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<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0"><channel><atom:link href="https://barad-dur.blogia.com/feed.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><title>barad-dur</title><description/><link>https://barad-dur.blogia.com</link><language>es</language><lastBuildDate>Sun, 10 Dec 2023 12:02:20 +0000</lastBuildDate><generator>Blogia</generator><item><title>La evoluci&#xF3;n de la ciencia humana-Ted Chiang</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2020/102401-la-evolucion-de-la-ciencia-humana-ted-chiang.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2020/102401-la-evolucion-de-la-ciencia-humana-ted-chiang.php</guid><description><![CDATA[<h5 style="text-align: justify;"></h5><p style="text-align: justify;">Hace veinticinco a&ntilde;os desde la &uacute;ltima vez que un informe de investigaci&oacute;n original fue enviado a nuestros editores para su publicaci&oacute;n, lo que hace que &eacute;ste sea un buen momento para revisar una cuesti&oacute;n muy discutida por aquel entonces: &iquest;cu&aacute;l es el papel de los cient&iacute;ficos humanos en una &eacute;poca en la que las fronteras de la indagaci&oacute;n cient&iacute;fica han quedado m&aacute;s all&aacute; de la comprensi&oacute;n de los humanos?</p> <p style="text-align: justify;">Sin duda, muchos de nuestros suscriptores recordar&aacute;n haber le&iacute;do art&iacute;culos cuyos autores eran los primeros individuos que hab&iacute;an obtenido los resultados que describ&iacute;an. Pero cuando los metahumanos comenzaron a dominar la investigaci&oacute;n experimental, tendieron a comunicar sus descubrimientos s&oacute;lo v&iacute;a TDN (transferencia digital neuronal), dejando que las revistas publicasen explicaciones de segunda mano traducidas al lenguaje humano. Sin la TDN, los humanos no pod&iacute;an apreciar completamente los avances anteriores ni utilizar de forma efectiva las nuevas herramientas necesarias para realizar investigaciones, mientras que los metahumanos siguieron mejorando la TDN y dependiendo de ella cada vez m&aacute;s. Las revistas para el p&uacute;blico humano quedaron reducidas al papel de meros veh&iacute;culos de divulgaci&oacute;n, y adem&aacute;s no demasiado buenos, puesto que incluso los humanos m&aacute;s brillantes se quedaban perplejos ante las traducciones de los &uacute;ltimos descubrimientos.</p> <p style="text-align: justify;">Nadie niega los muchos beneficios de la ciencia metahumana, pero uno de sus costes para los investigadores humanos fue la constataci&oacute;n de que probablemente nunca volver&iacute;an a realizar una contribuci&oacute;n original, a la ciencia. Algunos abandonaron el campo completamente, pero los que se quedaron desplazaron su atenci&oacute;n, alej&aacute;ndose de la investigaci&oacute;n original y acerc&aacute;ndose a la hermen&eacute;utica: interpretar el trabajo cient&iacute;fico de los metahumanos.</p> <p style="text-align: justify;">La hermen&eacute;utica textual fue la primera en popularizarse, puesto que ya hab&iacute;a terabytes de publicaciones metahumanas cuyas traducciones, aunque cr&iacute;pticas, eran presumiblemente bastante precisas. Descifrar esos textos no guarda demasiada relaci&oacute;n con la tarea realizada por los pale&oacute;grafos tradicionales, pero se sigue progresando: los &uacute;ltimos experimentos han confirmado la validez del desciframiento efectuado por Humphries de las publicaciones que, hace d&eacute;cadas, abordaron la gen&eacute;tica de la histocompatibilidad.</p> <p style="text-align: justify;">La disponibilidad de aparatos basados en la ciencia metahumana provoc&oacute; el nacimiento de la hermen&eacute;utica de artefactos. Los cient&iacute;ficos comenzaron a intentar reproducir el proceso de construcci&oacute;n de estos artefactos, pero su objetivo no era fabricar productos alternativos, sino sencillamente entender los principios f&iacute;sicos subyacentes a su funcionamiento. La t&eacute;cnica m&aacute;s habitual es el an&aacute;lisis cristalogr&aacute;fico de los aparatos nanol&oacute;gicos, que a menudo nos proporciona nuevas perspectivas acerca de la mecanos&iacute;ntesis.</p> <p style="text-align: justify;">El m&eacute;todo de indagaci&oacute;n m&aacute;s moderno y con mucho el m&aacute;s especulativo es la observaci&oacute;n a distancia de las instalaciones de investigaci&oacute;n metahumanas. Uno de los objetivos m&aacute;s recientes de la investigaci&oacute;n es el ExaCollider reci&eacute;n instalado bajo el desierto de Gobi, cuyas desconcertantes emisiones de neutrinos han dado lugar a grandes controversias. (El detector de neutrinos port&aacute;til es, por supuesto, otro artefacto metahumano cuyos principios de funcionamiento nos son desconocidos.)</p> <p style="text-align: justify;">La cuesti&oacute;n es si estas ocupaciones son dignas de un cient&iacute;fico. Algunos las califican de p&eacute;rdida de tiempo, equipar&aacute;ndolas a lo que hubiera supuesto una investigaci&oacute;n de los nativos americanos sobre fundici&oacute;n del bronce cuando ya estaban disponibles las herramientas de acero fabricadas por los europeos. Esta comparaci&oacute;n podr&iacute;a ser m&aacute;s adecuada si los humanos estuvieran compitiendo con los metahumanos, pero en la econom&iacute;a de la abundancia de hoy en d&iacute;a, no hay se&ntilde;ales que indiquen esa competici&oacute;n. De hecho, es importante reconocer que, al contrario de lo que sucedi&oacute; con la mayor&iacute;a de las culturas de bajo nivel tecnol&oacute;gico cuando se enfrentaron a una de alto nivel tecnol&oacute;gico, los humanos no est&aacute;n en peligro de asimilaci&oacute;n o de extinci&oacute;n.</p> <p style="text-align: justify;">Sigue sin existir una forma de convertir un cerebro humano en metahumano; la terapia gen&eacute;tica Sugimoto debe ser realizada antes de que comience la neurog&eacute;nesis en el embri&oacute;n para que el cerebro sea compatible con la TDN. Esta ausencia de un mecanismo de asimilaci&oacute;n quiere decir que los padres humanos de un ni&ntilde;o metahumano tienen ante s&iacute; una elecci&oacute;n dif&iacute;cil: pueden permitir que su hijo interact&uacute;e mediante TDN con la cultura metahumana, y observar c&oacute;mo se vuelve cada vez m&aacute;s incomprensible para ellos; o restringir su acceso a la TDN durante los a&ntilde;os de formaci&oacute;n del ni&ntilde;o, lo que para un metahumano es una privaci&oacute;n similar a la sufrida por Kaspar Hauser. No resulta sorprendente que el porcentaje de padres humanos que eligen la terapia gen&eacute;tica Sugimoto para sus hijos haya descendido en los &uacute;ltimos a&ntilde;os casi hasta cero.</p> <p style="text-align: justify;">Como resultado, la cultura humana tiene buenas posibilidades de sobrevivir hasta muy lejos en el futuro, y la tradici&oacute;n cient&iacute;fica es una parte vital de esa cultura. La hermen&eacute;utica es un m&eacute;todo leg&iacute;timo de indagaci&oacute;n cient&iacute;fica y aumenta el acervo del conocimiento humano de la misma forma en que lo hacia la investigaci&oacute;n original. Lo que es m&aacute;s, los investigadores humanos pueden descubrir aplicaciones que pasan por alto los metahumanos, cuyas ventajas tienden a provocar que nuestras preocupaciones les pasen desapercibidas. Por ejemplo, imaginen que la investigaci&oacute;n ofreciera esperanzas de una terapia alternativa de aumento de la inteligencia, una que permitiera a los humanos &laquo;mejorar&raquo; gradualmente sus mentes hasta nivel equivalente al metahumano. Esa terapia ofrecer&iacute;a un puente para superar lo que se ha convertido en la mayor divisi&oacute;n cultural en la historia de nuestra especie, pero los metahumanos podr&iacute;an no pensar siquiera en explorarla; s&oacute;lo esa posibilidad justifica la continuidad de la investigaci&oacute;n humana.</p> <p style="text-align: justify;">No debemos sentirnos intimidados por los logros de la ciencia metahumana. Deber&iacute;amos recordar en todo momento que las tecnolog&iacute;as que hicieron posibles a los metahumanos fueron inventadas originalmente por humanos, y ellos no eran m&aacute;s inteligentes que nosotros.</p><h5 style="text-align: justify;"></h5>]]></description><pubDate>Sat, 24 Oct 2020 21:27:00 +0000</pubDate></item><item><title>Las Gafas de Pigmali&#xF3;n-Stanley Weinbaum</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2017/051601-las-gafas-de-pigmalion-stanley-weinbaum.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2017/051601-las-gafas-de-pigmalion-stanley-weinbaum.php</guid><description><![CDATA[<p class="Ttuloc1" style="text-align: justify;"><span style="font-size: 1em;">&mdash;&iquest;Qu&eacute; es la realidad? &mdash;pregunt&oacute; el hombre con aspecto de gnomo con el que compart&iacute;a el banco. Hizo un adem&aacute;n hacia los altos bloques de edificios que rodeaban el Central Park, con sus incon&shy;tables ventanas que reluc&iacute;an como las fogatas de un poblado prehis&shy;t&oacute;rico&mdash;. Todo es sue&ntilde;o, todo es ilusi&oacute;n; yo soy la visi&oacute;n de usted como usted es la visi&oacute;n m&iacute;a.</span></p> <p class="JNormalP" style="text-align: justify;">Dan Burke, luchando por aclarar sus ideas entre los vapores de licor, miraba sin comprender la diminuta figura de su compa&ntilde;ero. Empez&oacute; a lamentar el impulso que le hab&iacute;a inducido a abandonar la reuni&oacute;n para buscar aire puro en el parque y que le hab&iacute;a llevado a tropezar por casualidad con aquel viejo loco. Sin embargo, no pudo evitarlo; hab&iacute;a demasiada gente en la reuni&oacute;n y ni siquiera la presencia de Claire con su esbelta figura pudo retenerlo. Sent&iacute;a un ardiente deseo de volver a casa, no a su hotel, sino a su casa en Chicago y a la relativa paz de la C&aacute;mara de Comercio. De cualquier modo se marchaba al d&iacute;a siguiente.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Usted bebe &mdash;prosigui&oacute; el barbado elfo&mdash; para hacer real un sue&ntilde;o, &iquest;no es as&iacute;? O, tal vez, para so&ntilde;ar que ya es suyo aquello que persegu&iacute;a, o para creer que ha destruido todo cuanto aborrec&iacute;a. Bebe para escapar de la realidad, y lo ir&oacute;nico del caso es que la misma realidad es un sue&ntilde;o.</p> <p class="JNormalP">&laquo;&iexcl;Chiflado!&raquo;, pens&oacute; de nuevo Dan.</p> <p class="JNormalP">&mdash;O, por lo menos &mdash;concluy&oacute; el otro&mdash;, eso asegura el fil&oacute;sofo Berkeley.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Berkeley? &mdash;repiti&oacute; Dan, La cabeza se le iba aclarando y acu&shy;d&iacute;an a su mente recuerdos de un curso de filosof&iacute;a elemental que hab&iacute;a seguido en la universidad&mdash;. El obispo Berkeley, &iquest;no?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Lo conoce usted? El fil&oacute;sofo del idealismo, claro. El que arguye que nosotros no vemos, palpamos, o&iacute;mos y gustamos el objeto, sino que s&oacute;lo tenemos la sensaci&oacute;n de ver, palpar, o&iacute;r, gustar.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Creo... creo recordar algo de eso.</p> <p class="JNormalP">&mdash;-Perfectamente. Pero las sensaciones son fen&oacute;menos mentales.</p> <p class="JNormalP">Existen en nuestras mentes. &iquest;C&oacute;mo sabemos, pues, que los objetos en s&iacute; no existen s&oacute;lo en nuestras mentes? &mdash;De nuevo apunt&oacute; hacia los edificios iluminados&mdash;. Usted no ve ese muro de alba&ntilde;iler&iacute;a; usted percibe solamente una sensaci&oacute;n, un sentimiento de estar viendo. Lo dem&aacute;s lo interpreta usted.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Usted ve lo mismo &mdash;objet&oacute; Dan.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;C&oacute;mo puede afirmarlo? Y a&uacute;n m&aacute;s, se lo concedo; pero &iquest;c&oacute;mo sabe que yo soy algo m&aacute;s que un sue&ntilde;o suyo? Dan se ech&oacute; a re&iacute;r.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Desde luego nadie sabe nada. Todo cuanto conocemos penetra en nosotros a trav&eacute;s de los cinco sentidos. Uno hace despu&eacute;s sus conjeturas y si se equivoca, paga su error. &mdash;Ahora su mente estaba clara, excepto un ligero dolor de cabeza&mdash;. Escuche &mdash;dijo de pron&shy;to&mdash;, usted puede arg&uuml;ir que una realidad es una ilusi&oacute;n; eso es f&aacute;cil. Pero si su amigo Berkeley tiene raz&oacute;n, &iquest;por qu&eacute; no puede usted hacer real un sue&ntilde;o? Si funciona en un sentido, tambi&eacute;n debe fun&shy;cionar en el otro.</p> <p class="JNormalP">La barba se mene&oacute; r&aacute;pidamente; los brillantes ojos de elfo lo miraron de un modo extra&ntilde;o.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Todos los artistas lo hacen &mdash;dijo el viejecito con voz suave. Dan sinti&oacute; que hab&iacute;a algo m&aacute;s que era muy dif&iacute;cil de expresar.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Eso es una evasiva &mdash;gru&ntilde;&oacute;&mdash;. Todo el mundo puede apreciar la diferencia entre un cuadro y la realidad, o entre una pel&iacute;cula y la vida.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Pero &mdash;susurr&oacute; el otro&mdash; lo m&aacute;s real ser&aacute; lo mejor, &iquest;no? Y si alguien pudiera hacer una... una pel&iacute;cula... muy, muy real, &iquest;qu&eacute; dir&iacute;a usted entonces?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Nadie puede hacer eso.</p> <p class="JNormalP">Los ojos del viejo resplandecieron de nuevo extra&ntilde;amente.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Yo puedo! &mdash;susurr&oacute;&mdash;. &iexcl;Yo lo hice!</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Hizo qu&eacute;?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Hice real un sue&ntilde;o. &mdash;La voz se torn&oacute; irritada&mdash;. &iexcl;Est&uacute;pidos! Lo traje para ofrec&eacute;rselo a Westman, la gente del cine, y, &iquest;qu&eacute; dije&shy;ron? &laquo;No es negocio. Se necesitan aparatos individuales. No es ren&shy;table.&raquo; &iexcl;Hatajo de est&uacute;pidos!</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Eh?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Escuche, soy Albert Ludwig, el profesor Ludwig. &mdash;Como Dan permaneciera silencioso, prosigui&oacute;&mdash;: Mi nombre no le dice nada, &iquest;verdad? Pero escuche: &iquest;Qu&eacute; nos proporciona ahora el cine? Visi&oacute;n plana y sonido, &iquest;no es as&iacute;? Suponga que yo a&ntilde;ado gusto, olor, incluso tacto. Suponga que lo hago de forma que el espectador interviene en el relato, habla a las sombras y las sombras le responden, y que el relato, en lugar de desarrollarse en una pantalla, se refiere por comple&shy;to a quien participa en &eacute;l, &iquest;No ser&iacute;a eso hacer real un sue&ntilde;o?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;C&oacute;mo diablos podr&iacute;a usted conseguirlo?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;C&oacute;mo? Pues muy simplemente. Primero mi l&iacute;quido positivo, luego mis gafas m&aacute;gicas. Fotograf&iacute;o el relato en un l&iacute;quido con elementos crom&aacute;ticos sensibles a la luz. Elaboro una soluci&oacute;n com&shy;pleja, &iquest;comprende usted? A&ntilde;ado el gusto qu&iacute;micamente y el sonido electr&oacute;nicamente. Y cuando el relato est&aacute; registrado vierto la soluci&oacute;n en las gafas: mi proyector cinematogr&aacute;fico. Electrolizo la soluci&oacute;n, el relato, la vista, el sonido, el olor, el gusto, todo.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Y el tacto?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Si es eso lo que le interesa, su propia mente se encargar&aacute; de proporcion&aacute;rselo. &mdash;Su voz estaba cargada de ansiedad&mdash;. &iquest;Quiere hacer una prueba, se&ntilde;or...?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Burke &mdash;dijo Dan. &laquo;Un estafador&raquo;, pens&oacute;. Luego una chispa de temeridad prendi&oacute; en los evanescentes vapores del alcohol&mdash;. &iquest;Por qu&eacute; no? &mdash;gru&ntilde;&oacute;.</p> <p class="JNormalP">Se puso en pie; Ludwig, que hab&iacute;a hecho lo mismo, le llegaba escasamente a los hombros. &laquo;Un curioso viejecillo con aspecto de gnomo&raquo;, pens&oacute; Dan mientras lo segu&iacute;a por el parque.</p> <p class="JNormalP">Entraron en uno de los numerosos edificios de apartamentos que hab&iacute;a en la vecindad. Una vez en su habitaci&oacute;n, Ludwig rebusc&oacute; en una maleta y sac&oacute; un artilugio que recordaba vagamente una m&aacute;s&shy;cara antig&aacute;s. Iba provisto de oculares y la embocadura, de caucho, estaba regulada por una v&aacute;lvula. Dan lo examin&oacute; con curiosidad mientras el bajito y barbudo profesor bland&iacute;a una botella de l&iacute;quido incoloro.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Aqu&iacute; est&aacute;! &mdash;exclam&oacute; jubiloso&mdash;. Mi l&iacute;quido positivo, el argu&shy;mento. Una fotograf&iacute;a dura, infernalmente dura, por tanto el argumen&shy;to m&aacute;s simple. Una utop&iacute;a: s&oacute;lo dos personajes y usted, el p&uacute;blico. Ahora p&oacute;ngase las gafas. P&oacute;ngaselas y d&iacute;game si los Westman no son unos est&uacute;pidos. &mdash;Derram&oacute; algo del l&iacute;quido en la m&aacute;scara y uni&oacute; un retorcido alambre a un aparato que descansaba sobre la mesa&mdash;. Un rectificador &mdash;explic&oacute;&mdash;. Para la electr&oacute;lisis.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Hay que usar todo el l&iacute;quido? &mdash;pregunt&oacute; Dan&mdash;. Si utiliza usted s&oacute;lo una parte, &iquest;ver&eacute; &uacute;nicamente una parte del relato? &iquest;Cu&aacute;l?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Cada gota lo contiene todo, pero hay que colmar las gafas. &mdash;Luego, mientras Dan se colocaba &aacute;vidamente el dispositivo, a&ntilde;a&shy;di&oacute;&mdash;: &iexcl;Eso es! &iquest;Qu&eacute; ve usted ahora?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Nada especial, S&oacute;lo las ventanas y las luces del otro lado de la calle.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Naturalmente. Pero ahora voy a hacer funcionar la electr&oacute;lisis. &iexcl;Ya est&aacute;!</p> <p class="JNormalP">&nbsp;</p> <p class="JNormalP">Hubo un momento de caos. El l&iacute;quido adquiri&oacute; un tinte blanque&shy;cino y los o&iacute;dos de Dan se llenaron de zumbidos informes. Aturdido <em>y </em>algo inquieto, Dan intent&oacute; zafarse de aquel artilugio que le oprim&iacute;a la cabeza, pero unas siluetas que emerg&iacute;an de la niebla captaron su inter&eacute;s.</p> <p class="JNormalP">La escena se precipit&oacute;. De un modo incre&iacute;ble, aferrado a los brazos de una imaginaria butaca, estaba contemplando un bosque. Pero, &iexcl;que bosque! &iexcl;Incre&iacute;ble, extraterrestre, hermos&iacute;simo! Pulidos troncos ascend&iacute;an hacia un cielo brillante, extra&ntilde;os &aacute;rboles que suger&iacute;an eras perdidas en la noche de los tiempos. A una altura que se antojaba infinita, ondeaban frondosas copas de un verdor moteado de casta&ntilde;o. Singulares y encantadores gorjeos, tenues silbidos que parec&iacute;an arrancados de un cuento de hadas, vibraban en el aire; p&aacute;jaros, sin duda, aunque ninguna criatura era visible.</p> <p class="JNormalP">Dan permanec&iacute;a inm&oacute;vil, sumido en un trance inefable. Se dejaba acariciar por la dulce melod&iacute;a que crec&iacute;a en una sucesi&oacute;n de ta&ntilde;idos cristalinos y suaves acordes de una m&uacute;sica so&ntilde;ada. Por unos ins&shy;tantes, olvid&oacute; la s&oacute;rdida habitaci&oacute;n, al viejo Ludwig, su dolorida cabeza. &laquo;&iexcl;El ed&eacute;n!&raquo;, murmur&oacute; para s&iacute;, y le repuso la m&uacute;sica poderosa entonada por gargantas invisibles.</p> <p class="JNormalP">Al cabo, recobr&oacute; cierto grado de raz&oacute;n. &laquo;Ilusi&oacute;n&raquo;, se dijo a s&iacute; mismo. &laquo;Inteligentes dispositivos &oacute;pticos, no realidad.&raquo; Tante&oacute; en busca del brazo de la butaca, lo encontr&oacute; y se aferr&oacute; a &eacute;l. Frot&oacute; los pies y encontr&oacute; una nueva contradicci&oacute;n. A sus ojos, el suelo era un verdor musgoso; a su tacto, se trataba meramente de una gruesa alfombra de hotel.</p> <p class="JNormalP">La delicada m&uacute;sica cautiv&oacute; de nuevo su atenci&oacute;n. Un ligero per&shy;fume, de una exquisita finura, soplaba hacia &eacute;l. Alz&oacute; la mirada y contempl&oacute; c&oacute;mo en el &aacute;rbol m&aacute;s pr&oacute;ximo se abr&iacute;a una gran diadema carmes&iacute; y c&oacute;mo un diminuto sol rojizo aparec&iacute;a en el retazo de cielo que alcanzaba a ver, La encantadora orquesta parec&iacute;a incrementar la luz y las notas le comunicaban un estremecimiento de alegr&iacute;a. &iquest;Ilusi&oacute;n? Si era as&iacute;, la realidad resultar&iacute;a casi insoportable. Nece&shy;sitaba creer que en alg&uacute;n lugar, en alg&uacute;n punto m&aacute;s ac&aacute; de los sue&ntilde;os, exist&iacute;a realmente esta regi&oacute;n de la delicia. &iquest;Una avanzadilla del para&iacute;so? Tal vez.</p> <p class="JNormalP">Y luego, mucho m&aacute;s all&aacute; de la tenue bruma, percibi&oacute; un centelleo de plata, un movimiento que no era el temblor del follaje. Algo se acercaba. Vio c&oacute;mo la figura se mov&iacute;a, ora visible, ora oculta por los &aacute;rboles. Muy pronto distingui&oacute; que era una figura humana y ya estaba casi encima de &eacute;l cuando comprendi&oacute; que se trataba de una muchacha.</p> <p class="JNormalP">Vest&iacute;a un traje plateado, casi transparente, luminoso como rayos de estrellas, Una delgada cinta de plata ce&ntilde;&iacute;a sus negros cabellos. Sus blancos piececitos andaban descalzos sobre el musgoso suelo del bosque. Apenas un paso les separaba y ella estaba all&iacute;, mir&aacute;ndolo con obscuros ojos. La tenue m&uacute;sica vibr&oacute; de nuevo; la muchacha sonri&oacute;.</p> <p class="JNormalP">Dan trat&oacute; de ordenar sus alocados pensamientos. &iquest;Tambi&eacute;n este ser no era m&aacute;s que ilusi&oacute;n? &iquest;No ten&iacute;a m&aacute;s realidad que la belleza del bosque? Abri&oacute; los labios para hablar cuando una voz urgente y excitada son&oacute; en sus o&iacute;dos:</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Qui&eacute;n es usted?</p> <p class="JNormalP">&iquest;Era &eacute;l qui&eacute;n hab&iacute;a hablado? La voz llegaba como si viniese de otro, como el sonido de las palabras que uno pronuncia en el delirio de la fiebre.</p> <p class="JNormalP">La muchacha sonri&oacute; de nuevo.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Ingl&eacute;s &mdash;dijo con un tono suave&mdash;, S&eacute; hablar un poco de ingl&eacute;s. &mdash;Pronunciaba lenta, cuidadosamente&mdash;. Lo aprend&iacute; del... &mdash;vacil&oacute;&mdash; del padre de mi madre, a quien llaman el Tejedor Gris.</p> <p class="JNormalP">Una vez m&aacute;s reson&oacute; una voz extra&ntilde;a en los o&iacute;dos de Dan.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Qui&eacute;n es usted?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Me llaman Galatea &mdash;dijo ella&mdash;. He venido a buscarte.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;A buscarme? &mdash;repiti&oacute; la voz que Dan apenas reconoc&iacute;a como suya.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Leucon, a quien llaman el Tejedor Gris, me anunci&oacute; tu llegada &mdash;explic&oacute; ella, sonriendo&mdash;, Dijo que permanecer&aacute;s con nosotros hasta el segundo mediod&iacute;a a partir de &eacute;ste. &mdash;Lanz&oacute; una r&aacute;pida mi&shy;rada de soslayo al p&aacute;lido sol que ahora ca&iacute;a a plomo sobre el claro, luego la muchacha se acerc&oacute; m&aacute;s&mdash;. &iquest;C&oacute;mo te llaman?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Dan &mdash;mascull&oacute; &eacute;l.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Qu&eacute; nombre tan raro! &mdash;dijo la muchacha&mdash;. Ven &mdash;sonri&oacute;, tendi&eacute;ndole una mano.</p> <p class="JNormalP">Dan la tom&oacute; entre las suyas y sinti&oacute;, sin ninguna sorpresa, el vivo calor de aquellos dedos femeninos. Hab&iacute;a olvidado las paradojas de la ilusi&oacute;n; se sent&iacute;a inmerso en la pura y simple realidad. Empez&oacute; a seguir a la muchacha por el sombreado c&eacute;sped. Baj&oacute; la mirada y not&oacute; que &eacute;l mismo llevaba puesto un vestido de plata y que ten&iacute;a los pies desnudos. Sinti&oacute; una alada brisa en su cuerpo y la humedad de la hierba bajo sus pies.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Galatea &mdash;dijo su voz&mdash;, Galatea, &iquest;qu&eacute; sitio es &eacute;ste? &iquest;Qu&eacute; idioma hablas?</p> <p class="JNormalP">Ella le devolvi&oacute; la mirada ech&aacute;ndose a re&iacute;r,</p> <p class="JNormalP">&mdash;Bueno, esto es Paracosma, naturalmente, y este es nuestro idioma.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Paracosma &mdash;murmur&oacute; Dan&mdash;. &iexcl;Paracosma!</p> <p class="JNormalP">Un lejano recuerdo del griego que hab&iacute;a estudiado a&ntilde;os antes acu&shy;di&oacute; a su mente. &iexcl;Paracosma! &iexcl;El pa&iacute;s m&aacute;s all&aacute; del mundo! Galatea le lanz&oacute; una risue&ntilde;a mirada. Inquiri&oacute;:</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Te parece extra&ntilde;o este mundo real despu&eacute;s de aquel pa&iacute;s tuyo de sombras?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Pa&iacute;s de sombras? &mdash;repiti&oacute; Dan, desconcertado&mdash;. &iexcl;Aqu&iacute; es donde hay sombras, no en mi mundo!</p> <p class="JNormalP">La sonrisa de la muchacha se hizo burlona.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Uf! &mdash;replic&oacute; con un moh&iacute;n descarado y delicioso&mdash;. Supongo, entonces, que soy yo el fantasma en lugar de serlo t&uacute;, &iquest;no? &mdash;Se ech&oacute; a re&iacute;r&mdash;. &iquest;Tengo acaso aspecto de fantasma?</p> <p class="JNormalP">Dan no contest&oacute;; estaba quebr&aacute;ndose la cabeza con preguntas insolubles mientras caminaba detr&aacute;s de la esbelta figura de su gu&iacute;a. El sendero se iba ensanchando y el bosque clareaba. Llevaban quiz&aacute; recorridos un par de kil&oacute;metros, cuando un sonido de agua canta&shy;rina apag&oacute; la otra m&uacute;sica. Desembocaron a la orilla de un riachuelo, r&aacute;pido y cristalino, que nac&iacute;a en una centelleante laguna. Galatea se arrodill&oacute;, junt&oacute; las manos y se llev&oacute; unos buches de agua a los labios. Dan sigui&oacute; su ejemplo; el agua estaba muy fr&iacute;a.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;C&oacute;mo vamos a cruzar? &mdash;pregunt&oacute; &eacute;l.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Puedes vadear por all&iacute; &mdash;le respondi&oacute; la dr&iacute;ada que lo guiaba, se&ntilde;al&aacute;ndole un paso poco profundo&mdash;, pero yo siempre cruzo por aqu&iacute;.</p> <p class="JNormalP">Se zambull&oacute; en la corriente como una flecha de plata. Dan la sigui&oacute;. Un par de brazadas le bastaron para alcanzar la orilla opuesta donde Galatea hab&iacute;a emergido ya con un resplandor de morenos miembros desnudos. El vestido mojado se adher&iacute;a a su cuerpo con la fuerza de una envoltura met&aacute;lica; Dan sinti&oacute; que se le cortaba la respiraci&oacute;n al verla. Y luego, milagrosamente, el plateado vestido sec&oacute; y la pareja sigui&oacute; movi&eacute;ndose vivamente.</p> <p class="JNormalP">El incre&iacute;ble bosque hab&iacute;a acabado con el r&iacute;o. Caminaban por un prado cubierto de muchas florecillas de distintos matices y en forma de estrellas cuyas frondas resultaban bajo los pies tan blandas como un c&eacute;sped bien cuidado. Sin embargo a&uacute;n los segu&iacute;an los d&eacute;biles piulidos ora ruidosos, ora dulces, en una tenue red mel&oacute;dica.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Galatea &mdash;pregunt&oacute; Dan de pronto&mdash;, de d&oacute;nde viene esta m&uacute;&shy;sica?</p> <p class="JNormalP">Ella volvi&oacute; la cabeza, asombrada.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Qu&eacute; tonto eres! &mdash;se ri&oacute;&mdash;, De las flores, naturalmente. &iexcl;Mira!</p> <p class="JNormalP">Arranc&oacute; una estrellita p&uacute;rpura y la acerc&oacute; al o&iacute;do de su compa&ntilde;ero. Era verdad: una melod&iacute;a d&eacute;bil y quejumbrosa brotaba de la flor. La muchacha le golpe&oacute; con ella la sorprendida cara y ech&oacute; a correr.</p> <p class="JNormalP">Frente a ellos se perfil&oacute; un bosquecillo. Rebosaba de plantas car&shy;gadas de flores y frutos de colores iridiscentes. Lo atravesaba un diminuto arroyuelo. All&iacute; estaba la meta de su viaje: un edificio de piedra blanca como el m&aacute;rmol, de un solo piso, cubierto de enre&shy;daderas y con anchas ventanas sin cristales. Caminaron por una senda de brillantes guijarros hasta la entrada en arco y all&iacute;, en un complicado banco de piedra, hallaron sentado a un hombre de patriarcal barba blanca. Galatea se dirigi&oacute; a &eacute;l en un extra&ntilde;o len&shy;guaje que le record&oacute; a Dan la melod&iacute;a de las flores; luego se volvi&oacute; a Dan.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Este es Leucon &mdash;se&ntilde;al&oacute;.</p> <p class="JNormalP">El anciano se levant&oacute; de su asiento y habl&oacute; en ingl&eacute;s:</p> <p class="JNormalP">&mdash;Galatea y yo nos sentimos felices de darle la bienvenida. Los visitantes son aqu&iacute; un extra&ntilde;o placer y los procedentes de su pa&iacute;s de las sombras son los m&aacute;s raros.</p> <p class="JNormalP">Dan profiri&oacute; turbadas palabras de agradecimiento. El anciano le respondi&oacute; con una leve inclinaci&oacute;n de cabeza y volvi&oacute; a sentarse en el banco, Galatea desapareci&oacute; en el interior de la casa y Dan, tras un momento de indecisi&oacute;n, se sent&oacute; junto al anciano. Una vez m&aacute;s sus pensamientos se arremolinaban en una turbulenta perplejidad. &iquest;Se trataba de verdad de una ilusi&oacute;n? &iquest;Segu&iacute;a sentado en la prosaica ha&shy;bitaci&oacute;n del hotel, mirando a trav&eacute;s de unas gafas m&aacute;gicas que pintaban en torno de &eacute;l este mundo o, por alg&uacute;n milagro, hab&iacute;a sido transportado y estaba realmente sentado en aquel reino de hermo&shy;sura? Palp&oacute; el banco y sus dedos comprobaron la dureza y frialdad de la piedra.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Leucon &mdash;pregunt&oacute;&mdash;, &iquest;c&oacute;mo sab&iacute;a que yo iba a venir?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Me lo dijeron &mdash;respondi&oacute;.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Qui&eacute;n se lo dijo?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Nadie.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Pero alguien tiene que hab&eacute;rselo dicho! El Tejedor Gris sacudi&oacute; su solemne cabeza.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Simplemente me lo dijeron.</p> <p class="JNormalP">Dan dej&oacute; de preguntar, content&aacute;ndose por el momento con admirar la belleza que reinaba a su alrededor. Poco despu&eacute;s Galatea volvi&oacute;; ven&iacute;a con un cuenco de cristal rebosante de extra&ntilde;as frutas: rojas, p&uacute;rpuras, anaranjadas y amarillas, en forma de peras, en forma de huevos, en forma de arracimados esferoides, fant&aacute;sticas, extraterrestres. Dan eligi&oacute; un ovoide p&aacute;lido y transparente, lo mordi&oacute; y, para diversi&oacute;n de la muchacha, qued&oacute; inundado por un diluvio de dulce l&iacute;quido. Ella se ech&oacute; a re&iacute;r y eligi&oacute; una fruta parecida; tras morder una diminuta protuberancia que ten&iacute;a en uno de los extremos, sorbi&oacute; el contenido. Dan eligi&oacute; otra fruta diferente, purp&uacute;rea y agria como uvas del Rin, y luego otra, llena de semillas comestibles parecidas a almendras. Galatea re&iacute;a divertida al ver su sorpresa, e incluso Leucon bosquej&oacute; una gris sonrisa. Finalmente Dan arroj&oacute; la &uacute;ltima c&aacute;scara en el arroyuelo que ten&iacute;a al lado, donde bailote&oacute; alegremente hacia el r&iacute;o.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Galatea &mdash;dijo&mdash;, &iquest;has ido alguna vez a una ciudad? &iquest;Qu&eacute; ciu&shy;dades hay en Paracosma?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Ciudades? &iquest;Qu&eacute; son ciudades?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Sitios donde mucha gente vive reunida.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Oh &mdash;dijo la muchacha, frunciendo el ce&ntilde;o&mdash;, no. No hay ciu&shy;dades aqu&iacute;.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Entonces, &iquest;d&oacute;nde est&aacute; la gente de Paracosma? Deb&eacute;is de tener vecinos.</p> <p class="JNormalP">La muchacha le mir&oacute; perpleja.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Un hombre y una mujer viven hacia all&aacute; &mdash;dijo, se&ntilde;alando con un vago adem&aacute;n a una distante cadena de colinas en el horizonte&mdash;. Muy lejos de aqu&iacute;. Fui all&iacute; una vez, pero Leucon y yo preferimos el valle.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Pero, Galatea! &mdash;protest&oacute; Dan&mdash;. &iquest;Quieres decir que Leucon y t&uacute; est&aacute;is solos en este valle? &iquest;D&oacute;nde..., qu&eacute; les ocurri&oacute; a vuestros padres..., a tu padre y a tu madre?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Se fueron. Por esa direcci&oacute;n, hacia la salida del sol. Volver&aacute;n alg&uacute;n d&iacute;a.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Y si no vuelven?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Qu&eacute; tonter&iacute;a! &iquest;Qu&eacute; podr&iacute;a imped&iacute;rselo?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Animales feroces &mdash;repuso Dan&mdash;, Insectos venenosos, enferme&shy;dades, inundaciones, forajidos, muerte.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Nunca he o&iacute;do tales palabras &mdash;dijo Galatea&mdash;. Aqu&iacute; no hay nada de eso, &mdash;Resopl&oacute; desde&ntilde;osamente&mdash;. &iexcl;Forajidos!</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Que no hay... que no hay muerte?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Qu&eacute; es muerte?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Es... &mdash;Dan se detuvo sin saber qu&eacute; decir&mdash;. Es como quedarse dormido y no despertar nunca. Es lo que le pasa a todo el mundo al final de su vida.</p> <p class="JNormalP">Es la primera vez que oigo hablar de una cosa as&iacute; &mdash;dijo la mu&shy;chacha resueltamente&mdash;. &iexcl;Eso no existe!</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa entonces &mdash;inquiri&oacute; Dan desesperadamente&mdash; cuando uno se hace viejo?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;No pasa nada, tonto! Nadie se hace viejo a menos que lo de&shy;see, como Leucon, Una persona crece hasta la edad que m&aacute;s le gusta y luego se detiene. Es una ley.</p> <p class="JNormalP">Dan procur&oacute; concentrar sus desordenados pensamientos. Se que&shy;d&oacute; mirando los obscuros y lindos ojos de Galatea.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Te has parado t&uacute; ya?</p> <p class="JNormalP">La muchacha baj&oacute; la vista; &eacute;l se asombr&oacute; al ver un profundo rubor de embarazo extenderse por sus mejillas. Galatea mir&oacute; a Leucon, quien asinti&oacute; pensativamente con la cabeza, luego volvi&oacute; a mirar a Dan.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Todav&iacute;a no &mdash;dijo.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Y cu&aacute;ndo te detendr&aacute;s, Galatea?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Cuando tenga el &uacute;nico hijo que me est&aacute; permitido. Mira... &mdash;baj&oacute; la mirada hasta los deditos de sus pies&mdash;, una no puede... tener hijos... despu&eacute;s.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Permitido? &iquest;Permitido por qui&eacute;n?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Por una ley.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Ley, ley! &iquest;Es que aqu&iacute; todo est&aacute; gobernado por leyes? &iquest;No existen el azar, los accidentes?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Qu&eacute; es el azar? &iquest;Qu&eacute; son los accidentes?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Cosas inesperadas... cosas imprevistas.</p> <p class="JNormalP">&mdash;No hay nada imprevisto &mdash;dijo Galatea, todav&iacute;a extra&ntilde;ada. Re&shy;piti&oacute; lentamente&mdash;: No hay nada imprevisto.</p> <p class="JNormalP">Dan pareci&oacute; advertir un tono melanc&oacute;lico en la voz de la mu&shy;chacha.</p> <p class="JNormalP">Leucon alz&oacute; la mirada.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Basta ya de esto &mdash;interrumpi&oacute; bruscamente. Se volvi&oacute; hacia Dan&mdash;. Conozco esas palabras vuestras: azar, enfermedad, muerte. No son para Paracosma. Res&eacute;rvalas para tu pa&iacute;s irreal.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;D&oacute;nde las oy&oacute; usted, entonces?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Se las o&iacute; a la madre de Galatea &mdash;contest&oacute; el Tejedor Gris&mdash;, quien las conservaba de tu predecesor, un fantasma que nos visit&oacute; antes de nacer Galatea.</p> <p class="JNormalP">Dan tuvo una visi&oacute;n del rostro de Ludwig.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Qu&eacute; aspecto ten&iacute;a?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Muy parecido al tuyo.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Pero, &iquest;c&oacute;mo se llamaba?</p> <p class="JNormalP">El rostro del anciano se ensombreci&oacute; de pronto.</p> <p class="JNormalP">&mdash;No hablemos de &eacute;l &mdash;dijo, y se puso en pie y entr&oacute; en la mora&shy;da envuelto en un fr&iacute;o silencio.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Se va a tejer &mdash;explic&oacute; Galatea al cabo de un momento. Su linda y expresiva cara a&uacute;n aparec&iacute;a turbada.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Qu&eacute; es lo que teje?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Esto. &mdash;Ella toc&oacute; la plateada tela de su propia t&uacute;nica&mdash;. Lo teje con hilos de metal en una m&aacute;quina muy curiosa. No s&eacute; el m&eacute;todo.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Pero, &iquest;qui&eacute;n hizo la m&aacute;quina?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Estaba aqu&iacute;.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Pero..., Galatea! &iquest;Qui&eacute;n construy&oacute; la casa? &iquest;Qui&eacute;n plant&oacute; es&shy;tos &aacute;rboles frutales?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Estaban aqu&iacute;. La casa y los &aacute;rboles estuvieron siempre aqu&iacute;. &mdash;Alz&oacute; la mirada&mdash;, Ya te dije que todo hab&iacute;a sido previsto desde el comienzo hasta la eternidad, todo. La casa, los &aacute;rboles y la m&aacute;quina estaban dispuestos para Leucon, para mis padres y para m&iacute;. Aqu&iacute; hay un sitio para mi hijo, que ser&aacute; una ni&ntilde;a, y un sitio para el hijo de ella, y as&iacute; sucesivamente.</p> <p class="JNormalP">Dan se qued&oacute; pensando un momento.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Naciste aqu&iacute;?</p> <p class="JNormalP">&mdash;No lo s&eacute;.</p> <p class="JNormalP">&Eacute;l not&oacute;, con repentina preocupaci&oacute;n, que las l&aacute;grimas pugnaban por salir de los ojos de Galatea.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Galatea, querida! &iquest;Por qu&eacute; te sientes desgraciada? &iquest;Qu&eacute; ocu&shy;rre?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;C&oacute;mo? &iexcl;Nada! &mdash;Sacudi&oacute; sus negros rizos y le sonri&oacute; de pron&shy;to&mdash;. &iquest;Qu&eacute; podr&iacute;a ocurrir? &iquest;Qui&eacute;n podr&iacute;a ser desgraciado en Paracosma? &mdash;Se irgui&oacute; y le tom&oacute; de la mano&mdash;. &iexcl;Ven! Recojamos frutas para ma&ntilde;ana.</p> <p class="JNormalP">Se alej&oacute; en un torbellino de centelleante plata y Dan la sigui&oacute; hasta dar la vuelta a un ala del edificio. Gr&aacute;cil como una bailarina, Galatea se alz&oacute; hasta alcanzar una rama que ten&iacute;a sobre la cabeza, la asi&oacute; risue&ntilde;amente y le arroj&oacute; a &eacute;l un gran globo dorado. Le carg&oacute; los brazos con las brillantes frutas y le envi&oacute; de nuevo al banco; cuando &eacute;l regres&oacute;, la muchacha sigui&oacute; recogiendo tanta fruta, que un diluvio de abigarradas esferas se amontonaba alrededor del hom&shy;bre. Galatea se ech&oacute; a re&iacute;r de nuevo y, con delicados puntapi&eacute;s, en&shy;viaba las frutas al arroyuelo, mientras Dan la miraba con dolorosa melancol&iacute;a. Luego, s&uacute;bitamente, ella se qued&oacute; mir&aacute;ndolo; durante un largo y tenso instante permanecieron inm&oacute;viles, los ojos clava&shy;dos en los ojos, hasta que ella se alej&oacute;, caminando lentamente hacia el portal de la casa. Dan la sigui&oacute; con su carga de fruta, sumida una vez m&aacute;s su mente en un torbellino de duda y perplejidad.</p> <p class="JNormalP">El peque&ntilde;o sol se ocultaba tras los &aacute;rboles de aquel bosque colo&shy;sal que hab&iacute;a a poniente y un frescor se insinuaba entre largas som&shy;bras. El arroyuelo tomaba una tonalidad purp&uacute;rea en el ocaso, pero sus alegres notas segu&iacute;an mezcl&aacute;ndose con la m&uacute;sica de las flores. Cuando por fin el sol se apag&oacute; y los dedos de sombra obscurecieron el prado las flores se quedaron calladas y el arroyuelo borbote&oacute; solitario en un mundo de silencio, En silencio tambi&eacute;n, Dan cruz&oacute; la puerta.</p> <p class="JNormalP">Entr&oacute; en una estancia espaciosa, recubierta de grandes losas blan&shy;cas y negras; exquisitos bancos de m&aacute;rmol esculpido se repart&iacute;an aqu&iacute; y all&aacute;. El viejo Leucon, en un apartado rinc&oacute;n, se inclinaba so&shy;bre un intrincado y reluciente mecanismo. Cuando Dan entr&oacute;, daba por terminada una brillante pieza de tela plateada; la dobl&oacute; y la coloc&oacute; cuidadosamente a un lado. Dan no pudo por menos que ad&shy;vertir un curioso fen&oacute;meno: a pesar de que las ventanas estaban abiertas a las tinieblas, ning&uacute;n insecto nocturno rondaba los glo&shy;bos que alumbraban a intervalos desde hornacinas excavadas en las paredes.</p> <p class="JNormalP">Galatea permanec&iacute;a en pie junto a una puerta que &eacute;l ten&iacute;a a su izquierda. La muchacha se apoyaba cansinamente en el marco. &Eacute;l coloc&oacute; el frutero sobre un banco que hab&iacute;a a la entrada y camin&oacute; hacia la joven.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Esta es tu habitaci&oacute;n &mdash;dijo ella, indicando el cuarto que hab&iacute;a m&aacute;s al fondo.</p> <p class="JNormalP">Dan mir&oacute; una agradable habitacioncita; un ventanal enmarcaba un cuadrado lleno de estrellas y un delgado, r&aacute;pido y casi silencioso chorro de agua brotaba de la boca de una cabeza humana esculpida en la pared de la izquierda que se curvaba hasta formar una pisci&shy;na de unos dos metros de profundidad hundida en el suelo. Otro de aquellos graciosos bancos cubierto de tela plateada completaba el mobiliario; una &uacute;nica esfera brillante, colgada del techo por una ca&shy;dena, iluminaba la habitaci&oacute;n. Dan se volvi&oacute; hacia la muchacha, en cuyos ojos advirti&oacute; a&uacute;n una profunda gravedad.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Esto es ideal &mdash;coment&oacute; Dan&mdash;, pero, Galatea, &iquest;c&oacute;mo voy a apa&shy;gar la luz?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Apagarla? &mdash;dijo ella&mdash;. Tienes que taparla:&nbsp;&nbsp; &iexcl;as&iacute;!</p> <p class="JNormalP">Una d&eacute;bil sonrisa flot&oacute; de nuevo en sus labios cuando dej&oacute; caer una pantalla de metal sobre la brillante esfera. Permanecieron ten&shy;sos en la obscuridad; Dan percib&iacute;a dolorosamente la proximidad de la muchacha, y luego la luz brill&oacute; una vez m&aacute;s. La muchacha se mo&shy;vi&oacute; hacia la puerta, all&iacute; se detuvo y le alarg&oacute; una mano.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Querida sombra &mdash;dijo suavemente&mdash;, espero que tus sue&ntilde;os sean m&uacute;sica.</p> <p class="JNormalP">Se hab&iacute;a ido.</p> <p class="JNormalP">Dan permaneci&oacute; indeciso en su habitaci&oacute;n; lanz&oacute; una mirada a la gran sala donde Leucon segu&iacute;a inclinado sobre su trabajo; el Te&shy;jedor Gris levant&oacute; una mano en solemne saludo, pero no dijo nada. Dan no sinti&oacute; ning&uacute;n deseo de la silenciosa compa&ntilde;&iacute;a del anciano y se meti&oacute; en su habitaci&oacute;n para disponerse a dormir.</p> <p class="JNormalP">Casi instant&aacute;neamente, al parecer, hab&iacute;a amanecido y el extra&ntilde;o y rojizo sol enviaba sus rayos al interior de la habitaci&oacute;n. Suaves gorjeos vibraban en el aire. Se levant&oacute; tan penetrado de la realidad de su entorno como si no hubiese dormido en absoluto. La piscina lo tent&oacute; y se ba&ntilde;&oacute; en un agua fresqu&iacute;sima. Luego sali&oacute; a la sala cen&shy;tral, notando con curiosidad que los globos a&uacute;n segu&iacute;an brillando en p&aacute;lida rivalidad con la luz del d&iacute;a. Toc&oacute; casualmente uno de ellos; a sus dedos estaba tan fr&iacute;o como el metal. Lo descolg&oacute; en seguida de su varilla. Por un momento pudo tener entre las manos aquella cosa fr&iacute;a y resplandeciente. Volvi&oacute; a colocarlo en la varilla y sali&oacute; al alba.</p> <p class="JNormalP">Galatea estaba danzando en el sendero, comiendo una fruta ex&shy;tra&ntilde;a tan rosada como sus labios. Estaba contenta de nuevo, una vez m&aacute;s era la ninfa feliz que le hab&iacute;a dado la bienvenida y que ahora le dirig&iacute;a una brillante sonrisa mientras &eacute;l estaba eligiendo una dulce esfera verde para su desayuno.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Ven! &mdash;grit&oacute; ella&mdash;. &iexcl;Al r&iacute;o!</p> <p class="JNormalP">Se alej&oacute; hacia el incre&iacute;ble bosque; Dan la segu&iacute;a, maravill&aacute;ndose de que la &aacute;gil velocidad de la muchacha compitiera tan f&aacute;cilmente con sus m&uacute;sculos de corredor. Poco despu&eacute;s estaban ri&eacute;ndose en el r&iacute;o y jugueteando hasta que Galatea se dirigi&oacute; a la orilla, radiante. La sigui&oacute; y se tendi&oacute; junto a ella. Dan constat&oacute;, sorprendido, que no estaba ni cansado ni jadeante, ni ten&iacute;a el menor s&iacute;ntoma de ago&shy;tamiento. Se le ocurri&oacute; una pregunta, hasta ahora sin contestaci&oacute;n:</p> <p class="JNormalP">&mdash;Galatea, &iquest;a qui&eacute;n tomar&aacute;s como compa&ntilde;ero? Los ojos de la muchacha se pusieron serios.</p> <p class="JNormalP">&mdash;No lo s&eacute; &mdash;dijo ella&mdash;. Llegar&aacute; a su debido tiempo. Es la ley.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Y ser&aacute;s feliz?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Por supuesto. &mdash;Parec&iacute;a turbada&mdash;. &iquest;No lo es todo el mundo?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Donde yo vivo no, Galatea.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Entonces, debe de ser un sitio extra&ntilde;o ese fantasmal mundo tuyo. Un sitio terrible.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Lo es, lo es con frecuencia &mdash;reconoci&oacute; Dan&mdash;. Me gustar&iacute;a...</p> <p class="JNormalP">Hizo una pausa. &iquest;Qu&eacute; le gustar&iacute;a? &iquest;No le estaba hablando a una ilusi&oacute;n, a un sue&ntilde;o, a una aparici&oacute;n? Mir&oacute; a la muchacha, sus res&shy;plandecientes cabellos negros, sus ojos, su dulce piel blanca, y luego, en un momento tr&aacute;gico, se esforz&oacute; en sentir bajo sus manos los brazos de aquella gastada butaca de hotel..., y fracas&oacute;. Sonri&oacute;; ade&shy;lant&oacute; los dedos para tocar el brazo desnudo de la joven y por un instante ella lo mir&oacute; con ojos sorprendidos y se puso en pie de un salto.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Vamos!&nbsp; &iexcl;Quiero ense&ntilde;arte mi pa&iacute;s!</p> <p class="JNormalP">Empez&oacute; a andar, arroyo abajo, y Dan, desganadamente, se puso en pie para seguirla.</p> <p class="JNormalP">&iexcl;Qu&eacute; d&iacute;a aqu&eacute;l! Siguieron el riachuelo desde la serena laguna hasta las cantarinas cataratas. Por doquier sonaban los extra&ntilde;os piulidos y gorjeos que eran las voces de las flores. A cada recodo se ofrec&iacute;a una nueva visi&oacute;n de belleza; cada momento aportaba una nueva sensaci&oacute;n de delicia. Hablaban o estaban callados; cuando ten&iacute;an sed, el fresco r&iacute;o estaba a mano; cuando ten&iacute;an hambre, las frutas se ofrec&iacute;an por doquier; cuando estaban cansados, siempre hab&iacute;a una laguna profunda y una orilla musgosa; y cuando hab&iacute;an descansado, una nueva belleza hac&iacute;a su aparici&oacute;n. Frente a ellos, los incre&iacute;bles &aacute;rboles alzaban sus incre&iacute;bles formas fant&aacute;sticas, pero en la margen donde se hallaban los dos j&oacute;venes segu&iacute;a el prado lleno de flores en forma de estrellas. Galatea entrelaz&oacute; con ellas una bri&shy;llante guirnalda para la cabeza de su compa&ntilde;ero, y &eacute;l sigui&oacute; ade&shy;lante tarareando una dulce canci&oacute;n. Poco a poco, el rojo sol se in&shy;clin&oacute; hacia el bosque. Dan lo hizo notar y, de mala gana, volvieron a casa.</p> <p class="JNormalP">Mientras regresaban, Galatea cantaba una extra&ntilde;a canci&oacute;n, que&shy;jumbrosa y dulce como la mezcla de la m&uacute;sica, del r&iacute;o y de las flores. Una vez m&aacute;s sus ojos estaban tristes.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Qu&eacute; canci&oacute;n es &eacute;sa? &mdash;pregunt&oacute; &eacute;l.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Una canci&oacute;n que cant&oacute; otra Galatea &mdash;contest&oacute; ella&mdash;, mi ma&shy;dre. &mdash;Pos&oacute; su mano en el brazo del hombre&mdash;. Te la cantar&eacute; en in&shy;gl&eacute;s para que la entiendas:</p> <p class="JNormalP">&nbsp;</p> <p class="y">El r&iacute;o corre entre flores y helechos,</p> <p class="y">entre flores y helechos suspira una canci&oacute;n.</p> <p class="y">Una canci&oacute;n que habla de ti, de tu regreso,</p> <p class="y">tu regreso alg&uacute;n d&iacute;a, alg&uacute;n a&ntilde;o, mi amor.</p> <p class="y">Los a&ntilde;os van llevando sus l&aacute;nguidos murmullos</p> <p class="y">como exigiendo r&eacute;plicas que nadie puede dar,</p> <p class="y">las flores se entristecen y acongojadas dicen:</p> <p class="y">El r&iacute;o miente, miente; no hace m&aacute;s que so&ntilde;ar.</p> <p class="JNormalP">&nbsp;</p> <p class="JNormalP">Su voz vacil&oacute; en las notas finales; rein&oacute; el silencio s&oacute;lo quebrado por el tintineo del agua y el zumbido de las flores. Dan no pudo contenerse:</p> <p class="JNormalP">&mdash;Galatea... Esa es una canci&oacute;n triste, Galatea. &iquest;Por qu&eacute; estaba triste tu madre? Me dijiste que todo el mundo era feliz en Paracosma.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Quebrant&oacute; una ley &mdash;replic&oacute; la muchacha con voz neutra&mdash;. Es el camino que lleva inevitablemente a la pena. Se enamor&oacute; de un fantasma. Uno que vino de vuestro reino de sombras y tuvo que re&shy;gresar. As&iacute;, cuando el novio que le hab&iacute;an designado lleg&oacute;, era de&shy;masiado tarde; &iquest;comprendes? Pero ella cedi&oacute; finalmente a la ley y es por siempre infeliz, Va vagando de un sitio en otro por todo el mundo. &mdash;Hizo una pausa&mdash;. Yo nunca quebrantar&eacute; una ley &mdash;dijo desafiante.</p> <p class="JNormalP">Dan le tom&oacute; una mano.</p> <p class="JNormalP">&mdash;No quiero verte desgraciada, Galatea, Quiero que siempre seas feliz.</p> <p class="JNormalP">Ella sacudi&oacute; la cabeza.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Soy feliz &mdash;dijo, y le sonri&oacute; con una sonrisa tierna y melan&shy;c&oacute;lica.</p> <p class="JNormalP">Permanecieron en silencio un largo rato mientras caminaban de vuelta a casa, Las sombras de los gigantescos &aacute;rboles sobrepasaban el r&iacute;o al deslizarse el sol detr&aacute;s de ellos. Durante un trecho la pareja anduvo con las manos unidas, pero cuando llegaron al sendero de brillantes guijarros cerca de la casa, Galatea se apart&oacute; y ech&oacute; a co&shy;rrer velozmente. Dan la sigui&oacute; todo lo aprisa que pudo; cuando lleg&oacute;, Leucon estaba sentado en su banco junto al p&oacute;rtico y Galatea se hab&iacute;a detenido en el umbral. En sus ojos, Dan crey&oacute; adivinar el bri&shy;llo de las l&aacute;grimas.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Estoy muy cansada &mdash;dijo, y se escabull&oacute; adentro. Dan se movi&oacute; para seguirla, pero el anciano levant&oacute; una mano y lo detuvo.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Amigo de las sombras, &iquest;quieres escucharme un momento? Dan accedi&oacute; y se dej&oacute; caer en el banco. Tuvo un presentimiento: nada agradable lo aguardaba.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Hay algo que debes saber &mdash;continu&oacute; Leucon&mdash;, y te lo dir&eacute; sin &aacute;nimo de apenarte, si es que los fantasmas sienten pena. Galatea te ama, aunque creo que hasta ahora ella misma no se ha dado cuenta.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Tambi&eacute;n la amo yo &mdash;dijo Dan. El Tejedor Gris le mir&oacute; fijamente:</p> <p class="JNormalP">&mdash;Es algo que no comprendo. Cierto que la substancia puede amar a la sombra, pero, &iquest;c&oacute;mo la sombra puede amar a la substancia?</p> <p class="JNormalP">&mdash;La quiero &mdash;insisti&oacute; Dan.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Si es as&iacute;, &iexcl;aflicci&oacute;n para vosotros dos! Porque tal cosa es impo&shy;sible en Paracosma; es un conflicto con las leyes. El compa&ntilde;ero de Galatea est&aacute; designado, quiz&aacute;s incluso se acerca en estos momentos.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Leyes! &iexcl;Leyes! &mdash;mascull&oacute; Dan&mdash;. &iquest;De qui&eacute;n son esas leyes? &iexcl;Ni de Galatea, ni de m&iacute;!</p> <p class="JNormalP">&mdash;Pero existen &mdash;dijo el Tejedor Gris&mdash;. No es competencia tuya ni m&iacute;a criticarlas, aunque todav&iacute;a me pregunto qu&eacute; poder consigui&oacute; anularlas para permitir tu presencia aqu&iacute;.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Yo no tuve voz en vuestras leyes.</p> <p class="JNormalP">El anciano lo mir&oacute; escrutadoramente en la penumbra.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Es que alguien ha tenido en alg&uacute;n sitio voz en las leyes? &mdash;in&shy;quiri&oacute;.</p> <p class="JNormalP">&mdash;En mi pa&iacute;s la tenemos &mdash;replic&oacute; Dan.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Locura! &mdash;gru&ntilde;&oacute; Leucon&mdash;. &iexcl;Leyes hechas por el hombre! &iquest;De qu&eacute; utilidad son las leyes hechas por el hombre con sanciones he&shy;chas por el hombre o con ninguna pena en absoluto? Si vuestras sombras hacen una ley en el sentido de que el viento s&oacute;lo debe soplar desde el este, &iquest;la obedece el viento del oeste?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Promulgamos leyes de ese tipo &mdash;reconoci&oacute; Dan amargamente&mdash;. Puede que sean est&uacute;pidas, pero no m&aacute;s injustas que las vuestras.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Las nuestras &mdash;dijo el Tejedor Gris&mdash; son las leyes inalterables del mundo, las leyes de la naturaleza. Su quebrantamiento acarrea siempre la infelicidad. Lo he visto; lo he experimentado en otra persona, en la madre de Galatea, aunque Galatea es m&aacute;s fuerte que ella. &mdash;Hizo una pausa&mdash;. Ahora &mdash;continu&oacute;&mdash;, s&oacute;lo pido un poco de piedad; tu estancia aqu&iacute; es corta y te suplico que no hagas m&aacute;s da&ntilde;o que el que se ha hecho ya. S&eacute; misericordioso; no apenes m&aacute;s a la muchacha.</p> <p class="JNormalP">Se levant&oacute; y cruz&oacute; la puerta; cuando Dan lo sigui&oacute; un momento m&aacute;s tarde, el anciano ya estaba retirando una pieza de tejido de plata de la m&aacute;quina que ten&iacute;a en el rinc&oacute;n. Dan se volvi&oacute; silencioso a su propia habitaci&oacute;n, donde el chorro de agua tintineaba d&eacute;bil&shy;mente como una distante campanilla. Se sent&iacute;a profundamente desgraciado.</p> <p class="JNormalP">Una vez m&aacute;s se levant&oacute; con el resplandor del alba y una vez m&aacute;s Galatea le sali&oacute; al encuentro con su cuenco de frutas. Deposit&oacute; su carga dirigi&eacute;ndole una tenue sonrisa de saludo y se qued&oacute; mir&aacute;n&shy;dolo como a la espera.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Ven conmigo, Galatea &mdash;dijo &eacute;l,</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Adonde?</p> <p class="JNormalP">&mdash;A la orilla del r&iacute;o. A hablar.</p> <p class="JNormalP">Caminaron en silencio hasta el borde de la laguna. Dan notaba una sutil diferencia en el mundo que lo rodeaba; los contornos eran vagos; los tenues pi&iacute;dos de las flores, menos audibles, y el paisaje mismo era extra&ntilde;amente inestable, cambiante. Cuando no lo mira&shy;ba directamente, parec&iacute;a nebuloso. Y tambi&eacute;n era muy extra&ntilde;o que aunque hubiese tra&iacute;do aqu&iacute; a la muchacha para hablar con ella, ahora no ten&iacute;a nada que decir. Se sent&oacute; en doloroso silencio con los ojos clavados en la belleza de aquella carita.</p> <p class="JNormalP">Galatea se&ntilde;al&oacute; el rojo sol, que ascend&iacute;a.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Tan poco tiempo! &mdash;suspir&oacute;&mdash;. &iexcl;Tan poco tiempo antes de que; vuelvas a tu mundo de fantasmas! Lo sentir&eacute; mucho, much&iacute;simo. &mdash;Le toc&oacute; la mejilla con los dedos&mdash;. &iexcl;Querida sombra!</p> <p class="JNormalP">&mdash;Suponte &mdash;dijo Dan roncamente&mdash; que no me voy. &iquest;Qu&eacute; pasa&shy;r&iacute;a? &mdash;Su voz se hizo m&aacute;s en&eacute;rgica&mdash;. &iexcl;No me ir&eacute;! &iexcl;Voy a quedarme!</p> <p class="JNormalP">La resignada tristeza del rostro de la muchacha lo conmovi&oacute;; comprendi&oacute; la iron&iacute;a de luchar contra el desenlace inevitable de un sue&ntilde;o. Ella habl&oacute;:</p> <p class="JNormalP">&mdash;Si fuera yo quien hiciese las leyes, te quedar&iacute;as. Pero no puedes, querido. No puedes.</p> <p class="JNormalP">Dan hab&iacute;a olvidado las palabras del Tejedor Gris.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Te quiero, Galatea &mdash;dijo.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Y yo a ti &mdash;susurr&oacute; ella&mdash;. Mira, querid&iacute;sima sombra, c&oacute;mo que&shy;branto la misma ley que mi madre quebrant&oacute; y c&oacute;mo me alegro de afrontar la pena que eso va a acarrearme. &mdash;Coloc&oacute; tiernamente una mano sobre la de Dan&mdash;. Leucon es muy sabio y estoy obligada a obedecerlo, pero lo que sentimos est&aacute; m&aacute;s all&aacute; de su sabidur&iacute;a, por&shy;que &eacute;l mismo se dej&oacute; envejecer. &mdash;Hizo una pausa&mdash;. &Eacute;l mismo se dej&oacute; envejecer &mdash;repiti&oacute; lentamente.</p> <p class="JNormalP">Una extra&ntilde;a luz relumbr&oacute; en sus obscuros ojos cuando se volvi&oacute; de pronto hacia Dan.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Querid&iacute;simo! &mdash;dijo tensamente&mdash;. Esa cosa que les ocurre a los viejos... esa muerte vuestra... &iquest;qu&eacute; es lo que la sigue?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Qu&eacute; es lo que sigue a la muerte? &mdash;repiti&oacute; &eacute;l&mdash;. &iquest;Y qui&eacute;n lo sabe?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Pero... &mdash;La voz de la muchacha era como un gemido&mdash;. Pero uno no puede simplemente... desaparecer. Tiene que haber un des&shy;pertar.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Y qui&eacute;n lo sabe? &mdash;dijo Dan de nuevo&mdash;. Hay gente que cree que despertaremos en un mundo m&aacute;s feliz, pero... Sacudi&oacute; la cabeza desesperadamente.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Tiene que ser verdad! &iexcl;Oh, tiene que serlo! &mdash;grit&oacute; Galatea&mdash;. &iexcl;Tiene que existir para vosotros m&aacute;s de lo que hay en ese mundo loco del que me has hablado, &mdash;Se estrech&oacute; contra &eacute;l&mdash;. Suponte, que&shy;rido, que cuando llegue el esposo que me ha sido designado, lo re&shy;chazo. Suponte que no engendro ning&uacute;n hijo, que me dejo envejecer, m&aacute;s que Leucon, envejecer hasta la muerte. &iquest;Me unir&iacute;a contigo en ese vuestro mundo m&aacute;s feliz?</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Galatea! &mdash;exclam&oacute; &eacute;l, acongojado&mdash;. &iexcl;Qu&eacute; pensamiento tan te&shy;rrible!</p> <p class="JNormalP">&mdash;M&aacute;s terrible de lo que te imaginas &mdash;susurr&oacute; ella&mdash;. Es m&aacute;s que violaci&oacute;n de una ley; es rebeli&oacute;n. Todo est&aacute; planeado, todo esta&shy;ba previsto, excepto esto; y, si no engendro ning&uacute;n hijo, su puesto quedar&aacute; sin cubrir&mdash;, y los puestos de sus hijos y de los hijos de sus hijos, y as&iacute; hasta que alg&uacute;n d&iacute;a todo el gran plan de Paracosma fracase. &mdash;Su murmullo se hizo muy d&eacute;bil y temeroso&mdash;. Es destruc&shy;ci&oacute;n, pero te amo m&aacute;s a ti de lo que temo... a la muerte.</p> <p class="JNormalP">Dan la rode&oacute; con sus brazos.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;No, Galatea! &iexcl;No! &iexcl;Prom&eacute;temelo! Ella susurr&oacute;:</p> <p class="JNormalP">&mdash;Puedo prometer y luego romper mi promesa. &mdash;Se inclin&oacute;; los labios de ambos se rozaron y Dan sinti&oacute; en aquel beso toda la fra&shy;gancia y el dulce sabor a miel&mdash;. Por fin &mdash;suspir&oacute; ella&mdash;, puedo dar&shy;te un nombre por el que amarte, &iexcl;Filometros! &iexcl;Medida de mi amor!</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Un nombre? &mdash;mascull&oacute; Dan.</p> <p class="JNormalP">Una idea fant&aacute;stica pas&oacute; por su mente, una manera de probarse a s&iacute; mismo que todo esto era realidad y no simplemente una p&aacute;gina que pudiese leer cualquiera que usase las gafas m&aacute;gicas del viejo Ludwig. &iexcl;Si Galatea quisiese pronunciar su nombre! Qui&shy;z&aacute;, pens&oacute; &eacute;l temerariamente, quiz&aacute;s entonces podr&iacute;a quedarse. Apar&shy;t&oacute; a la muchacha.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Galatea!&nbsp; &mdash;grit&oacute;&mdash;. &iquest;Recuerdas mi nombre? Ella asinti&oacute; silenciosamente, sus desgraciados ojos fijos en los de &eacute;l.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Entonces, dilo!&nbsp; &iexcl;Dilo, querida!</p> <p class="JNormalP">Ella se qued&oacute; mir&aacute;ndolo callada y lastimeramente, pero no exha&shy;l&oacute; ning&uacute;n sonido.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Dilo, Galatea! &mdash;suplicaba &eacute;l con desesperaci&oacute;n&mdash;. &iexcl;Di mi nom&shy;bre, querida, simplemente mi nombre!</p> <p class="JNormalP">La boca de la muchacha se movi&oacute;; palideci&oacute; por el esfuerzo y Dan habr&iacute;a jurado que su nombre alete&oacute; en aquellos labios temblo&shy;rosos.</p> <p class="JNormalP">Por &uacute;ltimo, la joven habl&oacute;.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;No puedo, querid&iacute;simo! &iexcl;Oh, no puedo! Una ley lo proh&iacute;be. &mdash;Se irgui&oacute; de pronto, p&aacute;lida como una estatuilla de marfil&mdash;. Leucon me llama &mdash;dijo, y se precipit&oacute; afuera.</p> <p class="JNormalP">Dan la sigui&oacute; por la senda de guijarros, pero la velocidad de la muchacha superaba en mucho a la suya. En el p&oacute;rtico encontr&oacute; &uacute;ni&shy;camente al Tejedor Gris, fr&iacute;o y severo. Levant&oacute; una mano cuando Dan apareci&oacute;.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Te queda poco tiempo &mdash;dijo&mdash;, Vete, pensando en el da&ntilde;o que has hecho.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; Galatea? &mdash;jade&oacute; Dan.</p> <p class="JNormalP">&mdash;La he enviado lejos.</p> <p class="JNormalP">El anciano bloqueaba la entrada; por un momento Dan pens&oacute; apartarlo violentamente, pero algo lo contuvo. Mir&oacute; con ansia hacia el prado, &iexcl;all&iacute;! Un rel&aacute;mpago de plata al otro lado del r&iacute;o, al borde del bosque. Dio media vuelta y corri&oacute; en aquella direcci&oacute;n mientras, inm&oacute;vil y fr&iacute;o, el Tejedor Gris lo ve&iacute;a alejarse.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Galatea! &mdash;gritaba&mdash;. &iexcl;Galatea!</p> <p class="JNormalP">Estaba ya junto al r&iacute;o, en la orilla del bosque, corriendo entre co&shy;lumnas de &aacute;rboles que se arremolinaban en torno de &eacute;l como niebla. El mundo era neblinoso; finos copos danzaban como nieve ante sus ojos; Paracosma estaba disolvi&eacute;ndose en torno de &eacute;l. A trav&eacute;s del caos imagin&oacute; atisbar una vislumbre de la muchacha, pero al acer&shy;carse no pudo sino seguir repitiendo su desesperado grito de &laquo;&iexcl;Galatea!&raquo;.</p> <p class="JNormalP">Despu&eacute;s de un tiempo que le pareci&oacute; interminable, se detuvo; algo conocido en el lugar lo impresion&oacute; y, justamente cuando el rojo sol aparec&iacute;a sobre &eacute;l, reconoci&oacute; el sitio, el punto mismo por donde ha&shy;b&iacute;a entrado en Paracosma. Una sensaci&oacute;n de futilidad le oprimi&oacute; por un momento mientras miraba una aparici&oacute;n incre&iacute;ble: una obscu&shy;ra ventana suspendida ante &eacute;l y a trav&eacute;s de la cual irradiaban hile&shy;ras de luces el&eacute;ctricas. &iexcl;La ventana de Ludwig!</p> <p class="JNormalP">Aquella visi&oacute;n desapareci&oacute;. Pero los &aacute;rboles se retorc&iacute;an y el cie&shy;lo se iba obscureciendo mientras &eacute;l vacilaba como un borracho en aquel torbellino. Se dio cuenta de pronto de que ya no estaba de pie, sino sentado en medio del claro de un bosque, y que sus manos afe&shy;rraban algo liso y duro: los brazos de aquella miserable butaca de hotel. Entonces, por &uacute;ltimo, muy cerca de &eacute;l, la vio, vio a Galatea, con los rasgos contra&iacute;dos por la pena y los ojos llenos de l&aacute;grimas. Hizo un esfuerzo terrible para levantarse, para mantenerse erguido, y cay&oacute; agitando los brazos en medio de una hoguera de luces y des&shy;tellos.</p> <p class="JNormalP">Luch&oacute; por ponerse de rodillas; lo sujetaban paredes, las de la habitaci&oacute;n de Ludwig; deb&iacute;a de haberse resbalado desde la butaca. Las gafas m&aacute;gicas yac&iacute;an ante &eacute;l. Uno de los cristales se hab&iacute;a roto y derramaba un l&iacute;quido que no era ya claro como el agua, sino blan&shy;co como la leche.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Dios m&iacute;o! &mdash;mascull&oacute;.</p> <p class="JNormalP">Se sent&iacute;a sacudido, enfermo, exhausto, con una amarga sensaci&oacute;n de haber sido despojado, y la cabeza le dol&iacute;a atrozmente. La habita&shy;ci&oacute;n era sucia, repugnante; necesitaba salir de all&iacute;. Mir&oacute; maquinalmente su reloj: las cuatro; deb&iacute;a de haber estado sentado all&iacute; cerca de cinco horas. Por primera vez not&oacute; la ausencia de Ludwig; y se alegr&oacute; de ello. Cruz&oacute; sobriamente la puerta y se dirigi&oacute; al ascen&shy;sor. No hubo respuesta a su llamada; alguien estaba utilizando el ca&shy;charro. Baj&oacute; a pie tres tramos hasta llegar al vest&iacute;bulo y sali&oacute; a la calle precipitadamente.</p> <p class="JNormalP">&iexcl;Enamorado de una visi&oacute;n! Peor a&uacute;n: enamorado de una mu&shy;chacha que nunca hab&iacute;a vivido en una Utop&iacute;a fant&aacute;stica que literal&shy;mente no estaba en ninguna parte. Se arroj&oacute; sobre la cama de su habitaci&oacute;n con un gemido que ten&iacute;a mucho de sollozo.</p> <p class="JNormalP">Comprendi&oacute; por fin lo que implicaba el nombre de Galatea. Galatea, la estatua de Pigmali&oacute;n, a la que dio vida Venus en el antiguo mito griego. Pero esta otra Galatea, la Galatea de &eacute;l, c&aacute;lida, deliciosa y vital, tendr&iacute;a que permanecer para siempre sin el don de la vida, puesto que &eacute;l no era ni Pigmali&oacute;n ni dios.</p> <p class="JNormalP">Despert&oacute; entrada la ma&ntilde;ana y mir&oacute; a su alrededor buscando, aturdido, la fuente y la piscina de Paracosma. Poco a poco fue re&shy;capacitando. &iquest;Hasta qu&eacute; punto hab&iacute;a sido real la experiencia de la noche pasada? &iquest;Hasta qu&eacute; punto hab&iacute;a sido producto del alcohol? &iquest;O es que el viejecillo Ludwig ten&iacute;a raz&oacute;n y no exist&iacute;a diferencia al&shy;guna entre la realidad y el sue&ntilde;o?</p> <p class="JNormalP">Se cambi&oacute; de ropa y baj&oacute; desalentadamente a la calle. Encontr&oacute; por fin el hotel de Ludwig donde averigu&oacute; que el bajito profesor se hab&iacute;a ido definitivamente sin dejar m&aacute;s se&ntilde;as.</p> <p class="JNormalP">&iquest;Qu&eacute; importaba? Ni siquiera Ludwig podr&iacute;a darle lo que &eacute;l bus&shy;caba, una Galatea viviente. Dan se alegraba de que el individuo hu&shy;biese desaparecido; odiaba al peque&ntilde;o profesor. &iquest;Profesor? Los hip&shy;notizadores se llaman a s&iacute; mismos &laquo;profesores&raquo;. Pas&oacute; un d&iacute;a agota&shy;dor y tras una noche sin dormir lleg&oacute; en tren a Chicago.</p> <p class="JNormalP">Era a mediados de invierno cuando vio en una avenida a una diminuta figura que caminaba delante de &eacute;l. &iexcl;Ludwig! Pero, &iquest;de qu&eacute; servir&iacute;a llamarlo? Sin embargo, su grito fue autom&aacute;tico:</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iexcl;Profesor Ludwig!</p> <p class="JNormalP">La diminuta figura se volvi&oacute;, le reconoci&oacute; y sonri&oacute;. Se refugiaron en los soportales de un edificio.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Siento lo de su m&aacute;quina, profesor. Estoy dispuesto a indemni&shy;zarle el da&ntilde;o.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Ah, no fue nada, un cristal roto. Pero, &iquest;ha estado usted enfermo? Tiene mucho peor aspecto que antes.</p> <p class="JNormalP">&mdash;No es nada &mdash;dijo Dan&mdash;. Su espect&aacute;culo fue maravilloso, pro&shy;fesor, realmente maravilloso. Se lo habr&iacute;a dicho as&iacute;, pero usted se hab&iacute;a ido cuando acab&oacute;.</p> <p class="JNormalP">Ludwig se encogi&oacute; de hombros.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Sal&iacute; al vest&iacute;bulo para buscar cigarrillos. Llevaba ya cinco horas con un maniqu&iacute; de cera, comprenda.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Fue maravilloso &mdash;repiti&oacute; Dan.</p> <p class="JNormalP">&mdash;&iquest;Tan real? &mdash;sonri&oacute; el otro&mdash;, S&oacute;lo porque usted cooper&oacute;. Es un caso de autohipnosis.