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hangar 18

Es Una Buena Vida. Por Jerome Bixby.

Tía Amy estaba afuera, en el pórtico, meciéndose hacia atrás y hacia adelante en la silla de alto respaldo, y abanicándose; cuando Bill Soames condujo su bicicleta por el camino y se detuvo frente a la casa.

Transpirando bajo el “sol” de la tarde, Bill sacó el paquete de comestibles de la gran canasta que tenía sobre la rueda frontal de su bicicleta, y avanzó por la arboleda. El pequeño Anthony estaba sentado en el césped, jugando con una rata. La había atrapado en el sótano – le había hecho pensar que olía queso, el más aromático, desmenuzable y delicioso queso que una rata hubiera creído oler— y ella había salido de su agujero, y ahora Anthony la tenía atrapada con su mente y la estaba obligando a hacer trucos.

Cuando la rata vio que Bill Soames se aproximaba, trató de correr, pero Anthony pensó hacia ella, y ella dio una voltereta sobre el césped y yació temblando, sus ojos brillando en un pequeño y negro terror.

Bill Soames se apresuró al pasar junto a Anthony y alcanzó los primeros escalones, mascullando. Siempre mascullaba cuando venía a la casa de los Fremont, o pasaba cerca, o incluso cuando pensaba en ella. Todos lo hacían. Pensaban en tonterías, cosas sin significado, como dos-y-dos-son-cuatro-y-cuatro-son-ocho y cosas así; trataban de entremezclar sus pensamientos para mantenerlos a raya, y así Anthony no pudiera leer sus mentes. Mascullar ayudaba. Porque si Anthony captaba cualquier cosa fuerte en tus pensamientos, podría decidir hacer algo al respecto – como aliviar los terribles dolores de cabeza de tu esposa o las paperas de tus hijos, o hacer que tu vieja vaca lechera volviera a trabajar, o arreglar el retrete. Y, a pesar de que Anthony no intentaba provocar daño alguno, no podría esperarse que tuviera mucha noción sobre lo que tenía que hacerse en esos casos.

Eso era si le agradabas. Podría tratar de ayudarte, a su manera. Y eso podía ser bastante horrible.

Si no le agradabas... bueno, eso podía ser peor.

Bill Soames puso el paquete de comestibles en la barandilla del pórtico e interrumpió su mascullar el tiempo necesario para decir:

Todo lo que usted quería, señorita Amy.

Ah, está bien, William – dijo suavemente Amy Fremont — Dios, ¿no hace un horrendo calor el día de hoy?

Bill Soames casi se encogió. Sus ojos parecían rogarle. Sacudió la cabeza negando violentamente, y luego interrumpió de nuevo su mascullar, a pesar de que evidentemente no lo deseaba.

¡Oh, no diga eso, señorita Amy!... ¡está bien, perfecto! ¡Es verdaderamente un buen día!

Amy Fremont se levantó de la mecedora , y cruzó el pórtico. Era una mujer alta, delgada, una vacuidad sonriente en sus ojos. Aproximadamente un año antes, Anthony se había enojado con ella porque ella le había dicho que no debería haber convertido al gato en un tapete—gato; y, a pesar de que él siempre la había obedecido más que a cualquier otra persona — lo que era raro – esta vez él había chasqueado hacia ella. Con su mente. Y ese había sido el fin de los brillantes ojos de Amy Fremont, y el fin de la Amy Fremont que todos habían conocido. Y ahí fue cuando en Peaksville (población: 46) corrió la voz de que ni siquiera los miembros de la familia de Anthony estaban a salvo.

Después de eso todos fueron el doble de cautelosos.

Algún día Anthony desharía lo que le había hecho a la tía Amy. Eso esperaban la mamá y el papá de Anthony. Cuando él fuera mayor, y le surgiera tal vez algo de culpa. Si eso era posible, claro está.

Porque la tía Amy había cambiado mucho, y además, ahora Anthony no obedecía a nadie.

Calma, Willliam— dijo tía Amy – no tienes porque estar mascullando de ese modo. Anthony no va a lastimarte. ¡Por Dios, tú le agradas!

Ella gritó llamando a Anthony, que se había cansado de la rata y estaba obligándola a comerse a sí misma.

¿No es cierto, Anthony? ¿Verdad que el Sr. Soames te agrada?

Anthony miró a través del jardín hacia el repartidor – una brillante, húmeda y púrpura mirada. No dijo nada.

Bill Soames trató de sonreírle. Después de un segundo Anthony volvió su atención a la rata. Ya había devorado su cola , o al menos masticado porque Anthony la había hecho morder más rápido de lo que podía tragar, y pequeños trozos peludos, rosados y rojos, yacían alrededor de ella sobre el verde césped.

Ahora la rata estaba teniendo problemas para alcanzar sus cuartos traseros.

Murmurando silenciosamente, vehementemente pensando en nada en particular, Bill Soames caminó con las piernas rígidas a través de la arboleda, montó en su bicicleta y se alejó pedaleando.

Nos veremos está noche William —le dijo tía Amy.

Mientras hacía girar los pedales deseaba profundamente poder pedalear el doble de rápido, para alejarse cuánto antes de Anthony; y de tía Amy, que a veces olvidaba cuán cuidadoso debía uno ser. Y no debió haber pensado eso. Porque Anthony lo captó. Captó el deseo de alejarse del hogar de los Fremont cómo algo malo, y su mirada púrpura parpadeó, chasqueando un pequeño pensamiento de desaprobación hacia Bill Soames – sólo uno pequeñito, porque hoy estaba de buen humor, y, además, a él le agradaba Bill Soames, o al menos no le desagradaba, no el día de hoy. Bill Soames quería huir, así que, petulantemente, él le ayudó.

Pedaleando a velocidad superhumana – o eso parecía, porque en realidad la bicicleta lo estaba pedaleando a él – Bill Soames se desvaneció por el camino en una nube de polvo, su débil y aterrado lamento flotando en el aire caliente.

Anthony miró a la rata. Había devorado la mitad de su estómago y muerto de dolor. Él la pensó dentro de una tumba en lo profundo del maizal – su padre le había dicho una vez, sonriendo, que el podría hacer eso con las cosas que matara – y caminó, rodeando la casa, proyectando su extraña sombra bajo la luz metálica y caliente del “sol”.

 

En la cocina, tía Amy estaba desempacando los comestibles. Puso las conservas Mason en los estantes, la carne y la leche en la hielera, el azúcar de remolacha y la harina entera en las grandes latas bajo el fregadero. Puso la caja de cartón en el rincón, junto a la puerta, para que el Sr. Soames la recogiera la próxima vez. Estaba sucia y magullada, pero era una de las pocas que quedaban en Peaksville. En letras rojas desteñidas decía “Sopa Campbell’s”. La última lata de sopa, o de cualquier otra cosa, había sido devorada hace mucho, a excepción de una pequeña reserva comunal que los habitantes reservaban para ocasiones especiales – pero la caja seguía ahí, como un ataúd, y cuando ésta y las otras cajas desaparecieran, los hombres harían otras con madera.

Tía Amy salió al patio trasero, donde la Mamá de Anthony – su hermana — estaba sentada a la sombra de la casa, desgranando guisantes. Los guisantes, cada vez que Mamá pasaba un dedo por sus vainas, caían ploc—ploc—ploc en la cazuela que tenía sobre su regazo.

William trajo los comestibles— dijo tía Amy.

Se sentó fatigosamente en la silla de respaldo recto junto a Mamá, y comenzó a abanicarse. Ella no era vieja realmente, pero, desde que Anthony había chasqueado hacia ella con su mente, había algo malo con su cuerpo, así como con su mente, y estaba fatigada todo el tiempo.

¡Oh, bien! – dijo Mamá. Ploc—ploc caían los gordos guisantes en la cazuela.

Todo el mundo en Peaksville decía siempre: “¡Oh, bien!”, o “¡Bien!” o “ ¿Ah sí? ¡Eso es genial¡”, casi ante cada cosa que sucedía o era mencionada – incluso ante acontecimientos desdichados como un accidente o una muerte. Siempre decían “¡Bien!” porque si no intentaban cubrir lo que realmente sentían, Anthony podría oír por casualidad con su mente, y entonces ya nadie sabría lo que podía pasar. Como la vez en que el esposo de la Sra. Kent, Sam, había regresado caminando del cementerio porque a Anthony le agradaba la Sra. Kent y había escuchado su pena.

Ploc—ploc.

Hoy es Noche de Televisión – dijo tía Amy. – Me agrada, espero por esa noche cada semana. Me pregunto qué veremos hoy.

¿Trajo Bill la carne?— preguntó Mamá.

Sí – tía Amy se abanicó, mirando a la monotonía metálica del cielo. – Por Dios, ¡hace tanto calor! Desearía que Anthony hiciera que estuviera sólo un poco más fresco.

¡Amy!

—¡Oh!— El tono agudo de Mamá había penetrado en donde la agónica expresión de Bill Soames no había podido llegar. Tía Amy puso una delgada mano sobre su boca en exagerado sobresalto

¡Oh!... Lo siento.

Sus pálidos ojos azules se dispararon en todas direcciones, para ver si Anthony estaba cerca. No es que hiciera mucha diferencia el hecho de que lo estuviera o no – él no necesitaba estar cerca de ti para saber lo que estabas pensando. Normalmente, sin embargo, a menos de que estuviera atento a alguien, él estaba ocupados con sus propios pensamientos.

Pero algunas cosas atraían su atención — nunca podías saber cuáles exactamente.

Esta clima está perfecto – dijo Mamá.

Ploc—ploc.

¡Oh, sí! – dijo tía Amy. – Es un día maravilloso. ¡No lo cambiaría por nada del mundo!

Ploc—ploc.

Ploc—ploc.

¿Qué hora es? – Preguntó Mamá.

Tía Amy estaba sentada de tal manera que podía ver a través de la cocina de la ventana al reloj en el estante sobre la estufa.

Cuatro treinta. – dijo. Ploc—ploc.

Quiero que esta noche sea especial. – dijo Mamá — ¿Trajo Bill buena carne?

Buena y magra, hermanita. Lo sacrificaron hoy mismo, ¿sabes?, y nos enviaron la mejor porción.

¡Dan Hollis se va a sorprender cuando descubra que esta Noche de Televisión es también una fiesta de cumpleaños para él!

¡Oh, ya lo creo que sí! ¿estás segura de que nadie le ha dicho?

Todos juraron que no lo harían.

Eso será muy lindo – asintió tía Amy, mirando hacia el maizal. – Una fiesta de cumpleaños.

Bueno...— Mamá puso la cazuela con los guisantes a un lado, se puso de pie y sacudió su mandil.

Mejor comienzo a preparar el asado. Luego podremos poner la mesa. — Dijo tomando los guisantes.

Anthony pasó por la esquina de la casa. No las miró, sino que continuó avanzando a través del pulcro jardín – todos los jardines de Peaksville estaban escrupulosamente cuidados, muy escrupulosamente – pasó por el oxidado e inútil armatoste que una vez había sido el automóvil de la familia Fremont, y siguió suavemente sobre la cerca adentrándose en el maizal.

¿ No es este un día encantador? – dijo Mamá, elevando un poco la voz, al tiempo en que entraban a la casa.

Tía Amy se abanicó. – ¡Un hermoso día, hermanita! ¡Perfecto!

 

 

En el maizal, Anthony caminó por entre las altas y crujientes hileras de tallos verdes.

Le gustaba el olor del maíz. Del maíz vivo sobre su cabeza y del viejo y muerto a sus pies. La fértil tierra de Ohio — rica en hierbajos y en mazorcas pardas y resecas — era aplastada entre los dedos de sus pies con cada paso, el había hecho llover la última noche, para que el día de hoy todo oliera bien y fuera agradable al tacto.

Él caminó libremente hasta los márgenes del maizal, hasta llegar a donde un soto de árboles verdes y sombríos cubría un terreno fresco, húmedo y oscuro, con una abundancia de frondosa maleza y rocas cubiertas de musgo, y un pequeño manantial de donde brotaba un estanque claro y limpio. A él le gustaba descansar aquí, y observar los pájaros, insectos y pequeños animales que rumoreaban y se escabullían y gorjeaban alrededor. Le gustaba tenderse sobre ese suelo fresco mirando hacia el móvil verdor sobre su cabeza, y observar a los insectos revolotear entre los suaves rayos de sol que caían oblicuos formando un tejido intrincado, hebras brillantes cayendo desde las copas de los árboles. De algún modo, los pensamientos de las criaturas de este lugar le gustaban más que los pensamientos de afuera; y, a pesar de que los pensamientos que él captaba aquí no eran muy fuertes o muy claros, podía entender lo suficiente como para saber lo que le gustaba a las criaturas y aquello que querían, y ocupó mucho de su tiempo haciendo que el soto fuera cada vez más de la manera que ellos querían. El manantial no había estado aquí desde siempre, sino que había surgido una vez que él había encontrado sed dentro de una pequeña mente peluda, él había traído a la superficie un chorro frío y diáfano proveniente de una corriente subterránea, y había observado fascinado como las criaturas bebían, sintiendo su placer. Más tarde había hecho el estanque, cuando captó una pequeño impulso de nadar.

Él había hecho rocas y árboles y escondrijos y cuevas, y rayos de sol aquí y sombras allá, porque había sentido en todas las diminutas mentes a su alrededor el deseo – o la necesidad instintiva – de este tipo de lugar de descanso, y aquel tipo de lugar de apareamiento y este tipo de lugar para jugar, y un hogar así.

Y de alguna manera las criaturas de todos los campos y pasturas fuera del seto parecían saber que este era un buen lugar, por que siempre había más, migrando, cada vez que Anthony venía aquí había más criaturas que la última vez, y más deseos y necesidades por ser atendidos. Cada vez habría algún nuevo tipo de criatura que él nunca había visto, y él encontraría su mente, y vería lo que ella deseaba, y entonces lo haría realidad.

Le gustaba ayudarlos. Sentir su sencilla gratificación.

El día de hoy, él estaba descansando bajo un grueso olmo, y alzó su púrpura mirada a un pájaro rojinegro que acababa de llegar al seto. El pájaro trinó en una rama sobre su cabeza, y saltó adelante y atrás, y pensó sus pequeños pensamientos, Anthony hizo un nido grande y suave para él, y pronto él saltó dentro.

Un animal alargado, café, con un pelaje liso y brillante estaba bebiendo en el estanque. Anthony encontró su mente de inmediato. El animal estaba pensando en una criatura más pequeña que estaba hurgando en el suelo al otro lado del estanque, en busca de insectos. La pequeña criatura no sabía que estaba en peligro. El animal alargado acabó de beber y tensó su piernas para saltar, y Anthony lo pensó dentro de una tumba en el maizal.

