tú desconfías de nuestro padre?

—No me atrevo —respondió Pierre—, menos cuando el niño dice que no le hizo ningún daño. Y de la desaparición, tú sabes que nunca rindió cuentas de sus ausencias.

—Lo sé —dijo Sdenka—, pero entonces tenemos que protegerlo, ya conoces a Georges...

—Sí, sí, lo conozco. Hablar con él sería inútil, pero si le escondemos la estaca nunca irá a buscar otra, pues de este lado de las montañas no hay un solo álamo.

—Sí, escondámosla, pero no digamos nada a los niños, ya que podrían delatarse frente a Georges.

—Nos mantendremos alerta —dijo Pierre. Y luego se separaron.

Llegó la noche sin que tuviésemos noticias del viejo Gorcha. Al igual que la víspera, yo estaba acostado en mi cama y la luz de la luna invadía la alcoba. Cuando el sueño comenzó a hacer turbias mis ideas sentí como por instinto la proximidad del anciano. Abrí los ojos y su rostro lívido estaba pegado a mi ventana.

Esta vez quise levantarme, pero me fue imposible. Sentí entumecidos todos mis miembros. Luego de mirarme con insistencia, el viejo se alejó. Percibí cómo merodeaba alrededor de la casa y cómo, muy quedo, tocaba la ventana donde dormían Georges y su mujer. El niño daba vueltas en la cama y gimió en sueños. Pasaron algunos minutos en calma y volví a escuchar el toque en la ventana. Entonces el niño se quejó de nuevo y despertó...

—¿Abuelo, eres tú?

—Sí —contestó la voz apagada—, vengo a traerte el pequeño yatagán.

—Pero no me atrevo a salir, ¡papá me lo ha prohibido!

—¡No es necesario, sólo ábreme la ventana y ven a darme un abrazo!

El niño se levantó y abrió la ventana. Entonces, haciendo un llamado a mis fuerzas, descendí de la cama y me precipité a golpear el tabique. Georges se levantó al instante.

Lo escuché gritar, su mujer emitió un chillido. Muy pronto todos estaban reunidos en torno al cuerpo inerte del niño. Gorcha desapareció al igual que la noche anterior. Con muchas atenciones logramos que el niño viniera en sí, pero estaba débil y apenas respiraba. El infortunado ignoraba la causa de su desvanecimiento. La madre y Sdenka lo atribuyeron al susto de ser sorprendido hablando con su abuelo. Yo no dije una palabra. Cuando el niño se calmó, todos nos fuimos a recostar, excepto Georges.

Hacia el amanecer, Georges levantó a su mujer. Hablaron en voz baja. Sdenka se les acercó y la oí sollozar junto con su cuñada.

El niño había muerto.

Omito la consternación y la desesperanza de esa familia. A nadie se le ocurría atribuir la causa al viejo Gorcha.

Georges callaba, pero su expresión, siempre de desasosiego, tenía ahora algo terrible. Dos días pasaron sin que el viejo apareciera. La noche del tercero (ese mismo día tuvo lugar el entierro del niño) creí oír pasos afuera de la casa y una voz de anciano llamaba al hermano pequeño del difunto. Me pareció también que la cara de Gorcha estuvo pegada a mi ventana, pero no puedo asegurar si esto ocurrió en realidad o fue producto de mi imaginación, porque esa noche la luna estuvo escondida. De todas formas creí mi deber llamar a Georges. Interrogó al niño, y éste respondió que ciertamente su abuelo lo había llamado a través de la ventana. Georges le ordenó estrictamente a su hijo despertarlo si el viejo aparecía de nuevo.

Todas esas tribulaciones no evitaron que mi cariño por Sdenka creciera cada día más.

No había podido hablarle a solas desde la mañana. Y al llegar la noche, la idea de mi próxima partida afligió mi corazón. La habitación de Sdenka estaba separada de la mía por un pasillo que por un lado daba a la calle y a un patio por el otro.

Mis anfitriones ya estaban acostados cuando me dieron ganas de salir a dar un paseo para distraerme. Me adentré en el pasillo y vi entrebierta la puerta de la alcoba de Sdenka. Involuntariamente me detuve. El roce entre las telas de un vestido conocido hizo latir con fuerza mi corazón. Además escuché la letra de una balada cantada en voz baja. Se trataba del adiós que un rey serbio dirigía a su amada al momento de salir para la guerra.

"¡Oh, mi jóven álamo, decía el viejo rey, me voy a la guerra y tú me olvidarás!

"¡Los árboles que crecen al pie de la montaña son esbeltos y flexibles, pero tu tallo lo es más!

"¡Mecidos por el viento, los frutos del serbal son rojos, pero tus labios son más rojos que los frutos del serbal!

"¡Y yo soy como el viejo roble desprovisto de follaje, y mi barba es aún más blanca que la espuma del Danubio!

"¡Y tú me olvidarás, oh, mi alma, y yo moriré de pesadumbre pues mi enemigo, sin osar tocar a un viejo rey, no me matará."

Y la bella respondió: "Juro serte fiel y no olvidarte. Si llegara a faltar a mi promesa, después de tu muerte podrás venir a sorber toda la sangre de mi corazón!"

Y el viejo rey dijo: "¡Así sea! Y se marchó a la guerra. Y muy pronto la bella lo olvidó!"

Aquí se detuvo Sdenka, como temiendo completar la balada. Yo no podía contenerme. Esa voz tan dulce, tan expresiva, era la misma voz de la duquesa de Gramont... Sin pensar en nada, empujé la puerta y entré. Sdenka venía de quitarse una especie de corpiño que portan las mujeres de su país. Una camisa bordada en oro y roja seda, ajustada a su cintura por una sencilla falda a cuadros componían todo su atuendo. Sus hermosas y rubias trenzas estaban deshechas y el desaliño resaltaba los atractivos de la joven.

No se enojó por mi brusca entrada, pero la vi turbarse y enrojecer ligeramente.

—¡Ay! —me dijo—, ¿por qué ha venido usted y qué pensarán de mí si somos sorprendidos?

—Sdenka, alma mía —le dije—, tranquilícese, todo duerme a nuestro alrededor, sólo el grillo y el abejorro pueden escuchar lo que voy a decirle...

—¡Oh, amigo mío, salga, salga! Si mi hermano llega a sorprendernos, estaré perdida!

—Sdenka, no me iré si antes usted no promete amarme hasta el fin, como en la balada lo promete la bella al rey. Partiré muy pronto, Sdenka, ¿quién sabe cuándo nos volveremos a ver? Sdenka, yo la amo más que a mi alma, más que a mi libertad... mi vida, mi sangre le pertenecen... ¿no me daría usted, una hora en cambio?

—Muchas cosas pueden suceder en una hora —dijo Sdenka pensativa, pero dejando su mano entre la mía—. Usted no conoce a mi hermano —continuó ella temblando—; presiento que vendrá.

—¡Cálmese, Sdenka mía —le dije—, su hermano se encuentra fatigado de sus vigilias, y adormecido por el viento que juega entre los árboles; su sueño es profundo, larga la noche, y yo sólo le pido una hora! Y después, adiós... ¡acaso por siempre!

—¡Oh, no, por siempre no! —dijo con nerviosismo, y después retrocedió asustada de sus palabras.

—¡Oh, Sdenka! —grité—, no miro ni escucho otra cosa que usted, ya no soy mi dueño, obedezco a una fuerza superior, perdóneme, Sdenka! —Y actuando como un inconsciente la apreté contra mí.

—Usted no es mi amigo —dijo ella liberándose de mis brazos, y se refugió en el fondo de su alcoba. No sé qué le dije, yo mismo estaba confundido por mi audacia. No porque en esa ocasión me hubiera fallado, sino porque a pesar de la pasión que arrastraba, no podía sustraer mi sincero respeto por la inocencia de Sdenka.

Es verdad que al principio había aventurado algunas de las frases galantes que no disgustaban a las mujeres de nuestra época, pero pronto me sentí avergonzado, y renuncié al ver que la candidez de la joven le impedía adivinar lo que para otras como ustedes, lo veo en vuestras sonrisas, está sobreentendido.

Estaba ahí, delante de ella, sin saber qué decirle, cuando de pronto, la vi estremecerse fijando en la ventana unos ojos aterrorizados. Seguí la dirección de su mirada y vi con claridad la figura inmóvil de Gorcha, mirándonos desde afuera.

En ese mismo instante, sentí una pesada mano posarse sobre mi hombro. Me volví. Era Georges.

—¿Qué hace usted aquí? —me preguntó.

Desconcertado por ese reproche brusco, le señalé a su padre que todavía nos miraba a través de la ventana, y aunque huyó rápidamente, Georges lo alcanzó a ver.

—Sentí al viejo y vine a prevenir a su hermana —le dije.

Georges, queriendo leer en mi alma, me miró profundamente. Luego me tomó del brazo, me condujo hasta mi alcoba y se fue sin decirme una palabra.

A la mañana siguiente, la familia estaba reunida frente a la entrada de la casa, sentada en torno a una mesa bien provista de todo tipo de quesos y mantequillas.

—¿Dónde está el niño? —preguntó Georges.

—Está en el patio —respondió su mujer—, se divierte solo en su juego favorito: imaginar que combate a los turcos.

Apenas terminó de pronunciar la frase cuando, para sorpresa nuestra, vimos la figura de Gorcha acercarse desde la espesura del bosque. Caminaba lentamente hacia nosotros y se sentó a la mesa como el día de mi llegada.

—Padre, sed bienvenido —murmuró la nuera con voz apenas perceptible.

—Sed bienvenido, padre —repitieron en voz baja Sdenka y Pierre.

—¡Padre —dijo Georges con voz firme pero cambiando de color—, lo esperábamos para rezar!

El viejo se apartó frotándose las cejas.

—¡Rezaremos ahora mismo! —repitió Georges—, y haga el signo de cruz o la de San Jorge...

Sdenka y su cuñada se inclinaron hacia el viejo suplicándole pronunciar la oración.

—¡No, no —dijo el anciano—, no tiene ningún derecho de exigirme y, si insiste, lo maldeciré!

Georges se levantó y corrió hacia la casa. Y regresó con la furia en los ojos.

—¿Dónde está la estaca? —gritó—, ¿dónde la escondieron?

Sdenka y Pierre intercambiaron miradas.

—¡Cadáver! —dijo entonces Georges dirigiéndose al viejo—, ¿qué le hiciste a mi hijo mayor?, ¿por qué lo mataste? ¡Devuélveme a mi hijo, cadáver!

Y mientras decía esto se ponía cada vez más pálido y su mirada se inflamaba más aún.

El viejo, sin moverse, lo miraba con desprecio.