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Fue real, completamente real &mdash;reconoci&oacute; Dan l&uacute;gubremente&mdash;. No lo comprendo..., ese extra&ntilde;o y bello pa&iacute;s.</p> <p class="JNormalP">&mdash;Los &aacute;rboles eran palos de golf aumentados por una lente &mdash;dijo Ludwig&mdash;. Todo era cuesti&oacute;n de trucos fotogr&aacute;ficos, pero estereosc&oacute;picos, como le dije a usted, tridimensionales. Las frutas eran de caucho; la casa, un edificio de verano en nuestro campus, en la univer&shy;sidad del norte. Y la voz era la m&iacute;a; usted no habl&oacute; en absoluto, ex&shy;cepto cuando dijo su nombre al principio, y para eso dej&eacute; un espacio en blanco. Mire, yo interpret&eacute; su papel; yo iba de un lado a otro con, el aparato fotogr&aacute;fico amarrado a la cabeza para mantener siempre! el punto de vista del observador. &iquest;Comprende? &mdash;Sonri&oacute;&mdash;. Por fortuna soy m&aacute;s bien bajo. De lo contrario, usted habr&iacute;a parecido un; gigante.</p> <p class="JNormalP"><em>&mdash;</em>&iexcl;Espere un momento! &mdash;dijo Dan, d&aacute;ndole vueltas la cabeza&mdash;<em>. </em>Dice usted que interpret&oacute; mi papel. Entonces Galatea, &iquest;tambi&eacute;n es real?</p> <p class="JNormalP">&mdash;Completamente real &mdash;respondi&oacute; el profesor&mdash;. Es sobrina m&iacute;a, estudia en la universidad y le gusta el arte dram&aacute;tico. Me ayud&oacute; a montar la f&aacute;bula. &iquest;Por qu&eacute;? &iquest;Quiere conocerla?</p> <p class="JNormalP">Dan contest&oacute; vagamente, sinti&eacute;ndose muy feliz. Un dolor hab&iacute;a desaparecido, una pena se hab&iacute;a curado. &iexcl;Paracosma era accesible al fin!</p> <p class="JNormalP">&nbsp;</p> <p class="JNormalP">&nbsp;</p> <p class="JNormalP">&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Tue, 16 May 2017 23:52:00 +0000</pubDate></item><item><title>Es Una Buena Vida. Por Jerome Bixby.</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2017/051001-es-una-buena-vida-por-jerome-bixby-.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2017/051001-es-una-buena-vida-por-jerome-bixby-.php</guid><description><![CDATA[<p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm"><strong>T</strong>&iacute;a Amy estaba afuera, en el p&oacute;rtico, meci&eacute;ndose hacia atr&aacute;s y hacia adelante en la silla de alto respaldo, y abanic&aacute;ndose; cuando Bill Soames condujo su bicicleta por el camino y se detuvo frente a la casa.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Transpirando bajo el &ldquo;sol&rdquo; de la tarde, Bill sac&oacute; el paquete de comestibles de la gran canasta que ten&iacute;a sobre la rueda frontal de su bicicleta, y avanz&oacute; por la arboleda. El peque&ntilde;o Anthony estaba sentado en el c&eacute;sped, jugando con una rata. La hab&iacute;a atrapado en el s&oacute;tano &ndash; le hab&iacute;a hecho pensar que ol&iacute;a queso, el m&aacute;s arom&aacute;tico, desmenuzable y delicioso queso que una rata hubiera cre&iacute;do oler&mdash; y ella hab&iacute;a salido de su agujero, y ahora Anthony la ten&iacute;a atrapada con su mente y la estaba obligando a hacer trucos.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Cuando la rata vio que Bill Soames se aproximaba, trat&oacute; de correr, pero Anthony pens&oacute; hacia ella, y ella dio una voltereta sobre el c&eacute;sped y yaci&oacute; temblando, sus ojos brillando en un peque&ntilde;o y negro terror.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Bill Soames se apresur&oacute; al pasar junto a Anthony y alcanz&oacute; los primeros escalones, mascullando. Siempre mascullaba cuando ven&iacute;a a la casa de los Fremont, o pasaba cerca, o incluso cuando pensaba en ella. Todos lo hac&iacute;an. Pensaban en tonter&iacute;as, cosas sin significado, como dos-y-dos-son-cuatro-y-cuatro-son-ocho y cosas as&iacute;; trataban de entremezclar sus pensamientos para mantenerlos a raya, y as&iacute; Anthony no pudiera leer sus mentes. Mascullar ayudaba. Porque si Anthony captaba cualquier cosa fuerte en tus pensamientos, podr&iacute;a decidir hacer algo al respecto &ndash; como aliviar los terribles dolores de cabeza de tu esposa o las paperas de tus hijos, o hacer que tu vieja vaca lechera volviera a trabajar, o arreglar el retrete. Y, a pesar de que Anthony no intentaba provocar da&ntilde;o alguno, no podr&iacute;a esperarse que tuviera mucha noci&oacute;n sobre lo que ten&iacute;a que hacerse en esos casos.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Eso era si le agradabas. Podr&iacute;a tratar de ayudarte, a su manera. Y eso pod&iacute;a ser bastante horrible.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Si no le agradabas... bueno, eso pod&iacute;a ser peor.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Bill Soames puso el paquete de comestibles en la barandilla del p&oacute;rtico e interrumpi&oacute; su mascullar el tiempo necesario para decir:</p> <p>Todo lo que usted quer&iacute;a, se&ntilde;orita Amy.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Ah, est&aacute; bien, William &ndash; dijo suavemente Amy Fremont &mdash; Dios, &iquest;no hace un horrendo calor el d&iacute;a de hoy?</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Bill Soames casi se encogi&oacute;. Sus ojos parec&iacute;an rogarle. Sacudi&oacute; la cabeza negando violentamente, y luego interrumpi&oacute; de nuevo su mascullar, a pesar de que evidentemente no lo deseaba.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">&iexcl;Oh, no diga eso, se&ntilde;orita Amy!... &iexcl;est&aacute; bien, perfecto! &iexcl;Es verdaderamente un buen d&iacute;a!</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Amy Fremont se levant&oacute; de la mecedora , y cruz&oacute; el p&oacute;rtico. Era una mujer alta, delgada, una vacuidad sonriente en sus ojos. Aproximadamente un a&ntilde;o antes, Anthony se hab&iacute;a enojado con ella porque ella le hab&iacute;a dicho que no deber&iacute;a haber convertido al gato en un tapete&mdash;gato; y, a pesar de que &eacute;l siempre la hab&iacute;a obedecido m&aacute;s que a cualquier otra persona &mdash; lo que era raro &ndash; esta vez &eacute;l hab&iacute;a chasqueado hacia ella. Con su mente. Y ese hab&iacute;a sido el fin de los brillantes ojos de Amy Fremont, y el fin de la Amy Fremont que todos hab&iacute;an conocido. Y ah&iacute; fue cuando en Peaksville (poblaci&oacute;n: 46) corri&oacute; la voz de que ni siquiera los miembros de la familia de Anthony estaban a salvo.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Despu&eacute;s de eso todos fueron el doble de cautelosos.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Alg&uacute;n d&iacute;a Anthony deshar&iacute;a lo que le hab&iacute;a hecho a la t&iacute;a Amy. Eso esperaban la mam&aacute; y el pap&aacute; de Anthony. Cuando &eacute;l fuera mayor, y le surgiera tal vez algo de culpa. Si eso era posible, claro est&aacute;.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Porque la t&iacute;a Amy hab&iacute;a cambiado mucho, y adem&aacute;s, ahora Anthony no obedec&iacute;a a nadie.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Calma, Willliam&mdash; dijo t&iacute;a Amy &ndash; no tienes porque estar mascullando de ese modo. Anthony no va a lastimarte. &iexcl;Por Dios, t&uacute; le agradas!</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Ella grit&oacute; llamando a Anthony, que se hab&iacute;a cansado de la rata y estaba oblig&aacute;ndola a comerse a s&iacute; misma.</p> <p>&iquest;No es cierto, Anthony? &iquest;Verdad que el Sr. Soames te agrada?</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Anthony mir&oacute; a trav&eacute;s del jard&iacute;n hacia el repartidor &ndash; una brillante, h&uacute;meda y p&uacute;rpura mirada. No dijo nada.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Bill Soames trat&oacute; de sonre&iacute;rle. Despu&eacute;s de un segundo Anthony volvi&oacute; su atenci&oacute;n a la rata. Ya hab&iacute;a devorado su cola , o al menos masticado porque Anthony la hab&iacute;a hecho morder m&aacute;s r&aacute;pido de lo que pod&iacute;a tragar, y peque&ntilde;os trozos peludos, rosados y rojos, yac&iacute;an alrededor de ella sobre el verde c&eacute;sped.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Ahora la rata estaba teniendo problemas para alcanzar sus cuartos traseros.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Murmurando silenciosamente, vehementemente pensando en nada en particular, Bill Soames camin&oacute; con las piernas r&iacute;gidas a trav&eacute;s de la arboleda, mont&oacute; en su bicicleta y se alej&oacute; pedaleando.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Nos veremos est&aacute; noche William &mdash;le dijo t&iacute;a Amy.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Mientras hac&iacute;a girar los pedales deseaba profundamente poder pedalear el doble de r&aacute;pido, para alejarse cu&aacute;nto antes de Anthony; y de t&iacute;a Amy, que a veces olvidaba cu&aacute;n cuidadoso deb&iacute;a uno ser. Y no debi&oacute; haber pensado eso. Porque Anthony lo capt&oacute;. Capt&oacute; el deseo de alejarse del hogar de los Fremont c&oacute;mo algo malo, y su mirada p&uacute;rpura parpade&oacute;, chasqueando un peque&ntilde;o pensamiento de desaprobaci&oacute;n hacia Bill Soames &ndash; s&oacute;lo uno peque&ntilde;ito, porque hoy estaba de buen humor, y, adem&aacute;s, a &eacute;l le agradaba Bill Soames, o al menos no le desagradaba, no el d&iacute;a de hoy. Bill Soames quer&iacute;a huir, as&iacute; que, petulantemente, &eacute;l le ayud&oacute;.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Pedaleando a velocidad superhumana &ndash; o eso parec&iacute;a, porque en realidad la bicicleta lo estaba pedaleando a &eacute;l &ndash; Bill Soames se desvaneci&oacute; por el camino en una nube de polvo, su d&eacute;bil y aterrado lamento flotando en el aire caliente.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Anthony mir&oacute; a la rata. Hab&iacute;a devorado la mitad de su est&oacute;mago y muerto de dolor. &Eacute;l la pens&oacute; dentro de una tumba en lo profundo del maizal &ndash; su padre le hab&iacute;a dicho una vez, sonriendo, que el podr&iacute;a hacer eso con las cosas que matara &ndash; y camin&oacute;, rodeando la casa, proyectando su extra&ntilde;a sombra bajo la luz met&aacute;lica y caliente del &ldquo;sol&rdquo;.</p> <p>&nbsp;</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">En la cocina, t&iacute;a Amy estaba desempacando los comestibles. Puso las conservas Mason en los estantes, la carne y la leche en la hielera, el az&uacute;car de remolacha y la harina entera en las grandes latas bajo el fregadero. Puso la caja de cart&oacute;n en el rinc&oacute;n, junto a la puerta, para que el Sr. Soames la recogiera la pr&oacute;xima vez. Estaba sucia y magullada, pero era una de las pocas que quedaban en Peaksville. En letras rojas deste&ntilde;idas dec&iacute;a &ldquo;Sopa Campbell&rsquo;s&rdquo;. La &uacute;ltima lata de sopa, o de cualquier otra cosa, hab&iacute;a sido devorada hace mucho, a excepci&oacute;n de una peque&ntilde;a reserva comunal que los habitantes reservaban para ocasiones especiales &ndash; pero la caja segu&iacute;a ah&iacute;, como un ata&uacute;d, y cuando &eacute;sta y las otras cajas desaparecieran, los hombres har&iacute;an otras con madera.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">T&iacute;a Amy sali&oacute; al patio trasero, donde la Mam&aacute; de Anthony &ndash; su hermana &mdash; estaba sentada a la sombra de la casa, desgranando guisantes. Los guisantes, cada vez que Mam&aacute; pasaba un dedo por sus vainas, ca&iacute;an ploc&mdash;ploc&mdash;ploc en la cazuela que ten&iacute;a sobre su regazo.</p> <p>William trajo los comestibles&mdash; dijo t&iacute;a Amy.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Se sent&oacute; fatigosamente en la silla de respaldo recto junto a Mam&aacute;, y comenz&oacute; a abanicarse. Ella no era vieja realmente, pero, desde que Anthony hab&iacute;a chasqueado hacia ella con su mente, hab&iacute;a algo malo con su cuerpo, as&iacute; como con su mente, y estaba fatigada todo el tiempo.</p> <p>&iexcl;Oh, bien! &ndash; dijo Mam&aacute;. Ploc&mdash;ploc ca&iacute;an los gordos guisantes en la cazuela.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Todo el mundo en Peaksville dec&iacute;a siempre: &ldquo;&iexcl;Oh, bien!&rdquo;, o &ldquo;&iexcl;Bien!&rdquo; o &ldquo; &iquest;Ah s&iacute;? &iexcl;Eso es genial&iexcl;&rdquo;, casi ante cada cosa que suced&iacute;a o era mencionada &ndash; incluso ante acontecimientos desdichados como un accidente o una muerte. Siempre dec&iacute;an &ldquo;&iexcl;Bien!&rdquo; porque si no intentaban cubrir lo que realmente sent&iacute;an, Anthony podr&iacute;a o&iacute;r por casualidad con su mente, y entonces ya nadie sabr&iacute;a lo que pod&iacute;a pasar. Como la vez en que el esposo de la Sra. Kent, Sam, hab&iacute;a regresado caminando del cementerio porque a Anthony le agradaba la Sra. Kent y hab&iacute;a escuchado su pena.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Ploc&mdash;ploc.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Hoy es Noche de Televisi&oacute;n &ndash; dijo t&iacute;a Amy. &ndash; Me agrada, espero por esa noche cada semana. Me pregunto qu&eacute; veremos hoy.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iquest;Trajo Bill la carne?&mdash; pregunt&oacute; Mam&aacute;.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">S&iacute; &ndash; t&iacute;a Amy se abanic&oacute;, mirando a la monoton&iacute;a met&aacute;lica del cielo. &ndash; Por Dios, &iexcl;hace tanto calor! Desear&iacute;a que Anthony hiciera que estuviera s&oacute;lo un poco m&aacute;s fresco.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iexcl;Amy!</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&mdash;&iexcl;Oh!&mdash; El tono agudo de Mam&aacute; hab&iacute;a penetrado en donde la ag&oacute;nica expresi&oacute;n de Bill Soames no hab&iacute;a podido llegar. T&iacute;a Amy puso una delgada mano sobre su boca en exagerado sobresalto</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iexcl;Oh!... Lo siento.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Sus p&aacute;lidos ojos azules se dispararon en todas direcciones, para ver si Anthony estaba cerca. No es que hiciera mucha diferencia el hecho de que lo estuviera o no &ndash; &eacute;l no necesitaba estar cerca de ti para saber lo que estabas pensando. Normalmente, sin embargo, a menos de que estuviera atento a alguien, &eacute;l estaba ocupados con sus propios pensamientos.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Pero algunas cosas atra&iacute;an su atenci&oacute;n &mdash; nunca pod&iacute;as saber cu&aacute;les exactamente.</p> <p>Esta clima est&aacute; perfecto &ndash; dijo Mam&aacute;.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Ploc&mdash;ploc.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iexcl;Oh, s&iacute;! &ndash; dijo t&iacute;a Amy. &ndash; Es un d&iacute;a maravilloso. &iexcl;No lo cambiar&iacute;a por nada del mundo!</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Ploc&mdash;ploc.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Ploc&mdash;ploc.</p> <p>&iquest;Qu&eacute; hora es? &ndash; Pregunt&oacute; Mam&aacute;.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">T&iacute;a Amy estaba sentada de tal manera que pod&iacute;a ver a trav&eacute;s de la cocina de la ventana al reloj en el estante sobre la estufa.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Cuatro treinta. &ndash; dijo. Ploc&mdash;ploc.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Quiero que esta noche sea especial. &ndash; dijo Mam&aacute; &mdash; &iquest;Trajo Bill buena carne?</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Buena y magra, hermanita. Lo sacrificaron hoy mismo, &iquest;sabes?, y nos enviaron la mejor porci&oacute;n.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iexcl;Dan Hollis se va a sorprender cuando descubra que esta Noche de Televisi&oacute;n es tambi&eacute;n una fiesta de cumplea&ntilde;os para &eacute;l!</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iexcl;Oh, ya lo creo que s&iacute;! &iquest;est&aacute;s segura de que nadie le ha dicho?</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Todos juraron que no lo har&iacute;an.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Eso ser&aacute; muy lindo &ndash; asinti&oacute; t&iacute;a Amy, mirando hacia el maizal. &ndash; Una fiesta de cumplea&ntilde;os.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Bueno...&mdash; Mam&aacute; puso la cazuela con los guisantes a un lado, se puso de pie y sacudi&oacute; su mandil.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Mejor comienzo a preparar el asado. Luego podremos poner la mesa. &mdash; Dijo tomando los guisantes.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Anthony pas&oacute; por la esquina de la casa. No las mir&oacute;, sino que continu&oacute; avanzando a trav&eacute;s del pulcro jard&iacute;n &ndash; todos los jardines de Peaksville estaban escrupulosamente cuidados, muy escrupulosamente &ndash; pas&oacute; por el oxidado e in&uacute;til armatoste que una vez hab&iacute;a sido el autom&oacute;vil de la familia Fremont, y sigui&oacute; suavemente sobre la cerca adentr&aacute;ndose en el maizal.</p> <p>&iquest; No es este un d&iacute;a encantador? &ndash; dijo Mam&aacute;, elevando un poco la voz, al tiempo en que entraban a la casa.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">T&iacute;a Amy se abanic&oacute;. &ndash; &iexcl;Un hermoso d&iacute;a, hermanita! &iexcl;Perfecto!</p> <p>&nbsp;</p> <p>&nbsp;</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">En el maizal, Anthony camin&oacute; por entre las altas y crujientes hileras de tallos verdes.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Le gustaba el olor del ma&iacute;z. Del ma&iacute;z vivo sobre su cabeza y del viejo y muerto a sus pies. La f&eacute;rtil tierra de Ohio &mdash; rica en hierbajos y en mazorcas pardas y resecas &mdash; era aplastada entre los dedos de sus pies con cada paso, el hab&iacute;a hecho llover la &uacute;ltima noche, para que el d&iacute;a de hoy todo oliera bien y fuera agradable al tacto.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&Eacute;l camin&oacute; libremente hasta los m&aacute;rgenes del maizal, hasta llegar a donde un soto de &aacute;rboles verdes y sombr&iacute;os cubr&iacute;a un terreno fresco, h&uacute;medo y oscuro, con una abundancia de frondosa maleza y rocas cubiertas de musgo, y un peque&ntilde;o manantial de donde brotaba un estanque claro y limpio. A &eacute;l le gustaba descansar aqu&iacute;, y observar los p&aacute;jaros, insectos y peque&ntilde;os animales que rumoreaban y se escabull&iacute;an y gorjeaban alrededor. Le gustaba tenderse sobre ese suelo fresco mirando hacia el m&oacute;vil verdor sobre su cabeza, y observar a los insectos revolotear entre los suaves rayos de sol que ca&iacute;an oblicuos formando un tejido intrincado, hebras brillantes cayendo desde las copas de los &aacute;rboles. De alg&uacute;n modo, los pensamientos de las criaturas de este lugar le gustaban m&aacute;s que los pensamientos de afuera; y, a pesar de que los pensamientos que &eacute;l captaba aqu&iacute; no eran muy fuertes o muy claros, pod&iacute;a entender lo suficiente como para saber lo que le gustaba a las criaturas y aquello que quer&iacute;an, y ocup&oacute; mucho de su tiempo haciendo que el soto fuera cada vez m&aacute;s de la manera que ellos quer&iacute;an. El manantial no hab&iacute;a estado aqu&iacute; desde siempre, sino que hab&iacute;a surgido una vez que &eacute;l hab&iacute;a encontrado sed dentro de una peque&ntilde;a mente peluda, &eacute;l hab&iacute;a tra&iacute;do a la superficie un chorro fr&iacute;o y di&aacute;fano proveniente de una corriente subterr&aacute;nea, y hab&iacute;a observado fascinado como las criaturas beb&iacute;an, sintiendo su placer. M&aacute;s tarde hab&iacute;a hecho el estanque, cuando capt&oacute; una peque&ntilde;o impulso de nadar.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&Eacute;l hab&iacute;a hecho rocas y &aacute;rboles y escondrijos y cuevas, y rayos de sol aqu&iacute; y sombras all&aacute;, porque hab&iacute;a sentido en todas las diminutas mentes a su alrededor el deseo &ndash; o la necesidad instintiva &ndash; de este tipo de lugar de descanso, y aquel tipo de lugar de apareamiento y este tipo de lugar para jugar, y un hogar as&iacute;.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Y de alguna manera las criaturas de todos los campos y pasturas fuera del seto parec&iacute;an saber que este era un buen lugar, por que siempre hab&iacute;a m&aacute;s, migrando, cada vez que Anthony ven&iacute;a aqu&iacute; hab&iacute;a m&aacute;s criaturas que la &uacute;ltima vez, y m&aacute;s deseos y necesidades por ser atendidos. Cada vez habr&iacute;a alg&uacute;n nuevo tipo de criatura que &eacute;l nunca hab&iacute;a visto, y &eacute;l encontrar&iacute;a su mente, y ver&iacute;a lo que ella deseaba, y entonces lo har&iacute;a realidad.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Le gustaba ayudarlos. Sentir su sencilla gratificaci&oacute;n.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">El d&iacute;a de hoy, &eacute;l estaba descansando bajo un grueso olmo, y alz&oacute; su p&uacute;rpura mirada a un p&aacute;jaro rojinegro que acababa de llegar al seto. El p&aacute;jaro trin&oacute; en una rama sobre su cabeza, y salt&oacute; adelante y atr&aacute;s, y pens&oacute; sus peque&ntilde;os pensamientos, Anthony hizo un nido grande y suave para &eacute;l, y pronto &eacute;l salt&oacute; dentro.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Un animal alargado, caf&eacute;, con un pelaje liso y brillante estaba bebiendo en el estanque. Anthony encontr&oacute; su mente de inmediato. El animal estaba pensando en una criatura m&aacute;s peque&ntilde;a que estaba hurgando en el suelo al otro lado del estanque, en busca de insectos. La peque&ntilde;a criatura no sab&iacute;a que estaba en peligro. El animal alargado acab&oacute; de beber y tens&oacute; su piernas para saltar, y Anthony lo pens&oacute; dentro de una tumba en el maizal.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">A &eacute;l no le gustaban ese tipo de pensamientos. Le recordaban los pensamientos de afuera. Mucho tiempo atr&aacute;s, algunas personas de afuera hab&iacute;an pensado de esa manera acerca de &eacute;l, y una noche ellos se hab&iacute;an escondido y esperado a que volviera del soto &ndash; y &eacute;l simplemente los hab&iacute;a pensado a todos bajo el maizal. Desde entonces, el resto de las personas no hab&iacute;an pensado de esa manera, al menos no claramente. Ahora sus pensamientos se tornaban entremezclados y confusos cada vez que pensaban en &eacute;l o cerca de &eacute;l, as&iacute; que no les prestaba mucha atenci&oacute;n.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Le agradaba ayudarlos a ellos tambi&eacute;n, algunas veces &ndash; pero no era sencillo, ni muy gratificante. Ellos nunca ten&iacute;an pensamientos felices cuando les ayudaba &ndash; s&oacute;lo la confusi&oacute;n usual. As&iacute; que &eacute;l pasaba m&aacute;s tiempo aqu&iacute; dentro.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Observ&oacute; todas los p&aacute;jaros e insectos y criaturas peludas por un rato, y jug&oacute; con un ave. Haci&eacute;ndola elevarse, y hundirse, y pasar como un rayo enloquecido entre los troncos de los &aacute;rboles; hasta que, accidentalmente, cuando otra ave capt&oacute; su atenci&oacute;n, se estrell&oacute; contra una piedra. Petulantemente, &eacute;l envi&oacute; a la roca al interior de un tumba en el maizal.; pero no pudo hacer nada m&aacute;s con el ave. No porque estuviera muerta, aunque lo estaba; sino por hab&eacute;rsele roto un ala. As&iacute; que volvi&oacute; a la casa. No ten&iacute;a deseos de caminar de regreso por el maizal, as&iacute; que simplemente se dirigi&oacute; a la casa, directamente al s&oacute;tano.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Estaba bien ah&iacute; abajo. Agradable y oscuro y h&uacute;medo y algo as&iacute; como fragante, porque una vez Mam&aacute; hab&iacute;a estado guardando conservas en un anaquel situado contra la pared, y luego, desde que Anthony hab&iacute;a empezado a pasar el tiempo aqu&iacute;, hab&iacute;a dejado de venir, y las conservas se hab&iacute;an arruinado y hab&iacute;an comenzado a gotear y a esparcirse sobre el sucio piso, y a Anthony le agradaba el olor.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Atrap&oacute; otra rata, haci&eacute;ndola oler queso, y despu&eacute;s de jugar con ella, la pens&oacute; dentro de una tumba al lado del alargado animal que hab&iacute;a matado en el soto. T&iacute;a Amy odiaba las ratas, y por eso &eacute;l mataba muchas, porque t&iacute;a Amy le agradaba m&aacute;s que nadie y algunas veces hac&iacute;a lo que la t&iacute;a Amy quer&iacute;a. Su mente era un poco m&aacute;s parecida a las peludas mentes del soto. Ella no hab&iacute;a pensado nada malo acerca de &eacute;l por mucho tiempo.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Despu&eacute;s de la rata, jug&oacute; con una gran ara&ntilde;a negra en el rinc&oacute;n bajo las escaleras, haci&eacute;ndola moverse hacia delante y hacia atr&aacute;s hasta que su telara&ntilde;a se sacudi&oacute; y tembl&oacute; bajo la luz de la ventana, como un reflejo en agua plateada. Luego condujo moscas hacia la telara&ntilde;a hasta que la ara&ntilde;a se puso fren&eacute;tica tratando de envolverlas a todas. A la ara&ntilde;a le gustaban las moscas, y sus pensamientos eran m&aacute;s fuertes que los de ellas, as&iacute; que &eacute;l hizo eso. Hab&iacute;a algo malo en la manera que la ara&ntilde;a deseaban moscas, pero no estaba muy claro &ndash; y adem&aacute;s, t&iacute;as Amy odiaba a las moscas tambi&eacute;n.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Escuch&oacute; pasos arriba &ndash; Mam&aacute; desplaz&aacute;ndose por la cocina. Hizo parpadear su p&uacute;rpura mirada, y estuvo e punto de decidir paralizarla &ndash; pero en lugar de eso subi&oacute; al &aacute;tico, y, despu&eacute;s de mirar por un rato hacia &eacute;l jard&iacute;n por la ventana circular situada al frente del gran techo en forma de X, y hacia al camino empolvado, y hacia el ondulante campo de trigo de los Henderson, &eacute;l se enrosc&oacute; adoptando una forma improbable y se puso a dormir parcialmente.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&ldquo;Pronto la gente comenzara a llegar para la Noche de Televisi&oacute;n&rdquo;, escuch&oacute; a Mam&aacute; pensar.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Se hundi&oacute; m&aacute;s en el sue&ntilde;o. Le agradaba la Noche de Televisi&oacute;n. A t&iacute;a Amy siempre le hab&iacute;a gustado mucho la televisi&oacute;n, y por eso una vez &eacute;l hab&iacute;a pensado un poco de televisi&oacute;n para ella, y algunas otras personas hab&iacute;an estado ah&iacute; ese d&iacute;a, y t&iacute;a Amy se hab&iacute;a sentido decepcionada cuando los otros quisieron irse. &Eacute;l les hab&iacute;a hecho algo por eso &ndash; y ahora todos ven&iacute;an a ver la Televisi&oacute;n.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Le gustaba toda la atenci&oacute;n que obten&iacute;a cuando todos llegaban.</p> <p>&nbsp;</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">El padre de Anthony volvi&oacute; a casa alrededor de las 6:30, luciendo cansado y sucio, lleno de sangre. Hab&iacute;a estado en la pastura de Dunn con los otros hombres del pueblo, ayudando a escoger la vaca que ser&iacute;a sacrificada este mes y haciendo el trabajo, y luego partiendo y salando la carne para conservarla en el almac&eacute;n frigor&iacute;fico de Soames. No era un trabajo que le agradara mucho, pero cada hombre ten&iacute;a su turno. Ayer hab&iacute;a ayudado a segar el trigo del viejo McIntyre. Ma&ntilde;ana comenzar&iacute;an a rastrillar el suelo. Manualmente. Todo en Peaksville ten&iacute;a que ser hecho manualmente.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Bes&oacute; a su esposa en la mejilla y se sent&oacute; en la mesa de la cocina. Sonri&oacute; y dijo:</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iquest;D&oacute;nde est&aacute; Anthony?</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Por ah&iacute;. &ndash; dijo Mam&aacute;.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">T&iacute;a Amy estaba al lado de la estufa de le&ntilde;a, meneando la gran olla de guisantes. Mam&aacute; volvi&oacute; al horno, lo abri&oacute; y ba&ntilde;&oacute; el asado.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Pues bien, ha sido un buen d&iacute;a.&mdash; dijo Pap&aacute;. Maquinalmente. Luego mir&oacute; al taz&oacute;n de la masa y a la tabla de cortar sobre la mesa. Olfate&oacute; la masa. &ndash; Mmm&mdash; dijo &ndash; me comer&iacute;a una hogaza entera, estoy hambriento.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iquest;Nadie le dijo a Dan Hollis acerca de la fiesta, o s&iacute;?</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">No. Tan callados como momias.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iexcl;Hemos preparado una adorable sorpresa!</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Em, &iquest;qu&eacute;?</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Bueno... t&uacute; sabes cu&aacute;nto le agrada a dan la m&uacute;sica. Bueno, la semana pasada, &iexcl;Thelma Dunn encontr&oacute; un disco en su &aacute;tico!</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iexcl;No!</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iexcl;S&iacute;! Y luego hicimos que Ethel le preguntara, t&uacute; sabes, sin pregunt&aacute;rselo realmente, s&iacute; ya ten&iacute;a ese disco. Y dijo que no. &iquest;No es una maravillosa sorpresa?</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Bueno, claro que lo es. &iexcl;Un disco, imag&iacute;nate! &iexcl;Eso es algo verdaderamente agradable de encontrar! &iquest;Qu&eacute; disco es?</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&nbsp;Perry Como, interpretando <em>&ldquo;You are my sunshine&rdquo;.</em></p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iexcl;Diablos! Siempre me gust&oacute; esa tonada. &ndash; Hab&iacute;a algunas zanahorias crudas sobre la mesa. Pap&aacute; tom&oacute; una peque&ntilde;a, la restreg&oacute; en su pecho, y la mordi&oacute;. &mdash;&iquest;C&oacute;mo fue que Thelma lo encontr&oacute;?</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Oh, t&uacute; sabes, simplemente curioseando por cosas nuevas.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Mmm &ndash; Pap&aacute; rumi&oacute; la zanahoria. &ndash; &iquest;Qui&eacute;n tiene esa foto que encontramos hace tiempo? Me gustaba, ese viejo cl&iacute;per zarpando...</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Los Smith. La pr&oacute;xima semana los Siphic y ... &mdash; su mente divag&oacute; sobre el orden tentativo de las cosas que iban a ser intercambiadas entre las mujeres el domingo en la iglesia.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&Eacute;l asinti&oacute;.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Parece que no tendremos la foto en mucho tiempo, creo. Escucha querida, t&uacute; podr&iacute;as tratar de recuperar ese libro detectivesco que tienen los Reilly. Estuve muy ocupado la semana que lo tuvimos, nunca pude terminar todos los cuentos...</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Tratar&eacute; &ndash; dijo su esposa sin mucha seguridad. &ndash; Pero escuch&eacute; que los van Husen tienen un estereoscopio que encontraron en el s&oacute;tano. &ndash; Su voz era s&oacute;lo levemente acusadora. &ndash; Lo tuvieron por 2 meses enteros sin de avisar a nadie...</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Diantres &ndash; dijo Pap&aacute; &mdash; Eso tambi&eacute;n estar&iacute;a bien. &iquest;Muchas fotos?</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Supongo. Ya ver&eacute; el domingo. Me gustar&iacute;a tenerlo, pero a&uacute;n le debemos a los van Husen su canario. No s&eacute; porque esa ave tuvo que elegir nuestra casa para morir... debi&oacute; estar enfermo cuando lleg&oacute;. Ahora ya no hay manera de contentar a Betty van Husen, incluso insinu&oacute; que le gustar&iacute;a tener nuestro piano por un tiempo.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Est&aacute; bien querida, intenta obtener el estereoscopio o cualquier cosa que creas agradable.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Por fin trag&oacute; la zanahoria. Hab&iacute;a estado algo verde y dura. Los caprichos de Anthony con el clima hac&iacute;an que la gente nunca supiera que sembrad&iacute;os prosperar&iacute;an, o que formas adoptar&iacute;an si lo hicieran. Todo lo que pod&iacute;an hacer era sembrar mucho, y siempre lo suficiente de las cosas que pod&iacute;an crecer en cualquier temporada. S&oacute;lo en una ocasi&oacute;n hab&iacute;a habido un excedente de grano, toneladas hab&iacute;an sido arrojadas m&aacute;s all&aacute; de los m&aacute;rgenes de Peaksville y botados en el vac&iacute;o. De otra manera nadie hubiera podido respirar, cuando empezaran a descomponerse.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">T&uacute; sabes, &mdash; prosigui&oacute; Pap&aacute; &ndash; es bueno tener cosas nuevas alrededor. Es bueno pensar que probablemente a&uacute;n hay muchas cosas que no han sido encontradas, en s&oacute;tanos y &aacute;ticos y graneros y debajo de cosas. Eso ayuda, alivia de alguna manera. En la medida que eso es posible.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iexcl;Shh! &ndash; Mam&aacute; mir&oacute; nerviosamente alrededor.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Oh &ndash; dijo Pap&aacute;, sonriendo apresuradamente &mdash; &iexcl;Est&aacute; muy bien! &iexcl;Las cosas nuevas son buenas! Es agradable poder tener algo que nunca has visto antes, y saber que algo que le has dado a alguien los est&aacute; haciendo felices... eso es una cosa buena verdaderamente.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Una cosa buena &ndash; core&oacute; su esposa.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Pronto, &mdash; dijo t&iacute;a Amy desde la estufa &ndash; no habr&aacute; m&aacute;s cosas nuevas. Habremos encontrado todo lo que se pod&iacute;a encontrar. Dios, eso ser&aacute; my triste.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">&iexcl;Amy!</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Bueno... &ndash; sus p&aacute;lidos ojos estaban vac&iacute;os y fijos, un signo de su recurrente estupor &ndash; Ser&aacute; una l&aacute;stima cuando ya no...</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">No hables as&iacute; &ndash; dijo mam&aacute;, temblando &ndash; por favor cierra la boca.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Est&aacute; bien, &ndash; dijo Pap&aacute;, con esa familiar voz sonora, deseosa de ser escuchada &ndash; esta pl&aacute;tica es buena. Est&aacute; bien querida, &iquest;no lo ves? Est&aacute; bien que Amy hable de la manera que guste. Est&aacute; bien que se sienta mal. Todo es bueno. Todo tiene que ser bueno.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">La mam&aacute; de Anthony estaba p&aacute;lida, y tambi&eacute;n lo estaba t&iacute;a Amy, el peligro de la situaci&oacute;n hab&iacute;a penetrado las nubes que rodeaban su mente. Algunas veces era dif&iacute;cil manejar las palabras de tal manera que no resultara desastroso. Nunca se sab&iacute;a. Hab&iacute;a tantas cosas que era mejor no decir, o incluso pensar. Pero la recriminaci&oacute;n por decirlas o pensarlos pod&iacute;a ser igual de mala, si Anthony escuchaba y decid&iacute;a hacer algo. Nunca pod&iacute;as saber cuando lo que le importaba a Anthony.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Todo ten&iacute;a que ser bueno. Ten&iacute;a que estar bien tal como era, aunque no lo estuviera. Porque cualquier cambio pod&iacute;a ser peor. Terriblemente peor.</p> <p>Oh dios, s&iacute;, desde luego que est&aacute; bien&mdash; dijo Mam&aacute;. &ndash; Habla de la manera que quieras, Amy, est&aacute; bien. Aunque, tal vez te gustar&iacute;a recordar que algunas maneras son mejores que otras...</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">T&iacute;a Amy mene&oacute; los guisantes, el miedo en sus ojos p&aacute;lidos.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">S&iacute; &ndash; dijo. &ndash; Pero no tengo ganas de hablar ahora. Est&aacute;... est&aacute; bien que no tenga ganas.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Pap&aacute; dijo cansadamente, sonriendo:</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Voy a lavarme.</p> <p>&nbsp;</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Empezaron a llegar a las ocho. Para esa hora Mam&aacute; y t&iacute;a Amy ya hab&iacute;an puesto la gran mesa del comedor, y dos mesas extras al lado. Las velas estaban encendidas, y las sillas colocadas, y Pap&aacute; hab&iacute;a encendido una gran fuego en el hogar.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Los primeros en llegar fueron los Sipichs, John y Mary. John portaba su mejor traje y su rostro luc&iacute;a pulido y rubicundo despu&eacute;s de un d&iacute;a de trabajo en la pastura de McIntyre. El traje le ajustaba bien, pero estaba algo ra&iacute;do en los codos y en los pu&ntilde;os. El viejo McIntyre estaba trabajando en un telar, dise&ntilde;&aacute;ndolo con base en libros escolares, pero el proyecto iba para largo. McIntyre era un hombre h&aacute;bil con la madera y las herramientas, pero una telar era algo serio cuando no pod&iacute;as obtener piezas de metal. McIntyre hab&iacute;a sido uno de los que, al principio, hab&iacute;an querido intentar que Anthony produciera cosas que los habitantes necesitaban, como ropa o comida enlatada, medicamentos, gasolina. Desde entonces, el sinti&oacute; que lo que le hab&iacute;a pasado a la familia Terrance y a Joe Kinney era su culpa, y trabajaba duro tratando de hacer la vida mejor para los que quedaban. Y desde entonces nadie hab&iacute;a tratado de hacer que Anthony hiciera nada.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Mary Sipich era una mujer peque&ntilde;a y alegre en un vestido sencillo. Inmediatamente se uni&oacute; a Mam&aacute; y t&iacute;a Amy para darle los toques finales a la cena.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Los siguientes en llegar fueron los Smith y los Dunn, que viv&iacute;an en casa contiguas camino abajo, apenas a unas cuantas yardas del vac&iacute;o. Llegaron en la carreta de los Smith, jalada por su viejo caballo.</p> <p>Luego los Reilly se dejaron ver cruzando el oscuro trigal, y la velada realmente empez&oacute;. Pat Reilly se sent&oacute; en al piano y comenz&oacute; a tocar piezas del libro de partituras populares que era guardado en el anaquel. Tocaba suavemente, tan expresivamente como pod&iacute;a, nadie cantaba. A Anthony le agradaba much&iacute;simo la m&uacute;sica del piano, pero no el canto; a menudo podr&iacute;a venir desde el s&oacute;tano, o desde el &aacute;tico, o simplemente venir, sent&aacute;ndose sobre el piano, moviendo la cabeza al tiempo que Pat tocaba <em>&ldquo;Lover&rdquo;, </em>o <em>&ldquo;Boulevard of Broken Dreams&rdquo;, </em>o <em>&ldquo;Night and Day&rdquo;. </em>Parec&iacute;a preferir las baladas, canciones suaves y armoniosas; pero la &uacute;nica vez que alguien hab&iacute;a empezado a cantar, Anthony hab&iacute;a lanzado una mirada desde la cima del piano y hecho algo que provoc&oacute; que todos tuvieran miedo de cantar desde entonces. M&aacute;s tarde, decidieron que el piano era lo que Anthony hab&iacute;a escuchado primero, y ahora cualquier otra cosa no le sonaba bien y le hac&iacute;a distraerse de su placer.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">As&iacute; que, cada Noche de Televisi&oacute;n, Pat tocaba el piano, y eso era el inicio de la velada. Dondequiera que Anthony estuviera, la m&uacute;sica lo har&iacute;a feliz, y lo pondr&iacute;a de buen humor, y el sabr&iacute;a que se estaban reuniendo para ver &ldquo;televisi&oacute;n&rdquo; y esperaban por &eacute;l.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Para las ocho treinta todos hab&iacute;an llegado, excepto los diecisiete ni&ntilde;os y la Sra. Soames, quien estaba cuid&aacute;ndolos en el edificio escolar al otro extremo del pueblo. A los ni&ntilde;os de Peaksville nunca, de ning&uacute;n modo se les permit&iacute;a acercarse a la casa de los Fremont &ndash; desde que Fred Smith, en un arrebato, hab&iacute;a tratado de jugar con Anthony. Los otros ni&ntilde;os se hab&iacute;an olvidado pr&aacute;cticamente de &eacute;l, o se les hacia creer que Anthony era duende muy pero muy bueno del que ten&iacute;an que permanecer alejados.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Dan y Ethel Hollis llegaron tarde, y Dan entr&oacute; sin sospechar nada. Pat Reilly hab&iacute;a tocado el piano hasta que le dolieron las manos, &mdash; hab&iacute;a trabajado muy duro con ellas ese d&iacute;a &ndash; y en ese momento se levant&oacute;, y todos se reunieron alrededor de Dan Hollis para desearle feliz cumplea&ntilde;os.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Oh... diantres, &mdash; dijo Dan sonriendo &ndash; &iexcl;Esto es genial! No me lo esperaba... &iexcl;Dios, es genial!</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Le dieron los regalos, mayormente cosas que hab&iacute;an hecho ellos mismos, aunque algunas eran cosas que hab&iacute;an sido de su propiedad y ahora regalaban. John Sipich le dio un ornamento para reloj, tallado a mano de una pieza de nogal americano. El reloj de Dan se hab&iacute;a roto hac&iacute;a una a&ntilde;o, y no hab&iacute;a nadie en el pueblo que supiera como repararlo, pero &eacute;l a&uacute;n lo cargaba consigo porque hab&iacute;a sido el reloj de su abuelo y era una magn&iacute;fica y pesada pieza de oro y plata. Prendi&oacute; el ornamento en la cadena mientras todos re&iacute;an y dec&iacute;an que John hab&iacute;a hecho un buen trabajo de tallado. Entonces Mary Sipich le dio una corbata bordada, la cual &eacute;l us&oacute; inmediatamente, quit&aacute;ndose la que tra&iacute;a puesta.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Los Reilly le dieron una peque&ntilde;a caja que hab&iacute;an hecho, para guardar cosas. No dijeron que tipo de cosas, pero Dan dijo que guardar&iacute;a su joyer&iacute;a personal en ella. Los Reilly la hab&iacute;an fabricado a partir de una caja de puros, pelando cuidadosamente el papel que la cubr&iacute;a y cubriendo el interior con terciopelo. El exterior hab&iacute;a sido pulido, y tallado de una manera cuidadosa &ndash; si no experta&mdash; por Pat, pero su trabajo recibi&oacute; tambi&eacute;n cumplidos. Dan Hollis recibi&oacute; muchos regalos: una pipa, un par de agujetas, un alfiler de corbata, un par de calcetines bordados, algo de dulce de chocolate, un par de ligas fabricadas a partir de suspensores.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Desenvolvi&oacute; cada regala con inmenso placer, y us&oacute; tantos como pudo, incluso las ligas. Encendi&oacute; la pipa, y dijo que nunca hab&iacute;a fumado mejor, lo cual no era completamente cierto, puesto que el ca&ntilde;&oacute;n estaba algo atascado. Peter Manners la hab&iacute;a tenido rodando por su casa desde que la hab&iacute;a recibido a manera de regalo cuatro a&ntilde;os antes de un pariente for&aacute;neo que no se hab&iacute;a enterado que &eacute;l hab&iacute;a dejado de fumar. Dan puso con cuidado el tabaco en el recipiente. El tabaco era un bien precioso. Hab&iacute;a sido pura suerte que a Pat Reilly se le hubiera ocurrido intentar cultivar algo de tabaco en su patio trasero justo antes de que pasara lo que le hab&iacute;a pasado a Peaksville. No creci&oacute; muy bien, y luego tuvieron que curarlo y desmenuzarlo, y era simplemente un bien precioso. Todos en el pueblo usaban contenedores de madera que el viejo McIntyre hab&iacute;a hecho para guardar las colillas.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Y al final, Thelma Dunn le dio a Dan Hollis el disco que hab&iacute;a encontrado.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Los ojos de Dan se nublaron a&uacute;n antes de abrir el paquete. Sab&iacute;a que era un disco.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Dios &ndash; dijo suavemente. &mdash; &iquest;Cu&aacute;l es? Casi temo mirar...</p> <p>No lo tienes, querido &ndash; Ethel Hollis sonri&oacute;. &ndash; &iquest;No recuerdas que te hice preguntas acerca de <em>&ldquo;You are my sunshine&rdquo;</em>?</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">&iexcl;Oh, Dios! &ndash; dijo nuevamente Dan. Cuidadosamente removi&oacute; la envoltura y se qued&oacute; all&iacute; acariciando el disco, pasando sus grandes manos sobre los gastados surcos cruzados de peque&ntilde;os rasgu&ntilde;os deslustrados. Mir&oacute; alrededor, con los ojos brillantes, y todos le sonrieron sabiendo lo encantado que estaba.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">&iexcl;Feliz cumplea&ntilde;os querido! &ndash; dijo Ethel, arrojando sus brazos hacia &eacute;l y bes&aacute;ndolo.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Se aferr&oacute; al disco con ambas manos, haci&eacute;ndolo a un lado mientras ella lo abrazaba.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">_ &iexcl;Hey! &ndash; ri&oacute; inclinando hacia atr&aacute;s la cabeza. &ndash; Con cuidado, estoy sosteniendo un objeto invaluable.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Mir&oacute; de nuevo alrededor, a trav&eacute;s de los de brazos de su esposa, que a&uacute;n estaban prendidos a su cuello. Sus ojos luc&iacute;an ansiosos.</p> <p>Este... &iquest;creen que podr&iacute;a escucharlo? Dios, lo que dar&iacute;a por escuchar algo de nueva m&uacute;sica... s&oacute;lo la primera parte, la parte orquestal, antes de que Como cante.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Los rostros se ensombrecieron. Despu&eacute;s de un minuto, John Sipich dijo:</p> <p>Es preferible que no, Dan. Despu&eacute;s de todo, no sabemos exactamente cuando entra la voz, y ser&iacute;a tomar demasiados riesgos. Es mejor que esperes hasta llegar a casa.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Renuente, Dan Hollis puso el disco en la mesa, con todos sus otros regalos.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Est&aacute; bien &ndash; dijo autom&aacute;ticamente, pero decepcionado &ndash; que no pueda escucharlo aqu&iacute;.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">&iexcl;Oh s&iacute;! &ndash; dijo Sipich &mdash; &iexcl;Es bueno! &ndash; para compensar el tono decepcionado de Dan, &mdash; &iexcl;Es bueno!</p> <p>&nbsp;</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Cenaron, las velas alumbrando sus rostros sonrientes, y devoraron todo hasta la &uacute;ltima gota de salsa. Alabaron el asado preparado por Mam&aacute; y T&iacute;a Amy, y la sopa de guisantes con zanahoria, y los tiernos granos de las mazorcas. &Eacute;stas no hab&iacute;an salido del maizal de los Fremont, naturalmente, todos sab&iacute;an lo que hab&iacute;a en &eacute;l; y en su suelo comenzaban a crecer hierbajos.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Luego acabaron con los postres, helado y galletas caseros. Y despu&eacute;s tomaron asiento, en la fluctuante luz de las velas, y conversaron esperando la &ldquo;televisi&oacute;n&rdquo;. Nunca hab&iacute;a demasiado mascullar la Noche de Televisi&oacute;n, todos ven&iacute;an y ten&iacute;an una buena cena en la casa de los Fremont, y eso estaba bien, y despu&eacute;s ven&iacute;a la &ldquo;televisi&oacute;n&rdquo; y nadie pensaba mucho en ello, simplemente lo sobrellevan. As&iacute; que era una reuni&oacute;n lo suficientemente satisfactoria, a parte del hecho de tener que cuidar lo que dec&iacute;as tan cuidadosamente como lo har&iacute;as en cualquier lugar. Si un pensamiento peligroso te llegaba a la mente, simplemente comenzabas a mascullar, incluso en medio de una frase. Cuando hac&iacute;as eso, los otros sencillamente te ignoraban hasta que te sent&iacute;as feliz de nuevo.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">A Anthony le gustaba la Noche de Televisi&oacute;n. S&oacute;lo hab&iacute;a hecho dos o tres cosas horribles durante una Noche de Televisi&oacute;n en todo el a&ntilde;o pasado.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Mam&aacute; hab&iacute;a puesto una botella de brandy en la mesa, y todos se sirvieron un peque&ntilde;o vaso. El licor era a&uacute;n m&aacute;s escaso que el tabaco. Los pobladores pod&iacute;an hacer vino, pero hab&iacute;a algo malo con las uvas, y ciertamente las t&eacute;cnicas tampoco eran muy buenas, no era un vino muy agradable.. S&oacute;lo quedaban unas cuantas botellas de verdadero licor en el pueblo, cuatro de whisky, tres de whisky escoc&eacute;s, tres de brandy, nueve de vino verdadero y media botella de Drambuie perteneciente al viejo McIntyre (s&oacute;lo para los matrimonios), y cuando &eacute;stas se acabaran eso ser&iacute;a todo.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">M&aacute;s tarde, todos desearon que el brandy no hubiera sido ofrecido. Porque Dan Hollis bebi&oacute; m&aacute;s de lo debido, y lo mezcl&oacute; con una gran cantidad de vino casero. Nadie pens&oacute; nada al respecto al principio, porque no lo mostraba mucho, y era su fiesta de cumplea&ntilde;os, una feliz fiesta, y a Anthony le agradaban estas reuniones y no ver&iacute;a ninguna raz&oacute;n para hacer algo, a&uacute;n suponiendo que estuviera escuchando.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Pero a Dan Hollis se le pasaron las copas, e hizo algo est&uacute;pido. Y si lo hubieran visto venir, lo hubieran llevado afuera a caminar un rato.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Lo primero que llam&oacute; la atenci&oacute;n, fue cuando Dan dej&oacute; de re&iacute;r justo a la mitad de la historia de c&oacute;mo Thelma Dunn hab&iacute;a encontrado el disco de Perry Como y se le hab&iacute;a ido de las mano y no se hab&iacute;a roto porque ella se hab&iacute;a movido tan r&aacute;pido de lo que nunca se hab&iacute;a movido en su vida y lo hab&iacute;a atrapado. &Eacute;l estaba acariciando el disco de nuevo, y mirando anhelante el gram&oacute;fono de los Fremont situado en un rinc&oacute;n, y s&uacute;bitamente hab&iacute;a dejado de re&iacute;r y su rostro se relaj&oacute;, luego se deform&oacute;, y dijo:</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">&iexcl;Oh, Cristo!</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">La habitaci&oacute;n se torn&oacute; silenciosa inmediatamente. Tan silenciosa que pod&iacute;an o&iacute;r el rechinar de las piezas del reloj del abuelo en el hall. Pat Reilly hab&iacute;a estado tocando el piano, suavemente. Se detuvo, sus manos paralizadas sobre las teclas amarillentas.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Las velas en la mesa del comedor oscilaron en la fr&iacute;a brisa que soplaba a trav&eacute;s de las cortinas de encaje de la ventana del pasillo.</p> <p>Sigue tocando, Pat &ndash; dijo suavemente el padre de Anthony.</p> <p>Pat volvi&oacute; a empezar. Toc&oacute; <em>&ldquo;Night and Day&rdquo;, </em>pero sus ojos miraban de soslayo hacia Dan Hollis, y equivoc&oacute; algunas notas.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Dan se qued&oacute; en medio del cuarto, sosteniendo el disco. En la otra mano sosten&iacute;a una copa de brandy, con tanta fuerza que su mano temblaba.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Todos estaban mir&aacute;ndolo.</p> <p>Cristo &ndash; dijo de nuevo, y lo hizo sonar como una mala palabra. El reverendo Younger, quien hab&iacute;a estado conversando con Mam&aacute; y con t&iacute;a Amy cerca de la puerta del comedor, dijo &ldquo;Cristo&rdquo; tambi&eacute;n; pero &eacute;l lo estaba usando en una plegaria. Sus manos juntas, los ojos cerrados.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">John Sipich se adelant&oacute;.</p> <p>Bien, Dan... es bueno que hables de esa manera. Pero tal vez no quieras hablar demasiado, &iquest;sabes?</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Dan se sacudi&oacute; la mano que Sipich hab&iacute;a puesto en su hombro.</p> <p>Ni siquiera puedo escuchar mi disco &ndash; dijo ruidosamente. Baj&oacute; su mirada hacia el disco, luego la dirigi&oacute; en redondo hacia sus rostros &ndash; Oh, Dios m&iacute;o...</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Arroj&oacute; la copa de brandy contra la pared. Salpic&oacute; y escurri&oacute; ramific&aacute;ndose sobre el papel tapiz.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Algunas mujeres soltaron gritos crispados.</p> <p>Dan &ndash; dijo Sipich susurrando. &ndash; Dan, ya d&eacute;jate de eso...</p> <p>Pat Reilly tocaba <em>&ldquo;Night and Day&rdquo; </em>m&aacute;s fuertemente, tratando de cubrir los sonidos de las voces.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">De cualquier manera, si Anthony estaba escuchando, eso no servir&iacute;a de nada.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Dan Hollis se aproxim&oacute; al piano y se detuvo junto al hombro de Pat, tambale&aacute;ndose en poco.</p> <p>Pat, &ndash; dijo &ndash; no toques eso. Toca esto.&mdash; Y comenz&oacute; a cantar. Una voz suave, ronca, miserable: &mdash; Feliz cumplea&ntilde;os a m&iacute;<em>... </em>Feliz cumplea&ntilde;os am&iacute;<em>...</em></p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">&iexcl;Dan! &ndash; grit&oacute; Ethel Hollis. Trat&oacute; de correr hacia &eacute;l. Mary Sipich la tom&oacute; del brazo y la contuvo. &ndash; &iexcl;Dan! &ndash; grit&oacute; nuevamente Ethel &ndash; &iexcl;Detente!</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Por el amor de Dios, cierra la boca &ndash; sise&oacute; Mary Sipich, y la empuj&oacute; hacia uno de los hombres, el cual puso su mano sobre su boca y le asi&oacute; fuertemente.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Feliz cumplea&ntilde;os, querido Danny. &iexcl;Feliz cumplea&ntilde;os a m&iacute;!&mdash; Se detuvo y mir&oacute; a Pat Reilly. &ndash; T&oacute;cala, Pat. T&oacute;cala, para que yo pueda cantarla bien... t&uacute; sabes que no puedo llevar una nota a menos que alguien toque.</p> <p>Pat Reilly puso sus manos sobre las teclas y comenz&oacute; <em>&ldquo;Lover&rdquo; </em>en un <em>tempo </em>lento de vals, de la manera que m&aacute;s agradaba a Anthony. El rostro de Pat era blanco. Sus manos se revolv&iacute;an torpemente.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Dan Hollis mir&oacute; fijamente hacia la puerta del comedor. Hacia la madre de Anthony, y hacia su padre, que se hab&iacute;a acercado a ella.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Ustedes lo trajeron aqu&iacute; &mdash; dijo. Las l&aacute;grimas destellaban en sus mejillas, a la luz de las velas &ndash; Ten&iacute;an que haberlo tra&iacute;do...</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Cerr&oacute; los p&aacute;rpados, y las l&aacute;grimas en sus ojos se exprimieron. Cant&oacute; ruidosamente:</p> <p><em>You are my sunshine... my only sunshine... you make me happy... when I am blue...</em></p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Anthony lleg&oacute; al cuarto.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Pat dej&oacute; de tocar. Se congel&oacute;. Todos lo hicieron. La brisa encresp&oacute; las cortinas. Ethel Hollis no pod&iacute;a ni siquiera intentar gritar, se hab&iacute;a desmayado.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0"><em>Please don&rsquo;t take my sunshine... away... &ndash; </em>La voz de Dan desfalleci&oacute;, hasta acallarse. Puso ambas manos frente a &eacute;l, el vaso vac&iacute;o en una, el disco en la otra. Hip&oacute; y dijo: &mdash; No...</p> <p>Hombre malo &ndash; dijo Anthony, y molde&oacute; a Dan Hollis con su pensamiento hasta convertirlo en una cosa como nadie hubiera cre&iacute;do posible.Luego pens&oacute; a esa cosa dentro de una tumba, muy en lo profundo del maizal.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">El vaso y el disco cayeron pesadamente sobre la alfombra. Sin romperse.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">La p&uacute;rpura mirada de Anthony vag&oacute; por el cuarto.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Algunas personas comenzaron a mascullar. Todos trataron de sonre&iacute;r. El sonido del mascullar de todos llen&oacute; el cuarto con el tono de una aprobaci&oacute;n lejana. Entre los murmullos pod&iacute;an distinguirse dos o tres voces claras:</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Oh, esto es algo muy bueno &ndash; dijo John Sipich.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Algo bueno &ndash; dijo el padre de Anthony, sonriendo. Ten&iacute;a m&aacute;s pr&aacute;ctica en sonre&iacute;r que la mayor&iacute;a de ellos. &mdash; Una cosa maravillosa.</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Esto es genial ..., simplemente genial. &ndash; dijo Pat Reilly, l&aacute;grimas goteando de sus ojos y su nariz, y empez&oacute; a tocar el piano de nuevo, suavemente, sus manos temblorosas palpando a tientas la melod&iacute;a de <em>&ldquo;Night and Day&rdquo;.</em></p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">Anthony trep&oacute; a la cima del piano, y Pat toc&oacute; por dos horas.</p> <p>&nbsp;</p> <p class="EstiloTextoindependienteIzquierda063cmPrimeralnea0">M&aacute;s tarde, vieron la televisi&oacute;n. Todos fueron al cuarto principal, y encendieron s&oacute;lo unas cuantas velas, y agruparon sillas alrededor del equipo. Era un equipo de pantalla peque&ntilde;a, y no pod&iacute;an sentarse todos lo suficientemente cerca para ver, pero eso no importaba. Ni siquiera ten&iacute;an que encender el equipo. No hubiera funcionado, no habiendo electricidad en Peaksville. S&oacute;lo tomaron asiento silenciosamente, y observaron aquellas figuras que se retorc&iacute;an y contorsionaban, y escucharon los sonidos que sal&iacute;an de las bocinas, y ninguno de ellos ten&iacute;a la m&aacute;s remota idea acerca de que trataba todo aquello. Nunca lo entend&iacute;an. Siempre era lo mismo.</p> <p>Esto es muy bonito&mdash; dijo por una sola vez t&iacute;a Amy, sus p&aacute;lidos ojos sobre los parpadeos de luz y sombras sin significado. &ndash; Pero me gustaba un poco m&aacute;s cuando hab&iacute;a ciudades all&aacute; afuera y pod&iacute;amos obtener verdadera...</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">&iexcl;Vamos, Amy!&mdash; dijo Mam&aacute;. &ndash; Es bueno que digas esas cosas. Muy bueno. &iquest;Pero c&oacute;mo puedes decirlo en serio? &iexcl;En verdad esta televisi&oacute;n es mucho mejor que cualquier cosa que ve&iacute;amos antes!</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">S&iacute; &ndash; core&oacute; John Sipich. &ndash; Esta muy bien. &iexcl;Es el mejor espect&aacute;culo que hayamos visto!</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">&Eacute;l se sent&oacute; en el sof&aacute;, con otros dos hombres, presionando a Ethel Hollis contra los cojines, sosteniendo sus brazos y piernas y cubriendo su boca con las manos, para que no comenzara a gritar de nuevo.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">&iexcl;Es algo muy bueno! &ndash; insisti&oacute;.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Mam&aacute; mir&oacute; al exterior a trav&eacute;s de la ventana principal, y a trav&eacute;s de la oscuridad del camino, y a trav&eacute;s del trigal de los Henderson; hacia la vasta, gris, interminable vacuidad en la que Peaksville flotaba como un alma, la enorme vacuidad que era evidente por la noche, cuando el met&aacute;lico d&iacute;a de Anthony se hab&iacute;a ido.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">No era bueno preguntarse donde estar&iacute;an... no era bueno de ninguna manera. Peaksville era simplemente un lugar. Un lugar alejado del mundo. Segu&iacute;a estando dondequiera que hubiera estado desde el aquel d&iacute;a en que, tres a&ntilde;os antes, Anthony hab&iacute;a reptado fuera de su &uacute;tero y el viejo Dr. Bates &ndash; Dios le d&eacute; descanso &ndash; hab&iacute;a gritado y lo hab&iacute;a arrojado tratando de matarlo, y Anthony hab&iacute;a llorado y hecho la &ldquo;cosa&rdquo;. Hab&iacute;a llevado al pueblo a alg&uacute;n lugar. O hab&iacute;a destruido al mundo dejando s&oacute;lo el pueblo, nadie lo sab&iacute;a exactamente.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">No hac&iacute;a bien preguntarse acerca de eso. Nada hac&iacute;a ning&uacute;n bien excepto el vivir tal como deb&iacute;an vivir. Tal como deb&iacute;an siempre, siempre vivir; si Anthony lo permit&iacute;a.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Esos pensamientos eran peligrosos, ella pens&oacute;.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Comenz&oacute; a mascullar. Los otros comenzaron a mascullar tambi&eacute;n. Todos hab&iacute;an estado pensando, evidentemente.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Los hombres en el sof&aacute; susurraron largamente con Ethel Hollis, y cuando la dejaron libre, ella comenz&oacute; a mascullar tambi&eacute;n.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Mientras Anthony estuvo sentado sobre el equipo haciendo televisi&oacute;n, ellos permanecieron sentados alrededor, mascullando, observando las formas parpadeantes y carentes de significado hasta altas horas de la noche.</p> <p class="Estilo13ptIzquierda063cmPrimeralnea0cm">Al d&iacute;a siguiente nev&oacute;, y mat&oacute; la mitad de las cosechas, pero fue un buen d&iacute;a.</p> <p><strong style="font-size: 1em;">Presentaci&oacute;n y traducci&oacute;n: </strong><span style="font-size: 1em;">Fredegiso.</span></p>]]></description><pubDate>Wed, 10 May 2017 00:39:00 +0000</pubDate></item><item><title>El Mundo Sumergido</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2016/122101-el-mundo-sumergido.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2016/122101-el-mundo-sumergido.php</guid><description><![CDATA[Kerans alzó los ojos hacia los acantiladosrectangulares de ventanas intactas que le recordaban las fotografías de lossoleados paseos marítimos de Niza, Río y Miami que había visto de niño en lasenciclopedias del campamento Byrd. Sin embargo, curiosamente, a pesar delpoderoso encanto de esos mundos de lagunas y ciudades sumergidas, nunca sehabía interesado en visitar los edificios, ni se había molestado en identificar las ciudades.El doctor Bodkin, veinticinco años mayor, había vivido en muchas de esasciudades, europeas y americanas, y empleaba casi todas sus horas libres enrecorrer los canales más remotos, buscando museos y bibliotecas, donde enverdad no encontraba otra cosa que sus propios recuerdos.La falta de recuerdos explicaba quizá la indiferencia de Kerans ante elespectáculo de una civilización que se hundía lentamente. Había nacido y habíasido educado en la zona limitada en otro tiempo por el llamado círculo polarártico ahora una región subtropical, con una temperatura anual media deveinticinco grados centígrados y fue por primera vez al sur siguiendo unaexpedición ecológica, cuando ya había cumplido los treinta. Los vastos pantanosy las junglas le parecieron un laboratorio fabuloso; las ciudades sumergidaspoco más que pedestales adornados.Excepto los hombres más viejos, como Bodkin, no había nadie que recordarahaber vivido en ellas, y aun en la infancia de Bodkin las ciudades habían sidofortines asediados, encerrados en enormes diques, desintegrados por el pánico yla desesperación, Venecias que se resistían a celebrar sus bodas con el mar.Las ciudades, hermosas y fascinantes precisamente porque estaban vacías, porqueen ellas se unían extraordinariamente dos extremos de la naturaleza, eran ahoracomo coronas de oro abandonadas en una selva y cubiertas de orquídeas salvajes.La sucesión de gigantescos cataclismos geológicos que transformaron elclima de la Tierra se había iniciado sesenta o setenta años atrás. Una serie detormentas solares, violentas y prolongadas, provocadas por una inestabilidadrepentina del Sol, había ampliado los cinturones de Van Allen y habíadebilitado la atracción gravitatoria terrestre que retenía las capas exterioresde la ionosfera. Cuando estas capas se desvanecieron en el espacio, dejando ala Tierra sin protección contra las radiaciones solares, la temperatura empezóa subir regularmente, y la atmósfera recalentada se expandió hasta alcanzar loslímites de la ionosfera.La temperatura media subió unos pocos grados por año, en todo el mundo. Laszonas tropicales fueron pronto inhabitables, y poblaciones enteras emigraronhacia el sur y hacia el norte escapando a temperaturas de cincuenta y sesentagrados. Las regiones templadas se convirtieron en tropicales. En Europa y enAmérica del Norte, golpeadas por continuas olas de calor, la temperatura eraapenas inferior a los treinta y cinco grados. Las Naciones Unidas dispusieron entoncesla colonización de las llanuras antárticas y de la costa septentrional deCanadá y de la Unión Soviética.Durante un período de veinte años la vida se adaptógradualmente a estos cambios climáticos. El tempo vital se hizo más lento, comoera inevitable, y nadie se decidía a combatir el avance de las junglas. No sólose aceleró el crecimiento detodas las formas vegetales. Los niveles más altosde radiactividad aumentaron también provocando mutaciones. Pronto aparecieronlas primeras variedades botánicas anormales, parecidas a los helechos gigantesdel período carbonífero, y las formas inferiores de vida se desarrollaronrápidamente.Un nuevo e importante cataclismo geológico oscureció estas apariciones. Elcalentamiento continuo de la atmósfera había empezado a fundir los casquetespolares. Los mares helados de las llanuras antárticas se quebraron ydisolvieron. Decenas de millares de témpanos del círculo ártico, Groenlandia yel norte de Europa, la Unión Soviética y América se derramaron en el mar, y millonesde metros cúbicos de nieves eternas se licuaron en ríos gigantescos.En realidad, el nivel del agua en todo el mundo sólo hubiera subido unospocos pies, pero los vastos torrentes arrastraron millones de toneladas desedimentos. Los deltas se alzaron en las desembocaduras como diques,extendiendo las costas de los continentes. Los mares que habían cubierto dostercios de la superficie total del globo, ocupaban ahora sólo la mitad.Los nuevos mares empujaron hacia las costas el cieno sumergido y modificaronla forma y los contornos de los continentes. El Mediterráneo se transformó enun sistema lacustre, y las Islas Británicas se unieron otra vez a Francia. Lasllanuras centrales de los Estados Unidos, cubiertas por las aguas que traía elMississipi de las montañas Rocosas, se convirtieron en un golfo enorme que seabría en la bahía de Hudson, y en el Caribe asomaron unas salinas barrosas. EnEuropa el agua se acumuló en lagos, y el barro arrastrado hacia el sur inundólas ciudades de las llanuras.Durante los treinta años siguientes las poblaciones continuaron emigrandohacia el polo. Unas pocas ciudades fortificadas desafiaron el nivel crecientede las aguas y la invasión de los bosques, pero las murallas cedieron una trasotra. La vida sólo era tolerable en las zonas vecinas a los polos, donde laincidencia oblicua de los rayos del sol debilitaba el poder de las radiaciones.Las ciudades que se alzaban en las regiones montañosas cercanas al ecuador, ydonde la temperatura no era tan elevada, habían sido abandonadas también, puesla atmósfera apenas absorbía allí los rayos solares.El problema del emplazamiento de las poblaciones migratorias encontró susolución en este último factor. La fertilidad cada vez menor de los mamíferos,y la ascendencia creciente de los anfibios y reptiles, mejor adaptados a lavida en las lagunas y pantanos, invirtieron el equilibrio ecológico. En laépoca del nacimiento de Kerans en el campamento Byrd una ciudad de diez milhabitantes del norte de Groenlandia se estimaba que en los casquetes polaresno vivían más de cinco millones de hombres.El nacimiento de un niño era en ese entonces casiuna curiosidad, y sólo un matrimonio de cada diez tenía descendencia. ComoKerans se decía a veces, elárbol genealógico de la humanidad se podabasistemáticamente a sí mismo, acaso retrocediendo en el tiempo, y era posibleque un día un segundo Adán y una segunda Eva se encontraran otra vez solos, enun nuevo Edén.James G Ballard.El Mundo Sumergido.]]></description><pubDate>Wed, 21 Dec 2016 00:03:00 +0000</pubDate></item><item><title>En los muros de Erix</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2012/022601-en-los-muros-de-erix.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2012/022601-en-los-muros-de-erix.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El cuento de Lovecraft de donde James Cameron sac&oacute; su "original" historia de Avatar.</p><p style="text-align: justify;">En Los Muros De Erix</p><p style="text-align: justify;">Antes de intentar descansar escribir&eacute; unas notas preliminares para el informe que debo redactar. Lo que he descubierto es tan singular, y tan opuesto a todas las pasadas experiencias y suposiciones, que merece una descripci&oacute;n muy cuidadosa.</p><p style="text-align: justify;">Llegu&eacute; al campo de aterrizaje principal de Venus el 18 de marzo, seg&uacute;n el c&oacute;mputo terrestre; el 9, VI seg&uacute;n el calendario de ese planeta. Cuando me destinaron al grupo de Miller, recib&iacute; mi equipo -junto con un reloj adaptado a la rotaci&oacute;n ligeramente m&aacute;s r&aacute;pida de Venus- y efectu&eacute; los usuales ejercicios con la m&aacute;scara. Dos d&iacute;as despu&eacute;s me declararon apto para el servicio.</p><p style="text-align: justify;">Sal&iacute; del puesto que la Crystal Company tiene en Terra Nova hacia el amanecer de 12, VI y segu&iacute; la ruta sur que Anderson hab&iacute;a trazado desde el aire. El camino era malo, ya que estas selvas se vuelven casi impracticables despu&eacute;s de la lluvia.</p><p style="text-align: justify;">Debe de ser la humedad lo que da a las enmara&ntilde;adas enredaderas y plantas de tallo rastrero esa resistencia correosa; una resistencia tan grande que se tarda unos diez minutos en cortarlas con el cuchillo. Hacia mediod&iacute;a, el tiempo era algo m&aacute;s seco; la vegetaci&oacute;n se volvi&oacute; m&aacute;s suave y el&aacute;stica, de forma que el cu- chillo la cortaba con facilidad, pero ni aun entonces lograba ir m&aacute;s de prisa.</p><p style="text-align: justify;">Estas m&aacute;scaras Carter de ox&iacute;geno son demasiado pesadas: s&oacute;lo llevarlas puestas dejan medio agotado a un hombre normal. La m&aacute;scara Dubois, con dep&oacute;sito- esponja en vez de cilindros, proporciona un aire igual de bueno con la mitad de peso.