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Domingo Fatal

Baby Jean rodó sobre la alfombra, tirando el oso de felpa al aire. Al chocar contra el suelo, el muñeco pareció quejar¬se a través de la lengüeta oculta en su pecho.
—¿Me echarás de menos, papi?
Levanté bruscamente la vista del periódico.
—Ten cuidado con la lámpara. Has estado a punto de dar¬le con el oso.
Baby Jean recogió el peludo animal y se sentó, haciendo pucheros.
—¿Nos echarás de menos, a Wally y a mí?
Ellen dejó caer sobre su regazo la prenda que estaba co¬siendo.
—¿De qué diablos está hablando la niña?
Me encogí de hombros y volví a concentrarme en el perió¬dico: el nuevo programa de la administración; las nuevas exi¬gencias de Rusia; los extraños objetos sin identificar que ha¬bían sido vistos sobre ocho países...
Pero Baby Jean me estaba tirando de la pernera de los pantalones.
—¿Qué harás, papi?
—¿Qué haré, sobre qué?
Doblé el periódico y lo dejé encima de la mesilla. Ellen me miró sonriendo, divertida por mi fingido mal humor.
Wally entró en aquel momento procedente del vestíbulo, mordisqueando una manzana.
Baby Jean apoyó los codos en el brazo de mi sillón y se tomó el rostro con las manos. Sus ojos castaños me miraron, muy serios.
—¿Qué harás cuando Wally y yo nos hayamos marchado? ¿Se quedarán muy solos tú y mamá?
Wally se acercó a su hermana y la tomó del brazo.
—¡Es un secreto! ¡No tenías que decírselo a nadie!
Ellen se inclinó hacia delante con aire interesado.
—¿Qué es lo que no tenía que decir, Wally?
—Nada, mamá. —Wally tomó a su hermana de la mano y la llevó hasta el centro de la alfombra, donde había un rom¬pecabezas con el rostro de un payaso a medio completar—. Termina tu cuadro, Baby Jean.
La niña golpeó el suelo con el pie, indignada.
—¡No me llames baby! ¡Ya tengo seis años! Pronto seré tan mayor como tú.
Había estado desarrollando una intensa campaña contra el uso del apodo. Pero la costumbre estaba muy arraigada.
—¿No te han puesto deberes para hacer en casa, Wally? —preguntó Ellen.
—Los martes, la maestra no nos da nunca tarea. Pero ha dicho que tenía un premio para el que supiera más sobre los niños de... —arrugó el rostro, pensando intensamente—. De las cru...
—¿Cruzadas? —sugirió Ellen.
—Eso mismo.
Miré a mi esposa.
—No creí que se estudiara tan pronto la historia de la Edad Media.
—La señorita Miller es una maestra progresiva. Opina que hay que despertar el interés de los niños por los grandes temas. Será mejor que le cuentes algo acerca de las Cruzadas, de modo que pueda ganar un premio.
—Las Cruzadas... Bueno, vamos a ver...
—Los libros, querido —sugirió Ellen burlonamente—. Le dijiste al vendedor que encontrarías muchas ocasiones para consultarlos.
El cuero rojo de los treinta volúmenes de la enciclopedia, en su estantería de caoba, brillaban de un modo persuasivo.
—Y así —dije, cerrando el Volumen Octavo, media hora más tarde—, parece ser que los cincuenta mil niños franceses y alemanes no llegaron nunca a Tierra Santa, y la mayoría de ellos fueron capturados por el camino y vendidos como esclavos.
Wally se quedó sentado, con aire pensativo.
—¿Niños vendidos como esclavos? —inquirió Ellen en tono de duda.
—¿Y por qué no? ¿Quién mejor que ellos? Al principio qui¬zá resultaran improductivos. Pero entretanto podían apren¬der el idioma y las costumbres. Y, siendo unos niños, eran inofensivos durante los primeros años de cautiverio... Ino¬fensivos, crédulos y maleables.
Ellen sacudió la cabeza solícitamente y se puso en pie.
—Hay que acostarse, niños.
Baby Jean se atrincheró detrás del sofá.
—¡Yo no quiero ir a la cama!
—¡Un poco más, mamá! —suplicó Wally, retirándose ha¬cia un rincón—. ¡Deja que me quede un poco más!
Implacable, Ellen se acercó a él y le agarró por la muñeca. Luego capturó a Baby Jean.
La niña gritó, protestando. Wally, por su parte, dijo:
—¡En cuanto pase el domingo no tendremos que ir a la cama! ¡Y no podrás decirnos lo que tenemos que hacer! ¡Ya verás!

El miércoles fue un mal día en la oficina, con tres nuevos contratos que redactar. En consecuencia, llegué a casa can¬sado y de mal humor. Ellen me esperaba en la puerta.
—Frank, tienes que hablar con Wally —me dijo, con el ceño fruncido—. Le he enviado ya a la cama.
—¿Qué pasa? ¿Ha estado saltando otra vez la cerca de los Morrison?
—No. Llegó a casa con esta nota de la señorita Miller.
«Wallace —leyó en una tira de papel— ha estado hoy in¬gobernable, mostrando una provocativa falta de respeto a la autoridad. Su actitud no ha sido más rebelde que la de los otros alumnos, pero a menos que actuemos individualmente sobre cada uno de ellos, corremos el peligro de encontrarnos con un alumnado incontrolable.»
—Suena como si la señorita Miller temiera una revolución ar¬mada —gruñí.
Wally estaba acostado, boca arriba, con la mirada fija en el techo. Se había olvidado del tocadiscos que, sobre la mesi¬lla de noche, repetía interminablemente una frase de The Good Ship Lollipop. Lo desconecté.
—¿Qué ha pasado en la escuela, hijo?
Wally volvió la cabeza sobre la almohada.
—Vamos, vamos —dije, sonriendo—. Este invierno iremos a cazar juntos, ¿recuerdas? Ahora, vamos a aclarar ese asun¬to de la escuela.
—No iré a cazar.
—¿Por qué? Siempre has deseado ir.
—No estaré aquí.
—¿De veras?
De pronto recordé su vaga amenaza acerca del domingo.
—Mamá me ha pegado y me ha enviado a la cama —acu¬só Wally—. Y ahora tú también vas a pegarme.
Se sentó en la cama, agarrándose a la sábana, y no supe si lo que había en sus enrojecidos ojos era resentimiento o desafío.
—Sólo te pegan cuando lo mereces.
—Bueno, puedes pegarme todo lo que quieras hasta el domingo. ¡No me importa! Pero en cuanto pase el domingo no podrás pegarme..., porque no estaré aquí.
Llegué a la conclusión que lo que había en sus ojos era desafío... Wally se ganó su segunda zurra.
Cuando bajé al comedor, Baby Jean estaba importunan¬do a su madre pidiéndole un níquel.
—No es hora de comer caramelos —decía Ellen—. Vamos a cenar en seguida.
—Por favor, mamá. Me comeré toda la cena. Te lo prometo.
—He dicho que no.
—Bueno, puedes guardarte tu asqueroso níquel —replicó Baby Jean furiosamente—. Pronto tendré todos los carame¬los que quiera..., y helados, también. ¡Y pasteles!
—¿Después del domingo? —inquirió Ellen.
Baby Jean, que había echado a andar hacia la puerta de la calle, se detuvo.
—¿Cómo lo sabes?