A él no le gustaban ese tipo de pensamientos. Le recordaban los pensamientos de afuera. Mucho tiempo atrás, algunas personas de afuera habían pensado de esa manera acerca de él, y una noche ellos se habían escondido y esperado a que volviera del soto – y él simplemente los había pensado a todos bajo el maizal. Desde entonces, el resto de las personas no habían pensado de esa manera, al menos no claramente. Ahora sus pensamientos se tornaban entremezclados y confusos cada vez que pensaban en él o cerca de él, así que no les prestaba mucha atención.

Le agradaba ayudarlos a ellos también, algunas veces – pero no era sencillo, ni muy gratificante. Ellos nunca tenían pensamientos felices cuando les ayudaba – sólo la confusión usual. Así que él pasaba más tiempo aquí dentro.

Observó todas los pájaros e insectos y criaturas peludas por un rato, y jugó con un ave. Haciéndola elevarse, y hundirse, y pasar como un rayo enloquecido entre los troncos de los árboles; hasta que, accidentalmente, cuando otra ave captó su atención, se estrelló contra una piedra. Petulantemente, él envió a la roca al interior de un tumba en el maizal.; pero no pudo hacer nada más con el ave. No porque estuviera muerta, aunque lo estaba; sino por habérsele roto un ala. Así que volvió a la casa. No tenía deseos de caminar de regreso por el maizal, así que simplemente se dirigió a la casa, directamente al sótano.

Estaba bien ahí abajo. Agradable y oscuro y húmedo y algo así como fragante, porque una vez Mamá había estado guardando conservas en un anaquel situado contra la pared, y luego, desde que Anthony había empezado a pasar el tiempo aquí, había dejado de venir, y las conservas se habían arruinado y habían comenzado a gotear y a esparcirse sobre el sucio piso, y a Anthony le agradaba el olor.

Atrapó otra rata, haciéndola oler queso, y después de jugar con ella, la pensó dentro de una tumba al lado del alargado animal que había matado en el soto. Tía Amy odiaba las ratas, y por eso él mataba muchas, porque tía Amy le agradaba más que nadie y algunas veces hacía lo que la tía Amy quería. Su mente era un poco más parecida a las peludas mentes del soto. Ella no había pensado nada malo acerca de él por mucho tiempo.

Después de la rata, jugó con una gran araña negra en el rincón bajo las escaleras, haciéndola moverse hacia delante y hacia atrás hasta que su telaraña se sacudió y tembló bajo la luz de la ventana, como un reflejo en agua plateada. Luego condujo moscas hacia la telaraña hasta que la araña se puso frenética tratando de envolverlas a todas. A la araña le gustaban las moscas, y sus pensamientos eran más fuertes que los de ellas, así que él hizo eso. Había algo malo en la manera que la araña deseaban moscas, pero no estaba muy claro – y además, tías Amy odiaba a las moscas también.

Escuchó pasos arriba – Mamá desplazándose por la cocina. Hizo parpadear su púrpura mirada, y estuvo e punto de decidir paralizarla – pero en lugar de eso subió al ático, y, después de mirar por un rato hacia él jardín por la ventana circular situada al frente del gran techo en forma de X, y hacia al camino empolvado, y hacia el ondulante campo de trigo de los Henderson, él se enroscó adoptando una forma improbable y se puso a dormir parcialmente.

“Pronto la gente comenzara a llegar para la Noche de Televisión”, escuchó a Mamá pensar.

Se hundió más en el sueño. Le agradaba la Noche de Televisión. A tía Amy siempre le había gustado mucho la televisión, y por eso una vez él había pensado un poco de televisión para ella, y algunas otras personas habían estado ahí ese día, y tía Amy se había sentido decepcionada cuando los otros quisieron irse. Él les había hecho algo por eso – y ahora todos venían a ver la Televisión.

Le gustaba toda la atención que obtenía cuando todos llegaban.

 

El padre de Anthony volvió a casa alrededor de las 6:30, luciendo cansado y sucio, lleno de sangre. Había estado en la pastura de Dunn con los otros hombres del pueblo, ayudando a escoger la vaca que sería sacrificada este mes y haciendo el trabajo, y luego partiendo y salando la carne para conservarla en el almacén frigorífico de Soames. No era un trabajo que le agradara mucho, pero cada hombre tenía su turno. Ayer había ayudado a segar el trigo del viejo McIntyre. Mañana comenzarían a rastrillar el suelo. Manualmente. Todo en Peaksville tenía que ser hecho manualmente.

Besó a su esposa en la mejilla y se sentó en la mesa de la cocina. Sonrió y dijo:

¿Dónde está Anthony?

Por ahí. – dijo Mamá.

Tía Amy estaba al lado de la estufa de leña, meneando la gran olla de guisantes. Mamá volvió al horno, lo abrió y bañó el asado.

Pues bien, ha sido un buen día.— dijo Papá. Maquinalmente. Luego miró al tazón de la masa y a la tabla de cortar sobre la mesa. Olfateó la masa. – Mmm— dijo – me comería una hogaza entera, estoy hambriento.

¿Nadie le dijo a Dan Hollis acerca de la fiesta, o sí?

No. Tan callados como momias.

¡Hemos preparado una adorable sorpresa!

Em, ¿qué?

Bueno... tú sabes cuánto le agrada a dan la música. Bueno, la semana pasada, ¡Thelma Dunn encontró un disco en su ático!

¡No!

¡Sí! Y luego hicimos que Ethel le preguntara, tú sabes, sin preguntárselo realmente, sí ya tenía ese disco. Y dijo que no. ¿No es una maravillosa sorpresa?

Bueno, claro que lo es. ¡Un disco, imagínate! ¡Eso es algo verdaderamente agradable de encontrar! ¿Qué disco es?

 Perry Como, interpretando “You are my sunshine”.

¡Diablos! Siempre me gustó esa tonada. – Había algunas zanahorias crudas sobre la mesa. Papá tomó una pequeña, la restregó en su pecho, y la mordió. —¿Cómo fue que Thelma lo encontró?

Oh, tú sabes, simplemente curioseando por cosas nuevas.

Mmm – Papá rumió la zanahoria. – ¿Quién tiene esa foto que encontramos hace tiempo? Me gustaba, ese viejo clíper zarpando...

Los Smith. La próxima semana los Siphic y ... — su mente divagó sobre el orden tentativo de las cosas que iban a ser intercambiadas entre las mujeres el domingo en la iglesia.

Él asintió.

Parece que no tendremos la foto en mucho tiempo, creo. Escucha querida, tú podrías tratar de recuperar ese libro detectivesco que tienen los Reilly. Estuve muy ocupado la semana que lo tuvimos, nunca pude terminar todos los cuentos...

Trataré – dijo su esposa sin mucha seguridad. – Pero escuché que los van Husen tienen un estereoscopio que encontraron en el sótano. – Su voz era sólo levemente acusadora. – Lo tuvieron por 2 meses enteros sin de avisar a nadie...

Diantres – dijo Papá — Eso también estaría bien. ¿Muchas fotos?

Supongo. Ya veré el domingo. Me gustaría tenerlo, pero aún le debemos a los van Husen su canario. No sé porque esa ave tuvo que elegir nuestra casa para morir... debió estar enfermo cuando llegó. Ahora ya no hay manera de contentar a Betty van Husen, incluso insinuó que le gustaría tener nuestro piano por un tiempo.

Está bien querida, intenta obtener el estereoscopio o cualquier cosa que creas agradable.

Por fin tragó la zanahoria. Había estado algo verde y dura. Los caprichos de Anthony con el clima hacían que la gente nunca supiera que sembradíos prosperarían, o que formas adoptarían si lo hicieran. Todo lo que podían hacer era sembrar mucho, y siempre lo suficiente de las cosas que podían crecer en cualquier temporada. Sólo en una ocasión había habido un excedente de grano, toneladas habían sido arrojadas más allá de los márgenes de Peaksville y botados en el vacío. De otra manera nadie hubiera podido respirar, cuando empezaran a descomponerse.

Tú sabes, — prosiguió Papá – es bueno tener cosas nuevas alrededor. Es bueno pensar que probablemente aún hay muchas cosas que no han sido encontradas, en sótanos y áticos y graneros y debajo de cosas. Eso ayuda, alivia de alguna manera. En la medida que eso es posible.

¡Shh! – Mamá miró nerviosamente alrededor.

Oh – dijo Papá, sonriendo apresuradamente — ¡Está muy bien! ¡Las cosas nuevas son buenas! Es agradable poder tener algo que nunca has visto antes, y saber que algo que le has dado a alguien los está haciendo felices... eso es una cosa buena verdaderamente.

Una cosa buena – coreó su esposa.

Pronto, — dijo tía Amy desde la estufa – no habrá más cosas nuevas. Habremos encontrado todo lo que se podía encontrar. Dios, eso será my triste.

¡Amy!

Bueno... – sus pálidos ojos estaban vacíos y fijos, un signo de su recurrente estupor – Será una lástima cuando ya no...

No hables así – dijo mamá, temblando – por favor cierra la boca.

Está bien, – dijo Papá, con esa familiar voz sonora, deseosa de ser escuchada – esta plática es buena. Está bien querida, ¿no lo ves? Está bien que Amy hable de la manera que guste. Está bien que se sienta mal. Todo es bueno. Todo tiene que ser bueno.

La mamá de Anthony estaba pálida, y también lo estaba tía Amy, el peligro de la situación había penetrado las nubes que rodeaban su mente. Algunas veces era difícil manejar las palabras de tal manera que no resultara desastroso. Nunca se sabía. Había tantas cosas que era mejor no decir, o incluso pensar. Pero la recriminación por decirlas o pensarlos podía ser igual de mala, si Anthony escuchaba y decidía hacer algo. Nunca podías saber cuando lo que le importaba a Anthony.

Todo tenía que ser bueno. Tenía que estar bien tal como era, aunque no lo estuviera. Porque cualquier cambio podía ser peor. Terriblemente peor.

Oh dios, sí, desde luego que está bien— dijo Mamá. – Habla de la manera que quieras, Amy, está bien. Aunque, tal vez te gustaría recordar que algunas maneras son mejores que otras...

Tía Amy meneó los guisantes, el miedo en sus ojos pálidos.

Sí – dijo. – Pero no tengo ganas de hablar ahora. Está... está bien que no tenga ganas.

Papá dijo cansadamente, sonriendo:

Voy a lavarme.

 

Empezaron a llegar a las ocho. Para esa hora Mamá y tía Amy ya habían puesto la gran mesa del comedor, y dos mesas extras al lado. Las velas estaban encendidas, y las sillas colocadas, y Papá había encendido una gran fuego en el hogar.

Los primeros en llegar fueron los Sipichs, John y Mary. John portaba su mejor traje y su rostro lucía pulido y rubicundo después de un día de trabajo en la pastura de McIntyre. El traje le ajustaba bien, pero estaba algo raído en los codos y en los puños. El viejo McIntyre estaba trabajando en un telar, diseñándolo con base en libros escolares, pero el proyecto iba para largo. McIntyre era un hombre hábil con la madera y las herramientas, pero una telar era algo serio cuando no podías obtener piezas de metal. McIntyre había sido uno de los que, al principio, habían querido intentar que Anthony produciera cosas que los habitantes necesitaban, como ropa o comida enlatada, medicamentos, gasolina. Desde entonces, el sintió que lo que le había pasado a la familia Terrance y a Joe Kinney era su culpa, y trabajaba duro tratando de hacer la vida mejor para los que quedaban. Y desde entonces nadie había tratado de hacer que Anthony hiciera nada.

Mary Sipich era una mujer pequeña y alegre en un vestido sencillo. Inmediatamente se unió a Mamá y tía Amy para darle los toques finales a la cena.

Los siguientes en llegar fueron los Smith y los Dunn, que vivían en casa contiguas camino abajo, apenas a unas cuantas yardas del vacío. Llegaron en la carreta de los Smith, jalada por su viejo caballo.

Luego los Reilly se dejaron ver cruzando el oscuro trigal, y la velada realmente empezó. Pat Reilly se sentó en al piano y comenzó a tocar piezas del libro de partituras populares que era guardado en el anaquel. Tocaba suavemente, tan expresivamente como podía, nadie cantaba. A Anthony le agradaba muchísimo la música del piano, pero no el canto; a menudo podría venir desde el sótano, o desde el ático, o simplemente venir, sentándose sobre el piano, moviendo la cabeza al tiempo que Pat tocaba “Lover”, o “Boulevard of Broken Dreams”, o “Night and Day”. Parecía preferir las baladas, canciones suaves y armoniosas; pero la única vez que alguien había empezado a cantar, Anthony había lanzado una mirada desde la cima del piano y hecho algo que provocó que todos tuvieran miedo de cantar desde entonces. Más tarde, decidieron que el piano era lo que Anthony había escuchado primero, y ahora cualquier otra cosa no le sonaba bien y le hacía distraerse de su placer.

Así que, cada Noche de Televisión, Pat tocaba el piano, y eso era el inicio de la velada. Dondequiera que Anthony estuviera, la música lo haría feliz, y lo pondría de buen humor, y el sabría que se estaban reuniendo para ver “televisión” y esperaban por él.

Para las ocho treinta todos habían llegado, excepto los diecisiete niños y la Sra. Soames, quien estaba cuidándolos en el edificio escolar al otro extremo del pueblo. A los niños de Peaksville nunca, de ningún modo se les permitía acercarse a la casa de los Fremont – desde que Fred Smith, en un arrebato, había tratado de jugar con Anthony. Los otros niños se habían olvidado prácticamente de él, o se les hacia creer que Anthony era duende muy pero muy bueno del que tenían que permanecer alejados.

Dan y Ethel Hollis llegaron tarde, y Dan entró sin sospechar nada. Pat Reilly había tocado el piano hasta que le dolieron las manos, — había trabajado muy duro con ellas ese día – y en ese momento se levantó, y todos se reunieron alrededor de Dan Hollis para desearle feliz cumpleaños.

Oh... diantres, — dijo Dan sonriendo – ¡Esto es genial! No me lo esperaba... ¡Dios, es genial!

Le dieron los regalos, mayormente cosas que habían hecho ellos mismos, aunque algunas eran cosas que habían sido de su propiedad y ahora regalaban. John Sipich le dio un ornamento para reloj, tallado a mano de una pieza de nogal americano. El reloj de Dan se había roto hacía una año, y no había nadie en el pueblo que supiera como repararlo, pero él aún lo cargaba consigo porque había sido el reloj de su abuelo y era una magnífica y pesada pieza de oro y plata. Prendió el ornamento en la cadena mientras todos reían y decían que John había hecho un buen trabajo de tallado. Entonces Mary Sipich le dio una corbata bordada, la cual él usó inmediatamente, quitándose la que traía puesta.