</p><p style="text-align: justify;">El detector de cristales parec&iacute;a funcionar bien, e indicaba constantemente una direcci&oacute;n que confirmaba el informe de Anderson. Es curioso c&oacute;mo funciona ese principio de afinidad, sin ninguna de las imposturas del g&eacute;nero de las viejas "varitas de zahor&iacute;" terrestres. Debe de haber un gran yacimiento de cristales dentro de un &aacute;rea de unas mil millas, aunque supongo que esos condenados hombres-lagartos estar&aacute;n al acecho, vigilando. Puede que nos consideren est&uacute;pidos por venir a Venus en busca de material, igual que nosotros los consideramos a ellos por arrastrarse en el carro cada vez que encuentran un cristal, o por tener ese enorme ejemplar en un pedestal, en su templo. Me gustar&iacute;a que adoptasen una nueva religi&oacute;n, dado que los cristales no les sirven m&aacute;s que para rezar ante ellos. Suprimida la teolog&iacute;a, nos dejar&iacute;an coger cuantos quisi&eacute;ramos; y aun cuando aprendiesen a aprovechar su poder, habr&iacute;a m&aacute;s que suficientes para su planeta y para la Tierra. Yo al menos estoy harto de tener que renunciar a los yacimientos importantes y buscar s&oacute;lo cristales aislados en el lecho de los r&iacute;os de la selva. Alguna vez elevar&eacute; una petici&oacute;n para que se elimine a estos miserables seres escamosos con un ej&eacute;rcito bien pertrechado que venga de casa. Unas veinte naves podr&iacute;an traer tropas suficientes para terminar con el problema. No se puede considerar personas a estos seres, a pesar de sus "ciuda- des" y sus torres. No tienen habilidad m&aacute;s que para construir - y utilizar espadas y dardos envenenados-, y no creo que sus supuestas "ciudades" representen mucho m&aacute;s que los hormigueros o los diques de los castores. Dudo que tengan siquiera un verdadero lenguaje... Toda esa palabrer&iacute;a sobre su comunicaci&oacute;n ps&iacute;quica a trav&eacute;s de los tent&aacute;culos que poseen en la parte inferior del pecho no me parece m&aacute;s que paparruchas. Lo que enga&ntilde;a a la gente es su postura erecta, lo que no es m&aacute;s que una mera semejanza accidental con el hombre terrestre.</p><p style="text-align: justify;">Me gustar&iacute;a recorrer la selva de Venus sin tener que preocuparme de que aparezca alg&uacute;n grupo de estas hoscas criaturas, ni de esquivar sus malditos dardos. Puede que fuera l&oacute;gico antes de que empez&aacute;ramos a llevarnos cristales; pero ahora se han convertido verdaderamente en una molestia de lo m&aacute;s enojosa, ya que no paran de lanzarnos dardos y de cortarnos las tuber&iacute;as del agua. Cada vez estoy m&aacute;s convencido de que est&aacute;n dotados de una sensibilidad especial semejante a la de nuestros detectores de cristales. No se sabe que hayan molestado a ning&uacute;n hombre excepto tir&aacute;ndole dardos de lejos-, a menos que llevara cristales encima.</p><p style="text-align: justify;">Hacia la una de la tarde, un dardo casi me arranc&oacute; el casco, y por un segundo pens&eacute; que me hab&iacute;a perforado los cilindros de ox&iacute;geno. Los sigilosos demonios no hab&iacute;an hecho el menor ruido, a pesar de que ten&iacute;a encima tres de ellos. Acab&eacute; con todos barriendo en c&iacute;rculo con mi pistola lanzallamas, pues, aunque su color hac&iacute;a que se les confundiera con la vegetaci&oacute;n, pude percibir el movimiento de las enredaderas. Uno de ellos med&iacute;a unos ocho pies de altura y ten&iacute;a un hocico de tapir. Los Otros eran de tama&ntilde;o corriente, unos siete pies. Lo &uacute;nico que hace que sigan siendo un problema es su n&uacute;mero; hasta un simple regimiento de lanzallamas podr&iacute;a acabar con ellos. Es curioso, sin embargo, c&oacute;mo han llegado a dominar el planeta. No hay otros seres m&aacute;s grandes, salvo los contorsionantes akmans y skorahs, o los tukahs voladores del otro continente... , a menos, por supuesto, que los agujeros de la Meseta Dionea est&eacute;n habitados.</p><p style="text-align: justify;">Hacia las dos, mi detector vir&oacute; hacia el Oeste, indicando cristales aislados delante de m&iacute;, hacia la derecha. Lo comprob&eacute; con las referencias de Anderson, y modifiqu&eacute; mi marcha. El avance se me hizo m&aacute;s dif&iacute;cil, no s&oacute;lo porque el terreno se elevaba, sino porque la vida animal y las plantas carn&iacute;voras eran m&aacute;s abundantes. Andaba constantemente acuchillando ugrats y pisando skorahs, y ten&iacute;a el traje de cuero todo salpicado de reventar los darobs que sal&iacute;an de todas partes. El sol molestaba a causa de la niebla, y no parec&iacute;a secar el barro lo m&aacute;s m&iacute;nimo. Cada vez que daba un paso, el pie se me hund&iacute;a cinco o seis pulgadas, y sonaba un blup succionante cada vez que lo sacaba. Quisiera que alguien inventara una clase de traje para este clima que no fuese de cuero. De tela se pudrir&iacute;a, por supuesto; pero podr&iacute;an hacerlo de alg&uacute;n tejido fino y met&aacute;lico que no pudiera romperse, como la superficie de este rollo indestructible de notas.</p><p style="text-align: justify;">Com&iacute; hacia las 3,30... , si es que deslizar esas desdichadas tabletas alimenticias a trav&eacute;s de la m&aacute;scara puede llamarse comer. Poco despu&eacute;s not&eacute; un cambio en el paisaje: las flores brillantes y de aspecto ponzo&ntilde;oso variaron de color y se volvieron espectrales. Las siluetas de las cosas temblaban r&iacute;tmicamente, y surg&iacute;an luminosos puntitos con el mismo tiempo lento e invariable. Despu&eacute;s, la temperatura pareci&oacute; fluctuar de acuerdo con una palpitaci&oacute;n acompasada y peculiar.</p><p style="text-align: justify;">El universo entero parec&iacute;a latir con pulsaciones profundas, regulares, que llenaban cada rinc&oacute;n del espacio y flu&iacute;an a trav&eacute;s de mi cuerpo y de mi mente por igual. Perd&iacute; el sentido del equilibrio y me tambale&eacute; dominado por el v&eacute;rtigo, pero de nada me sirvi&oacute; cerrar los ojos y taparme los o&iacute;dos con las manos. Sin embargo, conserv&eacute; la mente l&uacute;cida, y muy pocos minutos despu&eacute;s me di cuenta de lo que hab&iacute;a sucedido.</p><p style="text-align: justify;">Al fin hab&iacute;a dado con una de esas curiosas plantas-espejismo, de las que tantos de nuestros hombres cuentan historias. Anderson me ha prevenido sobre ellas, y me ha descrito muy fielmente su aspecto: tallo velludo, hojas espinosas y flores jaspeadas, cuyas emanaciones, generadoras de ensue&ntilde;os, penetran por cualquier clase de material de que est&eacute; hecha una m&aacute;scara.</p><p style="text-align: justify;">Al recordar lo que le ocurri&oacute; a Bailey hace tres a&ntilde;os, un p&aacute;nico moment&aacute;neo se apoder&eacute; de m&iacute;, y empec&eacute; a correr y a vacilar en el mundo ca&oacute;tico y demencial que las exhalaciones de la planta hab&iacute;an tejido a mi alrededor. Luego volvi&oacute; la sensatez y comprend&iacute; que todo lo que necesitaba era alejarme de esas flores peligrosas, distanciarme de la fuente de esas pulsaciones, y abrirme paso como fuese -sin tener en cuenta lo que girara a mi alrededor-, hasta salir de la zona de influencia de la planta. Aunque todo daba vueltas peligrosamente, trat&eacute; de proseguir la marcha en la direcci&oacute;n correcta y abrirme paso hacia adelante. Deb&iacute; de alejarme bastante de la l&iacute;nea recta, porque creo que transcurrieron horas antes de que me sintiera libre del penetrante influjo de la planta. Gradualmente, las luces danzantes empezaron a desaparecer, y el temblor dei espectral escenario empez&oacute; a adquirir fijeza.</p><p style="text-align: justify;">Cuando me sent&iacute; completamente libre consult&eacute; el reloj, y me qued&eacute; asombrado al descubrir que s&oacute;lo eran las 4,20. Aunque me hab&iacute;a dado la sensaci&oacute;n de que hab&iacute;a transcurrido una eternidad, toda aquella experiencia hab&iacute;a durado poco m&aacute;s de media hora.</p><p style="text-align: justify;">Cada demora, no obstante, constitu&iacute;a un fastidio, y hab&iacute;a perdido terreno al alejarme de la planta. Ahora avanc&eacute; penosamente en direcci&oacute;n a la elevaci&oacute;n que indicaba el detector de cristales, concentrando todas mis energ&iacute;as en recuperar el mayor tiempo posible. La selva segu&iacute;a siendo espesa, aunque hab&iacute;a menos vida animal. En una ocasi&oacute;n, una flor carn&iacute;vora me engull&oacute; el pie derecho y me lo agarr&oacute; con tanta fuerza que tuve que librarme de ella a cuchilladas, reduciendo la flor a tiras, antes de que me soltara.</p><p style="text-align: justify;">Menos de una hora despu&eacute;s, la vegetaci&oacute;n empez&oacute; a aclarar, y hacia las cinco - despu&eacute;s de atravesar una franja de helechos gigantes con muy poca maleza- sal&iacute; a una meseta ancha y musgosa. Ahora pod&iacute;a caminar m&aacute;s de prisa, y por las oscilaciones de la aguja del detector vi que me estaba acercando al cristal que buscaba. Era extra&ntilde;o, porque la mayor&iacute;a de los esferoides se encuentran por los arroyos de la selva; de manera que no era corriente que apareciesen en un terreno elevado y sin &aacute;rboles como &eacute;ste.</p><p style="text-align: justify;">El terreno ascend&iacute;a basta terminar en una cresta definida. Llegu&eacute; a lo alto hacia las 5,30, y ante m&iacute; descubr&iacute; una llanura muy extensa, con un bosque a lo lejos.</p><p style="text-align: justify;">Esta era, sin lugar a dudas, la meseta que Matsugawa hab&iacute;a registrado desde el aire cincuenta a&ntilde;os antes, y que nuestros mapas denominan "Erys" o "Meseta Ericinia". Pero lo que hizo que me latiera el coraz&oacute;n con violencia fue un detalle m&aacute;s peque&ntilde;o, cuya posici&oacute;n no distaba demasiado, quiz&aacute;, del centro exacto de la planicie. Era un simple punto luminoso, centelleante a trav&eacute;s de la niebla, que parec&iacute;a reflejar la luminosidad penetrante y concentrada de los rayos amarillentos de sol empa&ntilde;ados por el vapor. Este era, sin duda, el cristal que buscaba; quiz&aacute; no fuera m&aacute;s grande que un huevo de gallina, pero estaba dotado de fuerza suficiente para abastecer de calefacci&oacute;n a una ciudad durante un a&ntilde;o.</p><p style="text-align: justify;">Casi no me extra&ntilde;&oacute;, al divisar de lejos su resplandor, que esos miserables hombres- lagartos adorasen estos cristales. Sin embargo, no tienen la menor idea del poder que contienen.</p><p style="text-align: justify;">Emprend&iacute; una r&aacute;pida marcha, tratando de alcanzar la inesperada presa lo antes posible, y me fastidi&oacute; que el firme musgo diera paso a un barro l&iacute;quido sumamente detestable, salpicado aqu&iacute; y all&aacute; de rodales de yerba y enredaderas.</p><p style="text-align: justify;">No obstante, continu&eacute; chapoteando sin hacer caso, ni vigilar siquiera a mi alrededor por si aparec&iacute;a alguno de esos enojosos hombres-lagartos. No era probable que atacaran en este descampado. A medida que avanzaba, la luz que ten&iacute;a ante m&iacute; parec&iacute;a aumentar en tama&ntilde;o y brillantez, y empec&eacute; a notar algo raro respecto a su situaci&oacute;n. Evidentemente, se trataba de un cristal de la m&aacute;s fina calidad, y mi j&uacute;bilo crec&iacute;a a cada paso.</p><p style="text-align: justify;">A partir de aqu&iacute; debo tener cuidado al hacer el informe, ya que lo que voy a decir se refiere a cosas que carecen de precedente - aunque por fortuna se pueden comprobar-. Corr&iacute;a yo con creciente ansiedad, y hab&iacute;a llegado a un centenar de yardas m&aacute;s o menos del cristal - cuya situaci&oacute;n, en una especie de peque&ntilde;a prominencia del omnipresente limo, parec&iacute;a muy extra&ntilde;a-, cuando una fuerza irresistible y repentina me golpe&oacute; en el pecho y en los nudillos de mis pu&ntilde;os apretados, y me derrib&oacute; de espaldas en el barro. La salpicadura que provoc&oacute; mi ca&iacute;da fue tremenda, y ni la blandura del suelo, ni la presencia de enredaderas y yerbas mucilaginosas, impidieron que me golpeara la cabeza, produci&eacute;ndome un atontamiento. Me qued&eacute; tendido boca arriba un momento, demasiado perplejo para pensar. Luego, maquinalmente, me puse en pie tambale&aacute;ndome, y empec&eacute; a arrancarme las costras de barr&eacute; y de limo adheridas a mi traje de cuero.</p><p style="text-align: justify;">No ten&iacute;a la m&aacute;s ligera idea de con qu&eacute; hab&iacute;a chocado. No hab&iacute;a visto nada que pudiese haber provocado el golpe, ni lo ve&iacute;a ahora tampoco. &iquest;Hab&iacute;a resbalado en el barro, en definitiva? El dolor de los nudillos y del pecho me imped&iacute;an creer que fuese eso. &iquest;O acaso este incidente no era sino una ilusi&oacute;n provocada por alguna planta-espejismo que no ve&iacute;a? No parec&iacute;a probable, ya que no notaba ninguno de los s&iacute;ntomas habituales, ni habla ning&uacute;n sitio donde pudiera ocultarme una vegetaci&oacute;n tan llamativa y caracter&iacute;stica y pasar desapercibida.</p><p style="text-align: justify;">De haber estado en la Tierra, lo habr&iacute;a atribuido a una barrera de fuerza N instalada por alg&uacute;n gobierno para acotar una zona prohibida; pero en una regi&oacute;n donde no hay seres humanos tal idea resultaba absurda.</p><p style="text-align: justify;">Finalmente, haciendo acopio de valor, decid&iacute; investigar con precauci&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">Esgrimiendo el cuchillo lo m&aacute;s lejos posible de mi cuerpo a fin de poder tantear con &eacute;l cualquier fuerza extra&ntilde;a, avanc&eacute; de nuevo hacia el cristal resplandeciente, dispuesto a llegar a &eacute;l paso a paso, con la mayor precauci&oacute;n. Al tercer paso me detuvo en seco el choque de la punta del cuchillo contra una superficie aparente- mente s&oacute;lida... , superficie que mis ojos no ve&iacute;an en absoluto.</p><p style="text-align: justify;">Tras un moment&aacute;neo retroceso, recobr&eacute; la audacia. Extend&iacute; mi mano izquierda, enguantada, y comprob&eacute; la presencia de una materia s&oacute;lida e invisible -o de una ilusi&oacute;n t&aacute;ctil de materia s&oacute;lida- delante de m&iacute;. Al mover la mano descubr&iacute; que formaba dicha barrera una sustancia extensa de una tersura casi cristalina, sin indicios de uni&oacute;n de bloques separados. Anim&aacute;ndome a seguir explorando, me quit&eacute; un guante y explor&eacute; la superficie con la mano desnuda. Era, efectivamente, dura y v&iacute;trea, y de una frialdad extra&ntilde;a que contrastaba con la temperatura ambiente. Forc&eacute; la vista al m&aacute;ximo, a fin de captar alg&uacute;n vestigio de la sustancia que me imped&iacute;a el paso, pero no logr&eacute; distinguir nada en absoluto.</p><p style="text-align: justify;">No produc&iacute;a tampoco ni la menor sombra de refracci&oacute;n, a juzgar por el aspecto del paisaje que ten&iacute;a ante m&iacute;. La carencia de reflexi&oacute;n quedaba demostrada al no arrancar el sol destello alguno en ning&uacute;n punto. Una acuciante curiosidad empez&oacute; a prevalecer en mi esp&iacute;ritu sobre todo otro sentimiento, y ampli&eacute; mis exploraciones todo lo posible. Palpando con las manos, descubr&iacute; que la barrera se extend&iacute;a desde el suelo hasta una altura mayor que la que yo pod&iacute;a alcanzar, y se prolongaba indefinidamente a uno y otro lado.</p><p style="text-align: justify;">As&iacute;, pues, era una especie de muro... , aunque no pod&iacute;a explicarme de qu&eacute; materia estaba hecho, ni cu&aacute;l era su objeto. Nuevamente pens&eacute; en las plantas- espejismo y los sue&ntilde;os que produc&iacute;an, pero tras reflexionar un momento descart&eacute; tal hip&oacute;tesis.</p><p style="text-align: justify;">Golpe&eacute; con energ&iacute;a la barrera con el pu&ntilde;o del cuchillo, le di unas patadas con mis pesadas botas y trat&eacute; de interpretar los sonidos as&iacute; producidos. Hab&iacute;a algo en estas reverberaciones que me recordaban el cemento o el hormig&oacute;n, aunque mis manos encontraban la superficie v&iacute;trea o met&aacute;lica Verdaderamente, me enfrentaba a algo extra&ntilde;o que rebasaba toda experiencia previa.</p><p style="text-align: justify;">El siguiente movimiento l&oacute;gico fue hacerme alguna idea de las dimensiones del muro. Calcular la altura pod&iacute;a ser un problema dif&iacute;cil, si no insoluble; pero tal vez resultara f&aacute;cil averiguar su forma y longitud. Extend&iacute; los bravos y me ce&ntilde;&iacute; a la barrera. Empec&eacute; a desplazarme lateralmente hacia la izquierda, fij&aacute;ndome con todo cuidado en la trayectoria que llevaba. Tras dar algunos pasos, comprob&eacute; que no era recta, sino que describ&iacute;a un c&iacute;rculo o elipse. Luego me llam&oacute; la atenci&oacute;n algo enteramente distinto, algo relacionado con el lejano cristal, que era el objeto de mi b&uacute;squeda.</p><p style="text-align: justify;">Ya he dicho que incluso desde una distancia mayor, la situaci&oacute;n del objeto resplandeciente, sobre un peque&ntilde;o mont&iacute;culo que se alzaba en el limo parec&iacute;a m&aacute;s bien extra&ntilde;a. Ahora -a unas cien yardas- pude distinguir con claridad, a pesar de la creciente niebla, qu&eacute; era exactamente aquel mont&iacute;culo. Se trataba del cad&aacute;ver de un hombre vestido con el traje de cuero de la Crystal Company, tendido de espaldas y con la m&aacute;scara de ox&iacute;geno medio enterrada en el barro, a unas pulgadas de &eacute;l. En su mano derecha, apretado convulsivamente contra el pecho, ten&iacute;a el cristal que me hab&iacute;a guiado hasta all&iacute;: era un esferoide de incre&iacute;ble tama&ntilde;o, tan grande que los dedos del muerto apenas lo abarcaban.</p><p style="text-align: justify;">Incluso a esa distancia pude observar que el cad&aacute;ver era reciente. Apenas se apreciaba descomposici&oacute;n, y pens&eacute; que en ese clima tal cosa significaba que no llevaba muerto m&aacute;s de un d&iacute;a. No tardar&iacute;a en acudir un enjambre de moscas farnoth. Me pregunt&eacute; qui&eacute;n ser&iacute;a. Sin duda, nadie a quien yo hubiera conocido en este viaje. Quiz&aacute; se tratara de uno de los veteranos que hab&iacute;an salido a efectuar un largo recorrido y que hab&iacute;a llegado a esta regi&oacute;n especial con independencia del plan de Anderson. Ah&iacute; yac&iacute;a, m&aacute;s all&aacute; de toda preocupaci&oacute;n, y con los rayos del gran cristal brotando entre sus dedos r&iacute;gidos.</p><p style="text-align: justify;">Me qued&eacute; mir&aacute;ndole durante unos cinco minutos, con perplejidad y aprensi&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">Me invadi&oacute; un extra&ntilde;o temor, y sent&iacute; unos deseos irrazonados de echar a correr.</p><p style="text-align: justify;">No hab&iacute;a sido obra de esos huidizos hombres-lagartos, ya que a&uacute;n sujetaba con la mano el cristal que hab&iacute;a encontrado. &iquest;Tendr&iacute;a aquello alguna relaci&oacute;n con el muro invisible? &iquest;D&oacute;nde hab&iacute;a encontrado el cristal? El instrumento de Anderson hab&iacute;a indicado la presencia de un cristal en esa zona mucho antes de que ese hombre muriese. Ahora empec&eacute; a considerar la barrera invisible como algo siniestro, y me apart&eacute; de ella con un estremecimiento. Pero comprend&iacute; que deb&iacute;a explorar el misterio m&aacute;s de prisa y a fondo, debido a la reciente tragedia.</p><p style="text-align: justify;">De repente -centrando mi atenci&oacute;n en el problema que ahora ten&iacute;a delante-, pens&eacute; en un medio posible de comprobar la altura del muro, o de averiguar al menos si se elevaba indefinidamente. Cog&iacute; un pu&ntilde;ado de barro, lo escurr&iacute; hasta que adquiri&oacute; cierta consistencia, y lo lanc&eacute; hacia arriba en direcci&oacute;n a la barrera transparente. A una altura de quiz&aacute; unos catorce pies choc&oacute; contra la superficie invisible con sonoro y blando ruido, se desintegr&oacute; inmediatamente y se escurri&oacute; hacia abajo, formando unos regueros que desaparecieron con sorprendente rapi- dez. As&iacute;, pues, el muro era alto. Una segunda pella, lanzada en &aacute;ngulo m&aacute;s elevado, dio en la superficie a unos dieciocho pies del suelo, y desapareci&oacute; con la misma prontitud que la primera.</p><p style="text-align: justify;">Ahora recurr&iacute; a todas mis fuerzas, y me dispuse a lanzar una tercera pella lo m&aacute;s alto posible. Escurr&iacute; el barro, lo exprim&iacute; al m&aacute;ximo y lo lanc&eacute; tan alto que tem&iacute; que no llegara a la pared que me cortaba el paso. Pero s&iacute; lleg&oacute;, y esta vez cruz&oacute; la barrera y cay&oacute; en el barro, al otro lado, con un violento chapoteo. Al fin hab&iacute;a logrado tener una idea aproximada de su altura, ya que lo hab&iacute;a rebasado a unos veinte o veinti&uacute;n pies.</p><p style="text-align: justify;">Evidentemente, era imposible salvar una pared vertical de diecinueve o veinte pies y de superficie lisa como el cristal. As&iacute; que ten&iacute;a que seguir rodeando la barreta con la esperanza de encontrar un acceso, un final, o alg&uacute;n tipo de interrupci&oacute;n. &iquest;Formaba el obst&aacute;culo un c&iacute;rculo completamente redondo u otra clase de figura cerrada, o describ&iacute;a tan s&oacute;lo un arco o semic&iacute;rculo? De acuerdo con mi decisi&oacute;n, continu&eacute; avanzando despacio hacia la izquierda, moviendo las manos arriba y abajo por la superficie invisible por si descubr&iacute;a alguna ventana o abertura. Antes de reemprender la marcha trat&eacute; de dejar una se&ntilde;al haciendo un hoyo en el barro con el pie; pero el barro estaba demasiado l&iacute;quido para que se conservase la se&ntilde;al. Tom&eacute;, sin embargo, una referencia del lugar aproximado fij&aacute;ndome en una alta c&iacute;cada del bosque lejano que estaba en l&iacute;nea con el centelleante cristal, a cien yardas de donde me encontraba yo. Si no hab&iacute;a acceso ni interrupci&oacute;n, sabr&iacute;a cu&aacute;ndo hab&iacute;a completado el c&iacute;rculo.</p><p style="text-align: justify;">No llevaba a&uacute;n mucho trecho recorrido cuando comprend&iacute; que la Curvatura indicaba un recinto circular de unas cien yardas de di&aacute;metro, si su contorno era regular. Esto significaba que el hombre muerto estaba cerca del muro, en un lugar casi opuesto al que yo hab&iacute;a tomado como punto de partida. &iquest;Estaba dentro del recinto, o en la parte exterior? No tardar&iacute;a en comprobarlo.</p><p style="text-align: justify;">Fui rodeando lentamente la barrera sin descubrir acceso, ventana ni interrupci&oacute;n de ninguna clase, y conclu&iacute; que el cad&aacute;ver estaba en el interior. A medida que me acercaba, el semblante del hombre muerto me iba pareciendo m&aacute;s vagamente inquietante. Hab&iacute;a algo alarmante en su expresi&oacute;n y en la mirada de sus ojos vidriosos. Cuando estuve cerca me pareci&oacute; que se trataba de Dwight, un veterano a quien no hab&iacute;a llegado a conocer, pero al que me se&ntilde;alaron en el puesto el a&ntilde;o pasado. El cristal que ten&iacute;a cogido era desde luego un verdadero trofeo, el ejemplar m&aacute;s grande que he visto en mi vida.</p><p style="text-align: justify;">Estaba tan cerca del cad&aacute;ver que pod&iacute;a haberlo tocado -de no interponerse la barrera-, cuando mi exploradora mano izquierda encontr&oacute; una esquina de la invisible superficie. En un segundo averig&uuml;&eacute; que hab&iacute;a una abertura de unos tres de ancho que iba desde el suelo hasta una altura a que yo no llegaba. No hab&iacute;a puerta, ni huellas de goznes que indicaran que la hubiese habido en otro tiempo.</p><p style="text-align: justify;">Sin vacilar un instante, la cruc&eacute; y di dos pasos hacia el cuerpo tendido, que formaba &aacute;ngulo recto con la abertura por la que yo acababa de entrar, y que daba a lo que parec&iacute;a ser un corredor sin puertas. Sent&iacute; renacer mi curiosidad al encontrarme en el interior de este inmenso recinto dividido en compartimientos.</p><p style="text-align: justify;">Me inclin&eacute; a examinar el cuerpo y vi que no ten&iacute;a heridas. Casi no me sorprendi&oacute;, ya que la presencia del cristal indicaba que no se hab&iacute;a enfrentado a los nativos pseudo-reptiles. Al mirar a mi alrededor, tratando de descubrir alguna posible causa de su muerte, mis ojos descubrieron la m&aacute;scara de ox&iacute;geno cerca de los pies del cad&aacute;ver. Este detalle era efectivamente significativo. Sin di- cho accesorio, ning&uacute;n ser humano pod&iacute;a respirar el aire de Venus durante m&aacute;s de treinta segundos; y Dwight -si era &eacute;l- lo hab&iacute;a perdido. Probablemente se hab&iacute;a puesto mal la m&aacute;scara, y el peso de los cilindros debieron de soltar las correas, cosa que no pod&iacute;a suceder con una mascara Dubois de dep&oacute;sito- esponja. El medio minuto de gracia hab&iacute;a resultado demasiado breve para permitirle al hombre inclinarse a recoger su aparato protector... o quiz&aacute; el cian&oacute;geno de la atm&oacute;sfera era anormalmente elevado en ese momento. Quiz&aacute; se encontraba absorto contemplando el cristal, dondequiera que lo hubiese descubierto. Al parecer, acababa de sacarlo de la bolsa de su traje, ya que ten&iacute;a la solapa desabrochada.</p><p style="text-align: justify;">Proced&iacute; a desprender el enorme cristal de entre los dedos del prospector muerto, tarea que su rigidez hac&iacute;a muy dif&iacute;cil. El esferoide era m&aacute;s grande que el pu&ntilde;o de un hombre, y brillaba como si estuviese vivo bajo los rayos rojizos del sol poniente. Al tocar su centelleante superficie me estremec&iacute; involuntariamente como si, al cogerlo, este objeto precioso me transmitiera el destino que hab&iacute;a fulminado a su anterior propietario. Sin embargo, no tardar&aacute;n en disiparse mis escr&uacute;pulos, y me guard&eacute; cuidadosamente el cristal en la bolsa de mi traje de cuero. La superstici&oacute;n no ha sido nunca una de mis debilidades.</p><p style="text-align: justify;">Coloqu&eacute; el casco del muerto sobre su rostro inm&oacute;vil, me enderec&eacute; y retroced&iacute; por la entrada invisible al vest&iacute;bulo del gran recinto. Nuevamente me volvi&oacute; toda mi curiosidad en relaci&oacute;n con el extra&ntilde;o edificio y me devan&eacute; los sesos pensando cu&aacute;l ser&iacute;a su material, su origen y su objeto. Ni por un instante se me ocurri&oacute; que pudieran haberlo erigido manos humanas. Nuestras naves hab&iacute;an llegado a Venus por primera vez hac&iacute;a tan s&oacute;lo setenta y dos a&ntilde;os, y los &uacute;nicos seres humanos del planeta eran los de Terra Nova. Por otra parte, los conocimientos humanos no incluyen tampoco el de una sustancia s&oacute;lida, transparente y no refractar&iacute;a como la de ese edificio. Asimismo, se puede descartar la idea de una prehist&oacute;rica invasi&oacute;n humana de Venus, de forma que tuve que volver a la hip&oacute;tesis de que era una construcci&oacute;n nativa. &iquest;Precedi&oacute; a los hombres-lagartos, en la dominaci&oacute;n de Venus, una raza olvidada de seres sumamente evolucionados? A pesar de sus ciudades de trazado complejo, me costaba creer que los pseudo-reptiles hubiesen logrado un avance de esta naturaleza. Debi&oacute; de existir otra raza, miles de a&ntilde;os antes, de la que quiz&aacute; era esto una &uacute;ltima reliquia. &iquest;O se descubrir&aacute;n otras ruinas de naturaleza similar en futuras expediciones? El objeto de semejante edificio escapa a toda conjetura... , pero es extra&ntilde;o, y su material aparentemente nada pr&aacute;ctico sugiere un uso religioso.</p><p style="text-align: justify;">Comprendiendo m&iacute; incapacidad para resolver el problema, se me ocurri&oacute; que todo lo que pod&iacute;a hacer era explorar el edificio. Estaba convencido de que hab&iacute;a diversos corredores y estancias que se extend&iacute;an sobre la llanura embarrada y aparentemente ininterrumpida, y pens&eacute; que un conocimiento de su trazado pod&iacute;a conducirme a algo importante. De modo que volv&iacute; a entrar a tientas por la puerta, sorte&eacute; el cad&aacute;ver y empec&eacute; a avanzar por el corredor, hacia las regiones interiores de las que probablemente hab&iacute;a salido el hombre muerto. M&aacute;s tarde inspeccionar&iacute;a la entrada que dejaba atr&aacute;s.</p><p style="text-align: justify;">Andando a tientas como un ciego, a pesar de la brumosa luz, del sol segu&iacute; adelante despacio. A los pocos pasos, el corredor giraba bruscamente e iniciaba una espiral en direcci&oacute;n al centro, en curvas cada vez m&aacute;s peque&ntilde;as. De cuando en cuando descubr&iacute;a a tientas un pasadizo transversal sin puertas, y en varias ocasiones me tropec&eacute; con la confluencia de dos, tres y cuatro corredores divergentes. Cuando suced&iacute;a esto, segu&iacute;a siempre el camino m&aacute;s interior, que parec&iacute;a ser continuaci&oacute;n del que hab&iacute;a estado recorriendo. Tendr&iacute;a tiempo de sobra para examinar las ramificaciones, una vez que llegara a las regiones principales y regresara. &iexcl;Me es imposible describir la extra&ntilde;a experiencia que supuso recorrer los corredores de un edificio invisible erigido por manos desconocidas en un planeta extra&ntilde;o! Finalmente, tropezando y palpando, llegu&eacute; al extremo del corredor, que daba a un espacio bastante amplio. Des cubr&iacute; a tientas que me encontraba en una c&aacute;mara circular de unos diez pies de anchura; y por la situaci&oacute;n del muerto en relaci&oacute;n con determinadas referencias del bosque lejano, infer&iacute; que dicha c&aacute;mara ocupaba el centro del edificio o estaba pr&oacute;xima a &eacute;l. De ella sal&iacute;an cinco pasillos adem&aacute;s del que yo hab&iacute;a recorrido para entrar; pero conservaba en la mente la situaci&oacute;n de este &uacute;ltimo gracias a una cuidadosa observaci&oacute;n, por encima del cad&aacute;ver, de determinado &aacute;rbol que sobresal&iacute;a en el horizonte cuando estaba exactamente en la entrada.</p><p style="text-align: justify;">No hab&iacute;a nada en esta estancia; s&oacute;lo el suelo de lodo inconsistente, presente en todas partes. Quise saber si estaba techada esta parte del edificio, y repet&iacute; mi experimento lanzando hacia arriba una pella de barro; en seguida descubr&iacute; que carec&iacute;a de todo tipo de cubierta. Si la tuvo, debi&oacute; de derrumbarse hac&iacute;a tiempo, ya que mis pies no hab&iacute;an tropezado con escombros ni bloques desprendidos de ning&uacute;n g&eacute;nero. Al pensar en ello, me result&oacute; muy sorprendente que este edificio aparentemente primordial careciera tan por completo de fragmentos derruidos, grietas y dem&aacute;s accidentes propios de los edificios en ruinas.</p><p style="text-align: justify;">&iquest;Qu&eacute; era? &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;a sido? &iquest;De qu&eacute; estaba hecho? &iquest;Por qu&eacute; no hab&iacute;a signos de bloques separados en los muros homog&eacute;neos, v&iacute;treos, desconcertantes? &iquest;Por qu&eacute; no hab&iacute;a el menor rastro de puertas, ya fuesen interiores o exteriores? Lo &uacute;nico que hab&iacute;a averiguado era que estaba en un edificio sin techumbre, sin puertas, hecho d&eacute; un material duro, suave, perfectamente transparente y no refractario, de unas cien yardas de di&aacute;metro, con numerosos corredores, y una peque&ntilde;a estancia circular en el centro. Salvo esto, no podr&iacute;a saber nada mediante una inspecci&oacute;n directa.</p><p style="text-align: justify;">Observ&eacute; entonces que el sol estaba ya muy bajo en occidente: su disco rojizo flotaba en un charco rojo y anaranjado por encima de los &aacute;rboles borrosos del horizonte. Ten&iacute;a que darme prisa si quer&iacute;a encontrar un terreno seco donde dormir, antes de que anocheciera. Previamente hab&iacute;a decidido pernoctar en el borde firme y musgoso de la meseta pr&oacute;xima a la cresta, desde donde hab&iacute;a visto por primera vez el cristal, fiando en que mi habitual suerte me salvar&iacute;a de un ataque de los hombres-lagartos. Siempre he sido partidario de que debemos salir en grupos de dos o m&aacute;s, de forma que haya siempre uno de guardia durante el descanso, pero el escas&iacute;simo numero de ataques nocturnos que sufrimos hace que la</p><p style="text-align: justify;">Compa&ntilde;&iacute;a no muestre inter&eacute;s en este tipo de cosas. Parece que les es muy dif&iacute;cil ver de noche a esos seres desdichados de piel escamosa, aun alumbr&aacute;ndose con curiosas antorchas.</p><p style="text-align: justify;">Tras localizar otra vez el acceso por el que hab&iacute;a llegado al centro, emprend&iacute; el regreso hacia la entrada del edilicio. Pod&iacute;a continuar otro d&iacute;a la exploraci&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">Caminando a tientas lo mejor que pod&iacute;a por el corredor en espiral, y vali&eacute;ndome tan s&oacute;lo del sentido com&uacute;n, la memoria y un vago reconocimiento de algunos rodales de yerba mal definidos en la llanura corno &uacute;nicos auxiliares, no tard&eacute; en encontrarme de nuevo junto al cad&aacute;ver. Hab&iacute;a ya una o dos moscas farnotb revoloteando sobre el rostro cubierto por el casco, y comprend&iacute; que hab&iacute;a em- pezado la descomposici&oacute;n. Con una repugnancia instintiva y pueril, alc&eacute; la mano para ahuyentar estos primeros insectos carro&ntilde;eros, y entonces sucedi&oacute; algo asombroso. Un muro invisible, deteni&eacute;ndome el movimiento de mi brazo, me hizo ver que -a pesar de que hab&iacute;a vuelto sobre mis pasos corr&iacute; todo cuidado- no hab&iacute;a regresado al corredor en el que se encontraba el cad&aacute;ver. En vez de eso, me hallaba en un acceso paralelo por el que sin duda me hab&iacute;a metido en una vuelta o bifurcaci&oacute;n equivocada de los intrincados pasadizos de atr&aacute;s.</p><p style="text-align: justify;">Confiando en encontrar m&aacute;s adelante un acceso al pasillo de salida, prosegu&iacute; la marcha; pero poco despu&eacute;s llegu&eacute; a una pared que me cortaba el paso. As&iacute; que tendr&iacute;a que volver a la c&aacute;mara central e iniciar el retorno de nuevo. No sab&iacute;a exactamente d&oacute;nde me hab&iacute;a equivocado. Ech&eacute; una ojeada al suelo con idea de comprobar si por alg&uacute;n milagro hab&iacute;an quedado impresas mis huellas, pero en seguida comprob&eacute; que el inconsistente barro s&oacute;lo conservaba la se&ntilde;al de las pisadas unos instantes. No me fue dif&iacute;cil encontrar de nuevo el camino hasta el centro; una vez all&iacute;, medit&eacute; detenidamente qu&eacute; camino era el que conduc&iacute;a a la salida. Me hab&iacute;a desviado demasiado a la derecha la vez anterior. Ahora tomar&iacute;a una bifurcaci&oacute;n m&aacute;s a la izquierda... , por el camino decidir&iacute;a d&oacute;nde.</p><p style="text-align: justify;">Mientras avanzaba a tientas por segunda vez me sent&iacute;a completamente seguro de que estaba en el camino correcto, y me desvi&eacute; a la izquierda en una confluencia que estaba seguro de recordar. Segu&iacute; la espiral, cuidando de no extraviarme en ninguno de los pasadizos que la cruzaban. Sin embargo, no tard&eacute; en descubrir, para mi malhumor, que el cad&aacute;ver quedaba a bastante distancia; evidentemente, este otro pasadizo llegaba al muro exterior en un punto bastante alejado de &eacute;l.</p><p style="text-align: justify;">Segu&iacute; apresuradamente unos pasos m&aacute;s, con la esperanza de que hubiese otra salida en la mitad del muro que a&uacute;n no habla explorado, pero al final volv&iacute; a encontrarme con una pared. Estaba claro que el plano del edificio era mucho m&aacute;s complicado de lo que yo hab&iacute;a supuesto.</p><p style="text-align: justify;">A continuaci&oacute;n dud&eacute; entre regresar al centro otra vez. o intentar encontrar alg&uacute;n corredor lateral que me llevase hasta el cad&aacute;ver. Si optaba por la segunda alternativa, corr&iacute;a el peligro de romper mi esquema mental de d&oacute;nde me encontraba; por tanto, era mejor no intentarlo, a menos que encontrara la forma de dejar un rastro visible detr&aacute;s de m&iacute;. C&oacute;mo dejar ese rastro, era todo un problema; de modo que me devan&eacute; los sesos buscando una soluci&oacute;n. No llevaba nada encima que pudiera dejar a manera de se&ntilde;al, ni materia qu&eacute; pudiera esparcir, o subdividir y distribuir.</p><p style="text-align: justify;">La pluma no dejaba huella alguna sobre el muro invisible, y no pod&iacute;a dejar como rastro mis preciosas tabletas alimenticias. Aunque hubiese querido desprenderme de ellas, no habr&iacute;an sido suficientes... Adem&aacute;s, los peque&ntilde;os comprimidos habr&iacute;an desaparecido en seguida, hundi&eacute;ndose en el barro acuoso.</p><p style="text-align: justify;">Me registr&eacute; los bolsillos por si llevaba encima un anticuado cuaderno -que a menudo empleamos extraoficialmente en Venus, a pesar del r&aacute;pido deterioro del papel en la atm&oacute;sfera de este planeta-, a fin de arrancarle las p&aacute;ginas y esparcirlas, pero no ten&iacute;a ninguno. Evidentemente, era imposible romper el fino y resistente metal de este rollo de notas indestructible, y mi indumentaria no ofrec&iacute;a tampoco posibilidad alguna. En la peculiar atm&oacute;sfera de Venus, no pod&iacute;a prescindir de mi resistente traje de cuero sin peligro. Por otra parte, hemos eliminado la ropa interior a causa del clima.</p><p style="text-align: justify;">Intent&eacute; embadurnar con barro las invisibles y lisas paredes despu&eacute;s de escurrirlo todo lo posible, pero descubr&iacute; que desaparec&iacute;a de la vista tan r&aacute;pidamente como las pellas que hab&iacute;a lanzado para probar su altitud. Finalmente, saqu&eacute; el cuchillo y trat&eacute; de hacer en la superficie v&iacute;trea y fantasmal una raya o algo que pudiese reconocer con la mano, aun cuando no tuviese la ventaja de verlo desde lejos. Sin embargo, fue in&uacute;til: la hoja no hizo la m&aacute;s ligera se&ntilde;al en esta sustancia desconocida y desconcertante.</p><p style="text-align: justify;">Fracasados todos los intentos de dejar alguna huella, busqu&eacute; el recinto central vali&eacute;ndome de la memoria. Resultaba m&aacute;s f&aacute;cil volver a dicha habitaci&oacute;n que seguir una trayectoria concreta y predeterminada en direcci&oacute;n opuesta, y no tuve dificultad en llegar a ella. Esta vez consign&eacute; en mi rollo de anotaciones cada uno de los giros que hice, trazando un diagrama rudimentario e hipot&eacute;tico de mi trayecto, y marcando todos los corredores que sal&iacute;an de &eacute;l. Por supuesto, fue un trabajo exasperantemente lento, ya que ten&iacute;a que determinarlo todo por el tacto, y las posibilidades de error eran infinitas; pero pensaba que al final dar&iacute;a resultado.</p><p style="text-align: justify;">El largo crep&uacute;sculo de Venus estaba muy avanzado cuando llegu&eacute; al recinto central, pero a&uacute;n ten&iacute;a esperanzas de salir antes de que se hiciera de noche. Al comparar mi reciente diagrama con lo que recordaba de antes pens&eacute; que hab&iacute;a localizado mi error inicial; as&iacute; que emprend&iacute; confiadamente la marcha a lo largo de los corredores invisibles, me desvi&eacute; m&aacute;s a la izquierda que en mis intentos anteriores y procur&eacute; consignar mis giros, en el rollo de notas, por si me equivocaba otra vez. En las crecientes sombras pod&iacute;a divisar la oscura silueta del cad&aacute;ver, ahora centro de una nube repugnante de moscas farnoth. No tardar&iacute;an mucho en acudir de la llanura los sificligs que habitan en el barro, y completar la obra macabra. Me acerqu&eacute; al cad&aacute;ver con cierta renuencia; y me dispuse a pasarlo, cuando una colisi&oacute;n repentina contra el muro me revel&oacute; que me hab&iacute;a extraviado de nuevo.</p><p style="text-align: justify;">Ahora comprend&iacute; claramente que estaba desorientado. Las complicaciones de ese edificio eran excesivas para darles una soluci&oacute;n improvisada, y sin duda tendr&iacute;a que hacer cuidadosas comprobaciones si quer&iacute;a tener alguna esperanza de salir. No obstante, estaba deseoso de llegar a terreno seco antes de que cerrase la noche; de modo que retroced&iacute; una vez m&aacute;s al centro para efectuar una serie de intentos al azar, tomando nota de todo a la luz de mi l&aacute;mpara el&eacute;ctrica.</p><p style="text-align: justify;">Al encenderla comprob&eacute; con atenci&oacute;n que no produc&iacute;a reflejos -ni el m&aacute;s ligero destello- en los muros transparentes que me rodeaban. Pero no me sorprendi&oacute;, ya que el sol tampoco hab&iacute;a producido ning&uacute;n reflejo en el extra&ntilde;o material.</p><p style="text-align: justify;">A&uacute;n andaba a tientas cuando cay&oacute; la noche por completo. Una especie de niebla oscureci&oacute; la mayor&iacute;a de las estrellas y planetas, pero la tierra segu&iacute;a vanamente visible como un punto incandescente, verde azulado, en el sudeste. Acababa de rebasar su cenit, y habr&iacute;a ofrecido una visi&oacute;n gloriosa en su telescopio. Incluso pod&iacute;a distinguir la luna junto a ella, cuando los vapores se disipaban moment&aacute;neamente. Ahora era imposible ver el cad&aacute;ver -mi &uacute;nico punto de referencia-; de modo que, tras algunas vueltas equivocadas, regres&eacute; torpemente a la c&aacute;mara central. Al fin y al cabo, hab&iacute;a perdido toda esperanza de dormir en terreno seco. No pod&iacute;a hacer nada hasta el amanecer; por tanto, deb&iacute;a descansar aqu&iacute; como pudiera. No resulta agradable tumbarse en el barro; pero pod&iacute;a hacerlo, enfundado en mi traje de cuero. En otras expediciones hab&iacute;a dormido en peores condiciones incluso, y ahora el agotamiento me ayudar&iacute;a a vencer mi repugnancia.</p><p style="text-align: justify;">As&iacute; que aqu&iacute; estoy, en cuclillas en el limo del recinto central, redactando estas notas en el rollo de anotaciones, a la luz de mi l&aacute;mpara el&eacute;ctrica. Hay algo casi humor&iacute;stico en esta extra&ntilde;a, inusitada y comprometida situaci&oacute;n. &iexcl;Perdido en un edificio sin puertas, en un edificio que no puedo ver! Evidentemente, saldr&eacute; ma&ntilde;ana temprano, y hacia el atardecer estar&eacute; en Terra Nova con el cristal. Desde luego, es una preciosidad, y tiene un brillo sorprendente aun a la luz d&eacute;bil de esta l&aacute;mpara. Acabo de examinarlo. A pesar de mi cansancio, el sue&ntilde;o tarda en llegar, as&iacute; que estoy escribiendo largo y tendido. Debo dejarlo ya. En este lugar no hay peligro de que me molesten esos malditos nativos. Lo que menos me gusta es el cad&aacute;ver; pero afortunadamente mi m&aacute;scara de ox&iacute;geno me salva de los peores efectos. Voy gastando los cubos de clorato muy espaciadamente.</p><p style="text-align: justify;">Tomar&eacute; un par de tabletas alimenticias ahora, y tratar&eacute; de dormir. Ya seguir&eacute;</p><p style="text-align: justify;">M&aacute;s tarde: 13, VI; por la tarde</p><p style="text-align: justify;">Han surgido m&aacute;s dificultades de las que esperaba. Todav&iacute;a estoy en el edificio, y tendr&eacute; que obrar con rapidez y prudencia si quieto descansar en terreno sec&oacute; esta noche. Tard&eacute; en dormirme, y no me he despertado hasta este mediod&iacute;a. Desde luego, habr&iacute;a dormido bastante m&aacute;s, de no haber sido por el deslumbrante sol que se filtraba a trav&eacute;s de la neblina. El cad&aacute;ver ofrec&iacute;a un espect&aacute;culo bastante desagradable: era un hervidero de sificligs, y ten&iacute;a tina nube de moscas farnoth a su alrededor. Algo le hab&iacute;a apartado el casco de la cara y prefer&iacute; no mir&aacute;rsela. Me alegr&eacute; doblemente de llevar mi m&aacute;scara de ox&iacute;geno, al pensar en la situaci&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">Por &uacute;ltimo, me sacud&iacute;, me sequ&eacute;, tom&eacute; un par de tabletas alimenticias y puse un nuevo cubo de clorato pot&aacute;sico en el electrolizador de la m&aacute;scara. Voy consumiendo despacio los cubos, pero me habr&iacute;a gustado tener m&aacute;s abundante provisi&oacute;n. Me sent&iacute;a mucho mejor despu&eacute;s del sue&ntilde;o, y esperaba salir del edificio en seguida.</p><p style="text-align: justify;">Al consultar las notas y bocetos que hab&iacute;a tomado, me qued&eacute; impresionado ante la complejidad de los corredores y la posibilidad de haber cometido una equivocaci&oacute;n fundamental. De las seis aberturas que sal&iacute;an del espacio central, hab&iacute;a elegido la que cre&iacute;a que era aquella por la cual hab&iacute;a entrado, gui&aacute;ndome por la disposici&oacute;n de ciertos elementos del paisaje. Situado exactamente en la entrada, el cad&aacute;ver, a una distancia de cincuenta yardas, se encontraba en l&iacute;nea recta con un lepidodendro particular del bosque lejano. Ahora se me ocurri&oacute; que quiz&aacute; este punto de referencia no era suficientemente preciso: la distancia del cad&aacute;ver hac&iacute;a que la diferencia de direcci&oacute;n respecto al horizonte fuese relativamente peque&ntilde;a al mirar desde las aberturas pr&oacute;ximas a la de mi primera entrada. Adem&aacute;s, el &aacute;rbol no se diferenciaba demasiado de otros lepidodendros que hab&iacute;a en el horizonte.</p><p style="text-align: justify;">Al someter todo esto a comprobaci&oacute;n descubr&iacute;, para mi desencanto, que no estaba seguro de cu&aacute;l de las aberturas era la correcta. &iquest;Hab&iacute;a recorrido una serie de pasillos distintos en cada intento de salida? Esta vez me asegurar&iacute;a. Se me ocurri&oacute; que a pesar de la imposibilidad de marcar un rastro hab&iacute;a una se&ntilde;al que yo pod&iacute;a dejar. Aunque no era posible desprenderme del traje, pod&iacute;a prescindir del casco debido a mi espesa mata de pelo; era lo bastante grande y claro como para destacar sobre el barro l&iacute;quido. As&iacute; que me quit&eacute; el accesorio semiesf&eacute;rico, y lo deposit&eacute; en la entrada de uno de los corredores; el de la derecha, de los tres que iba a explorar.</p><p style="text-align: justify;">Seguir&iacute;a dicho corredor en la suposici&oacute;n de que era el que buscaba, repitiendo las vueltas que me parec&iacute;an las adecuadas, tomando notas y consult&aacute;ndolas constantemente. Si no sal&iacute;a, ir&iacute;a eliminando sistem&aacute;ticamente todas las variantes posibles, y si esto no daba resultado, continuar&iacute;a explorando de la misma forma los callejones que sal&iacute;an de la siguiente abertura, a partir de la tercera entrada.</p><p style="text-align: justify;">Tarde o temprano, no ten&iacute;a m&aacute;s remedio que dar con el camino de salida, pero deb&iacute;a tener paciencia. Aun en el peor de los casos, llegar&iacute;a a campo abierto a tiempo para poder dormir en terreno seco.</p><p style="text-align: justify;">Los resultados inmediatos fueron m&aacute;s bien desalentadores, aunque me ayudaron a descartar la abertura de la derecha en poco m&aacute;s de una hora. De esta entrada parec&iacute;a arrancar tan s&oacute;lo una serie de callejones sin salida, cada uno de los cuales terminaba bastante lejos del cad&aacute;ver; y muy pronto vi que no figuraban en absoluto en los recorridos de la tarde anterior. Como en las dem&aacute;s ocasiones, no obstante, me resultaba relativamente f&aacute;cil volver a tientas a la c&aacute;mara central.</p><p style="text-align: justify;">Hacia la una de la tarde cambi&eacute; el casco a la siguiente abertura y empec&eacute; a explorar los corredores que part&iacute;an de ella. Al principio me pareci&oacute; reconocer sus vueltas, pero no tard&eacute; en encontrarme en una serie de corredores completamente desconocidos. No consegu&iacute; acercarme al cad&aacute;ver, ni pude llegar a la c&aacute;mara central tampoco, aun cuando hab&iacute;a tomado nota de todos los movimientos efectuados. Al parecer, hab&iacute;a giros enga&ntilde;osos y cruces demasiado sutiles para poderlos representar en mis rudimentarios diagramas; y empec&eacute; a experimentar una mezcla de ira y de desaliento. Aunque la paciencia acabar&iacute;a por triunfar, comprend&iacute; que mi b&uacute;squeda deb&iacute;a ser minuciosa, incansable, prolongada.</p><p style="text-align: justify;">A las dos me encontraba vagando a&uacute;n in&uacute;tilmente por los extra&ntilde;os corredores, palpando sin parar, mirando alternativamente el casco y el cad&aacute;ver, y anotando datos en mi rollo con menos confianza cada vez. Maldije la estupidez y la vana curiosidad que me hab&iacute;a arrastrado al interior de esta mara&ntilde;a de muros invisibles; pensaba que si hubiera renunciado a la exploraci&oacute;n y hubiese regresado tan pronto como le quit&eacute; el cristal al cad&aacute;ver, a estas horas estar&iacute;a a salvo en Terra Nova.</p><p style="text-align: justify;">De repente se me ocurri&oacute; que pod&iacute;a excavar un t&uacute;nel con el cuchillo por debajo de los muros invisibles, y atajar as&iacute; hasta el exterior, o hasta alg&uacute;n corredor que condujese afuera. No hab&iacute;a medio de saber la profundidad que ten&iacute;an los cimientos de este edificio, pero el omnipresente barro indicaba que no hab&iacute;a m&aacute;s piso que la tierra. Me puse de cara al cad&aacute;ver cada vez m&aacute;s distante y horrible, y empec&eacute; a cavar febrilmente con la ancha y afilada hoja del cuchillo.</p><p style="text-align: justify;">Hab&iacute;a unas seis pulgadas de barro semil&iacute;quido, por debajo de las cuales la densidad del suelo aumentaba bruscamente. Esta tierra inferior parec&iacute;a ser de color distinto; era una tierra gris&aacute;cea como la de las formaciones pr&oacute;ximas al polo norte de Venus. A medida que ahondaba al pie de la barrera invisible, el suelo se iba volviendo m&aacute;s duro. El barro acuoso inundaba mi excavaci&oacute;n tan pronto como extra&iacute;a la arcilla; pero yo llegaba al fondo a trav&eacute;s de &eacute;l y segu&iacute; trabajando. Si lograba abrir un acceso por debajo del muro, el barro no me impedir&iacute;a cruzarlo.</p><p style="text-align: justify;">A unos tres pies, sin embargo, la dureza del suelo me oblig&oacute; a interrumpir la excavaci&oacute;n. Su tenacidad era superior a la de todo lo que hab&iacute;a encontrado hasta entonces aun en ese planeta, y estaba acompa&ntilde;ada de una an&oacute;mala pesantez. Mi cuchillo ten&iacute;a que hender y astillar la arcilla apretada, y los fragmentos que sacaba eran como piedras s&oacute;lidas o trozos de metal. Finalmente, incluso este hender y astillar se hizo imposible, y tuve que desistir sin haber alcanzado el borde inferior del muro.</p><p style="text-align: justify;">La hora larga empleada en ese intento ha resultado cara e infructuosa, ya que me ha hecho gastar grandes reservas de energ&iacute;a, me ha obligado a tomar una tableta extra de alimento y a poner un cubo m&aacute;s de clorato en la m&aacute;scara de ox&iacute;geno.</p><p style="text-align: justify;">Ha supuesto tambi&eacute;n un retraso en mi exploraci&oacute;n a tientas, porque. todav&iacute;a me siento demasiado cansado para proseguir la marcha. Despu&eacute;s de limpiarme un poco las manos y los brazos me he sentado a escribir estas notas, apoyado contra una pared invisible y de espaldas al cad&aacute;ver.</p><p style="text-align: justify;">Este cad&aacute;ver ya no es m&aacute;s que una masa hirviente de gusanos; el olor ha empezado a atraer a los viscosos akmans de la selva lejana. Observo que muchas de las yerbas efjeh de la llanura alargan sus tallos necr&oacute;fagos hacia &eacute;l; pero dudo que sean lo bastante largos como para alcanzarlo. Quisiera que apareciesen organismos carn&iacute;voros del tipo de los skorabs, porque entonces podr&iacute;an olerme y abrirse paso por el edificio hasta m&iacute;. Los seres as&iacute; tienen un sentido primitivo de la direcci&oacute;n. Podr&iacute;a verlos venir, y anotar el camino aproximado que recorren, en caso de que no siguieran una l&iacute;nea continua. Ser&iacute;an una gran ayuda. En cuanto los tuviera delante, podr&iacute;a aniquilarlos con la pistola.</p><p style="text-align: justify;">Pero no hay esperanza de que ocurra nada de eso. Ahora que he terminado de anotar todo esto, descansar&eacute; un rato; despu&eacute;s explorar&eacute; un poco m&aacute;s. Tan pronto como vuelva a la c&aacute;mara central, cosa que deber&aacute; ser bastante f&aacute;cil, examinar&eacute; la abertura del extremo a la izquierda. Quiz&aacute; consiga salir hacia el atardecer.</p><p style="text-align: justify;">13, VI; por la noche</p><p style="text-align: justify;">Ha surgido una nueva dificultad. Me va a resultar tremendamente dif&iacute;cil salir, ya que hay factores cuya existencia no hab&iacute;a sospechado siquiera. Pasar&aacute; otra noche aqu&iacute;, en el barro, y ma&ntilde;ana reanudar&eacute; la lucha. Interrump&iacute; el descanso, me levant&eacute; y me puse otra vez en marcha, a tientas, a las cuatro de la tarde. Unos quince minutos despu&eacute;s llegu&eacute; a la c&aacute;mara central y se&ntilde;al&eacute; con el casco el &uacute;ltimo de los tres accesos posibles. Al adentrarme por esa abertura, me pareci&oacute; que su recorrido me era m&aacute;s familiar; pero menos de cinco minutos despu&eacute;s me detuve ante una visi&oacute;n que me sobresalt&oacute; sobremanera.</p><p style="text-align: justify;">Era un grupo de cuatro o cinco de esos detestables hombres-lagartos que hab&iacute;an salido del lejano bosque del otro lado de la llanura. A esa distancia no los distingu&iacute;a con claridad, pero me pareci&oacute; que se deten&iacute;an, se volv&iacute;an hacia los &aacute;rboles gesticulando y a continuaci&oacute;n se les un&iacute;a una docena m&aacute;s. El incrementado grupo se dirigi&oacute; directamente hacia el edificio invisible, y cuando estuvieron cerca les observ&eacute; atentamente. Nunca hab&iacute;a visto a esos seres a tan corta distancia, fuera de las sombras vaporosas de la selva.</p><p style="text-align: justify;">Su semejanza con los reptiles era perceptible, aunque yo sab&iacute;a que era s&oacute;lo aparente, ya que estas criaturas no tienen nada en com&uacute;n con la vida terrestre. Al aproximarse m&aacute;s, me di cuenta de que el parecido con los reptiles no era tan grande: s&oacute;lo la cabeza aplastada y la piel verdosa y resbaladiza de batracio suger&iacute;a tal asociaci&oacute;n. Caminaban sobre sus extra&ntilde;os y gruesos mu&ntilde;ones, y sus ventosas produc&iacute;an curiosos ruidos en el barro. Eran de unos siete pies de altura, un tama&ntilde;o normal, con cuatro largos y filamentosos tent&aacute;culos pectorales. Los movimientos de esos tent&aacute;culos -si las teor&iacute;as de Fogg, Ekbcrg y Janat son correctas, cosa que antes dudaba pero que ahora estoy m&aacute;s inclinado a creer- indicaban que sosten&iacute;an una animada conversaci&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">Saqu&eacute; la pistola lanzallamas y me aprest&eacute; a entablar una enconada lucha. Mi situaci&oacute;n era apurada, pero el arma me daba cierta ventaja. Si esas criaturas conoc&iacute;an el edificio, entrar&iacute;an a buscarme, y esto me dar&iacute;a la clave de la salida; lo mismo que pod&iacute;an haber hecho los carn&iacute;voros skorahs. Parec&iacute;a seguro que me iban a atacar, pues aunque no ve&iacute;an el cristal que yo llevaba en el bolsillo, pod&iacute;an adivinar su presencia gracias a su especial sensibilidad.</p><p style="text-align: justify;">Sin embargo, sorprendentemente, no me atacaron. Al contrario, se separaron y formaron un gran c&iacute;rculo a mi alrededor, a una distancia que indicaba que se hab&iacute;an pegado al muro invisible. De pie, en c&iacute;rculo, aquellos seres me miraban en silencio, inquisitivamente, moviendo los tent&aacute;culos, asintiendo a veces con la cabeza y gesticulando con sus miembros superiores. Un rato despu&eacute;s vi surgir del bosque a unos cuantos m&aacute;s; avanzaron y se unieron a la multitud curiosa.</p><p style="text-align: justify;">Los que estaban cerca del cad&aacute;ver lo miraron brevemente, pero no hicieron ning&uacute;n adem&aacute;n para moverlo. Ofrec&iacute;a un espect&aacute;culo horrible; sin embargo, a los hombres-lagartos eso parec&iacute;a tenerles completamente sin cuidado. De cuando en cuando uno de ellos ahuyentaba alguna mosca farnoth con sus extre- midades o tent&aacute;culos, o aplastaba con las ventosas de sus mu&ntilde;ones alg&uacute;n sificlig o contorsionante akman, o alguna yerba efjeh que se estiraba.</p><p style="text-align: justify;">Me qued&eacute; mirando a esos intrusos grotescos e inesperados, pregunt&aacute;ndome con inquietud por qu&eacute; no atacaban de una vez, y perd&iacute; moment&aacute;neamente mi fuerza de voluntad y energ&iacute;a para proseguir la b&uacute;squeda de la salida. En vez de eso, me apoy&eacute; desmayadamente contra el muro invisible del corredor donde estaba, dejando que mi asombro se resolviese gradualmente en una disparatada sucesi&oacute;n de especulaciones. Un centenar de enigmas que me hab&iacute;an tenido perplejo parecieron adquirir de repente un significado nuevo y siniestro; y me estremec&iacute;, dominado por un miedo distinto de cuanto hab&iacute;a experimentado hasta ahora.</p><p style="text-align: justify;">Cre&iacute; saber por qu&eacute; estos seres repulsivos merodeaban expectantes a mi alrededor. Asimismo, me pareci&oacute; comprender al fin el misterio del edificio transparente. El seductor cristal que yo hab&iacute;a cogido, el cad&aacute;ver del hombre que lo hab&iacute;a cogido antes que yo... , todas estas cosas empezaron a adquirir un significado sombr&iacute;o y amenazador.</p><p style="text-align: justify;">No era una serie casual de contratiempos lo que hab&iacute;a hecho que me extraviara en esta mara&ntilde;a de corredores invisibles y sin techo. Indudablemente, se trataba de un aut&eacute;ntico laberinto; de un laberinto construido deliberadamente por estos seres infernales cuyo ingenio y mentalidad hab&iacute;a subestimado yo tan lamentablemente. &iquest;No pod&iacute;a haberlo sospechado antes, conociendo sus inusita- das habilidades arquitect&oacute;nicas? Estaba bien claro su objetivo. Era una trampa; una trampa destinada a atrapar seres humanos, con el esferoide de cristal como cebo. Estas criaturas reptiles, en guerra con los recolectores de cristales, hab&iacute;an recurrido a la estrategia y estaban utilizando nuestra propia codicia en contra nuestra.</p><p style="text-align: justify;">Dwight -si es que este cad&aacute;ver putrefacto es efectivamente &eacute;l- ha sido una v&iacute;ctima. Tal vez cay&oacute; en la trampa hace alg&uacute;n tiempo y no consigui&oacute; dar con la salida. Sin duda le enloqueci&oacute; la falta de agua, y puede que se le agotaran tambi&eacute;n los cubos de clorato. Quiz&aacute; no se le desprendiera accidentalmente la m&aacute;scara. Es m&aacute;s probable que se suicidara antes que afrontar una muerte lenta.</p><p style="text-align: justify;">Hab&iacute;a preferido quitarse la m&aacute;scara deliberadamente, dejando que la atm&oacute;sfera letal actuase en &eacute;l de forma instant&aacute;nea. La horrible iron&iacute;a de su destino radicaba en su posici&oacute;n: hab&iacute;a ca&iacute;do a unos pies de la salida salvadora sin haberla podido encontrar. Un minuto m&aacute;s y se habr&iacute;a salvado.</p><p style="text-align: justify;">Y ahora era yo quien estaba atrapado. Atrapado y con esta horda de curiosos mirones que me cercaban dispuestos a re&iacute;rse de mi situaci&oacute;n. La idea era enloquecedora, y, al darme cuenta del trance en que me encontraba, me invadi&oacute; un s&uacute;bito sentimiento de p&aacute;nico que me impuls&oacute; a correr sin rumbo por los pasillos invisibles. Durante unos momentos no tuve conciencia de lo que hac&iacute;a: tropezaba, trastabillaba, chocaba contra las paredes invisibles; finalmente ca&iacute; en el barro como un mont&oacute;n jadeante y lacerado de carne ensangrentada y sin conciencia.</p><p style="text-align: justify;">La ca&iacute;da me calm&oacute; un poco, de forma que cuando me puse trabajosamente en pie pude reconocer las cosas y ejercitar la raz&oacute;n. Los mirones que me rodeaban agitaban sus tent&aacute;culos de una manera rara e irregular que suger&iacute;a una especie de risa maliciosa y extra&ntilde;a, por lo que les mostr&eacute; el pu&ntilde;o salvajemente mientras me levantaba. Mi gesto pareci&oacute; aumentar su risa, y unos cuantos me imitaron torpemente con sus verdosos miembros superiores. Avergonzado, trat&eacute; de serenar mis facultades y analizar la situaci&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">Al fin y al cabo no me sent&iacute;a tan mal como debi&oacute; de sentirse Dwight. A diferencia suya, sab&iacute;a cu&aacute;l era mi situaci&oacute;n... , y hombre prevenido vale por dos.</p><p style="text-align: justify;">Yo ten&iacute;a pruebas de que al final se pod&iacute;a alcanzar la salida, y no repetir&iacute;a su tr&aacute;gico acto de impaciente desesperaci&oacute;n. El cad&aacute;ver - o el esqueleto que ya no tardar&iacute;a en ser- estaba constantemente delante de m&iacute; indicando como un gu&iacute;a la buscada abertura; y una paciente tenacidad me conducir&iacute;a inevitablemente a ella, si perseveraba con inteligencia y sin desfallecer.</p><p style="text-align: justify;">Ten&iacute;a, sin embargo, la desventaja de estar cercado por esos demonios reptiles.</p><p style="text-align: justify;">Ahora que hab&iacute;a comprendido la naturaleza de la trampa - cuyo material invisible denotaba una ciencia y una tecnolog&iacute;a superiores a las de la Tierra-, no pod&iacute;a ya menospreciar la mentalidad y los recursos de mis enemigos. Incluso con mi pistola lanzallamas me ver&iacute;a en apuros para escapar; aunque la decisi&oacute;n y la rapidez pod&iacute;an ayudarme a salir de esta situaci&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">Pero antes ten&iacute;a que llegar al exterior, a menos que pudiera atraer o provocar a alguna de estas criaturas, y hacerla avanzar hacia m&iacute;. Cuando preparaba la pistola para la acci&oacute;n, y hac&iacute;a el recuento de mi abundante provisi&oacute;n de municiones, se me ocurri&oacute; probar el efecto de sus descargas sobre los muros invisibles. &iquest;Se me hab&iacute;a pasado por alto un medio factible de escapar? No ten&iacute;a ning&uacute;n indicio sobre cu&aacute;l pod&iacute;a ser la composici&oacute;n qu&iacute;mica de esa barrera transparente, pero quiz&aacute; pudiera cortarla una lengua de fuego como si fuese de queso. Eligiendo una secci&oacute;n que estaba frente al cad&aacute;ver, descargu&eacute; la pistola a corta distancia de ella, y hurgu&eacute; con el cuchillo el punto al que hab&iacute;a dirigido la llama. Nada hab&iacute;a cambiado. Hab&iacute;a visto desparramarse la llama al chocar contra la superficie, y ahora comprob&eacute; que mis esperanzas hab&iacute;an sido vanas.</p><p style="text-align: justify;">S&oacute;lo una larga y tediosa b&uacute;squeda de la salida pod&iacute;a sacarme al exterior.</p><p style="text-align: justify;">As&iacute; que me tragu&eacute; otra tableta alimenticia, puse otro cubo en el electrolizador de la m&aacute;scara y reanud&eacute; la interminable marcha; volv&iacute; a la c&aacute;mara central y empec&eacute; de nuevo. Consult&eacute; constantemente mis notas y bocetos, hice otros nuevos, registr&eacute; una tras otra las falsas vueltas y anduve tambale&aacute;ndome hasta que casi desapareci&oacute; la luz de la tarde. Y mientras persist&iacute;a en mi b&uacute;squeda, observaba de cuando en cuando el c&iacute;rculo de miradas burlonas, y notaba un relevo peri&oacute;dico en sus filas. A cada instante se retiraba al bosque alg&uacute;n peque&ntilde;o grupo, y ven&iacute;a otro a ocupar su puesto. Cuanto m&aacute;s pensaba en sus t&aacute;cticas, m&aacute;s intranquilo me sent&iacute;a, ya que me daban una idea de las intenciones de estos seres. Pod&iacute;an entrar a presentarme batalla en cualquier momento; pero parec&iacute;a que prefer&iacute;an observar mis esfuerzos por escapar. No pod&iacute;a por menos de pensar que disfrutaban con el espect&aacute;culo... , y esto hac&iacute;a que me horrorizara a&uacute;n m&aacute;s la perspectiva de caer en sus manos.</p><p style="text-align: justify;">Al hacerse de noche, dej&eacute; de buscar, y me sent&eacute; en el barro a descansar. Ahora estoy escribiendo a la luz de la l&aacute;mpara, y dentro de un momento tratar&eacute; de dormir un poco. Conf&iacute;o en poder salir ma&ntilde;ana, ya que el agua de mi cantimplora est&aacute; bastante menguada y las tabletas de lacol son un precario sustituto. No me atrever&iacute;a a mojarme los labios con este lodo, porque el agua de las zonas emba- rradas no es potable, salvo si se destila. Esa es la raz&oacute;n de que hayamos instalado largas tuber&iacute;as hasta las regiones de arcilla amarilla, y de que dependamos del agua de lluvia cuando esos demonios descubren las tuber&iacute;as y las cortan. Tampoco me quedan demasiados cubos de clorato, as&iacute; que procurar&eacute; reducir el consumo de ox&iacute;geno lo m&aacute;s que pueda. Mi intento de practicar un t&uacute;nel esta tarde, y mi posterior huida aterrada, me han hecho gastar una peligrosa cantidad de aire. Ma&ntilde;ana reducir&eacute; al m&iacute;nimo el esfuerzo f&iacute;sico, hasta que me enfrente con los reptiles y tenga que hab&eacute;rmelas con ellos? Debo conservar una provisi&oacute;n suficiente de cubos para el regreso a Terra Nova. Mis enemigos siguen ah&iacute;; un c&iacute;rculo de d&eacute;biles antorchas me rodea. Hay algo espantoso en estas luces que me mantienen despierto.</p><p style="text-align: justify;">14, VI; por la noche</p><p style="text-align: justify;">&iexcl;Otro d&iacute;a entero de b&uacute;squeda, sin haber dado con la salida! Est&aacute; empezando a preocuparme la escasez de agua, ya que a mediod&iacute;a se me qued&oacute; vac&iacute;a la cantimplora. Por la tarde cay&oacute; un chaparr&oacute;n; regres&eacute; al centro de la c&aacute;mara en busca del casco que se&ntilde;alaba el lado izquierdo, y utiliz&aacute;ndolo como cuenco, recog&iacute; como dos tazones de agua. Me la beb&iacute; casi toda, y vert&iacute; el resto en la cantimplora. Las tabletas de lacol no alivian casi nada cuando se tiene verdadera sed; conf&iacute;o en que llueva m&aacute;s por la noche. Voy a dejar el casco boca arriba para recoger un poco si llueve. No tengo demasiadas tabletas alimenticias, aun que no me escasean peligrosamente. En adelante reducir&eacute; la raci&oacute;n a la mitad. Lo que verdaderamente me preocupa son los cubos de clorato, ya que incluso sin esfuerzos violentos, el estar andando sin parar todo el d&iacute;a ha mermado peligrosamente mis reservas. Me siento d&eacute;bil a causa del ahorro obligado de ox&iacute;geno, y de la sed que me aumenta constantemente. Supongo que cuando reduzca el alimento me sentir&eacute; m&aacute;s d&eacute;bil a&uacute;n.</p><p style="text-align: justify;">Hay algo maligno, algo misterioso, en este laberinto. Jurar&iacute;a que hab&iacute;a logrado descartar ciertas vueltas con mis planos; sin embargo, cada nuevo intento parece desmentir cualquier conclusi&oacute;n anterior. Hasta ahora no me hab&iacute;a dado cuenta de lo perdidos que estamos cuando carecemos de puntos de referencia visuales.</p><p style="text-align: justify;">Un ciego podr&iacute;a desenvolverse mejor... , pero para la mayor&iacute;a de nosotros la vista es el rey de los sentidos. El resultado de todos estos vagabundeos infructuosos es un profundo desaliento. Comprendo lo desdichado que debi&oacute; de sentirse el pobre Dwight. Su cad&aacute;ver no es m&aacute;s que un esqueleto, y los sificligs y los akmans y las moscas fanroth han desaparecido. Las yerbas efjen mordisquean su traje de cuero, desmenuz&aacute;ndolo; son m&aacute;s largas y crecen mas de prisa de lo que cre&iacute;a.</p><p style="text-align: justify;">Entretanto, esas tandas de mirones tentaculados contin&uacute;an disfrutando, alrededor de la barrera, ri&eacute;ndose de m&iacute; y goz&aacute;ndose de mi desgracia. Como siga as&iacute; un d&iacute;a m&aacute;s, enloquecer&eacute;, si es que no muero de agotamiento.</p><p style="text-align: justify;">Sin embargo, no puedo hacer otra cosa que perseverar. Dwight habr&iacute;a salido si hubiese continuado un minuto m&aacute;s. Es posible que venga pronto a buscarme alguien de Terra Nova, aunque s&oacute;lo hace tres d&iacute;as que falto. Me duelen los m&uacute;sculos espantosamente, y me parece que no voy a poder descansar tumbado en este barro repugnante. Anoche, a pesar de mi terrible cansancio, dorm&iacute; s&oacute;lo a ratos, y hoy me temo que me pasar&aacute; igual. Vivo en una pesadilla interminable, entre la vigilia y el sue&ntilde;o, y ni estoy verdaderamente despierto, ni verdaderamente dormido. Me tiemblan las manos; no puedo seguir escribiendo de momento. Ese c&iacute;rculo de d&eacute;biles llamas de antorcha es horrible.</p><p style="text-align: justify;">15, VI; a la ca&iacute;da de la tarde</p><p style="text-align: justify;">&iexcl;Un progreso importante! Parece que la cosa marcha. Me siento muy d&eacute;bil, y no dorm&iacute; mucho hasta el amanecer. Entonces dormit&eacute; hasta mediod&iacute;a, aunque sin descansar en absoluto. No ha llovido, y la sed me ha debilitado mucho. Tom&eacute; una tableta extra de alimento para mantenerme; pero sin agua, no me ha servido de mucho. Intent&eacute; probar un poco de agua embarrada por una sola vez, pero me produjo violentas n&aacute;useas y me dej&oacute; m&aacute;s sediento que antes. Tenso que ahorrar cubos de clorato, y la falta de ox&iacute;geno me tiene casi sofocado. No puedo caminar durante mucho tiempo, aunque me las arreglo para arrastrarme por el barro. Hacia las dos me pareci&oacute; reconocer algunos corredores, y llegu&eacute; a acercarme al cad&aacute;ver - o esqueleto- - m&aacute;s que en los primeros intentos del d&iacute;a. Una de las veces me desvi&eacute; por un callej&oacute;n lateral sin salida, pero volv&iacute; al corredor principal con ayuda de mi plano y mis notas. El problema de las anotaciones es que hay demasiadas. Llevo ya unos tres pies de rollo plagados de anotaciones, y necesito detenerme mucho tiempo para desentra&ntilde;arlas. La sed, la falta de agua y el agotamiento hacen que me flaquee la cabeza, y no logro entender todo lo que he escrito. Esos condenados seres verdosos siguen mirando y riendo con sus tent&aacute;culos; a veces gesticulan de una forma que me hace pensar que comparten alguna broma terrible que no alcanzo a comprender.</p><p style="text-align: justify;">Eran las tres cuando di el gran paso. Se trataba de un acceso que, seg&uacute;n mis notas, no hab&iacute;a explorado anteriormente; y al cruzarlo descubr&iacute; que pod&iacute;a arrastrarme circularmente hacia el esqueleto envuelto por las enredaderas. El camino describ&iacute;a una especie de espiral muy semejante a aquella por la que hab&iacute;a llegado a la c&aacute;mara central. Cada vez que me tropezaba con una abertura o bifurcaci&oacute;n deb&iacute;a conservar la trayectoria que m&aacute;s me parec&iacute;a que repet&iacute;a el recorrido original. A medida que pasaba m&aacute;s y m&aacute;s cerca de mi espantoso punto de referencia, los mirones de afuera intensificaban sus gestos enigm&aacute;ticos y su muda risa sard&oacute;nica. Era evidente que encontraban siniestramente divertidos mis progresos, sabedores de lo impotente que iba a yerme si llegaba a enfrentarme con ellos. Me limit&eacute; a dejarles que rieran, porque si bien me daba cuenta de mi extraordinaria debilidad, contaba con una pistola y cargas de repuesto para abrirme paso entre esta falange de reptiles repugnantes.</p><p style="text-align: justify;">Mis esperanzas aumentaron prodigiosamente, aunque no intent&eacute; ponerme de pie.