—¡Oh, la estaca, la estaca! —gritaba Georges—. ¡El que la haya escondido responderá por las desgracias que nos aguardan!

En ese momento oímos los alegres estallidos de risa del hijo menor; lo vimos llegar montando a caballo, sobre una estaca que él hacía galopar, y se acercó lanzando con su vocecita el grito de los serbios cuando atacan al enemigo.

A su vista la mirada de Georges resplandeció. Le arrancó al niño la estaca y se precipitó sobre su padre. Éste emitió un aullido y corrió hacia el bosque con tanta agilidad que parecía sobrenatural.

Georges lo siguió a través de la espesura y pronto los perdimos de vista.

Cuando Georges regresó a la casa, el sol ya se había puesto. Lo vimos pálido como la muerte y con los cabellos erizados. Se sentó junto al fuego y creí percibir que sus dientes castañeteaban. Nadie osó interrogarlo. A la hora en que la familia por costumbre se retiraba, pareció recobrar toda su energía y, llevándome aparte, me dijo de la manera más natural:

—Querido huésped, vengo de ver el río. Ya no hay témpanos, el camino está libre: nada impide su partida. En estos momentos resulta imposible —añadió lanzando una mirada a Sdenka— divertirse con nosotros. Le deseamos toda la buena suerte que sea posible aquí en la Tierra, y espero que usted guarde un buen recuerdo de nosotros. Mañana, al rayar el alba, encontrará el caballo ensillado y el guía listo para conducirlo. Adiós. De vez en cuando acuérdese de su anfitrión y perdónele si su estadía no estuvo exenta de adversidad, como él habría deseado.

Los severos rasgos de Georges, en ese momento me parecieron casi cordiales. Me acompañó hasta mi habitación y me estrechó la mano una vez más. Luego sus dientes castañetearon como si temblara de frío.

Solo, en mi alcoba, no pensaba ni por asomo acostarme, como ustedes podrán imaginar. Tenía otras preocupaciones. Muchas veces en mi vida me había enamorado. Había sufrido arrebatos de ternura, de despecho y de celos, pero nunca, ni siquiera cuando dejé a la duquesa de Gramont, sentí una tristeza similar a la que en ese momento me desgarraba. Antes de salir el sol me puse el atavío de viaje y quise intentar ver a Sdenka por última vez. Pero Georges me esperaba en el vestíbulo. La mínima posibilidad de verla me fue arrebatada.

Salté sobre mi caballo y partí al galope. Prometí que a mi vuelta de Jassy pasaría por este pueblo y esta esperanza tan lejana disipó poco a poco mi pesadumbre. Ya     pensaba con gozo en el regreso, y en mi imaginación se dibujaban recuerdos del porvenir con todos sus detalles, cuando un movimiento brusco del caballo casi me hizo caer. El animal se detuvo repentinamente, y poniéndose tenso, se paró, apoyándose en sus patas delanteras, y resopló ruidosamente, como suelen hacer los caballos cuando los acosa algún peligro. A cien pasos de mí distinguí un lobo cavando la tierra. Al oirnos, huyó. Hendí las espuelas en los costados del caballo y conseguí hacerlo avanzar. Entonces me dí cuenta que en el lugar donde estuvo el lobo había una sepultura reciente. Me pareció ver el extremo de una estaca que sobresalía algunas pulgadas de la tierra removida. Sin embargo, no puedo afirmarlo porque pasé velozmente por el lugar.

Llegado a este punto el marqués guardó silencio y tomó una porción de tabaco.

—¿Eso es todo? —preguntaron las damas.

—¡Desgraciadamente, no! —respondió el marqués de Urfé—. Lo que me resta por contarles forma parte de recuerdos que son todavía más dolorosos para mí, y al narrarlos creo librarme de ellos.

Los asuntos que me condujeron a Jassy, me retuvieron más tiempo del que esperaba. No cumplí con todos sino hasta seis meses después. ¿Qué puedo decirles? Es penoso confesarlo, en este mundo son pocos los sentimientos duraderos. El éxito de mi negociación, los estímulos que recibí del gabinete de Versalles, en una palabra, la política, esa vil política, que tanto nos ha mortificado en estos últimos tiempos, no tardaron en debilitar en mi alma el recuerdo de Sdenka. Además, la esposa de nuestro anfitrión, mujer bella y que hablaba perfectamente nuestro idioma, me honró al escogerme entre otros jóvenes extranjeros que residían en Jassy. Como estuve educado dentro de los principios de las cortes francesas, mi sangre gala se habría sublevado antes de pagar con ingratitud la benevolencia que me testimoniaba la bella. Por tanto correspondí galante a las ventajas que se me ofrecían, y también para defender los intereses y hacer valer los derechos de Francia,  comencé por avezarme en todo lo concerniente al hospitalario anfitrión.

Recibí un llamado de mi país y retomé una vez más el camino que me condujo a Jassy.

Ya no pensaba en Sdenka ni en su familia, hasta que una noche, galopando a campo traviesa, escuché las campanadas que anunciaban las ocho de la noche. Me pareció que ya había escuchado alguna vez ese sonido y mi acompañante anunció que provenía de un convento cercano. Le pregunté el nombre y me enteré que no era otro que el de la Virgen del Roble. Aceleré la marcha del caballo y en poco tiempo estábamos golpeando la puerta del convento. Un eremita vino a abrir y nos condujo a la estancia para los extranjeros. Lo encontré tan atiborrado de peregrinos que perdí las ganas de pasar ahí la noche y pregunté si podía hallar alguna casa de huéspedes en el pueblo.

—¡Encontrará más de una —me respondió el eremita profiriendo un suspiro—, gracias al infiel de Gorcha, las casas abandonadas no escasean!

—¿Qué quiere decir con eso? —inquirí—, ¿el viejo Gorcha todavía vive?

—¡Oh, no, ése está bien muerto y enterrado con una estaca clavada en el corazón! Pero antes de eso había succionado la sangre del hijo de Georges. El niño regresó una noche y llorando tras la puerta imploró que le abrieran pues tenía frío. La necia de su madre, siendo testigo de su entierro, no tuvo el valor para enviarlo de vuelta al cementerio y le abrió. Entonces el niño se lanzó sobre ella y la sorbió hasta morir. Fue enterrada, pero tornó para succionar la sangre de su otro hijo, luego la de su marido y finalmente la de su cuñado. A todos les tocó.

—¿Y Sdenka? —pregunté.

—¡Oh, ésa se volvió loca de dolor, pobre niña, ni me hable!

La respuesta del eremita no fue afirmativa pero no tuve el ánimo suficiente para repetir la pregunta.

—¡El vampirismo es contagioso! —continuó el eremita persignándose—. Numerosas familias en el pueblo son atacadas, en muchos casos perece hasta el último miembro, y si me cree, permanecerá esta noche en el convento. Aunque se quedara en el pueblo y usted no fuera devorado por los vourdalaks, el terror que experimentaría sería suficiente para dejar blancos sus cabellos antes de llamar a maitines. Yo soy un pobre religioso —continuó—, pero la misma generosidad de los viajeros me permite proveer sus necesidades. Tengo exquisitos quesos, uvas secas que le harán agua la boca y algunas botellas de vino de Tokay que no tienen nada que envidiar al que sirven a su Santidad.

En ese momento me pareció que el eremita se convertía en posadero. Creí que adrede me había narrado historias para no dormir en razón de hacerme agradable a los ojos de Dios al imitar la generosidad de los viajeros que proveen al santo para que éste sacie sus necesidades.

Además la palabra terror siempre hizo sobre mí el mismo efecto que el clarín hace sobre el corsario en tiempos de guerra. Hubiera sentido vergüenza de no haber salido de inmediato. Mi guía, tembloroso, me pidió permiso de permanecer y se lo di con gusto.

Tardé aproximadamente una media hora en llegar al pueblo. Lo encontré desierto. No refulgía una luz, no se dejaba oír una canción. Pasé en silencio por entre las casas, la mayoría de ellas me eran conocidas y llegué por fin a la de Georges. Ya fuera por sentimentalismo, ya por gallardía juvenil, fue ahí donde decidí pasar la noche.

Bajé de mi montura y toqué a la puerta de la cochera. Nadie me respondió. Empujé la puerta que se abrió rechinando los goznes y entré.

Amarré mi montura con todo y silla dentro del cobertizo en el que había una cantidad suficiente de avena, y avancé resuelto hacia la casa.

Como ninguna puerta estaba cerrada, las habitaciones parecían desiertas. La de Sdenka daba la impresión de haber sido abandonada la víspera. Algunos vestidos yacían aún sobre la cama. Las joyas que recibió de mí, entre ellas una pequeña cruz esmaltada que había adquirido al pasar por Pest, brillaban sobre una mesa al resplandor de la luna. No pude evitar sentir mi pecho oprimido, aunque el amor ya había pasado.

No obstante me arropé en mi abrigo y me tendí en la cama. De súbito, el sueño se apoderó de mí. No recuerdo con precisión los detalles, pero vagamente sé que vi de nuevo a Sdenka, hermosa, ingenua y cariñosa, igual que en el pasado. Viéndola, me arrepentía de mi egoísmo y de mi inconstancia. ¿Cómo pude, me preguntaba, abandonar a esta pobre niña que me amaba?, ¿cómo pude olvidarla? Luego su imagen se fundió con la de la duquesa y las vi a las dos en la misma persona. Me lanzaba a los pies de Sdenka, implorando su perdón. Todo mi ser, mi alma toda se sumergía en un laberinto inefable de felicidad y melancolía.

Ése era el rumbo de mis sueños cuando me despertó una música armoniosa parecida al murmullo de una brisa ligera sobre el campo. Me pareció escuchar que las espigas se encontraban en una misma melodía y que el canto de los pájaros se mezclaba con el fluir de un manantial y con el murmullo de los árboles. Luego todos esos sonidos confusos no me parecieron sino el roce de un vestido de mujer, abrí los ojos y vi a Sdenka junto a la cama. La luna refulgía con tal fulgor que pude distinguir los detalles más pequeños y adorables que me habían sido tan queridos en otro tiempo. Encontré a Sdenka más hermosa y madura. Iba con el mismo arreglo que la última vez que la vi: una simple camisa de seda bordada en oro y una falda estrechamente ajustada a sus caderas.

—¡Sdenka! —le dije incorporándome—, ¿es usted, Sdenka?

—Sí, soy yo —me respondió con dulzura y tristeza a la vez—, la misma Sdenka que olvidaste. Ay, ¿por qué no viniste antes? ¡Ahora todo se ha acabado, es mejor que te vayas! ¡Un momento más y estarás perdido!¡Adiós, amigo, adiós para siempre!