Cuando Baby Jean se hubo marchado, rodeé con mis bra¬zos la cintura de Ellen y miré por encima de su hombro las cacerolas puestas al fuego.
—¿Qué es todo eso acerca del domingo?
—Algún juego, supongo.
—Los niños no habían amenazado nunca con marcharse de casa.
—Todos pasan por esa fase, en un momento u otro.
—¿Y por qué el domingo?
Ellen se echó a reír.
—Es un día tan bueno como cualquiera..., y el tener que ir a la iglesia les parte la mañana por la mitad.
Después de cenar, me retiré diplomáticamente al salón y me concentré en la televisión, para que Ellen pudiera su¬birle un bocadillo y un vaso de leche a Wally sin que yo me diese cuenta.
El teléfono sonó durante el último asalto del combate de boxeo, y cuando anunciaban el resultado Ellen apareció en el umbral de la puerta.
—Era la señora Watkins. Estaba tratando de descubrir qué clase de misterio se llevan los niños entre manos para el domingo.
—¡Vaya! ¿De modo que el pequeño Arthur anda también metido en eso?
—La señora Watkins dice que Arthur no se lo ha contado. Pero lo mantiene sobre su cabeza como una especie de amenaza. No se lo ha contado, porque está seguro del hecho que Wally no te lo contará a ti. Y Jimmy, y Frank, y Mary Ann, y los mellizos Collins —Ellen fue contándolos con los dedos— tampoco se lo contarán a sus padres.
Me eché a reír.
—Es más importante de lo que pensábamos, ¿eh? Una es¬pecie de emigración en masa, ¿no crees?
—Sea lo que sea, Frank —dijo Ellen, muy seria—, es algo que parece afectar a todos los niños.
—Si te dejas impresionar por esas naderías —bromeé—, ¿qué vas a hacer cuando tengamos otros cinco hijos?
Me agaché instintivamente. En circunstancias normales, uno de los almohadones del sofá hubiera salido volando ha¬cia mi cabeza. Pero Ellen no se mostró agresiva: estaba mi¬rando fijamente el televisor, en cuya pantalla aparecían en aquel momento una serie de fotografías de chiquillos.
«...y en Baltimore —estaba diciendo el locutor— han de¬saparecido cinco niños, posiblemente escapados de su casa. En Cincinnati, el número de desaparecidos asciende a cuatro.»
Estaba tratando el asunto jovialmente, con palabras im¬pregnadas de risa.
«El más eminente de los cuatro era Alexander Belling III —en la pantalla apareció la fotografía de un chiquillo de rostro travieso y pecoso, de unos nueve años—. Desapareció de su casa anoche, después de haber amenazado con mar¬charse para siempre el domingo.»
Ellen me miró con aire preocupado.
—Frank...
Procuré tranquilizarla.
—Psicología. Esas cosas llegan a oleadas. Reacciones en masa. Un chiquillo se escapa de casa y su fotografía sale en los periódicos. Otros chiquillos piensan en fugarse, para que salgan también sus fotografías es los periódicos. Una especie de reacción en cadena.
—Pero..., en domingo... Y el hijo de los Watkins, y los me¬llizos de los Collins...
—Coincidencia —dije, sin demasiado convencimiento.
Salimos juntos de la habitación mientras el locutor comen¬taba la reciente plaga de objetos sin identificar. En la habita¬ción de los niños, Wally y Baby Jean dormían profundamente.
La aguja del tocadiscos giraba alrededor de la ranura in¬terna de The Good Ship Lollipop...
—No los despiertes —suplicó Ellen en tono vacilante. Se inclinó sobre los niños y los arropó cuidadosamente.
Baby Jean sonrió en sueños.
—El domingo —murmuró—. Feliz aterrizaje sobre una barra de chocolate.

El jueves amaneció con un aura de presagio. A la hora del desayuno, con los niños todavía dormidos, capté una rara sensación en el aire, una especie de tensión eléctrica. Me había sucedido lo mismo unos años antes..., una plácida tar¬de de domingo. Una hora después estalló el infierno de Pearl Harbour.
Ellen la había captado también. Se notaba en la crispación de su rostro. Pero no dijimos nada, ya que no había nada que pudiéramos expresar con palabras.
En la oficina, le llevé los contratos a Andy para que diera el visto bueno. Pero Andy los apartó a un lado.
—¿Qué pasa con los niños, Frank?
—¿Los tuyos también? —inquirí, muy poco sorprendido, en realidad.
Asintió lúgubremente.
—Que me aspen si lo entiendo.
—¿Van a marcharse..., a alguna parte?
—Sí. El domingo.
—¿Adónde? —pregunté, porque hasta entonces no había concedido importancia a su posible destino.
—Eso es lo que me preocupa. En catorce años, Freddy no me había ocultado nada. Anoche lo intenté todo: le supliqué, quise sobornarle, le pegué..., y muy fuerte. Pero todo fue inútil.
Hasta entonces me había negado a admitir que se trataba de algo serio. Ahora me daba cuenta que tal vez mi ac¬titud era equivocada.
—¿Se ha escapado Freddy? —pregunté.
—No, pero probablemente lo hará.
Tomé el teléfono y llamé a Ellen.
—Vete a buscar a los niños a la escuela, querida.
—¿Qué pasa?
—No lo sé. Pero tenemos que descubrirlo. Llegaré dentro de veinte minutos.
Colgué el receptor para evitar más preguntas.
Andy estaba mirando fijamente a través de la ventana.
—¿Temes que se escapen?
—No creo que lo hagan. Supongo que podré descubrir qué hay detrás de todo eso.
—Por lo visto, no has escuchado la radio. Todo el mundo está intentando hacer hablar a los chicos..., desde Washington para abajo.
—No puede tratarse de nada más que de una especie de historia juvenil.
—¿No? ¿Con los chiquillos actuando repentinamente del mismo modo en todo el país? Una incomprensible reacción en masa que se extiende de punta a punta... Sería demasiado casual.
—Entonces, ¿crees que los chicos van a marcharse a al¬guna parte el domingo?
Andy se encogió de hombros, con aire de desaliento.
—Eso es lo que Washington trata de averiguar. Y tam¬bién Londres, y París, al parecer. Le han dado el nombre de Efecto Junior.
Me encaminé hacia la puerta.
—Y, Frank..., no te excites si tus chicos se escapan de casa. Esa parte del Efecto Junior parece ser una reacción temporal. La mayoría de los desaparecidos han regresado.
Le miré, desconcertado:
—Entonces, ¿por qué se escapan?
—Ellos —señaló con un gesto el aparato de radio— creen que es una manifestación de impaciencia. Los chicos tienen que hacer algo mientras esperan que llegue el domingo.