</p><p style="text-align: justify;">Ahora era mejor ir a rastras, y ahorrar fuerzas para el pr&oacute;ximo enfrentamiento con los hombres-lagartos. Avanzaba muy despacio, y el peligro de extraviarme por alg&uacute;n callej&oacute;n sin salida era grande; de todos modos, me pareci&oacute; que recorr&iacute;a una curva que iba directamente hacia mi &oacute;seo objetivo. Tal perspectiva me infundi&oacute; nuevas fuerzas, y por el momento dej&eacute; de pensar en mis dolores, en la sed y en la escasez de provisiones. Las criaturas se api&ntilde;aban ahora junto a la entrada, gesticulando, saltando y riendo con sus tent&aacute;culos. Pens&eacute; que no tardar&iacute;a en enfrentarme con la horda entera... y quiz&aacute; con los refuerzos que sin duda recibir&iacute;an del bosque.</p><p style="text-align: justify;">Ahora estoy a unas yardas tan s&oacute;lo del esqueleto; me he detenido para escribir estas notas, antes de irrumpir en medio de esa horda de entidades inmunda.</p><p style="text-align: justify;">Tengo la seguridad de que mi &uacute;ltimo &aacute;tomo de fuerzas los va a poner en fuga, pesar de su n&uacute;mero, ya que el alcance de mi pistola es muy grande. Despu&eacute;s acampar&eacute; en el musgo seco del borde de la meseta, y por la ma&ntilde;ana emprender&eacute; la penosa marcha por la selva, hasta Terra Nova. Me alegrar&aacute; ver hombres vivos y edificios de seres humanos otra vez. Los dientes de ese cr&aacute;neo brillan y sonr&iacute;en horriblemente.</p><p style="text-align: justify;">15, VI; hacia el anochecer</p><p style="text-align: justify;">Horror y desesperaci&oacute;n. &iexcl;Me he vuelto a desviar! Despu&eacute;s de hacer la anotaci&oacute;n anterior, me acerqu&eacute; a&uacute;n m&aacute;s al esqueleto; pero de repente tropec&eacute; con una pared que se interpon&iacute;a. tina vez m&aacute;s me hab&iacute;a equivocado, y al parecer me encontraba en el sitio en que hab&iacute;a estado hace tres d&iacute;as, cuando intent&eacute; salir del laberinto por primera vez. No s&eacute; si grit&eacute;... , quiz&aacute; estaba demasiado d&eacute;bil para proferir ning&uacute;n grito. Me limit&eacute; a quedarme tendido en el barro, ofuscado, durante largo rato, mientras los seres verdosos del exterior saltaban y re&iacute;an y gesticulaban.</p><p style="text-align: justify;">Un rato despu&eacute;s habla recobrado algo m&aacute;s la conciencia. La sed, la debilidad y la asfixia me estaban venciendo de prisa, y con la &uacute;ltima pizca de fuerza que me quedaba met&iacute; un cubo en el electrolizador.. , temerariamente, sin pensar en las necesidades para el regreso a Terra Nova. El ox&iacute;geno me reanim&oacute; un poco, y me permiti&oacute; mirar en torno m&iacute;o con m&aacute;s lucidez.</p><p style="text-align: justify;">Me daba la sensaci&oacute;n de que estaba ligeramente m&aacute;s lejos del pobre Dwight que en mi primera decepci&oacute;n, y pens&eacute; ofuscado que tal vez estaba en un corredor un poquit&iacute;n m&aacute;s alejado. Con esa pizca de esperanza segu&iacute; arrastr&aacute;ndome penosamente... , pero un poco m&aacute;s all&aacute; llegu&eacute; al fondo de un callej&oacute;n sin salida, como la primera vez.</p><p style="text-align: justify;">As&iacute; que esto era el final. En tres d&iacute;as no hab&iacute;a conseguido nada, y me encontraba sin fuerzas. No tardar&iacute;a en enloquecer de sed, y no contaba ya con cubos suficientes para regresar. Me pregunt&eacute; d&eacute;bilmente por qu&eacute; esos seres de pesadilla se hab&iacute;an agolpado tan multitudinariamente alrededor de la entrada, burl&aacute;ndose de m&iacute;. Sin duda constitu&iacute;a parte de su burla hacerme creer que me estaba acercando a una salida que ellos sab&iacute;an que no exist&iacute;a.</p><p style="text-align: justify;">Ya no vivir&eacute; mucho, aunque he decidido no precipitar el desenlace como Dwight. Su cr&aacute;neo sonriente acaba de girar hacia m&iacute;, desplazado por los tallos tanteantes de una de las matas de efjeh que ahora devoran su traje de cuero. La macabra mirada de esas cuencas vac&iacute;as es peor que la de esos horrorosos lagartos. Confiere un significado espantoso a la sonrisa muerta de dientes blancos.</p><p style="text-align: justify;">Me echar&eacute; y me quedar&aacute; muy quieto en el barro a fin de ahorrar todas las energ&iacute;as que pueda. Este informe - que espero que llegue a quienes vengan despu&eacute;s de m&iacute;, y les sirva de advertencia-, concluir&aacute; muy pronto. En cuanto termine de escribir, descansar&aacute; un rato. Luego, cuando sea demasiado oscuro para que esas horrendas criaturas puedan ver nada, har&eacute; acopio de las fuerzas que me quedan y tratar&eacute; de lanzar el rollo por encima del muro y de los corredores a la llanura exterior. Procurar&eacute; dirigirlo hacia la izquierda, a fin de que no caiga entre la horda saltadora de burlones sitiadores. Quiz&aacute; se hunda en el barro inconsistente... , pero puede que caiga en alg&uacute;n grupo de matas, de las que hay tantas, y vaya a parar finalmente a manos de los hombres.</p><p style="text-align: justify;">Si sobrevive, y llega a ser le&iacute;do, conf&iacute;o que sirva para algo m&aacute;s que para advertir a los hombres de la existencia de esta trampa. Espero que ense&ntilde;e a nuestra especie a dejar donde est&aacute;n esos cristales brillantes. Pertenecen s&oacute;lo a Venus.</p><p style="text-align: justify;">Nuestro planeta no los necesita verdaderamente; y creo que hemos violado alguna ley misteriosa, alguna ley profundamente oculta en los arcanos del cos- mos, al tratar de apoderarnos de ellos. &iquest;Qui&eacute;n sabe qu&eacute; fuerzas oscuras, poderosas y omnipresentes empujan a estos seres reptiles a guardar tan extra&ntilde;amente su tesoro? Dwight y yo hemos pagado nuestra codicia, como la pagaron y la pagar&aacute;n otros. Pero tal vez estas muertes aisladas no sean sino un preludio de nuevos y m&aacute;s tremendos horrores. Dejemos a Venus lo que s&oacute;lo pertenece a Venus.</p><p style="text-align: justify;">Siento la muerte muy cerca, y temo no poder lanzar el rollo cuando oscurezca.</p><p style="text-align: justify;">Si no puedo, supongo que los hombres-lagartos se apoderar&aacute;n de &eacute;l; porque sin duda comprender&aacute;n de qu&eacute; se trata. No quieren que nadie sospeche la existencia del laberinto, y no sabr&aacute;n que mi mensaje constituye un alegato en favor de ellos. A medida que se acerca el final, me siento m&aacute;s inclinado a juzgar con benevolencia los acontecimientos. A escala c&oacute;smica, &iquest;qui&eacute;n sabe qu&eacute; especie es superior, o se acerca m&aacute;s a la norma org&aacute;nica espacial, si la de ellos o la m&iacute;a? Acabo de sacar el cristal de la bolsa para contemplarlo en mis &uacute;ltimos momentos. Brilla violenta, amenazadoramente, con los rayos rojos del d&iacute;a agonizante. La inquieta horda se ha dado cuenta, y sus gestos han cambiado de una forma que no puedo entender. Me pregunto por qu&eacute; siguen api&ntilde;ados en la entrada, en vez de concentrarse en un punto m&aacute;s cercano a m&iacute;, junto al muro transparente.</p><p style="text-align: justify;">Me estoy quedando entumecido, y no puedo escribir. Las cosas giran a mi alrededor, aunque no pierdo el conocimiento. &iquest;Podr&eacute; lanzar esto por encima del muro? &iexcl;C&oacute;mo brilla este cristal, a pesar de que est&aacute; anocheciendo!</p><p style="text-align: justify;">Es de noche. Estoy muy d&eacute;bil. A&uacute;n r&iacute;en y saltan en la entrada, y han encendido sus condenadas antorchas.</p><p style="text-align: justify;">&iquest;Se van? He so&ntilde;ado que o&iacute;a un ruido... , luz en el cielo.</p><p style="text-align: justify;">INFORME DE WESLEY P. MILLER, JEFE DEL GRUPO A, VENUS CRYSTAL Co.</p><p style="text-align: justify;">(Terra Nova, Venus: 36, VI)</p><p style="text-align: justify;">Nuestro operario A-49, Kenton J. Stanfield, de Marshall Street 5317, Richmond, Va., sali&oacute; de Terra Nova en la madrugada del d&iacute;a 12, VI, para efectuar un breve recorrido se&ntilde;alado por el detector. Deb&iacute;a estar de regreso el 13 o el 14. Dado que el 15 por la noche a&uacute;n no hab&iacute;a vuelto, sal&iacute; en el avi&oacute;n de reconocimiento FR-58 con cinco hombres a mis &oacute;rdenes, a fin de seguir su ruta con ayuda del detector. La aguja indicadora no se&ntilde;alaba cambio alguno respecto de las anteriores lecturas.</p><p style="text-align: justify;">Seguimos la aguja hasta la regi&oacute;n de las tierras altas Ericianas, iluminando todo el trayecto con potentes proyectores. Los lanzallamas de triple fila y los cilindros de radiaci&oacute;n D estaban preparados para dispersar cualquier contingente ordinario de nativos hostiles, o neutralizar cualquier agresi&oacute;n peligrosa de skorahs carn&iacute;voros.</p><p style="text-align: justify;">Cuando sobrevol&aacute;bamos la planicie despejada de Eryx divisamos un grupo de luces que se mov&iacute;a, y comprendimos que eran antorchas de nativos. Al acercarnos, se dispersaron y echaron a correr hacia el bosque. Ser&iacute;an unos setenta y cinco o cien en total. El detector indicaba la presencia de un cristal en el lugar donde hab&iacute;an estado. Descendimos, y nuestras luces revelaron dos objetos en el suelo. Un esqueleto enredado en tallos de efjeh, y un cad&aacute;ver entero a diez pies de &eacute;l. Dirigimos el avi&oacute;n hacia los cuerpos, y el extremo de un ala choc&oacute; contra un obst&aacute;culo invisible.</p><p style="text-align: justify;">Al acercarnos a pie a los cad&aacute;veres, tropezamos con una barrera lisa, invisible, que nos desconcert&oacute; enormemente. Tante&aacute;ndola no lejos del esqueleto, dimos con una abertura, que daba a un espacio en el que se abr&iacute;a otra abertura que conduc&iacute;a hasta el esqueleto. Junto a &eacute;l, aunque la vegetaci&oacute;n le hab&iacute;a devorado la ropa, estaba su casco met&aacute;lico numerado de la compa&ntilde;&iacute;a. Era el operario B-9, Frederick N. Dwight, de la divisi&oacute;n de Koenig, que hab&iacute;a salido de Terra Nova hac&iacute;a dos meses para llevar a cabo una larga misi&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">Entre este esqueleto y el cad&aacute;ver intacto hab&iacute;a otro muro, pero pudimos identificar con facilidad al segundo hombre como Stanfield. Ten&iacute;a un rollo de notas en la mano izquierda y una pluma en la derecha; al parecer estaba escribiendo cuando le sobrevino la muerte. No se ve&iacute;a ning&uacute;n cristal; sin embargo, el detector indicaba la presencia de un enorme ejemplar cerca del cuerpo de Stanfield.</p><p style="text-align: justify;">Nos cost&oacute; mucho llegar hasta Stanfield, pero finalmente lo conseguimos. El cuerpo estaba a&uacute;n caliente, y descubrimos un gran cristal junto a &eacute;l, cubierto por el. barro semil&iacute;quido. Examinamos inmediatamente el rollo de notas de su mano izquierda, y nos dispusimos a tomar ciertas precauciones, de acuerdo con sus datos. El contenido del rollo consiste en la larga relaci&oacute;n que antecede a este informe; relaci&oacute;n cuyos principales aspectos hemos comprobado, y que incluimos como explicaci&oacute;n de lo descubierto. Los fragmentos finales de dicha relaci&oacute;n revelan un deterioro mental; sin embargo, no hay raz&oacute;n para dudar de lo dem&aacute;s. Evidentemente, Stanfield muri&oacute; a causa de la sed, la asfixia, la tensi&oacute;n card&iacute;aca y la depresi&oacute;n ps&iacute;quica. Ten&iacute;a puesta la m&aacute;scara, que segu&iacute;a generando ox&iacute;geno a pesar de su provisi&oacute;n de cubos alarmantemente escasa.</p><p style="text-align: justify;">Dado que nuestro avi&oacute;n hab&iacute;a quedado averiado, llamamos por radio a Anderson para que acudiera con el avi&oacute;n de reparaciones FG-7, un grupo de mec&aacute;nicos, una brigada de demolici&oacute;n y un equipo de material explosivo. Por la ma&ntilde;ana qued&oacute; reparado el FH-58, y regresamos remolcados por Anderson, llev&aacute;ndonos los dos cad&aacute;veres y el cristal. Enterraremos a Dwight y a Stanfield en el cementerio de la compa&ntilde;&iacute;a, y embarcaremos el cristal con destino a Chicago en la primera nave que salga para la Tierra. Despu&eacute;s seguiremos la sugerencia de Stanfield - la que hay en la primera parte, m&aacute;s equilibrada, de su informe-, y traeremos tropas suficientes para acabar con todos los nativos. Despejado el campo, la cantidad de cristales que podremos recoger puede ser ilimitada.</p><p style="text-align: justify;">Por la tarde estudiamos el edificio o trampa invisible con suma precauci&oacute;n; lo exploramos con ayuda de largas cuerdas de gu&iacute;a, y levantamos un plano completo para nuestros archivos, Su trazado nos ha dejado impresionados, y hemos guardado muestras de la sustancia para su an&aacute;lisis qu&iacute;mico. Todos estos conocimientos ser&aacute;n &uacute;tiles cuando nos ocupemos de las diversas ciudades de los nativos. Nuestros taladros de diamante tipo C han conseguido barrenar el material invisible, y la brigada de demolici&oacute;n est&aacute; colocando la dinamita para volarlo. Cuando hayamos terminado no quedar&aacute; nada. El edificio representa una clara amenaza tanto para el tr&aacute;fico a&eacute;reo como para cualquier otro.</p><p style="text-align: justify;">Al examinar el plano del laberinto, uno se siente impresionado no s&oacute;lo por la iron&iacute;a del destino de Dwight, sino por la de Stanfield tambi&eacute;n. Cuando tratamos de llegar al segundo cuerpo desde el esqueleto, no encontramos ning&uacute;n acceso a la derecha, pero Marheim dio con una entrada desde el primer espacio interior, a unos pies de Dwight, y a cuatro o cinco de Stanfield. A continuaci&oacute;n de esa entrada hab&iacute;a un amplio vest&iacute;bulo que no exploramos hasta despu&eacute;s, pero a la derecha de dicho vest&iacute;bulo hab&iacute;a otra entrada que conduc&iacute;a directamente al cad&aacute;ver. Stanfield habr&iacute;a podido salir al exterior veintid&oacute;s o veintitr&eacute;s pies m&aacute;s adelante, si hubiese encontrado la abertura que ten&iacute;a justamente detr&aacute;s... , abertura que se le hab&iacute;a pasado por alto a causa de su agotamiento y desesperaci&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">&nbsp;</p><p style="text-align: justify;">Howard Phillips Lovecraft</p><p style="text-align: justify;">&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Sun, 26 Feb 2012 18:51:00 +0000</pubDate></item><item><title>Tren al infierno</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2011/120101-tren-al-infierno.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2011/120101-tren-al-infierno.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><br />That Hell-Bound Train (1958)<br />Premio Hugo (1958) al mejor relato</p><p style="text-align: justify;">&nbsp;</p><p style="text-align: justify;">Cuando Martin era un ni&ntilde;o peque&ntilde;o, su papito era ferroviario. Papito nunca viajaba en los trenes, pero caminaba a lo largo de las v&iacute;as del CB&amp;Q, y estaba orgulloso de su tarea. Y cada noche, cuando se emborrachaba, cantaba esa vieja canci&oacute;n acerca de Ese tren al infierno.<br />Martin no pod&iacute;a recordar nada de las letras, pero no pod&iacute;a olvidar la forma en que su papito las cantaba. Y cuando papito cometi&oacute; el error de ya estar borracho por la tarde, y qued&oacute; aplastado entre un vag&oacute;n cisterna de la Pennsy y un vag&oacute;n de bordes bajos de la AT&amp;SF, Martin se pregunt&oacute; por qu&eacute; la Hermandad no cantaba esa canci&oacute;n en su funeral.<br />Despu&eacute;s de eso, las cosas no fueron demasiado bien para Martin, pero de alguna manera siempre recordaba la canci&oacute;n de papito. Cuando mamita se larg&oacute; un d&iacute;a con un viajante de comercio de Keokuk (papito debi&oacute; agitarse en su tumba, al saber que hab&iacute;a hecho tal cosa, y adem&aacute;s con un pasajero), Martin tatareaba para s&iacute; mismo la tonadilla cada noche, en el orfanato. Y cuando el mismo Martin se escap&oacute;, acostumbraba a silbar bajito la canci&oacute;n, por la noche, en los bosques, cuando los otros vagabundos estaban dormidos.<br />Martin err&oacute; por los caminos durante cuatro o cinco a&ntilde;os antes de darse cuenta de que no iba a ninguna parte. Naturalmente, prob&oacute; fortuna en muchas cosas: recogiendo frutas en Oreg&oacute;n, limpiando platos en Montana, robando tapacubos en Denver y neum&aacute;ticos en Oklahoma City, pero para entonces ya hab&iacute;a cumplido seis meses en los campos de trabajo de Alabama, y sab&iacute;a que no hab&iacute;a futuro alguno en vagabundear de aquella manera.<br />As&iacute; que trat&oacute; de meterse en el ferrocarril como su papito, pero le dijeron que los tiempos eran malos.<br />Aunque Martin no pod&iacute;a mantenerse alejado del ferrocarril. Siempre que viajaba, lo hac&iacute;a en tren: prefer&iacute;a meterse de poliz&oacute;n en un tren de carga que iba hacia el norte con un tiempo bajo cero, que mover el pulgar para que lo llevase un Cadillac en direcci&oacute;n a Florida. Siempre que lograba hacerse con una lata de cerveza, se quedaba sentadito en un c&oacute;modo y confortable paso de aguas bajo la v&iacute;a, pensaba en los viejos tiempos, y a menudo canturreaba la canci&oacute;n acerca de Ese tren al infierno. Aquel era el tren en el que viajaban los borrachos y los pecadores: los jugadores y los que aceptan sobornos, los manirrotos, los donjuanes, toda esa alegre compa&ntilde;&iacute;a. Ser&iacute;a realmente hermoso el poder hacer un viaje con tan buena gente, pero a Martin no le gustaba pensar en lo que suced&iacute;a cuando aquel tren llegaba finalmente a la Estaci&oacute;n de All&aacute; Abajo. No quer&iacute;a imaginarse el pasarse la eternidad haciendo de fogonero en las calderas del infierno, sin ni siquiera un sindicato que lo protegiese. No obstante, ser&iacute;a un hermoso viaje. Si es que existiese algo as&iacute; como un Tren al Infierno. Que, naturalmente, no lo hab&iacute;a.<br />Al menos, Martin no pensaba que existiese, hasta aquella tarde, cuando se hall&oacute; caminando sobre las traviesas en direcci&oacute;n al sur, justo pasado Appleton Junction. La noche era fr&iacute;a y oscura, como son las noches de noviembre en el valle del r&iacute;o Fox, y sab&iacute;a que tendr&iacute;a que llegar hasta Nueva Orle&aacute;ns para pasar el invierno o quiz&aacute; hasta Texas. Por alg&uacute;n motivo, no ten&iacute;a muchas ganas de ir, aunque hab&iacute;a o&iacute;do contar que algunos de aquellos coches de Texas llevaban tapacubos de oro macizo.<br />No se&ntilde;or, las rater&iacute;as no hab&iacute;an sido hechas para &eacute;l. Eran peor que un pecado: no eran provechosas. Lo bastante malas para ser obra del diablo, pero adem&aacute;s con mala pata. Quiz&aacute; fuera mejor que dejase que el Ej&eacute;rcito de Salvaci&oacute;n lo regenerase.<br />Caminaba canturreando la canci&oacute;n de papito, esperando que un mercanc&iacute;as saliese de la estaci&oacute;n tras &eacute;l. Deber&iacute;a agarrarlo... no ten&iacute;a otra cosa que pudiera hacer.<br />Pero el primer tren en venir llegaba en el otro sentido, rugiendo hacia &eacute;l a lo largo de la v&iacute;a del sur.<br />Martin atisbo hacia adelante, pero sus ojos no igualaban a sus o&iacute;dos, y por el momento lo &uacute;nico que pod&iacute;a captar era el sonido. Era un tren, seguro; notaba como el acero se estremec&iacute;a y cantaba bajo sus pies. Y, no obstante, &iquest;c&oacute;mo pod&iacute;a ser eso? La estaci&oacute;n m&aacute;s cercana hacia el sur era Meenah-Menasha, y no ten&iacute;a que salir nada de all&iacute; en muchas horas.<br />Las nubes colgaban espesas por encima, y las neblinas rodaban sobre los campos como una s&aacute;bana fr&iacute;a en aquella noche de noviembre. A&uacute;n as&iacute;, Martin deber&iacute;a haber sido capaz de ver el faro de la locomotora mientras el tren se le acercaba. Pero s&oacute;lo escuchaba el silbato, chillando desde las oscuras fauces de la noche. Martin pod&iacute;a reconocer el equipo de casi todas las locomotoras jam&aacute;s construidas, pero nunca hab&iacute;a o&iacute;do un silbato que sonase como &eacute;se. No estaba haciendo se&ntilde;ales: estaba aullando como un alma perdida.<br />Se hizo a un lado, pues el tren estaba ya casi encima de &eacute;l. Y, repentinamente, all&iacute; estaba, alz&aacute;ndose sobre los rieles y chirriando para detenerse en menos tiempo de lo que hubiera cre&iacute;do posible. Las ruedas no hab&iacute;an sido aceitadas, porque rechinaban como los condenados, pero el tren se detuvo, y los chirridos murieron para dejar paso a una serie de profundos gru&ntilde;idos. Y Martin alz&oacute; la vista y vio que era un tren de pasajeros. Era grande y negro, sin una sola luz que brillase en la cabina de la locomotora ni en ninguno de los vagones de la larga hilera. Martin no pod&iacute;a ver ning&uacute;n letrero en sus costados, pero estaba bastante seguro de que aquel tren no pertenec&iacute;a a la Northwestern Road.<br />A&uacute;n estuvo m&aacute;s seguro cuando vio al hombre que bajaba del primer vag&oacute;n. Hab&iacute;a algo raro en la forma en que caminaba, como si arrastrase uno de sus pies, as&iacute; como en el farol que llevaba. &Eacute;ste estaba apagado, y el hombre lo acerc&oacute; a su boca y sopl&oacute;, e instant&aacute;neamente brill&oacute; rojizo. Uno no tiene que ser miembro de la Hermandad de Ferroviarios para saber que &eacute;sta es una extra&ntilde;a manera de encender un farol.<br />Mientras la figura se aproximaba, Martin reconoci&oacute; la gorra de revisor encasquetada en la cabeza, y esto le hizo sentirse mejor por un instante... hasta que se fij&oacute; en que la llevaba un poco demasiado alta, como si hubiese algo que surgiese bajo ella, en la frente.<br />Sin embargo, Martin era educado, y cuando el hombre sonri&oacute; le dijo:<br />-Buenas noches, se&ntilde;or revisor.<br />-Buenas noches, Martin.<br />-&iquest;C&oacute;mo sabe usted mi nombre?<br />El hombre se alz&oacute; de hombros.<br />-&iquest;Y c&oacute;mo supiste t&uacute; que soy el revisor?<br />-Lo es, &iquest;no?<br />-Para t&iacute; s&iacute;. Aunque para otra gente, en otros momentos de la vida, quiz&aacute; me conozcan con otros nombres. Por ejemplo, deber&iacute;as ver el aspecto que tengo cuando me presento a los tipos de Hollywood -el hombre sonri&oacute;-. Viajo mucho -explic&oacute;.<br />-&iquest;Qu&eacute; es lo que le trae por aqu&iacute;? -le pregunt&oacute; Martin.<br />-Vaya, deber&iacute;as saber la respuesta a eso, Martin. He venido porque me necesitabas. De repente, esta noche, me di cuenta de que estabas yendo por un camino equivocado. &iquest;O me negar&aacute;s que pensabas en unirte al Ej&eacute;rcito de Salvaci&oacute;n?<br />-Bueno... -dud&oacute; Martin.<br />-No te averg&uuml;ences. El errar es humano, como dijo no s&eacute; qui&eacute;n. &iquest;Ser&iacute;a el Reader&rsquo;s Digest? No importa. Lo que importa es que cre&iacute; que me necesitabas. As&iacute; que cambi&eacute; de v&iacute;a y vine por aqu&iacute;.<br />-&iquest;Para qu&eacute;?<br />-Bueno, pues para ofrecerte un viaje, naturalmente. &iquest;No es mejor viajar confortablemente en tren que caminar a lo largo de las fr&iacute;as calles tras una banda del Ej&eacute;rcito de Salvaci&oacute;n? Seg&uacute;n me han dicho, es duro para los pies, y mucho m&aacute;s para los t&iacute;mpanos.<br />-No estoy seguro de que sienta muchos deseos de viajar en su tren, se&ntilde;or -le dijo Martin-, considerando d&oacute;nde probablemente acabar&aacute;.<br />-Ah, s&iacute;, la vieja discusi&oacute;n -suspir&oacute; el revisor-. Supongo que prefieres alg&uacute;n tipo de trato, &iquest;no es as&iacute;?<br />-Exactamente -contest&oacute; Martin.<br />-Bueno, me temo que ya no llevo a cabo ese tipo de negocios. En la actualidad, no me faltan los candidatos a pasajeros. &iquest;Por qu&eacute; iba a ofrecerte alguna ventaja especial?<br />-Usted debe desearme, de lo contrario no se habr&iacute;a molestado en cambiar su camino para venir a buscarme.<br />El revisor suspir&oacute; de nuevo.<br />-En eso tienes raz&oacute;n. El orgullo ha sido siempre la peor de mis debilidades, lo admito. Y, de alguna manera, odio la idea de perderte a la competencia, despu&eacute;s de pensar que eras m&iacute;o durante todos esos a&ntilde;os -dud&oacute;-. S&iacute;, si insistes, estoy dispuesto a tratar contigo, seg&uacute;n tus propios t&eacute;rminos.<br />-&iquest;Qu&eacute; t&eacute;rminos? -pregunt&oacute; Martin.<br />-La propuesta standard: cualquier cosa que desees.<br />-Ah -dijo Martin.<br />-Pero te advierto por anticipado que no habr&aacute; trucos. Te dar&eacute; cualquier deseo que me pidas, pero a cambio tienes que prometerme viajar en el tren cuando llegue tu hora.<br />-&iquest;Y si no llegase nunca?<br />-Llegar&aacute;.<br />-&iquest;Y suponiendo que tuviese un deseo que me mantuviese siempre lejos de ese tren?<br />-No existe ese deseo.<br />-No est&eacute; muy seguro.<br />-&Eacute;se es mi problema -dijo el revisor-. Tengas lo que tengas en mente, te advierto que al final cobrar&eacute; mi deuda. Y no habr&aacute; ninguno de esos milagritos de &uacute;ltima hora. Nada de arrepentimientos en un momento, ni fra&uuml;leins rubias o astutos abogados mostr&aacute;ndote el camino de escapar. Te ofrezco un trato limpio. Es decir, t&uacute; tienes lo que quieres, y yo tambi&eacute;n.<br />-He o&iacute;do que enga&ntilde;a a la gente. Dicen que es usted peor que un vendedor de coches usados.<br />-Mira, esc&uacute;chame un momento...<br />-Me excuso -a&ntilde;adi&oacute; apresuradamente Martin-, pero se supone que lo cierto es que no se puede fiar uno de usted.<br />-Lo admito. Pero por otra parte, pareces creer que tienes una v&iacute;a de escape.<br />-Un m&eacute;todo infalible.<br />-&iquest;Infalible? &iexcl;Muy divertido! -el hombre comenz&oacute; a carcajearse, y luego se detuvo-. Pero estamos perdiendo un tiempo muy valioso, Martin. Vamos al grano. &iquest;Qu&eacute; es lo que quieres?<br />Mart&iacute;n inspir&oacute; profundamente:<br />-Quiero ser capaz de detener el tiempo.<br />-&iquest;Ahora mismo?<br />-No. A&uacute;n no. Y no para todo el mundo. Naturalmente, me doy cuenta de que esto ser&iacute;a imposible. Pero quiero ser capaz de detener el tiempo para m&iacute; mismo. En una sola ocasi&oacute;n, en el futuro. Cuando llegue a un puente en el que sepa que estoy feliz y contento, all&iacute; quiero quedarme, pa-ra poder seguir siendo feliz por siempre.<br />-Es una buena petici&oacute;n -musit&oacute; el revisor-. Tengo que admitir que jam&aacute;s hab&iacute;a o&iacute;do nada similar... Y, cr&eacute;eme, he algunas dif&iacute;ciles en mis muchos a&ntilde;os -sonri&oacute; a Martin-. Has estado pensando mucho en esto, &iquest;no?<br />-Durante a&ntilde;os -admiti&oacute; Martin. Luego tosi&oacute;-. Bueno, &iquest;qu&eacute; es lo que dice?<br />-No es imposible, en los t&eacute;rminos de tu propio sentido temporal subjetivo -murmur&oacute; el revisor-. S&iacute;, creo que podr&iacute;a hacerse.<br />-Pero yo quiero que se detenga realmente, no simplemente imaginarlo.<br />-Comprendo. Puede hacerse.<br />-Entonces, &iquest;acepta?<br />-&iquest;Por qu&eacute; no? Te hice una promesa, &iquest;no? Dame la mano.<br />Martin dud&oacute;.<br />-&iquest;Me har&aacute; mucho da&ntilde;o? Quiero decir que no me gusta ver sangre, y...<br />-&iexcl;Tonter&iacute;as! Has estado escuchando un mont&oacute;n de bobadas. Muchacho, ya hemos sellado nuestro trato. Simplemente, quiero darte algo. La forma en que llevar a cabo tu deseo. Despu&eacute;s de todo, nadie puede saber en qu&eacute; momento decidir&aacute;s ejercer tu derecho, y no puedo dejarlo caer todo y venir corriendo. As&iacute; que ser&aacute; mejor que puedas regular el asunto por t&iacute; mismo.<br />-&iquest;Me va a dar un control del tiempo?<br />-M&aacute;s o menos. Tan pronto como pueda decidir qu&eacute; ser&aacute; lo m&aacute;s pr&aacute;ctico -el revisor dud&oacute;-. &iexcl;Ah, esto es justamente lo que buscaba! Toma, ten mi reloj.<br />Se lo sac&oacute; del bolsillo del chaleco: un reloj de ferroviario, con caja de plata. Abri&oacute; la parte trasera e hizo unos delicados ajustes; Martin intent&oacute; ver qu&eacute; era exactamente lo que estaba haciendo, pero sus dedos se mov&iacute;an a una velocidad imposible de seguir.<br />-Ya est&aacute; -sonri&oacute; el revisor-. Todo est&aacute; dispuesto. Cuando llegue finalmente el momento en que te gustar&iacute;a pararte, gira simplemente la corona al rev&eacute;s y qu&iacute;tale la cuerda al reloj hasta que se detenga. Cuando se detenga, el tiempo se detendr&aacute; para t&iacute;. &iquest;Te parece suficiente sencillo? <br />Y el revisor dej&oacute; caer el reloj sobre la mano de Martin. &Eacute;ste apret&oacute; fuertemente sus dedos alrededor del mismo.<br />-&iquest;No hay que hacer nada m&aacute;s?<br />-Absolutamente. Pero recuerda: s&oacute;lo puedes detener el reloj en una ocasi&oacute;n, as&iacute; que lo mejor ser&aacute; que est&eacute;s bien seguro de sentirte satisfecho en el momento que decidas prolongar. Te aconsejo esto con toda lealtad; aseg&uacute;rate muy bien en tu elecci&oacute;n.<br />-Lo har&eacute; -Martin sonri&oacute;-. Y, como se ha mostrado usted tan honesto acerca de todo, yo tambi&eacute;n lo ser&eacute;. Hay una cosa que parece usted haber olvidado. Realmente no importa qu&eacute; momento elija, pues, en cuanto detenga el tiempo para m&iacute; mismo, eso significa que me quedar&eacute; donde estoy, por siempre. No tendr&eacute; que envejecer m&aacute;s. Y si no sigo envejeciendo, nunca morir&eacute;. Y si no muero, nunca tendr&eacute; que viajar en su tren. <br />El revisor se dio la vuelta. Sus hombros se estremecieron convulsivamente, y quiz&aacute; hubiera llorado.<br />-Y has dicho que yo era peor que un vendedor de coches usados -jade&oacute; con voz estrangulada. Entonces se perdi&oacute; entre la niebla, y el silbato del ferrocarril lanz&oacute; un alarido impaciente, y de repente se puso en marcha con rapidez sobre la v&iacute;a, desapareciendo en medio de la oscuridad.<br />Martin se qued&oacute; all&iacute;, contemplando parpadeante el reloj de plata que ten&iacute;a en su mano. Si no fuera porque pod&iacute;a verlo y tocarlo, y si no fuese por aquel olor tan peculiar, quiz&aacute; hubiera llegado a creer que hab&iacute;a imaginado todo desde principio al fin: tren, revisor, trato y dem&aacute;s.<br />Pero ten&iacute;a el reloj, y pod&iacute;a reconocer el olor dejado por el tren al partir, y desde luego no hay muchas locomotoras que usen azufre como combustible.<br />Y no ten&iacute;a dudas acerca de su trato. Eso es lo que sucede cuando uno piensa en las cosas hasta llegar a su conclusi&oacute;n l&oacute;gica. Algunos est&uacute;pidos hubieran pedido dinero, poder o a Kim Novak. Papito se hubiera vendido por una botella de whisky.<br />Martin sab&iacute;a que hab&iacute;a realizado un trato mejor. &iquest;Mejor? Era a prueba de bomba. Lo &uacute;nico que necesitaba ahora era escoger su momento.<br />Se meti&oacute; el reloj en el bolsillo, y regres&oacute; a la v&iacute;a. Realmente, antes sus pensamientos no hab&iacute;an tenido un destino, pero ahora s&iacute;. Iba a encontrar un momento de felicidad...</p><p style="text-align: justify;"><br />El joven Martin no era ning&uacute;n tonto. Se daba perfecta cuenta de que la felicidad es algo relativo; de que hay condiciones y grados de satisfacci&oacute;n, y que var&iacute;an seg&uacute;n sea la vida de cada uno. Como vagabundo, a menudo se sent&iacute;a satisfecho con unas sobras calientes, un banco en el parque o una lata de cerveza. Muchas veces hab&iacute;a alcanzado un estado de &eacute;xtasis moment&aacute;neo a trav&eacute;s de tales simples accesorios, pero sab&iacute;a que exist&iacute;an cosas mejores. Martin decidi&oacute; hallarlas.<br />Al cabo de dos d&iacute;as estaba en la gran ciudad de Chicago. Con bastante naturalidad, lleg&oacute; a West Madison Street, y all&iacute; dio unos pasos para elevar su papel en la vida. Se convirti&oacute; en un vagabundo ciudadano, un tramposo, un busc&oacute;n. Al cabo de una semana hab&iacute;a llegado a un punto en que la felicidad era una comida en un restaurante barato, un ratito sobre un catre del ej&eacute;rcito en una verdadera casa de citas, y una botella de moscatel.<br />Hubo una noche en que, despu&eacute;s de gozar al m&aacute;ximo esos tres lujos, Martin pens&oacute; en quitarle la cuerda al reloj, en el punto &aacute;lgido de su intoxicaci&oacute;n. Pero tambi&eacute;n pens&oacute; en los rostros de la gente honesta a la que hoy hab&iacute;a sacado dinero. De acuerdo, eran unos integrados, pero eran pr&oacute;speros. Llevaban buenas ropas, ten&iacute;an buenos trabajos, usaban lindos coches. Y para ellos, la felicidad ten&iacute;a un mayor grado de &eacute;xtasis: cenaban en excelentes restaurantes, dorm&iacute;an en colchones de muelles, y beb&iacute;an whisky escoc&eacute;s.<br />Integrados o no, algo bueno ten&iacute;an. Martin acarici&oacute; su reloj, apart&oacute; la tentaci&oacute;n de conseguirse otra botella de moscatel, y se fue a dormir decidido a conseguirse trabajo y mejorar su cociente de felicidad.<br />Cuando se despert&oacute;, ten&iacute;a resaca, pero a&uacute;n segu&iacute;a decidido. Antes de que hubiera terminado el mes, Martin estaba trabajando para un contratista de obras del lado sur, en uno de los grandes proyectos de reconstrucci&oacute;n. Odiaba el trabajo, pero la paga era buena, y pronto obtuvo un apartamento de una habitaci&oacute;n en la Blue Island Avenue. Ahora, ten&iacute;a costumbre de comer en restaurantes decentes, y se compr&oacute; una cama confortable, y cada noche del s&aacute;bado bajaba a la taberna de la esquina. Todo era muy placentero, pero...<br />Al capataz le gustaba su trabajo, y le prometi&oacute; un aumento de sueldo en un mes. Si segu&iacute;a, el aumento significar&iacute;a que podr&iacute;a permitirse un coche de segunda mano. Con un coche, hasta podr&iacute;a comenzar a buscarse una chica a la que citar de vez en cuando. Otros tipos del trabajo lo hac&iacute;an, y parec&iacute;an bastante felices.<br />As&iacute; que Martin sigui&oacute; trabajando, y le lleg&oacute; el aumento, y consigui&oacute; el coche, y pronto un par de chicas.<br />La primera vez que le sucedi&oacute;, deseaba quitar la cuerda de su reloj de inmediato, hasta que empez&oacute; a pensar lo que siempre dec&iacute;an algunos de los viejos. Por ejemplo, hab&iacute;a un individuo llamado Charlie, que trabajaba junto a &eacute;l en el andamio:<br />-Cuando eres joven y no conoces nada mejor, quiz&aacute; le saques alg&uacute;n gusto en ir con esas cerdas, pero al cabo de un tiempo deseas algo mejor: una buena chica para t&iacute; solo.<br />Martin crey&oacute; que ten&iacute;a que averiguar si eso era cierto. Si no le gustaba m&aacute;s, siempre pod&iacute;a volver a lo que ya ten&iacute;a.<br />Pasaron casi seis meses antes de que Martin conociese a Lillian Gillis. Por aquel entonces ya hab&iacute;a conseguido otro aumento, y estaba trabajando en la oficina. Le hab&iacute;an hecho ir a la escuela nocturna para aprender como llevar una contabilidad rudimentaria, pero eso significaba otros quince pavos extra a la semana, y gustaba m&aacute;s trabajar bajo cubierto.<br />Y Lillian era muy divertida. Cuando le dijo que aceptaba casarse con &eacute;l, Martin estuvo casi seguro de que hab&iacute;a llegado el momento. Excepto que ella era lo que dir&iacute;amos... Bueno, era una buena chica, y le dijo que tendr&iacute;an que esperar hasta estar casados. Naturalmente, Martin no pod&iacute;a esperar casarse con ella hasta que no tuviera algo m&aacute;s de dinero ahorrado, y otro aumento le ir&iacute;a bien.<br />Eso le llev&oacute; un a&ntilde;o. Martin ten&iacute;a paciencia, porque sab&iacute;a que iba a valer la pena. Cada vez que ten&iacute;a dudas, sacaba su reloj y lo miraba. Pero nunca se lo mostr&oacute; a Lillian ni a nadie m&aacute;s. La mayor parte de los otros llevaban caros relojes de mu&ntilde;eca, y el viejo reloj de plata de ferroviario parec&iacute;a un tanto rid&iacute;culo.<br />Martin sonri&oacute; mientras contemplaba la corona. Unas pocas vueltas, y tendr&iacute;a algo que ninguno de aquellos pobres hombres est&uacute;pidos y trabajadores tendr&iacute;an jam&aacute;s: una satisfacci&oacute;n permanente con su ruborizada novia...<br />S&oacute;lo que el casarse result&oacute; ser simplemente el principio. S&iacute;, era maravilloso. Pero Lillian le explic&oacute; lo mucho mejor que ser&iacute;an las cosas si pudieran buscarse una casa nueva y arreglarla. Martin deseaba un mobiliario decente, un televisor, un buen coche.<br />As&iacute; que comenz&oacute; a seguir clases nocturnas, y consigui&oacute; un ascenso en la oficina. Con el ni&ntilde;o por venir, deseaba aguantar un poco m&aacute;s y ver a su hijo. Y cuando lo tuvo, se dio cuenta de que tendr&iacute;a que esperar hasta que se hiciera un poco mayor, comenzase a caminar y a hablar, y desarrollase una personalidad propia. <br />Por aquel entonces la empresa lo estaba enviando de viaje como supervisor de algunas de las construcciones, y ahora estaba comiendo en buenos restaurantes, viviendo por todo lo grande y con cuenta de gastos. En m&aacute;s de una ocasi&oacute;n se sinti&oacute; tentado a quitarle la cuerda al reloj. Aquello era la buena vida... Naturalmente, a&uacute;n ser&iacute;a mejor si no tuviera que trabajar. M&aacute;s pronto o m&aacute;s tarde, si lograba intervenir en uno de los tratos de la compa&ntilde;&iacute;a, podr&iacute;a sacar una buena tajada y retirarse. Entonces, ser&iacute;a ideal.<br />As&iacute; sucedi&oacute;, pero cost&oacute; tiempo. El hijo de Martin iba a la escuela superior antes de que &eacute;l lograse llegar hasta donde realmente estaba el dinero. Martin ten&iacute;a la impresi&oacute;n de que era ahora o nunca, porque ya no era exactamente un muchacho.<br />Pero justo entonces conoci&oacute; a Sherry Westcott, y ella no parec&iacute;a pensar que fuera maduro en absoluto, a pesar de la forma en que estaba perdiendo cabello y ganando tripa. Le ense&ntilde;&oacute; que un biso&ntilde;&eacute; pod&iacute;a cubrir su calvicie, y una faja reducir el dep&oacute;sito de los garbanzos. De hecho, le ense&ntilde;&oacute; muchas cosas, y disfrut&oacute; tanto aprendiendo que realmente sac&oacute; el reloj y se prepar&oacute; a quitarle la cuerda.<br />Por desgracia, eligi&oacute; justamente el momento preciso en que los detectives privados hicieron saltar la puerta de la habitaci&oacute;n del hotel, y entonces hubo un largo per&iacute;odo en el que Martin estuvo tan ocupado pele&aacute;ndose ante los tribunales con el asunto de su divorcio que honestamente no pudo decir que disfrutase de ning&uacute;n momento.<br />Cuando lleg&oacute; a un acuerdo final con Lil, estaba arruinado y a Sherry ya no le parec&iacute;a que &eacute;l fuera tan joven, despu&eacute;s de todo. As&iacute; que se alz&oacute; de hombros, y volvi&oacute; al trabajo.<br />Tambi&eacute;n esta vez reuni&oacute; su mont&oacute;n de dinero, aunque tard&oacute; m&aacute;s tiempo, y no tuvo muchas posibilidades de diversi&oacute;n mientras lo consegu&iacute;a. Las damas elegantes de los elegantes salones de c&oacute;ctel ya no le interesaban ni tampoco el licor. Adem&aacute;s, el m&eacute;dico se lo hab&iacute;a prohibido.<br />Pero un hombre rico pod&iacute;a descubrir otros placeres. Por ejemplo, los viajes... y nada de viajar en los topes de los vagones yendo de un lugar podrido a otro peor. Martin recorri&oacute; el mundo en avi&oacute;n y transatl&aacute;ntico de lujo. En una ocasi&oacute;n le pareci&oacute; que, despu&eacute;s de todo, iba a hallar el momento, mientras visitaba el Taj-Mahal a la luz de la luna. Martin sac&oacute; el maltratado reloj, y se dispuso a quitarle la cuerda. Nadie le contemplaba...<br />Y eso es lo que le hizo dudar. Seguro, aquel era un momento muy agradable, pero estaba solo. Lil y el chico hab&iacute;an desaparecido, Sherry hab&iacute;a desaparecido y, por alguna raz&oacute;n, nunca hab&iacute;a tenido tiempo de hacer amigos. Quiz&aacute; si lograse hallar alguna gente con la que congeniase lograra la felicidad definitiva. &Eacute;sa deb&iacute;a ser la respuesta: no era simplemente el dinero, o el poder, o el sexo, o el ver cosas hermosas. La verdadera satisfacci&oacute;n se encontraba en la amistad.<br />As&iacute; que, de regreso a casa en barco, Martin trat&oacute; de hacerse algunos amigos en el bar del buque. Pero toda aquella gente era mucho m&aacute;s joven, y Martin no ten&iacute;a nada en com&uacute;n con ellos. Adem&aacute;s, deseaban bailar y beber, y Martin no se encontraba en condiciones de disfrutar de tales pasatiempos. Sin embargo, lo intent&oacute;.<br />Quiz&aacute; fuera por esto por lo que tuvo el peque&ntilde;o accidente el d&iacute;a anterior al que atracasen en San Francisco. "Peque&ntilde;o accidente" fue como lo describi&oacute; el doctor de a bordo, pero Martin se fij&oacute; en que ten&iacute;a un aspecto muy serio cuando le orden&oacute; que se quedara en cama y hasta llam&oacute; a una ambulancia para que fuera a recibir al barco al muelle y llevase al paciente directamente al hospital.<br />En el hospital, todo aquel tratamiento oneroso con las onerosas sonrisas y las onerosas palabras no enga&ntilde;aron a Martin. Era un viejo con un coraz&oacute;n d&eacute;bil, y pensaban que se iba a morir.<br />Pero pod&iacute;a ser m&aacute;s listo que ellos. A&uacute;n ten&iacute;a el reloj. Lo encontr&oacute; en su chaqueta cuando se puso la ropa, y huy&oacute; del hospital.<br />No ten&iacute;a por qu&eacute; morir. Pod&iacute;a burlar la muerte con un solo gesto... y pensaba hacerlo como un hombre libre, all&aacute; afuera, bajo el cielo abierto.<br />Aqu&eacute;l era el verdadero secreto de la felicidad. Ahora lo comprend&iacute;a. Ni siquiera la amistad representaba tanto como la libertad. Aquello era lo mejor de todo: el estar libre de amigos o familia o de las furias de la carne.<br />Martin camin&oacute; lentamente junto al and&eacute;n de carga, bajo el cielo nocturno. Ahora que lo pensaba, estaba justamente donde hab&iacute;a comenzado, hac&iacute;a tantos a&ntilde;os. Pero el momento era bueno, lo bastante bueno como para prolongarlo para siempre. Quien hab&iacute;a sido un vagabundo en una ocasi&oacute;n, siempre lo segu&iacute;a siendo.<br />Sonri&oacute; mientras pensaba en ello, y luego su sonrisa se contorsion&oacute; seca y repentinamente, como el dolor que estaba seca y repentinamente contrayendo su pecho. El mundo comenz&oacute; a girar, y cay&oacute; por el costado del muelle de carga.<br />No pod&iacute;a ver muy bien, pero a&uacute;n estaba consciente y sab&iacute;a lo que hab&iacute;a pasado. Otro ataque, y bastante malo. Quiz&aacute; el definitivo. Excepto que ya no iba a seguir haciendo el est&uacute;pido. No iba a esperar a ver lo que hab&iacute;a al doblar la esquina.<br />Justo en aquel momento llegaba su oportunidad de usar su deseo y salvar su vida. E iba a hacerlo. A&uacute;n pod&iacute;a moverse, nada lo detendr&iacute;a.<br />Busc&oacute; en su bolsillo, y sac&oacute; el viejo reloj de plata, tanteando la corona. Unas cuantas vueltas, y burlar&iacute;a a la muerte. Nunca tendr&iacute;a que viajar en aquel Tren al Infierno. Podr&iacute;a continuar vivo por siempre.<br />Por siempre.<br />Mart&iacute;n no hab&iacute;a considerado nunca antes aquellas palabras. Vivir siempre... Pero, &iquest;c&oacute;mo? &iquest;Deseaba seguir as&iacute; siempre, un hombre enfermo, yaciendo inerme sobre la hierba?<br />No. No pod&iacute;a hacerlo. No lo har&iacute;a. Y repentinamente, tuvo grandes deseos de llorar, porque supo que en alg&uacute;n punto a lo largo de su vida se hab&iacute;a pasado de listo. Y ahora era demasiado tarde. Se le nubl&oacute; la vista, sinti&oacute; un rugido en los o&iacute;dos...<br />Naturalmente, reconoci&oacute; el rugido. Y no le sorprendi&oacute; lo m&aacute;s m&iacute;nimo el ver c&oacute;mo el tren sal&iacute;a corriendo de entre la niebla y llegaba hasta el and&eacute;n. Tampoco se sinti&oacute; sorprendido cuando se detuvo, ni cuando el revisor baj&oacute; del mismo y camin&oacute; lentamente hacia &eacute;l.<br />El revisor no hab&iacute;a cambiado en lo m&aacute;s m&iacute;nimo. Hasta segu&iacute;a mostrando la misma sonrisa.<br />-Hola, Martin -dijo-. Viajeros al tren.<br />-Lo s&eacute; -susurr&oacute; Martin-. Pero tendr&aacute; que llevarme. No puedo caminar. Y tampoco puedo hablar, &iquest;no?<br />-S&iacute;, s&iacute; puedes -dijo el revisor-. Te puedo o&iacute;r muy bien. Y tambi&eacute;n puedes caminar.<br />Se inclin&oacute;, y coloc&oacute; su mano sobre el pecho de Martin. Sigui&oacute; un momento de helado atontamiento, y luego Martin pudo caminar de nuevo.<br />Se alz&oacute; y sigui&oacute; al revisor a lo largo de la rampa, llegando hasta el lado del tren.<br />-&iquest;Aqu&iacute;? -pregunt&oacute;.<br />-No, en el siguiente vag&oacute;n -murmur&oacute; el revisor-. Supongo que tienes derecho a viajar en primera. Despu&eacute;s de todo, eres un hombre de &eacute;xito. Has disfrutado de las alegr&iacute;as de la riqueza, la posici&oacute;n social y el prestigio. Has conocido los placeres del matrimonio y la paternidad. Has probado las delicias de la comida y la bebida y tambi&eacute;n el sexo, y has viajado mucho y bien. As&iacute; que nada de recriminaciones de &uacute;ltima hora.<br />-De acuerdo -suspir&oacute; Martin-. No puedo culparle de mis errores. Por otra parte, tampoco usted puede atribuirse lo que sucedi&oacute;. Trabaj&eacute; para lograr cada una de las cosas que deseaba. Lo hice todo por m&iacute; mismo. Ni siquiera necesit&eacute; su reloj.<br />-As&iacute; es -acept&oacute; el revisor, sonriendo-. Pero, &iquest;te importar&iacute;a devolv&eacute;rmelo ahora?<br />-Lo necesita para el siguiente tonto, &iquest;eh? -murmur&oacute; Martin.<br />-Quiz&aacute;.<br />Algo en la forma en que lo dijo hizo que Martin alzase la vista. Trat&oacute; de ver los ojos del revisor, pero la visera de su gorra los manten&iacute;a en sombra, as&iacute; que baj&oacute; la vista a su reloj.<br />-D&iacute;game una cosa -dijo suavemente-. Si le devuelvo el reloj, &iquest;qu&eacute; es lo que har&aacute; con &eacute;l?<br />-Pues tirarlo a la cuneta -le explic&oacute; el revisor-. Eso es lo que har&eacute; con &eacute;l -y extendi&oacute; la mano.<br />-&iquest;Qu&eacute; pasar&iacute;a si alguien lo encontrara y diera vueltas hacia atr&aacute;s a la corona y detuviese el tiempo?<br />-Nadie har&iacute;a eso -murmur&oacute; el revisor-. Aunque lo supieran.<br />-&iquest;Quiere decir que todo fue un truco? &iquest;Que &eacute;ste es &uacute;nicamente un reloj barato y ordinario?<br />-Yo no he dicho eso -susurr&oacute; el revisor-. Solo he dicho que nunca nadie gira hacia atr&aacute;s la corona. Todos han sido como t&uacute;, Martin. Todos esperaban hallar la felicidad perfecta. Esperaban el momento que jam&aacute;s llega.<br />El revisor extendi&oacute; de nuevo la mano.<br />Martin suspir&oacute; y agit&oacute; la cabeza.<br />-Despu&eacute;s de todo, me enga&ntilde;&oacute;.<br />-Tu mismo te enga&ntilde;aste, Martin. Y ahora vas a viajar en este Tren al Infierno.<br />Empuj&oacute; a Martin escalones arriba, al interior del vag&oacute;n. Mientras entraba, el tren comenz&oacute; a moverse, y aull&oacute; el pito. Y Martin se qued&oacute; de pie en el traqueteante vag&oacute;n de primera, mirando a lo largo del pasillo a los otros pasajeros. Los pod&iacute;a ver a todos all&iacute; sentados, y en alguna manera no le parec&iacute;a nada extra&ntilde;o.<br />All&iacute; estaban: los borrachos y los pecadores, los jugadores y los que aceptan soborno, los manirrotos, los donjuanes, toda esa alegre compa&ntilde;&iacute;a. Sab&iacute;an ad&oacute;nde iban, claro est&aacute;. Pero no parec&iacute;a importarles un comino. Las cortinillas estaban bajadas en todas las ventanas, pero hab&iacute;a luz dentro; y todos ellos estaban disfrutando, cantando y pas&aacute;ndose botellas y rugiendo a carcajadas, jugando a dados y contando sus chistes y fanfarroneando por todo lo grande, justo como papito acostumbraba a decir de ellos en su vieja canci&oacute;n.<br />-Unos encantadores compa&ntilde;eros de viaje -dijo Martin-. Vaya, lo cierto es que jam&aacute;s hab&iacute;a visto un grupo de gente m&aacute;s agradable que este. Y parece que est&aacute;n disfrutando de lo lindo.<br />El revisor se alz&oacute; de hombros.<br />-Me temo que las cosas no ser&aacute;n tan alegres cuando nos detengamos en la Estaci&oacute;n de All&aacute; Abajo.<br />Por tercera vez, extendi&oacute; la mano.<br />-Ahora, antes de que te sientes, tienes que darme ese reloj. Un trato es un trato...<br />Martin sonri&oacute;.<br />-Un trato es un trato -hizo eco-. Acept&eacute; viajar en su tren si pod&iacute;a detener el tiempo cuando hallase el justo momento de felicidad. Y creo que en este momento soy m&aacute;s feliz que jam&aacute;s.<br />Muy lentamente, Martin tir&oacute; de la corona de plata.<br />-&iexcl;No! -jade&oacute; el revisor-. &iexcl;No!<br />Pero la corona gir&oacute;.<br />-&iquest;Te das cuenta de lo que has hecho? -aull&oacute; el revisor-. &iexcl;Ahora jam&aacute;s llegaremos a la estaci&oacute;n! &iexcl;Todos nosotros seguiremos viajando... para siempre!<br />Martin hizo una mueca de alegr&iacute;a.<br />-Lo s&eacute; -dijo-. Pero lo divertido es el viaje, y no la llegada. Usted mismo me lo dijo. Y pienso pasar un maravilloso viaje. Mire, quiz&aacute; hasta pueda ayudar. Si me busca una de esas gorras, y me deja conservar este reloj...<br />Y as&iacute; es como por fin se resolvieron las cosas. Con su gorra puesta, y llevando el maltratado y viejo reloj de plata, no hay persona m&aacute;s feliz, dentro o fuera de este mundo, ahora y siempre, que Martin. Martin, el nuevo guardafrenos de ese Tren al Infierno.</p><p style="text-align: justify;">Tren al infierno. Robert Bloch<br />That Hell-Bound Train (F&amp;SF, Septiembre 1958)<br />Nueva Dimensi&oacute;n, n&ordm; 39 (Diciembre 1972)<br />Ediciones Dronte</p><p style="text-align: justify;">Tomado de Premios Hugo-Nebula CF en Quedelibros:</p><p style="text-align: justify;"><a href="http://www.4shared.com/file/19WSFqb-/Premios_SF_1990-2008.html">http://www.4shared.com/file/19WSFqb-/Premios_SF_1990-2008.html</a><br /><a href="http://www.4shared.com/file/dlZwoX7j/Premios_SF_1970-1989.html">http://www.4shared.com/file/dlZwoX7j/Premios_SF_1970-1989.html</a><br /><a href="http://www.4shared.com/file/HuiNT6VH/Premios_SF_hasta_1970.html">http://www.4shared.com/file/HuiNT6VH/Premios_SF_hasta_1970.html</a></p>]]></description><pubDate>Thu, 01 Dec 2011 22:26:00 +0000</pubDate></item><item><title>Ondas</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2010/071601-ondas.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2010/071601-ondas.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Ella llegaba hasta &eacute;l a trav&eacute;s de las ondas televisivas que, expelidas por los sat&eacute;lites artificiales de comunicaci&oacute;n, atravesaban el vasto espacio vac&iacute;o que mediaba entre ambos mundos.<br />&Eacute;l llegaba hasta ella haciendo uso de&nbsp; de las emanaciones del sue&ntilde;o, que su mente superior era capaz de enviar allende las unidades astron&oacute;micas de soledad que los separaban.<br />Ella calc&oacute; su deseo en una imagen hologr&aacute;fica que envi&oacute; hacia &eacute;l con los brazoa abiertos.<br />&Eacute;l proyect&oacute; su anhelo en un haz de luz que fue a su encuentro.<br />Ambos se encontraron a medio camino, en la playa desierta de una nube de polvo estelar.</p><p style="text-align: justify;">Al entrar en el espacio m&aacute;gnetico de la nube de polvo, una nave comercial tuvo interferencias en sus comunicaciones. Al enfocar las frecuencias&nbsp; televisivas, los monitores mostraron la elusiva imagen del polvo estelar trazado en espirales que, por fugaces instantes, semejaban las siluetas de dos cuerpos entrelazados. Y al filtrar las ondas de radio, pudieron percibir loque algunos, sobre todo entre los m&aacute;s j&oacute;venes, creyeron reconocer como el chasquido de un beso y el murmullo de placer escapado d eunos labios entreabiertos...</p><p style="text-align: justify;">&nbsp;</p><p style="text-align: justify;">Buf&oacute;n.<br />30-10-09/11-07-10</p>]]></description><pubDate>Fri, 16 Jul 2010 20:27:00 +0000</pubDate></item><item><title>Un asesino</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2010/031803-un-asesino.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2010/031803-un-asesino.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: small;">Un asesino es siempre irreal en cuanto uno sabe que es un asesino. Hay gente que mata por odio, o miedo, o codicia. Est&aacute;n los asesinos astutos que planean y esperan salir bien parados. Est&aacute;n los asesinos violentos que no piensan en nada. Y est&aacute;n los asesinos enamorados de la muerte para quienes el asesinato es una clase de suicidio remoto.</span></p><p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Arial; font-size: small;">&nbsp;</span></p><p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Arial; font-size: small;"><strong>Raymond Chandler.</strong></span></p><p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Arial; font-size: small;">El largo adi&oacute;s.</span></p>]]></description><pubDate>Thu, 18 Mar 2010 01:13:00 +0000</pubDate></item><item><title>Todo depende</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2010/031802-todo-depende.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2010/031802-todo-depende.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: small;">Cuando llegu&eacute; a casa me prepar&eacute; un trago bien fuerte, me par&eacute; al lado de la ventana abierta y lo fui tomando a sorbos, mientras escuchaba la oleada del tr&aacute;nsito del boulevard Laurel Canyon y contemplaba el resplandor de la gran ciudad inquieta, recostada en las colinas a trav&eacute;s de las cuales hab&iacute;a sido construido el boulevard. Muy lejos, el lamento ululante de los coches policiales o las sirenas de los bomberos se elevaban o decrec&iacute;an, pero nunca quedaban completamente silenciosos por largo tiempo. Durante las veinticuatro horas del d&iacute;a hay alguien que corre y alg&uacute;n otro que trata de atraparlo. Ah&iacute; afuera, en la noche de miles de cr&iacute;menes, la gente estaba muriendo o quedaba mutilada o herida o aplastada por las pesadas ruedas de los coches o con el volante de direcci&oacute;n incrustado en el pecho. La gente era golpeada, robada, estrangulada, violada y asesinada. La gente se sent&iacute;a hambrienta, enferma, aburrida, desesperada en su soledad o por el remordimiento o el miedo, enojada, cruel, afiebrada, estremecida por sollozos. Una ciudad no peor que las otras, una ciudad rica, vigorosa y llena de orgullo, una ciudad perdida, golpeada y llena de vacuidad.</span></p><p style="text-align: justify;"><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: small;">Todo depende de d&oacute;nde uno est&aacute; sentado y cu&aacute;l sea su propio puntaje. Yo no ten&iacute;a ninguno y no me importaba. Termin&eacute; la bebida y me fui a la cama.</span></p><p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Arial; font-size: small;"></span></p><p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Arial; font-size: small;"><strong>Raymond Chandler</strong></span></p><p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Arial; font-size: small;">El largo adi&oacute;s.</span></p>]]></description><pubDate>Thu, 18 Mar 2010 01:10:00 +0000</pubDate></item><item><title>Joyce Lakeland</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2010/031801-joyce-lakeland.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2010/031801-joyce-lakeland.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: arial,helvetica,sans-serif; font-size: small;">&mdash;Se llama Joyce Lakeland &mdash;me explic&oacute; el viejo Bob Maples, el sheriff&mdash;. Vive a unos siete u ocho kil&oacute;metros, en Derrick Road, justo al lado de la vieja granja de los Branch. Tiene una casita confortable all&aacute; arriba, detr&aacute;s de las acacias.<br />&nbsp;Creo que conozco el sitio &mdash;dije&mdash;. &iquest;Es una fulana, Bob?<br />&nbsp;Bueno, es probable, aunque act&uacute;a muy discretamente. No ha hecho tonter&iacute;as ni se l&iacute;a con el primero que encuentra. Si no fuera por alguno de esos cl&eacute;rigos de la ciudad, no me preocupar&iacute;a lo m&aacute;s m&iacute;nimo por ella.<br />&nbsp;Me pregunt&eacute; si con ello no se la beneficiar&iacute;a, pero me dije que no. Tal vez no ten&iacute;a mucha cabeza, pero Bob Maples era un hombre recto.<br />&nbsp;&mdash;Entonces, &iquest;qu&eacute; hago con esa Joyce Lakeland? &mdash;le pregunt&eacute;&mdash;. &iquest;Le digo que le largue una temporada o que no vuelva?<br />&nbsp;&mdash;Bueeeno &mdash;se rasc&oacute; la cabeza enfurru&ntilde;ado&mdash;. No s&eacute;, Lou. Pues... bueno, t&uacute; vas all&iacute; a verla, te haces una idea y decides t&uacute; mismo. Estoy seguro de que ser&aacute;s amable y educado con ella, como sabes serlo. Y lo estoy tambi&eacute;n de que si es preciso actuar&aacute;s con firmeza. Ve a ver que opinas. Tienes mi apoyo, hagas lo que hagas.<br />&nbsp;Me present&eacute; all&iacute; hacia las diez de la ma&ntilde;ana. Aparqu&eacute; el coche en el patio dando la vuelta para salir con m&aacute;s facilidad. La placa oficial de la oficina del sheriff quedaba as&iacute; oculta, pero no lo hice a prop&oacute;sito.<br />&nbsp;Llegu&eacute; al portal, llam&eacute; y retroced&iacute; un poco, con el Stetson en la mano.<br />&nbsp;Me sent&iacute;a inc&oacute;modo. No estaba seguro de saber qu&eacute; decirle. Porque nosotros tal vez seamos anticuados, pero nuestras normas de conducta no son las mismas que las del Este o el Medio Oeste. Aqu&iacute; todos dicen "si, se&ntilde;ora" y "no, se&ntilde;ora" a cualquier persona que lleve faldas; a cualquiera mientras sea blanca, se entiende. Aqu&iacute;, si se pilla a un sujeto con los pantalones bajados, se le piden excusas... aunque inmediatamente despu&eacute;s haya que detenerle. Aqu&iacute; se es hombre, hombre y caballero, o no se es nada. Y al que no lo sea, que Dios le ampare.<br />&nbsp;La puerta se entreabri&oacute; unos cent&iacute;metros. Luego se abri&oacute; de par en par y la chica se qued&oacute; mirando.<br />&nbsp;&mdash;&iquest;Qu&eacute; hay? &mdash;pregunt&oacute; con frialdad.<br />&nbsp;Llevaba los shorts de un pijama y un jersey de lana; su cabello oscuro estaba enredado como la cola de un borrego, y la cara sin maquillar aparec&iacute;a abotargada por el sue&ntilde;o. Pero nada de eso importaba. No habr&iacute;a importado que saliese de una pocilga, con un saco de arpillera encima. Ten&iacute;a todo lo que necesitaba. Bostez&oacute; sin cumplidos y volvi&oacute; a preguntarme:<br />&nbsp;&mdash;&iquest;Qu&eacute; hay?<br />&nbsp;Pero yo segu&iacute;a sin recuperar el habla. Creo que ten&iacute;a la boca abierta como un aldeano. Eso ocurri&oacute; hace tres meses y no me hab&iacute;a pasado desde quince a&ntilde;os atr&aacute;s. Cuando ten&iacute;a catorce.<br />&nbsp;La mujer med&iacute;a como un metro sesenta, no deb&iacute;a pasar los cincuenta kilos, y el cuello y los tobillos parec&iacute;an algo m&aacute;s flacos de la cuenta. Pero estaba muy bien. Perfectamente bien. El Se&ntilde;or hab&iacute;a conseguido distribuir la carne all&iacute; donde realmente conven&iacute;a.<br />&nbsp;&mdash;&iexcl;Oh, Dios m&iacute;o! &mdash;se ech&oacute; a re&iacute;r&mdash;. Pase. No acostumbro a recibir tan temprano, pero...<br />&nbsp;Sujet&oacute; la tela met&aacute;lica para que pudiera entrar y me hizo un gesto. Entr&eacute;, y cerr&oacute; la puerta echando el pestillo.<br />&nbsp;&mdash;Lo siento, se&ntilde;ora &mdash;dije&mdash; pero...<br />&nbsp;&mdash;No, no se preocupe. Pero tendr&eacute; que tomar primero un poco de caf&eacute;. Pase usted al fondo.<br />&nbsp;En el extremo de un peque&ntilde;o pasillo encontr&eacute; la habitaci&oacute;n. Me sent&iacute; inc&oacute;modo mientras la o&iacute;a poner el agua para el caf&eacute;. Me hab&iacute;a comportado como un bobo. Con semejante comienzo, resultar&iacute;a dif&iacute;cil mostrarme firme con ella, pero algo me dec&iacute;a que tendr&iacute;a que serlo. No sab&iacute;a por qu&eacute;, ni lo s&eacute; a&uacute;n. Pero lo present&iacute; desde el principio. Ten&iacute;a que hab&eacute;rmelas con una mujercita que consegu&iacute;a lo que deseaba, sin preocuparse por el precio.<br />&nbsp;Bien, qu&eacute; diablos, pens&eacute;; no era m&aacute;s que una impresi&oacute;n. Ella se hab&iacute;a comportado con correcci&oacute;n, la casa era agradable. Decid&iacute; dejarle llevar la iniciativa, al menos por el momento. &iquest;Por qu&eacute; no? Se me ocurri&oacute; echar un vistazo a los armarios, e inmediatamente supe por qu&eacute; no. Imposible. El caj&oacute;n superior de la c&oacute;moda estaba entreabierto, y el espejo ligeramente inclinado. Y una cosa son las fulanas y otra las fulanas que tienen rev&oacute;lver.<br />&nbsp;Lo saqu&eacute; del caj&oacute;n, un 32 autom&aacute;tico, cuando entr&oacute; con la bandeja del caf&eacute;. Me ech&oacute; una mirada fulminante y dej&oacute; bruscamente la bandeja sobre la mesa.<br />&nbsp;&mdash;&iquest;Qu&eacute; est&aacute; haciendo con eso? &mdash;salt&oacute;. Me desabroch&eacute; la chaqueta y mostr&eacute; la insignia.<br />&nbsp;&mdash;Sheriff adjunto, se&ntilde;ora. Y usted con eso, &iquest;qu&eacute; hace?<br />&nbsp;Se limit&oacute; a coger el bolso del armario, lo abri&oacute; y sac&oacute; una licencia. Hab&iacute;a sido extendida en Fort Worth, pero era legal. Esos documentos suelen admitirse en cualquier ciudad.<br />&nbsp;&mdash;&iquest;Satisfecho, polizonte? &mdash;dijo.<br />&nbsp;&mdash;Creo que est&aacute; en regla, se&ntilde;orita &mdash;le contest&eacute;&mdash;. Pero no me llame polizonte, me llamo Ford.<br />&nbsp;Le dirig&iacute; una sonrisa afectuosa, que no fue correspondida. Mi instinto no me hab&iacute;a enga&ntilde;ado. Un minuto antes parec&iacute;a dispuesta a tend&eacute;rseme en la cama, sin importarle lo m&aacute;s m&iacute;nimo que yo no tuviese un centavo. Pero ahora su actitud era distinta, sin que le importara tampoco c&oacute;mo habr&iacute;a conseguido vivir tanto tiempo.<br />&nbsp;&mdash;&iexcl;Santo cielo! &mdash;se mof&oacute; la mujer&mdash;. El t&iacute;o m&aacute;s guapo que he visto en mi vida, y resulta que es un asqueroso y entrometido polizonte. &iquest;Qu&eacute; quiere? Yo no me acuesto con polis.<br />&nbsp;Not&eacute; que me pon&iacute;a colorado.<br />&nbsp;&mdash;Se&ntilde;ora, no es usted muy cort&eacute;s. S&oacute;lo vine para charlar un rato &mdash;expliqu&eacute;.<br />&nbsp;&mdash;&iexcl;Est&uacute;pido bastardo! &mdash;chill&oacute;&mdash;. Te he preguntado qu&eacute; quieres.<br />&nbsp;&mdash;Ya que insiste, se lo dir&eacute;. Quiero que se largue de Central City antes de que anochezca. Si la pillo por aqu&iacute; m&aacute;s tarde la har&eacute; encerrar por prostituci&oacute;n.<br />&nbsp;Me encasquet&eacute; el sombrero y me dirig&iacute; hacia la puerta. Se me plant&oacute; delante cerr&aacute;ndome el paso.<br />&nbsp;&mdash;&iexcl;Miserable hijo de puta! T&uacute;...<br />&nbsp;&mdash;No me llame eso &mdash;dije&mdash;. No lo repita, se&ntilde;ora, o...<br />&nbsp;&mdash;Te lo he llamado y te lo volver&eacute; a llamar. Hijo de puta, bastardo, chulo...<br />&nbsp;Trat&eacute; de abrirme paso a la fuerza. Ten&iacute;a que salir de all&iacute;. Sab&iacute;a lo que ocurrir&iacute;a si no me iba inmediatamente, y no pod&iacute;a consentirlo. Era capaz de matarla. Pod&iacute;a volverme la enfermedad. Y aunque no sucediese una cosa ni otra, estaba perdido. Se ir&iacute;a de la lengua. Lo contar&iacute;a a voces en todas partes. La gente empezar&iacute;a a pensar, a pensar y a preguntarse qu&eacute; fue lo que ocurri&oacute; quince a&ntilde;os antes.<br />&nbsp;Me abofete&oacute; con tanta fuerza que los o&iacute;dos me retumbaron, primero uno, luego el otro. Continu&oacute; peg&aacute;ndome una y otra vez. Se me cay&oacute; el sombrero. Al agacharme para recogerlo, me clav&oacute; la rodilla en el ment&oacute;n. Me tambale&eacute; sobre los talones y me encontr&eacute; sentado en el suelo. O&iacute; una risita mal&eacute;vola, seguida de otra m&aacute;s suave, a modo de excusa. Me dijo:<br />&nbsp;&mdash;Caray, sheriff, yo no quer&iacute;a... yo... me sac&oacute; usted de quicio, y... yo...<br />&nbsp;&mdash;Claro &mdash;sonre&iacute;. Empezaba a distinguir de nuevo los objetos y recuperar el habla&mdash;. Claro, se&ntilde;ora. Lo comprendo. A m&iacute; tambi&eacute;n me pasa a veces. &iquest;Me ayuda a levantarme?<br />&nbsp;&mdash;&iquest;No... no me pegar&aacute;?<br />&nbsp;&mdash;&iquest;Yo? &iexcl;Oh! Por favor, se&ntilde;ora...<br />&nbsp;&mdash;No &mdash;exclam&oacute; casi defraudada&mdash;. S&eacute; que no lo har&aacute;. Se le ve en seguida que tiene buen car&aacute;cter.<br />&nbsp;Se inclin&oacute; lentamente hacia m&iacute; y me tendi&oacute; las manos.<br />&nbsp;Me levant&eacute; de un salto. Asi&eacute;ndole las mu&ntilde;ecas con una mano empec&eacute; a golpearla con la otra. Casi perdi&oacute; el conocimiento, pero yo no quer&iacute;a que se desmayase. Ten&iacute;a que darse cuenta de lo que ocurr&iacute;a.<br />&nbsp;&mdash;No, preciosa &mdash;le mostr&eacute; toda mi dentadura&mdash;. No te voy a pegar. S&oacute;lo voy a arrancarte el culo a tiras.<br />&nbsp;No era una bravata, lo dije en serio y casi lo cumpl&iacute;.<br />&nbsp;Tir&eacute; el jersey hacia arriba hasta cubrirle la cabeza y le hice un nudo. Luego la tumb&eacute; en la cama, le baj&eacute; los shorts de un tir&oacute;n y le at&eacute; los pies con ellos.<br />&nbsp;Me desabroch&eacute; el cintur&oacute;n y lo balance&eacute; sobre mi cabeza.<br />&nbsp;No s&eacute; cu&aacute;nto tiempo pas&oacute; hasta que me detuve, y recuper&eacute; el dominio de m&iacute; mismo. S&oacute;lo s&eacute; que el brazo me dol&iacute;a terriblemente y que sus nalgas estaban en carne viva. Me sent&iacute;a asustado hasta lo indecible, asustado casi hasta el punto de perder la cabeza.<br />&nbsp;Le desat&eacute; los pies y le quit&eacute; el jersey de la cara. Empap&eacute; una toalla en agua fr&iacute;a y se la apliqu&eacute;. Le acerqu&eacute; a los labios una taza de caf&eacute;. Y, mientras, le hablaba y hablaba sin parar, suplic&aacute;ndole que me perdonase, explic&aacute;ndole lo mucho que lo sent&iacute;a.<br />&nbsp;Me arrodill&eacute; junto a la cama, le ped&iacute; perd&oacute;n una y otra vez. Al fin, sus p&aacute;rpados temblaron y se abrieron.<br />&nbsp;&mdash;No... &mdash;musit&oacute;.<br />&nbsp;&mdash;No &mdash;respond&iacute;&mdash;. No, se&ntilde;ora. Le juro por Dios que jam&aacute;s volver&eacute;...<br />&nbsp;&mdash;Calla &mdash;me acarici&oacute; los labios con los suyos&mdash;. No digas eso.<br />&nbsp;Volvi&oacute; a besarme. Empez&oacute; a desabrocharme la corbata, la camisa, desnud&aacute;ndome despu&eacute;s de casi haberla desollado viva.</span></p><p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Arial; font-size: small;"></span></p><p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Arial; font-size: small;"><strong>Jim Thompson.</strong></span></p><p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Arial; font-size: small;">El asesino dentro de m&iacute;.</span></p>]]></description><pubDate>Thu, 18 Mar 2010 01:07:00 +0000</pubDate></item><item><title>Ex&#xF3;do</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2010/031201-exodo.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2010/031201-exodo.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="font-size: small; font-family: arial,helvetica,sans-serif;">Cuando por fin el ex&ograve;do fue posible, los hombres escaparon de la Tierra sin mirar atr&agrave;s, una estampida de millones de seres humanos abandonando el planeta que los hab&igrave;a visto nacer y crecer como especie.<br />&iquest;Por qu&egrave;? &iquest;Qu&egrave; los impel&igrave;a a preferir la fr&igrave;a soledad del espacio exterior? &iquest;Una nueva utop&igrave;a capaz de hacer latir de nuevo sus corazones; acaso una guerra estemecedora o un virus tan radical que cambiar&igrave;a la vida en el planeta?...<br />Tal vez. O quiz&agrave;s s&ograve;lo se trat&ograve; de hast&igrave;o, de que los seres humanos estaban cansados de su pr&ograve;jimo que los fastidiaba, de su semejante que los agobiaba, del otro al que simplemente se negaban a comprender...</span></p><p><span style="font-size: small; font-family: Arial;"><strong>Buf&oacute;n.</strong></span></p>]]></description><pubDate>Fri, 12 Mar 2010 17:08:00 +0000</pubDate></item><item><title>Un aroma de flores lascivas</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2009/112503-un-aroma-de-flores-lascivas.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2009/112503-un-aroma-de-flores-lascivas.php</guid><description><![CDATA[<p><br />&nbsp;&laquo;&iexcl;El l&iacute;mite de la curva espacio-tiempo!&raquo;, fueron las &uacute;ltimas palabras que el padre Ulises Lem le oy&oacute; vociferar al comandante Rowulf por el sistema de altoparlantes de la astronave Lorelei II. Despu&eacute;s, el estridente aullido de la sirena de alarma, con sus toques entrecortados, hist&eacute;ricos, y una feroz deflagraci&oacute;n que envolvi&oacute; el compacto recinto de la capilla, donde Lem se hab&iacute;a refugiado un rato antes para entregarse, tan s&oacute;lo como de costumbre, a sus rutinarios ejercicios espirituales.<br />La sirena enmudeci&oacute;, las luces se apagaron tras un fugaz parpadeo, y en medio del silencio y las tinieblas le captur&oacute; un torbellino por cuya rauda espiral se precipit&oacute; hacia el abismo inconmensurable. Todo fue tan inesperado, tan vertiginoso, que ni siquiera atin&oacute; a articular una plegaria por su alma y por las de sus compa&ntilde;eros de expedici&oacute;n.</p><p>Lo primero que vio cuando abri&oacute; los ojos fue la b&oacute;veda poblada de resplandores granates. &Eacute;stos parec&iacute;an proceder de dos discos gemelos, descomunales, casi tangentes entre s&iacute; y muy pr&oacute;ximos al c&eacute;nit: dos sat&eacute;lites rodeados de constelaciones y nebulosas mortecinas que no figuraban en ninguna de las cartas celestes cuyos componentes hab&iacute;a memorizado Lem. Pero el portento mayor no eran esas lunas en cuya factura parec&iacute;a adivinarse la intervenci&oacute;n de una t&eacute;cnica sobrehumana, ni ese cielo irreconocible. El milagro que le hizo pensar instintivamente en los designios inescrutables de la misericordia divina fue su propia supervivencia. Despojado de la escafandra y del traje protector, respiraba normalmente en un medio extra&ntilde;o. Apenas salido de una cat&aacute;strofe cuya clave a&uacute;n ignoraba, se reencontraba gradualmente con sus sensaciones corporales, sin experimentar dolores ni contratiempos.<br />Primero se sent&oacute;, cautelosamente, ensayando los reflejos musculares, flexionando una a una las articulaciones como le hab&iacute;an ense&ntilde;ado a hacerlo en el centro de adiestramiento. Luego se levant&oacute;, explorando las posibilidades de una gravitaci&oacute;n que no le depar&oacute; ninguna sorpresa. Finalmente, dio media vuelta para estudiar su entorno.<br />Fue entonces cuando vio, a pocas decenas de metros, los restos de la nave. Construida con aleaciones que pod&iacute;an resistir las temperaturas de los magmas solares y de los gases incandescentes, hab&iacute;a quedado reducida, sin embargo, a un mont&oacute;n de chatarra calcinada.<br />La angustia y la desolaci&oacute;n de los vac&iacute;os siderales estrujaron las entra&ntilde;as del padre Lem. Su dicha hab&iacute;a sido ef&iacute;mera. Ahora deb&iacute;a asimilar la idea de que sus camaradas hab&iacute;an muerto y de que &eacute;l estaba varado en un vericueto remoto de las trayectorias gal&aacute;cticas. &laquo;&iexcl;El l&iacute;mite de la curva espacio-tiempo!