—¡Sdenka —le dije—, supe que ha sufrido usted numerosas desgracias! ¡Venga, hábleme de ello, eso aligerará sus penas!

—Amigo mío, no hay que creer todo lo que se dice de nosotros; pero váyase, váyase rápido, porque si permanece aquí, su ruina es segura.

—Pero Sdenka, ¿qué peligro será ése que me amenaza? ¿No podría concederme aunque fuera una hora para platicar con usted?

Sdenka se estremeció y un cambio se operó en toda su persona.

—Sí, claro —dijo ella—, una hora, una hora, ¿al igual que esa noche, cuando cantaba la balada del viejo rey, y tú entraste en esta habitación? ¿Es eso lo que quieres decir? ¡Hecho, te concedo una hora! Pero no, no —dijo ella, retractándose—, vete. ¡Sal rápido, te digo! ¡Huye... huye mientras puedas!

Una energía salvaje animaba sus rasgos.

No entendía el motivo que le hacía decir esas cosas, pero estaba tan hermosa que resolví permanecer a su pesar. Finalmente cedió a mi petición, se sentó cerca de mí, me habló del pasado, y me confesó, enrojeciendo, que me había amado desde el primer día. Mientras tanto, percibí que un cambio paulatino se iba operando en Sdenka. La timidez de otro tiempo dio paso a la desenvoltura. Su mirada, antes cohibida, hoy era atrevida. En fin, vi con asombro que su manera de ser conmigo estaba lejos de la modestia que antaño la distinguía.

¿Será posible, me dije, que Sdenka no fuera la joven pura e inocente que aparentaba ser hace dos años? ¿Habrá actuado por miedo a su hermano? ¿Habré sido vilmente engañado con una virtud prestada? Pero entonces, ¿porqué me suplicó partir? ¿No será una astucia de la coquetería? ¡Y yo que creía conocerla! ¡Pero, qué importa! Si Sdenka no es una Diana como lo creí, bien puedo compararla con otras divinidades, no menos encantadoras, y, ¡alabado sea Dios!, prefiero el papel de Adonis al de  Acteón.

Si esa sentencia clásica, que me dirigí a mí mismo, les parece fuera de tono, señoras mías, tengan presente que la historia que tengo el honor de contarles sucedió en el año de 1758. En esa época la mitología estaba en boga y yo no hago alardes de ir más rápido que el siglo. Las cosas han cambiado desde entonces, y no fue hace mucho que la    Revolución, echando abajo los principios paganos y los cristianos, entronizó a la deidad Razón en su lugar. Esta deidad, señoras mías, jamás fue mi patrona, menos cuando me hallé frente a una mujer, y en la época de que les hablo, estaba aún menos dispuesto a ofrecerle sacrificios. Yo me abandoné sin reservas a la inclinación que me conducía a Sdenka y me dejé llevar por sus provocaciones. Había transcurrido algo de tiempo en dulce intimidad, y jugando a adornar a Sdenka con todas sus joyas, quise rodear su cuello con la pequeña cruz esmaltada que había visto sobre la mesa. A mi gesto, Sdenka retrocedió sobresaltada.

—¡No más juegos, amigo mío —me dijo—, deja ahí esa fruslería y hablemos de ti y de tus proyectos!

El ofuscamiento de Sdenka me hizo reflexionar. Mirándola con atención, remarqué en su cuello la ausencia de las muchas imágenes santas, relicarios y saquitos con incienso que los serbios acostumbran llevar puestos desde que son niños hasta su muerte, y que Sdenka portaba en otro tiempo.

—Sdenka —le dije—, ¿dónde están las imágenes que llevabas colgadas?

—Las perdí —respondió con una actitud de impaciencia y rápidamente cambió la conversación.

Un vago presentimiento se adueñó de mí, y quise irme de inmediato, pero Sdenka me retuvo.

—¿Cómo? —me dijo—, ¡pediste una hora y, cuando te complazco, decides irte al cabo de unos pocos minutos!

—Sdenka —dije—, tenía usted razón de incitarme a partir, escuché ruido y temo que nos sorprendan.

—¡Tranquilízate, amigo mío, todo duerme a nuestro alrededor, sólo el grillo y el abejorro pueden escuchar lo que voy a decirle!

—¡No, no, Sdenka tengo que partir!...

—Espera, espera —dijo Sdenka—, ¡te amo más que a mi alma, más que a mi libertad, tú dijiste que tu sangre y tu vida me pertenecían!...

—¡Pero y tu hermano, tu hermano, Sdenka, presiento que vendrá!

—¡Cálmate, mi hermano está adormecido por el viento que juega entre los árboles; su sueño es profundo, larga la noche, y yo no te pido sino una hora!

Al decir esto, Sdenka estaba tan hermosa que, el vago terror que me agitaba comenzó a ceder ante el deseo de permancer junto a ella. Una mezcla de temor y voluptuosidad indecible se apoderó de todo mi ser. A medida que yo me entregaba, Sdenka se hacía más tierna, y si bien yo me había decidido a sucumbir, todo me decía que me mantuviera en guardia. Sin embargo, como dije hace un momento, siempre fui sabio a medias, y cuando Sdenka, dándose cuenta de mis reservas, me propuso disipar el frío nocturno con unos vasos de vino generoso, que me dijo provenían del eremita, acepté solícito y ella sonrió. El vino hizo efecto. A partir del segundo vaso, la mala impresión que experimenté por la escena de la cruz y de las imágenes, se borró por completo. Sdenka, desarreglada, con sus hermosos cabellos medio trenzados, con sus joyas a la luz de luna, me pareció irresistible. No pude contenerme y la tomé en mis brazos.

Entonces, mis queridas damas, tuvo lugar una de esas misteriosas revelaciones que jamás sabré cómo explicar, pero que ante mi experiencia terminé por creer aunque hasta la fecha me cuesta admitirlo.

Con tal fuerza tomé entre mis brazos a Sdenka que uno de los extremos de la cruz, que me regaló la duquesa de Gramont y que ustedes acaban de ver, se clavó en mi pecho. El dolor punzante me atravesó como el rayo de luz de la revelación. Miré a Sdenka, y sus rasgos, aunque hermosos, estaban contraídos por la muerte, sus ojos no veían y su sonrisa era una mueca impresa por la agonía, en un rostro cadavérico. Al mismo tiempo sentí el olor nauseabundo que despiden los sepulcros mal cerrados. La espantosa realidad en todo su esplendor se me brindó, era demasiado tarde para recordar las advertencias del eremita. En seguida comprendí lo precario de mi situación y que dependía de mi ánimo y de mi sangre fría. Desvié la mirada hacia la ventana para ocultar a Sdenka el horror que mi expresión debía traslucir. Pegado al vidrio estaba el infame de Gorcha, apoyado sobre una estaca ensangrentada y posando sobre mí unos ojos de hiena. En la otra ventana se veía el rostro pálido de Georges: ahora tenía con su padre un parecido aterrador. Los dos espiaban el más mínimo de mis movimientos y no dudé que en una tentativa de fuga se lanzarían sobre mí. Fingí no darme cuenta, pero no me fue fácil controlarme. Continué, sí, mis queridas damas, continué regalando a Sdenka las mismas caricias que antes del terrible descubrimiento. Todo ese tiempo de angustia no pensé en otra cosa que no fuera el modo de escapar. Percibí que Georges y Gorcha intercambiaban con Sdenka señales de impaciencia. De afuera llegaban una voz de mujer y unos gritos infantiles tan espeluznantes como los aullidos de un gato salvaje.

—¡Llegó la hora de hacer las maletas! —me dije, y mientras más rápido, mejor.

Le hablé a Sdenka en voz alta para que su horrenda parentela alcanzara a oír:

—Estoy cansadísimo, mi niña, y me gustaría mucho acostarme y dormir unas cuantas horas, pero antes tengo que ir a ver si el caballo ha comido y tiene el forraje suficiente. Le ruego no se vaya y, por favor, espere, vuelvo enseguida.

Entonces hice coincidir mis labios con los fríos y descoloridos labios de ella, y salí. Encontré al caballo con el hocico cubierto de espuma e inquieto. No había tocado la avena y el relincho con furia que emitió al verme llegar me erizó la piel. El caballo estaba incontrolable y temí que echara por tierra mi intención de escapar. Aunque seguramente los vampiros escucharon mi conversación con Sdenka y se inquietaron. Comprobé que la puerta de la cochera estaba abierta, y lanzándome sobre la silla de montar, espoleé al caballo.

Al salir pude ver un grupo numeroso reunido alrededor de la casa, casi todos con las caras pegadas a las ventanas. Mi brusca salida los dejó estupefactos, pues durante un largo rato en medio de la silenciosa noche no se escuchó sino un galope continuo. Cuando creí que había llegado el momento de felicitarme por mi astucia, oí a mis espaldas el ruido de un huracán entre las montañas. Miles de voces confusas gritaban, aullaban y parecían pelearse entre ellas. Luego, enmudecieron como por un acuerdo en-     tre ellas y sentí unas zancadas acuciantes como si una tropa de soldados se aproximara a paso rápido.

Espoleé mi montura hasta desgarrarle los costados. La fiebre me hacía temblar y mientras hacía esfuerzos inusitados por conservar el temple una voz detrás de mí gritó:

—¡Espera, espera, amigo! ¡Te amo más que a mi alma, más que a mi libertad, que a mi vida! ¡Espera, espera, tu sangre me pertenece!

En ese instante un aliento glacial rozó mi oreja y tuve la sensación que Sdenka había subido a la grupa.

—¡Mi corazón, mi alma! —dijo—, no miro ni escucho otra cosa que a ti, ya no soy mi dueña, obedezco a una fuerza superior, perdóname, amigo, perdóname!

Y enlazándome con sus brazos trató de estirarme hacia atrás para morderme el cuello. Una lucha feroz se estableció entre nosotros. Durante largo rato apenas conseguí defenderme, pero finalmente alcancé, con una mano, sujetar a Sdenka por la cintura y, con la otra, por las trenzas y apoyándome en los estribos, ¡la arrojé al suelo!

Acto seguido me abandonaron las fuerzas y tuve visiones delirantes. Miles de rostros enloquecidos me perseguían haciendo muecas terribles. Georges y su hermano Pierre bordeaban el camino y trataban de obstaculizarlo. No lo lograron y estuve a punto de sentirme salvado cuando vi a Gorcha que sirviéndose de su estaca daba saltos como un alpinista tirolés que traspone abismos. Gorcha también quedó rezagado en el camino. Entonces su nuera, arrastrando tras de sí a sus hijos, le lanzó uno, Gorcha lo recibió con el extremo de la estaca y utilizándola a modo catapulta, lanzó con todas sus fuerzas al niño como un proyectil sobre mí. Esquivé al niño pero con instinto de sabueso la pequeña alimaña se adhirió al cuello de mi caballo y me costó trabajo desprenderlo. Me lanzaron al otro niño pero, éste cayó delante y el caballo lo aplastó. No recuerdo qué otras cosas sucedieron y cuando volví en mí, estaba a un lado del camino y mi caballo moribundo.