De camino a casa, hice que el taxista pasara junto a la escuela con la esperanza de encontrar a Ellen y a los niños. No era el único padre que había tenido aquella idea. Había una hilera de taxis rodeando el edificio. Reconocí a algunos de los pasajeros como miembros del Club de los Padres.
Otra hilera de madres entraba apresuradamente por una de las puertas y salía por otra, agarrando con mano firme las muñecas de sus hijos. Y bruscamente me di cuenta que estaba presenciando una reacción espontánea que debía es¬tar produciéndose en millares de escuelas al mismo tiempo.
En casa, los niños se sentaron con aire cariacontecido en el sofá, mientras Ellen se agachaba delante del televisor. Baby Jean jugueteaba con el borde de su vestido. Wally estaba muy interesado en la contemplación de sus propias manos.
Me detuve en el umbral, vacilante, y Ellen cruzó apresu¬radamente la habitación para reunirse conmigo.
—¿Has oído?
—¿Lo del Efecto Junior? —asentí.
Ellen se refugió entre mis brazos, temblando, mientras ambos mirábamos a los niños con una expresión de temor. En la pantalla del televisor, un hombre con aspecto de in-telectual trataba de explicar el Efecto en términos de conduc¬ta inhibitoria.
—Bueno, Wally —dije, muy serio, colocando una silla de¬lante de él—. Creo que ha llegado el momento para que hable¬mos de hombre a hombre.
Wally se hundió en la blandura del sofá sin hacerme el menor caso.
—No hablará —dijo Ellen, en tono desesperado—. Lo he intentado todo, inútilmente.
Le hice una seña para que nos dejara solos.
—¿Wally...?
Volvió los ojos hacia la ventana.
—¿Baby Jean...?
—¡No me llames baby! ¡Ya no soy una niña!
Sonriendo, acaricié sus cabellos.
—Desde luego que no. Ya eres una chica mayor. Y las chi¬cas mayores saben cómo tienen que hablar con sus papás, ¿no es cierto?
Wally se inclinó hacia ella.
—No le hagas caso. ¡Está tratando de sonsacarte!
Baby Jean cruzó los brazos sobre el pecho y apretó fuer¬temente los labios.
—Vamos, Wally —dije, en tono condescendiente—, ¿acaso tengo la costumbre de sonsacarte? ¿Acaso te he engañado al¬guna vez?
Me miró fijamente, con una emoción en los ojos, que nun¬ca había visto en ellos.
—¡Sí! —gritó—. ¿Qué me dices de Santa Claus? Tú...
—¡Wally! —le advirtió Ellen.
Pero Wally ignoró la advertencia, insolentemente.
—¡No hay ningún Santa Claus! ¡Me has estado mintiendo siempre!
Baby Jean abrió mucho los ojos, con una expresión de in¬credulidad, y se volvió hacia mí.
—No es cierto, ¿verdad, papá? Santa Claus existe, ¿ver¬dad?
—¡Adelante! —se burló Wally—. Miéntele a ella como me has mentido a mí. Y cuando tenga ocho años, tendrás que decirle la verdad.
Baby Jean se había puesto en pie y me tiraba de la manga.
—Santa Claus existe, ¿verdad, papá?
Aparté la mirada, sintiéndome extrañamente culpable. Tomé los temblorosos hombros de la niña.
—Mira, Baby Jean... Verás, es como...
Pero Baby Jean se apartó bruscamente.
—¡No hay ningún Santa Claus! ¡Mamá y tú han es¬tado mintiendo siempre!
Ellen se acercó a ella, tratando de consolarla. Pero Baby Jean echó a correr, sollozando.
Me volví furiosamente hacia Wally.
—¡Te has portado como un cerdo!
—¡Pero es verdad! Tal como ellos dicen. ¡Eres cruel, y mientes, y nos engañas, y nos castigas!
Le agarré firmemente del brazo.
—¿Quiénes son ellos? —inquirí.
Pero Wally continuó con su infantil acusación.
—Todo eran mentiras. Santa Claus, y el Conejo de Pas¬cua, y la rata que ponía níqueles debajo de nuestra almoha¬da, y...
—Pero, Wally...
Mi hijo había vuelto a ponerse a la defensiva.
—¡Mentiras! ¡Mentiras! ¡Mentiras!
Le obligué a ponerse en pie y me arrodillé delante de él.
—¿Quién te ha estado contando todas esas cosas? ¿Quié¬nes son ellos?
Wally no era el tipo de muchacho que se muestra de re¬pente escéptico sin motivo. Y yo estaba dispuesto a llegar al fondo del asunto.
—Wally, ¿quién te ha cambiado de ese modo? ¡Contesta!
Le sacudí rudamente.
—¡Anda, pégame! —me desafió—. Ellos dicen que me pe¬garás hasta que llegue el domingo, pero debo ser valiente.
Derrotado, le solté.
—¡Sube a tu cuarto!
Llorando, Ellen se acercó a mí y apretó su rostro contra mi pecho.
—¡Oh, Frank! No es cierto que nos esté ocurriendo esto, ¿verdad?
Luego se apartó de mí, mientras yo me quedaba mirándo¬la, sin saber qué hacer. Oí el sonido de sus pasos subiendo la escalera detrás de los niños, gritando:
—¡Wally! ¡Baby Jean!