&raquo;, hab&iacute;a exclamado, antes de la hecatombe, el comandante Rowulf. Esta frase cr&iacute;ptica explicaba, tai vez por qu&eacute; &eacute;l, Ulises Lem, deb&iacute;a su salvaci&oacute;n y su condena a un &uacute;nico e inexplicable capricho de la Providencia, que no hab&iacute;a perdonado a los dem&aacute;s.<br />El padre Lem record&oacute; la obligaci&oacute;n que le impon&iacute;an sus votos. Era el capell&aacute;n de la Lorelei II, un capell&aacute;n que hab&iacute;a encontrado muy poco eco en su reba&ntilde;o, pero capell&aacute;n al fin, y deb&iacute;a rezar un responso por el resto de la tripulaci&oacute;n. Se encamin&oacute; hacia la espectral mole inerte, sobre la cual el fulgor granate parec&iacute;a haber generado una fosforescencia ubicua.<br />Adem&aacute;s, este fen&oacute;meno &oacute;ptico se comunicaba al cuerpo del padre Lem. El sacerdote era alto, flaco, nervudo. Su rostro demacrado, de p&oacute;mulos prominentes y ojos ligeramente saltones, estaba enmarcado por una cabellera blanca, larga pero rala, que contribu&iacute;a a avejentarle a pesar de que s&oacute;lo ten&iacute;a cincuenta a&ntilde;os. Con el jersey y los pantalones uniformemente negros, t&iacute;picos de las unidades expedicionarias espaciales, parec&iacute;a un personaje apocal&iacute;ptico, un profeta flam&iacute;gero pronto a descargar su ira sobre territorios que jam&aacute;s hab&iacute;a hollado la planta del hombre.<br />Algo le detuvo, s&uacute;bitamente. Algo sutil, que al principio no pudo identificar, y que diluy&oacute; el mandato del deber lit&uacute;rgico. Se qued&oacute; inm&oacute;vil, como si necesitara discernir las coordenadas de esa comarca antes de seguir adelante. Alz&oacute; la cabeza y sus fosas nasales se dilataron. Su actitud era la de un animal que ventea territorios desconocidos, y sus ojos se apartaron de los restos de la nave para otear el paisaje.<br />La luminosidad crom&aacute;tica de las lunas bastaba para mostrar una extensa llanura cubierta por una alfombra de hierba como las que en ese momento aplastaba bajo sus pies. Y en lontananza se adivinaba una hilera de formas achaparradas que abarcaban todo el per&iacute;metro del horizonte. Pero no eran estas formas las que le hab&iacute;an distra&iacute;do, haci&eacute;ndole olvidar, ya totalmente, su responsabilidad eclesi&aacute;stica.<br />La causa de su enajenaci&oacute;n era el aroma.<br />Ulises Lem inhalaba profundamente, empe&ntilde;ado en individualizar un matiz que avivara en su memoria recuerdos adormecidos. Una evocaci&oacute;n esquiva le cosquilleaba las neuronas, excit&aacute;ndolas, moviliz&aacute;ndolas, y luego se replegaba, casi como si ensayara un juego perverso y provocativo, para dejarle a&uacute;n m&aacute;s ansioso. El perfume estaba asociado, &eacute;l lo intu&iacute;a, lo sab&iacute;a, mejor dicho, con un episodio furtivo, infinitamente obsceno, que hab&iacute;a conseguido sepultar en su inconsciente, al cabo de muchos afanes, y que de pronto pugnaba por aflorar, aprovechando quiz&aacute;s el relajamiento de sus defensas interiores en esa circunstancia cr&iacute;tica.<br />Simult&aacute;neamente, ya fuera porque el aroma hab&iacute;a activado ciertos mecanismos secretos de su imaginaci&oacute;n, o porque la atm&oacute;sfera se estaba modificando, le envolvi&oacute; un vaho c&aacute;lido, bochornoso, que pes&oacute; sobre &eacute;l como una manta. Con una reacci&oacute;n autom&aacute;tica se despoj&oacute; del jersey, a tirones, porque el sudor ya lo hab&iacute;a adherido a su piel. Las lunas dieron una pincelada de color a su torso esquel&eacute;tico, curiosamente desprovisto de vello, y as&iacute; disimularon su blancura enfermiza. Luego, siempre sin pensarlo, y agobiado por la temperatura t&oacute;rrida, se quit&oacute; las botas de media ca&ntilde;a, seguidas por los calcetines, los pantalones y el slip.<br />Al verse desnudo, en medio de la llanura solitaria, Ulises Lem se sobresalt&oacute;. Le acometi&oacute; la verg&uuml;enza, estimulada por la fugaz revitalizaci&oacute;n de las represiones que llevaba profundamente implantadas. Para colmo, observ&oacute; un cambio en su cuerpo, una alteraci&oacute;n que no se produc&iacute;a desde hac&iacute;a muchas d&eacute;cadas. En verdad, desde que &eacute;l hab&iacute;a conseguido sojuzgar sus impulsos bestiales mediante sistem&aacute;ticas mortificaciones y disciplinas. Entre sus muslos, all&iacute; donde crec&iacute;a, aislada, una espesa mata de pelo incongruentemente negro y ensortijado, empezaba a salir de su prolongado reposo una oruga de carne. Ya no estaba fl&aacute;ccida, replegada, como de costumbre, sino que se agitaba recorrida por comezones hormigueantes, desperez&aacute;ndose, buscando la horizontal.<br />La imagen surgi&oacute; entonces, patente, en su cerebro. La evocaci&oacute;n esquiva derrib&oacute; todas las barreras, las compuertas, e irrumpi&oacute; con brutal crudeza. Ulises Lem sinti&oacute; que se le aflojaban las piernas y cay&oacute; de rodillas sobre la alfombra de hierba, cubri&eacute;ndose el rostro con las manos. Ten&iacute;a las mejillas mojadas. Por la transpiraci&oacute;n y el llanto.<br />En aquella ocasi&oacute;n tambi&eacute;n hab&iacute;a estado de rodillas. Ten&iacute;a trece, catorce a&ntilde;os. Qui&eacute;n sabe cu&aacute;ntos. Era una tarde de verano. S&iacute;, tambi&eacute;n c&aacute;lida, bochornosa. El sol entraba por el ancho ventanal del aposento, ba&ntilde;aba el lecho que en su recuerdo adquir&iacute;a dimensiones colosales, y llegaba hasta donde estaba hincado &eacute;l, frente al caj&oacute;n abierto de la c&oacute;moda.<br />&iquest;D&oacute;nde hab&iacute;a sucedido aquello? En una finca de campo, durante las vacaciones. Pero con m&aacute;s precisi&oacute;n, &iquest;d&oacute;nde? &iquest;Qui&eacute;n era el ocupante de esa habitaci&oacute;n? Una mujer, s&iacute;, esa era la alcoba de una mujer. Nuevamente, &iquest;qui&eacute;n? &iquest;Una t&iacute;a? &iquest;Una parienta lejana? &iquest;Tal vez una criada? &iquest;Una amiga de su madre? &iquest;O acaso era posible que...? Sobre ese tramo se corr&iacute;a un velo impenetrable, del que se apart&oacute; con horror, sin atreverse a atisbar siquiera lo que se ocultaba atr&aacute;s.<br />Pero el resto de la imagen conservaba su nitidez. &Eacute;l, postrado frente al caj&oacute;n abierto de la c&oacute;moda. Sus manos hurgaban dentro. Prendas &iacute;ntimas, quim&eacute;ricas, cuya suavidad le exasperaba. Las frotaba entre los dedos, oy&eacute;ndolas crujir y sisear seductoramente. Un fru-fru de seda, de nylon, de raso. Costuras y el&aacute;sticos que hab&iacute;an marcado su trayectoria sobre formas prohibidas. Hebillas de metal y cierres de caucho que apresaban y estiraban y ce&ntilde;&iacute;an. Tules que enfundaban carnes opulentas, agresivas.<br />Extrajo, t&iacute;midamente, una de esas prendas. Se volvi&oacute; a medias para desplegarla frente al sol, para mirarla al trasluz. Negra, transparente, ten&iacute;a la consistencia de una telara&ntilde;a. Pens&oacute; en los secretos que seguramente dejaba entrever, p&eacute;rfidamente, cuando ocupaba el lugar que le correspond&iacute;a. Sus dedos se deslizaron hacia el punto donde conflu&iacute;an todos sus deseos, hacia el centro de las voluptuosidades innombrables. Manose&oacute; la prenda, la acarici&oacute;, la palp&oacute;. La acerc&oacute; a su rostro.<br />El aroma. Ese fue su primer encuentro con el aroma. Lo aspir&oacute; vehementemente, como si quisiera incorporarlo a su organismo, mezclado con el ox&iacute;geno del aire. Como si quisiera convertirlo en el ingrediente esencial de sus procesos qu&iacute;micos vitales, hasta amalgamarse con &eacute;l a lo largo de sucesivas y escalonadas mutaciones de sus tejidos. El aroma. Ex&oacute;ticos b&aacute;lsamos de almizcle, empalagosas maceraciones de flores lascivas. Obedeciendo a un instinto at&aacute;vico, exhal&oacute; luego sobre la tela nuevamente estirada una bocanada de aliento tibio, para extraerle mejor sus efluvios.<br />La embriaguez, el delirio, se agudizaron. Se llev&oacute; la prenda a la boca, la roz&oacute; con los labios, la lami&oacute;, primero con cautela, despu&eacute;s con m&aacute;s exaltaci&oacute;n, confundiendo aroma y sabor, dejando un reguero de saliva sobre el lustroso nylon negro, hasta que, finalmente, presa de un ataque parox&iacute;stico, la sorbi&oacute;, la masc&oacute;, la desgarr&oacute; con los dientes, apret&aacute;ndola con la lengua contra su paladar para exprimir sobre sus papilas gustativas hasta la &uacute;ltima part&iacute;cula de substancia org&aacute;nica.<br />Una de sus manos solt&oacute;, independientemente de su voluntad, la apelmazada y ya empapada bola de nylon, y desabroch&oacute; febrilmente los botones de su pantal&oacute;n. Los dedos se introdujeron por la abertura, extrajeron el cilindro de carne que lat&iacute;a, endurecido, se cerraron sobre &eacute;l e iniciaron un precipitado vaiv&eacute;n...<br />Se abri&oacute; la puerta de la alcoba.<br />Ulises Lem, ni&ntilde;o, adolescente, se paraliz&oacute;. El mundo qued&oacute; en suspenso alrededor de &eacute;l. Lo &uacute;nico que parec&iacute;a no haberse detenido era el torrente de su sangre, que se agolpaba en el bajo vientre, congestion&aacute;ndolo, palpitando convulsivamente.<br />Ella entr&oacute; y cerr&oacute; la puerta a sus espaldas.<br />Era prodigiosamente bella aunque, cosa extra&ntilde;a, su rostro era otro de los pocos elementos que se hab&iacute;an difuminado irrecuperablemente. S&oacute;lo vislumbraba, como entre brumas, una rizada melena cobriza; los ojos verdes, ligeramente rasgados, felinos; la boca de labios gruesos, que siempre delineaba y hac&iacute;a resaltar con una espesa capa de carm&iacute;n. Pero su cuerpo s&iacute; lo ve&iacute;a, a&uacute;n, como si lo tuviera delante. Los pechos altos, majestuosos, exageradamente constre&ntilde;idos por la tela del vestido rojo que llevaba puesto aquel d&iacute;a, prolongaban su surco intermedio m&aacute;s arriba del escote. Los brazos muy blancos, m&oacute;rbidos, se mostraban hasta los hombros, con un nido de vello oscuro que asomaba bajo la axila. La cintura estrecha, pero no demasiado, y las fuertes caderas, eran el preludio de unas nalgas rotundas, por detr&aacute;s, y de unos muslos s&oacute;lidos, bien torneados, por delante. La falda muy ajustada dejaba adivinar los turbadores relieves de aquellas mismas prendas que &eacute;l acababa de sobar y devorar, y terminaba justo sobre los hoyuelos de las rodillas, desde donde las medias negras, primorosamente finas, desped&iacute;an irritantes destellos cada vez que captaban un rayo de luz. Los altos tacones de las sandalias doradas marcaban con premeditada malicia la esbeltez de las corvas y las pantorrillas, la delgadez del tobillo, el declive del empeine, y entre las tiras del calzado asomaban, por delante, los dedos cubiertos por el refuerzo m&aacute;s oscuro y grueso de la media, a trav&eacute;s del cual se transluc&iacute;a el esmalte escarlata de las u&ntilde;as.<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; haces aqu&iacute;? &mdash;pregunt&oacute; la voz que su memoria cargaba de inflexiones roncas, nasales&mdash;. &iquest;Qu&eacute; haces, gandul?<br />Avanz&oacute; lentamente hacia &eacute;l, que continuaba arrodillado, mudo, con la bola de tela en una mano, y la otra cerrada sobre la carne, ocult&aacute;ndola a medias con un improvisado recato que era, si cabe, m&aacute;s escabroso que su desenfreno anterior. El perfume que flotaba adherido a su piel y el sabor que se le revolv&iacute;a en la boca, satur&aacute;ndole las fauces, aumentaban su ofuscaci&oacute;n.<br />&mdash;&iquest;D&oacute;nde has aprendido esas guarradas, sinverg&uuml;enza? &mdash;insisti&oacute; la mujer, deteni&eacute;ndose frente a &eacute;l, en el angosto espacio que separaba la c&oacute;moda del lecho.<br />Al brillar entre las hebras exteriores de su cabellera cobriza, el sol formaba una aureola refulgente. En esa posici&oacute;n, tan pr&oacute;xima, con las piernas r&iacute;gidas y ligeramente separadas, produc&iacute;a un efecto titilante que se comunicaba, por canales desconocidos, hasta aquello que se hab&iacute;a transformado, imprevistamente, en la aguja imantada de sus deseos. Y el polo magn&eacute;tico hacia el que apuntaba la precaria br&uacute;jula era precisamente aquel de donde hab&iacute;a emanado el aroma que &eacute;l terminaba de aspirar, de fagocitar. El aroma que, parad&oacute;jicamente, era m&aacute;s penetrante, m&aacute;s recargado, a medida que se evaporaba de su piel. Como si nuevos efluvios, esta vez despedidos por la fuente, vinieran a reforzarlo.<br />&mdash;Lev&aacute;ntate &mdash;orden&oacute; ella, con tono inapelable.<br />Peor a&uacute;n. Al ponerse en pie, descubri&oacute; que sus ojos quedaban a la altura de los pechos, en cuyos v&eacute;rtices la tela del vestido ostentaba una leve protuberancia que antes no hab&iacute;a estado all&iacute;, un mamel&oacute;n que se hinchaba, rebelde. La metamorfosis le hipnotiz&oacute; y alz&oacute; las dos manos, tr&eacute;mulas, soltando lo que sosten&iacute;a en la una y en la otra. Ni siquiera pens&oacute; en lo que as&iacute; dejaba al descubierto.<br />Reverber&oacute; una sonora bofetada, que le devolvi&oacute; a la realidad. Y otra. Y otra. Su cabeza bamboleaba flojamente sobre el cuello y las l&aacute;grimas brotaron tan insensiblemente que s&oacute;lo se dio cuenta de que lloraba cuando un dejo salobre se mezcl&oacute; con el que ten&iacute;a en la boca, diluy&eacute;ndolo, envileci&eacute;ndolo, despoj&aacute;ndolo de su maravillosa peculiaridad.<br />Se cubri&oacute; el rostro con las manos, presagiando el acto que habr&iacute;a de ejecutar a la hora de la catarsis, y se dej&oacute; arrebatar por la fuerza incontenible de los sollozos. Mientras tanto, ella le hab&iacute;a cogido por los hombros y le zamarreaba violentamente.<br />&mdash;&iexcl;Vicioso! Nunca lo habr&iacute;a imaginado de ti. &iquest;Es que no te das cuenta de que lo que te has llevado a la boca est&aacute; siempre en contacto con las partes m&aacute;s sucias de mi cuerpo? &iquest;Qu&eacute; har&eacute; ahora contigo? &iquest;C&oacute;mo podr&eacute; escarmentarte?<br />Hubo una pausa. &Eacute;l no se movi&oacute;, pero se dio cuenta de que su carne culpable se manten&iacute;a tiesa, quiz&aacute; m&aacute;s dura que antes, como si la referencia que ella hab&iacute;a hecho a las partes sucias de su cuerpo hubiera repercutido directamente sobre un trauma secreto, ingobernable, que le empujaba a perpetrar con renovada furia esas insidiosas profanaciones.<br />&mdash;&iquest;Lloras a&uacute;n? &mdash;pregunt&oacute; ella&mdash;. &iquest;Acaso te he hecho da&ntilde;o? No fue esa... no fue esa mi intenci&oacute;n...<br />Cuando menos lo esperaba, el tono cambi&oacute;. La voz era la misma, ronca, nasal, pero ahora se hab&iacute;a dulcificado, le consolaba.<br />&mdash;Oh, pobrecillo. No te pongas as&iacute;, cari&ntilde;o. Ya pas&oacute;. Ya pas&oacute;. Ver&aacute;s como todo se arregla. Ser&eacute; muy buena contigo. Fue la sorpresa la que me hizo perder la cabeza, &iquest;sabes? Claro, he sido una tonta. Deber&iacute;a haberlo previsto. Ya no eres un ni&ntilde;o. Y yo con esta ropa tan provocativa. &iquest;Pero qu&eacute; es lo que te atrae en m&iacute;? Vamos, dilo. Si soy una pobre vieja. Y sin embargo no hay duda, no hay duda... Esto lo demuestra...<br />Los dedos. &Eacute;l segu&iacute;a cubri&eacute;ndose el rostro con las manos, pero otros dedos, que no eran los suyos, se hab&iacute;an apoderado de su ser y lo masajeaban, lo frotaban. Iban y ven&iacute;an r&iacute;tmicamente, d&aacute;ndole apretones sabios en el momento oportuno. Y despu&eacute;s... Despu&eacute;s...<br />Apart&oacute; las manos para poder ver. S&iacute;, esta vez era ella quien se hab&iacute;a arrodillado y le manipulaba delicadamente, susurr&aacute;ndole incoherencias.<br />&mdash;Pobrecillo, mi ni&ntilde;o, c&oacute;mo le he hecho sufrir. Pero todo pasar&aacute;. Oh, qu&eacute; gallardo es, y qu&eacute; arrogante, qu&eacute; bonito... Un hombrecillo... todo un hombrecillo... As&iacute;, as&iacute; quedar&aacute; conforme. &iquest;Ves... ves...?<br />La voz se troc&oacute; en sonidos ahogados, guturales. Chasquidos babosos restallantes. Una gruta pulposa, libadora, poblada de tibiezas, que absorb&iacute;a sin tregua. El vio, s&iacute;, vio, alelado, absorto, un rastro de carm&iacute;n pastoso sobre la epidermis irritada. Dentro de la caverna, un &oacute;rgano dotado de vida propia se encarnizaba con &eacute;l, someti&eacute;ndole a una flagelaci&oacute;n epil&eacute;ptica.<br />Jam&aacute;s hab&iacute;a sospechado que semejante aberraci&oacute;n pudiera materializarse, y la sola idea de que estaba practicando un rito abominablemente salaz, licencioso, un rito que condensaba sus obsesiones m&aacute;s aviesas, le ayud&oacute; a vencer sus &uacute;ltimas reticencias. Cogi&oacute; con ambas manos los bucles sedosos, para dirigir las alternativas de esa ceremonia servil, gradu&aacute;ndola a su antojo, hasta que con una amalgama de horror y placer se abandon&oacute; a una sucesi&oacute;n de pulsaciones espasm&oacute;dicas que le vaciaron de toda su savia. A pesar de lo cual ella se empecin&oacute; en su faena voraz, que s&oacute;lo concluy&oacute;, de mala gana, cuando &eacute;l lanz&oacute; un gemido de dolor. Las terminaciones de sus nervios parec&iacute;an haber quedado laceradas por el incansable hostigamiento. A continuaci&oacute;n, un vah&iacute;do le hizo vacilar sobre las piernas, y despu&eacute;s de dar un paso tambaleante se dej&oacute; caer sobre el lecho.<br />Sin embargo, la sesi&oacute;n no termin&oacute; all&iacute;. En realidad, s&oacute;lo hab&iacute;a comenzado. A&uacute;n jadeante, con los p&aacute;rpados entrecerrados, vio c&oacute;mo ella se despojaba lentamente del vestido, desabrochando los botones delanteros uno por uno, hasta aparecer sin m&aacute;s ropas que aquellas cuyo perfume le hab&iacute;a arrastrado a esa progresiva degradaci&oacute;n. Luego, tambi&eacute;n las prendas min&uacute;sculas, que revelaban m&aacute;s de lo que ocultaban, cayeron al suelo. S&oacute;lo conserv&oacute;, ce&ntilde;ida a las caderas, una franja de encajes y volados rojos y negros de la que nac&iacute;an dos tiras el&aacute;sticas a ambos costados, para sujetar las medias, cuyo pu&ntilde;o renegrido comprim&iacute;a el muslo y lo ondulaba, por arriba, en una orla de piel marm&oacute;rea. El ignoraba c&oacute;mo se llamaba esa prenda, pero s&iacute; sab&iacute;a que en otras incursiones por el caj&oacute;n de la c&oacute;moda le hab&iacute;a encandilado con la promesa de inefables deleites. El hecho de que la conservara, junto con las medias y las sandalias doradas, inyect&oacute; en la escena un nuevo elemento de complacencia morbosa.<br />La mujer trep&oacute; sobre el lecho, y sus piernas, apoyadas a ambos lados del cuerpo de &eacute;l, formaron un arco, un t&uacute;nel, que se fue deslizando implacablemente hacia arriba, hasta cernirse encima del rostro de Ulises Lem. Desde esa perspectiva, segu&iacute;a viendo las facciones de ella, vueltas hacia abajo, crispadas en un rictus l&uacute;brico. Segu&iacute;a viendo los labios que hab&iacute;an perdido su capa de carm&iacute;n pero que ahora estaban recubiertos por una pel&iacute;cula brillante que la lengua &aacute;gil recorr&iacute;a con viciosa gula. Segu&iacute;a viendo los pechos pesados, exuberantes, parcialmente ocultos por las manos de la mujer, que los somet&iacute;a a una imp&uacute;dica caricia egoc&eacute;ntrica. Pero lo que vio, sobre todo, fue una flor lasciva que le mostraba su corola entreabierta, sus p&eacute;talos tumescentes y rezumantes enclavados en el centro del monte hirsuto, su pistilo apenas disimulado por la capucha distendida, su cavidad de rojas paredes aterciopeladas. All&iacute; resid&iacute;a la mayor promesa, la insinuaci&oacute;n de deslizamientos l&aacute;nguidos, abrigados por la extasiante opresi&oacute;n de membranas untuosas.<br />Le envolvi&oacute; el aroma. Puro, sin la intromisi&oacute;n ni la distracci&oacute;n de los elementos intermedios. El aroma de esa flor lasciva, fuerte, penetrante, corrosivo.<br />&mdash;&iquest;Esto era lo que buscabas, verdad? &mdash;pregunt&oacute; la voz desde arriba&mdash;. Pues ya lo tienes, viciosillo. Aprovecha, aprovecha porque no sabes si se te presentar&aacute; otra oportunidad. Vamos, h&aacute;rtate. Ya... ya... ya... <br />La cabalgata l&uacute;brica que se desarroll&oacute; a continuaci&oacute;n le empuj&oacute; hacia las fronteras de un trance catal&eacute;ptico. La voz sigui&oacute; resonando en la habitaci&oacute;n, pero ahora con inflexiones demenciales, excit&aacute;ndole, espole&aacute;ndole, desafi&aacute;ndole a hundirse cada vez m&aacute;s en la abyecci&oacute;n. Ululaba una delirante letan&iacute;a de interjecciones soeces, de palabras sical&iacute;pticas que hasta entonces &eacute;l s&oacute;lo hab&iacute;a escuchado en las conversaciones prostibularias de sus compa&ntilde;eros de escuela, cuando no las hab&iacute;a visto escritas en las paredes de las letrinas. Algunas le resultaron totalmente nuevas, y &eacute;stas fueron, precisamente por su acepci&oacute;n ambigua, las m&aacute;s estimulantes, las que m&aacute;s le subyugaron, las que m&aacute;s &aacute;nimos le dieron para hacer lo que se esperaba de &eacute;l.<br />Por &uacute;ltimo, incluso le result&oacute; dif&iacute;cil o&iacute;rla, porque los muslos le apretaban las sienes con un vigor incontrolado, maltrat&aacute;ndole, mientras la corola abierta acentuaba el ritmo fren&eacute;tico de la frotaci&oacute;n, hasta contaminarle no s&oacute;lo la boca, la nariz y los ojos, sino todo el rostro y el cabello con la concentrada viscosidad de las mucosas desbordantes.<br />La apoteosis, rugiente, tempestuosa, marcada por una retah&iacute;la de blasfemias inconexas, de desvar&iacute;os obscenos, de gemidos y suspiros org&aacute;smicos, se produjo cuando &eacute;l ya estaba casi asfixiado y desvanecido. Aun as&iacute;, se dio cuenta de que, despu&eacute;s de reposar un momento sobre el lecho, para recuperarse, ella repet&iacute;a, sobre su ariete nuevamente tenso, el rito con que hab&iacute;a iniciado la met&oacute;dica corrupci&oacute;n.<br />AI d&iacute;a siguiente, a primera hora, Ulises Lem ya hab&iacute;a hecho su maleta. Fue a la estaci&oacute;n de ferrocarril, solo, sin despertar a nadie, y regres&oacute; a la ciudad. All&iacute; ingres&oacute; en un colegio religioso, de donde habr&iacute;a de pasar al seminario, con una beca por sus sobresalientes calificaciones, y una vez ordenado sacerdote eligi&oacute; la carrera de capell&aacute;n de los cuerpos expedicionarios espaciales. Era como si quisiera alejarse lo m&aacute;s posible de la escena de su ca&iacute;da.<br />Nunca volvi&oacute; a ver a la mujer.<br />Hubo una &eacute;poca, por supuesto, al principio, en que ef&iacute;meras visiones de tegumentos chorreantes y de crestas pulposas y de acoplamientos grotescos poblaron de angustia sus noches. Pero la voluntad, ayudada por el severo rigor del ayuno y los cilicios, triunf&oacute; sobre esas flaquezas corporales.<br />Ulises Lem descubri&oacute;, con espanto, que ahora toda esa inexpugnable muralla de ascetismo y templanza que hab&iacute;a levantado, trabajosamente, alrededor de sus instintos, se derrumbaba irremisiblemente. El m&aacute;s claro testimonio de ello era el v&aacute;stago erguido y chocante que se empinaba entre sus piernas, con una rigidez que no hab&iacute;a ostentado jam&aacute;s, ni siquiera en aquella jornada de depravaci&oacute;n. Vibraba, sintonizando una confusa est&aacute;tica de llamadas malignas, sigilosas. A&uacute;n no hab&iacute;a localizado la fuente de la emisi&oacute;n, pero su antena enhiesta auscultaba el &eacute;ter con sensibilidad aut&oacute;noma.<br />El aroma, el aroma de la flor lasciva, le envolv&iacute;a como si a&uacute;n impregnara su rostro, como si hubiera quedado latente en sus poros desde el d&iacute;a aquel, para revitalizarse cuando &eacute;l menos lo esperaba. Pero no era de su piel de donde nac&iacute;a, sino que saturaba el aire y llegaba en r&aacute;fagas sofocantes desde el horizonte lejano, donde el reflejo de las lunas granates delineaba el vago perfil de indescifrables masas acechantes.<br />Ulises Lem se puso en pie y march&oacute; por el prado, obedeciendo a la sibilina instigaci&oacute;n. Unos zarcillos invisibles se hab&iacute;an infiltrado en las anfractuosidades de su cerebro, donde transmit&iacute;an &oacute;rdenes cifradas y activaban circuitos largamente descuidados, centros generadores de espejismos concupiscentes, estratos rec&oacute;nditos donde se agazapaban sus anhelos m&aacute;s inconfesables. Su organismo se hab&iacute;a transformado en un ovillo de receptores hipertrofiados sobre los que conflu&iacute;an las llamadas de la genitalidad, y &eacute;l era un aut&oacute;mata gobernado por ondas que oscilaban en una frecuencia subliminal.<br />Obnubilado por su idea fija, ni siquiera hizo caso de los fuselajes corro&iacute;dos de otras naves espaciales que jalonaban la llanura, l&uacute;gubres cenotafios cuya proliferaci&oacute;n delataba, probablemente, la existencia de un plan herm&eacute;tico de ordenamiento c&oacute;smico.<br />A medida que se acercaba al per&iacute;metro de siluetas combadas, not&oacute;, eso s&iacute;, que las briznas de hierba alcanzaban mayor altura. Ya le rozaban las corvas desnudas, pero despu&eacute;s de una primera reacci&oacute;n de recelo se despreocup&oacute;, porque ten&iacute;an una consistencia tersa, sedosa, y en verdad produc&iacute;an un masajeo sensual semejante al que, seg&uacute;n les hab&iacute;a o&iacute;do narrar a los tripulantes de la Lorelei II, administraban algunas hetairas especializadas en las metr&oacute;polis m&aacute;s envilecidas del universo. Y en varios trechos, como si las mutaciones de la flora hubiesen respondido a las excentricidades de una mente tortuosa, algunas de las hierbas, m&aacute;s altas que las otras, ostentaban ap&eacute;ndices que se prolongaban hasta el bajo vientre. Dichos ap&eacute;ndices estaban coronados, adem&aacute;s, por ramilletes de peque&ntilde;as ventosas que se adher&iacute;an brevemente a la piel, en los puntos m&aacute;s susceptibles, en raz&oacute;n de lo cual desencadenaban inquietantes pruritos.<br />Un soplo particularmente intenso del aroma le anunci&oacute; a Ulises Lem que ya estaba pr&oacute;ximo a su meta. Sus ojos, habituados al fulgor granate de las lunas, desentra&ntilde;aron las formas que se alzaban frente a &eacute;l, y le recorri&oacute; un estremecimiento. A primera vista parec&iacute;an flores gigantescas, del tama&ntilde;o de un hombre, o de una mujer, con corolas lobuladas, muy suculentas, glutinosas, recorridas por nervaduras laber&iacute;nticas. De su interior asomaban estambres y pistilos erizados de gruesas cilias vibr&aacute;tiles, y por debajo se implantaban directamente en el suelo, sin la intervenci&oacute;n de un ped&uacute;nculo. Pero lo m&aacute;s prodigioso era el movimiento del que estaban dotadas. Un parsimonioso balanceo pendular, complementado por l&aacute;nguidas fluctuaciones intr&iacute;nsecas que reptaban sobre la superficie de los p&eacute;talos. Grandes goterones de una exudaci&oacute;n oleosa colgaban de los pistilos, y de vez en cuando una convulsi&oacute;n m&aacute;s intensa de la planta los hac&iacute;a caer entre la hierba circundante, donde reventaban y diseminaban sus esencias concentradas.<br />De all&iacute; emanaba el aroma.<br />Por primera vez, Ulises Lem pens&oacute; en la posibilidad de huir. Record&oacute; la ejemplar entereza de aquel otro Ulises que hab&iacute;a sabido eludir la emboscada de las sirenas. Record&oacute; tambi&eacute;n a san Antonio, trabado en desigual batalla con legiones de s&uacute;cubos. Sin embargo, para &eacute;l ya era demasiado tarde. La jungla lujuriante que se extend&iacute;a hasta los confines de ese mundo le hab&iacute;a capturado con sus se&ntilde;uelos ven&eacute;reos. Esas plantas eran el espejo donde se reflejaba la imagen contrahecha de su ignominia pasada. Marchaba al encuentro de su expiaci&oacute;n por un sendero regresivo que le devolv&iacute;a a la matriz de su precoz iniquidad.<br />Porque &eacute;l sab&iacute;a qu&eacute; plantas eran esas. Un expedicionario desequilibrado por el terror, con su personalidad definitivamente alterada por apetitos nefastos, hab&iacute;a intentado describir las flores que crec&iacute;an en un repliegue interdicto del universo. Un repliegue en el que hab&iacute;a ca&iacute;do por azar, seg&uacute;n cre&iacute;a &eacute;l, y del que hab&iacute;a escapado a tiempo en su nave maltrecha. Claro que la cr&oacute;nica de ese &uacute;nico sobreviviente no era fidedigna, precisamente por la ofuscaci&oacute;n del autor. De ella estaba ausente la objetividad cient&iacute;fica, sustituida por hip&oacute;tesis descabelladas, por fabulaciones calenturientas, por sugerencias insidiosas.<br />Ulises Lem hab&iacute;a visto los dibujos sobrecogedores que ilustraban la narraci&oacute;n, completados con una nomenclatura expresamente inventada para designar los &oacute;rganos singulares de esos ominosos engendros. Vocablos absurdos, que no estaban asociados a ninguna rama conocida de la bot&aacute;nica, y que sin embargo hab&iacute;an despertado en &eacute;l turbadores presentimientos. Ahora esos &oacute;rganos, apenas entrevistos en las l&aacute;minas premeditadamente borrosas, se ergu&iacute;an y se hinchaban delante de &eacute;l, con un despliegue intoxicante de epitelios pegajosos.<br />Antes de dar el paso decisivo que le llevar&iacute;a al encuentro de las flores, Ulises Lem intent&oacute; musitar un rezo, exorcizar con su arma de rutina a las sirenas mimetizadas. Cerr&oacute; un momento los ojos, contuvo la respiraci&oacute;n, se acoraz&oacute; contra visiones y aromas. Pero eso fue no s&oacute;lo in&uacute;til sino tambi&eacute;n contraproducente. En la pantalla interior de sus p&aacute;rpados apareci&oacute;, como estereotipada, la otra flor, la que hab&iacute;a estado rampante sobre su rostro en una afiebrada tarde de verano. Y el aroma tambi&eacute;n se yuxtapuso a la fantasmagor&iacute;a, con una cualidad casi &oacute;ptica, en virtud de la cual le resultaba dif&iacute;cil discriminar sus sensaciones. S&oacute;lo una sobresal&iacute;a con mortificante agudeza. Era la que proven&iacute;a del bajo vientre, de un instrumento enardecido que no acataba m&aacute;s imperativos categ&oacute;ricos que los de su apremiante necesidad de desahogo.<br />Entonces, ya sin preocuparse por las consecuencias, Ulises Lem corri&oacute; hacia la flor m&aacute;s pr&oacute;xima. La abarc&oacute; con sus brazos, y las yemas de sus dedos se hundieron en la superficie mullida, resbalando sobre los n&eacute;ctares coagulados, atasc&aacute;ndose en blancos op&eacute;rculos, desliz&aacute;ndose hasta el seno mucilaginoso de concavidades y alv&eacute;olos. Su cetro se aloj&oacute; sin dificultad en una hendidura que parec&iacute;a expresamente destinada a esa intromisi&oacute;n an&oacute;mala, y all&iacute; qued&oacute; cautivo de un protoplasma tibio, compacto y contr&aacute;ctil, animado por d&eacute;biles pulsaciones envolventes.<br />Los nombres que anta&ntilde;o le hab&iacute;an parecido caprichosos y rid&iacute;culos adquirieron de pronto un significado preciso, justo, coherente con una fisiolog&iacute;a cuyos arcanos se desvelaban en el transcurso de la empedernida hibridaci&oacute;n. En semejante trance era imposible ignorar el deleite de los pliscinios prensiles o la cimbreante actividad de las l&eacute;rulas. Los dulimares le hostigaban, le azotaban, se colaban por intersticios umbr&iacute;os, violaban espacios vedados. Las manos de Ulises Lem se crispaban brutalmente sobre las sifias er&eacute;ctiles, magre&aacute;ndolas, retorci&eacute;ndolas, atorment&aacute;ndolas, hasta obligarlas a eyacular nubes de mest&eacute;n iridiscente. Su rostro se hund&iacute;a entre los claumas, chupando y mordiendo la pulpa el&aacute;stica, sorbiendo sus zumos almibarados. Pero el n&uacute;cleo infalible de su potencia estaba sepultado en la m&eacute;dula del ginofio, donde el protoplasma hab&iacute;a arreciado sus latidos hasta tejer alrededor de la carne sobreexcitada una filigrana de sensaciones alucinantes que se fundieron en un ramalazo cicl&oacute;peo, en una descarga entrecortada de simiente.<br />Cuando Ulises Lem se desprendi&oacute; de la planta, exhausto, saciado, tuvo un acceso de remordimiento y pens&oacute; en huir. Sin embargo, su resoluci&oacute;n dur&oacute; poco. Asombrosamente, la feroz expulsi&oacute;n de sus humores no s&oacute;lo no le hab&iacute;a desentumecido, sino que, por el contrario, la rigidez hab&iacute;a llegado a un nuevo apogeo.<br />Mec&aacute;nicamente, tom&oacute; por asalto el ginofio de otra flor, y aunque esta vez sus acrobacias resultaron m&aacute;s trabajosas y prolongadas, al espasmo final tampoco le sigui&oacute; la previsible distensi&oacute;n. Presa de un frenes&iacute; rabioso, Ulises Lem se encarniz&oacute;, a partir de ese instante, con una flor tras otra. La luz granate de las lunas gemelas le mostr&oacute; contorsion&aacute;ndose entre los pliscinios, columpi&aacute;ndose sobre las l&eacute;rulas, someti&eacute;ndose a la intromisi&oacute;n de los dulimares, maltratando las sifias, ba&ntilde;&aacute;ndose en el mest&eacute;n, revolc&aacute;ndose entre los claumas. Y, sobre todo, derram&aacute;ndose, una y otra vez, en los ginofios.<br />Hasta que la fibrilaci&oacute;n del m&uacute;sculo card&iacute;aco le abati&oacute; en medio de un paroxismo de placer.<br />Las lunas se ocultaron detr&aacute;s del horizonte y fueron sustituidas por un sol cintilante, cuyos rayos se proyectaban desde una b&oacute;veda viol&aacute;cea. El ciclo se repiti&oacute; muchas veces, y el cad&aacute;ver de Ulises Lem, al principio intacto, con el obelisco de carne incorruptible apuntando al cielo, se cubri&oacute; poco a poco de bubones y excrecencias. Que luego se abrieron y dejaron asomar los reto&ntilde;os del mest&eacute;n instilado en la materia org&aacute;nica fecundante y nutricia. El cuerpo s&oacute;lo desapareci&oacute; cuando los capullos terminaron de eclosionar. La floraci&oacute;n sigui&oacute; su curso.</p><p><strong>Eduardo Goligorsky</strong></p><p>Eduardo Goligorsky naci&oacute; en Buenos Aires el 30 de marzo de 1931. Actualmente reside en Espa&ntilde;a, donde alterna su profesi&oacute;n de traductor con la de asesor literario y periodista. Autor prol&iacute;fico, se inici&oacute; literariamente en Argentina como introductor de los mejores escritores americanos de la &laquo;serie negra&raquo; en castellano, al tiempo que escrib&iacute;a gran n&uacute;mero de novelas polic&iacute;acas &mdash;la primera de ellas Lloro a mis muertos, a la que sigui&oacute; una veintena m&aacute;s&mdash; con el seud&oacute;nimo de James Alistair, con el que firm&oacute; tambi&eacute;n su libro de relatos fant&aacute;sticos Pesadillas.<br />Ya en el campo de la ciencia ficci&oacute;n, en 1966 escribi&oacute; en colaboraci&oacute;n con el poeta Alberto Vanasco el libro de relatos Memorias del futuro, al que sigui&oacute; en 1967 Adi&oacute;s al ma&ntilde;ana. Bajo su impulso se edit&oacute; tambi&eacute;n en 1969 la antolog&iacute;a Los argentinos en la luna, y en 1969 public&oacute; su obra cr&iacute;tica Ciencia ficci&oacute;n, realidad y psicoan&aacute;lisis, escrita en colaboraci&oacute;n con Marie Langer, tambi&eacute;n presente en esta antolog&iacute;a. En 1977 aparec&iacute;a, ya en Espa&ntilde;a, su obra A la sombra de los b&aacute;rbaros, que recog&iacute;a lo mejor de su obra corta de ciencia ficci&oacute;n.</p><p><br />Lo mejor de la ciencia ficci&oacute;n latinoamericana<br />Bernard Goorden, Alfred E. van Vogt<br />(recopiladores)<br />Ediciones Mart&iacute;nez Roca, S. A., 1982</p>]]></description><pubDate>Wed, 25 Nov 2009 04:32:00 +0000</pubDate></item><item><title>La Oscuridad</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2009/112502-la-oscuridad.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2009/112502-la-oscuridad.php</guid><description><![CDATA[<p><br />Wladas acept&oacute; la realidad del fen&oacute;meno m&aacute;s tarde que los dem&aacute;s. Era soltero, distra&iacute;do y muy pr&aacute;ctico. Tan s&oacute;lo al segundo d&iacute;a, cuando todos comentaban que la oscuridad diurna crec&iacute;a cada vez m&aacute;s y que las luces eran m&aacute;s d&eacute;biles, admiti&oacute; que s&iacute;. Una vieja hablaba a gritos de que el mundo iba a acabarse. Se formaban tertulias para discutir el fen&oacute;meno, y se daban innumerables explicaciones metaf&iacute;sicas, mezcladas con los comentarios cient&iacute;ficos de los peri&oacute;dicos. &Eacute;l se fue a trabajar, normalmente. El propio jefe, siempre invisible, estaba en una ventanilla, hablando con un amigo. La mayor parte de los funcionarios no estaban. La enorme sala llena de mesas se ve&iacute;a casi despoblada, definiendo el grado de importancia del acontecimiento. Record&oacute; la revoluci&oacute;n, en su juventud.<br />Algo que irrumpe, haci&eacute;ndonos rebelar y arrastr&aacute;ndonos hacia un destino que no escogemos. Pero una revoluci&oacute;n es algo distinto. Tiros, bombardeos, muertes. Ahora era un fen&oacute;meno extra&ntilde;o, ciertamente, pero que no alcanzaba la categor&iacute;a de calamidad p&uacute;blica. Los que se ocupan del tiempo fueron los primeros en observarlo. La luz del sol parec&iacute;a m&aacute;s opaca, las casas y objetos estaban orlados por una creciente penumbra. Al principio creyeron que era una ilusi&oacute;n &oacute;ptica, pero de noche la propia luz el&eacute;ctrica era tambi&eacute;n mas d&eacute;bil. Las mujeres observaron que los l&iacute;quidos no llegaban a hervir y que los alimentos permanec&iacute;an duros. Wladas se aproxim&oacute; al jefe. Estaba citando opiniones competentes, o&iacute;das en la radio. Eran vagas y contradictorias. Las personas nerviosas hac&iacute;an que cundiera el p&aacute;nico, y las estaciones ferroviarias y las terminales de autobuses estaban repletas de millares de personas que hu&iacute;an, nadie sab&iacute;a adonde. Wladas dudaba que el fen&oacute;meno fuera universal como dec&iacute;an las noticias.<br />Los &uacute;ltimos telegramas afirmaban que las sombras aumentaban r&aacute;pidamente. Alguien encendi&oacute; un f&oacute;sforo, y comenzaron las experiencias que se hac&iacute;an en todas partes: se encend&iacute;an mecheros y linternas el&eacute;ctricas, y se apuntaban a los rincones, notando que la llama y la luz eran menos intensas. Las l&aacute;mparas no iluminaban como antes. No pod&iacute;a tratarse de una dolencia visual colectiva. La gente pasaba los dedos por encima del fuego sin quemarse. Muchos ten&iacute;an miedo, pero Wladas no sent&iacute;a ninguno. Aquella animaci&oacute;n general, el asunto &uacute;nico que dominaba todas las conversaciones aproximaba a todos; era un espect&aacute;culo humano que hac&iacute;a olvidar las inquietudes del ma&ntilde;ana. Volvi&oacute; a casa a las diecis&eacute;is horas. Las luces estaban encendidas. No iluminaban casi nada, parec&iacute;an bolas rojizas, como se&ntilde;ales de peligro. En el bar donde sol&iacute;a comer consigui&oacute; que le sirviesen bocadillos fr&iacute;os. S&oacute;lo estaban el due&ntilde;o y un camarero, que se marcharon inmediatamente despu&eacute;s que el, andando despacio en la penumbra.<br />Wladas lleg&oacute; sin dificultad a su apartamento. Estaba acostumbrado a regresar tarde sin encender la luz del descansillo. El ascensor no funcionaba; tuvo que subir por la escalera hasta el tercer piso. Puso a todo volumen su radio port&aacute;til, y ni siquiera peg&aacute;ndola a su o&iacute;do pudo percibir m&aacute;s que sonidos indistintos, no sab&iacute;a si voces o est&aacute;tica. Se sent&oacute; al borde de la cama con una penosa sensaci&oacute;n de aislamiento. Abri&oacute; la ventana y se reconfort&oacute; con los millares de bolas rojizas, l&aacute;mparas encendidas en los grandes edificios, cuyas siluetas apenas se destacaban contra un cielo sin estrellas. A tientas, Wladas hall&oacute; una vela en un caj&oacute;n y la encendi&oacute;. La llama, sin ning&uacute;n calor, era corta y p&aacute;lida, y apenas permit&iacute;a ver las manecillas del reloj de pulsera a un palmo de distancia. Se sinti&oacute; triste y mal. Deb&iacute;a de ser la ausencia de tr&aacute;fico. No se o&iacute;a ning&uacute;n autom&oacute;vil por las calles, s&oacute;lo gritos y voces distantes, tal vez gente extraviada, padres de familia volviendo a pie de su trabajo. De no ser por la luz de la vela, se dir&iacute;a que era un fallo de la electricidad. Fue a la nevera y bebi&oacute; un vaso de leche. El hielo se desprend&iacute;a con un ruido seco, el motor no funcionaba. Lo mismo ocurr&iacute;a con la bomba de subir el agua; dentro de poco el dep&oacute;sito del edificio se agotar&iacute;a. Puso el tap&oacute;n del desag&uuml;e de la ba&ntilde;era y la llen&oacute; completamente. Hall&oacute; su linterna el&eacute;ctrica de tres pilas y recorri&oacute; el peque&ntilde;o apartamento, ansioso por hallar sus pertenencias a la d&eacute;bil luz. Dej&oacute; los botes de leche en polvo, el az&uacute;car y la comida sobre la mesa de la cocina. Hab&iacute;a galletas y una caja de bombones. Quien viviera en familia se ayudar&iacute;a mutuamente &Eacute;l ten&iacute;a que cuidarse a s&iacute; mismo, prever lo peor. Cerr&oacute; la ventana, apag&oacute; las luces y se acost&oacute;. Un escalofr&iacute;o recorri&oacute; su cuerpo; sinti&oacute; la realidad del peligro. Nunca hab&iacute;a ocurrido una oscuridad igual, nunca en la historia de la Tierra. No era solamente la claridad del sol lo que se apagaba, sino todo lo que emitiese luz, los destellos y el calor luminoso, las hogueras, las chispas de las piedras de afilar y los motores, las sustancias qu&iacute;micas, las luci&eacute;rnagas y las linternas. Wladas lo sab&iacute;a, los &uacute;ltimos peri&oacute;dicos lo publicaban. Hab&iacute;an parado tambi&eacute;n, como los autom&oacute;viles, los camiones, los autocares, los aviones y los trenes. Se o&iacute;an gritos y llamadas a lo lejos. Wladas procur&oacute; relajar los m&uacute;sculos y dormir. Al d&iacute;a siguiente todo se normalizar&iacute;a. Volver&iacute;an las luces, las radios, los veh&iacute;culos...<br />Durmi&oacute; en un sue&ntilde;o agitado, con pesadillas confusas y desagradables. En el apartamento de al lado lloraba un ni&ntilde;o, pidiendo a su madre que encendiera la luz. Se despert&oacute; sobresaltado. Con la linterna el&eacute;ctrica pegada al reloj vio que eran las ocho de la ma&ntilde;ana. Salt&oacute; de la cama y abri&oacute; la ventana. La oscuridad era casi total. Por el este se ve&iacute;a el sol, rojo y redondo, como si estuviera detr&aacute;s de un grueso cristal ahumado. En la calle se ve&iacute;an pasar siluetas como bultos. Wladas se lav&oacute; con dificultad, fue a la cocina, tom&oacute; leche condensada y galletas. La fuerza de la costumbre le hizo pensar en su empleo. Descubri&oacute; que no sab&iacute;a ni siquiera hac&iacute;a d&oacute;nde deb&iacute;a ir. Record&oacute; su terror infantil una vez que lo encerraron en un armario. Le faltaba aire, y la oscuridad le oprim&iacute;a. Respir&oacute; profundamente junto a la ventana. Sobre el fondo negro del cielo se destacaba el disco rojo del sol. Se esforz&oacute; en razonar con calma, en hacer deducciones. Al principio los cient&iacute;ficos hab&iacute;an emitido hip&oacute;tesis y an&aacute;lisis.<br />Por aquel entonces la electricidad consegu&iacute;a a&uacute;n hacer girar la rotativa de los peri&oacute;dicos, y las radios emit&iacute;an sonidos por sus altavoces, ahora mudos. &iquest;Qu&eacute; estar&iacute;a haciendo el gobierno para protegerlos a todos?. Era inexplicable que los rayos del sol desaparecieran la temperatura siguiera siendo normal. Se tratar&iacute;a de un gas desconocido e invisible que alteraba las leyes comunes. Wladas no consigui&oacute; coordinar su pensamiento. La oscuridad le impulsaba a correr en busca de auxilio. Apret&oacute; los pu&ntilde;os, se repiti&oacute; para s&iacute; mismo: &laquo;Debo mantener la calma, defender mi vida hasta que todo se normalice&raquo;.<br />Ten&iacute;a una hermana casada que viv&iacute;a a tres manzanas de distancia.<br />La necesidad de comunicarse con alguien le hizo decidirse a ir hasta all&iacute; y ayudarles en lo que fuera posible. Se meti&oacute; la linterna el&eacute;ctrica en el bolsillo, aunque no le sirviese de nada. Cerr&oacute; la puerta del apartamento y fue andando en la oscuridad del descansillo en direcci&oacute;n a la escalera, apoy&aacute;ndose en la pared. A su lado se abri&oacute; una puerta, y una voz ansiosa de hombre pregunt&oacute;:<br />&mdash;&iquest;Qui&eacute;n est&aacute; ah&iacute;?<br />&mdash;Soy yo, Wladas, del apartamento 312 &mdash;respondi&oacute;.<br />Sab&iacute;a qui&eacute;n era, un hombre vulgar, con mujer y dos hijos.<br />&mdash;Por favor &mdash;pidi&oacute; &eacute;ste&mdash;, d&iacute;gale a mi mujer que la oscuridad va a pasar. Est&aacute; llorando desde ayer, y los ni&ntilde;os tienen miedo.<br />Wladas se acerc&oacute; a tientas. La mujer parec&iacute;a estar al lado del marido, sollozando en voz baja. Procur&oacute; sonre&iacute;r, aunque no le viesen.<br />&mdash;Est&eacute;se tranquila, se&ntilde;ora, es s&oacute;lo la oscuridad, pero a&uacute;n se ve el sol all&aacute; fuera. No hay peligro, luego pasar&aacute;.<br />&mdash;&iquest;Est&aacute;s oyendo? &mdash;secund&oacute; el hombre&mdash;, es s&oacute;lo la oscuridad, no le va a pasar nada a nadie, tienes que calmarte, por los ni&ntilde;os.<br />A juzgar por los ruidos, Wladas adivin&oacute; que los ni&ntilde;os estaban agarrados unos a otros. Permaneci&oacute; en silencio unos segundos y luego dijo, r&aacute;pido:<br />&mdash;Ahora tengo que irme, si necesitan alguna cosa...<br />El hombre se despidi&oacute;, animando a la mujer:<br />&mdash;No, muchas gracias, esto va a pasar, hasta luego.<br />En la escalera no se ve&iacute;a nada. Wladas baj&oacute; agarr&aacute;ndose al pasamanos. O&iacute;a retazos de conversaciones a trav&eacute;s de las puertas de los apartamentos. La falta de luz hac&iacute;a que todo el mundo hablase m&aacute;s alto, o quiz&aacute; las voces destacaban m&aacute;s en el silencio general.<br />Lleg&oacute; a la calle. El sol estaba alto pero no iluminaba pr&aacute;cticamente nada, tal vez menos que la luna en cuarto menguante. De vez en cuando pasaban hombres, solos o en grupos. Hablaban en voz alta. Algunos andaban a trompicones, tropezando en los desniveles de la calzada. Wladas ech&oacute; a andar, visualizando mentalmente el camino hasta casa de su hermana. La rojiza claridad disminu&iacute;a en las sombras de los edificios. Con los brazos extendidos apenas pod&iacute;a divisar los dedos. Andaba con cautela, asombr&aacute;ndose de los que pasaban aprisa. De un terrado cualquiera le llegaba el ladrido de un perro, que fue coreado a lo lejos. Se o&iacute;an confusos gritos de llamada. Alguien caminaba rezando.<br />Wladas iba pegado a las paredes para no chocar con nadie. Deb&iacute;a de estar a mitad de camino. Se detuvo para recuperar el aliento. Sus pulmones jadeaban en busca de aire, sus m&uacute;sculos estaban tensos y cansados. El &uacute;nico punto de referencia era la mancha del sol, cada vez m&aacute;s d&eacute;bil. Por unos instantes imagin&oacute; que tal vez los otros vieran m&aacute;s que &eacute;l. Pero de todos lados se alzaban gritos y voces. Wladas gir&oacute; la cabeza. El disco rojo desapareci&oacute; pulsando. La negrura era absoluta. Un hombre pas&oacute; gritando en otro idioma. Se percib&iacute;a ruido de quejas y palabras entrecortadas. Wladas sac&oacute; una caja de cerillas de su bolsillo y frot&oacute; una con cuidado. Se oy&oacute; el ruido caracter&iacute;stico, pero no brot&oacute; llama alguna. Encendi&oacute; la linterna ante sus ojos: nada. Si apretaba los p&aacute;rpados ve&iacute;a danzar manchas de luz. &iquest;Qu&eacute; hacer? Permanecer inm&oacute;vil, escuchando el coro de medrosos ni&ntilde;os y de aquellos que perd&iacute;an el control, pod&iacute;a llevarle a decisiones irreflexivas. La oscuridad era total. Sin la silueta de los edificios se sinti&oacute; perdido. Memoriz&oacute; el trayecto que hiciera hasta all&iacute;. Imposible continuar. Intentar&iacute;a regresar al apartamento. &iquest;Qu&eacute; hora ser&iacute;a? Apoy&oacute; el reloj de pulsera contra su o&iacute;do. No consigui&oacute; abrir el cristal con la u&ntilde;a, para comprobar las manecillas por el tacto. Con la mano derecha tocando una pared y la izquierda en arco al frente dio media vuelta, arrastrando los pies por la acera. Conoc&iacute;a aquel trecho; sus manos identificaban algunas puertas y escaparates. Transpiraba y se estremec&iacute;a, concentrando sus sentidos en el camino de regreso.<br />Al girar una esquina oy&oacute; palabras incomprensibles de un hombre que ven&iacute;a en su direcci&oacute;n. Tal vez bebido, se agarr&oacute; con fuerza a Wladas, gritando, y &eacute;ste intent&oacute; soltarse, perdiendo la calma, gritando a&uacute;n m&aacute;s que el otro cosas sin sentido. Wladas lo sujet&oacute; desesperadamente por la garganta, lo empuj&oacute; hacia atr&aacute;s. El hombre cay&oacute; y empez&oacute; a gemir. Con los brazos extendidos al frente, en defensa, Wladas anduvo unos pasos, atento a su alrededor. El borracho lloraba y gem&iacute;a, como si le doliera algo. Pens&oacute; en hablar con &eacute;l, en socorrerle, pero el forcejeo le hab&iacute;a agotado. Recel&oacute; verse dominado y se alej&oacute; a toda prisa, mientras el hombre lloraba tras &eacute;l. Una puerta rota golpeaba una y otra vez en alg&uacute;n lugar contra su batiente, y surg&iacute;an ruidos inconcretos de las casas y apartamentos, no cubiertos por los ruidos de los motores, radios y veh&iacute;culos. En la oscuridad. Wladas lleg&oacute; hasta su casa. Sus manos palpaban, reconociendo puertas de tiendas, paredes de viviendas y sus portales Con la alegr&iacute;a de llegar, tropez&oacute; y cay&oacute; en los primeros pelda&ntilde;os. Alguien grit&oacute;:<br />&mdash;&iquest;Qui&eacute;n est&aacute; ah&iacute;?<br />&mdash;Soy yo, Wladas, del tercer piso.<br />Una voz pregunt&oacute;:<br />&mdash;&iquest;Usted estaba ah&iacute; fuera? &iquest;Se ve algo en alg&uacute;n lugar?<br />&mdash;No, no se ve nada en parte alguna.<br />Hubo un silencio, y subi&oacute; a tientas. Regresaba a su apartamento. All&iacute; conoc&iacute;a la posici&oacute;n de los muebles y los objetos, pod&iacute;a controlar las pertenencias familiares hasta que la pesadilla terminase. Movi&eacute;ndose con cuidado, abri&oacute; su puerta y se derrumb&oacute; en la cama.<br />Fue un descanso corto y ansioso. No pod&iacute;a desagarrotar sus m&uacute;sculos, pensar con tranquilidad. Se arrastr&oacute; hasta la cocina, consigui&oacute; abrir la tapa del reloj con un cuchillo. Palp&oacute; las manecillas. Eran las once o las doce, aproximadamente. No ten&iacute;a hambre, pero abri&oacute; la nevera, comiendo los bocadillos guardados de la v&iacute;spera. El agua goteaba del congelador; el hielo estaba completamente derretido. Con lentitud, disolvi&oacute; leche en polvo en un vaso de agua y se la bebi&oacute;. Regres&oacute; al cuarto y se tendi&oacute;, pero hall&oacute; imposible permanecer sumido en sus pensamientos sin tomar ninguna decisi&oacute;n. Llamaron a la puerta. Su coraz&oacute;n lati&oacute; aceleradamente. Grit&oacute; que esperasen, lleg&oacute; hasta ella y pregunt&oacute; qui&eacute;n era antes de abrir. Por la respuesta supo que era el vecino de antes. Hab&iacute;a tenido dificultades en hallar la puerta correcta. Ped&iacute;a agua para sus hijos. Wladas le cont&oacute; lo de la ba&ntilde;era llena, y fue con &eacute;l a buscar a su esposa y los ni&ntilde;os. Su previsi&oacute;n le hab&iacute;a valido. Se cogieron todos de la mano y fueron desliz&aacute;ndose en fila india por el descansillo, los ni&ntilde;os m&aacute;s tranquilos, y hasta la mujer dej&oacute; de llorar y de repetir: &laquo;Gracias, muchas gracias&raquo;. Wladas los condujo hasta la cocina e hizo que se sentaran. Los peque&ntilde;os se agarraban al cuello de su madre. Palp&oacute; un armario, rompi&oacute; un vaso y encontr&oacute; una jarra de aluminio que llen&oacute; en la ba&ntilde;era y llev&oacute; a la mesa. Fue entregando vasos de agua a los dedos que se los solicitaban. Sin divisar d&oacute;nde estaban situados, el agua resbalaba por su mano. Mientras beb&iacute;an, pens&oacute; que deb&iacute;a ofrecerles algo de comer. El ni&ntilde;o dijo que ten&iacute;a hambre. Wladas fue a buscar un bote grande de leche en polvo y empez&oacute; a prepararla con precauci&oacute;n Mientras efectuaba los gestos lentos de abrir el bote, contar las cucharadas y mezclarlas con el agua, hablaba en voz alta y recib&iacute;a los &aacute;nimos de los dem&aacute;s, recomend&aacute;ndole cuidado y aplaudiendo su habilidad. Le llev&oacute; m&aacute;s de una hora distribuir la leche a todos, y le hizo bien el esfuerzo de no equivocarse, la certeza de estar siendo &uacute;til.<br />Uno de los ni&ntilde;os ri&oacute; una broma. Por primera vez desde que oscureciera. Wladas sinti&oacute; optimismo. La impresi&oacute;n de que todo terminar&iacute;a bien. Prob&oacute;, con argumentos l&oacute;gicos, que en modo alguno pod&iacute;a prolongarse aquella sombra extra&ntilde;a. Eran contradictorios y complicaban todas las deducciones, pero el hombre del apartamento vecino y su familia los apoyaron con exclamaciones, como si &eacute;l, por si solo, tuviese el poder de devolverlo todo a la normalidad. Pasaron la tarde en su apartamento, procurando hablar, aunque no tuvieran nada de qu&eacute; hablar; intentando divisar, apoyados contra la ventana, alguna luz distante, percibiendo a veces alguna, entusiasmados, para descubrir luego el error, que no admit&iacute;an, de que hab&iacute;a sido tan s&oacute;lo un destello que tan pronto como apareciera hab&iacute;a desaparecido. Wladas se convirti&oacute; en el l&iacute;der de aquella familia; los alimentaba y conduc&iacute;a por el peque&ntilde;o mundo de sus aposentos, que conoc&iacute;a &laquo;con los ojos cerrados&raquo;... Estuvieron ocupados toda la tarde, haciendo muy poca cosa, pasando mucho tiempo para realizar los gestos m&aacute;s simples: llevar una silla de un lado a otro, buscar objetos ca&iacute;dos que no aparec&iacute;an... Ser&iacute;an las nueve o las diez de la noche cuando Wladas los acompa&ntilde;&oacute;, ayud&aacute;ndoles a acostar a los ni&ntilde;os. Por un momento pareci&oacute; que para ellos s&oacute;lo se hubiera fundido un fusible; saltaban y re&iacute;an. En la oscuridad otros deb&iacute;an de estar sufriendo, enfermos y con dolores, sin m&eacute;dicos ni medicamentos; ni&ntilde;os con hambre y sed. En las calles, padres desesperados gritaban pidiendo comida. Wladas cerr&oacute; las ventanas para no o&iacute;rlos. Lo que ten&iacute;a dar&iacute;a para un d&iacute;a o dos, alimentando a los cinco. Su vecino, emocionado, le pidi&oacute; que se quedara con ellos; los ni&ntilde;os se sentir&iacute;an mejor. Accedi&oacute;. Volvi&oacute; a su apartamento, donde se arregl&oacute;. Se puso un pijama, aun sabiendo que nadie lo notar&iacute;a. Cerr&oacute; su puerta con llave para prevenir una improbable invasi&oacute;n. Fue reconfortante o&iacute;r c&oacute;mo saludaron los ni&ntilde;os su llegada:<br />&mdash;&iexcl;T&iacute;o Wladas ya est&aacute; aqu&iacute;, mam&aacute;!<br />Se sinti&oacute; conmovido. En la oscuridad no era preciso disimularlo. La memoria visual es d&eacute;bil. Wladas recordaba s&oacute;lo vagamente la fisonom&iacute;a de sus nuevos amigos, a los que antes apenas prestaba atenci&oacute;n en sus idas y venidas. Fue instalado en un gran sof&aacute; a un lado del sal&oacute;n. Hablaron, acostados, dejando que las palabras se&ntilde;alaran su presencia y su compa&ntilde;&iacute;a. Terminaron durmi&eacute;ndose, aferrados a las almohadas, como n&aacute;ufragos agarrados a una tabla que oyeran gritos de socorro sin poder acudir a ellos. Se durmieron, o tal vez se quedaron quietos, fingiendo, para no molestar a los dem&aacute;s. &iquest;Qu&eacute; har&iacute;a el mundo, inmerso en la oscuridad, para no perecer? Una ventana dejaba entrar las voces. En ocasiones era s&oacute;lo un: &laquo;&iexcl;Ayuda, necesito comida!&raquo;. Otras hac&iacute;an descripciones completas, a gritos, mientras zigzagueaban por las calles llenas de detritus, hablando de su familia sin alimentos. Wladas procuraba no pensar. Apretaba la almohada contra su cabeza, repitiendo que no pod&iacute;a hacer nada. Durmieron, empujados por el cansancio, so&ntilde;ando con un amanecer de cielo azul, con el sol inundando las habitaciones, los ojos aliment&aacute;ndose de todos los colores despu&eacute;s de aquel ayuno. Fue diferente. Wladas se sent&oacute; en el sof&aacute; y su vecino susurr&oacute;:<br />&mdash;Se&ntilde;or Wladas, &iquest;est&aacute; usted despierto?<br />Hab&iacute;a dejado un cuchillo sobre la silla para descubrir las horas. Ten&iacute;a pr&aacute;ctica; levant&oacute; en seguida la tapa de cristal: las ocho, m&aacute;s o menos. Los otros se agitaron, y se inici&oacute; el complicado aseo, hecho con un caldero de agua tra&iacute;do por Wladas, que inici&oacute; con cuidado la preparaci&oacute;n de los vasos de leche y la separaci&oacute;n de las galletas en raciones iguales. La procesi&oacute;n en fila india, todos d&aacute;ndose las manos, se dirigi&oacute; de nuevo a la cocina, donde tomaron el frugal refrigerio. Los ni&ntilde;os golpeaban contra los muebles, se perd&iacute;an en el peque&ntilde;o sal&oacute;n, su madre les rega&ntilde;aba ansiosa. Cuando se sentaron en las sillas no sab&iacute;an qu&eacute; hacer. Los vasos usados se quedaron sucios para no desperdiciar agua.<br />Volvieron sobre las causas del fen&oacute;meno, inventando razones e hip&oacute;tesis que trascend&iacute;an de la ciencia. Por el momento soportaban las dificultades con la esperanza de volver pronto a la normalidad, quiz&aacute;s en las pr&oacute;ximas horas. Wladas apunt&oacute; imprudentemente que la situaci&oacute;n pod&iacute;a prolongarse para siempre. La mujer se ech&oacute; a llorar, y fue dif&iacute;cil calmarla. Los ni&ntilde;os hac&iacute;an preguntas imposibles de responder. Wladas palpaba las manecillas del reloj, sin saber qu&eacute; hacer. Sinti&oacute; ansias de hacer algo, se levant&oacute;, iba a salir para investigar. Ellos protestaron; ser&iacute;a peligroso e in&uacute;til. Se apoyaban en &eacute;l, ten&iacute;an miedo de quedarse solos y perderlo. Tuvo que garantizarles que no se alejar&iacute;a m&aacute;s de veinte metros del edificio, s&oacute;lo hasta la esquina, no cruzar&iacute;a la calle. Apretaron fuertemente su mano antes de salir.<br />Cuando lleg&oacute; a la escalera, baj&oacute; m&aacute;s aprisa. Sus pies tocaban obst&aacute;culos dif&iacute;ciles de identificar. Cruz&oacute; la puerta principal del edificio, pegado a la pared, escuchando. Soplaba un viento fr&iacute;o, arrastrando papeles con un ruido fofo. Hab&iacute;a ladridos muy lejos, que a veces se recrudec&iacute;an, y voces, muchas e ininteligibles. Wladas record&oacute; sus paseos en la hacienda del abuelo. Solo entre los &aacute;rboles, hab&iacute;a o&iacute;do tambi&eacute;n el viento agitando las hojas y trayendo retazos de conversaciones de las casas del otro lado de la colina. Estaba inm&oacute;vil, tenso, a la expectativa. Camin&oacute; algunos metros. S&oacute;lo los o&iacute;dos captaban el pulsar de la ciudad ahogada. Con ojos abiertos o cerrados, siempre era el mismo color, negro sin fin ni principio. Era terrible permanecer all&iacute;, quieto, a la espera de nada.<br />Los fantasmas de la infancia cercaron a Wladas, y &eacute;ste se dio la vuelta hacia su edificio casi corriendo, ara&ntilde;&aacute;ndose las manos contra las paredes, tropezando en los escalones, subiendo de prisa, mientras voces medrosas gritaban: &laquo;&iquest;Qui&eacute;n est&aacute; ah&iacute;, qui&eacute;n est&aacute; ah&iacute;?&raquo;. &Eacute;l respond&iacute;a, sin aliento, subiendo los pelda&ntilde;os de dos en dos, hasta llegar entre sus amigos que tropezaban entre s&iacute; para acudir a su encuentro, temerosos de que estuviera herido, deseando preguntarle qu&eacute; hab&iacute;a ocurrido. Se sent&oacute; y respir&oacute;, aliviado. Ri&oacute; y confes&oacute; que hab&iacute;a sentido miedo, que hab&iacute;a subido corriendo. All&iacute; fuera todo era igual que aqu&iacute;. Permanecieron encerrados el resto del d&iacute;a, si pod&iacute;a emplearse esa palabra. Las menores acciones se hac&iacute;an dif&iacute;ciles sin luz, y eso serv&iacute;a para mantenerlos ocupados, lo cual era mejor que pensar. Hablaban mucho, y cuando se dedicaban a algo iban escribiendo lo que hac&iacute;an. De tanto en tanto las palabras que los un&iacute;an se interrump&iacute;an. Nadie pod&iacute;a saber nada, pero todos levantaban las cabezas al mismo tiempo, escrutando, respirando fuerte, aguardando un milagro que no surg&iacute;a.<br />Racionada y repartida, la caja de bombones se acab&oacute;. A&uacute;n que daban galletas y leche en polvo, pero si la luz no volv&iacute;a pronto era dif&iacute;cil prever las consecuencias. Pasaban las horas. Acostados de nuevo, con los ojos cerrados, luchando por dormir, aguardaban una ma&ntilde;ana de rendijas luminosas en la ventana. Pero despertaron como antes, los ojos in&uacute;tiles, las llamas apagadas, los fuegos fr&iacute;os y la comida termin&aacute;ndose. Wladas reparti&oacute; las &uacute;ltimas raciones de galletas y leche. Permanec&iacute;an parados frente a la ventana, esperando una luz. La negra pared parec&iacute;a aplastarse contra sus cabezas, impenetrable. Se sent&iacute;an inquietos. Ten&iacute;an a&uacute;n una buena cantidad de agua, pero se les hab&iacute;a acabado la comida. El edificio ten&iacute;a diez pisos. Wladas murmur&oacute; que deb&iacute;a subir hasta el &uacute;ltimo para mirar a lo lejos.<br />Sali&oacute; y comenz&oacute; a subir. De los apartamentos surg&iacute;an preguntas: &laquo;&iquest;Qui&eacute;n est&aacute; ah&iacute;?, &iquest;qui&eacute;n est&aacute; subiendo?&raquo;. Wladas se identificaba, aunque pocos inquilinos le conoc&iacute;an. Preguntaban lo que quer&iacute;a, y en el sexto piso una voz le asegur&oacute;:<br />&mdash;Puede usted subir tan arriba como quiera, pero pierde el tiempo estuve all&iacute; hace poco, con dos compa&ntilde;eros. No se ve nada por ninguna parte.<br />Wladas se atrevi&oacute;:<br />&mdash;Mi comida se ha terminado, y tengo a una pareja y dos ni&ntilde;os conmigo. &iquest;Podr&iacute;an ayudarme en algo?<br />La voz respondi&oacute;:<br />&mdash;Nuestra reserva durar&aacute; exactamente hasta ma&ntilde;ana. No podemos hacer nada...<br />Pens&oacute; durante unos segundos y decidi&oacute; volver a bajar. &iquest;Les dir&iacute;a la verdad a sus amigos?<br />Cuando lo recibieron con preguntas ansiosas, minti&oacute;:<br />&mdash;No he llegado hasta all&iacute;. He encontrado a alguien que hab&iacute;a ido hac&iacute;a poco. Dice que se ve algo, muy a lo lejos, no ha sabido explicarlo.<br />La pareja y los ni&ntilde;os se sintieron henchidos de esperanzas, mientras &eacute;l suger&iacute;a la &uacute;nica idea viable. Saldr&iacute;a nuevamente, armado con una palanqueta, y forzar&iacute;a la tienda de comestibles que estaba a unos cien metros, m&aacute;s o menos. Conoc&iacute;a el trayecto, no se perder&iacute;a. Sac&oacute; la caja de herramientas de encima del armario, separ&oacute; una palanqueta, un martillo y unos alicates. Su vecino insisti&oacute; en ir tambi&eacute;n. Wladas no dijo nada, pero la desesperaci&oacute;n de la mujer y de los ni&ntilde;os ante la idea de quedarse solos le hizo desistir finalmente. Se puso las herramientas en el bolsillo, envueltas con una bolsa vac&iacute;a, y se coloc&oacute; la palanqueta en el cintur&oacute;n, para tener las manos libres. Les pidi&oacute; que no se preocuparan si tardaba en volver.<br />Sal&iacute;a de su refugio dar&aacute; robar comida. No sab&iacute;a lo que iba a encontrar all&aacute; fuera. La oscuridad hab&iacute;a derribado las jerarqu&iacute;as. El dinero ya no val&iacute;a para nada, como tampoco los documentos de identidad. No exist&iacute;a polic&iacute;a, gobierno ni leyes aplicables. Uno ten&iacute;a que confiar en voces, surgidas de fisonom&iacute;as ocultas, cuyas manos pod&iacute;an dar o agredir. Wladas caminaba pegado a las paredes, su cerebro reconstruyendo los detalles de aquel trecho. Sus manos revisaban cada hueco. De repente, los recuerdos se mezclaban, el suelo parec&iacute;a girar bajo sus pies, y se deten&iacute;a, apoyado de espaldas contra la pared, la mano derecha inm&oacute;vil, se&ntilde;alando la direcci&oacute;n a seguir. Se aproximaba lentamente al objetivo. Aunque justificable, la idea del robo le hac&iacute;a temblar, como si alguien tuviera medios para sorprenderlo. Los dedos, palmo a palmo, segu&iacute;an el trayecto hasta que tocaron las ondulaciones de una puerta de hierro. No pod&iacute;a fallar.<br />Era el &uacute;nico comercio de alimentaci&oacute;n de aquella zona. Wladas se detuvo y escuch&oacute;. Hab&iacute;a sonidos distantes, como los de una sala de hospital a trav&eacute;s de sus puertas cerradas. Se inclin&oacute;, buscando el candado. Sus manos no hallaron resistencia. La puerta estaba s&oacute;lo medio cerrada, no tendr&iacute;a que forzarla. Se inclin&oacute; y entr&oacute; sin ruido. Las estanter&iacute;as de la derecha conten&iacute;an las latas y los dulces. Tropez&oacute; contra el mostrador. Lanz&oacute; una exclamaci&oacute;n y se inmoviliz&oacute;, los m&uacute;sculos tensos, a la espera. Nadie habl&oacute; ni hizo ruido. Salt&oacute; por encima del mostrador y fue avanzando a tientas, toc&oacute; un estante, fue desliz&aacute;ndose por la estanter&iacute;a. No hab&iacute;a nada, deb&iacute;an de haberlo vendido todo antes de que la oscuridad se hiciera total. Levant&oacute; el brazo, buscando con m&aacute;s rapidez. Nada, ni un objeto. Empez&oacute; a rebuscar, sin importarle el ruido, los dedos resecos por el polvo acumulado. Se agach&oacute; sin precauciones, el cuerpo inclinado al frente, las manos agit&aacute;ndose en todas direcciones, rebuscando en las esquinas, golpe&aacute;ndose contra las paredes, con imprudencia, como si se estuviera disputando con otro latas y art&iacute;culos que no exist&iacute;an. Volvi&oacute; varias veces al mismo lugar donde empezara la b&uacute;squeda. No hab&iacute;a nada, en ning&uacute;n rinc&oacute;n. Se detuvo, sintiendo deseos de volver a empezar y sabiendo que no adelantar&iacute;a nada. Hab&iacute;a sido un ingenuo pensando que encontrar&iacute;a comida. Para los que no ten&iacute;an reservas era evidente que las tiendas de alimentaci&oacute;n eran la &uacute;nica salida posible.<br />Wladas se sent&oacute; en una caja vac&iacute;a y dej&oacute; que las l&aacute;grimas asomaran a su ojos. Hab&iacute;a sido un idiota, esperando tanto. El saqueo ya se hab&iacute;a efectuado, quiz&aacute;s el d&iacute;a anterior, cuando oyera gritos y ruido. &iquest;C&oacute;mo se las arreglar&iacute;a para comer y alimentar a sus amigos? Se sinti&oacute; desamparado y rid&iacute;culo, recordando su calma inicial, con la ba&ntilde;era llena de agua, la leche en polvo... Y en tan poco tiempo verse reducido a nada, sin planes ni destino... &iquest;Hacer qu&eacute;? &iquest;Regresar como un fracasado, comenzar de nuevo en busca de otras tiendas m&aacute;s distantes, cuya localizaci&oacute;n no conseguir&iacute;a precisar? &iquest;Y si no encontraba nada? Sali&oacute; a la calle, los brazos doloridos por el esfuerzo, presa de una desesperaci&oacute;n que sab&iacute;a peligrosa. Estaba solo en un mundo limitado a lo que alcanzaban sus brazos. Temi&oacute; seguir adelante, enfrentarse a alg&uacute;n asaltante enloquecido por la oscuridad.<br />Regres&oacute; a casa a largas zancadas, en busca de sus amigos invisibles. Se detuvo de pronto, buscando una se&ntilde;al conocida con las manos. Paso a paso avanz&oacute; algunos metros, descubriendo puertas y paredes hasta una esquina desconocida. Ten&iacute;a que regresar a la tienda para comenzar de nuevo el trayecto. Rehizo con cuidado el camino recorrido, los dedos ara&ntilde;ados por la oscuridad, buscando la puerta ondulada que no aparec&iacute;a. Anduvo en todas direcciones. Estaba perdido. Imposible tener la menor noci&oacute;n de d&oacute;nde se hallaba, ni de lo que ten&iacute;a que hacer para descubrir el camino a casa. Se sent&oacute; en el bordillo, con las sienes lati&eacute;ndole. Se alz&oacute; como alguien que se ahoga y grit&oacute;:<br />&mdash;&iexcl;Por favor, estoy perdido, quiero saber el nombre de esta calle!<br />Repiti&oacute; su grito una y otra vez, cada vez m&aacute;s alto, sin que nadie le respondiese. Cuanto m&aacute;s silencio hab&iacute;a a su alrededor, m&aacute;s imploraba, pidiendo por caridad que lo ayudasen. &iquest;Por qu&eacute; deber&iacute;an hacerlo?. &Eacute;l mismo hab&iacute;a o&iacute;do en su ventana los gritos de socorro de los extraviados, cuyas voces desesperadas hac&iacute;an temer la locura de un asalto. Wladas ech&oacute; a correr sin direcci&oacute;n precisa, gritando socorro, explicando que cuatro personas depend&iacute;an de &eacute;l. Ya no tocaba las paredes, andaba de prisa, de un lado para otro, como un borracho, implorando informaci&oacute;n y comida. No sab&iacute;a cu&aacute;nto se hab&iacute;a apartado de su calle; ten&iacute;a esperanzas de hallarla:<br />&mdash;Soy Wladas, vivo en el n&uacute;mero 215, por favor, ay&uacute;denme.<br />Hab&iacute;a ruidos en la oscuridad, era imposible que no le oyesen. Lloraba y ped&iacute;a sin la menor verg&uuml;enza, sinti&eacute;ndose reducido por el manto negro al estado de un ni&ntilde;o indefenso. &iquest;Cu&aacute;nto tiempo pas&oacute;? No lo sab&iacute;a; su reloj funcionaba, pero no hall&oacute; ninguna hoja fina para abrir la tapa de cristal, ni le importaban las horas. La oscuridad le asfixiaba, entrando por los poros, modificando los pensamientos. Wladas dej&oacute; de implorar. Insultaba a sus semejantes a gritos, llam&aacute;ndoles malditos, preguntando por qu&eacute; no respond&iacute;an. Su desvalimiento se convirti&oacute; en odio y empu&ntilde;&oacute; la pesada palanqueta, dispuesto a conseguir comida por la violencia. Se cruz&oacute; con otros como &eacute;l, pidiendo comida. Wladas avanzaba blandiendo su palanqueta, hasta que tropez&oacute; con alguien lo sujet&oacute; con fuerza. El hombre grit&oacute; y Wladas, sin soltarlo, le exigi&oacute; que le dijera d&oacute;nde estaban y c&oacute;mo conseguir&iacute;a comida. El otro parec&iacute;a viejo; se derrumb&oacute; entre sollozos de miedo. Wladas afloj&oacute; la presi&oacute;n, lo dejo ir. &iquest;De qu&eacute; le servir&iacute;a andar armado con una palanqueta, agresor potencial de aquellos que sufr&iacute;an su misma desgracia? Volvi&oacute; a meterse su arma en el cintur&oacute;n. Se sent&iacute;a falto de apoyo. Se sent&oacute; para no desfallecer, hundiendo la cabeza entre los hombros. En cualquier posici&oacute;n, la negrura total hacia que el equilibrio fuera una entelequia. Se sinti&oacute; un poco mejor, pero su cuerpo estaba roto por el agotamiento y el hambre. Consigui&oacute; levantarse y sigui&oacute; andando en silencio. Las tinieblas hab&iacute;an engullido su sentido pr&aacute;ctico, y avanzaba en medio de la permanente noche en busca de auxilio.<br />Perder as&iacute; la vida era indignante. Wladas volvi&oacute; a clamar en voz muy alta, pidiendo socorro, explicando su situaci&oacute;n, discutiendo con o&iacute;dos invisibles que le deb&iacute;an de estar escuchando detr&aacute;s de las puertas y de las ventanas, sin valor o fuerzas para responder. Giraba las esquinas a la izquierda, para no alejarse demasiado, y posiblemente estaba dando vueltas a la misma manzana, pasando frente a su casa y alej&aacute;ndose de nuevo sin darse cuenta. Exhausto, con hambre y sed, hablaba consigo mismo, pidiendo socorro muy alto de vez en cuando. Se sent&oacute; de nuevo en el bordillo para escuchar los menores ruidos. El viento hac&iacute;a resonar las ventanas abiertas en los apartamentos abandonados.