Así termina, queridas damas, un amorío que debió curar para siempre las ganas de intentar nuevos. Algunas contemporáneas de sus abuelas podrán atestiguar si después de esta historia me hice prudente.

No importa lo que haya sido. Tiemblo todavía al pensar que, si hubiera sucumbido ante mis enemigos, hoy sería un vampiro; pero el cielo no quiso permitir que sucediera, y, ¡lejos de tener sed de vuestra sangre, señoras, no pido algo mejor, a pesar de mis años, que obtener la gracia de vertir la mía por vuestros favores!

Aleksei Konstantinovich Tolstoi

 

 
 
 

28/10/2009 20:33 Autor: barad-dur. Enlace permanente. Tema: the call of ktulu. No hay comentarios. Comentar.

Domingo Fatal

Baby Jean rodó sobre la alfombra, tirando el oso de felpa al aire. Al chocar contra el suelo, el muñeco pareció quejar¬se a través de la lengüeta oculta en su pecho.
—¿Me echarás de menos, papi?
Levanté bruscamente la vista del periódico.
—Ten cuidado con la lámpara. Has estado a punto de dar¬le con el oso.
Baby Jean recogió el peludo animal y se sentó, haciendo pucheros.
—¿Nos echarás de menos, a Wally y a mí?
Ellen dejó caer sobre su regazo la prenda que estaba co¬siendo.
—¿De qué diablos está hablando la niña?
Me encogí de hombros y volví a concentrarme en el perió¬dico: el nuevo programa de la administración; las nuevas exi¬gencias de Rusia; los extraños objetos sin identificar que ha¬bían sido vistos sobre ocho países...
Pero Baby Jean me estaba tirando de la pernera de los pantalones.
—¿Qué harás, papi?
—¿Qué haré, sobre qué?
Doblé el periódico y lo dejé encima de la mesilla. Ellen me miró sonriendo, divertida por mi fingido mal humor.
Wally entró en aquel momento procedente del vestíbulo, mordisqueando una manzana.
Baby Jean apoyó los codos en el brazo de mi sillón y se tomó el rostro con las manos. Sus ojos castaños me miraron, muy serios.
—¿Qué harás cuando Wally y yo nos hayamos marchado? ¿Se quedarán muy solos tú y mamá?
Wally se acercó a su hermana y la tomó del brazo.
—¡Es un secreto! ¡No tenías que decírselo a nadie!
Ellen se inclinó hacia delante con aire interesado.
—¿Qué es lo que no tenía que decir, Wally?
—Nada, mamá. —Wally tomó a su hermana de la mano y la llevó hasta el centro de la alfombra, donde había un rom¬pecabezas con el rostro de un payaso a medio completar—. Termina tu cuadro, Baby Jean.
La niña golpeó el suelo con el pie, indignada.
—¡No me llames baby! ¡Ya tengo seis años! Pronto seré tan mayor como tú.
Había estado desarrollando una intensa campaña contra el uso del apodo. Pero la costumbre estaba muy arraigada.
—¿No te han puesto deberes para hacer en casa, Wally? —preguntó Ellen.
—Los martes, la maestra no nos da nunca tarea. Pero ha dicho que tenía un premio para el que supiera más sobre los niños de... —arrugó el rostro, pensando intensamente—. De las cru...
—¿Cruzadas? —sugirió Ellen.
—Eso mismo.
Miré a mi esposa.
—No creí que se estudiara tan pronto la historia de la Edad Media.
—La señorita Miller es una maestra progresiva. Opina que hay que despertar el interés de los niños por los grandes temas. Será mejor que le cuentes algo acerca de las Cruzadas, de modo que pueda ganar un premio.
—Las Cruzadas... Bueno, vamos a ver...
—Los libros, querido —sugirió Ellen burlonamente—. Le dijiste al vendedor que encontrarías muchas ocasiones para consultarlos.
El cuero rojo de los treinta volúmenes de la enciclopedia, en su estantería de caoba, brillaban de un modo persuasivo.
—Y así —dije, cerrando el Volumen Octavo, media hora más tarde—, parece ser que los cincuenta mil niños franceses y alemanes no llegaron nunca a Tierra Santa, y la mayoría de ellos fueron capturados por el camino y vendidos como esclavos.
Wally se quedó sentado, con aire pensativo.
—¿Niños vendidos como esclavos? —inquirió Ellen en tono de duda.
—¿Y por qué no? ¿Quién mejor que ellos? Al principio qui¬zá resultaran improductivos. Pero entretanto podían apren¬der el idioma y las costumbres. Y, siendo unos niños, eran inofensivos durante los primeros años de cautiverio... Ino¬fensivos, crédulos y maleables.
Ellen sacudió la cabeza solícitamente y se puso en pie.
—Hay que acostarse, niños.
Baby Jean se atrincheró detrás del sofá.
—¡Yo no quiero ir a la cama!
—¡Un poco más, mamá! —suplicó Wally, retirándose ha¬cia un rincón—. ¡Deja que me quede un poco más!
Implacable, Ellen se acercó a él y le agarró por la muñeca. Luego capturó a Baby Jean.
La niña gritó, protestando. Wally, por su parte, dijo:
—¡En cuanto pase el domingo no tendremos que ir a la cama! ¡Y no podrás decirnos lo que tenemos que hacer! ¡Ya verás!

El miércoles fue un mal día en la oficina, con tres nuevos contratos que redactar. En consecuencia, llegué a casa can¬sado y de mal humor. Ellen me esperaba en la puerta.
—Frank, tienes que hablar con Wally —me dijo, con el ceño fruncido—. Le he enviado ya a la cama.
—¿Qué pasa? ¿Ha estado saltando otra vez la cerca de los Morrison?
—No. Llegó a casa con esta nota de la señorita Miller.
«Wallace —leyó en una tira de papel— ha estado hoy in¬gobernable, mostrando una provocativa falta de respeto a la autoridad. Su actitud no ha sido más rebelde que la de los otros alumnos, pero a menos que actuemos individualmente sobre cada uno de ellos, corremos el peligro de encontrarnos con un alumnado incontrolable.»
—Suena como si la señorita Miller temiera una revolución ar¬mada —gruñí.
Wally estaba acostado, boca arriba, con la mirada fija en el techo. Se había olvidado del tocadiscos que, sobre la mesi¬lla de noche, repetía interminablemente una frase de The Good Ship Lollipop. Lo desconecté.
—¿Qué ha pasado en la escuela, hijo?
Wally volvió la cabeza sobre la almohada.
—Vamos, vamos —dije, sonriendo—. Este invierno iremos a cazar juntos, ¿recuerdas? Ahora, vamos a aclarar ese asun¬to de la escuela.
—No iré a cazar.
—¿Por qué? Siempre has deseado ir.
—No estaré aquí.
—¿De veras?
De pronto recordé su vaga amenaza acerca del domingo.
—Mamá me ha pegado y me ha enviado a la cama —acu¬só Wally—. Y ahora tú también vas a pegarme.
Se sentó en la cama, agarrándose a la sábana, y no supe si lo que había en sus enrojecidos ojos era resentimiento o desafío.
—Sólo te pegan cuando lo mereces.
—Bueno, puedes pegarme todo lo que quieras hasta el domingo. ¡No me importa! Pero en cuanto pase el domingo no podrás pegarme..., porque no estaré aquí.
Llegué a la conclusión que lo que había en sus ojos era desafío... Wally se ganó su segunda zurra.
Cuando bajé al comedor, Baby Jean estaba importunan¬do a su madre pidiéndole un níquel.
—No es hora de comer caramelos —decía Ellen—. Vamos a cenar en seguida.
—Por favor, mamá. Me comeré toda la cena. Te lo prometo.
—He dicho que no.
—Bueno, puedes guardarte tu asqueroso níquel —replicó Baby Jean furiosamente—. Pronto tendré todos los carame¬los que quiera..., y helados, también. ¡Y pasteles!
—¿Después del domingo? —inquirió Ellen.
Baby Jean, que había echado a andar hacia la puerta de la calle, se detuvo.
—¿Cómo lo sabes?

Cuando Baby Jean se hubo marchado, rodeé con mis bra¬zos la cintura de Ellen y miré por encima de su hombro las cacerolas puestas al fuego.
—¿Qué es todo eso acerca del domingo?
—Algún juego, supongo.
—Los niños no habían amenazado nunca con marcharse de casa.
—Todos pasan por esa fase, en un momento u otro.
—¿Y por qué el domingo?
Ellen se echó a reír.
—Es un día tan bueno como cualquiera..., y el tener que ir a la iglesia les parte la mañana por la mitad.
Después de cenar, me retiré diplomáticamente al salón y me concentré en la televisión, para que Ellen pudiera su¬birle un bocadillo y un vaso de leche a Wally sin que yo me diese cuenta.
El teléfono sonó durante el último asalto del combate de boxeo, y cuando anunciaban el resultado Ellen apareció en el umbral de la puerta.
—Era la señora Watkins. Estaba tratando de descubrir qué clase de misterio se llevan los niños entre manos para el domingo.
—¡Vaya! ¿De modo que el pequeño Arthur anda también metido en eso?
—La señora Watkins dice que Arthur no se lo ha contado. Pero lo mantiene sobre su cabeza como una especie de amenaza. No se lo ha contado, porque está seguro del hecho que Wally no te lo contará a ti. Y Jimmy, y Frank, y Mary Ann, y los mellizos Collins —Ellen fue contándolos con los dedos— tampoco se lo contarán a sus padres.
Me eché a reír.
—Es más importante de lo que pensábamos, ¿eh? Una es¬pecie de emigración en masa, ¿no crees?
—Sea lo que sea, Frank —dijo Ellen, muy seria—, es algo que parece afectar a todos los niños.
—Si te dejas impresionar por esas naderías —bromeé—, ¿qué vas a hacer cuando tengamos otros cinco hijos?
Me agaché instintivamente. En circunstancias normales, uno de los almohadones del sofá hubiera salido volando ha¬cia mi cabeza. Pero Ellen no se mostró agresiva: estaba mi¬rando fijamente el televisor, en cuya pantalla aparecían en aquel momento una serie de fotografías de chiquillos.
«...y en Baltimore —estaba diciendo el locutor— han de¬saparecido cinco niños, posiblemente escapados de su casa. En Cincinnati, el número de desaparecidos asciende a cuatro.»
Estaba tratando el asunto jovialmente, con palabras im¬pregnadas de risa.
«El más eminente de los cuatro era Alexander Belling III —en la pantalla apareció la fotografía de un chiquillo de rostro travieso y pecoso, de unos nueve años—. Desapareció de su casa anoche, después de haber amenazado con mar¬charse para siempre el domingo.»
Ellen me miró con aire preocupado.
—Frank...
Procuré tranquilizarla.
—Psicología. Esas cosas llegan a oleadas. Reacciones en masa. Un chiquillo se escapa de casa y su fotografía sale en los periódicos. Otros chiquillos piensan en fugarse, para que salgan también sus fotografías es los periódicos. Una especie de reacción en cadena.
—Pero..., en domingo... Y el hijo de los Watkins, y los me¬llizos de los Collins...
—Coincidencia —dije, sin demasiado convencimiento.
Salimos juntos de la habitación mientras el locutor comen¬taba la reciente plaga de objetos sin identificar. En la habita¬ción de los niños, Wally y Baby Jean dormían profundamente.
La aguja del tocadiscos giraba alrededor de la ranura in¬terna de The Good Ship Lollipop...
—No los despiertes —suplicó Ellen en tono vacilante. Se inclinó sobre los niños y los arropó cuidadosamente.
Baby Jean sonrió en sueños.
—El domingo —murmuró—. Feliz aterrizaje sobre una barra de chocolate.