Los Reilly le dieron una pequeña caja que habían hecho, para guardar cosas. No dijeron que tipo de cosas, pero Dan dijo que guardaría su joyería personal en ella. Los Reilly la habían fabricado a partir de una caja de puros, pelando cuidadosamente el papel que la cubría y cubriendo el interior con terciopelo. El exterior había sido pulido, y tallado de una manera cuidadosa – si no experta— por Pat, pero su trabajo recibió también cumplidos. Dan Hollis recibió muchos regalos: una pipa, un par de agujetas, un alfiler de corbata, un par de calcetines bordados, algo de dulce de chocolate, un par de ligas fabricadas a partir de suspensores.

Desenvolvió cada regala con inmenso placer, y usó tantos como pudo, incluso las ligas. Encendió la pipa, y dijo que nunca había fumado mejor, lo cual no era completamente cierto, puesto que el cañón estaba algo atascado. Peter Manners la había tenido rodando por su casa desde que la había recibido a manera de regalo cuatro años antes de un pariente foráneo que no se había enterado que él había dejado de fumar. Dan puso con cuidado el tabaco en el recipiente. El tabaco era un bien precioso. Había sido pura suerte que a Pat Reilly se le hubiera ocurrido intentar cultivar algo de tabaco en su patio trasero justo antes de que pasara lo que le había pasado a Peaksville. No creció muy bien, y luego tuvieron que curarlo y desmenuzarlo, y era simplemente un bien precioso. Todos en el pueblo usaban contenedores de madera que el viejo McIntyre había hecho para guardar las colillas.

Y al final, Thelma Dunn le dio a Dan Hollis el disco que había encontrado.

Los ojos de Dan se nublaron aún antes de abrir el paquete. Sabía que era un disco.

Dios – dijo suavemente. — ¿Cuál es? Casi temo mirar...

No lo tienes, querido – Ethel Hollis sonrió. – ¿No recuerdas que te hice preguntas acerca de “You are my sunshine”?

¡Oh, Dios! – dijo nuevamente Dan. Cuidadosamente removió la envoltura y se quedó allí acariciando el disco, pasando sus grandes manos sobre los gastados surcos cruzados de pequeños rasguños deslustrados. Miró alrededor, con los ojos brillantes, y todos le sonrieron sabiendo lo encantado que estaba.

¡Feliz cumpleaños querido! – dijo Ethel, arrojando sus brazos hacia él y besándolo.

Se aferró al disco con ambas manos, haciéndolo a un lado mientras ella lo abrazaba.

_ ¡Hey! – rió inclinando hacia atrás la cabeza. – Con cuidado, estoy sosteniendo un objeto invaluable.

Miró de nuevo alrededor, a través de los de brazos de su esposa, que aún estaban prendidos a su cuello. Sus ojos lucían ansiosos.

Este... ¿creen que podría escucharlo? Dios, lo que daría por escuchar algo de nueva música... sólo la primera parte, la parte orquestal, antes de que Como cante.

Los rostros se ensombrecieron. Después de un minuto, John Sipich dijo:

Es preferible que no, Dan. Después de todo, no sabemos exactamente cuando entra la voz, y sería tomar demasiados riesgos. Es mejor que esperes hasta llegar a casa.

Renuente, Dan Hollis puso el disco en la mesa, con todos sus otros regalos.

Está bien – dijo automáticamente, pero decepcionado – que no pueda escucharlo aquí.

¡Oh sí! – dijo Sipich — ¡Es bueno! – para compensar el tono decepcionado de Dan, — ¡Es bueno!

 

Cenaron, las velas alumbrando sus rostros sonrientes, y devoraron todo hasta la última gota de salsa. Alabaron el asado preparado por Mamá y Tía Amy, y la sopa de guisantes con zanahoria, y los tiernos granos de las mazorcas. Éstas no habían salido del maizal de los Fremont, naturalmente, todos sabían lo que había en él; y en su suelo comenzaban a crecer hierbajos.

Luego acabaron con los postres, helado y galletas caseros. Y después tomaron asiento, en la fluctuante luz de las velas, y conversaron esperando la “televisión”. Nunca había demasiado mascullar la Noche de Televisión, todos venían y tenían una buena cena en la casa de los Fremont, y eso estaba bien, y después venía la “televisión” y nadie pensaba mucho en ello, simplemente lo sobrellevan. Así que era una reunión lo suficientemente satisfactoria, a parte del hecho de tener que cuidar lo que decías tan cuidadosamente como lo harías en cualquier lugar. Si un pensamiento peligroso te llegaba a la mente, simplemente comenzabas a mascullar, incluso en medio de una frase. Cuando hacías eso, los otros sencillamente te ignoraban hasta que te sentías feliz de nuevo.

A Anthony le gustaba la Noche de Televisión. Sólo había hecho dos o tres cosas horribles durante una Noche de Televisión en todo el año pasado.

Mamá había puesto una botella de brandy en la mesa, y todos se sirvieron un pequeño vaso. El licor era aún más escaso que el tabaco. Los pobladores podían hacer vino, pero había algo malo con las uvas, y ciertamente las técnicas tampoco eran muy buenas, no era un vino muy agradable.. Sólo quedaban unas cuantas botellas de verdadero licor en el pueblo, cuatro de whisky, tres de whisky escocés, tres de brandy, nueve de vino verdadero y media botella de Drambuie perteneciente al viejo McIntyre (sólo para los matrimonios), y cuando éstas se acabaran eso sería todo.

Más tarde, todos desearon que el brandy no hubiera sido ofrecido. Porque Dan Hollis bebió más de lo debido, y lo mezcló con una gran cantidad de vino casero. Nadie pensó nada al respecto al principio, porque no lo mostraba mucho, y era su fiesta de cumpleaños, una feliz fiesta, y a Anthony le agradaban estas reuniones y no vería ninguna razón para hacer algo, aún suponiendo que estuviera escuchando.

Pero a Dan Hollis se le pasaron las copas, e hizo algo estúpido. Y si lo hubieran visto venir, lo hubieran llevado afuera a caminar un rato.

Lo primero que llamó la atención, fue cuando Dan dejó de reír justo a la mitad de la historia de cómo Thelma Dunn había encontrado el disco de Perry Como y se le había ido de las mano y no se había roto porque ella se había movido tan rápido de lo que nunca se había movido en su vida y lo había atrapado. Él estaba acariciando el disco de nuevo, y mirando anhelante el gramófono de los Fremont situado en un rincón, y súbitamente había dejado de reír y su rostro se relajó, luego se deformó, y dijo:

¡Oh, Cristo!

La habitación se tornó silenciosa inmediatamente. Tan silenciosa que podían oír el rechinar de las piezas del reloj del abuelo en el hall. Pat Reilly había estado tocando el piano, suavemente. Se detuvo, sus manos paralizadas sobre las teclas amarillentas.

Las velas en la mesa del comedor oscilaron en la fría brisa que soplaba a través de las cortinas de encaje de la ventana del pasillo.

Sigue tocando, Pat – dijo suavemente el padre de Anthony.

Pat volvió a empezar. Tocó “Night and Day”, pero sus ojos miraban de soslayo hacia Dan Hollis, y equivocó algunas notas.

Dan se quedó en medio del cuarto, sosteniendo el disco. En la otra mano sostenía una copa de brandy, con tanta fuerza que su mano temblaba.

Todos estaban mirándolo.

Cristo – dijo de nuevo, y lo hizo sonar como una mala palabra. El reverendo Younger, quien había estado conversando con Mamá y con tía Amy cerca de la puerta del comedor, dijo “Cristo” también; pero él lo estaba usando en una plegaria. Sus manos juntas, los ojos cerrados.

John Sipich se adelantó.

Bien, Dan... es bueno que hables de esa manera. Pero tal vez no quieras hablar demasiado, ¿sabes?

Dan se sacudió la mano que Sipich había puesto en su hombro.

Ni siquiera puedo escuchar mi disco – dijo ruidosamente. Bajó su mirada hacia el disco, luego la dirigió en redondo hacia sus rostros – Oh, Dios mío...

Arrojó la copa de brandy contra la pared. Salpicó y escurrió ramificándose sobre el papel tapiz.

Algunas mujeres soltaron gritos crispados.

Dan – dijo Sipich susurrando. – Dan, ya déjate de eso...

Pat Reilly tocaba “Night and Day” más fuertemente, tratando de cubrir los sonidos de las voces.

De cualquier manera, si Anthony estaba escuchando, eso no serviría de nada.

Dan Hollis se aproximó al piano y se detuvo junto al hombro de Pat, tambaleándose en poco.

Pat, – dijo – no toques eso. Toca esto.— Y comenzó a cantar. Una voz suave, ronca, miserable: — Feliz cumpleaños a mí... Feliz cumpleaños amí...

¡Dan! – gritó Ethel Hollis. Trató de correr hacia él. Mary Sipich la tomó del brazo y la contuvo. – ¡Dan! – gritó nuevamente Ethel – ¡Detente!

Por el amor de Dios, cierra la boca – siseó Mary Sipich, y la empujó hacia uno de los hombres, el cual puso su mano sobre su boca y le asió fuertemente.

Feliz cumpleaños, querido Danny. ¡Feliz cumpleaños a mí!— Se detuvo y miró a Pat Reilly. – Tócala, Pat. Tócala, para que yo pueda cantarla bien... tú sabes que no puedo llevar una nota a menos que alguien toque.

Pat Reilly puso sus manos sobre las teclas y comenzó “Lover” en un tempo lento de vals, de la manera que más agradaba a Anthony. El rostro de Pat era blanco. Sus manos se revolvían torpemente.

Dan Hollis miró fijamente hacia la puerta del comedor. Hacia la madre de Anthony, y hacia su padre, que se había acercado a ella.

Ustedes lo trajeron aquí — dijo. Las lágrimas destellaban en sus mejillas, a la luz de las velas – Tenían que haberlo traído...

Cerró los párpados, y las lágrimas en sus ojos se exprimieron. Cantó ruidosamente:

You are my sunshine... my only sunshine... you make me happy... when I am blue...

Anthony llegó al cuarto.

Pat dejó de tocar. Se congeló. Todos lo hicieron. La brisa encrespó las cortinas. Ethel Hollis no podía ni siquiera intentar gritar, se había desmayado.

Please don’t take my sunshine... away... – La voz de Dan desfalleció, hasta acallarse. Puso ambas manos frente a él, el vaso vacío en una, el disco en la otra. Hipó y dijo: — No...

Hombre malo – dijo Anthony, y moldeó a Dan Hollis con su pensamiento hasta convertirlo en una cosa como nadie hubiera creído posible.Luego pensó a esa cosa dentro de una tumba, muy en lo profundo del maizal.

El vaso y el disco cayeron pesadamente sobre la alfombra. Sin romperse.

La púrpura mirada de Anthony vagó por el cuarto.

Algunas personas comenzaron a mascullar. Todos trataron de sonreír. El sonido del mascullar de todos llenó el cuarto con el tono de una aprobación lejana. Entre los murmullos podían distinguirse dos o tres voces claras:

Oh, esto es algo muy bueno – dijo John Sipich.

Algo bueno – dijo el padre de Anthony, sonriendo. Tenía más práctica en sonreír que la mayoría de ellos. — Una cosa maravillosa.

Esto es genial ..., simplemente genial. – dijo Pat Reilly, lágrimas goteando de sus ojos y su nariz, y empezó a tocar el piano de nuevo, suavemente, sus manos temblorosas palpando a tientas la melodía de “Night and Day”.

Anthony trepó a la cima del piano, y Pat tocó por dos horas.

 

Más tarde, vieron la televisión. Todos fueron al cuarto principal, y encendieron sólo unas cuantas velas, y agruparon sillas alrededor del equipo. Era un equipo de pantalla pequeña, y no podían sentarse todos lo suficientemente cerca para ver, pero eso no importaba. Ni siquiera tenían que encender el equipo. No hubiera funcionado, no habiendo electricidad en Peaksville. Sólo tomaron asiento silenciosamente, y observaron aquellas figuras que se retorcían y contorsionaban, y escucharon los sonidos que salían de las bocinas, y ninguno de ellos tenía la más remota idea acerca de que trataba todo aquello. Nunca lo entendían. Siempre era lo mismo.

Esto es muy bonito— dijo por una sola vez tía Amy, sus pálidos ojos sobre los parpadeos de luz y sombras sin significado. – Pero me gustaba un poco más cuando había ciudades allá afuera y podíamos obtener verdadera...

¡Vamos, Amy!— dijo Mamá. – Es bueno que digas esas cosas. Muy bueno. ¿Pero cómo puedes decirlo en serio? ¡En verdad esta televisión es mucho mejor que cualquier cosa que veíamos antes!

Sí – coreó John Sipich. – Esta muy bien. ¡Es el mejor espectáculo que hayamos visto!

Él se sentó en el sofá, con otros dos hombres, presionando a Ethel Hollis contra los cojines, sosteniendo sus brazos y piernas y cubriendo su boca con las manos, para que no comenzara a gritar de nuevo.

¡Es algo muy bueno! – insistió.

Mamá miró al exterior a través de la ventana principal, y a través de la oscuridad del camino, y a través del trigal de los Henderson; hacia la vasta, gris, interminable vacuidad en la que Peaksville flotaba como un alma, la enorme vacuidad que era evidente por la noche, cuando el metálico día de Anthony se había ido.

No era bueno preguntarse donde estarían... no era bueno de ninguna manera. Peaksville era simplemente un lugar. Un lugar alejado del mundo. Seguía estando dondequiera que hubiera estado desde el aquel día en que, tres años antes, Anthony había reptado fuera de su útero y el viejo Dr. Bates – Dios le dé descanso – había gritado y lo había arrojado tratando de matarlo, y Anthony había llorado y hecho la “cosa”. Había llevado al pueblo a algún lugar. O había destruido al mundo dejando sólo el pueblo, nadie lo sabía exactamente.

No hacía bien preguntarse acerca de eso. Nada hacía ningún bien excepto el vivir tal como debían vivir. Tal como debían siempre, siempre vivir; si Anthony lo permitía.

Esos pensamientos eran peligrosos, ella pensó.

Comenzó a mascullar. Los otros comenzaron a mascullar también. Todos habían estado pensando, evidentemente.

Los hombres en el sofá susurraron largamente con Ethel Hollis, y cuando la dejaron libre, ella comenzó a mascullar también.

Mientras Anthony estuvo sentado sobre el equipo haciendo televisión, ellos permanecieron sentados alrededor, mascullando, observando las formas parpadeantes y carentes de significado hasta altas horas de la noche.

Al día siguiente nevó, y mató la mitad de las cosechas, pero fue un buen día.

Presentación y traducción: Fredegiso.