<br />Desde varias direcciones le llegaban ruidos distintos, sonidos huecos, rasposos o agudos, de animales u hombres, tal vez presos o hambrientos. Se llev&oacute; una mano al o&iacute;do, formando bocina. Se acercaba un leve batir r&iacute;tmico de pasos. Grit&oacute; pidiendo ayuda y escuch&oacute;. Una voz de hombre le respondi&oacute; en la distancia:<br />&mdash;Espere, ir&eacute; a ayudarle.<br />Wladas se lo agradeci&oacute;, diciendo que no tuviera miedo; s&oacute;lo necesitaba un poco de comida y alguien que le ayudara a volver a casa. Todav&iacute;a hablaba cuando not&oacute; que un brazo tocaba su hombro. Se alz&oacute; e implor&oacute; que no le dejase abandonado. El hombre cargaba un pesado saco y jadeaba de cansancio. Pidi&oacute; que le ayudara sujetando una de las puntas; &eacute;l ir&iacute;a delante. Wladas disimulaba los sollozos, los brazos doli&eacute;ndole bajo el peso, hablando sin parar de lo que le hab&iacute;a ocurrido, desde el principio. El hombre le respond&iacute;a con monos&iacute;labos y segu&iacute;a andando, con relativa rapidez. Wladas se calm&oacute;, sintiendo algo inexplicable. Casi no pod&iacute;a seguirle el paso, y el hombre giraba las esquinas con toda seguridad. Una duda pas&oacute; por su mente. Qui&eacute;n sabe si su compa&ntilde;ero ve&iacute;a, si la luz volv&iacute;a para los dem&aacute;s. Le pregunt&oacute;:<br />&mdash;Anda usted con mucha seguridad. &iquest;Acaso... ve algo?<br />El hombre tard&oacute; un poco en contestar:<br />&mdash;No, no veo absolutamente nada. Soy completamente ciego.<br />Wladas tartamude&oacute;:<br />&mdash;&iquest;Antes... de esto, tambi&eacute;n?<br />&mdash;S&iacute; &mdash;respondi&oacute; el otro&mdash;. Soy ciego de nacimiento. Ahora nos dirigimos al Instituto de Ciegos, donde vivo.<br />Wladas sinti&oacute; una parad&oacute;jica emoci&oacute;n. Aquel hombre conoc&iacute;a los caminos, su voz era natural, no ten&iacute;a el tono ansioso que ya se hab&iacute;a acostumbrado a o&iacute;r. Ahora la oscuridad de ambos era la misma. Solo que el ciego, que se llamaba Vasco, hab&iacute;a vivido siempre en ella, era su mundo, hecho de ruidos, olores y el rozar de los dedos en las cosas s&oacute;lidas. Hab&iacute;a salido a buscar un saco de comida y necesitaba la ayuda de Wladas para acarrearlo.<br />El ciego le cont&oacute; que auxiliaban a personas perdidas y que hab&iacute;an recogido ya algunas, pero que la provisi&oacute;n de alimentos era escasa. No pod&iacute;an albergar a nadie m&aacute;s. La oscuridad segu&iacute;a, sin ninguna se&ntilde;al de que fuera a terminar. En poco tiempo miles de personas morir&iacute;an de inanici&oacute;n, y nada podr&iacute;a hacerse.<br />Llegaron finalmente al Instituto de Ciegos. Wladas se dej&oacute; llevar por las distintas habitaciones hasta un lugar donde le dieron una silla. Se sent&iacute;a como un ni&ntilde;o al que los adultos salvan de un peligro y le dan confort y seguridad. Bebi&oacute; un vaso de leche y comi&oacute; algunas tostadas que pusieron en sus manos. Sin embargo, no pod&iacute;a apartar de sus recuerdos la imagen de sus amigos sobresalt&aacute;ndose a cada rumor, pasando hambre, esperando su regreso. Pidi&oacute; hablar con Vasco, su salvador, e insisti&oacute; una y otra vez en que no pod&iacute;a dejar a sus vecinos presos en el apartamento. Ellos argumentaron que el edificio era grande, y todos los dem&aacute;s moradores merec&iacute;an tambi&eacute;n ayuda, cosa impracticable. Wladas no pod&iacute;a dejar de pensar en los ni&ntilde;os. Pidi&oacute; que le mostraran el camino, ir&iacute;a solo. Se levant&oacute; para salir, tropez&oacute; con algo, cay&oacute;. Vasco, aunque los otros dudasen, record&oacute; que hab&iacute;a una ba&ntilde;era llena de agua; era una reserva que luego se har&iacute;a necesaria. Trajeron dos grandes recipientes de pl&aacute;stico y Vasco condujo a Wladas a la calle. Se ataron una cuerda a la cintura, uni&eacute;ndolos. As&iacute; pod&iacute;an andar uno detr&aacute;s de otro, con menos peligro ante los obst&aacute;culos. Vasco dijo que estaban a cinco manzanas de distancia. Hab&iacute;a nacido en aquel barrio y lo conoc&iacute;a perfectamente.<br />Amarrado a su gu&iacute;a, sent&iacute;a ahora el miedo de aquellos que vislumbran una salvaci&oacute;n, aunque dudosa y fr&aacute;gil. Andaba lo m&aacute;s aprisa posible. Vasco escog&iacute;a los mejores lugares, diciendo el nombre de las calles, cambiando de itinerario cuando o&iacute;an rumores sospechosos o gritos enfurecidos. Vasco se detuvo y dijo en voz baja:<br />&mdash;Debe de ser por aqu&iacute;.<br />Wladas avanz&oacute; unos pasos, reconoci&oacute; el pomo de su puerta. Vasco le susurr&oacute; que se quitara los zapatos; ir&iacute;an sin hacer ruido. Entraron, Wladas delante, subiendo la escalera de dos en dos. Apartaban las cosas de su camino y captaban voces ininteligibles a trav&eacute;s de las puertas.<br />Llegados al tercer piso se encaminaron al apartamento del vecino. Llamaron suavemente, luego m&aacute;s fuerte, nadie respondi&oacute;. Imaginaron que estaban en el otro, pues Wladas les hab&iacute;a dejado la llave para que utilizaran el agua. Fueron all&iacute;. Oyeron ruido, y una voz pregunt&oacute;:<br />&mdash;&iquest;Quien est&aacute; ah&iacute;?<br />&mdash;Soy yo, Wladas, d&eacute;jenme entrar.<br />Se oy&oacute; una exclamaci&oacute;n como quien no puede creer lo que oye y la puerta se abri&oacute;, y unos brazos lo recibieron.<br />&mdash;Soy yo. &iquest;C&oacute;mo est&aacute;n? Encontr&eacute; a un amigo que me salv&oacute; y sabe el camino.<br />No dijo que era ciego; parec&iacute;a que la palabra se identificaba con la desgracia de todos. Rodeado por la mujer y los ni&ntilde;os, distintos ahora, con las voces d&eacute;biles, el vecino les cont&oacute; sus padecimientos, aliment&aacute;ndose s&oacute;lo de agua, con las esperanzas puestas en la llegada del amigo. &Eacute;ste les explic&oacute; la situaci&oacute;n en el Instituto de Ciegos, y que ten&iacute;an que ir all&iacute;.<br />Llenaron los dos recipientes con el agua de la ba&ntilde;era, y Vasco los amarr&oacute; con una tira de tela al costado de ambos. Ayud&oacute; a identificar algunos utensilios &uacute;tiles para llevarse. Se quitaron los zapatos y, en fila, sujet&aacute;ndose por las manos, se dirigieron a la escalera. Iban de prisa; era inevitable que fueran detectados. En la planta baja, cerca de la puerta, una voz indag&oacute;:<br />&mdash;&iquest;Qui&eacute;nes son, qu&eacute; es lo que llevan?<br />Nadie respondi&oacute;. Vasco fue empuj&aacute;ndolos a todos hacia la puerta. La voz se movi&oacute; en direcci&oacute;n a ellos, pero ya estaban en la calle, emprendiendo el camino. El hombre grit&oacute; preguntando si ten&iacute;an agua o comida. La fila se distanciaba. Dif&iacute;cilmente ser&iacute;an perseguidos.<br />Siguieron descalzos, para no perder tiempo, aunque los pies sensibles se quejaban de las irregularidades del camino. El regreso les llev&oacute; m&aacute;s tiempo debido a los ni&ntilde;os y a las paradas, cuando o&iacute;an ruidos cercanos. Llegaron cansados al Instituto, con el alivio provisional de los soldados que consiguen un permiso despu&eacute;s de una batalla.<br />Vasco les sirvi&oacute; leche con avena y fue a discutir con los compa&ntilde;eros lo que har&iacute;an para sobrevivir si la oscuridad continuaba. Otro ciego les arregl&oacute; un lugar donde pod&iacute;an dormir, lo cual no fue dif&iacute;cil pues no lo hac&iacute;an desde hac&iacute;a mucho. Horas despu&eacute;s Vasco acudi&oacute; a despertarles, diciendo que eran las tres de la madrugada y que se hab&iacute;a decidido abandonar el Instituto para refugiarse en la Granja Modelo, que la instituci&oacute;n pose&iacute;a a algunos kil&oacute;metros en las afueras de la ciudad. Era necesario, pues las provisiones no durar&iacute;an mucho y no hab&iacute;a medio de renovarlas sin peligro. Aunque era un camino muy largo, hab&iacute;an planeado seguir los ra&iacute;les del ferrocarril, que cruzaban algunas calles a pocas manzanas del Instituto. Por aquella parte las dificultades ser&iacute;an m&aacute;s improbables. Las &uacute;ltimas instrucciones ser&iacute;an dadas en el sal&oacute;n principal, hacia donde fueron conducidos Wladas y sus amigos.<br />Deb&iacute;a de ser un local amplio, pues los rumores de las voces resonaban casi con ecos. Vasco, que deb&iacute;a de ser m&aacute;s viejo o ten&iacute;a alguna ascendencia sobre los dem&aacute;s, dijo que era indispensable un gran sentido pr&aacute;ctico para todos aquellos que quisieran sobrevivir. Se dirigi&oacute; en primer lugar a los compa&ntilde;eros ciegos, afirmando que la oscuridad que aflig&iacute;a a los dem&aacute;s no constitu&iacute;a una novedad para ellos. Lo dif&iacute;cil era la imposibilidad de producir calor con cualquier tipo de combusti&oacute;n. Eso imped&iacute;a la ingesti&oacute;n de la mayor parte de los alimentos comunes. Ten&iacute;an recogidas a once personas en el Instituto. Con los doce ciegos que viv&iacute;an all&iacute;, sumaban veintitr&eacute;s. La comida susceptible de ser ingerida dar&iacute;a para alimentarlos durante seis o siete d&iacute;as. Ser&iacute;a arriesgado esperar a que todo se normalizara dentro de ese plazo, sin hablar del riesgo de ser asaltados o robados por los hambrientos marginales. En la Granja Modelo sol&iacute;a haber diez personas. Pose&iacute;an varias plantaciones, y manten&iacute;an un stock para vender y agua potable en cantidad, lo que podr&iacute;a, con econom&iacute;a y racionamiento, garantizar la vida de todos durante un tiempo m&aacute;s dilatado. Aunque el propio Vasco reconoci&oacute; que las posibilidades de mantener sus organismos en razonable estado durante m&aacute;s de treinta o cuarenta d&iacute;as eran dudosas. De todos modos, era necesaria la uni&oacute;n de todos y la obediencia a las decisiones. Acordaron que saldr&iacute;an del Instituto en silencio, sin responder a ninguna llamada, fuera cual fuese. Los adultos deber&iacute;an ayudar en el transporte de las latas de avena, miel y alimentos secos que pose&iacute;an. Inmediatamente fue iniciado su embalaje y distribuci&oacute;n. Algunos pidieron m&aacute;s informes, otros dieron sugerencias. Nadie se opuso a lo acordado. Los ciegos acabaron de distribuir los sacos, maletas y cajas llenos para el viaje. Wladas y los refugiados estaban en sus sitios, aguardando. Nada pod&iacute;an hacer sino estorbar. Los movimientos se ve&iacute;an acompa&ntilde;ados por &oacute;rdenes dadas en voz alta. Por mucho que se esforzasen, era perturbador recordar que los ciegos viv&iacute;an en su misma oscuridad. &iquest;C&oacute;mo habituarse a aquello, a la sensaci&oacute;n de vac&iacute;o, a la dificultad de orientarse? S&oacute;lo vestirse ya era un problema; andar dos pasos sin chocar contra algo era una suerte. Viv&iacute;an ahora en el mismo mundo invisible y peligroso. Wladas pensaba en cu&aacute;ntas veces se hab&iacute;a cruzado con esos hombres de gafas oscuras, bast&oacute;n blanco, la cabeza est&aacute;tica mirando siempre al frente. Lo cierto es que durante toda su vida les hab&iacute;a dedicado un r&aacute;pido pensamiento de piedad. Ah, si hubiese sabido entonces c&oacute;mo iban a convertirse en m&aacute;gicos protectores, capaces de salvar a otros seres, hechos de carne, m&uacute;sculos y pensamientos, y de ojos in&uacute;tiles, iguales a los de ellos...<br />Como alpinistas, hicieron cuatro grupos, atados por una cuerda. Los ciegos conoc&iacute;an el trayecto. La parte m&aacute;s arriesgada ser&iacute;a recorrer las manzanas hasta la v&iacute;a f&eacute;rrea. Se exigi&oacute; un silencio absoluto; que s&oacute;lo se hablase cuando fuera estrictamente necesario. Wladas fue asignado al &uacute;ltimo grupo y llevaba un peque&ntilde;o bulto. Sintieron en el rostro la fr&iacute;a atm&oacute;sfera del exterior cuando iniciaron su camino a ciegas. Atravesaron calles y doblaron esquinas, sinti&eacute;ndose protegidos por la oscuridad, ya que confiaban en los gu&iacute;as. Cuando nuestra supervivencia se ve amenazada, nos invade una dura coraza de ego&iacute;smo. Los gritos an&oacute;nimos que o&iacute;an en las tinieblas se transformaban en obst&aacute;culos que hab&iacute;a que evitar. La columna, cargada de pertrechos, se desviaba de aquellos que imploraban un pedazo de pan para sobrevivir. El viento tra&iacute;a gritos, y la fila de n&aacute;ufragos se deslizaba en la m&aacute;s extra&ntilde;a de las fugas, con sus timoneles ciegos. Cuando sintieron bajo sus zapatos el acero sin fin de los ra&iacute;les, la tensi&oacute;n se alivi&oacute;. Hab&iacute;a a&uacute;n un cruce con otra carretera, luego todo lo dem&aacute;s eran pasos elevados y ser&iacute;a improbable encontrar obst&aacute;culos serios. El avance se hizo penoso, ten&iacute;an que calcular los pasos para no tropezar con los travesa&ntilde;os. Pas&oacute; el tiempo, a Wladas le parecieron muchas horas, aunque sab&iacute;a que aquellas impresiones eran enga&ntilde;osas. De pronto se detuvieron. Vasco fue de grupo en grupo explicando que hab&iacute;a un tren o vagones al frente. Fue solo a investigar. Se sentaron para un descanso no muy aprovechado, ya que o&iacute;an un ruido como de algo arrastrado o ara&ntilde;ado. Vasco se demoraba. Un murmullo pasado de boca en boca les hizo ponerse de nuevo en camino. Ten&iacute;an que rodear los vagones. El rumor ven&iacute;a de uno de ellos. Pasaron por su lado con el coraz&oacute;n latiendo fuertemente, los o&iacute;dos casi tocando las paredes de madera. Un hombre o un animal, echado, muri&eacute;ndose... Todo quedaba atr&aacute;s, los pies agotados agit&aacute;ndose en un avance sin fin. Wladas record&oacute; la gran marcha cuando prest&oacute; su servicio militar. El sol quem&aacute;ndole, el equipo tirando de sus huesos doloridos, la sensaci&oacute;n de fatiga sin remedio... C&oacute;mo la envidiaba ahora, en ese t&uacute;nel de pesadilla, andando como un condenado con su capuz de muerte. La oscuridad hac&iacute;a bajar toda su vida hacia sus zapatos, que lo transportaban por entre las piedras aguzadas entre los l&iacute;mites paralelos de los ra&iacute;les.<br />Wladas se sorprendi&oacute; cuando la cuerda amarrada a su cintura lo empuj&oacute; hacia un camino de tierra. Sin saber c&oacute;mo, percibi&oacute; que estaban en el campo. &iquest;De qu&eacute; modo descubr&iacute;an los ciegos el lugar exacto? Tal vez por el olfato, por el perfume de los &aacute;rboles como un lim&oacute;n maduro. Aspir&oacute; el aire. Conoc&iacute;a aquel olor, era el de eucaliptos. Pod&iacute;a imaginarlos en hileras cerradas, a cada lado del camino que recorr&iacute;an. Tal vez no fuera una carretera, apenas un simple camino, &iquest;c&oacute;mo saberlo? La fila se detuvo; hab&iacute;an llegado. Era dif&iacute;cil acostumbrarse a las transiciones bruscas que tra&iacute;a consigo la ausencia de visi&oacute;n. No sab&iacute;an el tama&ntilde;o de la propiedad, ni si era segura, nada. Les permitieron hablar e hicieron preguntas r&aacute;pidas, simult&aacute;neas, no siempre respondidas. Hab&iacute;a en la casa ocho ciegos y unos pocos empleados. Vasco dijo que descansaran, pero ya estaban sentados o echados en el suelo. Wladas se situ&oacute; cerca de su vecino de apartamento. Algunos dorm&iacute;an en el duro piso, los ni&ntilde;os en el cuello de sus padres. Del fondo llegaban sollozos ahogados como si provinieran de otra habitaci&oacute;n, y alguien hablando abajo. Provisionalmente hab&iacute;an terminado la lucha urgente para no morir de hambre. Los ciegos trajeron una sopa fr&iacute;a, donde parec&iacute;a haber miel o avena. Vasco dirig&iacute;a la dif&iacute;cil maniobra para que nadie chocara con nadie. Estaban a cubierto y ten&iacute;an comida. &iquest;Y los dem&aacute;s que hab&iacute;an quedado en la ciudad, los enfermos en los hospitales, los ni&ntilde;os peque&ntilde;os...? Nadie pod&iacute;a ni quer&iacute;a saber. Las mayores desgracias colectivas impresionan menos que las m&aacute;s peque&ntilde;as que nos afectan directamente. Los refugiados no ten&iacute;an que &laquo;cerrar los ojos&raquo; a las escenas de desamparo e inanici&oacute;n dejadas atr&aacute;s, en las calles y las casas. Estaban encerrados dentro de s&iacute; mismos, con las suposiciones y pensamientos girando en una enga&ntilde;osa sucesi&oacute;n.<br />Mientras Wladas hab&iacute;a circulado por su barrio y apartamento, hab&iacute;a sido capaz de recordar la forma de los edificios, muebles y objetos. En su nuevo ambiente, sus dedos inexpertos tocando aqu&iacute; y all&aacute; no le daban ninguna base para una idea de conjunto. &Eacute;l, Vasco y otros estaban reunidos en un c&iacute;rculo para establecer una norma de vida a seguir. Era evidente que en poco tiempo pod&iacute;an igualar la experiencia de los ciegos. En los huertos hab&iacute;a zanahorias, tomates, verduras, etc. En los &aacute;rboles frutales, algunos frutos a punto de comer. Habr&iacute;a que establecer raciones iguales, un poco m&aacute;s grandes para los ni&ntilde;os. Se especulaba que las verduras, con tantos d&iacute;as sin la luz del sol, no iban a prosperar. El encargado del peque&ntilde;o corral inform&oacute; que desde el primer d&iacute;a sin luz hab&iacute;a seguido alimentando a las gallinas, pero que desde entonces no hab&iacute;an puesto ni un huevo. Las cabras estaban sueltas y no sab&iacute;an si hab&iacute;an sobrevivido o no.<br />Cada refugiado deber&iacute;a ayudar en los trabajos generales. Aunque su cooperaci&oacute;n valdr&iacute;a menos que los problemas de conducirles y ense&ntilde;arles.<br />Con la tensi&oacute;n del peligro inmediato relajada, Wladas empezaba a sentir las reacciones que provocaba la oscuridad. Sus palabras ya no segu&iacute;an un camino directo a los ojos del interlocutor, no hab&iacute;a nada que reforzara sus argumentaciones, un leve fruncir del ce&ntilde;o, una se&ntilde;al aprobadora con la cabeza... Hablar sin ver a nadie implicaba siempre la duda de si se era escuchado o no. Con los m&uacute;sculos del rostro inertes, comprend&iacute;a ahora la falta de expresi&oacute;n que exhiben siempre los ciegos. Los di&aacute;logos perd&iacute;an naturalidad, y cuando no se obten&iacute;a una respuesta inmediata parec&iacute;a como si nadie escuchara.<br />Tambi&eacute;n cuidaron de los problemas del alojamiento, que ser&iacute;a colectivo, en un barrac&oacute;n con camastros de paja recubiertos con tela impermeable. Fue regulado el uso de las pocas instalaciones sanitarias. Vasco inform&oacute; que eran las diez de la noche y que deb&iacute;an dormir. Cada ciego qued&oacute; encargado de instruir a un peque&ntilde;o grupo, al que llamaba por sus nombres y conduc&iacute;a en fila. Chocar contra obst&aacute;culos era algo muy com&uacute;n. Alguien hizo un chiste sobre ello y hubo una inesperada risa general, como si la desterrada alegr&iacute;a hubiera vuelto, por unos segundos, para iluminar los pensamientos ocultos en las tinieblas.<br />Wladas durmi&oacute; con un sue&ntilde;o pesado, poblado de pesadillas sin continuidad, llenas de luces fuertes y una angustia que lo envolv&iacute;a. Se despert&oacute; bruscamente y, durante un momento, esper&oacute; a que alguien encendiera una luz. Aceptaba la realidad de la ceguera como algo fant&aacute;stico y transitorio. Imaginaba que, en otros pa&iacute;ses, era probable que la situaci&oacute;n fuese distinta. Laboratorios y hombres de ciencia estar&iacute;an investigando en busca de la salvaci&oacute;n para todos. Hasta que un ciego viniera a buscarle deb&iacute;a permanecer en el mismo lugar. No quer&iacute;a despertar a nadie. Susurr&oacute; el nombre de Vasco y esper&oacute;. No sab&iacute;a c&oacute;mo, pero &eacute;l sab&iacute;a ense&ntilde;arle aquel mundo vac&iacute;o donde las cosas se materializaban debajo de los pies o pegadas a sus dedos. Era cierto que esos contactos perduraban en su memoria, y recordaba el agujero en el suelo del d&iacute;a anterior, y sus manos reconoc&iacute;an una forma tocada antes. Pero cuando manos y pies tanteaban un nuevo camino, s&oacute;lo los sonidos orientaban, y a menudo hab&iacute;a que llamar pidiendo auxilio, aguardar a la experiencia de aquellos que eran hijos definitivos de la oscuridad.<br />Estaban en el sexto d&iacute;a sin luz. La temperatura descendi&oacute;, pero era normal en esa &eacute;poca del a&ntilde;o. De modo que el sol deb&iacute;a de alcanzar, de alguna manera, la atm&oacute;sfera. El fen&oacute;meno no deb&iacute;a de ser de orden c&oacute;smico. Alguien cit&oacute; las profec&iacute;as de la Biblia, el fin de los tiempos. Otro sugiri&oacute; una misteriosa invasi&oacute;n de otro planeta. Hablando en voz alta, en la oscuridad. Wladas intentaba poner equilibrio en las suposiciones, filtr&aacute;ndolas en relaci&oacute;n a lo que la ciencia pod&iacute;a elucidar Al parecer no se trataba ni de invasi&oacute;n de otros planetas ni del fin del mundo. La Tierra, en su trayectoria por el espacio, deb&iacute;a de haber penetrado en una sustancia de alg&uacute;n tipo que afectaba al sistema nervioso central al mismo tiempo que imped&iacute;a la combusti&oacute;n. Eran explicaciones cerebrales tan descabelladas e improbables como las metaf&iacute;sicas y trascendentales. Vasco dec&iacute;a que, sin ni siquiera consultar el reloj, percib&iacute;a una sutil diferencia entre las horas del d&iacute;a y de la noche. Wladas afirmaba que era el h&aacute;bito, el organismo acostumbrado a los sucesivos per&iacute;odos de descansotrabajo. De tanto en tanto alguien trepaba por una escalera situada junto a la puerta, en el lado de fuera, y miraba en las cuatro direcciones. A veces alguien gritaba entusiasmado, anunciando haber percibido vagas claridades. Hab&iacute;a un tumulto de alegr&iacute;a, todo el mundo avanzaba con los brazos extendidos hacia la puerta, algunos en direcci&oacute;n opuesta, golpeando contra las paredes y preguntando: &laquo;&iquest;D&oacute;nde est&aacute;n? &iquest;Que ocurre, vieron algo, qu&eacute; fue?&raquo; De tanto repetirse, la alegr&iacute;a cuando alguien &laquo;vislumbraba&raquo; alguna cosa fue desgast&aacute;ndose. Tras ex&aacute;menes y discusiones, la oscuridad segu&iacute;a siendo total. La vida se desarrollaba en la granja con algunas contusiones y trastornos, resueltos por los ciegos. Wladas observ&oacute; que sab&iacute;a qui&eacute;nes eran ciegos por el tono de voz. Lo cual no dejaba de ser extra&ntilde;o, puesto que nadie ve&iacute;a.<br />Los refugiados ten&iacute;an una nota perceptible de amargura en lo que dec&iacute;an o ped&iacute;an. Cuando intentaban frases alegres, la oscuridad eliminaba su sonrisa y la vivacidad de sus ojos. Cuando vemos, son esos detalles los que dan a la palabra su cualidad sutil, su especie de intraducible aureola que no existe en la oscuridad. Los ciegos ten&iacute;an una inflexi&oacute;n de voz diferente. No se pod&iacute;a saber si era la propia oscuridad la que los hab&iacute;a hecho cambiar. Era probable que s&iacute;. En Vasco percib&iacute;a con mayor nitidez una actitud firme, la seguridad de quien act&uacute;a sabiendo lo que hace y que lo hace mejor que los otros y se siente bien as&iacute;. Aquellos mismos hombres de bast&oacute;n blanco y gafas oscuras que preguntaban humildemente cu&aacute;l era el autob&uacute;s que llegaba, o ped&iacute;an que les ayudaran a cruzar la calle, o pasaban tanteando y despertando miradas compasivas de los transe&uacute;ntes, eran ahora r&aacute;pidos, eficientes, milagrosos con su habilidad manual. Respond&iacute;an a las preguntas y llevaban a los refugiados del brazo, con la solicitud y la satisfacci&oacute;n de la caridad prestada que antes recib&iacute;an. Eran pacientes y tolerantes con los yerros e incomprensiones de sus protegidos. La desgracia particular de ellos hab&iacute;a reca&iacute;do sobre todo el mundo. Algunos olvidaban a veces que aquellos hombres que contaban su vida de un mes atr&aacute;s, en un mundo de luces y colores, se hab&iacute;an vuelto ahora tan inexpertos como ni&ntilde;os en la negrura que los dominaba. Las manos eran insuficientes para los trabajos que la vida y la subsistencia del grupo exig&iacute;an. Hab&iacute;a poco tiempo de descanso, pero despu&eacute;s de la &uacute;ltima comida del d&iacute;a, los ciegos cantaban, acompa&ntilde;ados por dos violines. Wladas notaba un entusiasmo natural e incluso una alegr&iacute;a que la situaci&oacute;n no comportaba. Por unos segundos, imagin&oacute; a los otros viendo y &eacute;l ciego como estaba. &iquest;Cu&aacute;nta piedad hip&oacute;crita y superficial y deprimentes limosnas habr&iacute;an soportado con sus gafas oscuras y sus bastones blancos? Ahora se desquitaban; eran los gu&iacute;as que prestaban favores y alimentaban generosamente a los de ojos perfectos.<br />Cuando no se puede alterar una situaci&oacute;n, hay que enfrentarse a ella o perecer. Wladas observ&oacute; que los ni&ntilde;os resist&iacute;an mejor las circunstancias que los adultos. Los dos hijos de su vecino hab&iacute;an tenido miedo al principio, pero la continua proximidad de los compa&ntilde;eros les hizo salir en exploraciones dif&iacute;ciles de controlar. A su madre le hubiera gustado que permanecieran constantemente ligados a ella. Los dos desaparec&iacute;an, aunque supuestamente no pod&iacute;an alejarse de los dem&aacute;s. Eran reprendidos e incluso lleg&oacute; a pegarles, lo que provoc&oacute; la intervenci&oacute;n de voces conciliadoras.<br />Finalmente, y Wladas se sorprendi&oacute; de ello, adoptaron incluso una rutina. Las idas a las instalaciones sanitarias, la higiene a la orilla del r&iacute;o, las importantes horas de las comidas, que se hac&iacute;an cada vez m&aacute;s ins&iacute;pidas: verduras mustias, pepinos, tomates, leche, avena, miel, no siempre identificables al paladar. Ninguna cat&aacute;strofe, ning&uacute;n acontecimiento humano podr&iacute;a ser m&aacute;s extraordinario y peligroso que aqu&eacute;l. &iquest;Qu&eacute; causaba la oscuridad, y cu&aacute;ndo terminar&iacute;a? &iquest;C&oacute;mo hablar rutinariamente si tal vez estaban ya dentro de las profec&iacute;as, si aquello pod&iacute;a ser el fin del mundo, vaticinado desde &eacute;pocas inmemoriales? Hab&iacute;a que recalcar esta perspectiva siniestra y pese a todo cuidar de las banalidades esenciales, las ropas y los cuidados corporales, todo lo que nos mantiene vivos desde que nacemos. Muchos rezaban en voz alta, implorando un milagro. &iquest;Pod&iacute;a un acontecimiento general alterarse con peticiones aisladas? Wladas no los criticaba. Si el rezar proporcionaba un poco de esperanza y paz de esp&iacute;ritu, era tambi&eacute;n una parcela de salvaci&oacute;n. Si bien la negrura que los envolv&iacute;a tra&iacute;a aparejadas incomodidades y problemas, nada eran en comparaci&oacute;n con los pensamientos que la impenetrable pared destilaba en sus cerebros.<br />Sin la vista para distraer la mente, era dif&iacute;cil soportar los momentos de ocio. La dedicaci&oacute;n al trabajo se convert&iacute;a en una exageraci&oacute;n, porque en cuanto se controlaban los movimientos de los dedos, de lo que se iba en busca era de una normalidad cotidiana, una voluntad de conservar un modo de vida absurdo que no pod&iacute;a perdurar por m&aacute;s tiempo. Esa alternativa del final, si el mundo regresar&iacute;a a la normalidad o los hombres morir&iacute;an de inanici&oacute;n, constitu&iacute;a un dilema m&aacute;s pesado que la oscuridad que los ahogaba. Wladas no encontraba mucho tiempo para conversar con Vasco. Cuando lo hac&iacute;a, notaba que hab&iacute;a en &eacute;l una preocupaci&oacute;n por el futuro, aunque menos angustiosa que la suya propia. Enfrentados ambos a una experiencia id&eacute;ntica, se ve&iacute;an imposibilitados de situarse en el punto de vista del otro. Vasco hab&iacute;a nacido sin visi&oacute;n y no sab&iacute;a lo que era perderla. Wladas no pod&iacute;a adivinar el estado de &aacute;nimo de quien nunca hab&iacute;a llegado a ver. Las habilidades m&aacute;s elementales que aprend&iacute;a le mostraban la distancia que lo separaba de Vasco y de los dem&aacute;s, manipulando los objetos y construy&eacute;ndolos cuando era necesario. La rutina se ajustaba a los h&aacute;bitos y horarios, pero nunca a la expectativa del dudoso fin que la disminuci&oacute;n de los alimentos indicaba. Ya estaban en el decimosexto d&iacute;a. Vasco llam&oacute; aparte a Wladas. Le dijo que incluso las reservas que hab&iacute;an economizado, de avena, leche en polvo y otros productos que pod&iacute;an consumirse en fr&iacute;o, se estaban terminando. El estado nervioso se agravaba; no ser&iacute;a prudente avisar a los dem&aacute;s. El d&iacute;a anterior uno de los refugiados, a&uacute;n adolescente, hab&iacute;a salido por la puerta al exterior, sin rumbo fijo, para ser recogido poco despu&eacute;s, ca&iacute;do en una hoya. Se produc&iacute;an discusiones por tonter&iacute;as, y se prolongaban sin motivo. La mayor&iacute;a se hallaba en la frontera de un colapso nervioso que irrumpir&iacute;a de un momento a otro.<br />En las primeras horas del decimoctavo d&iacute;a, la gran sala fue despertada por gritos de alegr&iacute;a y animaci&oacute;n. Uno de los refugiados, que no consegu&iacute;a dormir, sinti&oacute; un cambio en la atm&oacute;sfera. Subi&oacute; por la escalera exterior. A la altura del horizonte, hab&iacute;a una p&aacute;lida bola rojiza. Era el sol. Hubo carreras precipitadas, todos salieron al mismo tiempo, empuj&aacute;ndose y atropell&aacute;ndose, y se lo quedaron mirando, en una euforia contagiosa, aguardando a que aumentase la luz. Vasco iba de unos a otros preguntando si realmente ve&iacute;an, si no se trataba de un enga&ntilde;o como ocurriera tantas veces. Alguien se acord&oacute; de encender un f&oacute;sforo y tras algunas tentativas, apareci&oacute; una llama, fr&aacute;gil y sin calor, pero visible a los ojos de quienes la contemplaban como un milagro extraordinario. La luz aumentaba de la misma forma en que desapareciera.<br />Fue un d&iacute;a perfecto, con esas alegr&iacute;as inesperadas y totales que act&uacute;an como una bebida alcoh&oacute;lica. Los corazones parec&iacute;an exaltados, llenos de buena voluntad. Los ojos nac&iacute;an de nuevo como criaturas inocentes sin ninguna maldad. Comieron fuera, y Vasco decidi&oacute; aumentar las raciones, puesto que los d&iacute;as normales volver&iacute;an. El sol traz&oacute; su esperado camino por el cielo. A las cuatro de la tarde ya se distingu&iacute;a la silueta de una persona a cuatro metros. Cuando el sol se ocult&oacute; la oscuridad se hizo de nuevo completa. Hicieron una hoguera en el patio, de llamas d&eacute;biles y transl&uacute;cidas, que consum&iacute;an poco la madera seca. Se apagaba frecuentemente, los refugiados volv&iacute;an a encenderla con pedazos de papel y soplidos, conservando la p&aacute;lida fuente de luz y calor, se&ntilde;al de vida futura. A medianoche fue dif&iacute;cil convencerles de que deb&iacute;an irse a dormir, y lo hicieron tan s&oacute;lo cuando Vasco insisti&oacute;. S&oacute;lo los ni&ntilde;os durmieron aquella noche. Los que a&uacute;n ten&iacute;an f&oacute;sforos los encend&iacute;an de tanto en tanto y re&iacute;an para s&iacute; mismos, como si hubieran hallado la piedra filosofal de la felicidad.<br />A las cuatro y media de la ma&ntilde;ana estaban en pie, all&aacute; fuera. Ninguna madrugada en toda la historia del mundo fue tan esperada como aqu&eacute;lla. No era s&oacute;lo la belleza de los colores, la poes&iacute;a del horizonte descubri&eacute;ndose en nubes y monta&ntilde;as, &aacute;rboles y mariposas. Al igual que en la Edad del Fuego el hombre conservaba su hoguera y la veneraba, la divinidad de la luz era esperada por los refugiados como el condenado a muerte recibe al oficial que le trae la conmutaci&oacute;n de la pena. El sol luc&iacute;a m&aacute;s fuerte, los ojos desacostumbrados se entrecerraban, los ciegos extend&iacute;an las palmas de sus manos hacia los rayos, daban vueltas para sentirlos en todo su cuerpo. Wladas nunca fue capaz de describir aquellos momentos. &iquest;Qu&eacute; son las palabras para simbolizar una vida que se recupera...? Aparecieron fisonom&iacute;as desconocidas, pertenecientes a voces conocidas, y se rieron y abrazaron. Las envolturas humanas que guardaban solidaridad y amor se fundieron en aquella madrugada, sin las limitaciones que la propia luz traer&iacute;a despu&eacute;s. Los ciegos fueron besados y abrazados, llevados en triunfo. Lloraban, lo cual hac&iacute;a que los ojos desacostumbrados a la luz se pusieran a&uacute;n m&aacute;s rojos. Hacia el mediod&iacute;a las llamas eran normales, y comieron por primera vez desde hac&iacute;a tres semanas una comida cocida y caliente. Nadie trabaj&oacute; pr&aacute;cticamente el resto del d&iacute;a, ah&iacute;tos de luz, absorbiendo las perspectivas, andando por las mismas estancias por las que se hab&iacute;an arrastrado en la oscuridad y que ahora les parec&iacute;an diferentes y extra&ntilde;as.<br />&iquest;Y la ciudad? &iquest;C&oacute;mo estar&iacute;an all&iacute;? Los que ten&iacute;an parientes borraron sus sonrisas. &iquest;Cu&aacute;ntos habr&iacute;an muerto o pasar&iacute;an necesidad? Wladas sugiri&oacute; que al d&iacute;a siguiente ir&iacute;a a examinar la situaci&oacute;n. Otros se ofrecieron a acompa&ntilde;arle. Se decidi&oacute; que ir&iacute;an tres.<br />Wladas pas&oacute; mala noche. El impacto de todos aquellos d&iacute;as hac&iacute;a ahora su efecto. Sus manos temblaban: ten&iacute;a miedo, no sab&iacute;a de qu&eacute;. Volver a la ciudad, recomenzar la vida... El trabajo, los amigos, las mujeres... Los valores que antes eran importantes para &eacute;l se hab&iacute;an visto trastocados y sepultados por las tinieblas. Era un hombre distinto el que se agitaba ahora en el lecho improvisado, sin poder dormir. Por la puerta entreabierta penetraba un danzante cuadril&aacute;tero de luz, procedente de una lamparilla encendida, aviso de que todo estaba bien. Siempre hab&iacute;a llevado una existencia tranquila. Haber rozado las fronteras de la muerte, sin visi&oacute;n, hab&iacute;a desgastado hasta el l&iacute;mite su resistencia. &iquest;Qu&eacute; somos, qu&eacute; valemos, adonde vamos? La memoria le tra&iacute;a r&aacute;pidos fragmentos: el ladrido de un perro, un hombre gimiendo en el suelo, su mano blandiendo la palanqueta, Vasco conduci&eacute;ndolo por las calles, el jefe conversando en la ventanilla... Se mezclaron episodios de su infancia. El sue&ntilde;o le venci&oacute; poco a poco, pero no dej&oacute; de agitarse, luchando contra las pesadillas.<br />Partieron con el sol naciente, por el camino que conduc&iacute;a a la v&iacute;a f&eacute;rrea. Uno de ellos era de mediana edad, casado, sin hijos. Su mujer se hab&iacute;a quedado en la Granja. El otro tendr&iacute;a la edad de Wladas. Sus hermanos y hermanas viv&iacute;an al otro lado de la ciudad. Hab&iacute;a sido salvado por un ciego y no pudo volver a casa. Caminaron al principio hablando, pero la voluntad de llegar aprisa hac&iacute;a que apretaran el paso, y el cansancio les alcanz&oacute; pronto debido a la insuficiente alimentaci&oacute;n de aquellas semanas. Las primeras casas que rodeaban la l&iacute;nea f&eacute;rrea ten&iacute;an una apariencia normal. Tras una curva surgi&oacute; la ciudad. Pasados los primeros puentes la v&iacute;a atravesaba varias calles. Wladas y sus compa&ntilde;eros entraron por una de ellas. Las dos primeras manzanas de casas parec&iacute;an pac&iacute;ficas, con gente circulando, m&aacute;s lentamente que antes tal vez. En la siguiente esquina hab&iacute;a un grupo de personas llevando a un muerto hacia un cami&oacute;n, tapado con una burda tela. Los acompa&ntilde;antes lloraban. Pas&oacute; un veh&iacute;culo verde del ej&eacute;rcito. Difund&iacute;a por un altavoz un comunicado del gobierno. Hab&iacute;a sido decretada la ley marcial. Ser&iacute;an fusilados los que invadieran la propiedad ajena. El gobierno requisaba todos los dep&oacute;sitos de alimentos y los distribuir&iacute;a seg&uacute;n las necesidades. Cualquier veh&iacute;culo ser&iacute;a requisado si era necesario. Se recomendaba que se comunicasen inmediatamente a la polic&iacute;a todos los lugares de donde surgiera mal olor, para investigar la existencia de cad&aacute;veres. Los muertos ser&iacute;an enterrados en fosas comunes...<br />Wladas no quiso llegar hasta su casa. Recordaba las voces llamando a trav&eacute;s de las puertas entreabiertas, y &eacute;l huyendo, descalzo, abandon&aacute;ndolos a su suerte. Tendr&iacute;a que telefonear si notaba mal olor... Ya hab&iacute;a visto suficiente, no quer&iacute;a permanecer m&aacute;s all&iacute;. Su joven compa&ntilde;ero conversaba con un oficial, y decidi&oacute; acudir inmediatamente en busca de su familia. Se despidieron emocionados, sin pensar siquiera en dejarse sus domicilios. El otro refugiado quiso volver con Wladas a la granja. Pero &eacute;ste no pod&iacute;a hacerlo sin auxiliar antes a su hermana. Pregunt&oacute; si los tel&eacute;fonos funcionaban y supo que s&iacute;, algunos circuitos autom&aacute;ticos. Consigui&oacute; comunicar con casa de su cu&ntilde;ado. Tras aguardar un tiempo, respondieron. Estaban muy enflaquecidos, pero vivos. En el edificio hab&iacute;a habido cuatro muertes. Wladas les cont&oacute; r&aacute;pidamente c&oacute;mo se hab&iacute;a salvado, y pregunt&oacute; si le necesitaban. No era necesario, hab&iacute;a comida, estaban mejor que otros.<br />Todo el mundo conversaba con desconocidos, cont&aacute;ndose sus historias. Los ni&ntilde;os y los enfermos eran quienes m&aacute;s hab&iacute;an sufrido. Se hab&iacute;an producido casos de muertes en circunstancias aterradoras. Los servicios p&uacute;blicos se reorganizaban, con la ayuda del ej&eacute;rcito, para socorrer a los desamparados, enterrar a los muertos y recomenzarlo todo. Wladas y su compa&ntilde;ero no quisieron saber nada m&aacute;s. Hab&iacute;an caminado algunas manzanas y comido lo poco que trajeran. Se sent&iacute;an agotados, con un terrible cansancio de la raz&oacute;n, viendo y oyendo cosas extra&ntilde;as, donde lo absurdo no era una hip&oacute;tesis, sino que hab&iacute;a ocurrido, a despecho de la l&oacute;gica y de las leyes cient&iacute;ficas.<br />Regresaron por los ra&iacute;les a&uacute;n vac&iacute;os, los dos, caminando lentamente, bajo un agradable cielo nuboso. Los verdes &aacute;rboles se estremec&iacute;an con la brisa, algunos p&aacute;jaros volaban por entre los brotes. &iquest;C&oacute;mo hab&iacute;an podido sobrevivir a la oscuridad? Wladas pensaba en todo esto mientras sus doloridas piernas le conduc&iacute;an hacia adelante. Sus certidumbres cient&iacute;ficas ya no val&iacute;an nada. En aquel mismo instante hombres enflaquecidos hac&iacute;an funcionar computadoras electr&oacute;nicas, los microscopios escrutaban sus portaobjetos, los religiosos explicaban en sus templos la voluntad de Dios, los pol&iacute;ticos redactaban decretos, las madres lloraban a los muertos que quedaron en la oscuridad...<br />Dos seres fatigados caminaban por entre los ra&iacute;les. Tra&iacute;an noticias, tal vez mejores de lo que esperaban. El hombre hab&iacute;a resistido. Royendo alimentos impropios, tomando cualquier l&iacute;quido, hab&iacute;an pasado tres semanas en el mundo de los ciegos. Wladas y su compa&ntilde;ero volv&iacute;an tristes y enflaquecidos, pero con el ardor de la secreta alegr&iacute;a de estar vivos. Por encima de las especulaciones racionales permanec&iacute;a el misterio de la sangre corriendo, el placer de amar, realizar cosas, agitar los m&uacute;sculos y sonre&iacute;r. Vistos a distancia, los dos hombres eran mucho m&aacute;s peque&ntilde;os que los ra&iacute;les paralelos que los delimitaban. Sus pensamientos saltaban por encima de las fronteras y del tiempo. Sus cuerpos volv&iacute;an a lo cotidiano, sujetos a las fuerzas y a los descontroles, desde el principio de las eras.<br />Hab&iacute;a planetas, sistemas solares y galaxias. Eran apenas dos hombres, cercados por ra&iacute;les impasibles, volviendo a casa con sus problemas.</p><p><strong>Andr&eacute; Carneiro</strong></p><p>Andr&eacute; Carneiro ha hecho mucho por la ciencia ficci&oacute;n en el Brasil. Entre otras obras se le deben dos libros de relatos &mdash;Diario da nave perdida (1963, que incluye el cuento aqu&iacute; presentado) y O homen que adivinhava (1967)&mdash;, una novela &mdash;Piscina livre (1975)&mdash; y la recopilaci&oacute;n de dos antolog&iacute;as: Hist&oacute;rias do acontecer&aacute; (1961) y Al&eacute;m do tempo e do espa&ccedil;o (1965). Hay que apuntar tambi&eacute;n en su haber un excelente ensayo: Introdu&ccedil;ao ao estudo da 'sience-fiction&rsquo; (1968).<br />Su cuento A escurid&ntilde;o, que aqu&iacute; les ofrecemos, dio origen a un gui&oacute;n del escritor norteamericano Leo Barrow y ha sido incluido en una antolog&iacute;a mundial de los mejores relatos de 1962. Su obra ha sido traducida a varios idiomas, entre ellos el espa&ntilde;ol, el ingl&eacute;s y el sueco.</p><p>Lo mejor de la ciencia ficci&oacute;n latinoamericana<br />Bernard Goorden, Alfred E. van Vogt<br />(recopiladores)</p><p>&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Wed, 25 Nov 2009 04:24:00 +0000</pubDate></item><item><title>Ciencia ficci&#xF3;n latinoamericana</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2009/112501-ciencia-ficcion-latinoamericana.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2009/112501-ciencia-ficcion-latinoamericana.php</guid><description><![CDATA[<p><strong>Primera necesidad</strong></p><p><br />Cuando entr&oacute; el Flaco, yo hab&iacute;a llegado ya al l&iacute;mite de mi resistencia y estaba pensando en tomar medidas dr&aacute;sticas. Incluso ten&iacute;a en la mano la tenaza de mec&aacute;nico que me hab&iacute;a prestado Willogh, y estaba sopesando los pros y los contras. Ignoro lo que hubiera ocurrido entonces; pero, afortunadamente, fue en ese preciso momento cuando el Flaco lleg&oacute; con noticias.<br />Casi me abalanc&eacute; sobre &eacute;l.<br />&mdash;&iquest;Y?<br />Sonri&oacute;, confortador.<br />&mdash;Hecho, patr&oacute;n &mdash;dijo&mdash;. Ya est&aacute; localizado el A. P. N. Puede estar tranquilo.<br />Lo invit&eacute; a sentarse en un caj&oacute;n y me ubiqu&eacute; frente a &eacute;l.<br />&mdash;&iquest;Son muchos? &mdash;le pregunt&eacute;.<br />&mdash;Bueno... &mdash;repuso, tras meditarlo unos instantes&mdash;. Son bastantes, pero tienen tres tullidos y un ciego. Creo que podremos arregl&aacute;rnoslas, sobre todo si les caemos de sorpresa. Se ve a la legua que son novatos; no conocen esto.<br />&mdash;Podremos &mdash;afirm&eacute;. Ten&iacute;amos que poder, me dije&mdash;. Y una cosa, Flaco: &iquest;qu&eacute; hay del A. P. N.? &iquest;Es hombre o mujer?<br />Se rasc&oacute; un sobaco bajo la piel de perro que lo cubr&iacute;a y luego contest&oacute;:<br />&mdash;Eso no se lo puedo decir. La informaci&oacute;n me la pas&oacute; Sammy, y no me habl&oacute; nada de ese asunto.<br />&mdash;Pues espero que sea hombre &mdash;dije&mdash;. Si no, la cosa se va a complicar el doble... Bueno, llama a los otros, Flaco&mdash;orden&eacute;.<br />En un minuto estuvo reunido todo el elemento masculino del grupo. Se ubicaron como pudieron entre los escombros y me miraron como el perro al amo. Ya sab&iacute;an de qu&eacute; se trataba, y hab&iacute;a tres o cuatro que estaban tan desesperados como yo mismo. Mejor, pens&eacute;; de ese modo, van a luchar con todo.<br />&mdash;Bueno, chicos&mdash;comenc&eacute;&mdash;, el A. P. N. ha sido localizado. El Flaco, aqu&iacute; presente, les va a dar toda la informaci&oacute;n. Adelante, Flaco.<br />Avanz&oacute; &eacute;l un tanto aparatosamente &mdash;no puede olvidarse de sus buenos tiempos de orador gremialista, supongo&mdash;, y se apoy&oacute; sobre el garrote, asumiendo una actitud que debi&oacute; de haberle parecido sumamente digna, y que en verdad ten&iacute;a algo de eso; pero hubiese resultado mejor si la cabeza pelada y las cicatrices no hubiesen atentado contra el efecto general.<br />&mdash;Son unos treinta, seg&uacute;n me transmiti&oacute; Sammy&mdash;manifest&oacute;&mdash;. Est&aacute;n en el Metropolitan Museum. Bastante protegidos, claro; hay escombros obstruyendo casi todas las avenidas que los rodean... Pero nosotros iremos abriendo un camino &mdash;levant&oacute; un &iacute;ndice audaz y declamante&mdash;, con nuestro esfuerzo com&uacute;n y vuestro esp&iacute;ritu de grupo y, todos juntos, sabremos llegar al pin&aacute;culo de...<br />&mdash;Basta, Flaco &mdash;le interrump&iacute;&mdash;. No estamos en una asamblea. Har&iacute;amos mejor en empezar a preparar el ataque.<br />Y nos pusimos manos a la obra. Somos un grupo ducho en esas lides, aunque como jefe me est&eacute; mal el decirlo, y en contados minutos ten&iacute;amos esbozado un plan de ataque.<br />&mdash;No esperaremos a la noche &mdash;indiqu&eacute;&mdash;. Eso es lo que hace todo el mundo, y ya no hay forma de sorprender a nadie de tal modo. Nosotros les caeremos encima en pleno mediod&iacute;a &mdash;ignor&eacute; el murmullo que se levant&oacute; de inmediato y prosegu&iacute;&mdash;: Cuando el calor apriete bien, la mayor&iacute;a estar&aacute; sesteando, y los centinelas no esperar&aacute;n nada m&aacute;s peligroso que la picadura de un mosquito. Ser&aacute; el momento justo para darles con todo.<br />&mdash;Un minuto &mdash;objet&oacute; &laquo;Doc&raquo;, mir&aacute;ndome desde atr&aacute;s de los aros sin cristales que se ha empe&ntilde;ado en conservar sobre los ojos, contra viento y marea, si bien no hacen juego con el tapado de vis&oacute;n que usa sobre sus destrozados pa&ntilde;os menores&mdash;. Si vamos tan a la descubierta nos ver&aacute;n en seguida y les ser&aacute; f&aacute;cil emboscarnos. &iexcl;Est&aacute;s loco, Matt! Tenemos que ir de noche, como es lo m&aacute;s l&oacute;gico.<br />&mdash;C&aacute;llate, &laquo;Doc&raquo;. No demuestres tu inteligencia atrofiada de esa manera. &iquest;Qui&eacute;n habl&oacute; de ir a la descubierta? Nos iremos ocultando tras las ruinas, idiota. Los rodeamos, despu&eacute;s uno o dos se hacen ver y, cuando ellos intenten apresarlos, los dem&aacute;s les caemos desde todos lados. Es el mejor modo, te digo.<br />&mdash;&iexcl;Matt tiene raz&oacute;n! &mdash;grit&oacute; Bull.<br />Bull me apoya eternamente. Fue semipesado, como yo, y unos buenos pu&ntilde;os son las &uacute;nicas credenciales que reconoce. Cuando me hice jefe, entre &eacute;l y yo acabamos con la poca oposici&oacute;n que se nos present&oacute;... y ahora lo ve&iacute;a dispuesto a emplear an&aacute;logos m&eacute;todos contra los que no se mostrasen de acuerdo. Pero no era el momento. Necesit&aacute;bamos a todos en perfecta forma. Se lo hice entender a Bull y proced&iacute; a emplear el raciocinio.<br />&mdash;Todas las defensas se preparan teniendo en vista ataques nocturnos &mdash;expliqu&eacute; pacientemente&mdash;; una arremetida en pleno d&iacute;a los dejar&aacute; pasmados.<br />&mdash;&iquest;C&oacute;mo sabes que habr&aacute; donde esconderse? &mdash;volvi&oacute; a entremeterse &laquo;Doc&raquo; a destiempo.<br />&mdash;No te preocupes. El Flaco y yo exploramos las inmediaciones del Central Park hace unos d&iacute;as..., con Durkey. Hay monta&ntilde;as de escombros por todos lados. &Aacute;rboles ca&iacute;dos, follaje..., de todo. En cuanto al Metropolitan, tiene un boquete grande como un elefante en la pared de atr&aacute;s. Por ah&iacute; nos podr&iacute;amos colar, si fuera preciso..., &iquest;no es cierto, Flaco? Si los agarramos en el sal&oacute;n principal, est&aacute;n fritos.<br />Hubo algunos testarudos todav&iacute;a, pero finalmente los pudimos convencer. Entonces pasamos a preparar en forma el armamento. Pulimos los garrotes y les colocamos nuevas tiras de cuero en las puntas; nos calzamos lo mejor posible &mdash;yo ten&iacute;a unas botas de charol que hab&iacute;a desenterrado de las ruinas de una tienda, Macy's, creo&mdash; y quien pod&iacute;a se protegi&oacute; la cabeza. A m&iacute; me hubiese gustado resguard&aacute;rmela, especialmente la mitad calva, pero hab&iacute;a perdido el casco de bombero d&iacute;as atr&aacute;s, al intentar cruzar el Puente de Brooklyn colgado de los cables menos destrozados. Ordenamos adem&aacute;s a las mujeres ponerse a preparar agua caliente y trapos, porque hab&iacute;a que estar prontos para curar a quienes lo necesitasen.<br />No esper&aacute;bamos salir intactos, claro. Yo me reserv&eacute; a dos de ellas para otro trabajo. Se me hab&iacute;a ocurrido algo que dar&iacute;a el toque maestro a nuestro plan de combate. Por &uacute;ltimo, quedaba lo m&aacute;s importante: hab&iacute;a que revisar a conciencia a cada uno de los del grupo, por si alguno ten&iacute;a armas encima. Sin ir m&aacute;s lejos, un mes antes se hab&iacute;a colado un pu&ntilde;al en una pelea y hab&iacute;a resultado un tipo muerto. Esas son cosas que es preciso evitar a toda costa. Quedamos muy pocos en Manhattan, como para darnos el lujo de liquidarnos as&iacute;. Liarse a garrotazos est&aacute; bien; es la ley de los grupos y, por desgracia, la &uacute;nica manera de entenderse. Pero nada de tiros ni cuchilladas. Al que rompe esa ley cardinal, se le condena al ostracismo riguroso. Es el peor castigo. Un hombre solo no dura mucho en estos d&iacute;as. Si no muere de hambre lo terminan los perros salvajes o las ratas, o lo aplasta alg&uacute;n derrumbe atrasado... Es una ley muy dura; pero no cabe duda de que es la &uacute;nica forma de evitar la suciedad en las luchas de grupos.<br />Por fin estuvimos listos para marchar. Una gallarda tropa, me dije amargamente, pensando en Corea y mirando las fachas de mis hombres, adornados con cicatrices y moretones, y engalanados como para un Carnaval. Pero sab&iacute;an dar fuerte, y eso era lo principal. Nos pusimos en marcha, avanzando agachados por detr&aacute;s de las colinas de ladrillo, argamasa, cemento y vigas retorcidas que alguna vez &mdash;&iquest;cu&aacute;nto hac&iacute;a ya de eso?&mdash; hab&iacute;an recibido el elegante nombre de Rockefeller Center.<br />Imposible avanzar por la Quinta Avenida. Ni con una gr&uacute;a nos hubi&eacute;semos abierto paso. Madison, por el contrario, estaba demasiado llana. No nos conven&iacute;a. Siempre hay alg&uacute;n vig&iacute;a rondando por ah&iacute;. Tomamos la de las Am&eacute;ricas, cortando por callejones laterales cada vez que los obst&aacute;culos se hac&iacute;an demasiado grandes como para superarlos. A la altura de la calle Cincuenta y Siete, nos fren&oacute; el agujero m&aacute;s grande que hab&iacute;a visto hasta entonces.<br />&mdash;&iexcl;Alto! &mdash;orden&eacute;, levantando una mano&mdash;. Una &laquo;mastodontera&raquo;.<br />As&iacute; le llamamos a los hoyos de bomba. El nombre cl&aacute;sico de &laquo;zorreras&raquo; resultar&iacute;a inadecuado...: &iquest;qui&eacute;n ha o&iacute;do hablar jam&aacute;s de zorros de noventa y ocho metros? La &laquo;mastodontera&raquo; estaba inundada. Podr&iacute;amos haberla cruzado sobre los tablones que flotaban dentro de la lodosa agua, pero aquello era ponerse demasiado en evidencia. Prefer&iacute; dar un rodeo por detr&aacute;s de los escombros hasta Columbus. Esto nos alej&oacute; bastante, pero era mejor ser prudentes.<br />Entramos al parque por la Sesenta y seis. A golpe de garrote nos fuimos abriendo camino a trav&eacute;s de la verdadera selva que era todo aquello. Ya era casi mediod&iacute;a y el calor empezaba a hacerse sentir. La transpiraci&oacute;n nos pegaba las pieles al cuerpo. Un &laquo;perfume&raquo; no muy floral comenz&oacute; a invadir nuestras inmediaciones.<br />&mdash;&iexcl;Maldita sea! &mdash;gru&ntilde;&oacute; Curls, rasc&aacute;ndose el protuberante abdomen peludo&mdash;. Nos van a descubrir por el olor... Tendr&iacute;amos que ba&ntilde;arnos una vez al a&ntilde;o, por lo menos.<br />Algunos se rieron. Yo no pude. Me acarici&eacute; la mejilla.<br />&mdash;Tenemos que arrebatarles al A. P. N. &mdash;y mis dedos aferraron el garrote.<br />&mdash;&iexcl;C&aacute;llense, animales! &mdash;mascull&oacute; Bull, col&eacute;rico&mdash;. &iexcl;Nos van a o&iacute;r!<br />Atravesamos lo que hab&iacute;a sido el zool&oacute;gico, ahora un bosque de barrotes hechos pasta dent&iacute;frica, y cuerpos de bestias en descomposici&oacute;n. Dos gatos, que banqueteaban sobre los restos de un inidentificable cuadr&uacute;pedo, salieron disparados, todo huesos, erizada piel y amarillos ojos enloquecidos. No pude evitar estremecerme ante la vista pesadillesca de los felinos... Me pregunt&eacute; qu&eacute; aspecto tendr&iacute;a yo mismo, con barba de seis semanas &mdash;de un solo lado de la cara&mdash;, una mejilla hinchada y media cabeza lisa como un flan; para colmo, iba con unos pantalones de mujer y empu&ntilde;aba un garrote.<br />Salimos del Zoo y nos fuimos escurriendo por debajo de un gigantesco tronco. La suerte parec&iacute;a sonre&iacute;mos: las ramas y las hojas formaban un verdadero tel&oacute;n delante de nosotros. Podr&iacute;amos acercarnos bastante sin ser vistos.<br />Por fin avistamos la aguja del Obelisco de Cleopatra. Ir&oacute;nicamente, se manten&iacute;a en pie, en tanto que el Empire, el Chrisley y la Catedral de San Patricio, siglos m&aacute;s j&oacute;venes, mord&iacute;an el asfalto. Al lado del obelisco, el viejo Metropolitan Museum exhib&iacute;a sus heridas, sangrantes de maniposter&iacute;a.<br />&mdash;Bueno &mdash;anunci&eacute;&mdash;. Es el turno de los voluntarios.<br />Hubo un silencio. Todos parec&iacute;an interesados en mirar a otra parte.<br />Bull ofreci&oacute;:<br />&mdash;Yo te convenzo a unos cuantos, Matt &mdash;y cerr&oacute; los enormes pu&ntilde;os; pero yo sacud&iacute; la cabeza.<br />&mdash;Contigo y conmigo bastar&aacute;, Bull. Los dem&aacute;s, quedan a las &oacute;rdenes del Flaco. Rodeen el sitio, y cuando vean que yo se&ntilde;alo hacia el obelisco, ataquen.<br />Alguno protest&oacute; todav&iacute;a, pero al fin qued&oacute; convencido.<br />Bull y yo cargamos con unos cueros de vaca rellenos de papeles &mdash;&eacute;ste era el trabajo que hab&iacute;a encomendado antes a las mujeres&mdash;, y caminamos sin vacilar hacia el ruinoso museo.<br />No pas&oacute; mucho tiempo sin que nos gritaran que nos detuvi&eacute;ramos.<br />&mdash;&iexcl;Queremos unirnos a su grupo! &mdash;vocifer&eacute;&mdash;. &iexcl;Traemos comida!<br />Abracadabra. Los cueros de vaca rellenos parec&iacute;an, de lejos, un animal muerto, y los individuos estaban tan hambrientos que ni desconfiaron. Vacilaron un poco, pero al cabo fueron emergiendo uno por uno de la madriguera. Nos rodearon, relami&eacute;ndose por anticipado.<br />&mdash;&iquest;De d&oacute;nde vienen? &mdash;pregunt&oacute; un gigante de espesa barba rubia, que sin duda era el jefe. Llevaba un cuello alto y unos estrafalarios shorts de Bermuda.<br />&mdash;Del campo &mdash;repuse.<br />&mdash;&iquest;C&oacute;mo no les vimos acercarse?<br />&mdash;Es que vinimos atravesando el parque. Por aquel lado &mdash;dije, y se&ntilde;al&eacute; hacia el obelisco.<br />La m&iacute;a era una tropa disciplinada. En pocos segundos estuvieron sobre nosotros. La sorpresa fue total. El ruido de los cr&aacute;neos sacudidos era una gloria. Entre el marem&aacute;gnum de los garrotazos, busqu&eacute; con los ojos al A. P. N. No me cosi&oacute; ubicarlo. Era hombre, por fortuna. Su actitud era la acostumbrada. Miraba la lucha con aire un poco ausente, como si s&oacute;lo en forma indirecta le concerniese. Hab&iacute;a algo de dilettante en su porte, algo de espectador de un partido de rugby. El condenado sab&iacute;a que, cualquier que fuese el resultado, &eacute;l seguir&iacute;a pas&aacute;ndoselo bien. No le importaba gran cosa qu&eacute; grupo lo adoptase. Se notaba incluso que estaba habituado a pasar con frecuencia de mano en mano. Acodado en una de las ventanas, sus ojuelos astutos nos observaban condescendientes.<br />Por fin el rubio alz&oacute; la mano.<br />&mdash;Es... t&aacute; bien &mdash;jade&oacute;, resta&ntilde;&aacute;ndose la sangre que le flu&iacute;a de la aplastada nariz, otrora prominente&mdash;. Ganaron ustedes... &iquest;Qu&eacute;... cuernos... quieren?<br />&mdash;La sacan barata &mdash;contest&eacute;&mdash;. Nos quedamos con el A. P. N. Pueden llevarse todo lo dem&aacute;s.<br />Hubo un mirar de s&uacute;plica en sus ojos grises; pero no me abland&oacute;. Primero est&aacute; el grupo de uno, y adem&aacute;s... Con un temblor, record&eacute; las tenazas de mec&aacute;nico.<br />Se fueron. El individuo de la ventana, comprendiendo, descendi&oacute; lentamente a nuestro encuentro. Era bajito y calvo, y hab&iacute;a en sus maneras un insultante aire de superioridad. Vest&iacute;a un traje bastante discreto, si bien luc&iacute;a un remiendo de color bermell&oacute;n precisamente en el trasero. Bajo el brazo, not&eacute; con tremendo alivio un portafolios negro.<br />&mdash;Me gusta el pescado &mdash;dijo a bocajarro.<br />&mdash;Est&aacute; bien&mdash;repliqu&eacute;.<br />&mdash;Y dormir en colch&oacute;n blando, si no le importa.<br />&mdash;Est&aacute; bien..., lo tendr&aacute;.<br />&mdash;Habr&aacute; un buen techo, claro &mdash;insinu&oacute;.<br />&mdash;Y fuego, y mujeres, y todo lo que quiera &mdash;asegur&eacute;.<br />Se pas&oacute; la lengua por los finos labios.<br />&mdash;Mujeres... &iquest;con pelo?<br />&mdash;Nos quedan nueve. Dos rubias &mdash;y me mord&iacute; la lengua pensando en Lydia.<br />&mdash;Perfectamente. Me quedo con ustedes.<br />En un instante lo rodearon, pero yo me abr&iacute; paso a empuj&oacute;n limpio.<br />&mdash;&iexcl;Atr&aacute;s, marranos! &mdash;grit&eacute;.<br />Arrastr&eacute; al hombrecito por un brazo, ignorando el gutural coro de protestas que provoqu&eacute;. Penetr&eacute; con el Art&iacute;culo de Primera Necesidad en el museo y me desplom&eacute; en el primer asiento que encontr&eacute;.<br />Lo mir&eacute; anhelante.<br />&mdash;Yo primero, doctor &mdash;ped&iacute;&mdash;. &iexcl;Esta maldita muela me est&aacute; matando!<br />Y abr&iacute; la boca tan grande como pude.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;<strong>Carlos Mar&iacute;a Federici</strong></p><p>Nacido en Montevideo (Uruguay) en 1941, Carlos Mar&iacute;a Federici, dibujante e ilustrador de talento, es ante todo un autor de obras polic&iacute;acas, en cuyo g&eacute;nero tiene publicados muchos cuentos y excelentes novelas tales como La orilla roja (1972), Mi trabajo es el crimen (1974) y Dos caras para un crimen (1975). Fue la revista espa&ntilde;ola Nueva Dimensi&oacute;n la que lo revel&oacute; como un excelente autor de ciencia ficci&oacute;n, precisamente con este cuento. Desde entonces ha seguido publicando su obra con regularidad en la mayor&iacute;a de las publicaciones del g&eacute;nero.</p><p>&nbsp;</p><p>Lo mejor de la ciencia ficci&oacute;n latinoamericana<br />Bernard Goorden, Alfred E. van Vogt<br />(recopiladores)</p>]]></description><pubDate>Wed, 25 Nov 2009 04:21:00 +0000</pubDate></item><item><title>Relatos de Julio Garmendia</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2009/110902-relatos-de-julio-garmendia.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2009/110902-relatos-de-julio-garmendia.php</guid><description><![CDATA[<p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif"; mso-bidi-font-weight: bold;">El cuento ficticio</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif"; mso-bidi-font-weight: bold;">Hubo un tiempo en que los h&eacute;roes de historia &eacute;ramos todos perfectos y felices al extremo de ser completamente inveros&iacute;miles. Un d&iacute;a vino en que quisimos correr tierras, buscar aventuras y tentar la fortuna, y andando y desandando de entonces ac&aacute;, as&iacute; hemos venido a ser los descompuestos sujetos que ahora somos, que hemos dado en el absurdo de no ser absolutamente ficticios, y de extraordinarios que &eacute;ramos nos hemos vuelto veros&iacute;miles, y a&uacute;n ver&iacute;dicos, y hasta reales&hellip;</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif"; mso-bidi-font-weight: bold;">&nbsp;</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif"; mso-bidi-font-weight: bold;">El alma</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif"; mso-bidi-font-weight: bold;">Qu&eacute; viene a buscar el Diablo en mis aposentos?<span style="mso-spacerun: yes;">&nbsp; </span>&iquest;Y por qu&eacute; se toma la molestia de tentarme? (&hellip;) Nunca requer&iacute; su presencia para caer en pecado. En cambio, seguramente viven a estas mismas horas personas suficientemente virtuosas<span style="mso-spacerun: yes;">&nbsp; </span>para que pueda el Maligno ocuparse con fruto de inducirlas a pecar. Existen sin duda muchas gentes honradas que muy bien pudieran ser digna ocupaci&oacute;n del diablo&hellip;</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif"; mso-bidi-font-weight: bold;"><strong>Julio Garmendia.</strong></span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif"; mso-bidi-font-weight: bold;">La tienda de mu&ntilde;ecos. Monte Avila Latinoamericana, C. A., Caracas, 1980</span></p>]]></description><pubDate>Mon, 09 Nov 2009 17:08:00 +0000</pubDate></item><item><title>Fantas&#xED;a</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2009/110903-fantasia.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2009/110903-fantasia.php</guid><description><![CDATA[<p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif"; mso-bidi-font-weight: bold;">Las modernas fantas&iacute;as son muy sofisticadas, elaborados tratamientos de motivos populares. Tras la fachada de la voluble y locuaz irrealidad, subyacen con frecuencia tajantes comentarios sobre el mundo de hoy. La fantas&iacute;a al estilo moderno constituye esencialmente un alimento para adultos.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif"; mso-bidi-font-weight: bold;"><strong>Isaac Asimov</strong></span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif"; mso-bidi-font-weight: bold;">Cosa de cr&iacute;os. Los mejores relatos de ciencia ficci&oacute;n, C&iacute;rculo de lectores S.A., Bogot&aacute;, 1985.</span></p>]]></description><pubDate>Mon, 09 Nov 2009 17:08:00 +0000</pubDate></item><item><title>La perfecta se&#xF1;orita</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2009/110901-la-perfecta-senorita.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2009/110901-la-perfecta-senorita.php</guid><description><![CDATA[<p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Theodora, o Thea como la llamaban, era la perfecta se&ntilde;orita desde que naci&oacute;. Lo dec&iacute;an todos los que la hab&iacute;an visto desde los primeros meses de su vida, cuando la llevaban en un cochecito forrado de raso blanco. Dorm&iacute;a cuando deb&iacute;a dormir. Al despertar, sonre&iacute;a a los extra&ntilde;os. Casi nunca mojaba los pa&ntilde;ales. Fue facil&iacute;simo ense&ntilde;arle las buenas costumbres higi&eacute;nicas y aprendi&oacute; a hablar extraordinariamente pronto. A continuaci&oacute;n, aprendi&oacute; a leer cuando apenas ten&iacute;a dos a&ntilde;os. Y siempre hizo gala de buenos modales. A los tres a&ntilde;os empez&oacute; a hacer reverencias al ser presentada a la gente. Se lo ense&ntilde;&oacute; su madre, naturalmente, pero Thea se desenvolv&iacute;a en la etiqueta como un pato en el agua.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">-Gracias, lo he pasado maravillosamente -dec&iacute;a con locuacidad, a los cuatro a&ntilde;os, inclin&aacute;ndose en una reverencia de despedida al salir de una fiesta infantil. Volv&iacute;a a su casa con su vestido almidonado tan impecable como cuando se lo puso. Cuidaba much&iacute;simo su pelo y sus u&ntilde;as. Nunca estaba sucia, y cuando ve&iacute;a a otros ni&ntilde;os corriendo y jugando, haciendo flanes de barro, cay&eacute;ndose y pel&aacute;ndose las rodillas, pensaba que eran completamente idiotas. Thea era hija &uacute;nica. Otras madres m&aacute;s ajetreadas, con dos o tres v&aacute;stagos que cuidar, alababan la obediencia y la limpieza de Thea, y eso le encantaba. Thea se complac&iacute;a tambi&eacute;n con las alabanzas de su propia madre. Ella y su madre se adoraban.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Entre los contempor&aacute;neos de Thea, las pandillas empezaban a los ocho, nueve o diez a&ntilde;os, si se puede usar la palabra pandilla para el grupo informal que recorr&iacute;a la urbanizaci&oacute;n en patines o bicicleta. Era una t&iacute;pica urbanizaci&oacute;n de clase media. Pero si un ni&ntilde;o no participaba en las partidas de &laquo;p&oacute;quer loco&raquo; que ten&iacute;an lugar en el garaje de algunos de los padres, o en las correr&iacute;as sin destino por las calles residenciales, ese ni&ntilde;o no contaba. Thea no contaba, por lo que respecta a la pandilla.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">-No me importa nada, porque no quiero ser uno de ellos -les dijo a sus padres.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">-Thea hace trampas en los juegos. Por eso no queremos que venga con nosotros -dijo un ni&ntilde;o de diez a&ntilde;os en una de las clases de Historia del padre de Thea.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">El padre de Thea, Ted, ense&ntilde;aba en una escuela de la zona. Hac&iacute;a mucho tiempo que sospechaba la verdad, pero hab&iacute;a mantenido la boca cerrada, confiando en que la cosa mejorara. Thea era un misterio para &eacute;l. &iquest;C&oacute;mo era posible que &eacute;l, un hombre tan normal y laborioso, hubiese engendrado una mujer hecha y derecha?</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">-Las ni&ntilde;as nacen mujeres -dijo Margot, la madre de Thea-. Los ni&ntilde;os no nacen hombres. Tienen que aprender a serlo. Pero las ni&ntilde;as ya tienen un car&aacute;cter de mujer.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">-Pero eso no es tener car&aacute;cter -dijo Ted-. Eso es ser intrigante. El car&aacute;cter se forma con el tiempo. Como un &aacute;rbol.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Margot sonri&oacute;, tolerante, y Ted tuvo la impresi&oacute;n de que hablaba como un hombre de la edad de piedra, mientras que su mujer y su hija viv&iacute;an en la era supers&oacute;nica.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Al parecer, el principal objetivo en la vida de Thea era hacer desgraciados a sus contempor&aacute;neos. Hab&iacute;a contado una mentira sobre otra ni&ntilde;a, en relaci&oacute;n con un ni&ntilde;o, y la chiquilla hab&iacute;a llorado y casi tuvo una depresi&oacute;n nerviosa. Ted no pod&iacute;a recordar los detalles, aunque s&iacute; hab&iacute;a comprendido la historia cuando la oy&oacute; por primera vez, resumida por Margot. Thea hab&iacute;a logrado echarle toda la culpa a la otra ni&ntilde;a. Maquiavelo no lo hubiera hecho mejor.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">-Lo que pasa es que ella no es una sinverg&uuml;enza -dijo Margot-. Adem&aacute;s, puede jugar con Craig, as&iacute; que no est&aacute; sola.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Craig ten&iacute;a diez a&ntilde;os y viv&iacute;a tres casas m&aacute;s all&aacute;. Pero Ted no se dio cuenta al principio de que Craig estaba aislado, y por la misma raz&oacute;n. Una tarde, Ted observ&oacute; c&oacute;mo uno de los chicos de la urbanizaci&oacute;n hac&iacute;a un gesto grosero, en ominoso silencio, al cruzarse con Craig por la acera.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">-&iexcl;Gusano! -respondi&oacute; Craig inmediatamente.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Luego ech&oacute; a correr, por si el chico lo persegu&iacute;a, pero el otro se limit&oacute; a volverse y decir:</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">-&iexcl;Eres un mierda, igual que Thea!</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">No era la primera vez que Ted o&iacute;a tales palabras en boca de los chicos, pero tampoco las o&iacute;a con frecuencia y qued&oacute; impresionado.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">-Pero, &iquest;qu&eacute; hacen solos, Thea y Craig? -le pregunt&oacute; a su mujer.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">-Oh, dan paseos. No s&eacute; -dijo Margot-. Supongo que Craig est&aacute; enamorado de ella.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Ted ya lo hab&iacute;a pensado. Thea pose&iacute;a una belleza de cromo que le garantizar&iacute;a el &eacute;xito entre los muchachos cuando llegara a la adolescencia y, naturalmente, estaba empezando antes de tiempo. Ted no ten&iacute;a ning&uacute;n temor de que hiciera nada indecente, porque pertenec&iacute;a al tipo de las provocativas y b&aacute;sicamente puritanas.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">A lo que se dedicaban Thea y Craig por entonces era a observar la excavaci&oacute;n de un refugio subterr&aacute;neo con t&uacute;nel y dos chimeneas en un solar a una milla de distancia aproximadamente. Thea y Craig iban all&iacute; en bicicleta, se ocultaban detr&aacute;s de unos arbustos cercanos y espiaban ri&eacute;ndose por lo bajo. M&aacute;s o menos una docena de los miembros de la pandilla estaban trabajando como peones, sacando cubos de tierra, recogiendo le&ntilde;a y preparando patatas asadas con sal y mantequilla, punto culminante de todo esfuerzo, alrededor de las seis de la tarde. Thea y Craig ten&iacute;an la intenci&oacute;n de esperar hasta que la excavaci&oacute;n y la decoraci&oacute;n estuvieran terminadas y luego se propon&iacute;an destruirlo todo.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Mientras tanto a Thea y a Craig se les ocurri&oacute; lo que ellos llamaban &laquo;un nuevo juego de pelota&raquo;, que era su clave para decir una mala pasada. Enviaron una nota mecanografiada a la mayor bocazas de la escuela, Ver&oacute;nica, diciendo que una ni&ntilde;a llamada Jennifer iba a dar una fiesta sorpresa por su cumplea&ntilde;os en determinada fecha, y por favor, d&iacute;selo a todo el mundo, pero no se lo digas a Jennifer. Supuestamente la carta era de la madre de Jennifer. Entonces Thea y Craig se escondieron detr&aacute;s de los setos y observaron a sus compa&ntilde;eros del colegio present&aacute;ndose en casa de Jennifer, algunos vestidos con sus mejores galas, casi todos llevando regalos, mientras Jennifer se sent&iacute;a cada vez m&aacute;s violenta, de pie en la puerta de su casa, diciendo que ella no sab&iacute;a nada de la fiesta. Como la familia de Jennifer ten&iacute;a dinero, todos los chicos hab&iacute;an pensado pasar una tarde estupenda.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Cuando el t&uacute;nel, la cueva, las chimeneas y las hornacinas para las velas estuvieron acabadas, Thea y Craig fingieron tener dolor de tripas un d&iacute;a, en sus respectivas casas, y no fueron al colegio. Por previo acuerdo se escaparon y se reunieron a las once de la ma&ntilde;ana en sus bicicletas. Fueron al refugio y se pusieron a saltar al un&iacute;sono sobre el techo del t&uacute;nel hasta que se hundi&oacute;. Entonces rompieron las chimeneas y esparcieron la le&ntilde;a tan cuidadosamente recogida. Incluso encontraron la reserva de patatas y sal y la tiraron en el bosque. Luego regresaron a casa en sus bicicletas.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Dos d&iacute;as m&aacute;s tarde, un jueves que era d&iacute;a de clases, Craig fue encontrado a las cinco de la tarde detr&aacute;s de unos olmos en el jard&iacute;n de los Knobel, muerto a pu&ntilde;aladas que le atravesaban la garganta y el coraz&oacute;n. Tambi&eacute;n ten&iacute;a feas heridas en la cabeza, como si lo hubiesen golpeado repetidamente con piedras &aacute;speras. Las medidas de las pu&ntilde;aladas demostraron que se hab&iacute;an utilizado por lo menos siete cuchillos diferentes.