El jueves amaneció con un aura de presagio. A la hora del desayuno, con los niños todavía dormidos, capté una rara sensación en el aire, una especie de tensión eléctrica. Me había sucedido lo mismo unos años antes..., una plácida tar¬de de domingo. Una hora después estalló el infierno de Pearl Harbour.
Ellen la había captado también. Se notaba en la crispación de su rostro. Pero no dijimos nada, ya que no había nada que pudiéramos expresar con palabras.
En la oficina, le llevé los contratos a Andy para que diera el visto bueno. Pero Andy los apartó a un lado.
—¿Qué pasa con los niños, Frank?
—¿Los tuyos también? —inquirí, muy poco sorprendido, en realidad.
Asintió lúgubremente.
—Que me aspen si lo entiendo.
—¿Van a marcharse..., a alguna parte?
—Sí. El domingo.
—¿Adónde? —pregunté, porque hasta entonces no había concedido importancia a su posible destino.
—Eso es lo que me preocupa. En catorce años, Freddy no me había ocultado nada. Anoche lo intenté todo: le supliqué, quise sobornarle, le pegué..., y muy fuerte. Pero todo fue inútil.
Hasta entonces me había negado a admitir que se trataba de algo serio. Ahora me daba cuenta que tal vez mi ac¬titud era equivocada.
—¿Se ha escapado Freddy? —pregunté.
—No, pero probablemente lo hará.
Tomé el teléfono y llamé a Ellen.
—Vete a buscar a los niños a la escuela, querida.
—¿Qué pasa?
—No lo sé. Pero tenemos que descubrirlo. Llegaré dentro de veinte minutos.
Colgué el receptor para evitar más preguntas.
Andy estaba mirando fijamente a través de la ventana.
—¿Temes que se escapen?
—No creo que lo hagan. Supongo que podré descubrir qué hay detrás de todo eso.
—Por lo visto, no has escuchado la radio. Todo el mundo está intentando hacer hablar a los chicos..., desde Washington para abajo.
—No puede tratarse de nada más que de una especie de historia juvenil.
—¿No? ¿Con los chiquillos actuando repentinamente del mismo modo en todo el país? Una incomprensible reacción en masa que se extiende de punta a punta... Sería demasiado casual.
—Entonces, ¿crees que los chicos van a marcharse a al¬guna parte el domingo?
Andy se encogió de hombros, con aire de desaliento.
—Eso es lo que Washington trata de averiguar. Y tam¬bién Londres, y París, al parecer. Le han dado el nombre de Efecto Junior.
Me encaminé hacia la puerta.
—Y, Frank..., no te excites si tus chicos se escapan de casa. Esa parte del Efecto Junior parece ser una reacción temporal. La mayoría de los desaparecidos han regresado.
Le miré, desconcertado:
—Entonces, ¿por qué se escapan?
—Ellos —señaló con un gesto el aparato de radio— creen que es una manifestación de impaciencia. Los chicos tienen que hacer algo mientras esperan que llegue el domingo.

De camino a casa, hice que el taxista pasara junto a la escuela con la esperanza de encontrar a Ellen y a los niños. No era el único padre que había tenido aquella idea. Había una hilera de taxis rodeando el edificio. Reconocí a algunos de los pasajeros como miembros del Club de los Padres.
Otra hilera de madres entraba apresuradamente por una de las puertas y salía por otra, agarrando con mano firme las muñecas de sus hijos. Y bruscamente me di cuenta que estaba presenciando una reacción espontánea que debía es¬tar produciéndose en millares de escuelas al mismo tiempo.
En casa, los niños se sentaron con aire cariacontecido en el sofá, mientras Ellen se agachaba delante del televisor. Baby Jean jugueteaba con el borde de su vestido. Wally estaba muy interesado en la contemplación de sus propias manos.
Me detuve en el umbral, vacilante, y Ellen cruzó apresu¬radamente la habitación para reunirse conmigo.
—¿Has oído?
—¿Lo del Efecto Junior? —asentí.
Ellen se refugió entre mis brazos, temblando, mientras ambos mirábamos a los niños con una expresión de temor. En la pantalla del televisor, un hombre con aspecto de in-telectual trataba de explicar el Efecto en términos de conduc¬ta inhibitoria.
—Bueno, Wally —dije, muy serio, colocando una silla de¬lante de él—. Creo que ha llegado el momento para que hable¬mos de hombre a hombre.
Wally se hundió en la blandura del sofá sin hacerme el menor caso.
—No hablará —dijo Ellen, en tono desesperado—. Lo he intentado todo, inútilmente.
Le hice una seña para que nos dejara solos.
—¿Wally...?
Volvió los ojos hacia la ventana.
—¿Baby Jean...?
—¡No me llames baby! ¡Ya no soy una niña!
Sonriendo, acaricié sus cabellos.
—Desde luego que no. Ya eres una chica mayor. Y las chi¬cas mayores saben cómo tienen que hablar con sus papás, ¿no es cierto?
Wally se inclinó hacia ella.
—No le hagas caso. ¡Está tratando de sonsacarte!
Baby Jean cruzó los brazos sobre el pecho y apretó fuer¬temente los labios.
—Vamos, Wally —dije, en tono condescendiente—, ¿acaso tengo la costumbre de sonsacarte? ¿Acaso te he engañado al¬guna vez?
Me miró fijamente, con una emoción en los ojos, que nun¬ca había visto en ellos.
—¡Sí! —gritó—. ¿Qué me dices de Santa Claus? Tú...
—¡Wally! —le advirtió Ellen.
Pero Wally ignoró la advertencia, insolentemente.
—¡No hay ningún Santa Claus! ¡Me has estado mintiendo siempre!
Baby Jean abrió mucho los ojos, con una expresión de in¬credulidad, y se volvió hacia mí.
—No es cierto, ¿verdad, papá? Santa Claus existe, ¿ver¬dad?
—¡Adelante! —se burló Wally—. Miéntele a ella como me has mentido a mí. Y cuando tenga ocho años, tendrás que decirle la verdad.
Baby Jean se había puesto en pie y me tiraba de la manga.
—Santa Claus existe, ¿verdad, papá?
Aparté la mirada, sintiéndome extrañamente culpable. Tomé los temblorosos hombros de la niña.
—Mira, Baby Jean... Verás, es como...
Pero Baby Jean se apartó bruscamente.
—¡No hay ningún Santa Claus! ¡Mamá y tú han es¬tado mintiendo siempre!
Ellen se acercó a ella, tratando de consolarla. Pero Baby Jean echó a correr, sollozando.
Me volví furiosamente hacia Wally.
—¡Te has portado como un cerdo!
—¡Pero es verdad! Tal como ellos dicen. ¡Eres cruel, y mientes, y nos engañas, y nos castigas!
Le agarré firmemente del brazo.
—¿Quiénes son ellos? —inquirí.
Pero Wally continuó con su infantil acusación.
—Todo eran mentiras. Santa Claus, y el Conejo de Pas¬cua, y la rata que ponía níqueles debajo de nuestra almoha¬da, y...
—Pero, Wally...
Mi hijo había vuelto a ponerse a la defensiva.
—¡Mentiras! ¡Mentiras! ¡Mentiras!
Le obligué a ponerse en pie y me arrodillé delante de él.
—¿Quién te ha estado contando todas esas cosas? ¿Quié¬nes son ellos?
Wally no era el tipo de muchacho que se muestra de re¬pente escéptico sin motivo. Y yo estaba dispuesto a llegar al fondo del asunto.
—Wally, ¿quién te ha cambiado de ese modo? ¡Contesta!
Le sacudí rudamente.
—¡Anda, pégame! —me desafió—. Ellos dicen que me pe¬garás hasta que llegue el domingo, pero debo ser valiente.
Derrotado, le solté.
—¡Sube a tu cuarto!
Llorando, Ellen se acercó a mí y apretó su rostro contra mi pecho.
—¡Oh, Frank! No es cierto que nos esté ocurriendo esto, ¿verdad?
Luego se apartó de mí, mientras yo me quedaba mirándo¬la, sin saber qué hacer. Oí el sonido de sus pasos subiendo la escalera detrás de los niños, gritando:
—¡Wally! ¡Baby Jean!