Ellen pasó la mayor parte del resto de aquel día en la ha¬bitación de los niños, tratando de razonar con ellos. Yo paseé sin rumbo fijo por la vecindad, intentando examinar el Efec¬to Junior desde una perspectiva más cuerda. En el curso de mi deambular, tropecé con una muchedumbre que se había reunido espontáneamente en una especie de asamblea.
Un hombre delgado y calvo, cuyos hijos eran ya induda¬blemente adultos, trepó a una silla y sugirió en tono burlón que todos los chicos menores de dieciséis años fueran obli-gados a reunirse en público. Allí presenciarían el castigo de los que se negaran a renunciar a sus planes domingueros.
Otro exigió que los maestros fueran objeto de una inves¬tigación. ¿No era evidente acaso el carácter comunista del asunto? El año anterior, sin ir más lejos, un maestro de escuela de alguna parte de Missouri había sido expulsado de un instituto, por rojo...
No tardó en quedar demostrado que nadie tenía nada cons¬tructivo que ofrecer, y la asamblea degeneró en una serie de discusiones individuales. Oí a varios padres que se acusaban a sí mismos de haber infligido castigos que, ahora se daban cuenta, habían sido más rencorosos que correctivos.
Finalmente, alguien que llevaba una radio portátil recla¬mó silencio y subió el volumen del receptor.
«...de modo que, en beneficio del país y en vista de los acontecimientos —era la voz grave del Presidente—, pro¬clamo un estado de emergencia nacional. Y asumo todos los poderes que puedan ser necesarios para afrontar esta amena¬za a nuestra seguridad colectiva como nación..., a nuestra identidad individual como miembros de las familias que for¬man la nación.»
Me abrí paso entre los grupos hasta que el tono enron¬quecido del pequeño altavoz se hizo más audible.
«Todavía no se ha encontrado una explicación al Efecto Junior —continuó el Presidente—. Sin embargo, debo rogarles que ejerzan con cordura vuestro papel de padres durante este período de prueba en las relaciones con los niños. Sean moderados en cada uno de vuestros actos.
»Debo advertirles también que no den pábulo a las expli¬caciones que pretenden relacionar la conducta de nuestros hijos con la presencia de objetos sin identificar. No existe ninguna justificación para relacionar los dos fenómenos..., hasta el momento.»
En silencio, la muchedumbre empezó a dispersarse. Mien¬tras regresaba a casa, no pude evitar el pensar en las últimas palabras del Presidente. ¿Se trataba simplemente de una negativa inicial, destinada a preparar el camino para una eventual aceptación de lo que ahora se negaba?
Ellen y los niños estaban dormidos..., los tres en la cama de Wally. Ellen tenía el pelo revuelto y el rostro húmedo de lágrimas. En sueños, extendía un brazo protectoramente en¬cima de los niños.
Bajé al salón, me serví un buen vaso de whisky y conecté la radio. Luego fui en busca de mi Winchester de repetición y empecé a limpiarlo.
Mientras repasaba mi provisión de cartuchos, oí el bo¬letín de noticias informando que Radio Moscú estaba con¬vencida del hecho que el Efecto Junior era un complot capitalista. Se trataba de una acusación recíproca, puesto que los Aliados europeos occidentales habían enviado ya notas diplomáticas al Kremlin, aludiendo claramente a la complicidad rusa.
Sonó el teléfono.

—¿Frank? Aquí, Andy. Sólo quería decirte que no es ne¬cesario que vengas a la oficina hasta después del domingo... Los empleados solteros se ocuparán de todo hasta entonces.
—¿Cómo está Freddy?
—No quiere hablar con nosotros. Pero no pienso insis¬tir más.
—¿Has oído el mensaje del Presidente?
—Sí. ¿No te ha producido la impresión que él ocultaba algo?
Por lo visto, Andy también se había dado cuenta.
—¿Los objetos sin identificar? —pregunté.
Andy permaneció silencioso unos instantes. Pensé en lo estereotipada que era la conducta de los adultos: como la de las ovejas. Casi al mismo tiempo, todos habíamos obser¬vado el Efecto Junior. Luego, como un solo hombre, todos habíamos admitido su gravedad, ¿íbamos ahora a aceptar, en masa, la explicación de los objetos sin identificar como única posible?
—¡Dios mío! Frank, ¿acaso vamos a creer que unos seres de..., de otro mundo tratan de raptar a nuestros hijos? ¿Para qué?
Recordé el artículo de la enciclopedia acerca de los ni¬ños de las Cruzadas.
—Esclavos —susurré, en tono vacilante.
—¡Esclavos! Si fueran tan endiabladamente listos, ¿no tendrían máquinas para hacerlo todo?
—Nosotros no concebimos ninguna máquina tan perfecta y tan económica como el cuerpo y la mente humanos. Tal vez ellos tampoco la conciban.
—Pero, ¿por qué únicamente los niños?
—Tal vez no desean unos adultos capaces de resistir obs¬tinadamente, en tanto que los niños serían dominables y re¬lativamente inofensivos. Podrían atraerlos actuando sobre su imaginación y su credulidad, hipnotizándolos hasta cierto punto. Y podrían utilizar ese hipnotismo para hacer que los niños desearan marcharse.
—Tal vez sea eso..., una especie de efecto Flauta Mágica. Freddy ha estado hablando en sueños de una especie de pa¬raíso donde aprenderá a ser un as del fútbol.
Recordé la somnielocuencia de Baby Jean acerca de un «feliz aterrizaje sobre una barra de chocolate».
—Pero, ¿por qué esperar hasta el domingo? —preguntó Andy, intrigado—. ¿Por qué no se los han llevado inmedia¬tamente?
Medité unos instantes.
—Tal vez imaginan que se presentarían muchas compli¬caciones..., complicaciones que pueden evitarse mediante una preparación hipnótica que cree en los niños el deseo de cola¬borar.
La voz de Andy sonó desesperada a través del receptor.
—¡Es demasiado difícil de creer! ¿Debemos decirle a al¬guien lo que hemos imaginado?
Me encogí de hombros.
—Sería inútil.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer?
El rifle estaba aún en mi regazo. Lo empuñé con aire de¬cidido.
—Quienquiera que trate de llevarse a mis hijos, va a vérselas en dificultades para acercarse a ellos el domingo —pro¬metí.
La voz del locutor interrumpió bruscamente el programa musical:
«Una formación de objetos sin identificar ha sido avistada sobre la ciudad, procedente del norte...»
Solté el receptor y eché a correr hacia la calle. Escruté cuidadosamente el cielo hasta localizar un grupo de puntos de color verde pálido que al principio parecían formar parte de la Osa Mayor. Avanzaron hacia el este, giraron a la dere¬cha y desaparecieron detrás de una nube baja que reflejaba el rosado resplandor de las luces de neón de la ciudad.
Volví a entrar en casa y me serví otro whisky.