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Ted se qued&oacute; profundamente impresionado. Para entonces ya se hab&iacute;a enterado de lo del t&uacute;nel y las chimeneas destruidas. Todo el mundo sab&iacute;a que Thea y Craig hab&iacute;an faltado al colegio el martes en que hab&iacute;a sido destrozado el t&uacute;nel. Todo el mundo sab&iacute;a que Thea y Craig estaban constantemente juntos. Ted tem&iacute;a por la vida de su hija. La polic&iacute;a no pudo acusar de la muerte de Craig a ninguno de los miembros de la pandilla, y tampoco pod&iacute;an juzgar por asesinato u homicidio a todo un grupo. La investigaci&oacute;n se cerr&oacute; con una advertencia a todos los padres de los ni&ntilde;os del colegio.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">-S&oacute;lo porque Craig y yo falt&aacute;ramos al colegio ese mismo d&iacute;a no quiere decir que fu&eacute;semos juntos a romper ese est&uacute;pido t&uacute;nel -le dijo Thea a una amiga de su madre, que era madre de uno de los miembros de la pandilla. Thea ment&iacute;a como un consumado brib&oacute;n. A un adulto le resultaba dif&iacute;cil desmentirla.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">As&iacute; que para Thea la edad de las pandillas -a su modo- termin&oacute; con la muerte de Craig. Luego vinieron los novios y el coqueteo, oportunidades de traiciones y de intrigas, y un constante r&iacute;o, siempre cambiante, de j&oacute;venes entre diecis&eacute;is y veinte a&ntilde;os, algunos de los cuales no le duraron m&aacute;s de cinco d&iacute;as.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Dejemos a Thea a los quince a&ntilde;os, sentada frente a un espejo, acical&aacute;ndose. Se siente especialmente feliz esta noche porque su m&aacute;s pr&oacute;xima rival, una chica llamada Elizabeth, acaba de tener un accidente de coche y se ha roto la nariz y la mand&iacute;bula y sufre lesiones en un ojo, por lo que ya no volver&aacute; a ser la misma. Se acerca el verano, con todos esos bailes en las terrazas y fiestas en las piscinas. Incluso corre el rumor de que Elizabeth tendr&aacute; que ponerse la dentadura inferior postiza, de tantos dientes como se rompi&oacute;, pero la lesi&oacute;n del ojo debe ser lo m&aacute;s visible. En cambio Thea escapar&aacute; a todas las cat&aacute;strofes. Hay una divinidad que protege a las perfectas se&ntilde;oritas como Thea.</span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";"><strong>Patricia Highsmith</strong></span></p><p><span style="font-size: 10pt; font-family: "Arial","sans-serif";">Tomado de <span style="color: windowtext;"><a href="http://www.apocatastasis.com">www.apocatastasis.com</a></span></span></p>]]></description><pubDate>Mon, 09 Nov 2009 16:21:00 +0000</pubDate></item><item><title>La Familia del Vourdalak</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2009/102802-la-familia-del-vourdalak.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2009/102802-la-familia-del-vourdalak.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Fragmento In&eacute;dito de las Memorias de un Desconocido<br />(Sem'ya Vurdalaka-1847)</p><p style="text-align: justify;">En el a&ntilde;o de 1815 se reuni&oacute; en Viena lo m&aacute;s distinguido en materia de erudici&oacute;n europea, esp&iacute;ritus brillantes de la sociedad y de enormes capacidades diplom&aacute;ticas. Cuando el Congreso concluy&oacute;, los mon&aacute;rquicos emigrados se preparaban para regresar definitivamente a sus castillos, los guerreros rusos a ver de nuevo sus hogares abandonados y algunos polacos part&iacute;an a disgusto por tener que llevar con ellos su amor a la libertad a Cracovia, para ponerla bajo la triple y dudosa independencia que supuestamente hab&iacute;an logrado el pr&iacute;ncipe Metternich, el pr&iacute;ncipe de Hardenberg y el conde de Nesselrode.</p><p style="text-align: justify;">Parecido al fin de un baile animado, la reuni&oacute;n hac&iacute;a poco tiempo muy concurrida se redujo a un peque&ntilde;o n&uacute;mero de personas dispuestas al placer que, fascinadas por los encantos de las damas austriacas, se demoraban en cerrar el equipaje y postergaban su marcha.</p><p style="text-align: justify;">Esta feliz sociedad, de la que yo formaba parte, se reun&iacute;a dos veces por semana en el castillo de la se&ntilde;ora princesa viuda de Schwarzemberg, a pocas millas de la ciudad, al lado de un peque&ntilde;o burgo llamado Hitzing. Los buenos modales de la anfitriona del lugar eran realzados por la gentil amabilidad y la finura de su esp&iacute;ritu, y hac&iacute;an deleitosa la estancia en su residencia.</p><p style="text-align: justify;">Las ma&ntilde;anas estaban destinadas a dar paseos; merend&aacute;bamos todos juntos, en el castillo o en los alrededores y, en la noche, sentados alrededor de un agradable fuego de chimenea, nos entreten&iacute;amos conversando y contando historias. Estaba estrictamente prohibido hablar de pol&iacute;tica. Ya hab&iacute;amos tenido demasiado, y prefer&iacute;amos los relatos de leyendas de nuestros respectivos pa&iacute;ses o de nuestras evocaciones.</p><p style="text-align: justify;">Una noche, cuando ya cada uno hab&iacute;a contado alguna cosa y nuestros &aacute;nimos se encontraban en ese estado de tensi&oacute;n que por lo com&uacute;n la oscuridad y el silencio incrementan, el marqu&eacute;s de Urf&eacute;, viejo emigrado a quien todos estim&aacute;bamos por su alegr&iacute;a juvenil y por la forma atrevida de hablar de su antigua buena fortuna, aprovech&oacute; un momento de silencio y tom&oacute; la palabra:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Vuestras historias, se&ntilde;ores &mdash;nos dijo&mdash;, sin duda son asombrosas, pero es de mi parecer que les falta algo esencial, quiero decir, la autenticidad. Que yo sepa ninguno de vosotros ha visto con sus ojos las cosas maravillosas que acaban de narrar, como tampoco puede asegurar su veracidad bajo palabra de honor.</p><p style="text-align: justify;">Fuimos obligados a reconocerlo y el anciano, acarici&aacute;ndose la papada, continu&oacute;:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;En cuanto a m&iacute;, se&ntilde;oras, no conozco sino una sola aventura de ese g&eacute;nero, pero al mismo tiempo es tan extra&ntilde;a, tan horrible, y tan verdadera que ella sola es suficiente para herir de espanto el esp&iacute;ritu del m&aacute;s incr&eacute;dulo. Desgraciadamente fui testigo y actor al mismo tiempo, y aunque no me gusta recordarla, esta vez con placer les narrar&eacute; la historia, siempre que las damas lo consientan.</p><p style="text-align: justify;">La aprobaci&oacute;n fue un&aacute;nime. Algunas miradas, temerosas ante la perspectiva de escuchar una narraci&oacute;n verdadera, se posaron en los cuadros de luz que comenzaban a dibujarse sobre la duela; pero pronto el peque&ntilde;o c&iacute;rculo se fue cerrando y cada uno hizo silencio para escuchar la historia del marqu&eacute;s.</p><p style="text-align: justify;">El se&ntilde;or de Urf&eacute; tom&oacute; una porci&oacute;n de tabaco, la fum&oacute; lentamente y comenz&oacute; diciendo:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Antes que nada, se&ntilde;oras m&iacute;as, les pido una disculpa si en el transcurso de mi narraci&oacute;n sucede que hablo de mis asuntos amorosos m&aacute;s de lo que conviene a un hombre de mi edad. Pero deber&eacute; mencionarlos para la comprensi&oacute;n del relato. Adem&aacute;s, se perdona a la vejez tener momentos de confusi&oacute;n, y ser&aacute; su culpa se&ntilde;oras m&iacute;as, si al verlas tan hermosas frente a m&iacute;, me siento tentado a creer que soy un joven mozo. Les dir&eacute; sin m&aacute;s pre&aacute;mbulos que en el a&ntilde;o de 1759 yo estaba perdidamente enamorado de la bella duquesa de Gramont. Esa pasi&oacute;n que cre&iacute; entonces profunda y duradera no me dejaba en paz ni de d&iacute;a ni de noche, y la duquesa, como suelen hacer las mujeres bonitas, se complac&iacute;a en coquetear para acrecentar mis tormentos. Tanto que en un momento de desesperaci&oacute;n, fui a solicitar y obtuve una misi&oacute;n diplom&aacute;tica cerca del hospodar de Moldavia, durante las negociaciones con el gabinete de Versalles y ser&iacute;a tan aburrido como in&uacute;til detallarlas. La v&iacute;spera de mi partida, me present&eacute; en casa de la duquesa. Ella me recibi&oacute; menos sarc&aacute;stica que de costumbre y me dijo con una voz que dejaba traslucir cierta emoci&oacute;n:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;De Urf&eacute;, comete usted una locura. Pero le conozco y s&eacute; muy bien que nunca se retracta cuando ya ha tomado una decisi&oacute;n. As&iacute; que no le demando sino una cosa: acepte esta peque&ntilde;a cruz como prueba de mi amistad, y ll&eacute;vela puesta hasta su regreso. Es una reliquia que para mi familia tiene una gran valor.</p><p style="text-align: justify;">Con una galanter&iacute;a, quiz&aacute; para el momento fuera de tono bes&eacute; no la reliquia, sino la encantadora mano que me la ofrec&iacute;a y me la puse alrededor del cuello. Es la misma cruz que aqu&iacute; muestro; desde ese d&iacute;a nunca me he separado de ella.</p><p style="text-align: justify;">No las fatigar&eacute;, se&ntilde;oras, con los detalles del viaje, ni con las observaciones que hice de los h&uacute;ngaros y de los serbios, un pueblo empobrecido e ignorante pero valiente y honesto, que a pesar de estar bajo el dominio turco no hab&iacute;a olvidado ni su dignidad ni su antigua independencia. Ser&aacute; suficiente decirles que haber aprendido un&nbsp;&nbsp;&nbsp; poco del idioma polaco durante una estad&iacute;a en Varsovia, facilit&oacute; mi instrucci&oacute;n y en poco tiempo me adiestr&eacute; en el serbio, ya que esos dos idiomas, al igual que el ruso y el bohemio, como deben saber, no son sino ramas de una misma y &uacute;nica lengua que llaman eslava.</p><p style="text-align: justify;">Ahora bien, sab&iacute;a lo suficiente para hacerme entender, cuando un d&iacute;a llegu&eacute; a un pueblo, cuyo nombre interesa apenas. Encontr&eacute; a los habitantes de la casa en donde iba a hospedarme sumergidos en una consternaci&oacute;n que me pareci&oacute; tanto m&aacute;s inusual puesto que era domingo, d&iacute;a en que el pueblo serbio acostumbra entregarse a los m&aacute;s diversos placeres, tales como el baile, el tiro de arcabuz, la lucha, etc. Atribu&iacute; la forma de actuar de mis anfitriones a alguna desgracia reciente, y ya iba a retirarme cuando un hombre como de treinta a&ntilde;os, alto de estatura e imponente, se acerc&oacute; y me tom&oacute; de la mano.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Pase, pase, extranjero &mdash;me dijo&mdash;, no se moleste por nuestra tristeza, cuando conozca la causa nos entender&aacute;.</p><p style="text-align: justify;">Me cont&oacute; entonces que su anciano padre, llamado Gorcha, hombre de car&aacute;cter inquieto e intratable, un d&iacute;a se hab&iacute;a levantado de su cama y hab&iacute;a descolgado de la pared su gran arcabuz turco.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Muchachos &mdash;les hab&iacute;a dicho a sus dos hijos, Georges y Pierre&mdash;, me voy a la monta&ntilde;a para reunirme con los valientes que persiguen a ese perro de Alibek (&eacute;se era el nombre de un bandolero turco que entonces asolaba al pa&iacute;s). Esp&eacute;renme durante diez d&iacute;as, y si no regreso al d&eacute;cimo, hagan decir una misa de difuntos, puesto que estar&eacute; muerto. Pero &mdash;a&ntilde;adi&oacute; el viejo Gorcha poni&eacute;ndose a&uacute;n m&aacute;s circunspecto&mdash;, si yo regresara (de esto Dios los guarde) despu&eacute;s de cumplirse los diez d&iacute;as, por sus vidas no me permitan de ning&uacute;n modo entrar. Si esto ocurre, les ordeno olvidar que fui su padre y que me atraviesen con una estaca de &aacute;lamo sin tomar en cuenta lo que yo pueda decir o hacer, ya que para ese momento no ser&eacute; sino un maldito vourdalak que vendr&aacute; a succionar vuestra sangre.</p><p style="text-align: justify;">Es oportuno decir, se&ntilde;oras m&iacute;as, que los vourdalaks o vampiros de los pueblos eslavos no son otra cosa que cuerpos muertos, salidos de sus tumbas para succionar la sangre de los vivos. Hasta ah&iacute; sus costumbres son las mismas de todos los vampiros, pero tienen otra que los hace m&aacute;s temibles. Los vourdalaks, se&ntilde;oras m&iacute;as, prefieren succionar la sangre de sus familiares m&aacute;s cercanos y de sus amigos m&aacute;s &iacute;ntimos, quienes al morir se convierten en vampiros a su vez, de manera que se afirma haber visto en Bosnia y en Hungr&iacute;a poblaciones enteras convertidas en vourdalaks. El abad Agust&iacute;n Calmet, en su curiosa obra sobre aparecidos, cita ejemplos escalofriantes. Los emperadores de Alemania en varias ocasiones han nombrado comisiones encargadas de esclarecer casos de vampirismo. Se levantan actas, se exhuman cad&aacute;veres encontrados ah&iacute;tos de sangre y se les quema en las plazas p&uacute;blicas luego de perfor&aacute;rseles el coraz&oacute;n. Magistrados que son testigos de esas ejecuciones afirman haber escuchado a los cad&aacute;veres emitir alaridos al momento en que el verdugo hend&iacute;a la estaca en sus pechos. Los mismos magistrados han hecho la deposici&oacute;n formal y lo corroboran sus juramentos y sus firmas.</p><p style="text-align: justify;">Despu&eacute;s de estas referencias, les ser&aacute; m&aacute;s f&aacute;cil comprender, se&ntilde;oras, la impresi&oacute;n que produjeron las palabras de Gorcha en sus hijos. Los dos se hincaron a sus pies y le suplicaron que se les dejara ir en su lugar; pero, por toda respuesta, &eacute;l les dio la espalda y se puso en marcha canturreando el estribillo de una antigua balada. Precisamente el d&iacute;a en que llegu&eacute; al pueblo, expiraba el plazo fijado por Gorcha, y no me cost&oacute; trabajo comprender la desesperaci&oacute;n de esos j&oacute;venes.</p><p style="text-align: justify;">Se trataba de una familia buena y honesta. Georges, el mayor de los dos hijos, era de marcados rasgos masculinos, aparentaba ser un hombre serio y decidido. Estaba casado y ten&iacute;a dos hijos. Su hermano Pierre era un hermoso joven de dieciocho a&ntilde;os, su fisonom&iacute;a revelaba m&aacute;s dulzura que audacia, y parec&iacute;a ser el favorito de una hermana menor llamada Sdenka, una joven que representaba muy bien la belleza eslava. Adem&aacute;s de esa belleza indiscutible desde todo punto de vista, el parecido con la duquesa de Gramont me impresion&oacute; de entrada. Ten&iacute;a en especial un rasgo en la frente que en toda mi vida no encontr&eacute; sino en esos dos seres. Esa particularidad pod&iacute;a no agradar en una primera impresi&oacute;n pero se volv&iacute;a irresistiblemente atractiva despu&eacute;s de haberla visto m&aacute;s de una vez.</p><p style="text-align: justify;">Ya fuera porque en ese tiempo era muy joven, ya fuera el parecido, aunado a un esp&iacute;ritu &uacute;nico e ingenuo, Sdenka provoc&oacute; en m&iacute; un efecto irresistible. No hab&iacute;amos conversado ni dos minutos y ya sent&iacute;a por ella una simpat&iacute;a demasiado viva como para que no amenazara en convertirse en un sentimiento m&aacute;s tierno si prolongaba mi estad&iacute;a en el pueblo.</p><p style="text-align: justify;">Est&aacute;bamos reunidos delante de la casa en torno a una mesa provista de quesos y de cuencos de leche. Sdenka hilaba; su cu&ntilde;ada preparaba la merienda de los ni&ntilde;os que jugaban en la arena; Pierre, con afectada despreocupaci&oacute;n, silbaba mientras pul&iacute;a un yatag&aacute;n, o largo cuchillo turco; Georges, acodado sobre la mesa, la cabeza entre las manos y el ce&ntilde;o fruncido, parec&iacute;a devorar el camino con los ojos, sin pronunciar una palabra.</p><p style="text-align: justify;">Por lo que a m&iacute; se refiere, vencido por la tristeza general, miraba con melancol&iacute;a c&oacute;mo las nubes enmarcaban el cielo dorado y, entre un bosque de pinos, la silueta de un convento a medio esconder.</p><p style="text-align: justify;">Ese convento, como lo supe m&aacute;s tarde, anta&ntilde;o goz&oacute; de una enorme celebridad gracias a una imagen milagrosa de la Virgen, que seg&uacute;n la leyenda los &aacute;ngeles hab&iacute;an conducido y colocado en un roble. Pero al inicio del siglo pasado, cuando los turcos invadieron el pa&iacute;s, degollaron a los monjes y saquearon el convento. De &eacute;l no quedaban sino unos cuantos muros y una capilla comunicada por una especie de ermita. Este &uacute;ltimo acog&iacute;a en sus ruinas a los curiosos y brindaba refugio a los peregrinos que llegaban a pie, venidos de un santo lugar a otro, para rendir las&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; devociones en el convento de la Virgen del Roble. Ya dije antes que esto lo supe tiempo despu&eacute;s. Esa tarde, yo pensaba en cosas que distaban mucho de la arqueolog&iacute;a serbia. Como sucede a menudo, cuando se deja volar la imaginaci&oacute;n, evocaba tiempos pasados, los d&iacute;as de mi infancia, la querida patria, Francia, a la que hab&iacute;a abandonado por un pa&iacute;s lejano y salvaje.</p><p style="text-align: justify;">Recordaba a la duquesa de Gramont y, por qu&eacute; no confesarlo, en la distancia recordaba tambi&eacute;n a algunas damas de mi &eacute;poca, abuelas vuestras, cuyos rostros, despu&eacute;s del de la encantadora duquesa, se deslizaban en mi coraz&oacute;n. R&aacute;pidamente olvid&eacute; a mis anfitriones y su desasosiego.</p><p style="text-align: justify;">De pronto Georges rompi&oacute; el silencio:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Mujer &mdash;dijo&mdash;, &iquest;a qu&eacute; hora parti&oacute; el viejo?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;A las ocho &mdash;respondi&oacute; la mujer&mdash;. Escuch&eacute; con claridad las campanas del convento.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Entonces est&aacute; bien &mdash;sigui&oacute; diciendo Georges&mdash;, no pueden ser m&aacute;s de las siete y media&mdash;. Y enmudeci&oacute; fijando otra vez los ojos el largo camino que se perd&iacute;a en el bosque.</p><p style="text-align: justify;">Olvid&eacute; decirles, se&ntilde;oras, que cuando los serbios sospechan de alg&uacute;n vampirizado, evitan llamarlo por su nombre o de manera directa, puesto que para ellos es hacerlo salir de su tumba. Tambi&eacute;n Georges, desde hac&iacute;a alg&uacute;n tiempo, al hablar de su padre no se refer&iacute;a a &eacute;l de otro modo sino como el viejo.</p><p style="text-align: justify;">Se qued&oacute; otro rato en silencio. De pronto, uno de los ni&ntilde;os, tirando del delantal de Sdenka, pregunt&oacute;:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;T&iacute;a, &iquest;cu&aacute;ndo regresar&aacute; el abuelo a la casa?</p><p style="text-align: justify;">Una bofetada fue la respuesta de Georges a la pregunta inoportuna. El ni&ntilde;o se puso a llorar, y su hermano m&aacute;s peque&ntilde;o interrog&oacute; asombrado y temeroso:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;Por qu&eacute;, padre, nos proh&iacute;be hablar del abuelo?</p><p style="text-align: justify;">Otra bofetada le cerr&oacute; la boca. Los dos ni&ntilde;os se pusieron a chillar y la familia entera se santigu&oacute;.</p><p style="text-align: justify;">En eso est&aacute;bamos cuando escuch&eacute; las campanas del convento dar poco a poco las ocho. Apenas el primer toque resonaba en nuestros o&iacute;dos vimos una forma humana salir de la espesura del bosque y avanzar lentamente hacia nosotros.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Es &eacute;l! &iexcl;Alabado sea Dios! &mdash;gritaron al un&iacute;sono Sdenka, Pierre y su cu&ntilde;ada.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Dios nos guarde! &mdash;dijo Georges preocupado&mdash;, &iquest;c&oacute;mo saber si los diez d&iacute;as transcurrieron o no?</p><p style="text-align: justify;">Todos lo miraron con p&aacute;nico, mientras la forma humana segu&iacute;a avanzando. Era un viejo de gran altura con un bigote plateado, la cara p&aacute;lida y severa y que se arrastraba a duras penas con la ayuda de un bast&oacute;n. A medida que se acercaba, el rostro de Georges se hac&iacute;a m&aacute;s sombr&iacute;o. Una vez que el reci&eacute;n llegado estuvo muy cerca, se plant&oacute; y recorri&oacute; a su familia con unos ojos que no parec&iacute;an ver, de tan apagados y hundidos en sus &oacute;rbitas.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Bueno! &mdash;dijo con una voz cavernosa&mdash;, &iquest;nadie me va a recibir?, &iquest;qu&eacute; significa ese silencio?, &iquest;no ven que estoy herido?</p><p style="text-align: justify;">Entonces me di cuenta que el viejo sangraba por el costado izquierdo.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Ayude a su padre a sostenerse! &mdash;dije a Georges&mdash;. &iexcl;Sdenka, usted vaya a preparar alguna medicina, este hombre est&aacute; a punto de desfallecer!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Padre m&iacute;o &mdash;dijo Georges acerc&aacute;ndose a Gorcha&mdash;, mu&eacute;streme su herida, s&eacute; de estas cosas y lo voy a curar.</p><p style="text-align: justify;">Se acerc&oacute; para abrirle las vestiduras, pero el viejo lo rechaz&oacute; bruscamente y ocult&oacute; la lesi&oacute;n tras sus manos.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Qu&iacute;tate, torpe &mdash;dijo&mdash;, me haces da&ntilde;o!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Pero entonces, &iexcl;es en el coraz&oacute;n donde trae la herida! &mdash;grit&oacute; Georges palideciendo&mdash;. &iexcl;Vamos! &iexcl;Vamos! &iexcl;Qu&iacute;tese esas ropas, es urgente, urgente le digo!</p><p style="text-align: justify;">El viejo se irgui&oacute;.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Cu&iacute;date mucho &mdash;dijo con su voz hueca&mdash; de tocarme, pues si lo haces, te maldecir&eacute;!</p><p style="text-align: justify;">Pierre se puso en medio de Georges y de su padre.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;D&eacute;jalo! &iquest;no te das cuenta que lo lastimas?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;No le lleves la contra &mdash;a&ntilde;adi&oacute; su mujer&mdash;, sabes que nunca lo ha tolerado!</p><p style="text-align: justify;">En ese momento vimos a un reba&ntilde;o regresar de pacer, entre una nube de polvo, que se dirig&iacute;a hacia la casa. El perro pastor que lo conduc&iacute;a, o no reconoci&oacute; a su viejo amo, o por otro motivo ignorado, desde el momento en que percibi&oacute; la presencia de Gorcha se detuvo, y, con el pelambre erizado, comenz&oacute; a aullar como si viera algo sobrenatural.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;Qu&eacute; le pasa a ese perro? &mdash;dijo el viejo cada vez m&aacute;s enojado&mdash;, &iquest;qu&eacute; significa todo esto?, &iquest;me he convertido en un extra&ntilde;o en mi propia casa?, &iquest;diez d&iacute;as pasados en la monta&ntilde;a me cambiaron hasta el punto de que ni mis perros me reconocen?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;Escuchaste? &mdash;dijo Georges a su mujer.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;Qu&eacute; cosa?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Reconoce que pasaron los diez d&iacute;as!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;No, pero si regres&oacute; dentro del plazo fijado!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Est&aacute; bien, est&aacute; bien, yo s&eacute; lo que tengo que hacer!</p><p style="text-align: justify;">Como el perro segu&iacute;a aullando, vocifer&oacute;:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Maten a ese perro! &iquest;No me escuchan?"</p><p style="text-align: justify;">Georges no se movi&oacute;, pero Pierre se levant&oacute; con l&aacute;grimas en los ojos, tom&oacute; el arcabuz de su padre y dispar&oacute;. El perro rod&oacute; por el suelo.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Era mi perro preferido &mdash;dijo en voz baja&mdash;, no entiendo porqu&eacute; ha querido que lo mataran!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Porque lo merec&iacute;a! &mdash;dijo Gorcha&mdash;. &iexcl;Vamos, quiero entrar, hace mucho fr&iacute;o!</p><p style="text-align: justify;">Mientras eso suced&iacute;a afuera, Sdenka prepar&oacute; para el viejo una tisana hecha de aguardiente hervido con peras, miel y ra&iacute;ces secas. Pero su padre la rechaz&oacute; con asco. Mostr&oacute; la misma aversi&oacute;n al plato de carnero con arroz que le sirvi&oacute; Georges, y finalmente fue a sentarse en un rinc&oacute;n del hogar, mascullando palabras ininteligibles.</p><p style="text-align: justify;">Un fuego hecho de pinos chispeaba en la chimenea y alumbraba vacilante el rostro p&aacute;lido y derrotado del viejo, y sin esa luz se habr&iacute;a dicho que era la cara de un muerto. Sdenka fue a sentarse junto a &eacute;l.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Padre m&iacute;o &mdash;le dijo&mdash;, no desea tomar alguna cosa ni descansar. &iquest;Y si nos contara sus aventuras en las monta&ntilde;as?</p><p style="text-align: justify;">Al decir esto la joven sab&iacute;a que tocaba un punto d&eacute;bil, pues al viejo le encantaba narrar historias de guerras y combates. Se dibuj&oacute; una sonrisa en sus labios descoloridos, sus ojos permanecieron inexpresivos y pasando las manos por sus hermosos cabellos blancos, respondi&oacute;:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;S&iacute;, hija m&iacute;a; s&iacute;, Sdenka, me gustar&aacute; mucho narrarte lo que sucedi&oacute; en las monta&ntilde;as, pero ser&aacute; otro d&iacute;a, ahora estoy muy cansado. Entretanto te adelantar&eacute; que Alibek ya no existe y que por mi mano muri&oacute;. Si alguien lo duda&nbsp; &mdash;sigui&oacute; el viejo paseando la mirada sobre su familia&mdash;, &iexcl;aqu&iacute; est&aacute; la prueba!</p><p style="text-align: justify;">Desat&oacute; una especie de alforja que le colgaba de la espalda y extrajo una cabeza p&aacute;lida y cruel, que a&uacute;n no exced&iacute;a en estas caracter&iacute;sticas al rostro del viejo. Nos volvimos horrorizados, y Gorcha se la entreg&oacute; a Pierre:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Toma &mdash;le dijo&mdash;, &iexcl;col&oacute;came esto encima de la puerta, para que la gente que pase sepa que Alibek est&aacute; muerto y que los caminos est&aacute;n limpios de bandoleros, exceptuando, claro est&aacute;, a los jen&iacute;zaros del Sult&aacute;n!</p><p style="text-align: justify;">Pierre acat&oacute; la orden con repugnancia.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Ahora comprendo &mdash;dijo el viejo&mdash;, que ese pobre perro aullaba por olfatear la carne muerta!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;S&iacute;, oli&oacute; carne muerta &mdash;respondi&oacute; con tristeza Georges, que hab&iacute;a salido sin que nos di&eacute;ramos cuenta y en ese momento entraba portando en la mano un objeto que me pareci&oacute; una estaca y fue a depositarlo en un rinc&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Georges &mdash;le dijo su mujer en voz baja&mdash; &iquest;no estar&aacute;s pensando...?, espero.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Hermano &mdash;a&ntilde;adi&oacute; Sdenka&mdash;, &iquest;qu&eacute; vas a hacer?&nbsp;&nbsp; Pero no, &iquest;no har&aacute;s nada, verdad?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;D&eacute;jenme &mdash;respondi&oacute; Georges&mdash;, yo s&eacute; lo que debe hacerse y no har&eacute; nada que no sea necesario!</p><p style="text-align: justify;">Entretanto hab&iacute;a llegado la noche, la familia fue a acostarse en una parte de la casa separada de mi habitaci&oacute;n solamente por un tabique muy delgado. Reconozco que lo sucedido aquella tarde turb&oacute; la tranquilidad de mis pensamientos. La luz de mi cuarto estaba apagada, la luna penetraba por una ventana muy baja cercana a mi cama y dejaba caer sobre el piso y los muros resplandores blanquecinos, m&aacute;s o menos similares, queridas damas, a los que invaden el sal&oacute;n donde nos encontramos ahora. Quise dormir sin poder lograrlo. Atribu&iacute; el insomnio a la claridad de la luna; busqu&eacute; algo que pudiera hacer las veces de cortina, pero no hall&eacute; gran cosa. Entonces, al percibir voces confusas detr&aacute;s del tabique, me acerqu&eacute; para escuchar mejor.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Acu&eacute;state, mujer &mdash;dec&iacute;a Georges&mdash;, Pierre, Sdenka, ustedes tambi&eacute;n. No se preocupen, yo velar&eacute; por ustedes.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Pero Georges &mdash;dijo su mujer&mdash;, me toca a m&iacute; permanecer en vela, t&uacute; lo hiciste ayer y trabajaste todo el d&iacute;a, debes estar muy cansado. Soy yo la que debe cuidar a nuestro hijo mayor, no est&aacute; muy bien desde ayer.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Tranquil&iacute;zate y vete a la cama &mdash;respondi&oacute; Georges&mdash;, yo velar&eacute; por los dos!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Pero hermano&mdash; intervino Sdenka, con su voz m&aacute;s dulce&mdash;, todo esto me parece in&uacute;til. Nuestro padre ya se durmi&oacute;, mira c&oacute;mo est&aacute; calmo y apacible.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Ninguna de las dos entiende &mdash;dijo Georges en un tono que no admit&iacute;a r&eacute;plica&mdash;. Les he dicho que deber&aacute;n acostarse y dejarme hacer guardia.</p><p style="text-align: justify;">De pronto se hizo silencio, sent&iacute; el peso de mis p&aacute;rpados y el sue&ntilde;o vino a apoderarse de m&iacute;.</p><p style="text-align: justify;">Cre&iacute; ver que la puerta de mi habitaci&oacute;n se abr&iacute;a y que el viejo Gorcha aparec&iacute;a en el umbral. Pero m&aacute;s que ver su forma, la intu&iacute;a, pues la habitaci&oacute;n de la que sali&oacute; estaba muy oscura. Me pareci&oacute; que sus ojos apagados intentaban adivinar mis pensamientos y trataban de seguir el ritmo de mi respiraci&oacute;n. Primero adelant&oacute; un pie, despu&eacute;s el otro. Luego con extrema precauci&oacute;n camin&oacute; con paso de lobo hac&iacute;a a m&iacute;. De inmediato dio un salto hasta quedar a un lado de mi cama. Padec&iacute; una angustia indecible pero una fuerza oculta me mantuvo inm&oacute;vil. El viejo se inclin&oacute; y aproxim&oacute; su cara l&iacute;vida tan cerca de la m&iacute;a que me pareci&oacute; sentir su respiraci&oacute;n difunta.</p><p style="text-align: justify;">Hice un esfuerzo sobrehumano y despert&eacute; ba&ntilde;ado en sudor. No hab&iacute;a nadie en mi habitaci&oacute;n, pero me volv&iacute; hacia la ventana y descubr&iacute; al viejo Gorcha afuera, con el rostro pegado al vidrio y sus ojos espeluznantes mir&aacute;ndome fijamente. Tuve el &aacute;nimo suficiente para no gritar y el dominio para permanecer acostado, como si nada hubiera visto. Sin embargo, el viejo daba la impresi&oacute;n de haber venido a asegurarse de que dorm&iacute;a y no hizo ning&uacute;n intento por entrar. Despu&eacute;s de escudri&ntilde;arme se alej&oacute; de la ventana y lo sent&iacute; caminar hacia el cuarto vecino. Georges se hab&iacute;a dormido y roncaba tan fuerte que hac&iacute;a temblar los muros. El ni&ntilde;o tosi&oacute; y reconoc&iacute; la voz de Gorcha.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;No puedes dormir, peque&ntilde;o?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;No, abuelo &mdash;respondi&oacute; el ni&ntilde;o&mdash;, &iexcl;y me gustar&iacute;a mucho hablar contigo!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Ah! Quieres hablar, &iquest;y de qu&eacute;?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Quisiera que me contaras c&oacute;mo, al combatir a los turcos, los venciste. &iexcl;Tambi&eacute;n yo luchar&eacute; contra ellos!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Ya lo hab&iacute;a pensado, por eso te traje un peque&ntilde;o yatag&aacute;n. Ma&ntilde;ana te lo dar&eacute;.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;No, abuelo, mejor d&aacute;melo ahora, ya que est&aacute;s despierto.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Y t&uacute;, &iquest;por qu&eacute; durante el d&iacute;a no me dirigiste la palabra?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Porque pap&aacute; me lo prohibi&oacute;!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Tu pap&aacute; es demasiado precavido. Entonces, &iquest;de veras te gustar&iacute;a tener tu peque&ntilde;o yatag&aacute;n?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Oh!, s&iacute; que me gustar&iacute;a, pero no aqu&iacute;, pap&aacute; podr&iacute;a despertar.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Entonces, &iquest;d&oacute;nde?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Si salimos, prometo portarme bien y no hacer el menor ruido.</p><p style="text-align: justify;">Me pareci&oacute; escuchar la risa burlona de Gorcha y o&iacute; que el ni&ntilde;o se levantaba. No cre&iacute;a en los vampiros pero la pesadilla que acababa de tener afect&oacute; mis nervios y no deseaba cargar en el futuro con una culpa a cuestas, as&iacute; que me levant&eacute; y golpe&eacute; el tabique lo suficientemente fuerte como para despertar a toda la familia. Me precipit&eacute; hacia la puerta dispuesto a salvar al ni&ntilde;o; estaba obstruida por fuera y el cerrojo no cedi&oacute; pese a mis esfuerzos. Mientras intentaba derribarla, vi por la ventana al viejo con el ni&ntilde;o en brazos.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Lev&aacute;ntense! &iexcl;Lev&aacute;ntense! &mdash;grit&eacute; con furia, haciendo que el tabique se estremeciera con mis golpes.</p><p style="text-align: justify;">S&oacute;lo Georges despert&oacute;.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; el viejo? &mdash;me pregunt&oacute;.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Salga r&aacute;pido &mdash;grit&eacute;&mdash;, acaba de llevarse a su hijo!</p><p style="text-align: justify;">Georges abri&oacute; la puerta de una patada, pues la suya tambi&eacute;n hab&iacute;a sido cerrada por fuera, y se ech&oacute; a correr hacia el bosque. Por fin consegu&iacute; despertar a Pierre, a su cu&ntilde;ada y a Sdenka. Nos reunimos delante de la casa y pasados unos minutos vimos a Georges regresar con su hijo. Lo encontr&oacute; desmayado en el camino, pero pronto recobr&oacute; la conciencia; no parec&iacute;a estar m&aacute;s enfermo que antes.</p><p style="text-align: justify;">Acosado por las preguntas, respondi&oacute; que su abuelo no le hab&iacute;a hecho ning&uacute;n mal, que ambos hab&iacute;an salido para conversar pero una vez fuera perdi&oacute; el conocimiento y no recordaba nada. Gorcha hab&iacute;a desaparecido. El resto de la noche, como pueden imaginar, nadie durmi&oacute;.</p><p style="text-align: justify;">Al d&iacute;a siguiente me enter&eacute; que el Danubio, cuyo curso interceptaba el camino a un cuarto de legua del pueblo, comenzaba a arrastrar t&eacute;mpanos de hielo, lo que siempre ocurre en esas regiones hacia el fin del invierno e inicio de la primavera. El paso estaba obstruido y no pod&iacute;a ni pensar en la partida. Aun cuando lo hubiera podido, la curiosidad y una atracci&oacute;n cada vez m&aacute;s poderosa, me retuvieron. M&aacute;s ve&iacute;a a Sdenka, m&aacute;s me sent&iacute;a dispuesto a&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; amarla. No soy de &eacute;sos que creen en las pasiones s&uacute;bitas e irresistibles de las que ofrecen tantos ejemplos las novelas; pero hay casos en los que el amor crece de prisa. La belleza &uacute;nica de Sdenka, ese extra&ntilde;o parecido con la duquesa de Gramont de la que hu&iacute; en Par&iacute;s para reencontrarla ah&iacute;, sumergida en las costumbres folkl&oacute;ricas, hablando un idioma extranjero y mel&oacute;dico, el rasgo peculiar por el que en Francia me habr&iacute;a dejado matar; todo eso, sumado a la rareza de mi situaci&oacute;n y a los misterios que me envolv&iacute;an, debieron contribuir a que naciera dentro de m&iacute; un sentimiento que, en otras circunstancias, quiz&aacute; se hubiera manifestado vago y pasajero.</p><p style="text-align: justify;">En el transcurso del d&iacute;a escuch&eacute; c&oacute;mo Sdenka conversaba con su hermano menor.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;Qu&eacute; piensas de todo esto? &mdash;dec&iacute;a ella&mdash;, &iquest;tambi&eacute;n t&uacute; desconf&iacute;as de nuestro padre?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;No me atrevo &mdash;respondi&oacute; Pierre&mdash;, menos cuando el ni&ntilde;o dice que no le hizo ning&uacute;n da&ntilde;o. Y de la desaparici&oacute;n, t&uacute; sabes que nunca rindi&oacute; cuentas de sus ausencias.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Lo s&eacute; &mdash;dijo Sdenka&mdash;, pero entonces tenemos que protegerlo, ya conoces a Georges...</p><p style="text-align: justify;">&mdash;S&iacute;, s&iacute;, lo conozco. Hablar con &eacute;l ser&iacute;a in&uacute;til, pero si le escondemos la estaca nunca ir&aacute; a buscar otra, pues de este lado de las monta&ntilde;as no hay un solo &aacute;lamo.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;S&iacute;, escond&aacute;mosla, pero no digamos nada a los ni&ntilde;os, ya que podr&iacute;an delatarse frente a Georges.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Nos mantendremos alerta &mdash;dijo Pierre. Y luego se separaron.</p><p style="text-align: justify;">Lleg&oacute; la noche sin que tuvi&eacute;semos noticias del viejo Gorcha. Al igual que la v&iacute;spera, yo estaba acostado en mi cama y la luz de la luna invad&iacute;a la alcoba. Cuando el sue&ntilde;o comenz&oacute; a hacer turbias mis ideas sent&iacute; como por instinto la proximidad del anciano. Abr&iacute; los ojos y su rostro l&iacute;vido estaba pegado a mi ventana.</p><p style="text-align: justify;">Esta vez quise levantarme, pero me fue imposible. Sent&iacute; entumecidos todos mis miembros. Luego de mirarme con insistencia, el viejo se alej&oacute;. Percib&iacute; c&oacute;mo merodeaba alrededor de la casa y c&oacute;mo, muy quedo, tocaba la ventana donde dorm&iacute;an Georges y su mujer. El ni&ntilde;o daba vueltas en la cama y gimi&oacute; en sue&ntilde;os. Pasaron algunos minutos en calma y volv&iacute; a escuchar el toque en la ventana. Entonces el ni&ntilde;o se quej&oacute; de nuevo y despert&oacute;...</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;Abuelo, eres t&uacute;?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;S&iacute; &mdash;contest&oacute; la voz apagada&mdash;, vengo a traerte el peque&ntilde;o yatag&aacute;n.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Pero no me atrevo a salir, &iexcl;pap&aacute; me lo ha prohibido!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;No es necesario, s&oacute;lo &aacute;breme la ventana y ven a darme un abrazo!</p><p style="text-align: justify;">El ni&ntilde;o se levant&oacute; y abri&oacute; la ventana. Entonces, haciendo un llamado a mis fuerzas, descend&iacute; de la cama y me precipit&eacute; a golpear el tabique. Georges se levant&oacute; al instante.</p><p style="text-align: justify;">Lo escuch&eacute; gritar, su mujer emiti&oacute; un chillido. Muy pronto todos estaban reunidos en torno al cuerpo inerte del ni&ntilde;o. Gorcha desapareci&oacute; al igual que la noche anterior. Con muchas atenciones logramos que el ni&ntilde;o viniera en s&iacute;, pero estaba d&eacute;bil y apenas respiraba. El infortunado ignoraba la causa de su desvanecimiento. La madre y Sdenka lo atribuyeron al susto de ser sorprendido hablando con su abuelo. Yo no dije una palabra. Cuando el ni&ntilde;o se calm&oacute;, todos nos fuimos a recostar, excepto Georges.</p><p style="text-align: justify;">Hacia el amanecer, Georges levant&oacute; a su mujer. Hablaron en voz baja. Sdenka se les acerc&oacute; y la o&iacute; sollozar junto con su cu&ntilde;ada.</p><p style="text-align: justify;">El ni&ntilde;o hab&iacute;a muerto.</p><p style="text-align: justify;">Omito la consternaci&oacute;n y la desesperanza de esa familia. A nadie se le ocurr&iacute;a atribuir la causa al viejo Gorcha.</p><p style="text-align: justify;">Georges callaba, pero su expresi&oacute;n, siempre de desasosiego, ten&iacute;a ahora algo terrible. Dos d&iacute;as pasaron sin que el viejo apareciera. La noche del tercero (ese mismo d&iacute;a tuvo lugar el entierro del ni&ntilde;o) cre&iacute; o&iacute;r pasos afuera de la casa y una voz de anciano llamaba al hermano peque&ntilde;o del difunto. Me pareci&oacute; tambi&eacute;n que la cara de Gorcha estuvo pegada a mi ventana, pero no puedo asegurar si esto ocurri&oacute; en realidad o fue producto de mi imaginaci&oacute;n, porque esa noche la luna estuvo escondida. De todas formas cre&iacute; mi deber llamar a Georges. Interrog&oacute; al ni&ntilde;o, y &eacute;ste respondi&oacute; que ciertamente su abuelo lo hab&iacute;a llamado a trav&eacute;s de la ventana. Georges le orden&oacute; estrictamente a su hijo despertarlo si el viejo aparec&iacute;a de nuevo.</p><p style="text-align: justify;">Todas esas tribulaciones no evitaron que mi cari&ntilde;o por Sdenka creciera cada d&iacute;a m&aacute;s.</p><p style="text-align: justify;">No hab&iacute;a podido hablarle a solas desde la ma&ntilde;ana. Y al llegar la noche, la idea de mi pr&oacute;xima partida afligi&oacute; mi coraz&oacute;n. La habitaci&oacute;n de Sdenka estaba separada de la m&iacute;a por un pasillo que por un lado daba a la calle y a un patio por el otro.</p><p style="text-align: justify;">Mis anfitriones ya estaban acostados cuando me dieron ganas de salir a dar un paseo para distraerme. Me adentr&eacute; en el pasillo y vi entrebierta la puerta de la alcoba de Sdenka. Involuntariamente me detuve. El roce entre las telas de un vestido conocido hizo latir con fuerza mi coraz&oacute;n. Adem&aacute;s escuch&eacute; la letra de una balada cantada en voz baja. Se trataba del adi&oacute;s que un rey serbio dirig&iacute;a a su amada al momento de salir para la guerra.</p><p style="text-align: justify;">"&iexcl;Oh, mi j&oacute;ven &aacute;lamo, dec&iacute;a el viejo rey, me voy a la guerra y t&uacute; me olvidar&aacute;s!</p><p style="text-align: justify;">"&iexcl;Los &aacute;rboles que crecen al pie de la monta&ntilde;a son esbeltos y flexibles, pero tu tallo lo es m&aacute;s!</p><p style="text-align: justify;">"&iexcl;Mecidos por el viento, los frutos del serbal son rojos, pero tus labios son m&aacute;s rojos que los frutos del serbal!</p><p style="text-align: justify;">"&iexcl;Y yo soy como el viejo roble desprovisto de follaje, y mi barba es a&uacute;n m&aacute;s blanca que la espuma del Danubio!</p><p style="text-align: justify;">"&iexcl;Y t&uacute; me olvidar&aacute;s, oh, mi alma, y yo morir&eacute; de pesadumbre pues mi enemigo, sin osar tocar a un viejo rey, no me matar&aacute;."</p><p style="text-align: justify;">Y la bella respondi&oacute;: "Juro serte fiel y no olvidarte. Si llegara a faltar a mi promesa, despu&eacute;s de tu muerte podr&aacute;s venir a sorber toda la sangre de mi coraz&oacute;n!"</p><p style="text-align: justify;">Y el viejo rey dijo: "&iexcl;As&iacute; sea! Y se march&oacute; a la guerra. Y muy pronto la bella lo olvid&oacute;!"</p><p style="text-align: justify;">Aqu&iacute; se detuvo Sdenka, como temiendo completar la balada. Yo no pod&iacute;a contenerme. Esa voz tan dulce, tan expresiva, era la misma voz de la duquesa de Gramont... Sin pensar en nada, empuj&eacute; la puerta y entr&eacute;. Sdenka ven&iacute;a de quitarse una especie de corpi&ntilde;o que portan las mujeres de su pa&iacute;s. Una camisa bordada en oro y roja seda, ajustada a su cintura por una sencilla falda a cuadros compon&iacute;an todo su atuendo. Sus hermosas y rubias trenzas estaban deshechas y el desali&ntilde;o resaltaba los atractivos de la joven.</p><p style="text-align: justify;">No se enoj&oacute; por mi brusca entrada, pero la vi turbarse y enrojecer ligeramente.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Ay! &mdash;me dijo&mdash;, &iquest;por qu&eacute; ha venido usted y qu&eacute; pensar&aacute;n de m&iacute; si somos sorprendidos?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Sdenka, alma m&iacute;a &mdash;le dije&mdash;, tranquil&iacute;cese, todo duerme a nuestro alrededor, s&oacute;lo el grillo y el abejorro pueden escuchar lo que voy a decirle...</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Oh, amigo m&iacute;o, salga, salga! Si mi hermano llega a sorprendernos, estar&eacute; perdida!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Sdenka, no me ir&eacute; si antes usted no promete amarme hasta el fin, como en la balada lo promete la bella al rey. Partir&eacute; muy pronto, Sdenka, &iquest;qui&eacute;n sabe cu&aacute;ndo nos volveremos a ver? Sdenka, yo la amo m&aacute;s que a mi alma, m&aacute;s que a mi libertad... mi vida, mi sangre le pertenecen... &iquest;no me dar&iacute;a usted, una hora en cambio?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Muchas cosas pueden suceder en una hora &mdash;dijo Sdenka pensativa, pero dejando su mano entre la m&iacute;a&mdash;. Usted no conoce a mi hermano &mdash;continu&oacute; ella temblando&mdash;; presiento que vendr&aacute;.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;C&aacute;lmese, Sdenka m&iacute;a &mdash;le dije&mdash;, su hermano se encuentra fatigado de sus vigilias, y adormecido por el viento que juega entre los &aacute;rboles; su sue&ntilde;o es profundo, larga la noche, y yo s&oacute;lo le pido una hora! Y despu&eacute;s, adi&oacute;s... &iexcl;acaso por siempre!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Oh, no, por siempre no! &mdash;dijo con nerviosismo, y despu&eacute;s retrocedi&oacute; asustada de sus palabras.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Oh, Sdenka! &mdash;grit&eacute;&mdash;, no miro ni escucho otra cosa que usted, ya no soy mi due&ntilde;o, obedezco a una fuerza superior, perd&oacute;neme, Sdenka! &mdash;Y actuando como un inconsciente la apret&eacute; contra m&iacute;.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Usted no es mi amigo &mdash;dijo ella liber&aacute;ndose de mis brazos, y se refugi&oacute; en el fondo de su alcoba. No s&eacute; qu&eacute; le dije, yo mismo estaba confundido por mi audacia. No porque en esa ocasi&oacute;n me hubiera fallado, sino porque a pesar de la pasi&oacute;n que arrastraba, no pod&iacute;a sustraer mi sincero respeto por la inocencia de Sdenka.</p><p style="text-align: justify;">Es verdad que al principio hab&iacute;a aventurado algunas de las frases galantes que no disgustaban a las mujeres de nuestra &eacute;poca, pero pronto me sent&iacute; avergonzado, y renunci&eacute; al ver que la candidez de la joven le imped&iacute;a adivinar lo que para otras como ustedes, lo veo en vuestras sonrisas, est&aacute; sobreentendido.</p><p style="text-align: justify;">Estaba ah&iacute;, delante de ella, sin saber qu&eacute; decirle, cuando de pronto, la vi estremecerse fijando en la ventana unos ojos aterrorizados. Segu&iacute; la direcci&oacute;n de su mirada y vi con claridad la figura inm&oacute;vil de Gorcha, mir&aacute;ndonos desde afuera.</p><p style="text-align: justify;">En ese mismo instante, sent&iacute; una pesada mano posarse sobre mi hombro. Me volv&iacute;. Era Georges.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;Qu&eacute; hace usted aqu&iacute;? &mdash;me pregunt&oacute;.</p><p style="text-align: justify;">Desconcertado por ese reproche brusco, le se&ntilde;al&eacute; a su padre que todav&iacute;a nos miraba a trav&eacute;s de la ventana, y aunque huy&oacute; r&aacute;pidamente, Georges lo alcanz&oacute; a ver.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Sent&iacute; al viejo y vine a prevenir a su hermana &mdash;le dije.</p><p style="text-align: justify;">Georges, queriendo leer en mi alma, me mir&oacute; profundamente. Luego me tom&oacute; del brazo, me condujo hasta mi alcoba y se fue sin decirme una palabra.</p><p style="text-align: justify;">A la ma&ntilde;ana siguiente, la familia estaba reunida frente a la entrada de la casa, sentada en torno a una mesa bien provista de todo tipo de quesos y mantequillas.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; el ni&ntilde;o? &mdash;pregunt&oacute; Georges.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Est&aacute; en el patio &mdash;respondi&oacute; su mujer&mdash;, se divierte solo en su juego favorito: imaginar que combate a los turcos.</p><p style="text-align: justify;">Apenas termin&oacute; de pronunciar la frase cuando, para sorpresa nuestra, vimos la figura de Gorcha acercarse desde la espesura del bosque. Caminaba lentamente hacia nosotros y se sent&oacute; a la mesa como el d&iacute;a de mi llegada.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Padre, sed bienvenido &mdash;murmur&oacute; la nuera con voz apenas perceptible.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Sed bienvenido, padre &mdash;repitieron en voz baja Sdenka y Pierre.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Padre &mdash;dijo Georges con voz firme pero cambiando de color&mdash;, lo esper&aacute;bamos para rezar!</p><p style="text-align: justify;">El viejo se apart&oacute; frot&aacute;ndose las cejas.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Rezaremos ahora mismo! &mdash;repiti&oacute; Georges&mdash;, y haga el signo de cruz o la de San Jorge...</p><p style="text-align: justify;">Sdenka y su cu&ntilde;ada se inclinaron hacia el viejo suplic&aacute;ndole pronunciar la oraci&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;No, no &mdash;dijo el anciano&mdash;, no tiene ning&uacute;n derecho de exigirme y, si insiste, lo maldecir&eacute;!</p><p style="text-align: justify;">Georges se levant&oacute; y corri&oacute; hacia la casa. Y regres&oacute; con la furia en los ojos.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;D&oacute;nde est&aacute; la estaca? &mdash;grit&oacute;&mdash;, &iquest;d&oacute;nde la escondieron?</p><p style="text-align: justify;">Sdenka y Pierre intercambiaron miradas.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Cad&aacute;ver! &mdash;dijo entonces Georges dirigi&eacute;ndose al viejo&mdash;, &iquest;qu&eacute; le hiciste a mi hijo mayor?, &iquest;por qu&eacute; lo mataste? &iexcl;Devu&eacute;lveme a mi hijo, cad&aacute;ver!</p><p style="text-align: justify;">Y mientras dec&iacute;a esto se pon&iacute;a cada vez m&aacute;s p&aacute;lido y su mirada se inflamaba m&aacute;s a&uacute;n.</p><p style="text-align: justify;">El viejo, sin moverse, lo miraba con desprecio.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Oh, la estaca, la estaca! &mdash;gritaba Georges&mdash;. &iexcl;El que la haya escondido responder&aacute; por las desgracias que nos aguardan!</p><p style="text-align: justify;">En ese momento o&iacute;mos los alegres estallidos de risa del hijo menor; lo vimos llegar montando a caballo, sobre una estaca que &eacute;l hac&iacute;a galopar, y se acerc&oacute; lanzando con su vocecita el grito de los serbios cuando atacan al enemigo.</p><p style="text-align: justify;">A su vista la mirada de Georges resplandeci&oacute;. Le arranc&oacute; al ni&ntilde;o la estaca y se precipit&oacute; sobre su padre. &Eacute;ste emiti&oacute; un aullido y corri&oacute; hacia el bosque con tanta agilidad que parec&iacute;a sobrenatural.</p><p style="text-align: justify;">Georges lo sigui&oacute; a trav&eacute;s de la espesura y pronto los perdimos de vista.</p><p style="text-align: justify;">Cuando Georges regres&oacute; a la casa, el sol ya se hab&iacute;a puesto. Lo vimos p&aacute;lido como la muerte y con los cabellos erizados. Se sent&oacute; junto al fuego y cre&iacute; percibir que sus dientes casta&ntilde;eteaban. Nadie os&oacute; interrogarlo. A la hora en que la familia por costumbre se retiraba, pareci&oacute; recobrar toda su energ&iacute;a y, llev&aacute;ndome aparte, me dijo de la manera m&aacute;s natural:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Querido hu&eacute;sped, vengo de ver el r&iacute;o. Ya no hay t&eacute;mpanos, el camino est&aacute; libre: nada impide su partida. En estos momentos resulta imposible &mdash;a&ntilde;adi&oacute; lanzando una mirada a Sdenka&mdash; divertirse con nosotros. Le deseamos toda la buena suerte que sea posible aqu&iacute; en la Tierra, y espero que usted guarde un buen recuerdo de nosotros. Ma&ntilde;ana, al rayar el alba, encontrar&aacute; el caballo ensillado y el gu&iacute;a listo para conducirlo. Adi&oacute;s. De vez en cuando acu&eacute;rdese de su anfitri&oacute;n y perd&oacute;nele si su estad&iacute;a no estuvo exenta de adversidad, como &eacute;l habr&iacute;a deseado.</p><p style="text-align: justify;">Los severos rasgos de Georges, en ese momento me parecieron casi cordiales. Me acompa&ntilde;&oacute; hasta mi habitaci&oacute;n y me estrech&oacute; la mano una vez m&aacute;s. Luego sus dientes casta&ntilde;etearon como si temblara de fr&iacute;o.</p><p style="text-align: justify;">Solo, en mi alcoba, no pensaba ni por asomo acostarme, como ustedes podr&aacute;n imaginar. Ten&iacute;a otras preocupaciones. Muchas veces en mi vida me hab&iacute;a enamorado. Hab&iacute;a sufrido arrebatos de ternura, de despecho y de celos, pero nunca, ni siquiera cuando dej&eacute; a la duquesa de Gramont, sent&iacute; una tristeza similar a la que en ese momento me desgarraba. Antes de salir el sol me puse el atav&iacute;o de viaje y quise intentar ver a Sdenka por &uacute;ltima vez. Pero Georges me esperaba en el vest&iacute;bulo. La m&iacute;nima posibilidad de verla me fue arrebatada.</p><p style="text-align: justify;">Salt&eacute; sobre mi caballo y part&iacute; al galope. Promet&iacute; que a mi vuelta de Jassy pasar&iacute;a por este pueblo y esta esperanza tan lejana disip&oacute; poco a poco mi pesadumbre. Ya&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; pensaba con gozo en el regreso, y en mi imaginaci&oacute;n se dibujaban recuerdos del porvenir con todos sus detalles, cuando un movimiento brusco del caballo casi me hizo caer. El animal se detuvo repentinamente, y poni&eacute;ndose tenso, se par&oacute;, apoy&aacute;ndose en sus patas delanteras, y resopl&oacute; ruidosamente, como suelen hacer los caballos cuando los acosa alg&uacute;n peligro. A cien pasos de m&iacute; distingu&iacute; un lobo cavando la tierra. Al oirnos, huy&oacute;. Hend&iacute; las espuelas en los costados del caballo y consegu&iacute; hacerlo avanzar. Entonces me d&iacute; cuenta que en el lugar donde estuvo el lobo hab&iacute;a una sepultura reciente. Me pareci&oacute; ver el extremo de una estaca que sobresal&iacute;a algunas pulgadas de la tierra removida. Sin embargo, no puedo afirmarlo porque pas&eacute; velozmente por el lugar.</p><p style="text-align: justify;">Llegado a este punto el marqu&eacute;s guard&oacute; silencio y tom&oacute; una porci&oacute;n de tabaco.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;Eso es todo? &mdash;preguntaron las damas.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Desgraciadamente, no! &mdash;respondi&oacute; el marqu&eacute;s de Urf&eacute;&mdash;. Lo que me resta por contarles forma parte de recuerdos que son todav&iacute;a m&aacute;s dolorosos para m&iacute;, y al narrarlos creo librarme de ellos.</p><p style="text-align: justify;">Los asuntos que me condujeron a Jassy, me retuvieron m&aacute;s tiempo del que esperaba. No cumpl&iacute; con todos sino hasta seis meses despu&eacute;s. &iquest;Qu&eacute; puedo decirles? Es penoso confesarlo, en este mundo son pocos los sentimientos duraderos. El &eacute;xito de mi negociaci&oacute;n, los est&iacute;mulos que recib&iacute; del gabinete de Versalles, en una palabra, la pol&iacute;tica, esa vil pol&iacute;tica, que tanto nos ha mortificado en estos &uacute;ltimos tiempos, no tardaron en debilitar en mi alma el recuerdo de Sdenka. Adem&aacute;s, la esposa de nuestro anfitri&oacute;n, mujer bella y que hablaba perfectamente nuestro idioma, me honr&oacute; al escogerme entre otros j&oacute;venes extranjeros que resid&iacute;an en Jassy. Como estuve educado dentro de los principios de las cortes francesas, mi sangre gala se habr&iacute;a sublevado antes de pagar con ingratitud la benevolencia que me testimoniaba la bella. Por tanto correspond&iacute; galante a las ventajas que se me ofrec&iacute;an, y tambi&eacute;n para defender los intereses y hacer valer los derechos de Francia,&nbsp; comenc&eacute; por avezarme en todo lo concerniente al hospitalario anfitri&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">Recib&iacute; un llamado de mi pa&iacute;s y retom&eacute; una vez m&aacute;s el camino que me condujo a Jassy.</p><p style="text-align: justify;">Ya no pensaba en Sdenka ni en su familia, hasta que una noche, galopando a campo traviesa, escuch&eacute; las campanadas que anunciaban las ocho de la noche. Me pareci&oacute; que ya hab&iacute;a escuchado alguna vez ese sonido y mi acompa&ntilde;ante anunci&oacute; que proven&iacute;a de un convento cercano. Le pregunt&eacute; el nombre y me enter&eacute; que no era otro que el de la Virgen del Roble. Aceler&eacute; la marcha del caballo y en poco tiempo est&aacute;bamos golpeando la puerta del convento. Un eremita vino a abrir y nos condujo a la estancia para los extranjeros. Lo encontr&eacute; tan atiborrado de peregrinos que perd&iacute; las ganas de pasar ah&iacute; la noche y pregunt&eacute; si pod&iacute;a hallar alguna casa de hu&eacute;spedes en el pueblo.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Encontrar&aacute; m&aacute;s de una &mdash;me respondi&oacute; el eremita profiriendo un suspiro&mdash;, gracias al infiel de Gorcha, las casas abandonadas no escasean!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;Qu&eacute; quiere decir con eso? &mdash;inquir&iacute;&mdash;, &iquest;el viejo Gorcha todav&iacute;a vive?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Oh, no, &eacute;se est&aacute; bien muerto y enterrado con una estaca clavada en el coraz&oacute;n! Pero antes de eso hab&iacute;a succionado la sangre del hijo de Georges. El ni&ntilde;o regres&oacute; una noche y llorando tras la puerta implor&oacute; que le abrieran pues ten&iacute;a fr&iacute;o. La necia de su madre, siendo testigo de su entierro, no tuvo el valor para enviarlo de vuelta al cementerio y le abri&oacute;. Entonces el ni&ntilde;o se lanz&oacute; sobre ella y la sorbi&oacute; hasta morir. Fue enterrada, pero torn&oacute; para succionar la sangre de su otro hijo, luego la de su marido y finalmente la de su cu&ntilde;ado. A todos les toc&oacute;.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;Y Sdenka? &mdash;pregunt&eacute;.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Oh, &eacute;sa se volvi&oacute; loca de dolor, pobre ni&ntilde;a, ni me hable!</p><p style="text-align: justify;">La respuesta del eremita no fue afirmativa pero no tuve el &aacute;nimo suficiente para repetir la pregunta.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;El vampirismo es contagioso! &mdash;continu&oacute; el eremita persign&aacute;ndose&mdash;. Numerosas familias en el pueblo son atacadas, en muchos casos perece hasta el &uacute;ltimo miembro, y si me cree, permanecer&aacute; esta noche en el convento. Aunque se quedara en el pueblo y usted no fuera devorado por los vourdalaks, el terror que experimentar&iacute;a ser&iacute;a suficiente para dejar blancos sus cabellos antes de llamar a maitines. Yo soy un pobre religioso &mdash;continu&oacute;&mdash;, pero la misma generosidad de los viajeros me permite proveer sus necesidades. Tengo exquisitos quesos, uvas secas que le har&aacute;n agua la boca y algunas botellas de vino de Tokay que no tienen nada que envidiar al que sirven a su Santidad.</p><p style="text-align: justify;">En ese momento me pareci&oacute; que el eremita se convert&iacute;a en posadero. Cre&iacute; que adrede me hab&iacute;a narrado historias para no dormir en raz&oacute;n de hacerme agradable a los ojos de Dios al imitar la generosidad de los viajeros que proveen al santo para que &eacute;ste sacie sus necesidades.</p><p style="text-align: justify;">Adem&aacute;s la palabra terror siempre hizo sobre m&iacute; el mismo efecto que el clar&iacute;n hace sobre el corsario en tiempos de guerra. Hubiera sentido verg&uuml;enza de no haber salido de inmediato. Mi gu&iacute;a, tembloroso, me pidi&oacute; permiso de permanecer y se lo di con gusto.</p><p style="text-align: justify;">Tard&eacute; aproximadamente una media hora en llegar al pueblo. Lo encontr&eacute; desierto. No refulg&iacute;a una luz, no se dejaba o&iacute;r una canci&oacute;n. Pas&eacute; en silencio por entre las casas, la mayor&iacute;a de ellas me eran conocidas y llegu&eacute; por fin a la de Georges. Ya fuera por sentimentalismo, ya por gallard&iacute;a juvenil, fue ah&iacute; donde decid&iacute; pasar la noche.</p><p style="text-align: justify;">Baj&eacute; de mi montura y toqu&eacute; a la puerta de la cochera. Nadie me respondi&oacute;. Empuj&eacute; la puerta que se abri&oacute; rechinando los goznes y entr&eacute;.</p><p style="text-align: justify;">Amarr&eacute; mi montura con todo y silla dentro del cobertizo en el que hab&iacute;a una cantidad suficiente de avena, y avanc&eacute; resuelto hacia la casa.</p><p style="text-align: justify;">Como ninguna puerta estaba cerrada, las habitaciones parec&iacute;an desiertas. La de Sdenka daba la impresi&oacute;n de haber sido abandonada la v&iacute;spera. Algunos vestidos yac&iacute;an a&uacute;n sobre la cama. Las joyas que recibi&oacute; de m&iacute;, entre ellas una peque&ntilde;a cruz esmaltada que hab&iacute;a adquirido al pasar por Pest, brillaban sobre una mesa al resplandor de la luna. No pude evitar sentir mi pecho oprimido, aunque el amor ya hab&iacute;a pasado.</p><p style="text-align: justify;">No obstante me arrop&eacute; en mi abrigo y me tend&iacute; en la cama. De s&uacute;bito, el sue&ntilde;o se apoder&oacute; de m&iacute;. No recuerdo con precisi&oacute;n los detalles, pero vagamente s&eacute; que vi de nuevo a Sdenka, hermosa, ingenua y cari&ntilde;osa, igual que en el pasado. Vi&eacute;ndola, me arrepent&iacute;a de mi ego&iacute;smo y de mi inconstancia. &iquest;C&oacute;mo pude, me preguntaba, abandonar a esta pobre ni&ntilde;a que me amaba?, &iquest;c&oacute;mo pude olvidarla? Luego su imagen se fundi&oacute; con la de la duquesa y las vi a las dos en la misma persona. Me lanzaba a los pies de Sdenka, implorando su perd&oacute;n. Todo mi ser, mi alma toda se sumerg&iacute;a en un laberinto inefable de felicidad y melancol&iacute;a.</p><p style="text-align: justify;">&Eacute;se era el rumbo de mis sue&ntilde;os cuando me despert&oacute; una m&uacute;sica armoniosa parecida al murmullo de una brisa ligera sobre el campo. Me pareci&oacute; escuchar que las espigas se encontraban en una misma melod&iacute;a y que el canto de los p&aacute;jaros se mezclaba con el fluir de un manantial y con el murmullo de los &aacute;rboles. Luego todos esos sonidos confusos no me parecieron sino el roce de un vestido de mujer, abr&iacute; los ojos y vi a Sdenka junto a la cama. La luna refulg&iacute;a con tal fulgor que pude distinguir los detalles m&aacute;s peque&ntilde;os y adorables que me hab&iacute;an sido tan queridos en otro tiempo. Encontr&eacute; a Sdenka m&aacute;s hermosa y madura. Iba con el mismo arreglo que la &uacute;ltima vez que la vi: una simple camisa de seda bordada en oro y una falda estrechamente ajustada a sus caderas.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Sdenka! &mdash;le dije incorpor&aacute;ndome&mdash;, &iquest;es usted, Sdenka?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;S&iacute;, soy yo &mdash;me respondi&oacute; con dulzura y tristeza a la vez&mdash;, la misma Sdenka que olvidaste. Ay, &iquest;por qu&eacute; no viniste antes? &iexcl;Ahora todo se ha acabado, es mejor que te vayas! &iexcl;Un momento m&aacute;s y estar&aacute;s perdido!&iexcl;Adi&oacute;s, amigo, adi&oacute;s para siempre!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Sdenka &mdash;le dije&mdash;, supe que ha sufrido usted numerosas desgracias! &iexcl;Venga, h&aacute;bleme de ello, eso aligerar&aacute; sus penas!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Amigo m&iacute;o, no hay que creer todo lo que se dice de nosotros; pero v&aacute;yase, v&aacute;yase r&aacute;pido, porque si permanece aqu&iacute;, su ruina es segura.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Pero Sdenka, &iquest;qu&eacute; peligro ser&aacute; &eacute;se que me amenaza? &iquest;No podr&iacute;a concederme aunque fuera una hora para platicar con usted?</p><p style="text-align: justify;">Sdenka se estremeci&oacute; y un cambio se oper&oacute; en toda su persona.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;S&iacute;, claro &mdash;dijo ella&mdash;, una hora, una hora, &iquest;al igual que esa noche, cuando cantaba la balada del viejo rey, y t&uacute; entraste en esta habitaci&oacute;n? &iquest;Es eso lo que quieres decir? &iexcl;Hecho, te concedo una hora! Pero no, no &mdash;dijo ella, retract&aacute;ndose&mdash;, vete. &iexcl;Sal r&aacute;pido, te digo! &iexcl;Huye... huye mientras puedas!</p><p style="text-align: justify;">Una energ&iacute;a salvaje animaba sus rasgos.</p><p style="text-align: justify;">No entend&iacute;a el motivo que le hac&iacute;a decir esas cosas, pero estaba tan hermosa que resolv&iacute; permanecer a su pesar. Finalmente cedi&oacute; a mi petici&oacute;n, se sent&oacute; cerca de m&iacute;, me habl&oacute; del pasado, y me confes&oacute;, enrojeciendo, que me hab&iacute;a amado desde el primer d&iacute;a. Mientras tanto, percib&iacute; que un cambio paulatino se iba operando en Sdenka. La timidez de otro tiempo dio paso a la desenvoltura. Su mirada, antes cohibida, hoy era atrevida. En fin, vi con asombro que su manera de ser conmigo estaba lejos de la modestia que anta&ntilde;o la distingu&iacute;a.</p><p style="text-align: justify;">&iquest;Ser&aacute; posible, me dije, que Sdenka no fuera la joven pura e inocente que aparentaba ser hace dos a&ntilde;os? &iquest;Habr&aacute; actuado por miedo a su hermano? &iquest;Habr&eacute; sido vilmente enga&ntilde;ado con una virtud prestada? Pero entonces, &iquest;porqu&eacute; me suplic&oacute; partir? &iquest;No ser&aacute; una astucia de la coqueter&iacute;a? &iexcl;Y yo que cre&iacute;a conocerla! &iexcl;Pero, qu&eacute; importa! Si Sdenka no es una Diana como lo cre&iacute;, bien puedo compararla con otras divinidades, no menos encantadoras, y, &iexcl;alabado sea Dios!, prefiero el papel de Adonis al de&nbsp; Acte&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">Si esa sentencia cl&aacute;sica, que me dirig&iacute; a m&iacute; mismo, les parece fuera de tono, se&ntilde;oras m&iacute;as, tengan presente que la historia que tengo el honor de contarles sucedi&oacute; en el a&ntilde;o de 1758. En esa &eacute;poca la mitolog&iacute;a estaba en boga y yo no hago alardes de ir m&aacute;s r&aacute;pido que el siglo. Las cosas han cambiado desde entonces, y no fue hace mucho que la&nbsp;&nbsp;&nbsp; Revoluci&oacute;n, echando abajo los principios paganos y los cristianos, entroniz&oacute; a la deidad Raz&oacute;n en su lugar. Esta deidad, se&ntilde;oras m&iacute;as, jam&aacute;s fue mi patrona, menos cuando me hall&eacute; frente a una mujer, y en la &eacute;poca de que les hablo, estaba a&uacute;n menos dispuesto a ofrecerle sacrificios. Yo me abandon&eacute; sin reservas a la inclinaci&oacute;n que me conduc&iacute;a a Sdenka y me dej&eacute; llevar por sus provocaciones. Hab&iacute;a transcurrido algo de tiempo en dulce intimidad, y jugando a adornar a Sdenka con todas sus joyas, quise rodear su cuello con la peque&ntilde;a cruz esmaltada que hab&iacute;a visto sobre la mesa. A mi gesto, Sdenka retrocedi&oacute; sobresaltada.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;No m&aacute;s juegos, amigo m&iacute;o &mdash;me dijo&mdash;, deja ah&iacute; esa frusler&iacute;a y hablemos de ti y de tus proyectos!</p><p style="text-align: justify;">El ofuscamiento de Sdenka me hizo reflexionar. Mir&aacute;ndola con atenci&oacute;n, remarqu&eacute; en su cuello la ausencia de las muchas im&aacute;genes santas, relicarios y saquitos con incienso que los serbios acostumbran llevar puestos desde que son ni&ntilde;os hasta su muerte, y que Sdenka portaba en otro tiempo.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Sdenka &mdash;le dije&mdash;, &iquest;d&oacute;nde est&aacute;n las im&aacute;genes que llevabas colgadas?</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Las perd&iacute; &mdash;respondi&oacute; con una actitud de impaciencia y r&aacute;pidamente cambi&oacute; la conversaci&oacute;n.</p><p style="text-align: justify;">Un vago presentimiento se adue&ntilde;&oacute; de m&iacute;, y quise irme de inmediato, pero Sdenka me retuvo.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;C&oacute;mo? &mdash;me dijo&mdash;, &iexcl;pediste una hora y, cuando te complazco, decides irte al cabo de unos pocos minutos!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Sdenka &mdash;dije&mdash;, ten&iacute;a usted raz&oacute;n de incitarme a partir, escuch&eacute; ruido y temo que nos sorprendan.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Tranquil&iacute;zate, amigo m&iacute;o, todo duerme a nuestro alrededor, s&oacute;lo el grillo y el abejorro pueden escuchar lo que voy a decirle!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;No, no, Sdenka tengo que partir!...</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Espera, espera &mdash;dijo Sdenka&mdash;, &iexcl;te amo m&aacute;s que a mi alma, m&aacute;s que a mi libertad, t&uacute; dijiste que tu sangre y tu vida me pertenec&iacute;an!...</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Pero y tu hermano, tu hermano, Sdenka, presiento que vendr&aacute;!</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;C&aacute;lmate, mi hermano est&aacute; adormecido por el viento que juega entre los &aacute;rboles; su sue&ntilde;o es profundo, larga la noche, y yo no te pido sino una hora!</p><p style="text-align: justify;">Al decir esto, Sdenka estaba tan hermosa que, el vago terror que me agitaba comenz&oacute; a ceder ante el deseo de permancer junto a ella. Una mezcla de temor y voluptuosidad indecible se apoder&oacute; de todo mi ser. A medida que yo me entregaba, Sdenka se hac&iacute;a m&aacute;s tierna, y si bien yo me hab&iacute;a decidido a sucumbir, todo me dec&iacute;a que me mantuviera en guardia. Sin embargo, como dije hace un momento, siempre fui sabio a medias, y cuando Sdenka, d&aacute;ndose cuenta de mis reservas, me propuso disipar el fr&iacute;o nocturno con unos vasos de vino generoso, que me dijo proven&iacute;an del eremita, acept&eacute; sol&iacute;cito y ella sonri&oacute;. El vino hizo efecto. A partir del segundo vaso, la mala impresi&oacute;n que experiment&eacute; por la escena de la cruz y de las im&aacute;genes, se borr&oacute; por completo. Sdenka, desarreglada, con sus hermosos cabellos medio trenzados, con sus joyas a la luz de luna, me pareci&oacute; irresistible. No pude contenerme y la tom&eacute; en mis brazos.</p><p style="text-align: justify;">Entonces, mis queridas damas, tuvo lugar una de esas misteriosas revelaciones que jam&aacute;s sabr&eacute; c&oacute;mo explicar, pero que ante mi experiencia termin&eacute; por creer aunque hasta la fecha me cuesta admitirlo.