Ellen pasó la mayor parte del resto de aquel día en la ha¬bitación de los niños, tratando de razonar con ellos. Yo paseé sin rumbo fijo por la vecindad, intentando examinar el Efec¬to Junior desde una perspectiva más cuerda. En el curso de mi deambular, tropecé con una muchedumbre que se había reunido espontáneamente en una especie de asamblea.
Un hombre delgado y calvo, cuyos hijos eran ya induda¬blemente adultos, trepó a una silla y sugirió en tono burlón que todos los chicos menores de dieciséis años fueran obli-gados a reunirse en público. Allí presenciarían el castigo de los que se negaran a renunciar a sus planes domingueros.
Otro exigió que los maestros fueran objeto de una inves¬tigación. ¿No era evidente acaso el carácter comunista del asunto? El año anterior, sin ir más lejos, un maestro de escuela de alguna parte de Missouri había sido expulsado de un instituto, por rojo...
No tardó en quedar demostrado que nadie tenía nada cons¬tructivo que ofrecer, y la asamblea degeneró en una serie de discusiones individuales. Oí a varios padres que se acusaban a sí mismos de haber infligido castigos que, ahora se daban cuenta, habían sido más rencorosos que correctivos.
Finalmente, alguien que llevaba una radio portátil recla¬mó silencio y subió el volumen del receptor.
«...de modo que, en beneficio del país y en vista de los acontecimientos —era la voz grave del Presidente—, pro¬clamo un estado de emergencia nacional. Y asumo todos los poderes que puedan ser necesarios para afrontar esta amena¬za a nuestra seguridad colectiva como nación..., a nuestra identidad individual como miembros de las familias que for¬man la nación.»
Me abrí paso entre los grupos hasta que el tono enron¬quecido del pequeño altavoz se hizo más audible.
«Todavía no se ha encontrado una explicación al Efecto Junior —continuó el Presidente—. Sin embargo, debo rogarles que ejerzan con cordura vuestro papel de padres durante este período de prueba en las relaciones con los niños. Sean moderados en cada uno de vuestros actos.
»Debo advertirles también que no den pábulo a las expli¬caciones que pretenden relacionar la conducta de nuestros hijos con la presencia de objetos sin identificar. No existe ninguna justificación para relacionar los dos fenómenos..., hasta el momento.»
En silencio, la muchedumbre empezó a dispersarse. Mien¬tras regresaba a casa, no pude evitar el pensar en las últimas palabras del Presidente. ¿Se trataba simplemente de una negativa inicial, destinada a preparar el camino para una eventual aceptación de lo que ahora se negaba?
Ellen y los niños estaban dormidos..., los tres en la cama de Wally. Ellen tenía el pelo revuelto y el rostro húmedo de lágrimas. En sueños, extendía un brazo protectoramente en¬cima de los niños.
Bajé al salón, me serví un buen vaso de whisky y conecté la radio. Luego fui en busca de mi Winchester de repetición y empecé a limpiarlo.
Mientras repasaba mi provisión de cartuchos, oí el bo¬letín de noticias informando que Radio Moscú estaba con¬vencida del hecho que el Efecto Junior era un complot capitalista. Se trataba de una acusación recíproca, puesto que los Aliados europeos occidentales habían enviado ya notas diplomáticas al Kremlin, aludiendo claramente a la complicidad rusa.
Sonó el teléfono.

—¿Frank? Aquí, Andy. Sólo quería decirte que no es ne¬cesario que vengas a la oficina hasta después del domingo... Los empleados solteros se ocuparán de todo hasta entonces.
—¿Cómo está Freddy?
—No quiere hablar con nosotros. Pero no pienso insis¬tir más.
—¿Has oído el mensaje del Presidente?
—Sí. ¿No te ha producido la impresión que él ocultaba algo?
Por lo visto, Andy también se había dado cuenta.
—¿Los objetos sin identificar? —pregunté.
Andy permaneció silencioso unos instantes. Pensé en lo estereotipada que era la conducta de los adultos: como la de las ovejas. Casi al mismo tiempo, todos habíamos obser¬vado el Efecto Junior. Luego, como un solo hombre, todos habíamos admitido su gravedad, ¿íbamos ahora a aceptar, en masa, la explicación de los objetos sin identificar como única posible?
—¡Dios mío! Frank, ¿acaso vamos a creer que unos seres de..., de otro mundo tratan de raptar a nuestros hijos? ¿Para qué?
Recordé el artículo de la enciclopedia acerca de los ni¬ños de las Cruzadas.
—Esclavos —susurré, en tono vacilante.
—¡Esclavos! Si fueran tan endiabladamente listos, ¿no tendrían máquinas para hacerlo todo?
—Nosotros no concebimos ninguna máquina tan perfecta y tan económica como el cuerpo y la mente humanos. Tal vez ellos tampoco la conciban.
—Pero, ¿por qué únicamente los niños?
—Tal vez no desean unos adultos capaces de resistir obs¬tinadamente, en tanto que los niños serían dominables y re¬lativamente inofensivos. Podrían atraerlos actuando sobre su imaginación y su credulidad, hipnotizándolos hasta cierto punto. Y podrían utilizar ese hipnotismo para hacer que los niños desearan marcharse.
—Tal vez sea eso..., una especie de efecto Flauta Mágica. Freddy ha estado hablando en sueños de una especie de pa¬raíso donde aprenderá a ser un as del fútbol.
Recordé la somnielocuencia de Baby Jean acerca de un «feliz aterrizaje sobre una barra de chocolate».
—Pero, ¿por qué esperar hasta el domingo? —preguntó Andy, intrigado—. ¿Por qué no se los han llevado inmedia¬tamente?
Medité unos instantes.
—Tal vez imaginan que se presentarían muchas compli¬caciones..., complicaciones que pueden evitarse mediante una preparación hipnótica que cree en los niños el deseo de cola¬borar.
La voz de Andy sonó desesperada a través del receptor.
—¡Es demasiado difícil de creer! ¿Debemos decirle a al¬guien lo que hemos imaginado?
Me encogí de hombros.
—Sería inútil.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer?
El rifle estaba aún en mi regazo. Lo empuñé con aire de¬cidido.
—Quienquiera que trate de llevarse a mis hijos, va a vérselas en dificultades para acercarse a ellos el domingo —pro¬metí.
La voz del locutor interrumpió bruscamente el programa musical:
«Una formación de objetos sin identificar ha sido avistada sobre la ciudad, procedente del norte...»
Solté el receptor y eché a correr hacia la calle. Escruté cuidadosamente el cielo hasta localizar un grupo de puntos de color verde pálido que al principio parecían formar parte de la Osa Mayor. Avanzaron hacia el este, giraron a la dere¬cha y desaparecieron detrás de una nube baja que reflejaba el rosado resplandor de las luces de neón de la ciudad.
Volví a entrar en casa y me serví otro whisky.

El viernes, nuestro desayuno fue muy lúgubre. Ellen es¬taba ojerosa y preocupada, y Wally y Baby Jean permanecían sentados delante de nosotros como silenciosos desconocidos.
No dije nada, preguntándome cómo podría hablarle a Ellen de mi convencimiento acerca de la fantasía de los seres de otro mundo. Pero, al ver cómo miraba repetidamente ha¬cia el cielo a través de la ventana, comprendí que no tendría que hacerlo. Ellen se había levantado más temprano que nosotros. Y evidentemente había oído alguna noticia radiada reflejando la adopción general de la teoría que Andy y yo habíamos elaborado.
Observé disimuladamente a los niños. Su conducta de los últimos días..., ¿había sido espontánea? ¿Era su sincera reac¬ción a la creencia del hecho que iban a ser transportados a una pa¬radisíaca Jauja? ¿O era una actitud provocada hipnótica¬mente para ayudarles a resistir la coacción de los adultos durante aquel período de control?
Wally había gritado sus acusaciones acerca de la desilu¬sión de Santa Claus y del Conejo de Pascua de un modo metódico, como si hubiesen sido proferidas a través de él por una mente más lógica y madura.
—¿Hoy tampoco vamos a la escuela, mamá? —preguntó Baby Jean.
Ellen sacudió la cabeza tristemente, con los labios apre¬tados.
—No iremos nunca más a la escuela —dijo Wally jactan¬ciosamente.
Ellen se inclinó sobre él y agarró su mano.
—Wally, ¿no quieres a tu padre y a tu madre? —imploró.
Wally inclinó la mirada.
—Claro que les quiero.
—¿Y deseas marcharte?
—Eso no significa que no les quiera. Ellos dicen que ustedes vendrán más tarde. Y dicen que en el momento que lo deseemos podremos regresar.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté, en tono exasperado.
Pero Ellen me hizo una seña para que no interviniera.
—¿No te das cuenta, Wally, que ellos hablan por hablar? Te están mintiendo.
—Ellos dicen que ustedes dirán eso.
—¿Por qué iban a mentirte tus padres, querido?
—Porque quieren que nos quedemos en casa —su voz se estaba haciendo de nuevo acusadora—. Porque quieren que vayamos a la escuela. Porque les gusta mandarnos a la cama temprano...
—Quieren que nos quedemos —intervino Baby Jean— para pegarnos, y castigarnos, y ser malos con nosotros.
Estrellé mi puño sobre la mesa y la vajilla tembló peli¬grosamente.
—¡Vuestra madre y yo no somos unos demonios! —grité.
Los niños no dijeron nada. Pero sus ojos se clavaron en los nuestros con expresión acusadora.
Ellen dio la vuelta a la mesa y se arrodilló entre sus dos sillas, colocando los brazos alrededor de sus hombros.
—¿De modo que no van a ir a la escuela? —empezó, pa¬cientemente—. ¿Y no les castigarán nunca? ¿Qué es lo que harán?
Los ojos de Baby Jean se iluminaron y unió sus manos con deleite.
—¡Todos los días serán como Navidad..., aunque no haya ningún Santa Claus!
—Y cada mañana tendremos un juguete nuevo —añadió Wally, mirando ávidamente a su madre—. Luego, todos los chicos iremos a un campo muy grande y jugaremos.
Baby Jean rió.
—¡Y tendremos muñecas, y caramelos, y una fiesta cada día después de comer!
Wally frunció el ceño.
—¡Y no tendremos que dormir la siesta en verano!
—Y tendremos cada uno un gatito, y un perrito, y un lorito...
—Y nos quedaremos levantados hasta la hora que quera¬mos cada noche...
—Y...
—¡Dios mío! —gemí.
Ellen estaba llorando y apretaba las cabezas de los niños contra sus mejillas.
—¡Oh, queridos! ¿No se dan cuenta que les dicen esas cosas para que deseen marcharse con ellos?
Wally se irguió.
—¡Ellos dicen la verdad! No son como ustedes cuando hacen una promesa, que tenemos que esperar y ver si la re¬cuerdan. ¡Cuando ellos nos dicen algo, sabemos que es verdad!
—¿Cómo sabes que es verdad? —pregunté.
—Lo sé.
—A veces nos enseñan fotografías —explicó Baby Jean.
—Y a veces lo sentimos dentro de nosotros —añadió Wally.
Me puse en pie y me incliné sobre la mesa.
—¿Dónde les enseñan esas fotografías?
—Casi siempre por la noche, antes que Baby Jean y yo nos quedemos dormidos. Pero muchas veces, cuando cerra¬mos los ojos, podemos verlo todo: el árbol grande lleno de lu¬ces, y la piscina, y los cisnes, y los circos, y...
Baby Jean dejó escapar una risita.
—...y los caramelos, y las muñecas, y los vestidos bo¬nitos...
—...y bicicletas, y balones, y..., bueno, todo.
Desalentado, miré mis manos. Estaban temblando.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté.
—Bueno, papá —dijo Wally—, ¿qué importa eso?
Me acerqué lentamente a la ventana y luego regresé a la mesa.
—Mira, hijo, ¿recuerdas lo que te conté la otra noche acerca de los niños que iban a luchar a Tierra Santa? ¿Re¬cuerdas lo que les sucedió?
Pero el entusiasmo ante aquel nuevo argumento se apagó en mí al ver que Wally no me escuchaba. De todos modos, lo más probable era que ellos no le permitieran dejarse in¬fluir por ningún argumento que yo pudiera aducir.
Tomé a Wally y a Baby Jean de la mano y, con una risa forzada, les hice levantar de sus sillas.
—Vayan a vestirse. Vamos a marcharnos de la ciudad..., todos.