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El Mundo Sumergido

Kerans alzó los ojos hacia los acantiladosrectangulares de ventanas intactas que le recordaban las fotografías de lossoleados paseos marítimos de Niza, Río y Miami que había visto de niño en lasenciclopedias del campamento Byrd. Sin embargo, curiosamente, a pesar delpoderoso encanto de esos mundos de lagunas y ciudades sumergidas, nunca sehabía interesado en visitar los edificios, ni se había molestado en identificar las ciudades.El doctor Bodkin, veinticinco años mayor, había vivido en muchas de esasciudades, europeas y americanas, y empleaba casi todas sus horas libres enrecorrer los canales más remotos, buscando museos y bibliotecas, donde enverdad no encontraba otra cosa que sus propios recuerdos.La falta de recuerdos explicaba quizá la indiferencia de Kerans ante elespectáculo de una civilización que se hundía lentamente. Había nacido y habíasido educado en la zona limitada en otro tiempo por el llamado círculo polarártico —ahora una región subtropical, con una temperatura anual media deveinticinco grados centígrados— y fue por primera vez al sur siguiendo unaexpedición ecológica, cuando ya había cumplido los treinta. Los vastos pantanosy las junglas le parecieron un laboratorio fabuloso; las ciudades sumergidaspoco más que pedestales adornados.Excepto los hombres más viejos, como Bodkin, no había nadie que recordarahaber vivido en ellas, y aun en la infancia de Bodkin las ciudades habían sidofortines asediados, encerrados en enormes diques, desintegrados por el pánico yla desesperación, Venecias que se resistían a celebrar sus bodas con el mar.Las ciudades, hermosas y fascinantes precisamente porque estaban vacías, porqueen ellas se unían extraordinariamente dos extremos de la naturaleza, eran ahoracomo coronas de oro abandonadas en una selva y cubiertas de orquídeas salvajes.La sucesión de gigantescos cataclismos geológicos que transformaron elclima de la Tierra se había iniciado sesenta o setenta años atrás. Una serie detormentas solares, violentas y prolongadas, provocadas por una inestabilidadrepentina del Sol, había ampliado los cinturones de Van Allen y habíadebilitado la atracción gravitatoria terrestre que retenía las capas exterioresde la ionosfera. Cuando estas capas se desvanecieron en el espacio, dejando ala Tierra sin protección contra las radiaciones solares, la temperatura empezóa subir regularmente, y la atmósfera recalentada se expandió hasta alcanzar loslímites de la ionosfera.La temperatura media subió unos pocos grados por año, en todo el mundo. Laszonas tropicales fueron pronto inhabitables, y poblaciones enteras emigraronhacia el sur y hacia el norte escapando a temperaturas de cincuenta y sesentagrados. Las regiones templadas se convirtieron en tropicales. En Europa y enAmérica del Norte, golpeadas por continuas olas de calor, la temperatura eraapenas inferior a los treinta y cinco grados. Las Naciones Unidas dispusieron entoncesla colonización de las llanuras antárticas y de la costa septentrional deCanadá y de la Unión Soviética.Durante un período de veinte años la vida se adaptógradualmente a estos cambios climáticos. El tempo vital se hizo más lento, comoera inevitable, y nadie se decidía a combatir el avance de las junglas. No sólose aceleró el crecimiento detodas las formas vegetales. Los niveles más altosde radiactividad aumentaron también provocando mutaciones. Pronto aparecieronlas primeras variedades botánicas anormales, parecidas a los helechos gigantesdel período carbonífero, y las formas inferiores de vida se desarrollaronrápidamente.Un nuevo e importante cataclismo geológico oscureció estas apariciones. Elcalentamiento continuo de la atmósfera había empezado a fundir los casquetespolares. Los mares helados de las llanuras antárticas se quebraron ydisolvieron. Decenas de millares de témpanos del círculo ártico, Groenlandia yel norte de Europa, la Unión Soviética y América se derramaron en el mar, y millonesde metros cúbicos de nieves eternas se licuaron en ríos gigantescos.En realidad, el nivel del agua en todo el mundo sólo hubiera subido unospocos pies, pero los vastos torrentes arrastraron millones de toneladas desedimentos. Los deltas se alzaron en las desembocaduras como diques,extendiendo las costas de los continentes. Los mares que habían cubierto dostercios de la superficie total del globo, ocupaban ahora sólo la mitad.Los nuevos mares empujaron hacia las costas el cieno sumergido y modificaronla forma y los contornos de los continentes. El Mediterráneo se transformó enun sistema lacustre, y las Islas Británicas se unieron otra vez a Francia. Lasllanuras centrales de los Estados Unidos, cubiertas por las aguas que traía elMississipi de las montañas Rocosas, se convirtieron en un golfo enorme que seabría en la bahía de Hudson, y en el Caribe asomaron unas salinas barrosas. EnEuropa el agua se acumuló en lagos, y el barro arrastrado hacia el sur inundólas ciudades de las llanuras.Durante los treinta años siguientes las poblaciones continuaron emigrandohacia el polo. Unas pocas ciudades fortificadas desafiaron el nivel crecientede las aguas y la invasión de los bosques, pero las murallas cedieron una trasotra. La vida sólo era tolerable en las zonas vecinas a los polos, donde laincidencia oblicua de los rayos del sol debilitaba el poder de las radiaciones.Las ciudades que se alzaban en las regiones montañosas cercanas al ecuador, ydonde la temperatura no era tan elevada, habían sido abandonadas también, puesla atmósfera apenas absorbía allí los rayos solares.El problema del emplazamiento de las poblaciones migratorias encontró susolución en este último factor. La fertilidad cada vez menor de los mamíferos,y la ascendencia creciente de los anfibios y reptiles, mejor adaptados a lavida en las lagunas y pantanos, invirtieron el equilibrio ecológico. En laépoca del nacimiento de Kerans en el campamento Byrd —una ciudad de diez milhabitantes del norte de Groenlandia— se estimaba que en los casquetes polaresno vivían más de cinco millones de hombres.El nacimiento de un niño era en ese entonces casiuna curiosidad, y sólo un matrimonio de cada diez tenía descendencia. ComoKerans se decía a veces, elárbol genealógico de la humanidad se podabasistemáticamente a sí mismo, acaso retrocediendo en el tiempo, y era posibleque un día un segundo Adán y una segunda Eva se encontraran otra vez solos, enun nuevo Edén.James G Ballard.El Mundo Sumergido.

Ondas

Ella llegaba hasta él a través de las ondas televisivas que, expelidas por los satélites artificiales de comunicación, atravesaban el vasto espacio vacío que mediaba entre ambos mundos.
Él llegaba hasta ella haciendo uso de  de las emanaciones del sueño, que su mente superior era capaz de enviar allende las unidades astronómicas de soledad que los separaban.
Ella calcó su deseo en una imagen holográfica que envió hacia él con los brazoa abiertos.
Él proyectó su anhelo en un haz de luz que fue a su encuentro.
Ambos se encontraron a medio camino, en la playa desierta de una nube de polvo estelar.

Al entrar en el espacio mágnetico de la nube de polvo, una nave comercial tuvo interferencias en sus comunicaciones. Al enfocar las frecuencias  televisivas, los monitores mostraron la elusiva imagen del polvo estelar trazado en espirales que, por fugaces instantes, semejaban las siluetas de dos cuerpos entrelazados. Y al filtrar las ondas de radio, pudieron percibir loque algunos, sobre todo entre los más jóvenes, creyeron reconocer como el chasquido de un beso y el murmullo de placer escapado d eunos labios entreabiertos...

 

Bufón.
30-10-09/11-07-10

Exódo

Cuando por fin el exòdo fue posible, los hombres escaparon de la Tierra sin mirar atràs, una estampida de millones de seres humanos abandonando el planeta que los habìa visto nacer y crecer como especie.
¿Por què? ¿Què los impelìa a preferir la frìa soledad del espacio exterior? ¿Una nueva utopìa capaz de hacer latir de nuevo sus corazones; acaso una guerra estemecedora o un virus tan radical que cambiarìa la vida en el planeta?...
Tal vez. O quizàs sòlo se tratò de hastìo, de que los seres humanos estaban cansados de su pròjimo que los fastidiaba, de su semejante que los agobiaba, del otro al que simplemente se negaban a comprender...

Bufón.

Un aroma de flores lascivas

Un aroma de flores lascivas


 «¡El límite de la curva espacio-tiempo!», fueron las últimas palabras que el padre Ulises Lem le oyó vociferar al comandante Rowulf por el sistema de altoparlantes de la astronave Lorelei II. Después, el estridente aullido de la sirena de alarma, con sus toques entrecortados, histéricos, y una feroz deflagración que envolvió el compacto recinto de la capilla, donde Lem se había refugiado un rato antes para entregarse, tan sólo como de costumbre, a sus rutinarios ejercicios espirituales.
La sirena enmudeció, las luces se apagaron tras un fugaz parpadeo, y en medio del silencio y las tinieblas le capturó un torbellino por cuya rauda espiral se precipitó hacia el abismo inconmensurable. Todo fue tan inesperado, tan vertiginoso, que ni siquiera atinó a articular una plegaria por su alma y por las de sus compañeros de expedición.