El viernes, nuestro desayuno fue muy lúgubre. Ellen es¬taba ojerosa y preocupada, y Wally y Baby Jean permanecían sentados delante de nosotros como silenciosos desconocidos.
No dije nada, preguntándome cómo podría hablarle a Ellen de mi convencimiento acerca de la fantasía de los seres de otro mundo. Pero, al ver cómo miraba repetidamente ha¬cia el cielo a través de la ventana, comprendí que no tendría que hacerlo. Ellen se había levantado más temprano que nosotros. Y evidentemente había oído alguna noticia radiada reflejando la adopción general de la teoría que Andy y yo habíamos elaborado.
Observé disimuladamente a los niños. Su conducta de los últimos días..., ¿había sido espontánea? ¿Era su sincera reac¬ción a la creencia del hecho que iban a ser transportados a una pa¬radisíaca Jauja? ¿O era una actitud provocada hipnótica¬mente para ayudarles a resistir la coacción de los adultos durante aquel período de control?
Wally había gritado sus acusaciones acerca de la desilu¬sión de Santa Claus y del Conejo de Pascua de un modo metódico, como si hubiesen sido proferidas a través de él por una mente más lógica y madura.
—¿Hoy tampoco vamos a la escuela, mamá? —preguntó Baby Jean.
Ellen sacudió la cabeza tristemente, con los labios apre¬tados.
—No iremos nunca más a la escuela —dijo Wally jactan¬ciosamente.
Ellen se inclinó sobre él y agarró su mano.
—Wally, ¿no quieres a tu padre y a tu madre? —imploró.
Wally inclinó la mirada.
—Claro que les quiero.
—¿Y deseas marcharte?
—Eso no significa que no les quiera. Ellos dicen que ustedes vendrán más tarde. Y dicen que en el momento que lo deseemos podremos regresar.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté, en tono exasperado.
Pero Ellen me hizo una seña para que no interviniera.
—¿No te das cuenta, Wally, que ellos hablan por hablar? Te están mintiendo.
—Ellos dicen que ustedes dirán eso.
—¿Por qué iban a mentirte tus padres, querido?
—Porque quieren que nos quedemos en casa —su voz se estaba haciendo de nuevo acusadora—. Porque quieren que vayamos a la escuela. Porque les gusta mandarnos a la cama temprano...
—Quieren que nos quedemos —intervino Baby Jean— para pegarnos, y castigarnos, y ser malos con nosotros.
Estrellé mi puño sobre la mesa y la vajilla tembló peli¬grosamente.
—¡Vuestra madre y yo no somos unos demonios! —grité.
Los niños no dijeron nada. Pero sus ojos se clavaron en los nuestros con expresión acusadora.
Ellen dio la vuelta a la mesa y se arrodilló entre sus dos sillas, colocando los brazos alrededor de sus hombros.
—¿De modo que no van a ir a la escuela? —empezó, pa¬cientemente—. ¿Y no les castigarán nunca? ¿Qué es lo que harán?
Los ojos de Baby Jean se iluminaron y unió sus manos con deleite.
—¡Todos los días serán como Navidad..., aunque no haya ningún Santa Claus!
—Y cada mañana tendremos un juguete nuevo —añadió Wally, mirando ávidamente a su madre—. Luego, todos los chicos iremos a un campo muy grande y jugaremos.
Baby Jean rió.
—¡Y tendremos muñecas, y caramelos, y una fiesta cada día después de comer!
Wally frunció el ceño.
—¡Y no tendremos que dormir la siesta en verano!
—Y tendremos cada uno un gatito, y un perrito, y un lorito...
—Y nos quedaremos levantados hasta la hora que quera¬mos cada noche...
—Y...
—¡Dios mío! —gemí.
Ellen estaba llorando y apretaba las cabezas de los niños contra sus mejillas.
—¡Oh, queridos! ¿No se dan cuenta que les dicen esas cosas para que deseen marcharse con ellos?
Wally se irguió.
—¡Ellos dicen la verdad! No son como ustedes cuando hacen una promesa, que tenemos que esperar y ver si la re¬cuerdan. ¡Cuando ellos nos dicen algo, sabemos que es verdad!
—¿Cómo sabes que es verdad? —pregunté.
—Lo sé.
—A veces nos enseñan fotografías —explicó Baby Jean.
—Y a veces lo sentimos dentro de nosotros —añadió Wally.
Me puse en pie y me incliné sobre la mesa.
—¿Dónde les enseñan esas fotografías?
—Casi siempre por la noche, antes que Baby Jean y yo nos quedemos dormidos. Pero muchas veces, cuando cerra¬mos los ojos, podemos verlo todo: el árbol grande lleno de lu¬ces, y la piscina, y los cisnes, y los circos, y...
Baby Jean dejó escapar una risita.
—...y los caramelos, y las muñecas, y los vestidos bo¬nitos...
—...y bicicletas, y balones, y..., bueno, todo.
Desalentado, miré mis manos. Estaban temblando.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté.
—Bueno, papá —dijo Wally—, ¿qué importa eso?
Me acerqué lentamente a la ventana y luego regresé a la mesa.
—Mira, hijo, ¿recuerdas lo que te conté la otra noche acerca de los niños que iban a luchar a Tierra Santa? ¿Re¬cuerdas lo que les sucedió?
Pero el entusiasmo ante aquel nuevo argumento se apagó en mí al ver que Wally no me escuchaba. De todos modos, lo más probable era que ellos no le permitieran dejarse in¬fluir por ningún argumento que yo pudiera aducir.
Tomé a Wally y a Baby Jean de la mano y, con una risa forzada, les hice levantar de sus sillas.
—Vayan a vestirse. Vamos a marcharnos de la ciudad..., todos.