Mi suposición respecto a que la reacción adulta al Efecto Junior era estereotipada se reveló como correcta. A fin de cuentas, ¿no éramos todos seres humanos, variando muy poco alrede¬dor de una norma? ¿No se podía esperar que reconociéramos la amenaza casi al mismo tiempo? ¿Que utilizáramos la intimi¬dación al mismo tiempo? ¿Que empezáramos a sospechar de los objetos sin identificar casi simultáneamente? ¿Y, por últi¬mo, que pensáramos en el soborno como contraarma en el espacio de unas cuantas horas?
En consecuencia, a media tarde el barrio comercial recor¬daba la víspera de Navidad. Padres tomados de las manos de sus hijos entrando y saliendo apresuradamente de las tiendas.
Risas y balones..., de todas las formas, colores y tamaños.
Manos diminutas jugueteando con bolsas de palomitas de maíz, empuñando cucuruchos de helado...
Vestidos y trajes domingueros infantiles manchados de chocolate...
Juegos, juguetes y artículos deportivos bajo unos brazos juveniles.
Enormes muñecas arrastradas descuidadamente por el pol¬vo de la acera...
Y padres luchando con bicicletas, y piscinas de plástico, y scooters, y automóviles y aeroplanos de juguete, e incluso trineos pintados de alegres colores.
Pero la risa y la alegría, aunque fueran falsas, eran lo más estimulante de aquel demencial día de otoño.
Fue una borrachera de compras sin precedente en la his¬toria: una locura que dejó limpias las estanterías de tiendas y almacenes, agotó las existencias de todas las bombonerías y pastelerías y llenó hasta los topes los cines, que previamen¬te se habían procurado películas de dibujos animados.
El delirio disminuyó y luchamos por abrirnos camino a tra¬vés de las atestadas aceras en dirección al lugar donde ha¬bíamos estacionado nuestro automóvil. Yo iba cargado con una bicicleta de veintiséis pulgadas, una muñeca parlante y otra que caminaba, una tienda de campaña de nueve pies, dos pares de patines y un microscopio.
Ellen llevaba un montón de paquetes, pero su rostro, por encima de ellos, mostraba una expresión esperanzada.
Wally y Baby Jean se dejaron caer en el asiento trasero con su botín, y emprendimos el camino de regreso. Mientras conducía, me permití a mí mismo la ilusoria creencia que todo aquello era un estupendo fraude: una conspiración juve¬nil universal destinada a adelantar las Navidades al mes de septiembre. Una explicación que hubiese sido acogida con entusiasmo..., a no ser por el pequeño detalle del hecho que Wash¬ington había admitido ya que existía una relación entre el Efecto Junior y los objetos sin identificar.
—¿Crees que enfermarán con todas esas porquerías en sus estómagos? —pregunté.
—Sería la única enfermedad que acogería con placer des¬de que nacieron —respondió Ellen.
Al cabo de un rato, Ellen señaló el montón de juguetes que habíamos comprado.
—¿Crees que servirá para algo, Frank? —me preguntó.
—Desde luego —la tranquilicé—. No puede fallar. Ellos les prometieron el oro y el moro. Naturalmente, no podíamos luchar contra esa clase de ataque con más promesas, sino con realidades concretas.
—¡Oh, Frank! —Ellen se agarró a mi brazo y apoyó la ca¬beza en mi hombro—. ¡Me siento tan aliviada!
Cuando llegamos a casa, después de habernos detenido a ce¬nar en un restaurante, era de noche. Durante largo rato con¬templamos a los niños entretenidos con sus juguetes, olvi¬dando lo cansados que estábamos.
—Ya es hora de acostarnos, niños —anunció finalmente Ellen.
—¡Oh, mamá! —suplicó Baby Jean—. ¿No podemos que¬darnos un poco más?
Ellen suspiró con resignación.
—Desde luego, queridos... Tanto como quieran.
—¿Hasta después de medianoche? —inquirió Wally en tono de duda.
—Hasta el amanecer, si quieren.
—¡Viva! —exclamó Baby Jean—. ¡Oh, mamá! ¿No podría¬mos hacer un árbol de Navidad? Parece que estamos en Na¬vidad...
—Desde luego, querida. Tendremos un árbol de Navidad.
Ellen me miró, sonriendo.
En las afueras de la ciudad había un bosquecillo donde podría encontrar algún vástago de pino adecuado para el caso. Y en el desván había adornos y papel de estaño...
Fui en busca de mi americana, mientras Ellen se arrodi¬llaba junto a los niños.
—Tendrán vuestro árbol de Navidad mañana por la ma¬ñana, y el domingo por la mañana, y el lunes por la maña¬na, y...
—¡Oh, no, mamá! —objetó Baby Jean.
Ellen se sobresaltó.
—¿Por qué no?
Wally contorneó el dibujo floral de la alfombra con la punta del pie.
—Porque el lunes no estaremos aquí.
No hace falta decir que el sábado por la mañana no hubo ningún árbol de Navidad.
Yo había salido de casa unas horas antes del amane¬cer, pero sólo para quedarme temblando en medio del frío aire nocturno y mirar con aprensión las formaciones de puntos verdes que cruzaban el cielo.
Los niños quedaron decepcionados por lo del árbol. Baby Jean se enfurruñó, y sorprendí varias veces a Wally mirán¬donos con silencioso reproche.
Ellen, enferma y completamente agotada, pasó la mayor parte de la mañana en la cama, llamando continuamente a los niños. La mayoría de las veces, los niños acudían a su lado. Supongo que prevalecía en ellos su básica bondad, a pesar de los lazos invisibles que desfiguraban su actitud y endu¬recían su conducta.
A media mañana, el comandante de las Fuerzas Aéreas apareció en la pantalla del televisor para explicar los prepa¬rativos que se estaban haciendo. Su rostro tenía una expre¬sión de cansancio, y llevaba un uniforme muy arrugado.
«Debido a la naturaleza de la emergencia —dijo—, las medidas de defensa han sido dejadas a discreción de cada uno de los Cuerpos de Ejército, con determinadas maniobras básicas a efectuar bajo la dirección del Estado Mayor Cen¬tral...»
En la calle se oyó un gran estrépito y me perdí parte del mensaje mientras me acercaba a la ventana a contemplar tres enormes cañones antiaéreos que estaban siendo empla¬zados en un solar.
«... Probablemente —estaba diciendo el general cuando regresé junto al televisor—, la estrategia del enemigo consis¬tirá en provocar una oleada de pánico..., un pánico que nos obligue a reunir a nuestros hijos en grupos compactos y en¬cerrarlos en edificios públicos, o escuelas, o cárceles... En realidad, a reunirlos de un modo conveniente para él.
»Pero no vamos a caer en la trampa. Por el contrario, nuestros hijos permanecerán tan dispersos como lo están ahora. Todas las armas y tropas disponibles están siendo con-centradas en los centros habitados, por si el enemigo se de¬cide a intentar el rapto a pesar de nuestra negativa a reunir en rebaño a sus víctimas.»
El general aceptó una taza de café de una mano que apa¬reció en un extremo de la pantalla. Se bebió el café de un trago y dejó la taza sobre su pupitre.
«No necesito subrayar —continuó— nuestra confianza en que todos los hombres tomarán parte en la defensa. Se su¬ministrarán armas a todos aquellos que no las posean de pro¬piedad personal.»
Luego miró fijamente hacia la cámara.
«Esto es la guerra —dijo, en tono sombrío—. Sólo se diferencia de la guerra en que tenemos la suerte de saber que el ataque se producirá el domingo por la tarde.»
Sonaron unos compases marciales, mientras en la pan¬talla aparecía un letrero que decía:
«Permanezcan a la escucha de los próximos boletines.»
Salí a la calle. Todos los vecinos estaban allí, a excepción de los niños, encerrados en las casas. Pero todo el mundo guardaba un extraño silencio.
Una escuadrilla de aviones a reacción cruzó por encima de nuestras cabezas; luego otra, seguida por una formación de transportes de tropas que descendió en dirección al aero¬puerto.
Una plataforma de lanzamiento de cohetes dirigidos sur¬gió desde una calle lateral y se estacionó en medio de la manza¬na. Tres helicópteros descendieron rápidamente a dos man¬zanas de distancia y empezaron a vomitar soldados de in¬fantería completamente equipados. Más lejos, se oía el rugido de los motores de los tanques.
Pero, como en burlona réplica, una flota de aeronaves enemigas se acercó procedente del sur y permaneció colgada muy alta sobre la ciudad, semejante a un ramo de hojas pla¬teadas centelleando a la luz del sol.
Una escuadrilla de aviones a reacción giró bruscamente y trepó, trepó, trepó..., hasta que también ellos se convirtieron en manchas diminutas. Y, sin embargo, no habían llegado ni con mucho a la altura de los treinta o cuarenta objetos. Las aeronaves desconocidas debían ser tan grandes como barcos de guerra.
Finalmente, los aviones se acercaron más y el enemigo se retiró. Un suspiro de alivio se elevó de la multitud.
Una mano tocó mi manga. Era Ellen. Me volví hacia ella. En sus ojos ya no había terror, sino una expresión mara¬villada.
—¡Están huyendo! —exclamó, mirando al cielo.
Y la confianza asomó a su pálido rostro cuando vio la pla¬taforma de lanzamiento de cohetes, y los cañones antiaé¬reos, y los tanques, y los soldados plantando sus tiendas en el solar.
—¡No conseguirán nada, Ellen! —exclamé, con repentino optimismo—. Es posible que se hubieran salido con la suya si hubiésemos caído en la trampa de reunir a los niños. Pero ahora tendrán que dispersarse para recogerlos. Y si aterrizan separadamente, acabaremos con ellos...