Lo primero que vio cuando abrió los ojos fue la bóveda poblada de resplandores granates. Éstos parecían proceder de dos discos gemelos, descomunales, casi tangentes entre sí y muy próximos al cénit: dos satélites rodeados de constelaciones y nebulosas mortecinas que no figuraban en ninguna de las cartas celestes cuyos componentes había memorizado Lem. Pero el portento mayor no eran esas lunas en cuya factura parecía adivinarse la intervención de una técnica sobrehumana, ni ese cielo irreconocible. El milagro que le hizo pensar instintivamente en los designios inescrutables de la misericordia divina fue su propia supervivencia. Despojado de la escafandra y del traje protector, respiraba normalmente en un medio extraño. Apenas salido de una catástrofe cuya clave aún ignoraba, se reencontraba gradualmente con sus sensaciones corporales, sin experimentar dolores ni contratiempos.
Primero se sentó, cautelosamente, ensayando los reflejos musculares, flexionando una a una las articulaciones como le habían enseñado a hacerlo en el centro de adiestramiento. Luego se levantó, explorando las posibilidades de una gravitación que no le deparó ninguna sorpresa. Finalmente, dio media vuelta para estudiar su entorno.
Fue entonces cuando vio, a pocas decenas de metros, los restos de la nave. Construida con aleaciones que podían resistir las temperaturas de los magmas solares y de los gases incandescentes, había quedado reducida, sin embargo, a un montón de chatarra calcinada.
La angustia y la desolación de los vacíos siderales estrujaron las entrañas del padre Lem. Su dicha había sido efímera. Ahora debía asimilar la idea de que sus camaradas habían muerto y de que él estaba varado en un vericueto remoto de las trayectorias galácticas. «¡El límite de la curva espacio-tiempo!», había exclamado, antes de la hecatombe, el comandante Rowulf. Esta frase críptica explicaba, tai vez por qué él, Ulises Lem, debía su salvación y su condena a un único e inexplicable capricho de la Providencia, que no había perdonado a los demás.
El padre Lem recordó la obligación que le imponían sus votos. Era el capellán de la Lorelei II, un capellán que había encontrado muy poco eco en su rebaño, pero capellán al fin, y debía rezar un responso por el resto de la tripulación. Se encaminó hacia la espectral mole inerte, sobre la cual el fulgor granate parecía haber generado una fosforescencia ubicua.
Además, este fenómeno óptico se comunicaba al cuerpo del padre Lem. El sacerdote era alto, flaco, nervudo. Su rostro demacrado, de pómulos prominentes y ojos ligeramente saltones, estaba enmarcado por una cabellera blanca, larga pero rala, que contribuía a avejentarle a pesar de que sólo tenía cincuenta años. Con el jersey y los pantalones uniformemente negros, típicos de las unidades expedicionarias espaciales, parecía un personaje apocalíptico, un profeta flamígero pronto a descargar su ira sobre territorios que jamás había hollado la planta del hombre.
Algo le detuvo, súbitamente. Algo sutil, que al principio no pudo identificar, y que diluyó el mandato del deber litúrgico. Se quedó inmóvil, como si necesitara discernir las coordenadas de esa comarca antes de seguir adelante. Alzó la cabeza y sus fosas nasales se dilataron. Su actitud era la de un animal que ventea territorios desconocidos, y sus ojos se apartaron de los restos de la nave para otear el paisaje.
La luminosidad cromática de las lunas bastaba para mostrar una extensa llanura cubierta por una alfombra de hierba como las que en ese momento aplastaba bajo sus pies. Y en lontananza se adivinaba una hilera de formas achaparradas que abarcaban todo el perímetro del horizonte. Pero no eran estas formas las que le habían distraído, haciéndole olvidar, ya totalmente, su responsabilidad eclesiástica.
La causa de su enajenación era el aroma.
Ulises Lem inhalaba profundamente, empeñado en individualizar un matiz que avivara en su memoria recuerdos adormecidos. Una evocación esquiva le cosquilleaba las neuronas, excitándolas, movilizándolas, y luego se replegaba, casi como si ensayara un juego perverso y provocativo, para dejarle aún más ansioso. El perfume estaba asociado, él lo intuía, lo sabía, mejor dicho, con un episodio furtivo, infinitamente obsceno, que había conseguido sepultar en su inconsciente, al cabo de muchos afanes, y que de pronto pugnaba por aflorar, aprovechando quizás el relajamiento de sus defensas interiores en esa circunstancia crítica.
Simultáneamente, ya fuera porque el aroma había activado ciertos mecanismos secretos de su imaginación, o porque la atmósfera se estaba modificando, le envolvió un vaho cálido, bochornoso, que pesó sobre él como una manta. Con una reacción automática se despojó del jersey, a tirones, porque el sudor ya lo había adherido a su piel. Las lunas dieron una pincelada de color a su torso esquelético, curiosamente desprovisto de vello, y así disimularon su blancura enfermiza. Luego, siempre sin pensarlo, y agobiado por la temperatura tórrida, se quitó las botas de media caña, seguidas por los calcetines, los pantalones y el slip.
Al verse desnudo, en medio de la llanura solitaria, Ulises Lem se sobresaltó. Le acometió la vergüenza, estimulada por la fugaz revitalización de las represiones que llevaba profundamente implantadas. Para colmo, observó un cambio en su cuerpo, una alteración que no se producía desde hacía muchas décadas. En verdad, desde que él había conseguido sojuzgar sus impulsos bestiales mediante sistemáticas mortificaciones y disciplinas. Entre sus muslos, allí donde crecía, aislada, una espesa mata de pelo incongruentemente negro y ensortijado, empezaba a salir de su prolongado reposo una oruga de carne. Ya no estaba fláccida, replegada, como de costumbre, sino que se agitaba recorrida por comezones hormigueantes, desperezándose, buscando la horizontal.
La imagen surgió entonces, patente, en su cerebro. La evocación esquiva derribó todas las barreras, las compuertas, e irrumpió con brutal crudeza. Ulises Lem sintió que se le aflojaban las piernas y cayó de rodillas sobre la alfombra de hierba, cubriéndose el rostro con las manos. Tenía las mejillas mojadas. Por la transpiración y el llanto.
En aquella ocasión también había estado de rodillas. Tenía trece, catorce años. Quién sabe cuántos. Era una tarde de verano. Sí, también cálida, bochornosa. El sol entraba por el ancho ventanal del aposento, bañaba el lecho que en su recuerdo adquiría dimensiones colosales, y llegaba hasta donde estaba hincado él, frente al cajón abierto de la cómoda.
¿Dónde había sucedido aquello? En una finca de campo, durante las vacaciones. Pero con más precisión, ¿dónde? ¿Quién era el ocupante de esa habitación? Una mujer, sí, esa era la alcoba de una mujer. Nuevamente, ¿quién? ¿Una tía? ¿Una parienta lejana? ¿Tal vez una criada? ¿Una amiga de su madre? ¿O acaso era posible que...? Sobre ese tramo se corría un velo impenetrable, del que se apartó con horror, sin atreverse a atisbar siquiera lo que se ocultaba atrás.
Pero el resto de la imagen conservaba su nitidez. Él, postrado frente al cajón abierto de la cómoda. Sus manos hurgaban dentro. Prendas íntimas, quiméricas, cuya suavidad le exasperaba. Las frotaba entre los dedos, oyéndolas crujir y sisear seductoramente. Un fru-fru de seda, de nylon, de raso. Costuras y elásticos que habían marcado su trayectoria sobre formas prohibidas. Hebillas de metal y cierres de caucho que apresaban y estiraban y ceñían. Tules que enfundaban carnes opulentas, agresivas.
Extrajo, tímidamente, una de esas prendas. Se volvió a medias para desplegarla frente al sol, para mirarla al trasluz. Negra, transparente, tenía la consistencia de una telaraña. Pensó en los secretos que seguramente dejaba entrever, pérfidamente, cuando ocupaba el lugar que le correspondía. Sus dedos se deslizaron hacia el punto donde confluían todos sus deseos, hacia el centro de las voluptuosidades innombrables. Manoseó la prenda, la acarició, la palpó. La acercó a su rostro.
El aroma. Ese fue su primer encuentro con el aroma. Lo aspiró vehementemente, como si quisiera incorporarlo a su organismo, mezclado con el oxígeno del aire. Como si quisiera convertirlo en el ingrediente esencial de sus procesos químicos vitales, hasta amalgamarse con él a lo largo de sucesivas y escalonadas mutaciones de sus tejidos. El aroma. Exóticos bálsamos de almizcle, empalagosas maceraciones de flores lascivas. Obedeciendo a un instinto atávico, exhaló luego sobre la tela nuevamente estirada una bocanada de aliento tibio, para extraerle mejor sus efluvios.
La embriaguez, el delirio, se agudizaron. Se llevó la prenda a la boca, la rozó con los labios, la lamió, primero con cautela, después con más exaltación, confundiendo aroma y sabor, dejando un reguero de saliva sobre el lustroso nylon negro, hasta que, finalmente, presa de un ataque paroxístico, la sorbió, la mascó, la desgarró con los dientes, apretándola con la lengua contra su paladar para exprimir sobre sus papilas gustativas hasta la última partícula de substancia orgánica.
Una de sus manos soltó, independientemente de su voluntad, la apelmazada y ya empapada bola de nylon, y desabrochó febrilmente los botones de su pantalón. Los dedos se introdujeron por la abertura, extrajeron el cilindro de carne que latía, endurecido, se cerraron sobre él e iniciaron un precipitado vaivén...
Se abrió la puerta de la alcoba.
Ulises Lem, niño, adolescente, se paralizó. El mundo quedó en suspenso alrededor de él. Lo único que parecía no haberse detenido era el torrente de su sangre, que se agolpaba en el bajo vientre, congestionándolo, palpitando convulsivamente.
Ella entró y cerró la puerta a sus espaldas.
Era prodigiosamente bella aunque, cosa extraña, su rostro era otro de los pocos elementos que se habían difuminado irrecuperablemente. Sólo vislumbraba, como entre brumas, una rizada melena cobriza; los ojos verdes, ligeramente rasgados, felinos; la boca de labios gruesos, que siempre delineaba y hacía resaltar con una espesa capa de carmín. Pero su cuerpo sí lo veía, aún, como si lo tuviera delante. Los pechos altos, majestuosos, exageradamente constreñidos por la tela del vestido rojo que llevaba puesto aquel día, prolongaban su surco intermedio más arriba del escote. Los brazos muy blancos, mórbidos, se mostraban hasta los hombros, con un nido de vello oscuro que asomaba bajo la axila. La cintura estrecha, pero no demasiado, y las fuertes caderas, eran el preludio de unas nalgas rotundas, por detrás, y de unos muslos sólidos, bien torneados, por delante. La falda muy ajustada dejaba adivinar los turbadores relieves de aquellas mismas prendas que él acababa de sobar y devorar, y terminaba justo sobre los hoyuelos de las rodillas, desde donde las medias negras, primorosamente finas, despedían irritantes destellos cada vez que captaban un rayo de luz. Los altos tacones de las sandalias doradas marcaban con premeditada malicia la esbeltez de las corvas y las pantorrillas, la delgadez del tobillo, el declive del empeine, y entre las tiras del calzado asomaban, por delante, los dedos cubiertos por el refuerzo más oscuro y grueso de la media, a través del cual se translucía el esmalte escarlata de las uñas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la voz que su memoria cargaba de inflexiones roncas, nasales—. ¿Qué haces, gandul?
Avanzó lentamente hacia él, que continuaba arrodillado, mudo, con la bola de tela en una mano, y la otra cerrada sobre la carne, ocultándola a medias con un improvisado recato que era, si cabe, más escabroso que su desenfreno anterior. El perfume que flotaba adherido a su piel y el sabor que se le revolvía en la boca, saturándole las fauces, aumentaban su ofuscación.
—¿Dónde has aprendido esas guarradas, sinvergüenza? —insistió la mujer, deteniéndose frente a él, en el angosto espacio que separaba la cómoda del lecho.
Al brillar entre las hebras exteriores de su cabellera cobriza, el sol formaba una aureola refulgente. En esa posición, tan próxima, con las piernas rígidas y ligeramente separadas, producía un efecto titilante que se comunicaba, por canales desconocidos, hasta aquello que se había transformado, imprevistamente, en la aguja imantada de sus deseos. Y el polo magnético hacia el que apuntaba la precaria brújula era precisamente aquel de donde había emanado el aroma que él terminaba de aspirar, de fagocitar. El aroma que, paradójicamente, era más penetrante, más recargado, a medida que se evaporaba de su piel. Como si nuevos efluvios, esta vez despedidos por la fuente, vinieran a reforzarlo.
—Levántate —ordenó ella, con tono inapelable.
Peor aún. Al ponerse en pie, descubrió que sus ojos quedaban a la altura de los pechos, en cuyos vértices la tela del vestido ostentaba una leve protuberancia que antes no había estado allí, un mamelón que se hinchaba, rebelde. La metamorfosis le hipnotizó y alzó las dos manos, trémulas, soltando lo que sostenía en la una y en la otra. Ni siquiera pensó en lo que así dejaba al descubierto.
Reverberó una sonora bofetada, que le devolvió a la realidad. Y otra. Y otra. Su cabeza bamboleaba flojamente sobre el cuello y las lágrimas brotaron tan insensiblemente que sólo se dio cuenta de que lloraba cuando un dejo salobre se mezcló con el que tenía en la boca, diluyéndolo, envileciéndolo, despojándolo de su maravillosa peculiaridad.
Se cubrió el rostro con las manos, presagiando el acto que habría de ejecutar a la hora de la catarsis, y se dejó arrebatar por la fuerza incontenible de los sollozos. Mientras tanto, ella le había cogido por los hombros y le zamarreaba violentamente.
—¡Vicioso! Nunca lo habría imaginado de ti. ¿Es que no te das cuenta de que lo que te has llevado a la boca está siempre en contacto con las partes más sucias de mi cuerpo? ¿Qué haré ahora contigo? ¿Cómo podré escarmentarte?
Hubo una pausa. Él no se movió, pero se dio cuenta de que su carne culpable se mantenía tiesa, quizá más dura que antes, como si la referencia que ella había hecho a las partes sucias de su cuerpo hubiera repercutido directamente sobre un trauma secreto, ingobernable, que le empujaba a perpetrar con renovada furia esas insidiosas profanaciones.
—¿Lloras aún? —preguntó ella—. ¿Acaso te he hecho daño? No fue esa... no fue esa mi intención...
Cuando menos lo esperaba, el tono cambió. La voz era la misma, ronca, nasal, pero ahora se había dulcificado, le consolaba.
—Oh, pobrecillo. No te pongas así, cariño. Ya pasó. Ya pasó. Verás como todo se arregla. Seré muy buena contigo. Fue la sorpresa la que me hizo perder la cabeza, ¿sabes? Claro, he sido una tonta. Debería haberlo previsto. Ya no eres un niño. Y yo con esta ropa tan provocativa. ¿Pero qué es lo que te atrae en mí? Vamos, dilo. Si soy una pobre vieja. Y sin embargo no hay duda, no hay duda... Esto lo demuestra...
Los dedos. Él seguía cubriéndose el rostro con las manos, pero otros dedos, que no eran los suyos, se habían apoderado de su ser y lo masajeaban, lo frotaban. Iban y venían rítmicamente, dándole apretones sabios en el momento oportuno. Y después... Después...
Apartó las manos para poder ver. Sí, esta vez era ella quien se había arrodillado y le manipulaba delicadamente, susurrándole incoherencias.
—Pobrecillo, mi niño, cómo le he hecho sufrir. Pero todo pasará. Oh, qué gallardo es, y qué arrogante, qué bonito... Un hombrecillo... todo un hombrecillo... Así, así quedará conforme. ¿Ves... ves...?
La voz se trocó en sonidos ahogados, guturales. Chasquidos babosos restallantes. Una gruta pulposa, libadora, poblada de tibiezas, que absorbía sin tregua. El vio, sí, vio, alelado, absorto, un rastro de carmín pastoso sobre la epidermis irritada. Dentro de la caverna, un órgano dotado de vida propia se encarnizaba con él, sometiéndole a una flagelación epiléptica.
Jamás había sospechado que semejante aberración pudiera materializarse, y la sola idea de que estaba practicando un rito abominablemente salaz, licencioso, un rito que condensaba sus obsesiones más aviesas, le ayudó a vencer sus últimas reticencias. Cogió con ambas manos los bucles sedosos, para dirigir las alternativas de esa ceremonia servil, graduándola a su antojo, hasta que con una amalgama de horror y placer se abandonó a una sucesión de pulsaciones espasmódicas que le vaciaron de toda su savia. A pesar de lo cual ella se empecinó en su faena voraz, que sólo concluyó, de mala gana, cuando él lanzó un gemido de dolor. Las terminaciones de sus nervios parecían haber quedado laceradas por el incansable hostigamiento. A continuación, un vahído le hizo vacilar sobre las piernas, y después de dar un paso tambaleante se dejó caer sobre el lecho.
Sin embargo, la sesión no terminó allí. En realidad, sólo había comenzado. Aún jadeante, con los párpados entrecerrados, vio cómo ella se despojaba lentamente del vestido, desabrochando los botones delanteros uno por uno, hasta aparecer sin más ropas que aquellas cuyo perfume le había arrastrado a esa progresiva degradación. Luego, también las prendas minúsculas, que revelaban más de lo que ocultaban, cayeron al suelo. Sólo conservó, ceñida a las caderas, una franja de encajes y volados rojos y negros de la que nacían dos tiras elásticas a ambos costados, para sujetar las medias, cuyo puño renegrido comprimía el muslo y lo ondulaba, por arriba, en una orla de piel marmórea. El ignoraba cómo se llamaba esa prenda, pero sí sabía que en otras incursiones por el cajón de la cómoda le había encandilado con la promesa de inefables deleites. El hecho de que la conservara, junto con las medias y las sandalias doradas, inyectó en la escena un nuevo elemento de complacencia morbosa.
La mujer trepó sobre el lecho, y sus piernas, apoyadas a ambos lados del cuerpo de él, formaron un arco, un túnel, que se fue deslizando implacablemente hacia arriba, hasta cernirse encima del rostro de Ulises Lem. Desde esa perspectiva, seguía viendo las facciones de ella, vueltas hacia abajo, crispadas en un rictus lúbrico. Seguía viendo los labios que habían perdido su capa de carmín pero que ahora estaban recubiertos por una película brillante que la lengua ágil recorría con viciosa gula. Seguía viendo los pechos pesados, exuberantes, parcialmente ocultos por las manos de la mujer, que los sometía a una impúdica caricia egocéntrica. Pero lo que vio, sobre todo, fue una flor lasciva que le mostraba su corola entreabierta, sus pétalos tumescentes y rezumantes enclavados en el centro del monte hirsuto, su pistilo apenas disimulado por la capucha distendida, su cavidad de rojas paredes aterciopeladas. Allí residía la mayor promesa, la insinuación de deslizamientos lánguidos, abrigados por la extasiante opresión de membranas untuosas.
Le envolvió el aroma. Puro, sin la intromisión ni la distracción de los elementos intermedios. El aroma de esa flor lasciva, fuerte, penetrante, corrosivo.
—¿Esto era lo que buscabas, verdad? —preguntó la voz desde arriba—. Pues ya lo tienes, viciosillo. Aprovecha, aprovecha porque no sabes si se te presentará otra oportunidad. Vamos, hártate. Ya... ya... ya...
La cabalgata lúbrica que se desarrolló a continuación le empujó hacia las fronteras de un trance cataléptico. La voz siguió resonando en la habitación, pero ahora con inflexiones demenciales, excitándole, espoleándole, desafiándole a hundirse cada vez más en la abyección. Ululaba una delirante letanía de interjecciones soeces, de palabras sicalípticas que hasta entonces él sólo había escuchado en las conversaciones prostibularias de sus compañeros de escuela, cuando no las había visto escritas en las paredes de las letrinas. Algunas le resultaron totalmente nuevas, y éstas fueron, precisamente por su acepción ambigua, las más estimulantes, las que más le subyugaron, las que más ánimos le dieron para hacer lo que se esperaba de él.
Por último, incluso le resultó difícil oírla, porque los muslos le apretaban las sienes con un vigor incontrolado, maltratándole, mientras la corola abierta acentuaba el ritmo frenético de la frotación, hasta contaminarle no sólo la boca, la nariz y los ojos, sino todo el rostro y el cabello con la concentrada viscosidad de las mucosas desbordantes.
La apoteosis, rugiente, tempestuosa, marcada por una retahíla de blasfemias inconexas, de desvaríos obscenos, de gemidos y suspiros orgásmicos, se produjo cuando él ya estaba casi asfixiado y desvanecido. Aun así, se dio cuenta de que, después de reposar un momento sobre el lecho, para recuperarse, ella repetía, sobre su ariete nuevamente tenso, el rito con que había iniciado la metódica corrupción.
AI día siguiente, a primera hora, Ulises Lem ya había hecho su maleta. Fue a la estación de ferrocarril, solo, sin despertar a nadie, y regresó a la ciudad. Allí ingresó en un colegio religioso, de donde habría de pasar al seminario, con una beca por sus sobresalientes calificaciones, y una vez ordenado sacerdote eligió la carrera de capellán de los cuerpos expedicionarios espaciales. Era como si quisiera alejarse lo más posible de la escena de su caída.
Nunca volvió a ver a la mujer.
Hubo una época, por supuesto, al principio, en que efímeras visiones de tegumentos chorreantes y de crestas pulposas y de acoplamientos grotescos poblaron de angustia sus noches. Pero la voluntad, ayudada por el severo rigor del ayuno y los cilicios, triunfó sobre esas flaquezas corporales.
Ulises Lem descubrió, con espanto, que ahora toda esa inexpugnable muralla de ascetismo y templanza que había levantado, trabajosamente, alrededor de sus instintos, se derrumbaba irremisiblemente. El más claro testimonio de ello era el vástago erguido y chocante que se empinaba entre sus piernas, con una rigidez que no había ostentado jamás, ni siquiera en aquella jornada de depravación. Vibraba, sintonizando una confusa estática de llamadas malignas, sigilosas. Aún no había localizado la fuente de la emisión, pero su antena enhiesta auscultaba el éter con sensibilidad autónoma.
El aroma, el aroma de la flor lasciva, le envolvía como si aún impregnara su rostro, como si hubiera quedado latente en sus poros desde el día aquel, para revitalizarse cuando él menos lo esperaba. Pero no era de su piel de donde nacía, sino que saturaba el aire y llegaba en ráfagas sofocantes desde el horizonte lejano, donde el reflejo de las lunas granates delineaba el vago perfil de indescifrables masas acechantes.
Ulises Lem se puso en pie y marchó por el prado, obedeciendo a la sibilina instigación. Unos zarcillos invisibles se habían infiltrado en las anfractuosidades de su cerebro, donde transmitían órdenes cifradas y activaban circuitos largamente descuidados, centros generadores de espejismos concupiscentes, estratos recónditos donde se agazapaban sus anhelos más inconfesables. Su organismo se había transformado en un ovillo de receptores hipertrofiados sobre los que confluían las llamadas de la genitalidad, y él era un autómata gobernado por ondas que oscilaban en una frecuencia subliminal.
Obnubilado por su idea fija, ni siquiera hizo caso de los fuselajes corroídos de otras naves espaciales que jalonaban la llanura, lúgubres cenotafios cuya proliferación delataba, probablemente, la existencia de un plan hermético de ordenamiento cósmico.
A medida que se acercaba al perímetro de siluetas combadas, notó, eso sí, que las briznas de hierba alcanzaban mayor altura. Ya le rozaban las corvas desnudas, pero después de una primera reacción de recelo se despreocupó, porque tenían una consistencia tersa, sedosa, y en verdad producían un masajeo sensual semejante al que, según les había oído narrar a los tripulantes de la Lorelei II, administraban algunas hetairas especializadas en las metrópolis más envilecidas del universo. Y en varios trechos, como si las mutaciones de la flora hubiesen respondido a las excentricidades de una mente tortuosa, algunas de las hierbas, más altas que las otras, ostentaban apéndices que se prolongaban hasta el bajo vientre. Dichos apéndices estaban coronados, además, por ramilletes de pequeñas ventosas que se adherían brevemente a la piel, en los puntos más susceptibles, en razón de lo cual desencadenaban inquietantes pruritos.
Un soplo particularmente intenso del aroma le anunció a Ulises Lem que ya estaba próximo a su meta. Sus ojos, habituados al fulgor granate de las lunas, desentrañaron las formas que se alzaban frente a él, y le recorrió un estremecimiento. A primera vista parecían flores gigantescas, del tamaño de un hombre, o de una mujer, con corolas lobuladas, muy suculentas, glutinosas, recorridas por nervaduras laberínticas. De su interior asomaban estambres y pistilos erizados de gruesas cilias vibrátiles, y por debajo se implantaban directamente en el suelo, sin la intervención de un pedúnculo. Pero lo más prodigioso era el movimiento del que estaban dotadas. Un parsimonioso balanceo pendular, complementado por lánguidas fluctuaciones intrínsecas que reptaban sobre la superficie de los pétalos. Grandes goterones de una exudación oleosa colgaban de los pistilos, y de vez en cuando una convulsión más intensa de la planta los hacía caer entre la hierba circundante, donde reventaban y diseminaban sus esencias concentradas.
De allí emanaba el aroma.
Por primera vez, Ulises Lem pensó en la posibilidad de huir. Recordó la ejemplar entereza de aquel otro Ulises que había sabido eludir la emboscada de las sirenas. Recordó también a san Antonio, trabado en desigual batalla con legiones de súcubos. Sin embargo, para él ya era demasiado tarde. La jungla lujuriante que se extendía hasta los confines de ese mundo le había capturado con sus señuelos venéreos. Esas plantas eran el espejo donde se reflejaba la imagen contrahecha de su ignominia pasada. Marchaba al encuentro de su expiación por un sendero regresivo que le devolvía a la matriz de su precoz iniquidad.
Porque él sabía qué plantas eran esas. Un expedicionario desequilibrado por el terror, con su personalidad definitivamente alterada por apetitos nefastos, había intentado describir las flores que crecían en un repliegue interdicto del universo. Un repliegue en el que había caído por azar, según creía él, y del que había escapado a tiempo en su nave maltrecha. Claro que la crónica de ese único sobreviviente no era fidedigna, precisamente por la ofuscación del autor. De ella estaba ausente la objetividad científica, sustituida por hipótesis descabelladas, por fabulaciones calenturientas, por sugerencias insidiosas.
Ulises Lem había visto los dibujos sobrecogedores que ilustraban la narración, completados con una nomenclatura expresamente inventada para designar los órganos singulares de esos ominosos engendros. Vocablos absurdos, que no estaban asociados a ninguna rama conocida de la botánica, y que sin embargo habían despertado en él turbadores presentimientos. Ahora esos órganos, apenas entrevistos en las láminas premeditadamente borrosas, se erguían y se hinchaban delante de él, con un despliegue intoxicante de epitelios pegajosos.
Antes de dar el paso decisivo que le llevaría al encuentro de las flores, Ulises Lem intentó musitar un rezo, exorcizar con su arma de rutina a las sirenas mimetizadas. Cerró un momento los ojos, contuvo la respiración, se acorazó contra visiones y aromas. Pero eso fue no sólo inútil sino también contraproducente. En la pantalla interior de sus párpados apareció, como estereotipada, la otra flor, la que había estado rampante sobre su rostro en una afiebrada tarde de verano. Y el aroma también se yuxtapuso a la fantasmagoría, con una cualidad casi óptica, en virtud de la cual le resultaba difícil discriminar sus sensaciones. Sólo una sobresalía con mortificante agudeza. Era la que provenía del bajo vientre, de un instrumento enardecido que no acataba más imperativos categóricos que los de su apremiante necesidad de desahogo.
Entonces, ya sin preocuparse por las consecuencias, Ulises Lem corrió hacia la flor más próxima. La abarcó con sus brazos, y las yemas de sus dedos se hundieron en la superficie mullida, resbalando sobre los néctares coagulados, atascándose en blancos opérculos, deslizándose hasta el seno mucilaginoso de concavidades y alvéolos. Su cetro se alojó sin dificultad en una hendidura que parecía expresamente destinada a esa intromisión anómala, y allí quedó cautivo de un protoplasma tibio, compacto y contráctil, animado por débiles pulsaciones envolventes.
Los nombres que antaño le habían parecido caprichosos y ridículos adquirieron de pronto un significado preciso, justo, coherente con una fisiología cuyos arcanos se desvelaban en el transcurso de la empedernida hibridación. En semejante trance era imposible ignorar el deleite de los pliscinios prensiles o la cimbreante actividad de las lérulas. Los dulimares le hostigaban, le azotaban, se colaban por intersticios umbríos, violaban espacios vedados. Las manos de Ulises Lem se crispaban brutalmente sobre las sifias eréctiles, magreándolas, retorciéndolas, atormentándolas, hasta obligarlas a eyacular nubes de mestén iridiscente. Su rostro se hundía entre los claumas, chupando y mordiendo la pulpa elástica, sorbiendo sus zumos almibarados. Pero el núcleo infalible de su potencia estaba sepultado en la médula del ginofio, donde el protoplasma había arreciado sus latidos hasta tejer alrededor de la carne sobreexcitada una filigrana de sensaciones alucinantes que se fundieron en un ramalazo ciclópeo, en una descarga entrecortada de simiente.
Cuando Ulises Lem se desprendió de la planta, exhausto, saciado, tuvo un acceso de remordimiento y pensó en huir. Sin embargo, su resolución duró poco. Asombrosamente, la feroz expulsión de sus humores no sólo no le había desentumecido, sino que, por el contrario, la rigidez había llegado a un nuevo apogeo.
Mecánicamente, tomó por asalto el ginofio de otra flor, y aunque esta vez sus acrobacias resultaron más trabajosas y prolongadas, al espasmo final tampoco le siguió la previsible distensión. Presa de un frenesí rabioso, Ulises Lem se encarnizó, a partir de ese instante, con una flor tras otra. La luz granate de las lunas gemelas le mostró contorsionándose entre los pliscinios, columpiándose sobre las lérulas, sometiéndose a la intromisión de los dulimares, maltratando las sifias, bañándose en el mestén, revolcándose entre los claumas. Y, sobre todo, derramándose, una y otra vez, en los ginofios.
Hasta que la fibrilación del músculo cardíaco le abatió en medio de un paroxismo de placer.
Las lunas se ocultaron detrás del horizonte y fueron sustituidas por un sol cintilante, cuyos rayos se proyectaban desde una bóveda violácea. El ciclo se repitió muchas veces, y el cadáver de Ulises Lem, al principio intacto, con el obelisco de carne incorruptible apuntando al cielo, se cubrió poco a poco de bubones y excrecencias. Que luego se abrieron y dejaron asomar los retoños del mestén instilado en la materia orgánica fecundante y nutricia. El cuerpo sólo desapareció cuando los capullos terminaron de eclosionar. La floración siguió su curso.