Mi suposición respecto a que la reacción adulta al Efecto Junior era estereotipada se reveló como correcta. A fin de cuentas, ¿no éramos todos seres humanos, variando muy poco alrede¬dor de una norma? ¿No se podía esperar que reconociéramos la amenaza casi al mismo tiempo? ¿Que utilizáramos la intimi¬dación al mismo tiempo? ¿Que empezáramos a sospechar de los objetos sin identificar casi simultáneamente? ¿Y, por últi¬mo, que pensáramos en el soborno como contraarma en el espacio de unas cuantas horas?
En consecuencia, a media tarde el barrio comercial recor¬daba la víspera de Navidad. Padres tomados de las manos de sus hijos entrando y saliendo apresuradamente de las tiendas.
Risas y balones..., de todas las formas, colores y tamaños.
Manos diminutas jugueteando con bolsas de palomitas de maíz, empuñando cucuruchos de helado...
Vestidos y trajes domingueros infantiles manchados de chocolate...
Juegos, juguetes y artículos deportivos bajo unos brazos juveniles.
Enormes muñecas arrastradas descuidadamente por el pol¬vo de la acera...
Y padres luchando con bicicletas, y piscinas de plástico, y scooters, y automóviles y aeroplanos de juguete, e incluso trineos pintados de alegres colores.
Pero la risa y la alegría, aunque fueran falsas, eran lo más estimulante de aquel demencial día de otoño.
Fue una borrachera de compras sin precedente en la his¬toria: una locura que dejó limpias las estanterías de tiendas y almacenes, agotó las existencias de todas las bombonerías y pastelerías y llenó hasta los topes los cines, que previamen¬te se habían procurado películas de dibujos animados.
El delirio disminuyó y luchamos por abrirnos camino a tra¬vés de las atestadas aceras en dirección al lugar donde ha¬bíamos estacionado nuestro automóvil. Yo iba cargado con una bicicleta de veintiséis pulgadas, una muñeca parlante y otra que caminaba, una tienda de campaña de nueve pies, dos pares de patines y un microscopio.
Ellen llevaba un montón de paquetes, pero su rostro, por encima de ellos, mostraba una expresión esperanzada.
Wally y Baby Jean se dejaron caer en el asiento trasero con su botín, y emprendimos el camino de regreso. Mientras conducía, me permití a mí mismo la ilusoria creencia que todo aquello era un estupendo fraude: una conspiración juve¬nil universal destinada a adelantar las Navidades al mes de septiembre. Una explicación que hubiese sido acogida con entusiasmo..., a no ser por el pequeño detalle del hecho que Wash¬ington había admitido ya que existía una relación entre el Efecto Junior y los objetos sin identificar.
—¿Crees que enfermarán con todas esas porquerías en sus estómagos? —pregunté.
—Sería la única enfermedad que acogería con placer des¬de que nacieron —respondió Ellen.
Al cabo de un rato, Ellen señaló el montón de juguetes que habíamos comprado.
—¿Crees que servirá para algo, Frank? —me preguntó.
—Desde luego —la tranquilicé—. No puede fallar. Ellos les prometieron el oro y el moro. Naturalmente, no podíamos luchar contra esa clase de ataque con más promesas, sino con realidades concretas.
—¡Oh, Frank! —Ellen se agarró a mi brazo y apoyó la ca¬beza en mi hombro—. ¡Me siento tan aliviada!
Cuando llegamos a casa, después de habernos detenido a ce¬nar en un restaurante, era de noche. Durante largo rato con¬templamos a los niños entretenidos con sus juguetes, olvi¬dando lo cansados que estábamos.
—Ya es hora de acostarnos, niños —anunció finalmente Ellen.
—¡Oh, mamá! —suplicó Baby Jean—. ¿No podemos que¬darnos un poco más?
Ellen suspiró con resignación.
—Desde luego, queridos... Tanto como quieran.
—¿Hasta después de medianoche? —inquirió Wally en tono de duda.
—Hasta el amanecer, si quieren.
—¡Viva! —exclamó Baby Jean—. ¡Oh, mamá! ¿No podría¬mos hacer un árbol de Navidad? Parece que estamos en Na¬vidad...
—Desde luego, querida. Tendremos un árbol de Navidad.
Ellen me miró, sonriendo.
En las afueras de la ciudad había un bosquecillo donde podría encontrar algún vástago de pino adecuado para el caso. Y en el desván había adornos y papel de estaño...
Fui en busca de mi americana, mientras Ellen se arrodi¬llaba junto a los niños.
—Tendrán vuestro árbol de Navidad mañana por la ma¬ñana, y el domingo por la mañana, y el lunes por la maña¬na, y...
—¡Oh, no, mamá! —objetó Baby Jean.
Ellen se sobresaltó.
—¿Por qué no?
Wally contorneó el dibujo floral de la alfombra con la punta del pie.
—Porque el lunes no estaremos aquí.
No hace falta decir que el sábado por la mañana no hubo ningún árbol de Navidad.
Yo había salido de casa unas horas antes del amane¬cer, pero sólo para quedarme temblando en medio del frío aire nocturno y mirar con aprensión las formaciones de puntos verdes que cruzaban el cielo.
Los niños quedaron decepcionados por lo del árbol. Baby Jean se enfurruñó, y sorprendí varias veces a Wally mirán¬donos con silencioso reproche.
Ellen, enferma y completamente agotada, pasó la mayor parte de la mañana en la cama, llamando continuamente a los niños. La mayoría de las veces, los niños acudían a su lado. Supongo que prevalecía en ellos su básica bondad, a pesar de los lazos invisibles que desfiguraban su actitud y endu¬recían su conducta.
A media mañana, el comandante de las Fuerzas Aéreas apareció en la pantalla del televisor para explicar los prepa¬rativos que se estaban haciendo. Su rostro tenía una expre¬sión de cansancio, y llevaba un uniforme muy arrugado.
«Debido a la naturaleza de la emergencia —dijo—, las medidas de defensa han sido dejadas a discreción de cada uno de los Cuerpos de Ejército, con determinadas maniobras básicas a efectuar bajo la dirección del Estado Mayor Cen¬tral...»
En la calle se oyó un gran estrépito y me perdí parte del mensaje mientras me acercaba a la ventana a contemplar tres enormes cañones antiaéreos que estaban siendo empla¬zados en un solar.
«... Probablemente —estaba diciendo el general cuando regresé junto al televisor—, la estrategia del enemigo consis¬tirá en provocar una oleada de pánico..., un pánico que nos obligue a reunir a nuestros hijos en grupos compactos y en¬cerrarlos en edificios públicos, o escuelas, o cárceles... En realidad, a reunirlos de un modo conveniente para él.
»Pero no vamos a caer en la trampa. Por el contrario, nuestros hijos permanecerán tan dispersos como lo están ahora. Todas las armas y tropas disponibles están siendo con-centradas en los centros habitados, por si el enemigo se de¬cide a intentar el rapto a pesar de nuestra negativa a reunir en rebaño a sus víctimas.»
El general aceptó una taza de café de una mano que apa¬reció en un extremo de la pantalla. Se bebió el café de un trago y dejó la taza sobre su pupitre.
«No necesito subrayar —continuó— nuestra confianza en que todos los hombres tomarán parte en la defensa. Se su¬ministrarán armas a todos aquellos que no las posean de pro¬piedad personal.»
Luego miró fijamente hacia la cámara.
«Esto es la guerra —dijo, en tono sombrío—. Sólo se diferencia de la guerra en que tenemos la suerte de saber que el ataque se producirá el domingo por la tarde.»
Sonaron unos compases marciales, mientras en la pan¬talla aparecía un letrero que decía:
«Permanezcan a la escucha de los próximos boletines.»
Salí a la calle. Todos los vecinos estaban allí, a excepción de los niños, encerrados en las casas. Pero todo el mundo guardaba un extraño silencio.
Una escuadrilla de aviones a reacción cruzó por encima de nuestras cabezas; luego otra, seguida por una formación de transportes de tropas que descendió en dirección al aero¬puerto.
Una plataforma de lanzamiento de cohetes dirigidos sur¬gió desde una calle lateral y se estacionó en medio de la manza¬na. Tres helicópteros descendieron rápidamente a dos man¬zanas de distancia y empezaron a vomitar soldados de in¬fantería completamente equipados. Más lejos, se oía el rugido de los motores de los tanques.
Pero, como en burlona réplica, una flota de aeronaves enemigas se acercó procedente del sur y permaneció colgada muy alta sobre la ciudad, semejante a un ramo de hojas pla¬teadas centelleando a la luz del sol.
Una escuadrilla de aviones a reacción giró bruscamente y trepó, trepó, trepó..., hasta que también ellos se convirtieron en manchas diminutas. Y, sin embargo, no habían llegado ni con mucho a la altura de los treinta o cuarenta objetos. Las aeronaves desconocidas debían ser tan grandes como barcos de guerra.
Finalmente, los aviones se acercaron más y el enemigo se retiró. Un suspiro de alivio se elevó de la multitud.
Una mano tocó mi manga. Era Ellen. Me volví hacia ella. En sus ojos ya no había terror, sino una expresión mara¬villada.
—¡Están huyendo! —exclamó, mirando al cielo.
Y la confianza asomó a su pálido rostro cuando vio la pla¬taforma de lanzamiento de cohetes, y los cañones antiaé¬reos, y los tanques, y los soldados plantando sus tiendas en el solar.
—¡No conseguirán nada, Ellen! —exclamé, con repentino optimismo—. Es posible que se hubieran salido con la suya si hubiésemos caído en la trampa de reunir a los niños. Pero ahora tendrán que dispersarse para recogerlos. Y si aterrizan separadamente, acabaremos con ellos...