Aquella noche no nos acostamos, y el domingo amaneció claro y radiante. A las ocho nos bebimos nuestra última taza de café y Ellen dijo:
—Ya es hora de despertar a los niños y vestirlos para ir a la iglesia.
—No vamos a ir. La iglesia es un lugar de reunión. Esta¬remos más seguros aquí... Y, Ellen, procura conducirte del modo más normal posible delante de los niños. Sufrirán una terrible decepción cuando se den cuenta que no van a te¬ner todas las cosas que les habían prometido.
Ellen colocó sus manos sobre mis hombros.
—Lo intentaré, querido.
La besé cariñosamente. Luego llamé a los niños para el desayuno.
Cuando bajaron, sus rostros reflejaban una gran expec¬tación. Mientras comían, Ellen subió a vestirse. Me alegré del hecho que no pudiera oír la conversación de los niños: hubiera vuel¬to a sumirla en un estado de depresión.
—¿Tenemos que llevarnos algún vestido? —preguntó Baby Jean.
Wally se echó a reír.
—¿Eres tonta? ¿Con la de vestidos que tendremos allí? ¡Y un equipo de futbolista para mí!
—¡Oh, Wally! ¿Qué haremos cuando lleguemos allí?
—Supongo que ayudaremos a adornar el árbol para mañana.
—¿Y luego?
—Luego nos sentaremos delante de una gran fogata y nos contarán cuentos durante el resto de la noche.
Su conversación no reflejaba ningún cambio de planes por parte de ellos. Desalentado, salí a la calle y apoyé la escalera de mano contra la casa. Con unas tablas del garaje, cegué la ventana del cuarto de los niños.
Cuando terminé, Hank Collins me estaba imitando en la casa contigua. Luego resonó el martilleo en otra casa de la parte trasera, y en otra de la manzana siguiente. De pronto, el ruido de innumerables martillos hundiendo clavos en la madera repercutió a través de toda la ciudad, por otra parte silenciosa. Aquella apresurada preparación de santuarios fi-nales para los niños, ¿era acaso otra manifestación de con¬ducta reactiva en masa? ¿Una frenética medida que estaba siendo repetida en todo el país..., en todo el mundo?
El bebé de los Collins empezó a llorar lastimeramente detrás de la tapiada ventana mientras yo regresaba a la parte delantera de la casa.
Una compañía de soldados avanzaba por en medio de la calzada; al llegar a la esquina, se dispersó. Los soldados se infiltraron en la vecindad, ocupando posiciones en las calle¬jas, en los patios traseros y a lo largo de las aceras. Poco después se unió a ellos un grupo de marines.
El rugido de los aviones a reacción resonaba en el cielo maravillosamente tranquilo, en tanto que los cañones y las ametralladoras antiaéreas oscilaban a través de sus arcos, como guerreros flexionando sus músculos al despertar.
Pero el enemigo no daba señales de vida. ¿Se habría mar¬chado definitivamente? ¿Se habría dado cuenta que está¬bamos bien preparados para recibirle? ¿O se limitaba a revisar su estrategia, para contrarrestar nuestra descentralización de las defensas?
A mediodía tomamos un ligero refrigerio. Comprensible¬mente, Ellen se había olvidado de comprar el almuerzo del domingo. Los niños comieron en silencio.
Más tarde, mientras quitábamos la mesa, el bebé de los Collins empezó a llorar de nuevo; su llanto resonó sorpren¬dentemente claro en medio del anormal silencio de la ve-cindad.
—Me gustaría que se callara de una vez —exclamé, en tono irritado.
Ellen cerró nerviosamente los puños.
—A mí, no —dijo.
Tuve que admitir que tampoco yo lo deseaba; que anhe¬laba desesperadamente oír llorar al bebé todo aquel día y toda la noche siguiente.
—Bueno, niños —dije bruscamente—. Suban a vuestro cuarto.
—Pero, papá —protestó Baby Jean—, no podemos subir a nuestro cuarto..., precisamente ahora.
—¡Yo no subiré! —gritó Wally, y echó a correr hacia la puerta de la calle.
Pero yo le agarré por la muñeca, mientras Ellen se hacía cargo de Baby Jean. Medio a rastras, les subimos a su cuar¬to. Después de haber cerrado la puerta les oímos llorar largo rato, pero finalmente las notas de The Good Ship Lollipop ahogaron los últimos sollozos de Baby Jean.
—Tú quédate en casa —le dije a Ellen, mientras sacaba el rifle del arcón del vestíbulo.
En la acera, me acerqué a un soldado que empuñaba un fusil lanzagranadas. Los vecinos estaban frente a sus hogares, con aire vacilante: unos hombres serios y silencio-sos a los cuales conocía desde hacía años pero que ahora, en su preocupación por lo increíble, parecían unos desconocidos. Llevaban toda clase de armas: fusiles, rifles, pistolas, incluso cuchillos de cocina.
—¿No hay ninguna novedad? —le pregunté al soldado.
—Ninguna. —Miró hacia el cielo—. ¿Qué hora es?
—Acaban de dar las doce.
Hank Collins pasó junto a nosotros sin vernos y se enca¬minó hacia el lugar donde estaban emplazados los cañones antiaéreos.
Esperamos... Las doce y media. La una. La una y media. Las dos.

En aquel momento hicieron su aparición: un racimo de leves manchas plateadas procedentes del este. Tres escuadri¬llas de aviones a reacción se elevaron frenéticamente para interceptarlos. Los cañones antiaéreos, oscilaron ansiosamen¬te a través de sus arcos, esperando:
—¡Dios mío! —murmuré—. ¡Se han presentado, a pesar de todo!
—¡Pero no bajarán! —dijo el soldado. Luego añadió, en tono más dubitativo—: No creo que se atrevan a bajar.
Repentinamente, las naves enemigas empezaron a aumen¬tar de tamaño, dispersándose paulatinamente mientras des¬cendían.
Hank Collins profirió una maldición y agarró por el brazo a uno de los artilleros.
—¡Dispara de una vez! —gritó.
Un sargento de la unidad móvil de radar gritó algo acer¬ca de la altura excesiva y de cien mil pies.
Hank, exasperado, levantó su rifle. Disparó seis veces, y los cartuchos vacíos repiquetearon acompasadamente sobre el cemento. Hank volvió a cargar el rifle.
Ahora los objetos eran discos visibles, cubriendo la ciudad en una formación semejante al esqueleto de un paraguas, planeando, sin descender más. Conté más de treinta antes que las baterías antiaéreas abrieran fuego.
Las casas se estremecieron, los cristales de las ventanas se astillaron y el olor a pólvora quemada impregnó el aire mientras los enfurecidos cañones vomitaban su carga.
La plataforma de lanzamiento de cohetes estaba envuelta en una nube de humo acre.
Pero ninguno de los cohetes alcanzó su blanco.
Los aviones a reacción se acercaron más al enemigo y, con sorprendente brusquedad, el ataque terrestre quedó in¬terrumpido.
En el profundo silencio que siguió, el llanto del bebé de los Collins resonó extrañamente.
Los rastros grisáceos de los cohetes disparados desde los aviones hacia los objetos semejaban una miríada de hilos de araña brillando al sol. Pero ninguno de ellos hizo blanco, ya que las naves enemigas desaparecieron de repente..., disminu¬yendo de tamaño mientras se alejaban a una velocidad in¬creíble.
El bebé dejó de llorar.
—¡Están huyendo! —gritó un alegre coro de un millar de voces.
Pero un grito de mujer resonó en una casa situada al otro lado de la calle... Y luego otro más abajo. Después oí el ate¬rrorizado grito de Ellen.
Subí la escalera como un poseso, guiado por sus gritos.
Ellen estaba aporreando la puerta del cuarto de los niños.
—¡La llave, Frank! ¡Dame la llave!
Se la entregué, y Ellen abrió la puerta de par en par.
La habitación estaba vacía. Unas rayas de luz penetraban a través de la tapiada ventana.
El oso de felpa de Baby Jean aparecía tirado sobre la cama. La bicicleta nueva de Wally estaba apoyada contra la pared.
A pequeños saltos, la muñeca andadora caminaba a tra¬vés de la alfombra, moviendo la cabeza a uno y otro lado. La cuerda se terminó, y la muñeca se quedó parada delante de nosotros, mirándonos con aire lastimero, con los brazos ex¬tendidos en un gesto de súplica.
La aguja giraba incansablemente sobre el gastado disco:
«On the good ship Lollipop the good ship Lollipop the good ship Lolli...»

Han pasado casi quince años desde que los niños se mar¬charon. Lentamente, según nos dicen, las cosas están vol¬viendo a la normalidad. No pasará mucho tiempo sin que los efectos queden totalmente borrados: un par o tres de genera¬ciones, según los sociólogos.
La vida, desde luego, es distinta, y no tiene comparación con la de los años Cincuenta. En realidad, ahora, en los Se¬tenta, estamos tan lejos de los Cincuenta como los Cincuenta lo estaban de la Edad Media.
Los economistas explican el hecho en función del merca¬do del trabajo. Los niños que desaparecieron constituían ape¬nas una quinta parte de la población. En su calidad de niños, no ejercían ningún efecto sobre la economía.
Pero ahora ya no serían niños. Ahora constituirían el grupo de los quince a los treinta años, es decir, la tercera parte de la población productiva.
Desde luego, los salarios son elevados, porque la gente en condiciones de ganar dinero escasea. Pero..., bueno, un par de zapatos, por ejemplo, vale lo que un obrero de la cons¬trucción gana en una semana: cuatrocientos ochenta dólares. Los hacemos bastante bien, aunque utilizando arpillera. El truco consiste en no atarlos demasiado flojos ni demasiado fuertes al tobillo. Sin embargo, los zapatos no nos preocupan, puesto que nos vemos obligados a improvisar en casi todos los artículos de primera necesidad.
Y, ¡oh, sí!, los caballos han vuelto a hacerse populares.
Otras características de la existencia son menos agrada¬bles: la recluta para el trabajo, por ejemplo, y la prohibición federal de la jubilación excepto para los que se encuentran completamente incapacitados.
¿Qué hicimos después de la huida de nuestros hijos? Sen¬cillamente: tener más hijos. Aprisa. Era indispensable, si queríamos recuperarnos económicamente en un período pre¬visible. Y también era un bálsamo para la angustia general provocada por la desaparición de los niños.
Ellen y yo tuvimos otro niño y otra niña. El primero nació tres años después del de Efecto Junior. Llevados por el sentimentalismo, le bautizamos con el nombre de Wallace. A la niña le pusimos el nombre de Jean.
Y son tan parecidos a sus hermanos, que a veces llegamos a olvidarnos de los dos primeros.
Anoche, por ejemplo, Baby Jean (todavía la llamamos así, a pesar que ya tiene diez años) alzó la mirada del libro que estaba leyendo. Y la luz de la lámpara parpadeó de un modo extrañamente evocador en su delgado rostro.
—Papá —me preguntó, muy seria—, ¿nos echarán de menos a Wally y a mí?

 

Daniel F. Galouye

28/10/2009 20:28 Autor: barad-dur. Enlace permanente. Tema: hangar 18. No hay comentarios. Comentar.


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