Eduardo Goligorsky

Eduardo Goligorsky nació en Buenos Aires el 30 de marzo de 1931. Actualmente reside en España, donde alterna su profesión de traductor con la de asesor literario y periodista. Autor prolífico, se inició literariamente en Argentina como introductor de los mejores escritores americanos de la «serie negra» en castellano, al tiempo que escribía gran número de novelas policíacas —la primera de ellas Lloro a mis muertos, a la que siguió una veintena más— con el seudónimo de James Alistair, con el que firmó también su libro de relatos fantásticos Pesadillas.
Ya en el campo de la ciencia ficción, en 1966 escribió en colaboración con el poeta Alberto Vanasco el libro de relatos Memorias del futuro, al que siguió en 1967 Adiós al mañana. Bajo su impulso se editó también en 1969 la antología Los argentinos en la luna, y en 1969 publicó su obra crítica Ciencia ficción, realidad y psicoanálisis, escrita en colaboración con Marie Langer, también presente en esta antología. En 1977 aparecía, ya en España, su obra A la sombra de los bárbaros, que recogía lo mejor de su obra corta de ciencia ficción.


Lo mejor de la ciencia ficción latinoamericana
Bernard Goorden, Alfred E. van Vogt
(recopiladores)
Ediciones Martínez Roca, S. A., 1982