Aquella noche no nos acostamos, y el domingo amaneció claro y radiante. A las ocho nos bebimos nuestra última taza de café y Ellen dijo:
—Ya es hora de despertar a los niños y vestirlos para ir a la iglesia.
—No vamos a ir. La iglesia es un lugar de reunión. Esta¬remos más seguros aquí... Y, Ellen, procura conducirte del modo más normal posible delante de los niños. Sufrirán una terrible decepción cuando se den cuenta que no van a te¬ner todas las cosas que les habían prometido.
Ellen colocó sus manos sobre mis hombros.
—Lo intentaré, querido.
La besé cariñosamente. Luego llamé a los niños para el desayuno.
Cuando bajaron, sus rostros reflejaban una gran expec¬tación. Mientras comían, Ellen subió a vestirse. Me alegré del hecho que no pudiera oír la conversación de los niños: hubiera vuel¬to a sumirla en un estado de depresión.
—¿Tenemos que llevarnos algún vestido? —preguntó Baby Jean.
Wally se echó a reír.
—¿Eres tonta? ¿Con la de vestidos que tendremos allí? ¡Y un equipo de futbolista para mí!
—¡Oh, Wally! ¿Qué haremos cuando lleguemos allí?
—Supongo que ayudaremos a adornar el árbol para mañana.
—¿Y luego?
—Luego nos sentaremos delante de una gran fogata y nos contarán cuentos durante el resto de la noche.
Su conversación no reflejaba ningún cambio de planes por parte de ellos. Desalentado, salí a la calle y apoyé la escalera de mano contra la casa. Con unas tablas del garaje, cegué la ventana del cuarto de los niños.
Cuando terminé, Hank Collins me estaba imitando en la casa contigua. Luego resonó el martilleo en otra casa de la parte trasera, y en otra de la manzana siguiente. De pronto, el ruido de innumerables martillos hundiendo clavos en la madera repercutió a través de toda la ciudad, por otra parte silenciosa. Aquella apresurada preparación de santuarios fi-nales para los niños, ¿era acaso otra manifestación de con¬ducta reactiva en masa? ¿Una frenética medida que estaba siendo repetida en todo el país..., en todo el mundo?
El bebé de los Collins empezó a llorar lastimeramente detrás de la tapiada ventana mientras yo regresaba a la parte delantera de la casa.
Una compañía de soldados avanzaba por en medio de la calzada; al llegar a la esquina, se dispersó. Los soldados se infiltraron en la vecindad, ocupando posiciones en las calle¬jas, en los patios traseros y a lo largo de las aceras. Poco después se unió a ellos un grupo de marines.
El rugido de los aviones a reacción resonaba en el cielo maravillosamente tranquilo, en tanto que los cañones y las ametralladoras antiaéreas oscilaban a través de sus arcos, como guerreros flexionando sus músculos al despertar.
Pero el enemigo no daba señales de vida. ¿Se habría mar¬chado definitivamente? ¿Se habría dado cuenta que está¬bamos bien preparados para recibirle? ¿O se limitaba a revisar su estrategia, para contrarrestar nuestra descentralización de las defensas?
A mediodía tomamos un ligero refrigerio. Comprensible¬mente, Ellen se había olvidado de comprar el almuerzo del domingo. Los niños comieron en silencio.
Más tarde, mientras quitábamos la mesa, el bebé de los Collins empezó a llorar de nuevo; su llanto resonó sorpren¬dentemente claro en medio del anormal silencio de la ve-cindad.
—Me gustaría que se callara de una vez —exclamé, en tono irritado.
Ellen cerró nerviosamente los puños.
—A mí, no —dijo.
Tuve que admitir que tampoco yo lo deseaba; que anhe¬laba desesperadamente oír llorar al bebé todo aquel día y toda la noche siguiente.
—Bueno, niños —dije bruscamente—. Suban a vuestro cuarto.
—Pero, papá —protestó Baby Jean—, no podemos subir a nuestro cuarto..., precisamente ahora.
—¡Yo no subiré! —gritó Wally, y echó a correr hacia la puerta de la calle.
Pero yo le agarré por la muñeca, mientras Ellen se hacía cargo de Baby Jean. Medio a rastras, les subimos a su cuar¬to. Después de haber cerrado la puerta les oímos llorar largo rato, pero finalmente las notas de The Good Ship Lollipop ahogaron los últimos sollozos de Baby Jean.
—Tú quédate en casa —le dije a Ellen, mientras sacaba el rifle del arcón del vestíbulo.
En la acera, me acerqué a un soldado que empuñaba un fusil lanzagranadas. Los vecinos estaban frente a sus hogares, con aire vacilante: unos hombres serios y silencio-sos a los cuales conocía desde hacía años pero que ahora, en su preocupación por lo increíble, parecían unos desconocidos. Llevaban toda clase de armas: fusiles, rifles, pistolas, incluso cuchillos de cocina.
—¿No hay ninguna novedad? —le pregunté al soldado.
—Ninguna. —Miró hacia el cielo—. ¿Qué hora es?
—Acaban de dar las doce.
Hank Collins pasó junto a nosotros sin vernos y se enca¬minó hacia el lugar donde estaban emplazados los cañones antiaéreos.
Esperamos... Las doce y media. La una. La una y media. Las dos.