</p><p style="text-align: justify;">Con tal fuerza tom&eacute; entre mis brazos a Sdenka que uno de los extremos de la cruz, que me regal&oacute; la duquesa de Gramont y que ustedes acaban de ver, se clav&oacute; en mi pecho. El dolor punzante me atraves&oacute; como el rayo de luz de la revelaci&oacute;n. Mir&eacute; a Sdenka, y sus rasgos, aunque hermosos, estaban contra&iacute;dos por la muerte, sus ojos no ve&iacute;an y su sonrisa era una mueca impresa por la agon&iacute;a, en un rostro cadav&eacute;rico. Al mismo tiempo sent&iacute; el olor nauseabundo que despiden los sepulcros mal cerrados. La espantosa realidad en todo su esplendor se me brind&oacute;, era demasiado tarde para recordar las advertencias del eremita. En seguida comprend&iacute; lo precario de mi situaci&oacute;n y que depend&iacute;a de mi &aacute;nimo y de mi sangre fr&iacute;a. Desvi&eacute; la mirada hacia la ventana para ocultar a Sdenka el horror que mi expresi&oacute;n deb&iacute;a traslucir. Pegado al vidrio estaba el infame de Gorcha, apoyado sobre una estaca ensangrentada y posando sobre m&iacute; unos ojos de hiena. En la otra ventana se ve&iacute;a el rostro p&aacute;lido de Georges: ahora ten&iacute;a con su padre un parecido aterrador. Los dos espiaban el m&aacute;s m&iacute;nimo de mis movimientos y no dud&eacute; que en una tentativa de fuga se lanzar&iacute;an sobre m&iacute;. Fing&iacute; no darme cuenta, pero no me fue f&aacute;cil controlarme. Continu&eacute;, s&iacute;, mis queridas damas, continu&eacute; regalando a Sdenka las mismas caricias que antes del terrible descubrimiento. Todo ese tiempo de angustia no pens&eacute; en otra cosa que no fuera el modo de escapar. Percib&iacute; que Georges y Gorcha intercambiaban con Sdenka se&ntilde;ales de impaciencia. De afuera llegaban una voz de mujer y unos gritos infantiles tan espeluznantes como los aullidos de un gato salvaje.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Lleg&oacute; la hora de hacer las maletas! &mdash;me dije, y mientras m&aacute;s r&aacute;pido, mejor.</p><p style="text-align: justify;">Le habl&eacute; a Sdenka en voz alta para que su horrenda parentela alcanzara a o&iacute;r:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;Estoy cansad&iacute;simo, mi ni&ntilde;a, y me gustar&iacute;a mucho acostarme y dormir unas cuantas horas, pero antes tengo que ir a ver si el caballo ha comido y tiene el forraje suficiente. Le ruego no se vaya y, por favor, espere, vuelvo enseguida.</p><p style="text-align: justify;">Entonces hice coincidir mis labios con los fr&iacute;os y descoloridos labios de ella, y sal&iacute;. Encontr&eacute; al caballo con el hocico cubierto de espuma e inquieto. No hab&iacute;a tocado la avena y el relincho con furia que emiti&oacute; al verme llegar me eriz&oacute; la piel. El caballo estaba incontrolable y tem&iacute; que echara por tierra mi intenci&oacute;n de escapar. Aunque seguramente los vampiros escucharon mi conversaci&oacute;n con Sdenka y se inquietaron. Comprob&eacute; que la puerta de la cochera estaba abierta, y lanz&aacute;ndome sobre la silla de montar, espole&eacute; al caballo.</p><p style="text-align: justify;">Al salir pude ver un grupo numeroso reunido alrededor de la casa, casi todos con las caras pegadas a las ventanas. Mi brusca salida los dej&oacute; estupefactos, pues durante un largo rato en medio de la silenciosa noche no se escuch&oacute; sino un galope continuo. Cuando cre&iacute; que hab&iacute;a llegado el momento de felicitarme por mi astucia, o&iacute; a mis espaldas el ruido de un hurac&aacute;n entre las monta&ntilde;as. Miles de voces confusas gritaban, aullaban y parec&iacute;an pelearse entre ellas. Luego, enmudecieron como por un acuerdo en-&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; tre ellas y sent&iacute; unas zancadas acuciantes como si una tropa de soldados se aproximara a paso r&aacute;pido.</p><p style="text-align: justify;">Espole&eacute; mi montura hasta desgarrarle los costados. La fiebre me hac&iacute;a temblar y mientras hac&iacute;a esfuerzos inusitados por conservar el temple una voz detr&aacute;s de m&iacute; grit&oacute;:</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Espera, espera, amigo! &iexcl;Te amo m&aacute;s que a mi alma, m&aacute;s que a mi libertad, que a mi vida! &iexcl;Espera, espera, tu sangre me pertenece!</p><p style="text-align: justify;">En ese instante un aliento glacial roz&oacute; mi oreja y tuve la sensaci&oacute;n que Sdenka hab&iacute;a subido a la grupa.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iexcl;Mi coraz&oacute;n, mi alma! &mdash;dijo&mdash;, no miro ni escucho otra cosa que a ti, ya no soy mi due&ntilde;a, obedezco a una fuerza superior, perd&oacute;name, amigo, perd&oacute;name!</p><p style="text-align: justify;">Y enlaz&aacute;ndome con sus brazos trat&oacute; de estirarme hacia atr&aacute;s para morderme el cuello. Una lucha feroz se estableci&oacute; entre nosotros. Durante largo rato apenas consegu&iacute; defenderme, pero finalmente alcanc&eacute;, con una mano, sujetar a Sdenka por la cintura y, con la otra, por las trenzas y apoy&aacute;ndome en los estribos, &iexcl;la arroj&eacute; al suelo!</p><p style="text-align: justify;">Acto seguido me abandonaron las fuerzas y tuve visiones delirantes. Miles de rostros enloquecidos me persegu&iacute;an haciendo muecas terribles. Georges y su hermano Pierre bordeaban el camino y trataban de obstaculizarlo. No lo lograron y estuve a punto de sentirme salvado cuando vi a Gorcha que sirvi&eacute;ndose de su estaca daba saltos como un alpinista tirol&eacute;s que traspone abismos. Gorcha tambi&eacute;n qued&oacute; rezagado en el camino. Entonces su nuera, arrastrando tras de s&iacute; a sus hijos, le lanz&oacute; uno, Gorcha lo recibi&oacute; con el extremo de la estaca y utiliz&aacute;ndola a modo catapulta, lanz&oacute; con todas sus fuerzas al ni&ntilde;o como un proyectil sobre m&iacute;. Esquiv&eacute; al ni&ntilde;o pero con instinto de sabueso la peque&ntilde;a alima&ntilde;a se adhiri&oacute; al cuello de mi caballo y me cost&oacute; trabajo desprenderlo. Me lanzaron al otro ni&ntilde;o pero, &eacute;ste cay&oacute; delante y el caballo lo aplast&oacute;. No recuerdo qu&eacute; otras cosas sucedieron y cuando volv&iacute; en m&iacute;, estaba a un lado del camino y mi caballo moribundo.</p><p style="text-align: justify;">As&iacute; termina, queridas damas, un amor&iacute;o que debi&oacute; curar para siempre las ganas de intentar nuevos. Algunas contempor&aacute;neas de sus abuelas podr&aacute;n atestiguar si despu&eacute;s de esta historia me hice prudente.</p><p style="text-align: justify;">No importa lo que haya sido. Tiemblo todav&iacute;a al pensar que, si hubiera sucumbido ante mis enemigos, hoy ser&iacute;a un vampiro; pero el cielo no quiso permitir que sucediera, y, &iexcl;lejos de tener sed de vuestra sangre, se&ntilde;oras, no pido algo mejor, a pesar de mis a&ntilde;os, que obtener la gracia de vertir la m&iacute;a por vuestros favores!</p><p style="text-align: justify;"><strong>Aleksei Konstantinovich Tolstoi</strong></p><p style="text-align: justify;">&nbsp;</p><p style="text-align: justify;">&nbsp;<br />&nbsp;<br />&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Wed, 28 Oct 2009 20:33:00 +0000</pubDate></item><item><title>Domingo Fatal</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2009/102801-domingo-fatal.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2009/102801-domingo-fatal.php</guid><description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Baby Jean rod&oacute; sobre la alfombra, tirando el oso de felpa al aire. Al chocar contra el suelo, el mu&ntilde;eco pareci&oacute; quejar&not;se a trav&eacute;s de la leng&uuml;eta oculta en su pecho.<br />&mdash;&iquest;Me echar&aacute;s de menos, papi?<br />Levant&eacute; bruscamente la vista del peri&oacute;dico.<br />&mdash;Ten cuidado con la l&aacute;mpara. Has estado a punto de dar&not;le con el oso.<br />Baby Jean recogi&oacute; el peludo animal y se sent&oacute;, haciendo pucheros.<br />&mdash;&iquest;Nos echar&aacute;s de menos, a Wally y a m&iacute;?<br />Ellen dej&oacute; caer sobre su regazo la prenda que estaba co&not;siendo.<br />&mdash;&iquest;De qu&eacute; diablos est&aacute; hablando la ni&ntilde;a?<br />Me encog&iacute; de hombros y volv&iacute; a concentrarme en el peri&oacute;&not;dico: el nuevo programa de la administraci&oacute;n; las nuevas exi&not;gencias de Rusia; los extra&ntilde;os objetos sin identificar que ha&not;b&iacute;an sido vistos sobre ocho pa&iacute;ses...<br />Pero Baby Jean me estaba tirando de la pernera de los pantalones.<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; har&aacute;s, papi?<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; har&eacute;, sobre qu&eacute;?<br />Dobl&eacute; el peri&oacute;dico y lo dej&eacute; encima de la mesilla. Ellen me mir&oacute; sonriendo, divertida por mi fingido mal humor.<br />Wally entr&oacute; en aquel momento procedente del vest&iacute;bulo, mordisqueando una manzana.<br />Baby Jean apoy&oacute; los codos en el brazo de mi sill&oacute;n y se tom&oacute; el rostro con las manos. Sus ojos casta&ntilde;os me miraron, muy serios.<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; har&aacute;s cuando Wally y yo nos hayamos marchado? &iquest;Se quedar&aacute;n muy solos t&uacute; y mam&aacute;?<br />Wally se acerc&oacute; a su hermana y la tom&oacute; del brazo.<br />&mdash;&iexcl;Es un secreto! &iexcl;No ten&iacute;as que dec&iacute;rselo a nadie!<br />Ellen se inclin&oacute; hacia delante con aire interesado.<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; es lo que no ten&iacute;a que decir, Wally?<br />&mdash;Nada, mam&aacute;. &mdash;Wally tom&oacute; a su hermana de la mano y la llev&oacute; hasta el centro de la alfombra, donde hab&iacute;a un rom&not;pecabezas con el rostro de un payaso a medio completar&mdash;. Termina tu cuadro, Baby Jean.<br />La ni&ntilde;a golpe&oacute; el suelo con el pie, indignada.<br />&mdash;&iexcl;No me llames baby! &iexcl;Ya tengo seis a&ntilde;os! Pronto ser&eacute; tan mayor como t&uacute;.<br />Hab&iacute;a estado desarrollando una intensa campa&ntilde;a contra el uso del apodo. Pero la costumbre estaba muy arraigada.<br />&mdash;&iquest;No te han puesto deberes para hacer en casa, Wally? &mdash;pregunt&oacute; Ellen.<br />&mdash;Los martes, la maestra no nos da nunca tarea. Pero ha dicho que ten&iacute;a un premio para el que supiera m&aacute;s sobre los ni&ntilde;os de... &mdash;arrug&oacute; el rostro, pensando intensamente&mdash;. De las cru...<br />&mdash;&iquest;Cruzadas? &mdash;sugiri&oacute; Ellen.<br />&mdash;Eso mismo.<br />Mir&eacute; a mi esposa.<br />&mdash;No cre&iacute; que se estudiara tan pronto la historia de la Edad Media.<br />&mdash;La se&ntilde;orita Miller es una maestra progresiva. Opina que hay que despertar el inter&eacute;s de los ni&ntilde;os por los grandes temas. Ser&aacute; mejor que le cuentes algo acerca de las Cruzadas, de modo que pueda ganar un premio.<br />&mdash;Las Cruzadas... Bueno, vamos a ver...<br />&mdash;Los libros, querido &mdash;sugiri&oacute; Ellen burlonamente&mdash;. Le dijiste al vendedor que encontrar&iacute;as muchas ocasiones para consultarlos.<br />El cuero rojo de los treinta vol&uacute;menes de la enciclopedia, en su estanter&iacute;a de caoba, brillaban de un modo persuasivo.<br />&mdash;Y as&iacute; &mdash;dije, cerrando el Volumen Octavo, media hora m&aacute;s tarde&mdash;, parece ser que los cincuenta mil ni&ntilde;os franceses y alemanes no llegaron nunca a Tierra Santa, y la mayor&iacute;a de ellos fueron capturados por el camino y vendidos como esclavos.<br />Wally se qued&oacute; sentado, con aire pensativo.<br />&mdash;&iquest;Ni&ntilde;os vendidos como esclavos? &mdash;inquiri&oacute; Ellen en tono de duda.<br />&mdash;&iquest;Y por qu&eacute; no? &iquest;Qui&eacute;n mejor que ellos? Al principio qui&not;z&aacute; resultaran improductivos. Pero entretanto pod&iacute;an apren&not;der el idioma y las costumbres. Y, siendo unos ni&ntilde;os, eran inofensivos durante los primeros a&ntilde;os de cautiverio... Ino&not;fensivos, cr&eacute;dulos y maleables.<br />Ellen sacudi&oacute; la cabeza sol&iacute;citamente y se puso en pie.<br />&mdash;Hay que acostarse, ni&ntilde;os.<br />Baby Jean se atrincher&oacute; detr&aacute;s del sof&aacute;.<br />&mdash;&iexcl;Yo no quiero ir a la cama!<br />&mdash;&iexcl;Un poco m&aacute;s, mam&aacute;! &mdash;suplic&oacute; Wally, retir&aacute;ndose ha&not;cia un rinc&oacute;n&mdash;. &iexcl;Deja que me quede un poco m&aacute;s!<br />Implacable, Ellen se acerc&oacute; a &eacute;l y le agarr&oacute; por la mu&ntilde;eca. Luego captur&oacute; a Baby Jean.<br />La ni&ntilde;a grit&oacute;, protestando. Wally, por su parte, dijo:<br />&mdash;&iexcl;En cuanto pase el domingo no tendremos que ir a la cama! &iexcl;Y no podr&aacute;s decirnos lo que tenemos que hacer! &iexcl;Ya ver&aacute;s!</p><p style="text-align: justify;">El mi&eacute;rcoles fue un mal d&iacute;a en la oficina, con tres nuevos contratos que redactar. En consecuencia, llegu&eacute; a casa can&not;sado y de mal humor. Ellen me esperaba en la puerta.<br />&mdash;Frank, tienes que hablar con Wally &mdash;me dijo, con el ce&ntilde;o fruncido&mdash;. Le he enviado ya a la cama.<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa? &iquest;Ha estado saltando otra vez la cerca de los Morrison?<br />&mdash;No. Lleg&oacute; a casa con esta nota de la se&ntilde;orita Miller.<br />&laquo;Wallace &mdash;ley&oacute; en una tira de papel&mdash; ha estado hoy in&not;gobernable, mostrando una provocativa falta de respeto a la autoridad. Su actitud no ha sido m&aacute;s rebelde que la de los otros alumnos, pero a menos que actuemos individualmente sobre cada uno de ellos, corremos el peligro de encontrarnos con un alumnado incontrolable.&raquo;<br />&mdash;Suena como si la se&ntilde;orita Miller temiera una revoluci&oacute;n ar&not;mada &mdash;gru&ntilde;&iacute;.<br />Wally estaba acostado, boca arriba, con la mirada fija en el techo. Se hab&iacute;a olvidado del tocadiscos que, sobre la mesi&not;lla de noche, repet&iacute;a interminablemente una frase de The Good Ship Lollipop. Lo desconect&eacute;.<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; ha pasado en la escuela, hijo?<br />Wally volvi&oacute; la cabeza sobre la almohada.<br />&mdash;Vamos, vamos &mdash;dije, sonriendo&mdash;. Este invierno iremos a cazar juntos, &iquest;recuerdas? Ahora, vamos a aclarar ese asun&not;to de la escuela.<br />&mdash;No ir&eacute; a cazar.<br />&mdash;&iquest;Por qu&eacute;? Siempre has deseado ir.<br />&mdash;No estar&eacute; aqu&iacute;.<br />&mdash;&iquest;De veras?<br />De pronto record&eacute; su vaga amenaza acerca del domingo.<br />&mdash;Mam&aacute; me ha pegado y me ha enviado a la cama &mdash;acu&not;s&oacute; Wally&mdash;. Y ahora t&uacute; tambi&eacute;n vas a pegarme.<br />Se sent&oacute; en la cama, agarr&aacute;ndose a la s&aacute;bana, y no supe si lo que hab&iacute;a en sus enrojecidos ojos era resentimiento o desaf&iacute;o.<br />&mdash;S&oacute;lo te pegan cuando lo mereces.<br />&mdash;Bueno, puedes pegarme todo lo que quieras hasta el domingo. &iexcl;No me importa! Pero en cuanto pase el domingo no podr&aacute;s pegarme..., porque no estar&eacute; aqu&iacute;.<br />Llegu&eacute; a la conclusi&oacute;n que lo que hab&iacute;a en sus ojos era desaf&iacute;o... Wally se gan&oacute; su segunda zurra.<br />Cuando baj&eacute; al comedor, Baby Jean estaba importunan&not;do a su madre pidi&eacute;ndole un n&iacute;quel.<br />&mdash;No es hora de comer caramelos &mdash;dec&iacute;a Ellen&mdash;. Vamos a cenar en seguida.<br />&mdash;Por favor, mam&aacute;. Me comer&eacute; toda la cena. Te lo prometo.<br />&mdash;He dicho que no.<br />&mdash;Bueno, puedes guardarte tu asqueroso n&iacute;quel &mdash;replic&oacute; Baby Jean furiosamente&mdash;. Pronto tendr&eacute; todos los carame&not;los que quiera..., y helados, tambi&eacute;n. &iexcl;Y pasteles!<br />&mdash;&iquest;Despu&eacute;s del domingo? &mdash;inquiri&oacute; Ellen.<br />Baby Jean, que hab&iacute;a echado a andar hacia la puerta de la calle, se detuvo.<br />&mdash;&iquest;C&oacute;mo lo sabes?</p><p style="text-align: justify;">Cuando Baby Jean se hubo marchado, rode&eacute; con mis bra&not;zos la cintura de Ellen y mir&eacute; por encima de su hombro las cacerolas puestas al fuego.<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; es todo eso acerca del domingo?<br />&mdash;Alg&uacute;n juego, supongo.<br />&mdash;Los ni&ntilde;os no hab&iacute;an amenazado nunca con marcharse de casa.<br />&mdash;Todos pasan por esa fase, en un momento u otro.<br />&mdash;&iquest;Y por qu&eacute; el domingo?<br />Ellen se ech&oacute; a re&iacute;r.<br />&mdash;Es un d&iacute;a tan bueno como cualquiera..., y el tener que ir a la iglesia les parte la ma&ntilde;ana por la mitad.<br />Despu&eacute;s de cenar, me retir&eacute; diplom&aacute;ticamente al sal&oacute;n y me concentr&eacute; en la televisi&oacute;n, para que Ellen pudiera su&not;birle un bocadillo y un vaso de leche a Wally sin que yo me diese cuenta.<br />El tel&eacute;fono son&oacute; durante el &uacute;ltimo asalto del combate de boxeo, y cuando anunciaban el resultado Ellen apareci&oacute; en el umbral de la puerta.<br />&mdash;Era la se&ntilde;ora Watkins. Estaba tratando de descubrir qu&eacute; clase de misterio se llevan los ni&ntilde;os entre manos para el domingo.<br />&mdash;&iexcl;Vaya! &iquest;De modo que el peque&ntilde;o Arthur anda tambi&eacute;n metido en eso?<br />&mdash;La se&ntilde;ora Watkins dice que Arthur no se lo ha contado. Pero lo mantiene sobre su cabeza como una especie de amenaza. No se lo ha contado, porque est&aacute; seguro del hecho que Wally no te lo contar&aacute; a ti. Y Jimmy, y Frank, y Mary Ann, y los mellizos Collins &mdash;Ellen fue cont&aacute;ndolos con los dedos&mdash; tampoco se lo contar&aacute;n a sus padres.<br />Me ech&eacute; a re&iacute;r.<br />&mdash;Es m&aacute;s importante de lo que pens&aacute;bamos, &iquest;eh? Una es&not;pecie de emigraci&oacute;n en masa, &iquest;no crees?<br />&mdash;Sea lo que sea, Frank &mdash;dijo Ellen, muy seria&mdash;, es algo que parece afectar a todos los ni&ntilde;os.<br />&mdash;Si te dejas impresionar por esas nader&iacute;as &mdash;brome&eacute;&mdash;, &iquest;qu&eacute; vas a hacer cuando tengamos otros cinco hijos?<br />Me agach&eacute; instintivamente. En circunstancias normales, uno de los almohadones del sof&aacute; hubiera salido volando ha&not;cia mi cabeza. Pero Ellen no se mostr&oacute; agresiva: estaba mi&not;rando fijamente el televisor, en cuya pantalla aparec&iacute;an en aquel momento una serie de fotograf&iacute;as de chiquillos.<br />&laquo;...y en Baltimore &mdash;estaba diciendo el locutor&mdash; han de&not;saparecido cinco ni&ntilde;os, posiblemente escapados de su casa. En Cincinnati, el n&uacute;mero de desaparecidos asciende a cuatro.&raquo;<br />Estaba tratando el asunto jovialmente, con palabras im&not;pregnadas de risa.<br />&laquo;El m&aacute;s eminente de los cuatro era Alexander Belling III &mdash;en la pantalla apareci&oacute; la fotograf&iacute;a de un chiquillo de rostro travieso y pecoso, de unos nueve a&ntilde;os&mdash;. Desapareci&oacute; de su casa anoche, despu&eacute;s de haber amenazado con mar&not;charse para siempre el domingo.&raquo;<br />Ellen me mir&oacute; con aire preocupado.<br />&mdash;Frank...<br />Procur&eacute; tranquilizarla.<br />&mdash;Psicolog&iacute;a. Esas cosas llegan a oleadas. Reacciones en masa. Un chiquillo se escapa de casa y su fotograf&iacute;a sale en los peri&oacute;dicos. Otros chiquillos piensan en fugarse, para que salgan tambi&eacute;n sus fotograf&iacute;as es los peri&oacute;dicos. Una especie de reacci&oacute;n en cadena.<br />&mdash;Pero..., en domingo... Y el hijo de los Watkins, y los me&not;llizos de los Collins...<br />&mdash;Coincidencia &mdash;dije, sin demasiado convencimiento.<br />Salimos juntos de la habitaci&oacute;n mientras el locutor comen&not;taba la reciente plaga de objetos sin identificar. En la habita&not;ci&oacute;n de los ni&ntilde;os, Wally y Baby Jean dorm&iacute;an profundamente.<br />La aguja del tocadiscos giraba alrededor de la ranura in&not;terna de The Good Ship Lollipop...<br />&mdash;No los despiertes &mdash;suplic&oacute; Ellen en tono vacilante. Se inclin&oacute; sobre los ni&ntilde;os y los arrop&oacute; cuidadosamente.<br />Baby Jean sonri&oacute; en sue&ntilde;os.<br />&mdash;El domingo &mdash;murmur&oacute;&mdash;. Feliz aterrizaje sobre una barra de chocolate.</p><p style="text-align: justify;">El jueves amaneci&oacute; con un aura de presagio. A la hora del desayuno, con los ni&ntilde;os todav&iacute;a dormidos, capt&eacute; una rara sensaci&oacute;n en el aire, una especie de tensi&oacute;n el&eacute;ctrica. Me hab&iacute;a sucedido lo mismo unos a&ntilde;os antes..., una pl&aacute;cida tar&not;de de domingo. Una hora despu&eacute;s estall&oacute; el infierno de Pearl Harbour.<br />Ellen la hab&iacute;a captado tambi&eacute;n. Se notaba en la crispaci&oacute;n de su rostro. Pero no dijimos nada, ya que no hab&iacute;a nada que pudi&eacute;ramos expresar con palabras.<br />En la oficina, le llev&eacute; los contratos a Andy para que diera el visto bueno. Pero Andy los apart&oacute; a un lado.<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa con los ni&ntilde;os, Frank?<br />&mdash;&iquest;Los tuyos tambi&eacute;n? &mdash;inquir&iacute;, muy poco sorprendido, en realidad.<br />Asinti&oacute; l&uacute;gubremente.<br />&mdash;Que me aspen si lo entiendo.<br />&mdash;&iquest;Van a marcharse..., a alguna parte?<br />&mdash;S&iacute;. El domingo.<br />&mdash;&iquest;Ad&oacute;nde? &mdash;pregunt&eacute;, porque hasta entonces no hab&iacute;a concedido importancia a su posible destino.<br />&mdash;Eso es lo que me preocupa. En catorce a&ntilde;os, Freddy no me hab&iacute;a ocultado nada. Anoche lo intent&eacute; todo: le supliqu&eacute;, quise sobornarle, le pegu&eacute;..., y muy fuerte. Pero todo fue in&uacute;til.<br />Hasta entonces me hab&iacute;a negado a admitir que se trataba de algo serio. Ahora me daba cuenta que tal vez mi ac&not;titud era equivocada.<br />&mdash;&iquest;Se ha escapado Freddy? &mdash;pregunt&eacute;.<br />&mdash;No, pero probablemente lo har&aacute;.<br />Tom&eacute; el tel&eacute;fono y llam&eacute; a Ellen.<br />&mdash;Vete a buscar a los ni&ntilde;os a la escuela, querida.<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa?<br />&mdash;No lo s&eacute;. Pero tenemos que descubrirlo. Llegar&eacute; dentro de veinte minutos.<br />Colgu&eacute; el receptor para evitar m&aacute;s preguntas.<br />Andy estaba mirando fijamente a trav&eacute;s de la ventana.<br />&mdash;&iquest;Temes que se escapen?<br />&mdash;No creo que lo hagan. Supongo que podr&eacute; descubrir qu&eacute; hay detr&aacute;s de todo eso.<br />&mdash;Por lo visto, no has escuchado la radio. Todo el mundo est&aacute; intentando hacer hablar a los chicos..., desde Washington para abajo.<br />&mdash;No puede tratarse de nada m&aacute;s que de una especie de historia juvenil.<br />&mdash;&iquest;No? &iquest;Con los chiquillos actuando repentinamente del mismo modo en todo el pa&iacute;s? Una incomprensible reacci&oacute;n en masa que se extiende de punta a punta... Ser&iacute;a demasiado casual.<br />&mdash;Entonces, &iquest;crees que los chicos van a marcharse a al&not;guna parte el domingo?<br />Andy se encogi&oacute; de hombros, con aire de desaliento.<br />&mdash;Eso es lo que Washington trata de averiguar. Y tam&not;bi&eacute;n Londres, y Par&iacute;s, al parecer. Le han dado el nombre de Efecto Junior.<br />Me encamin&eacute; hacia la puerta.<br />&mdash;Y, Frank..., no te excites si tus chicos se escapan de casa. Esa parte del Efecto Junior parece ser una reacci&oacute;n temporal. La mayor&iacute;a de los desaparecidos han regresado.<br />Le mir&eacute;, desconcertado:<br />&mdash;Entonces, &iquest;por qu&eacute; se escapan?<br />&mdash;Ellos &mdash;se&ntilde;al&oacute; con un gesto el aparato de radio&mdash; creen que es una manifestaci&oacute;n de impaciencia. Los chicos tienen que hacer algo mientras esperan que llegue el domingo.</p><p style="text-align: justify;">De camino a casa, hice que el taxista pasara junto a la escuela con la esperanza de encontrar a Ellen y a los ni&ntilde;os. No era el &uacute;nico padre que hab&iacute;a tenido aquella idea. Hab&iacute;a una hilera de taxis rodeando el edificio. Reconoc&iacute; a algunos de los pasajeros como miembros del Club de los Padres.<br />Otra hilera de madres entraba apresuradamente por una de las puertas y sal&iacute;a por otra, agarrando con mano firme las mu&ntilde;ecas de sus hijos. Y bruscamente me di cuenta que estaba presenciando una reacci&oacute;n espont&aacute;nea que deb&iacute;a es&not;tar produci&eacute;ndose en millares de escuelas al mismo tiempo.<br />En casa, los ni&ntilde;os se sentaron con aire cariacontecido en el sof&aacute;, mientras Ellen se agachaba delante del televisor. Baby Jean jugueteaba con el borde de su vestido. Wally estaba muy interesado en la contemplaci&oacute;n de sus propias manos.<br />Me detuve en el umbral, vacilante, y Ellen cruz&oacute; apresu&not;radamente la habitaci&oacute;n para reunirse conmigo.<br />&mdash;&iquest;Has o&iacute;do?<br />&mdash;&iquest;Lo del Efecto Junior? &mdash;asent&iacute;.<br />Ellen se refugi&oacute; entre mis brazos, temblando, mientras ambos mir&aacute;bamos a los ni&ntilde;os con una expresi&oacute;n de temor. En la pantalla del televisor, un hombre con aspecto de in-telectual trataba de explicar el Efecto en t&eacute;rminos de conduc&not;ta inhibitoria.<br />&mdash;Bueno, Wally &mdash;dije, muy serio, colocando una silla de&not;lante de &eacute;l&mdash;. Creo que ha llegado el momento para que hable&not;mos de hombre a hombre.<br />Wally se hundi&oacute; en la blandura del sof&aacute; sin hacerme el menor caso.<br />&mdash;No hablar&aacute; &mdash;dijo Ellen, en tono desesperado&mdash;. Lo he intentado todo, in&uacute;tilmente.<br />Le hice una se&ntilde;a para que nos dejara solos.<br />&mdash;&iquest;Wally...?<br />Volvi&oacute; los ojos hacia la ventana.<br />&mdash;&iquest;Baby Jean...?<br />&mdash;&iexcl;No me llames baby! &iexcl;Ya no soy una ni&ntilde;a!<br />Sonriendo, acarici&eacute; sus cabellos.<br />&mdash;Desde luego que no. Ya eres una chica mayor. Y las chi&not;cas mayores saben c&oacute;mo tienen que hablar con sus pap&aacute;s, &iquest;no es cierto?<br />Wally se inclin&oacute; hacia ella.<br />&mdash;No le hagas caso. &iexcl;Est&aacute; tratando de sonsacarte!<br />Baby Jean cruz&oacute; los brazos sobre el pecho y apret&oacute; fuer&not;temente los labios.<br />&mdash;Vamos, Wally &mdash;dije, en tono condescendiente&mdash;, &iquest;acaso tengo la costumbre de sonsacarte? &iquest;Acaso te he enga&ntilde;ado al&not;guna vez?<br />Me mir&oacute; fijamente, con una emoci&oacute;n en los ojos, que nun&not;ca hab&iacute;a visto en ellos.<br />&mdash;&iexcl;S&iacute;! &mdash;grit&oacute;&mdash;. &iquest;Qu&eacute; me dices de Santa Claus? T&uacute;...<br />&mdash;&iexcl;Wally! &mdash;le advirti&oacute; Ellen.<br />Pero Wally ignor&oacute; la advertencia, insolentemente.<br />&mdash;&iexcl;No hay ning&uacute;n Santa Claus! &iexcl;Me has estado mintiendo siempre!<br />Baby Jean abri&oacute; mucho los ojos, con una expresi&oacute;n de in&not;credulidad, y se volvi&oacute; hacia m&iacute;.<br />&mdash;No es cierto, &iquest;verdad, pap&aacute;? Santa Claus existe, &iquest;ver&not;dad?<br />&mdash;&iexcl;Adelante! &mdash;se burl&oacute; Wally&mdash;. Mi&eacute;ntele a ella como me has mentido a m&iacute;. Y cuando tenga ocho a&ntilde;os, tendr&aacute;s que decirle la verdad.<br />Baby Jean se hab&iacute;a puesto en pie y me tiraba de la manga.<br />&mdash;Santa Claus existe, &iquest;verdad, pap&aacute;?<br />Apart&eacute; la mirada, sinti&eacute;ndome extra&ntilde;amente culpable. Tom&eacute; los temblorosos hombros de la ni&ntilde;a.<br />&mdash;Mira, Baby Jean... Ver&aacute;s, es como...<br />Pero Baby Jean se apart&oacute; bruscamente.<br />&mdash;&iexcl;No hay ning&uacute;n Santa Claus! &iexcl;Mam&aacute; y t&uacute; han es&not;tado mintiendo siempre!<br />Ellen se acerc&oacute; a ella, tratando de consolarla. Pero Baby Jean ech&oacute; a correr, sollozando.<br />Me volv&iacute; furiosamente hacia Wally.<br />&mdash;&iexcl;Te has portado como un cerdo!<br />&mdash;&iexcl;Pero es verdad! Tal como ellos dicen. &iexcl;Eres cruel, y mientes, y nos enga&ntilde;as, y nos castigas!<br />Le agarr&eacute; firmemente del brazo.<br />&mdash;&iquest;Qui&eacute;nes son ellos? &mdash;inquir&iacute;.<br />Pero Wally continu&oacute; con su infantil acusaci&oacute;n.<br />&mdash;Todo eran mentiras. Santa Claus, y el Conejo de Pas&not;cua, y la rata que pon&iacute;a n&iacute;queles debajo de nuestra almoha&not;da, y...<br />&mdash;Pero, Wally...<br />Mi hijo hab&iacute;a vuelto a ponerse a la defensiva.<br />&mdash;&iexcl;Mentiras! &iexcl;Mentiras! &iexcl;Mentiras!<br />Le obligu&eacute; a ponerse en pie y me arrodill&eacute; delante de &eacute;l.<br />&mdash;&iquest;Qui&eacute;n te ha estado contando todas esas cosas? &iquest;Qui&eacute;&not;nes son ellos?<br />Wally no era el tipo de muchacho que se muestra de re&not;pente esc&eacute;ptico sin motivo. Y yo estaba dispuesto a llegar al fondo del asunto.<br />&mdash;Wally, &iquest;qui&eacute;n te ha cambiado de ese modo? &iexcl;Contesta!<br />Le sacud&iacute; rudamente.<br />&mdash;&iexcl;Anda, p&eacute;game! &mdash;me desafi&oacute;&mdash;. Ellos dicen que me pe&not;gar&aacute;s hasta que llegue el domingo, pero debo ser valiente.<br />Derrotado, le solt&eacute;.<br />&mdash;&iexcl;Sube a tu cuarto!<br />Llorando, Ellen se acerc&oacute; a m&iacute; y apret&oacute; su rostro contra mi pecho.<br />&mdash;&iexcl;Oh, Frank! No es cierto que nos est&eacute; ocurriendo esto, &iquest;verdad?<br />Luego se apart&oacute; de m&iacute;, mientras yo me quedaba mir&aacute;ndo&not;la, sin saber qu&eacute; hacer. O&iacute; el sonido de sus pasos subiendo la escalera detr&aacute;s de los ni&ntilde;os, gritando:<br />&mdash;&iexcl;Wally! &iexcl;Baby Jean!</p><p style="text-align: justify;">Ellen pas&oacute; la mayor parte del resto de aquel d&iacute;a en la ha&not;bitaci&oacute;n de los ni&ntilde;os, tratando de razonar con ellos. Yo pase&eacute; sin rumbo fijo por la vecindad, intentando examinar el Efec&not;to Junior desde una perspectiva m&aacute;s cuerda. En el curso de mi deambular, tropec&eacute; con una muchedumbre que se hab&iacute;a reunido espont&aacute;neamente en una especie de asamblea.<br />Un hombre delgado y calvo, cuyos hijos eran ya induda&not;blemente adultos, trep&oacute; a una silla y sugiri&oacute; en tono burl&oacute;n que todos los chicos menores de diecis&eacute;is a&ntilde;os fueran obli-gados a reunirse en p&uacute;blico. All&iacute; presenciar&iacute;an el castigo de los que se negaran a renunciar a sus planes domingueros.<br />Otro exigi&oacute; que los maestros fueran objeto de una inves&not;tigaci&oacute;n. &iquest;No era evidente acaso el car&aacute;cter comunista del asunto? El a&ntilde;o anterior, sin ir m&aacute;s lejos, un maestro de escuela de alguna parte de Missouri hab&iacute;a sido expulsado de un instituto, por rojo...<br />No tard&oacute; en quedar demostrado que nadie ten&iacute;a nada cons&not;tructivo que ofrecer, y la asamblea degener&oacute; en una serie de discusiones individuales. O&iacute; a varios padres que se acusaban a s&iacute; mismos de haber infligido castigos que, ahora se daban cuenta, hab&iacute;an sido m&aacute;s rencorosos que correctivos.<br />Finalmente, alguien que llevaba una radio port&aacute;til recla&not;m&oacute; silencio y subi&oacute; el volumen del receptor.<br />&laquo;...de modo que, en beneficio del pa&iacute;s y en vista de los acontecimientos &mdash;era la voz grave del Presidente&mdash;, pro&not;clamo un estado de emergencia nacional. Y asumo todos los poderes que puedan ser necesarios para afrontar esta amena&not;za a nuestra seguridad colectiva como naci&oacute;n..., a nuestra identidad individual como miembros de las familias que for&not;man la naci&oacute;n.&raquo;<br />Me abr&iacute; paso entre los grupos hasta que el tono enron&not;quecido del peque&ntilde;o altavoz se hizo m&aacute;s audible.<br />&laquo;Todav&iacute;a no se ha encontrado una explicaci&oacute;n al Efecto Junior &mdash;continu&oacute; el Presidente&mdash;. Sin embargo, debo rogarles que ejerzan con cordura vuestro papel de padres durante este per&iacute;odo de prueba en las relaciones con los ni&ntilde;os. Sean moderados en cada uno de vuestros actos.<br />&raquo;Debo advertirles tambi&eacute;n que no den p&aacute;bulo a las expli&not;caciones que pretenden relacionar la conducta de nuestros hijos con la presencia de objetos sin identificar. No existe ninguna justificaci&oacute;n para relacionar los dos fen&oacute;menos..., hasta el momento.&raquo;<br />En silencio, la muchedumbre empez&oacute; a dispersarse. Mien&not;tras regresaba a casa, no pude evitar el pensar en las &uacute;ltimas palabras del Presidente. &iquest;Se trataba simplemente de una negativa inicial, destinada a preparar el camino para una eventual aceptaci&oacute;n de lo que ahora se negaba?<br />Ellen y los ni&ntilde;os estaban dormidos..., los tres en la cama de Wally. Ellen ten&iacute;a el pelo revuelto y el rostro h&uacute;medo de l&aacute;grimas. En sue&ntilde;os, extend&iacute;a un brazo protectoramente en&not;cima de los ni&ntilde;os.<br />Baj&eacute; al sal&oacute;n, me serv&iacute; un buen vaso de whisky y conect&eacute; la radio. Luego fui en busca de mi Winchester de repetici&oacute;n y empec&eacute; a limpiarlo.<br />Mientras repasaba mi provisi&oacute;n de cartuchos, o&iacute; el bo&not;let&iacute;n de noticias informando que Radio Mosc&uacute; estaba con&not;vencida del hecho que el Efecto Junior era un complot capitalista. Se trataba de una acusaci&oacute;n rec&iacute;proca, puesto que los Aliados europeos occidentales hab&iacute;an enviado ya notas diplom&aacute;ticas al Kremlin, aludiendo claramente a la complicidad rusa.<br />Son&oacute; el tel&eacute;fono.</p><p style="text-align: justify;">&mdash;&iquest;Frank? Aqu&iacute;, Andy. S&oacute;lo quer&iacute;a decirte que no es ne&not;cesario que vengas a la oficina hasta despu&eacute;s del domingo... Los empleados solteros se ocupar&aacute;n de todo hasta entonces.<br />&mdash;&iquest;C&oacute;mo est&aacute; Freddy?<br />&mdash;No quiere hablar con nosotros. Pero no pienso insis&not;tir m&aacute;s.<br />&mdash;&iquest;Has o&iacute;do el mensaje del Presidente?<br />&mdash;S&iacute;. &iquest;No te ha producido la impresi&oacute;n que &eacute;l ocultaba algo?<br />Por lo visto, Andy tambi&eacute;n se hab&iacute;a dado cuenta.<br />&mdash;&iquest;Los objetos sin identificar? &mdash;pregunt&eacute;.<br />Andy permaneci&oacute; silencioso unos instantes. Pens&eacute; en lo estereotipada que era la conducta de los adultos: como la de las ovejas. Casi al mismo tiempo, todos hab&iacute;amos obser&not;vado el Efecto Junior. Luego, como un solo hombre, todos hab&iacute;amos admitido su gravedad, &iquest;&iacute;bamos ahora a aceptar, en masa, la explicaci&oacute;n de los objetos sin identificar como &uacute;nica posible?<br />&mdash;&iexcl;Dios m&iacute;o! Frank, &iquest;acaso vamos a creer que unos seres de..., de otro mundo tratan de raptar a nuestros hijos? &iquest;Para qu&eacute;?<br />Record&eacute; el art&iacute;culo de la enciclopedia acerca de los ni&not;&ntilde;os de las Cruzadas.<br />&mdash;Esclavos &mdash;susurr&eacute;, en tono vacilante.<br />&mdash;&iexcl;Esclavos! Si fueran tan endiabladamente listos, &iquest;no tendr&iacute;an m&aacute;quinas para hacerlo todo?<br />&mdash;Nosotros no concebimos ninguna m&aacute;quina tan perfecta y tan econ&oacute;mica como el cuerpo y la mente humanos. Tal vez ellos tampoco la conciban.<br />&mdash;Pero, &iquest;por qu&eacute; &uacute;nicamente los ni&ntilde;os?<br />&mdash;Tal vez no desean unos adultos capaces de resistir obs&not;tinadamente, en tanto que los ni&ntilde;os ser&iacute;an dominables y re&not;lativamente inofensivos. Podr&iacute;an atraerlos actuando sobre su imaginaci&oacute;n y su credulidad, hipnotiz&aacute;ndolos hasta cierto punto. Y podr&iacute;an utilizar ese hipnotismo para hacer que los ni&ntilde;os desearan marcharse.<br />&mdash;Tal vez sea eso..., una especie de efecto Flauta M&aacute;gica. Freddy ha estado hablando en sue&ntilde;os de una especie de pa&not;ra&iacute;so donde aprender&aacute; a ser un as del f&uacute;tbol.<br />Record&eacute; la somnielocuencia de Baby Jean acerca de un &laquo;feliz aterrizaje sobre una barra de chocolate&raquo;.<br />&mdash;Pero, &iquest;por qu&eacute; esperar hasta el domingo? &mdash;pregunt&oacute; Andy, intrigado&mdash;. &iquest;Por qu&eacute; no se los han llevado inmedia&not;tamente?<br />Medit&eacute; unos instantes.<br />&mdash;Tal vez imaginan que se presentar&iacute;an muchas compli&not;caciones..., complicaciones que pueden evitarse mediante una preparaci&oacute;n hipn&oacute;tica que cree en los ni&ntilde;os el deseo de cola&not;borar.<br />La voz de Andy son&oacute; desesperada a trav&eacute;s del receptor.<br />&mdash;&iexcl;Es demasiado dif&iacute;cil de creer! &iquest;Debemos decirle a al&not;guien lo que hemos imaginado?<br />Me encog&iacute; de hombros.<br />&mdash;Ser&iacute;a in&uacute;til.<br />&mdash;Entonces, &iquest;qu&eacute; vamos a hacer?<br />El rifle estaba a&uacute;n en mi regazo. Lo empu&ntilde;&eacute; con aire de&not;cidido.<br />&mdash;Quienquiera que trate de llevarse a mis hijos, va a v&eacute;rselas en dificultades para acercarse a ellos el domingo &mdash;pro&not;met&iacute;.<br />La voz del locutor interrumpi&oacute; bruscamente el programa musical:<br />&laquo;Una formaci&oacute;n de objetos sin identificar ha sido avistada sobre la ciudad, procedente del norte...&raquo;<br />Solt&eacute; el receptor y ech&eacute; a correr hacia la calle. Escrut&eacute; cuidadosamente el cielo hasta localizar un grupo de puntos de color verde p&aacute;lido que al principio parec&iacute;an formar parte de la Osa Mayor. Avanzaron hacia el este, giraron a la dere&not;cha y desaparecieron detr&aacute;s de una nube baja que reflejaba el rosado resplandor de las luces de ne&oacute;n de la ciudad.<br />Volv&iacute; a entrar en casa y me serv&iacute; otro whisky.</p><p style="text-align: justify;">El viernes, nuestro desayuno fue muy l&uacute;gubre. Ellen es&not;taba ojerosa y preocupada, y Wally y Baby Jean permanec&iacute;an sentados delante de nosotros como silenciosos desconocidos.<br />No dije nada, pregunt&aacute;ndome c&oacute;mo podr&iacute;a hablarle a Ellen de mi convencimiento acerca de la fantas&iacute;a de los seres de otro mundo. Pero, al ver c&oacute;mo miraba repetidamente ha&not;cia el cielo a trav&eacute;s de la ventana, comprend&iacute; que no tendr&iacute;a que hacerlo. Ellen se hab&iacute;a levantado m&aacute;s temprano que nosotros. Y evidentemente hab&iacute;a o&iacute;do alguna noticia radiada reflejando la adopci&oacute;n general de la teor&iacute;a que Andy y yo hab&iacute;amos elaborado.<br />Observ&eacute; disimuladamente a los ni&ntilde;os. Su conducta de los &uacute;ltimos d&iacute;as..., &iquest;hab&iacute;a sido espont&aacute;nea? &iquest;Era su sincera reac&not;ci&oacute;n a la creencia del hecho que iban a ser transportados a una pa&not;radis&iacute;aca Jauja? &iquest;O era una actitud provocada hipn&oacute;tica&not;mente para ayudarles a resistir la coacci&oacute;n de los adultos durante aquel per&iacute;odo de control?<br />Wally hab&iacute;a gritado sus acusaciones acerca de la desilu&not;si&oacute;n de Santa Claus y del Conejo de Pascua de un modo met&oacute;dico, como si hubiesen sido proferidas a trav&eacute;s de &eacute;l por una mente m&aacute;s l&oacute;gica y madura.<br />&mdash;&iquest;Hoy tampoco vamos a la escuela, mam&aacute;? &mdash;pregunt&oacute; Baby Jean.<br />Ellen sacudi&oacute; la cabeza tristemente, con los labios apre&not;tados.<br />&mdash;No iremos nunca m&aacute;s a la escuela &mdash;dijo Wally jactan&not;ciosamente.<br />Ellen se inclin&oacute; sobre &eacute;l y agarr&oacute; su mano.<br />&mdash;Wally, &iquest;no quieres a tu padre y a tu madre? &mdash;implor&oacute;.<br />Wally inclin&oacute; la mirada.<br />&mdash;Claro que les quiero.<br />&mdash;&iquest;Y deseas marcharte?<br />&mdash;Eso no significa que no les quiera. Ellos dicen que ustedes vendr&aacute;n m&aacute;s tarde. Y dicen que en el momento que lo deseemos podremos regresar.<br />&mdash;&iquest;Qui&eacute;nes son ellos? &mdash;pregunt&eacute;, en tono exasperado.<br />Pero Ellen me hizo una se&ntilde;a para que no interviniera.<br />&mdash;&iquest;No te das cuenta, Wally, que ellos hablan por hablar? Te est&aacute;n mintiendo.<br />&mdash;Ellos dicen que ustedes dir&aacute;n eso.<br />&mdash;&iquest;Por qu&eacute; iban a mentirte tus padres, querido?<br />&mdash;Porque quieren que nos quedemos en casa &mdash;su voz se estaba haciendo de nuevo acusadora&mdash;. Porque quieren que vayamos a la escuela. Porque les gusta mandarnos a la cama temprano...<br />&mdash;Quieren que nos quedemos &mdash;intervino Baby Jean&mdash; para pegarnos, y castigarnos, y ser malos con nosotros.<br />Estrell&eacute; mi pu&ntilde;o sobre la mesa y la vajilla tembl&oacute; peli&not;grosamente.<br />&mdash;&iexcl;Vuestra madre y yo no somos unos demonios! &mdash;grit&eacute;.<br />Los ni&ntilde;os no dijeron nada. Pero sus ojos se clavaron en los nuestros con expresi&oacute;n acusadora.<br />Ellen dio la vuelta a la mesa y se arrodill&oacute; entre sus dos sillas, colocando los brazos alrededor de sus hombros.<br />&mdash;&iquest;De modo que no van a ir a la escuela? &mdash;empez&oacute;, pa&not;cientemente&mdash;. &iquest;Y no les castigar&aacute;n nunca? &iquest;Qu&eacute; es lo que har&aacute;n?<br />Los ojos de Baby Jean se iluminaron y uni&oacute; sus manos con deleite.<br />&mdash;&iexcl;Todos los d&iacute;as ser&aacute;n como Navidad..., aunque no haya ning&uacute;n Santa Claus!<br />&mdash;Y cada ma&ntilde;ana tendremos un juguete nuevo &mdash;a&ntilde;adi&oacute; Wally, mirando &aacute;vidamente a su madre&mdash;. Luego, todos los chicos iremos a un campo muy grande y jugaremos.<br />Baby Jean ri&oacute;.<br />&mdash;&iexcl;Y tendremos mu&ntilde;ecas, y caramelos, y una fiesta cada d&iacute;a despu&eacute;s de comer!<br />Wally frunci&oacute; el ce&ntilde;o.<br />&mdash;&iexcl;Y no tendremos que dormir la siesta en verano!<br />&mdash;Y tendremos cada uno un gatito, y un perrito, y un lorito...<br />&mdash;Y nos quedaremos levantados hasta la hora que quera&not;mos cada noche...<br />&mdash;Y...<br />&mdash;&iexcl;Dios m&iacute;o! &mdash;gem&iacute;.<br />Ellen estaba llorando y apretaba las cabezas de los ni&ntilde;os contra sus mejillas.<br />&mdash;&iexcl;Oh, queridos! &iquest;No se dan cuenta que les dicen esas cosas para que deseen marcharse con ellos?<br />Wally se irgui&oacute;.<br />&mdash;&iexcl;Ellos dicen la verdad! No son como ustedes cuando hacen una promesa, que tenemos que esperar y ver si la re&not;cuerdan. &iexcl;Cuando ellos nos dicen algo, sabemos que es verdad!<br />&mdash;&iquest;C&oacute;mo sabes que es verdad? &mdash;pregunt&eacute;.<br />&mdash;Lo s&eacute;.<br />&mdash;A veces nos ense&ntilde;an fotograf&iacute;as &mdash;explic&oacute; Baby Jean.<br />&mdash;Y a veces lo sentimos dentro de nosotros &mdash;a&ntilde;adi&oacute; Wally.<br />Me puse en pie y me inclin&eacute; sobre la mesa.<br />&mdash;&iquest;D&oacute;nde les ense&ntilde;an esas fotograf&iacute;as?<br />&mdash;Casi siempre por la noche, antes que Baby Jean y yo nos quedemos dormidos. Pero muchas veces, cuando cerra&not;mos los ojos, podemos verlo todo: el &aacute;rbol grande lleno de lu&not;ces, y la piscina, y los cisnes, y los circos, y...<br />Baby Jean dej&oacute; escapar una risita.<br />&mdash;...y los caramelos, y las mu&ntilde;ecas, y los vestidos bo&not;nitos...<br />&mdash;...y bicicletas, y balones, y..., bueno, todo.<br />Desalentado, mir&eacute; mis manos. Estaban temblando.<br />&mdash;&iquest;Qui&eacute;nes son ellos? &mdash;pregunt&eacute;.<br />&mdash;Bueno, pap&aacute; &mdash;dijo Wally&mdash;, &iquest;qu&eacute; importa eso?<br />Me acerqu&eacute; lentamente a la ventana y luego regres&eacute; a la mesa.<br />&mdash;Mira, hijo, &iquest;recuerdas lo que te cont&eacute; la otra noche acerca de los ni&ntilde;os que iban a luchar a Tierra Santa? &iquest;Re&not;cuerdas lo que les sucedi&oacute;?<br />Pero el entusiasmo ante aquel nuevo argumento se apag&oacute; en m&iacute; al ver que Wally no me escuchaba. De todos modos, lo m&aacute;s probable era que ellos no le permitieran dejarse in&not;fluir por ning&uacute;n argumento que yo pudiera aducir.<br />Tom&eacute; a Wally y a Baby Jean de la mano y, con una risa forzada, les hice levantar de sus sillas.<br />&mdash;Vayan a vestirse. Vamos a marcharnos de la ciudad..., todos.</p><p style="text-align: justify;">Mi suposici&oacute;n respecto a que la reacci&oacute;n adulta al Efecto Junior era estereotipada se revel&oacute; como correcta. A fin de cuentas, &iquest;no &eacute;ramos todos seres humanos, variando muy poco alrede&not;dor de una norma? &iquest;No se pod&iacute;a esperar que reconoci&eacute;ramos la amenaza casi al mismo tiempo? &iquest;Que utiliz&aacute;ramos la intimi&not;daci&oacute;n al mismo tiempo? &iquest;Que empez&aacute;ramos a sospechar de los objetos sin identificar casi simult&aacute;neamente? &iquest;Y, por &uacute;lti&not;mo, que pens&aacute;ramos en el soborno como contraarma en el espacio de unas cuantas horas?<br />En consecuencia, a media tarde el barrio comercial recor&not;daba la v&iacute;spera de Navidad. Padres tomados de las manos de sus hijos entrando y saliendo apresuradamente de las tiendas.<br />Risas y balones..., de todas las formas, colores y tama&ntilde;os.<br />Manos diminutas jugueteando con bolsas de palomitas de ma&iacute;z, empu&ntilde;ando cucuruchos de helado...<br />Vestidos y trajes domingueros infantiles manchados de chocolate...<br />Juegos, juguetes y art&iacute;culos deportivos bajo unos brazos juveniles.<br />Enormes mu&ntilde;ecas arrastradas descuidadamente por el pol&not;vo de la acera...<br />Y padres luchando con bicicletas, y piscinas de pl&aacute;stico, y scooters, y autom&oacute;viles y aeroplanos de juguete, e incluso trineos pintados de alegres colores.<br />Pero la risa y la alegr&iacute;a, aunque fueran falsas, eran lo m&aacute;s estimulante de aquel demencial d&iacute;a de oto&ntilde;o.<br />Fue una borrachera de compras sin precedente en la his&not;toria: una locura que dej&oacute; limpias las estanter&iacute;as de tiendas y almacenes, agot&oacute; las existencias de todas las bomboner&iacute;as y pasteler&iacute;as y llen&oacute; hasta los topes los cines, que previamen&not;te se hab&iacute;an procurado pel&iacute;culas de dibujos animados.<br />El delirio disminuy&oacute; y luchamos por abrirnos camino a tra&not;v&eacute;s de las atestadas aceras en direcci&oacute;n al lugar donde ha&not;b&iacute;amos estacionado nuestro autom&oacute;vil. Yo iba cargado con una bicicleta de veintis&eacute;is pulgadas, una mu&ntilde;eca parlante y otra que caminaba, una tienda de campa&ntilde;a de nueve pies, dos pares de patines y un microscopio.<br />Ellen llevaba un mont&oacute;n de paquetes, pero su rostro, por encima de ellos, mostraba una expresi&oacute;n esperanzada.<br />Wally y Baby Jean se dejaron caer en el asiento trasero con su bot&iacute;n, y emprendimos el camino de regreso. Mientras conduc&iacute;a, me permit&iacute; a m&iacute; mismo la ilusoria creencia que todo aquello era un estupendo fraude: una conspiraci&oacute;n juve&not;nil universal destinada a adelantar las Navidades al mes de septiembre. Una explicaci&oacute;n que hubiese sido acogida con entusiasmo..., a no ser por el peque&ntilde;o detalle del hecho que Wash&not;ington hab&iacute;a admitido ya que exist&iacute;a una relaci&oacute;n entre el Efecto Junior y los objetos sin identificar.<br />&mdash;&iquest;Crees que enfermar&aacute;n con todas esas porquer&iacute;as en sus est&oacute;magos? &mdash;pregunt&eacute;.<br />&mdash;Ser&iacute;a la &uacute;nica enfermedad que acoger&iacute;a con placer des&not;de que nacieron &mdash;respondi&oacute; Ellen.<br />Al cabo de un rato, Ellen se&ntilde;al&oacute; el mont&oacute;n de juguetes que hab&iacute;amos comprado.<br />&mdash;&iquest;Crees que servir&aacute; para algo, Frank? &mdash;me pregunt&oacute;.<br />&mdash;Desde luego &mdash;la tranquilic&eacute;&mdash;. No puede fallar. Ellos les prometieron el oro y el moro. Naturalmente, no pod&iacute;amos luchar contra esa clase de ataque con m&aacute;s promesas, sino con realidades concretas.<br />&mdash;&iexcl;Oh, Frank! &mdash;Ellen se agarr&oacute; a mi brazo y apoy&oacute; la ca&not;beza en mi hombro&mdash;. &iexcl;Me siento tan aliviada!<br />Cuando llegamos a casa, despu&eacute;s de habernos detenido a ce&not;nar en un restaurante, era de noche. Durante largo rato con&not;templamos a los ni&ntilde;os entretenidos con sus juguetes, olvi&not;dando lo cansados que est&aacute;bamos.<br />&mdash;Ya es hora de acostarnos, ni&ntilde;os &mdash;anunci&oacute; finalmente Ellen.<br />&mdash;&iexcl;Oh, mam&aacute;! &mdash;suplic&oacute; Baby Jean&mdash;. &iquest;No podemos que&not;darnos un poco m&aacute;s?<br />Ellen suspir&oacute; con resignaci&oacute;n.<br />&mdash;Desde luego, queridos... Tanto como quieran.<br />&mdash;&iquest;Hasta despu&eacute;s de medianoche? &mdash;inquiri&oacute; Wally en tono de duda.<br />&mdash;Hasta el amanecer, si quieren.<br />&mdash;&iexcl;Viva! &mdash;exclam&oacute; Baby Jean&mdash;. &iexcl;Oh, mam&aacute;! &iquest;No podr&iacute;a&not;mos hacer un &aacute;rbol de Navidad? Parece que estamos en Na&not;vidad...<br />&mdash;Desde luego, querida. Tendremos un &aacute;rbol de Navidad.<br />Ellen me mir&oacute;, sonriendo.<br />En las afueras de la ciudad hab&iacute;a un bosquecillo donde podr&iacute;a encontrar alg&uacute;n v&aacute;stago de pino adecuado para el caso. Y en el desv&aacute;n hab&iacute;a adornos y papel de esta&ntilde;o...<br />Fui en busca de mi americana, mientras Ellen se arrodi&not;llaba junto a los ni&ntilde;os.<br />&mdash;Tendr&aacute;n vuestro &aacute;rbol de Navidad ma&ntilde;ana por la ma&not;&ntilde;ana, y el domingo por la ma&ntilde;ana, y el lunes por la ma&ntilde;a&not;na, y...<br />&mdash;&iexcl;Oh, no, mam&aacute;! &mdash;objet&oacute; Baby Jean.<br />Ellen se sobresalt&oacute;.<br />&mdash;&iquest;Por qu&eacute; no?<br />Wally contorne&oacute; el dibujo floral de la alfombra con la punta del pie.<br />&mdash;Porque el lunes no estaremos aqu&iacute;.<br />No hace falta decir que el s&aacute;bado por la ma&ntilde;ana no hubo ning&uacute;n &aacute;rbol de Navidad.<br />Yo hab&iacute;a salido de casa unas horas antes del amane&not;cer, pero s&oacute;lo para quedarme temblando en medio del fr&iacute;o aire nocturno y mirar con aprensi&oacute;n las formaciones de puntos verdes que cruzaban el cielo.<br />Los ni&ntilde;os quedaron decepcionados por lo del &aacute;rbol. Baby Jean se enfurru&ntilde;&oacute;, y sorprend&iacute; varias veces a Wally mir&aacute;n&not;donos con silencioso reproche.<br />Ellen, enferma y completamente agotada, pas&oacute; la mayor parte de la ma&ntilde;ana en la cama, llamando continuamente a los ni&ntilde;os. La mayor&iacute;a de las veces, los ni&ntilde;os acud&iacute;an a su lado. Supongo que prevalec&iacute;a en ellos su b&aacute;sica bondad, a pesar de los lazos invisibles que desfiguraban su actitud y endu&not;rec&iacute;an su conducta.<br />A media ma&ntilde;ana, el comandante de las Fuerzas A&eacute;reas apareci&oacute; en la pantalla del televisor para explicar los prepa&not;rativos que se estaban haciendo. Su rostro ten&iacute;a una expre&not;si&oacute;n de cansancio, y llevaba un uniforme muy arrugado.<br />&laquo;Debido a la naturaleza de la emergencia &mdash;dijo&mdash;, las medidas de defensa han sido dejadas a discreci&oacute;n de cada uno de los Cuerpos de Ej&eacute;rcito, con determinadas maniobras b&aacute;sicas a efectuar bajo la direcci&oacute;n del Estado Mayor Cen&not;tral...&raquo;<br />En la calle se oy&oacute; un gran estr&eacute;pito y me perd&iacute; parte del mensaje mientras me acercaba a la ventana a contemplar tres enormes ca&ntilde;ones antia&eacute;reos que estaban siendo empla&not;zados en un solar.<br />&laquo;... Probablemente &mdash;estaba diciendo el general cuando regres&eacute; junto al televisor&mdash;, la estrategia del enemigo consis&not;tir&aacute; en provocar una oleada de p&aacute;nico..., un p&aacute;nico que nos obligue a reunir a nuestros hijos en grupos compactos y en&not;cerrarlos en edificios p&uacute;blicos, o escuelas, o c&aacute;rceles... En realidad, a reunirlos de un modo conveniente para &eacute;l.<br />&raquo;Pero no vamos a caer en la trampa. Por el contrario, nuestros hijos permanecer&aacute;n tan dispersos como lo est&aacute;n ahora. Todas las armas y tropas disponibles est&aacute;n siendo con-centradas en los centros habitados, por si el enemigo se de&not;cide a intentar el rapto a pesar de nuestra negativa a reunir en reba&ntilde;o a sus v&iacute;ctimas.&raquo;<br />El general acept&oacute; una taza de caf&eacute; de una mano que apa&not;reci&oacute; en un extremo de la pantalla. Se bebi&oacute; el caf&eacute; de un trago y dej&oacute; la taza sobre su pupitre.<br />&laquo;No necesito subrayar &mdash;continu&oacute;&mdash; nuestra confianza en que todos los hombres tomar&aacute;n parte en la defensa. Se su&not;ministrar&aacute;n armas a todos aquellos que no las posean de pro&not;piedad personal.&raquo;<br />Luego mir&oacute; fijamente hacia la c&aacute;mara.<br />&laquo;Esto es la guerra &mdash;dijo, en tono sombr&iacute;o&mdash;. S&oacute;lo se diferencia de la guerra en que tenemos la suerte de saber que el ataque se producir&aacute; el domingo por la tarde.&raquo;<br />Sonaron unos compases marciales, mientras en la pan&not;talla aparec&iacute;a un letrero que dec&iacute;a:<br />&laquo;Permanezcan a la escucha de los pr&oacute;ximos boletines.&raquo;<br />Sal&iacute; a la calle. Todos los vecinos estaban all&iacute;, a excepci&oacute;n de los ni&ntilde;os, encerrados en las casas. Pero todo el mundo guardaba un extra&ntilde;o silencio.<br />Una escuadrilla de aviones a reacci&oacute;n cruz&oacute; por encima de nuestras cabezas; luego otra, seguida por una formaci&oacute;n de transportes de tropas que descendi&oacute; en direcci&oacute;n al aero&not;puerto.<br />Una plataforma de lanzamiento de cohetes dirigidos sur&not;gi&oacute; desde una calle lateral y se estacion&oacute; en medio de la manza&not;na. Tres helic&oacute;pteros descendieron r&aacute;pidamente a dos man&not;zanas de distancia y empezaron a vomitar soldados de in&not;fanter&iacute;a completamente equipados. M&aacute;s lejos, se o&iacute;a el rugido de los motores de los tanques.<br />Pero, como en burlona r&eacute;plica, una flota de aeronaves enemigas se acerc&oacute; procedente del sur y permaneci&oacute; colgada muy alta sobre la ciudad, semejante a un ramo de hojas pla&not;teadas centelleando a la luz del sol.<br />Una escuadrilla de aviones a reacci&oacute;n gir&oacute; bruscamente y trep&oacute;, trep&oacute;, trep&oacute;..., hasta que tambi&eacute;n ellos se convirtieron en manchas diminutas. Y, sin embargo, no hab&iacute;an llegado ni con mucho a la altura de los treinta o cuarenta objetos. Las aeronaves desconocidas deb&iacute;an ser tan grandes como barcos de guerra.<br />Finalmente, los aviones se acercaron m&aacute;s y el enemigo se retir&oacute;. Un suspiro de alivio se elev&oacute; de la multitud.<br />Una mano toc&oacute; mi manga. Era Ellen. Me volv&iacute; hacia ella. En sus ojos ya no hab&iacute;a terror, sino una expresi&oacute;n mara&not;villada.<br />&mdash;&iexcl;Est&aacute;n huyendo! &mdash;exclam&oacute;, mirando al cielo.<br />Y la confianza asom&oacute; a su p&aacute;lido rostro cuando vio la pla&not;taforma de lanzamiento de cohetes, y los ca&ntilde;ones antia&eacute;&not;reos, y los tanques, y los soldados plantando sus tiendas en el solar.<br />&mdash;&iexcl;No conseguir&aacute;n nada, Ellen! &mdash;exclam&eacute;, con repentino optimismo&mdash;. Es posible que se hubieran salido con la suya si hubi&eacute;semos ca&iacute;do en la trampa de reunir a los ni&ntilde;os. Pero ahora tendr&aacute;n que dispersarse para recogerlos. Y si aterrizan separadamente, acabaremos con ellos...</p><p style="text-align: justify;">Aquella noche no nos acostamos, y el domingo amaneci&oacute; claro y radiante. A las ocho nos bebimos nuestra &uacute;ltima taza de caf&eacute; y Ellen dijo:<br />&mdash;Ya es hora de despertar a los ni&ntilde;os y vestirlos para ir a la iglesia.<br />&mdash;No vamos a ir. La iglesia es un lugar de reuni&oacute;n. Esta&not;remos m&aacute;s seguros aqu&iacute;... Y, Ellen, procura conducirte del modo m&aacute;s normal posible delante de los ni&ntilde;os. Sufrir&aacute;n una terrible decepci&oacute;n cuando se den cuenta que no van a te&not;ner todas las cosas que les hab&iacute;an prometido.<br />Ellen coloc&oacute; sus manos sobre mis hombros.<br />&mdash;Lo intentar&eacute;, querido.<br />La bes&eacute; cari&ntilde;osamente. Luego llam&eacute; a los ni&ntilde;os para el desayuno.<br />Cuando bajaron, sus rostros reflejaban una gran expec&not;taci&oacute;n. Mientras com&iacute;an, Ellen subi&oacute; a vestirse. Me alegr&eacute; del hecho que no pudiera o&iacute;r la conversaci&oacute;n de los ni&ntilde;os: hubiera vuel&not;to a sumirla en un estado de depresi&oacute;n.<br />&mdash;&iquest;Tenemos que llevarnos alg&uacute;n vestido? &mdash;pregunt&oacute; Baby Jean.<br />Wally se ech&oacute; a re&iacute;r.<br />&mdash;&iquest;Eres tonta? &iquest;Con la de vestidos que tendremos all&iacute;? &iexcl;Y un equipo de futbolista para m&iacute;!<br />&mdash;&iexcl;Oh, Wally! &iquest;Qu&eacute; haremos cuando lleguemos all&iacute;?<br />&mdash;Supongo que ayudaremos a adornar el &aacute;rbol para ma&ntilde;ana.<br />&mdash;&iquest;Y luego?<br />&mdash;Luego nos sentaremos delante de una gran fogata y nos contar&aacute;n cuentos durante el resto de la noche.<br />Su conversaci&oacute;n no reflejaba ning&uacute;n cambio de planes por parte de ellos. Desalentado, sal&iacute; a la calle y apoy&eacute; la escalera de mano contra la casa. Con unas tablas del garaje, cegu&eacute; la ventana del cuarto de los ni&ntilde;os.<br />Cuando termin&eacute;, Hank Collins me estaba imitando en la casa contigua. Luego reson&oacute; el martilleo en otra casa de la parte trasera, y en otra de la manzana siguiente. De pronto, el ruido de innumerables martillos hundiendo clavos en la madera repercuti&oacute; a trav&eacute;s de toda la ciudad, por otra parte silenciosa. Aquella apresurada preparaci&oacute;n de santuarios fi-nales para los ni&ntilde;os, &iquest;era acaso otra manifestaci&oacute;n de con&not;ducta reactiva en masa? &iquest;Una fren&eacute;tica medida que estaba siendo repetida en todo el pa&iacute;s..., en todo el mundo?<br />El beb&eacute; de los Collins empez&oacute; a llorar lastimeramente detr&aacute;s de la tapiada ventana mientras yo regresaba a la parte delantera de la casa.<br />Una compa&ntilde;&iacute;a de soldados avanzaba por en medio de la calzada; al llegar a la esquina, se dispers&oacute;. Los soldados se infiltraron en la vecindad, ocupando posiciones en las calle&not;jas, en los patios traseros y a lo largo de las aceras. Poco despu&eacute;s se uni&oacute; a ellos un grupo de marines.<br />El rugido de los aviones a reacci&oacute;n resonaba en el cielo maravillosamente tranquilo, en tanto que los ca&ntilde;ones y las ametralladoras antia&eacute;reas oscilaban a trav&eacute;s de sus arcos, como guerreros flexionando sus m&uacute;sculos al despertar.<br />Pero el enemigo no daba se&ntilde;ales de vida. &iquest;Se habr&iacute;a mar&not;chado definitivamente? &iquest;Se habr&iacute;a dado cuenta que est&aacute;&not;bamos bien preparados para recibirle? &iquest;O se limitaba a revisar su estrategia, para contrarrestar nuestra descentralizaci&oacute;n de las defensas?<br />A mediod&iacute;a tomamos un ligero refrigerio. Comprensible&not;mente, Ellen se hab&iacute;a olvidado de comprar el almuerzo del domingo. Los ni&ntilde;os comieron en silencio.<br />M&aacute;s tarde, mientras quit&aacute;bamos la mesa, el beb&eacute; de los Collins empez&oacute; a llorar de nuevo; su llanto reson&oacute; sorpren&not;dentemente claro en medio del anormal silencio de la ve-cindad.<br />&mdash;Me gustar&iacute;a que se callara de una vez &mdash;exclam&eacute;, en tono irritado.<br />Ellen cerr&oacute; nerviosamente los pu&ntilde;os.<br />&mdash;A m&iacute;, no &mdash;dijo.<br />Tuve que admitir que tampoco yo lo deseaba; que anhe&not;laba desesperadamente o&iacute;r llorar al beb&eacute; todo aquel d&iacute;a y toda la noche siguiente.<br />&mdash;Bueno, ni&ntilde;os &mdash;dije bruscamente&mdash;. Suban a vuestro cuarto.<br />&mdash;Pero, pap&aacute; &mdash;protest&oacute; Baby Jean&mdash;, no podemos subir a nuestro cuarto..., precisamente ahora.<br />&mdash;&iexcl;Yo no subir&eacute;! &mdash;grit&oacute; Wally, y ech&oacute; a correr hacia la puerta de la calle.<br />Pero yo le agarr&eacute; por la mu&ntilde;eca, mientras Ellen se hac&iacute;a cargo de Baby Jean. Medio a rastras, les subimos a su cuar&not;to. Despu&eacute;s de haber cerrado la puerta les o&iacute;mos llorar largo rato, pero finalmente las notas de The Good Ship Lollipop ahogaron los &uacute;ltimos sollozos de Baby Jean.<br />&mdash;T&uacute; qu&eacute;date en casa &mdash;le dije a Ellen, mientras sacaba el rifle del arc&oacute;n del vest&iacute;bulo.<br />En la acera, me acerqu&eacute; a un soldado que empu&ntilde;aba un fusil lanzagranadas. Los vecinos estaban frente a sus hogares, con aire vacilante: unos hombres serios y silencio-sos a los cuales conoc&iacute;a desde hac&iacute;a a&ntilde;os pero que ahora, en su preocupaci&oacute;n por lo incre&iacute;ble, parec&iacute;an unos desconocidos. Llevaban toda clase de armas: fusiles, rifles, pistolas, incluso cuchillos de cocina.<br />&mdash;&iquest;No hay ninguna novedad? &mdash;le pregunt&eacute; al soldado.<br />&mdash;Ninguna. &mdash;Mir&oacute; hacia el cielo&mdash;. &iquest;Qu&eacute; hora es?<br />&mdash;Acaban de dar las doce.<br />Hank Collins pas&oacute; junto a nosotros sin vernos y se enca&not;min&oacute; hacia el lugar donde estaban emplazados los ca&ntilde;ones antia&eacute;reos.<br />Esperamos... Las doce y media. La una. La una y media. Las dos.</p><p style="text-align: justify;">En aquel momento hicieron su aparici&oacute;n: un racimo de leves manchas plateadas procedentes del este. Tres escuadri&not;llas de aviones a reacci&oacute;n se elevaron fren&eacute;ticamente para interceptarlos. Los ca&ntilde;ones antia&eacute;reos, oscilaron ansiosamen&not;te a trav&eacute;s de sus arcos, esperando:<br />&mdash;&iexcl;Dios m&iacute;o! &mdash;murmur&eacute;&mdash;. &iexcl;Se han presentado, a pesar de todo!<br />&mdash;&iexcl;Pero no bajar&aacute;n! &mdash;dijo el soldado. Luego a&ntilde;adi&oacute;, en tono m&aacute;s dubitativo&mdash;: No creo que se atrevan a bajar.<br />Repentinamente, las naves enemigas empezaron a aumen&not;tar de tama&ntilde;o, dispers&aacute;ndose paulatinamente mientras des&not;cend&iacute;an.<br />Hank Collins profiri&oacute; una maldici&oacute;n y agarr&oacute; por el brazo a uno de los artilleros.<br />&mdash;&iexcl;Dispara de una vez! &mdash;grit&oacute;.<br />Un sargento de la unidad m&oacute;vil de radar grit&oacute; algo acer&not;ca de la altura excesiva y de cien mil pies.<br />Hank, exasperado, levant&oacute; su rifle. Dispar&oacute; seis veces, y los cartuchos vac&iacute;os repiquetearon acompasadamente sobre el cemento. Hank volvi&oacute; a cargar el rifle.<br />Ahora los objetos eran discos visibles, cubriendo la ciudad en una formaci&oacute;n semejante al esqueleto de un paraguas, planeando, sin descender m&aacute;s. Cont&eacute; m&aacute;s de treinta antes que las bater&iacute;as antia&eacute;reas abrieran fuego.<br />Las casas se estremecieron, los cristales de las ventanas se astillaron y el olor a p&oacute;lvora quemada impregn&oacute; el aire mientras los enfurecidos ca&ntilde;ones vomitaban su carga.<br />La plataforma de lanzamiento de cohetes estaba envuelta en una nube de humo acre.<br />Pero ninguno de los cohetes alcanz&oacute; su blanco.<br />Los aviones a reacci&oacute;n se acercaron m&aacute;s al enemigo y, con sorprendente brusquedad, el ataque terrestre qued&oacute; in&not;terrumpido.<br />En el profundo silencio que sigui&oacute;, el llanto del beb&eacute; de los Collins reson&oacute; extra&ntilde;amente.<br />Los rastros gris&aacute;ceos de los cohetes disparados desde los aviones hacia los objetos semejaban una mir&iacute;ada de hilos de ara&ntilde;a brillando al sol. Pero ninguno de ellos hizo blanco, ya que las naves enemigas desaparecieron de repente..., disminu&not;yendo de tama&ntilde;o mientras se alejaban a una velocidad in&not;cre&iacute;ble.<br />El beb&eacute; dej&oacute; de llorar.<br />&mdash;&iexcl;Est&aacute;n huyendo! &mdash;grit&oacute; un alegre coro de un millar de voces.<br />Pero un grito de mujer reson&oacute; en una casa situada al otro lado de la calle... Y luego otro m&aacute;s abajo. Despu&eacute;s o&iacute; el ate&not;rrorizado grito de Ellen.<br />Sub&iacute; la escalera como un poseso, guiado por sus gritos.<br />Ellen estaba aporreando la puerta del cuarto de los ni&ntilde;os.<br />&mdash;&iexcl;La llave, Frank! &iexcl;Dame la llave!<br />Se la entregu&eacute;, y Ellen abri&oacute; la puerta de par en par.<br />La habitaci&oacute;n estaba vac&iacute;a. Unas rayas de luz penetraban a trav&eacute;s de la tapiada ventana.<br />El oso de felpa de Baby Jean aparec&iacute;a tirado sobre la cama. La bicicleta nueva de Wally estaba apoyada contra la pared.<br />A peque&ntilde;os saltos, la mu&ntilde;eca andadora caminaba a tra&not;v&eacute;s de la alfombra, moviendo la cabeza a uno y otro lado. La cuerda se termin&oacute;, y la mu&ntilde;eca se qued&oacute; parada delante de nosotros, mir&aacute;ndonos con aire lastimero, con los brazos ex&not;tendidos en un gesto de s&uacute;plica.<br />La aguja giraba incansablemente sobre el gastado disco:<br />&laquo;On the good ship Lollipop the good ship Lollipop the good ship Lolli...&raquo;</p><p style="text-align: justify;">Han pasado casi quince a&ntilde;os desde que los ni&ntilde;os se mar&not;charon. Lentamente, seg&uacute;n nos dicen, las cosas est&aacute;n vol&not;viendo a la normalidad. No pasar&aacute; mucho tiempo sin que los efectos queden totalmente borrados: un par o tres de genera&not;ciones, seg&uacute;n los soci&oacute;logos.<br />La vida, desde luego, es distinta, y no tiene comparaci&oacute;n con la de los a&ntilde;os Cincuenta. En realidad, ahora, en los Se&not;tenta, estamos tan lejos de los Cincuenta como los Cincuenta lo estaban de la Edad Media.<br />Los economistas explican el hecho en funci&oacute;n del merca&not;do del trabajo. Los ni&ntilde;os que desaparecieron constitu&iacute;an ape&not;nas una quinta parte de la poblaci&oacute;n. En su calidad de ni&ntilde;os, no ejerc&iacute;an ning&uacute;n efecto sobre la econom&iacute;a.<br />Pero ahora ya no ser&iacute;an ni&ntilde;os. Ahora constituir&iacute;an el grupo de los quince a los treinta a&ntilde;os, es decir, la tercera parte de la poblaci&oacute;n productiva.<br />Desde luego, los salarios son elevados, porque la gente en condiciones de ganar dinero escasea. Pero..., bueno, un par de zapatos, por ejemplo, vale lo que un obrero de la cons&not;trucci&oacute;n gana en una semana: cuatrocientos ochenta d&oacute;lares. Los hacemos bastante bien, aunque utilizando arpillera. El truco consiste en no atarlos demasiado flojos ni demasiado fuertes al tobillo. Sin embargo, los zapatos no nos preocupan, puesto que nos vemos obligados a improvisar en casi todos los art&iacute;culos de primera necesidad.<br />Y, &iexcl;oh, s&iacute;!, los caballos han vuelto a hacerse populares.<br />Otras caracter&iacute;sticas de la existencia son menos agrada&not;bles: la recluta para el trabajo, por ejemplo, y la prohibici&oacute;n federal de la jubilaci&oacute;n excepto para los que se encuentran completamente incapacitados.<br />&iquest;Qu&eacute; hicimos despu&eacute;s de la huida de nuestros hijos? Sen&not;cillamente: tener m&aacute;s hijos. Aprisa. Era indispensable, si quer&iacute;amos recuperarnos econ&oacute;micamente en un per&iacute;odo pre&not;visible. Y tambi&eacute;n era un b&aacute;lsamo para la angustia general provocada por la desaparici&oacute;n de los ni&ntilde;os.<br />Ellen y yo tuvimos otro ni&ntilde;o y otra ni&ntilde;a. El primero naci&oacute; tres a&ntilde;os despu&eacute;s del de Efecto Junior. Llevados por el sentimentalismo, le bautizamos con el nombre de Wallace. A la ni&ntilde;a le pusimos el nombre de Jean.<br />Y son tan parecidos a sus hermanos, que a veces llegamos a olvidarnos de los dos primeros.<br />Anoche, por ejemplo, Baby Jean (todav&iacute;a la llamamos as&iacute;, a pesar que ya tiene diez a&ntilde;os) alz&oacute; la mirada del libro que estaba leyendo. Y la luz de la l&aacute;mpara parpade&oacute; de un modo extra&ntilde;amente evocador en su delgado rostro.<br />&mdash;Pap&aacute; &mdash;me pregunt&oacute;, muy seria&mdash;, &iquest;nos echar&aacute;n de menos a Wally y a m&iacute;?</p><p style="text-align: justify;">&nbsp;</p><p style="text-align: justify;">Daniel F. Galouye</p>]]></description><pubDate>Wed, 28 Oct 2009 20:28:00 +0000</pubDate></item><item><title>Cuentos fant&#xE1;sticos</title><link>https://barad-dur.blogia.com/2009/100601-cuentos-fantasticos.php</link><guid isPermaLink="true">https://barad-dur.blogia.com/2009/100601-cuentos-fantasticos.php</guid><description><![CDATA[<p><strong>Circe<br /></strong>Yo no sue&ntilde;o, Ulises: cuento: una brizna, las estrellas, el aroma del heno, la lluvia, los &aacute;rboles. Y como no quiero repetir nada, a nadie le pido permanencia. La vida es como el agua: t&oacute;cala con la mano abierta y la sentir&aacute;s vivir, siempre igual en su fuga. Pero si aprietas la mano para cogerla, la pierdes. Mucha gente ha pasado, de muchas leyes y distintos pa&iacute;ses, por esta casa a orillas del mar. Y en cada uno la felicidad ten&iacute;a un nombre diferente; pero se trataba siempre de alguna vieja y arrugada historia que llevaban a cuestas.<br /><strong>Agust&iacute; Bartra. </strong></p><p><br /><strong>Llamada<br /></strong>El &uacute;ltimo hombre sobre la Tierra est&aacute; sentado a solas en una habitaci&oacute;n. Llaman a la puerta...<br /><strong>Fredric Brown</strong>.</p><p><br /><strong>Cuento de horror</strong><br />La mujer que am&eacute; se ha convertido en un fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.<br /><strong>J.J. Arreola</strong>.</p><p>&nbsp;</p><p><strong>Los fantasmas y yo<br /></strong>Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distra&iacute;damente pas&eacute; de un habitaci&oacute;n a otra sin utilizar los medios comunes.<br /><strong>Ren&eacute; Avil&eacute;s Fabila.<br /></strong>Grandes minicuentos fant&aacute;sticos. Selecci&oacute;n de Benito Arias Garc&iacute;a.<br />Alfaguara, S.A., Colombia, 2005.</p><p><strong>Novela de terror<br /></strong>-V&aacute;monos ya. Los muertos nos esperan.<br /><strong>Jos&eacute; Emilio Pacheco.</strong></p><p><br /><strong>Insomnio<br /></strong>Vendr&aacute; esta noche, como todas las anteriores.<br />Trepar&aacute; por la pared y se esconder&aacute; en el armario o debajo de la cama. Esperar&aacute; la hora exacta, cuando relaje los m&uacute;sculos del cuello y entorne los p&aacute;rpados (...) He intentado convencerle de que estoy d&eacute;bil y ya no le sirvo; mis mejillas est&aacute;n muy p&aacute;lidas.<br />Pero el vampiro no escucha y se r&iacute;e de mi crucifijo.<br /><strong>Juan Gracia Armend&aacute;riz.</strong></p><p><strong><br /></strong>Grandes minicuentos fant&aacute;sticos. Selecci&oacute;n de Benito Arias Garc&iacute;a.<br />Alfaguara, S.A., Colombia, 2005.</p>]]></description><pubDate>Tue, 06 Oct 2009 23:11:00 +0000</pubDate></item></channel></rss>