En aquel momento hicieron su aparición: un racimo de leves manchas plateadas procedentes del este. Tres escuadri¬llas de aviones a reacción se elevaron frenéticamente para interceptarlos. Los cañones antiaéreos, oscilaron ansiosamen¬te a través de sus arcos, esperando:
—¡Dios mío! —murmuré—. ¡Se han presentado, a pesar de todo!
—¡Pero no bajarán! —dijo el soldado. Luego añadió, en tono más dubitativo—: No creo que se atrevan a bajar.
Repentinamente, las naves enemigas empezaron a aumen¬tar de tamaño, dispersándose paulatinamente mientras des¬cendían.
Hank Collins profirió una maldición y agarró por el brazo a uno de los artilleros.
—¡Dispara de una vez! —gritó.
Un sargento de la unidad móvil de radar gritó algo acer¬ca de la altura excesiva y de cien mil pies.
Hank, exasperado, levantó su rifle. Disparó seis veces, y los cartuchos vacíos repiquetearon acompasadamente sobre el cemento. Hank volvió a cargar el rifle.
Ahora los objetos eran discos visibles, cubriendo la ciudad en una formación semejante al esqueleto de un paraguas, planeando, sin descender más. Conté más de treinta antes que las baterías antiaéreas abrieran fuego.
Las casas se estremecieron, los cristales de las ventanas se astillaron y el olor a pólvora quemada impregnó el aire mientras los enfurecidos cañones vomitaban su carga.
La plataforma de lanzamiento de cohetes estaba envuelta en una nube de humo acre.
Pero ninguno de los cohetes alcanzó su blanco.
Los aviones a reacción se acercaron más al enemigo y, con sorprendente brusquedad, el ataque terrestre quedó in¬terrumpido.
En el profundo silencio que siguió, el llanto del bebé de los Collins resonó extrañamente.
Los rastros grisáceos de los cohetes disparados desde los aviones hacia los objetos semejaban una miríada de hilos de araña brillando al sol. Pero ninguno de ellos hizo blanco, ya que las naves enemigas desaparecieron de repente..., disminu¬yendo de tamaño mientras se alejaban a una velocidad in¬creíble.
El bebé dejó de llorar.
—¡Están huyendo! —gritó un alegre coro de un millar de voces.
Pero un grito de mujer resonó en una casa situada al otro lado de la calle... Y luego otro más abajo. Después oí el ate¬rrorizado grito de Ellen.
Subí la escalera como un poseso, guiado por sus gritos.
Ellen estaba aporreando la puerta del cuarto de los niños.
—¡La llave, Frank! ¡Dame la llave!
Se la entregué, y Ellen abrió la puerta de par en par.
La habitación estaba vacía. Unas rayas de luz penetraban a través de la tapiada ventana.
El oso de felpa de Baby Jean aparecía tirado sobre la cama. La bicicleta nueva de Wally estaba apoyada contra la pared.
A pequeños saltos, la muñeca andadora caminaba a tra¬vés de la alfombra, moviendo la cabeza a uno y otro lado. La cuerda se terminó, y la muñeca se quedó parada delante de nosotros, mirándonos con aire lastimero, con los brazos ex¬tendidos en un gesto de súplica.
La aguja giraba incansablemente sobre el gastado disco:
«On the good ship Lollipop the good ship Lollipop the good ship Lolli...»

Han pasado casi quince años desde que los niños se mar¬charon. Lentamente, según nos dicen, las cosas están vol¬viendo a la normalidad. No pasará mucho tiempo sin que los efectos queden totalmente borrados: un par o tres de genera¬ciones, según los sociólogos.
La vida, desde luego, es distinta, y no tiene comparación con la de los años Cincuenta. En realidad, ahora, en los Se¬tenta, estamos tan lejos de los Cincuenta como los Cincuenta lo estaban de la Edad Media.
Los economistas explican el hecho en función del merca¬do del trabajo. Los niños que desaparecieron constituían ape¬nas una quinta parte de la población. En su calidad de niños, no ejercían ningún efecto sobre la economía.
Pero ahora ya no serían niños. Ahora constituirían el grupo de los quince a los treinta años, es decir, la tercera parte de la población productiva.
Desde luego, los salarios son elevados, porque la gente en condiciones de ganar dinero escasea. Pero..., bueno, un par de zapatos, por ejemplo, vale lo que un obrero de la cons¬trucción gana en una semana: cuatrocientos ochenta dólares. Los hacemos bastante bien, aunque utilizando arpillera. El truco consiste en no atarlos demasiado flojos ni demasiado fuertes al tobillo. Sin embargo, los zapatos no nos preocupan, puesto que nos vemos obligados a improvisar en casi todos los artículos de primera necesidad.
Y, ¡oh, sí!, los caballos han vuelto a hacerse populares.
Otras características de la existencia son menos agrada¬bles: la recluta para el trabajo, por ejemplo, y la prohibición federal de la jubilación excepto para los que se encuentran completamente incapacitados.
¿Qué hicimos después de la huida de nuestros hijos? Sen¬cillamente: tener más hijos. Aprisa. Era indispensable, si queríamos recuperarnos económicamente en un período pre¬visible. Y también era un bálsamo para la angustia general provocada por la desaparición de los niños.
Ellen y yo tuvimos otro niño y otra niña. El primero nació tres años después del de Efecto Junior. Llevados por el sentimentalismo, le bautizamos con el nombre de Wallace. A la niña le pusimos el nombre de Jean.
Y son tan parecidos a sus hermanos, que a veces llegamos a olvidarnos de los dos primeros.
Anoche, por ejemplo, Baby Jean (todavía la llamamos así, a pesar que ya tiene diez años) alzó la mirada del libro que estaba leyendo. Y la luz de la lámpara parpadeó de un modo extrañamente evocador en su delgado rostro.
—Papá —me preguntó, muy seria—, ¿nos echarán de menos a Wally y a mí?

 

Daniel F. Galouye

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