La Oscuridad


Wladas aceptó la realidad del fenómeno más tarde que los demás. Era soltero, distraído y muy práctico. Tan sólo al segundo día, cuando todos comentaban que la oscuridad diurna crecía cada vez más y que las luces eran más débiles, admitió que sí. Una vieja hablaba a gritos de que el mundo iba a acabarse. Se formaban tertulias para discutir el fenómeno, y se daban innumerables explicaciones metafísicas, mezcladas con los comentarios científicos de los periódicos. Él se fue a trabajar, normalmente. El propio jefe, siempre invisible, estaba en una ventanilla, hablando con un amigo. La mayor parte de los funcionarios no estaban. La enorme sala llena de mesas se veía casi despoblada, definiendo el grado de importancia del acontecimiento. Recordó la revolución, en su juventud.
Algo que irrumpe, haciéndonos rebelar y arrastrándonos hacia un destino que no escogemos. Pero una revolución es algo distinto. Tiros, bombardeos, muertes. Ahora era un fenómeno extraño, ciertamente, pero que no alcanzaba la categoría de calamidad pública. Los que se ocupan del tiempo fueron los primeros en observarlo. La luz del sol parecía más opaca, las casas y objetos estaban orlados por una creciente penumbra. Al principio creyeron que era una ilusión óptica, pero de noche la propia luz eléctrica era también mas débil. Las mujeres observaron que los líquidos no llegaban a hervir y que los alimentos permanecían duros. Wladas se aproximó al jefe. Estaba citando opiniones competentes, oídas en la radio. Eran vagas y contradictorias. Las personas nerviosas hacían que cundiera el pánico, y las estaciones ferroviarias y las terminales de autobuses estaban repletas de millares de personas que huían, nadie sabía adonde. Wladas dudaba que el fenómeno fuera universal como decían las noticias.
Los últimos telegramas afirmaban que las sombras aumentaban rápidamente. Alguien encendió un fósforo, y comenzaron las experiencias que se hacían en todas partes: se encendían mecheros y linternas eléctricas, y se apuntaban a los rincones, notando que la llama y la luz eran menos intensas. Las lámparas no iluminaban como antes. No podía tratarse de una dolencia visual colectiva. La gente pasaba los dedos por encima del fuego sin quemarse. Muchos tenían miedo, pero Wladas no sentía ninguno. Aquella animación general, el asunto único que dominaba todas las conversaciones aproximaba a todos; era un espectáculo humano que hacía olvidar las inquietudes del mañana. Volvió a casa a las dieciséis horas. Las luces estaban encendidas. No iluminaban casi nada, parecían bolas rojizas, como señales de peligro. En el bar donde solía comer consiguió que le sirviesen bocadillos fríos. Sólo estaban el dueño y un camarero, que se marcharon inmediatamente después que el, andando despacio en la penumbra.
Wladas llegó sin dificultad a su apartamento. Estaba acostumbrado a regresar tarde sin encender la luz del descansillo. El ascensor no funcionaba; tuvo que subir por la escalera hasta el tercer piso. Puso a todo volumen su radio portátil, y ni siquiera pegándola a su oído pudo percibir más que sonidos indistintos, no sabía si voces o estática. Se sentó al borde de la cama con una penosa sensación de aislamiento. Abrió la ventana y se reconfortó con los millares de bolas rojizas, lámparas encendidas en los grandes edificios, cuyas siluetas apenas se destacaban contra un cielo sin estrellas. A tientas, Wladas halló una vela en un cajón y la encendió. La llama, sin ningún calor, era corta y pálida, y apenas permitía ver las manecillas del reloj de pulsera a un palmo de distancia. Se sintió triste y mal. Debía de ser la ausencia de tráfico. No se oía ningún automóvil por las calles, sólo gritos y voces distantes, tal vez gente extraviada, padres de familia volviendo a pie de su trabajo. De no ser por la luz de la vela, se diría que era un fallo de la electricidad. Fue a la nevera y bebió un vaso de leche. El hielo se desprendía con un ruido seco, el motor no funcionaba. Lo mismo ocurría con la bomba de subir el agua; dentro de poco el depósito del edificio se agotaría. Puso el tapón del desagüe de la bañera y la llenó completamente. Halló su linterna eléctrica de tres pilas y recorrió el pequeño apartamento, ansioso por hallar sus pertenencias a la débil luz. Dejó los botes de leche en polvo, el azúcar y la comida sobre la mesa de la cocina. Había galletas y una caja de bombones. Quien viviera en familia se ayudaría mutuamente Él tenía que cuidarse a sí mismo, prever lo peor. Cerró la ventana, apagó las luces y se acostó. Un escalofrío recorrió su cuerpo; sintió la realidad del peligro. Nunca había ocurrido una oscuridad igual, nunca en la historia de la Tierra. No era solamente la claridad del sol lo que se apagaba, sino todo lo que emitiese luz, los destellos y el calor luminoso, las hogueras, las chispas de las piedras de afilar y los motores, las sustancias químicas, las luciérnagas y las linternas. Wladas lo sabía, los últimos periódicos lo publicaban. Habían parado también, como los automóviles, los camiones, los autocares, los aviones y los trenes. Se oían gritos y llamadas a lo lejos. Wladas procuró relajar los músculos y dormir. Al día siguiente todo se normalizaría. Volverían las luces, las radios, los vehículos...
Durmió en un sueño agitado, con pesadillas confusas y desagradables. En el apartamento de al lado lloraba un niño, pidiendo a su madre que encendiera la luz. Se despertó sobresaltado. Con la linterna eléctrica pegada al reloj vio que eran las ocho de la mañana. Saltó de la cama y abrió la ventana. La oscuridad era casi total. Por el este se veía el sol, rojo y redondo, como si estuviera detrás de un grueso cristal ahumado. En la calle se veían pasar siluetas como bultos. Wladas se lavó con dificultad, fue a la cocina, tomó leche condensada y galletas. La fuerza de la costumbre le hizo pensar en su empleo. Descubrió que no sabía ni siquiera hacía dónde debía ir. Recordó su terror infantil una vez que lo encerraron en un armario. Le faltaba aire, y la oscuridad le oprimía. Respiró profundamente junto a la ventana. Sobre el fondo negro del cielo se destacaba el disco rojo del sol. Se esforzó en razonar con calma, en hacer deducciones. Al principio los científicos habían emitido hipótesis y análisis.
Por aquel entonces la electricidad conseguía aún hacer girar la rotativa de los periódicos, y las radios emitían sonidos por sus altavoces, ahora mudos. ¿Qué estaría haciendo el gobierno para protegerlos a todos?. Era inexplicable que los rayos del sol desaparecieran la temperatura siguiera siendo normal. Se trataría de un gas desconocido e invisible que alteraba las leyes comunes. Wladas no consiguió coordinar su pensamiento. La oscuridad le impulsaba a correr en busca de auxilio. Apretó los puños, se repitió para sí mismo: «Debo mantener la calma, defender mi vida hasta que todo se normalice».
Tenía una hermana casada que vivía a tres manzanas de distancia.
La necesidad de comunicarse con alguien le hizo decidirse a ir hasta allí y ayudarles en lo que fuera posible. Se metió la linterna eléctrica en el bolsillo, aunque no le sirviese de nada. Cerró la puerta del apartamento y fue andando en la oscuridad del descansillo en dirección a la escalera, apoyándose en la pared. A su lado se abrió una puerta, y una voz ansiosa de hombre preguntó:
—¿Quién está ahí?
—Soy yo, Wladas, del apartamento 312 —respondió.
Sabía quién era, un hombre vulgar, con mujer y dos hijos.
—Por favor —pidió éste—, dígale a mi mujer que la oscuridad va a pasar. Está llorando desde ayer, y los niños tienen miedo.
Wladas se acercó a tientas. La mujer parecía estar al lado del marido, sollozando en voz baja. Procuró sonreír, aunque no le viesen.
—Estése tranquila, señora, es sólo la oscuridad, pero aún se ve el sol allá fuera. No hay peligro, luego pasará.
—¿Estás oyendo? —secundó el hombre—, es sólo la oscuridad, no le va a pasar nada a nadie, tienes que calmarte, por los niños.
A juzgar por los ruidos, Wladas adivinó que los niños estaban agarrados unos a otros. Permaneció en silencio unos segundos y luego dijo, rápido:
—Ahora tengo que irme, si necesitan alguna cosa...
El hombre se despidió, animando a la mujer:
—No, muchas gracias, esto va a pasar, hasta luego.
En la escalera no se veía nada. Wladas bajó agarrándose al pasamanos. Oía retazos de conversaciones a través de las puertas de los apartamentos. La falta de luz hacía que todo el mundo hablase más alto, o quizá las voces destacaban más en el silencio general.
Llegó a la calle. El sol estaba alto pero no iluminaba prácticamente nada, tal vez menos que la luna en cuarto menguante. De vez en cuando pasaban hombres, solos o en grupos. Hablaban en voz alta. Algunos andaban a trompicones, tropezando en los desniveles de la calzada. Wladas echó a andar, visualizando mentalmente el camino hasta casa de su hermana. La rojiza claridad disminuía en las sombras de los edificios. Con los brazos extendidos apenas podía divisar los dedos. Andaba con cautela, asombrándose de los que pasaban aprisa. De un terrado cualquiera le llegaba el ladrido de un perro, que fue coreado a lo lejos. Se oían confusos gritos de llamada. Alguien caminaba rezando.
Wladas iba pegado a las paredes para no chocar con nadie. Debía de estar a mitad de camino. Se detuvo para recuperar el aliento. Sus pulmones jadeaban en busca de aire, sus músculos estaban tensos y cansados. El único punto de referencia era la mancha del sol, cada vez más débil. Por unos instantes imaginó que tal vez los otros vieran más que él. Pero de todos lados se alzaban gritos y voces. Wladas giró la cabeza. El disco rojo desapareció pulsando. La negrura era absoluta. Un hombre pasó gritando en otro idioma. Se percibía ruido de quejas y palabras entrecortadas. Wladas sacó una caja de cerillas de su bolsillo y frotó una con cuidado. Se oyó el ruido característico, pero no brotó llama alguna. Encendió la linterna ante sus ojos: nada. Si apretaba los párpados veía danzar manchas de luz. ¿Qué hacer? Permanecer inmóvil, escuchando el coro de medrosos niños y de aquellos que perdían el control, podía llevarle a decisiones irreflexivas. La oscuridad era total. Sin la silueta de los edificios se sintió perdido. Memorizó el trayecto que hiciera hasta allí. Imposible continuar. Intentaría regresar al apartamento. ¿Qué hora sería? Apoyó el reloj de pulsera contra su oído. No consiguió abrir el cristal con la uña, para comprobar las manecillas por el tacto. Con la mano derecha tocando una pared y la izquierda en arco al frente dio media vuelta, arrastrando los pies por la acera. Conocía aquel trecho; sus manos identificaban algunas puertas y escaparates. Transpiraba y se estremecía, concentrando sus sentidos en el camino de regreso.
Al girar una esquina oyó palabras incomprensibles de un hombre que venía en su dirección. Tal vez bebido, se agarró con fuerza a Wladas, gritando, y éste intentó soltarse, perdiendo la calma, gritando aún más que el otro cosas sin sentido. Wladas lo sujetó desesperadamente por la garganta, lo empujó hacia atrás. El hombre cayó y empezó a gemir. Con los brazos extendidos al frente, en defensa, Wladas anduvo unos pasos, atento a su alrededor. El borracho lloraba y gemía, como si le doliera algo. Pensó en hablar con él, en socorrerle, pero el forcejeo le había agotado. Receló verse dominado y se alejó a toda prisa, mientras el hombre lloraba tras él. Una puerta rota golpeaba una y otra vez en algún lugar contra su batiente, y surgían ruidos inconcretos de las casas y apartamentos, no cubiertos por los ruidos de los motores, radios y vehículos. En la oscuridad. Wladas llegó hasta su casa. Sus manos palpaban, reconociendo puertas de tiendas, paredes de viviendas y sus portales Con la alegría de llegar, tropezó y cayó en los primeros peldaños. Alguien gritó:
—¿Quién está ahí?
—Soy yo, Wladas, del tercer piso.
Una voz preguntó:
—¿Usted estaba ahí fuera? ¿Se ve algo en algún lugar?
—No, no se ve nada en parte alguna.
Hubo un silencio, y subió a tientas. Regresaba a su apartamento. Allí conocía la posición de los muebles y los objetos, podía controlar las pertenencias familiares hasta que la pesadilla terminase. Moviéndose con cuidado, abrió su puerta y se derrumbó en la cama.
Fue un descanso corto y ansioso. No podía desagarrotar sus músculos, pensar con tranquilidad. Se arrastró hasta la cocina, consiguió abrir la tapa del reloj con un cuchillo. Palpó las manecillas. Eran las once o las doce, aproximadamente. No tenía hambre, pero abrió la nevera, comiendo los bocadillos guardados de la víspera. El agua goteaba del congelador; el hielo estaba completamente derretido. Con lentitud, disolvió leche en polvo en un vaso de agua y se la bebió. Regresó al cuarto y se tendió, pero halló imposible permanecer sumido en sus pensamientos sin tomar ninguna decisión. Llamaron a la puerta. Su corazón latió aceleradamente. Gritó que esperasen, llegó hasta ella y preguntó quién era antes de abrir. Por la respuesta supo que era el vecino de antes. Había tenido dificultades en hallar la puerta correcta. Pedía agua para sus hijos. Wladas le contó lo de la bañera llena, y fue con él a buscar a su esposa y los niños. Su previsión le había valido. Se cogieron todos de la mano y fueron deslizándose en fila india por el descansillo, los niños más tranquilos, y hasta la mujer dejó de llorar y de repetir: «Gracias, muchas gracias». Wladas los condujo hasta la cocina e hizo que se sentaran. Los pequeños se agarraban al cuello de su madre. Palpó un armario, rompió un vaso y encontró una jarra de aluminio que llenó en la bañera y llevó a la mesa. Fue entregando vasos de agua a los dedos que se los solicitaban. Sin divisar dónde estaban situados, el agua resbalaba por su mano. Mientras bebían, pensó que debía ofrecerles algo de comer. El niño dijo que tenía hambre. Wladas fue a buscar un bote grande de leche en polvo y empezó a prepararla con precaución Mientras efectuaba los gestos lentos de abrir el bote, contar las cucharadas y mezclarlas con el agua, hablaba en voz alta y recibía los ánimos de los demás, recomendándole cuidado y aplaudiendo su habilidad. Le llevó más de una hora distribuir la leche a todos, y le hizo bien el esfuerzo de no equivocarse, la certeza de estar siendo útil.
Uno de los niños rió una broma. Por primera vez desde que oscureciera. Wladas sintió optimismo. La impresión de que todo terminaría bien. Probó, con argumentos lógicos, que en modo alguno podía prolongarse aquella sombra extraña. Eran contradictorios y complicaban todas las deducciones, pero el hombre del apartamento vecino y su familia los apoyaron con exclamaciones, como si él, por si solo, tuviese el poder de devolverlo todo a la normalidad. Pasaron la tarde en su apartamento, procurando hablar, aunque no tuvieran nada de qué hablar; intentando divisar, apoyados contra la ventana, alguna luz distante, percibiendo a veces alguna, entusiasmados, para descubrir luego el error, que no admitían, de que había sido tan sólo un destello que tan pronto como apareciera había desaparecido. Wladas se convirtió en el líder de aquella familia; los alimentaba y conducía por el pequeño mundo de sus aposentos, que conocía «con los ojos cerrados»... Estuvieron ocupados toda la tarde, haciendo muy poca cosa, pasando mucho tiempo para realizar los gestos más simples: llevar una silla de un lado a otro, buscar objetos caídos que no aparecían... Serían las nueve o las diez de la noche cuando Wladas los acompañó, ayudándoles a acostar a los niños. Por un momento pareció que para ellos sólo se hubiera fundido un fusible; saltaban y reían. En la oscuridad otros debían de estar sufriendo, enfermos y con dolores, sin médicos ni medicamentos; niños con hambre y sed. En las calles, padres desesperados gritaban pidiendo comida. Wladas cerró las ventanas para no oírlos. Lo que tenía daría para un día o dos, alimentando a los cinco. Su vecino, emocionado, le pidió que se quedara con ellos; los niños se sentirían mejor. Accedió. Volvió a su apartamento, donde se arregló. Se puso un pijama, aun sabiendo que nadie lo notaría. Cerró su puerta con llave para prevenir una improbable invasión. Fue reconfortante oír cómo saludaron los niños su llegada:
—¡Tío Wladas ya está aquí, mamá!
Se sintió conmovido. En la oscuridad no era preciso disimularlo. La memoria visual es débil. Wladas recordaba sólo vagamente la fisonomía de sus nuevos amigos, a los que antes apenas prestaba atención en sus idas y venidas. Fue instalado en un gran sofá a un lado del salón. Hablaron, acostados, dejando que las palabras señalaran su presencia y su compañía. Terminaron durmiéndose, aferrados a las almohadas, como náufragos agarrados a una tabla que oyeran gritos de socorro sin poder acudir a ellos. Se durmieron, o tal vez se quedaron quietos, fingiendo, para no molestar a los demás. ¿Qué haría el mundo, inmerso en la oscuridad, para no perecer? Una ventana dejaba entrar las voces. En ocasiones era sólo un: «¡Ayuda, necesito comida!». Otras hacían descripciones completas, a gritos, mientras zigzagueaban por las calles llenas de detritus, hablando de su familia sin alimentos. Wladas procuraba no pensar. Apretaba la almohada contra su cabeza, repitiendo que no podía hacer nada. Durmieron, empujados por el cansancio, soñando con un amanecer de cielo azul, con el sol inundando las habitaciones, los ojos alimentándose de todos los colores después de aquel ayuno. Fue diferente. Wladas se sentó en el sofá y su vecino susurró:
—Señor Wladas, ¿está usted despierto?
Había dejado un cuchillo sobre la silla para descubrir las horas. Tenía práctica; levantó en seguida la tapa de cristal: las ocho, más o menos. Los otros se agitaron, y se inició el complicado aseo, hecho con un caldero de agua traído por Wladas, que inició con cuidado la preparación de los vasos de leche y la separación de las galletas en raciones iguales. La procesión en fila india, todos dándose las manos, se dirigió de nuevo a la cocina, donde tomaron el frugal refrigerio. Los niños golpeaban contra los muebles, se perdían en el pequeño salón, su madre les regañaba ansiosa. Cuando se sentaron en las sillas no sabían qué hacer. Los vasos usados se quedaron sucios para no desperdiciar agua.
Volvieron sobre las causas del fenómeno, inventando razones e hipótesis que trascendían de la ciencia. Por el momento soportaban las dificultades con la esperanza de volver pronto a la normalidad, quizás en las próximas horas. Wladas apuntó imprudentemente que la situación podía prolongarse para siempre. La mujer se echó a llorar, y fue difícil calmarla. Los niños hacían preguntas imposibles de responder. Wladas palpaba las manecillas del reloj, sin saber qué hacer. Sintió ansias de hacer algo, se levantó, iba a salir para investigar. Ellos protestaron; sería peligroso e inútil. Se apoyaban en él, tenían miedo de quedarse solos y perderlo. Tuvo que garantizarles que no se alejaría más de veinte metros del edificio, sólo hasta la esquina, no cruzaría la calle. Apretaron fuertemente su mano antes de salir.
Cuando llegó a la escalera, bajó más aprisa. Sus pies tocaban obstáculos difíciles de identificar. Cruzó la puerta principal del edificio, pegado a la pared, escuchando. Soplaba un viento frío, arrastrando papeles con un ruido fofo. Había ladridos muy lejos, que a veces se recrudecían, y voces, muchas e ininteligibles. Wladas recordó sus paseos en la hacienda del abuelo. Solo entre los árboles, había oído también el viento agitando las hojas y trayendo retazos de conversaciones de las casas del otro lado de la colina. Estaba inmóvil, tenso, a la expectativa. Caminó algunos metros. Sólo los oídos captaban el pulsar de la ciudad ahogada. Con ojos abiertos o cerrados, siempre era el mismo color, negro sin fin ni principio. Era terrible permanecer allí, quieto, a la espera de nada.
Los fantasmas de la infancia cercaron a Wladas, y éste se dio la vuelta hacia su edificio casi corriendo, arañándose las manos contra las paredes, tropezando en los escalones, subiendo de prisa, mientras voces medrosas gritaban: «¿Quién está ahí, quién está ahí?». Él respondía, sin aliento, subiendo los peldaños de dos en dos, hasta llegar entre sus amigos que tropezaban entre sí para acudir a su encuentro, temerosos de que estuviera herido, deseando preguntarle qué había ocurrido. Se sentó y respiró, aliviado. Rió y confesó que había sentido miedo, que había subido corriendo. Allí fuera todo era igual que aquí. Permanecieron encerrados el resto del día, si podía emplearse esa palabra. Las menores acciones se hacían difíciles sin luz, y eso servía para mantenerlos ocupados, lo cual era mejor que pensar. Hablaban mucho, y cuando se dedicaban a algo iban escribiendo lo que hacían. De tanto en tanto las palabras que los unían se interrumpían. Nadie podía saber nada, pero todos levantaban las cabezas al mismo tiempo, escrutando, respirando fuerte, aguardando un milagro que no surgía.
Racionada y repartida, la caja de bombones se acabó. Aún que daban galletas y leche en polvo, pero si la luz no volvía pronto era difícil prever las consecuencias. Pasaban las horas. Acostados de nuevo, con los ojos cerrados, luchando por dormir, aguardaban una mañana de rendijas luminosas en la ventana. Pero despertaron como antes, los ojos inútiles, las llamas apagadas, los fuegos fríos y la comida terminándose. Wladas repartió las últimas raciones de galletas y leche. Permanecían parados frente a la ventana, esperando una luz. La negra pared parecía aplastarse contra sus cabezas, impenetrable. Se sentían inquietos. Tenían aún una buena cantidad de agua, pero se les había acabado la comida. El edificio tenía diez pisos. Wladas murmuró que debía subir hasta el último para mirar a lo lejos.
Salió y comenzó a subir. De los apartamentos surgían preguntas: «¿Quién está ahí?, ¿quién está subiendo?». Wladas se identificaba, aunque pocos inquilinos le conocían. Preguntaban lo que quería, y en el sexto piso una voz le aseguró:
—Puede usted subir tan arriba como quiera, pero pierde el tiempo estuve allí hace poco, con dos compañeros. No se ve nada por ninguna parte.
Wladas se atrevió:
—Mi comida se ha terminado, y tengo a una pareja y dos niños conmigo. ¿Podrían ayudarme en algo?
La voz respondió:
—Nuestra reserva durará exactamente hasta mañana. No podemos hacer nada...
Pensó durante unos segundos y decidió volver a bajar. ¿Les diría la verdad a sus amigos?
Cuando lo recibieron con preguntas ansiosas, mintió:
—No he llegado hasta allí. He encontrado a alguien que había ido hacía poco. Dice que se ve algo, muy a lo lejos, no ha sabido explicarlo.
La pareja y los niños se sintieron henchidos de esperanzas, mientras él sugería la única idea viable. Saldría nuevamente, armado con una palanqueta, y forzaría la tienda de comestibles que estaba a unos cien metros, más o menos. Conocía el trayecto, no se perdería. Sacó la caja de herramientas de encima del armario, separó una palanqueta, un martillo y unos alicates. Su vecino insistió en ir también. Wladas no dijo nada, pero la desesperación de la mujer y de los niños ante la idea de quedarse solos le hizo desistir finalmente. Se puso las herramientas en el bolsillo, envueltas con una bolsa vacía, y se colocó la palanqueta en el cinturón, para tener las manos libres. Les pidió que no se preocuparan si tardaba en volver.
Salía de su refugio dará robar comida. No sabía lo que iba a encontrar allá fuera. La oscuridad había derribado las jerarquías. El dinero ya no valía para nada, como tampoco los documentos de identidad. No existía policía, gobierno ni leyes aplicables. Uno tenía que confiar en voces, surgidas de fisonomías ocultas, cuyas manos podían dar o agredir. Wladas caminaba pegado a las paredes, su cerebro reconstruyendo los detalles de aquel trecho. Sus manos revisaban cada hueco. De repente, los recuerdos se mezclaban, el suelo parecía girar bajo sus pies, y se detenía, apoyado de espaldas contra la pared, la mano derecha inmóvil, señalando la dirección a seguir. Se aproximaba lentamente al objetivo. Aunque justificable, la idea del robo le hacía temblar, como si alguien tuviera medios para sorprenderlo. Los dedos, palmo a palmo, seguían el trayecto hasta que tocaron las ondulaciones de una puerta de hierro. No podía fallar.
Era el único comercio de alimentación de aquella zona. Wladas se detuvo y escuchó. Había sonidos distantes, como los de una sala de hospital a través de sus puertas cerradas. Se inclinó, buscando el candado. Sus manos no hallaron resistencia. La puerta estaba sólo medio cerrada, no tendría que forzarla. Se inclinó y entró sin ruido. Las estanterías de la derecha contenían las latas y los dulces. Tropezó contra el mostrador. Lanzó una exclamación y se inmovilizó, los músculos tensos, a la espera. Nadie habló ni hizo ruido. Saltó por encima del mostrador y fue avanzando a tientas, tocó un estante, fue deslizándose por la estantería. No había nada, debían de haberlo vendido todo antes de que la oscuridad se hiciera total. Levantó el brazo, buscando con más rapidez. Nada, ni un objeto. Empezó a rebuscar, sin importarle el ruido, los dedos resecos por el polvo acumulado. Se agachó sin precauciones, el cuerpo inclinado al frente, las manos agitándose en todas direcciones, rebuscando en las esquinas, golpeándose contra las paredes, con imprudencia, como si se estuviera disputando con otro latas y artículos que no existían. Volvió varias veces al mismo lugar donde empezara la búsqueda. No había nada, en ningún rincón. Se detuvo, sintiendo deseos de volver a empezar y sabiendo que no adelantaría nada. Había sido un ingenuo pensando que encontraría comida. Para los que no tenían reservas era evidente que las tiendas de alimentación eran la única salida posible.
Wladas se sentó en una caja vacía y dejó que las lágrimas asomaran a su ojos. Había sido un idiota, esperando tanto. El saqueo ya se había efectuado, quizás el día anterior, cuando oyera gritos y ruido. ¿Cómo se las arreglaría para comer y alimentar a sus amigos? Se sintió desamparado y ridículo, recordando su calma inicial, con la bañera llena de agua, la leche en polvo... Y en tan poco tiempo verse reducido a nada, sin planes ni destino... ¿Hacer qué? ¿Regresar como un fracasado, comenzar de nuevo en busca de otras tiendas más distantes, cuya localización no conseguiría precisar? ¿Y si no encontraba nada? Salió a la calle, los brazos doloridos por el esfuerzo, presa de una desesperación que sabía peligrosa. Estaba solo en un mundo limitado a lo que alcanzaban sus brazos. Temió seguir adelante, enfrentarse a algún asaltante enloquecido por la oscuridad.
Regresó a casa a largas zancadas, en busca de sus amigos invisibles. Se detuvo de pronto, buscando una señal conocida con las manos. Paso a paso avanzó algunos metros, descubriendo puertas y paredes hasta una esquina desconocida. Tenía que regresar a la tienda para comenzar de nuevo el trayecto. Rehizo con cuidado el camino recorrido, los dedos arañados por la oscuridad, buscando la puerta ondulada que no aparecía. Anduvo en todas direcciones. Estaba perdido. Imposible tener la menor noción de dónde se hallaba, ni de lo que tenía que hacer para descubrir el camino a casa. Se sentó en el bordillo, con las sienes latiéndole. Se alzó como alguien que se ahoga y gritó:
—¡Por favor, estoy perdido, quiero saber el nombre de esta calle!
Repitió su grito una y otra vez, cada vez más alto, sin que nadie le respondiese. Cuanto más silencio había a su alrededor, más imploraba, pidiendo por caridad que lo ayudasen. ¿Por qué deberían hacerlo?. Él mismo había oído en su ventana los gritos de socorro de los extraviados, cuyas voces desesperadas hacían temer la locura de un asalto. Wladas echó a correr sin dirección precisa, gritando socorro, explicando que cuatro personas dependían de él. Ya no tocaba las paredes, andaba de prisa, de un lado para otro, como un borracho, implorando información y comida. No sabía cuánto se había apartado de su calle; tenía esperanzas de hallarla:
—Soy Wladas, vivo en el número 215, por favor, ayúdenme.
Había ruidos en la oscuridad, era imposible que no le oyesen. Lloraba y pedía sin la menor vergüenza, sintiéndose reducido por el manto negro al estado de un niño indefenso. ¿Cuánto tiempo pasó? No lo sabía; su reloj funcionaba, pero no halló ninguna hoja fina para abrir la tapa de cristal, ni le importaban las horas. La oscuridad le asfixiaba, entrando por los poros, modificando los pensamientos. Wladas dejó de implorar. Insultaba a sus semejantes a gritos, llamándoles malditos, preguntando por qué no respondían. Su desvalimiento se convirtió en odio y empuñó la pesada palanqueta, dispuesto a conseguir comida por la violencia. Se cruzó con otros como él, pidiendo comida. Wladas avanzaba blandiendo su palanqueta, hasta que tropezó con alguien lo sujetó con fuerza. El hombre gritó y Wladas, sin soltarlo, le exigió que le dijera dónde estaban y cómo conseguiría comida. El otro parecía viejo; se derrumbó entre sollozos de miedo. Wladas aflojó la presión, lo dejo ir. ¿De qué le serviría andar armado con una palanqueta, agresor potencial de aquellos que sufrían su misma desgracia? Volvió a meterse su arma en el cinturón. Se sentía falto de apoyo. Se sentó para no desfallecer, hundiendo la cabeza entre los hombros. En cualquier posición, la negrura total hacia que el equilibrio fuera una entelequia. Se sintió un poco mejor, pero su cuerpo estaba roto por el agotamiento y el hambre. Consiguió levantarse y siguió andando en silencio. Las tinieblas habían engullido su sentido práctico, y avanzaba en medio de la permanente noche en busca de auxilio.
Perder así la vida era indignante. Wladas volvió a clamar en voz muy alta, pidiendo socorro, explicando su situación, discutiendo con oídos invisibles que le debían de estar escuchando detrás de las puertas y de las ventanas, sin valor o fuerzas para responder. Giraba las esquinas a la izquierda, para no alejarse demasiado, y posiblemente estaba dando vueltas a la misma manzana, pasando frente a su casa y alejándose de nuevo sin darse cuenta. Exhausto, con hambre y sed, hablaba consigo mismo, pidiendo socorro muy alto de vez en cuando. Se sentó de nuevo en el bordillo para escuchar los menores ruidos. El viento hacía resonar las ventanas abiertas en los apartamentos abandonados.
Desde varias direcciones le llegaban ruidos distintos, sonidos huecos, rasposos o agudos, de animales u hombres, tal vez presos o hambrientos. Se llevó una mano al oído, formando bocina. Se acercaba un leve batir rítmico de pasos. Gritó pidiendo ayuda y escuchó. Una voz de hombre le respondió en la distancia:
—Espere, iré a ayudarle.
Wladas se lo agradeció, diciendo que no tuviera miedo; sólo necesitaba un poco de comida y alguien que le ayudara a volver a casa. Todavía hablaba cuando notó que un brazo tocaba su hombro. Se alzó e imploró que no le dejase abandonado. El hombre cargaba un pesado saco y jadeaba de cansancio. Pidió que le ayudara sujetando una de las puntas; él iría delante. Wladas disimulaba los sollozos, los brazos doliéndole bajo el peso, hablando sin parar de lo que le había ocurrido, desde el principio. El hombre le respondía con monosílabos y seguía andando, con relativa rapidez. Wladas se calmó, sintiendo algo inexplicable. Casi no podía seguirle el paso, y el hombre giraba las esquinas con toda seguridad. Una duda pasó por su mente. Quién sabe si su compañero veía, si la luz volvía para los demás. Le preguntó:
—Anda usted con mucha seguridad. ¿Acaso... ve algo?
El hombre tardó un poco en contestar:
—No, no veo absolutamente nada. Soy completamente ciego.
Wladas tartamudeó:
—¿Antes... de esto, también?
—Sí —respondió el otro—. Soy ciego de nacimiento. Ahora nos dirigimos al Instituto de Ciegos, donde vivo.
Wladas sintió una paradójica emoción. Aquel hombre conocía los caminos, su voz era natural, no tenía el tono ansioso que ya se había acostumbrado a oír. Ahora la oscuridad de ambos era la misma. Solo que el ciego, que se llamaba Vasco, había vivido siempre en ella, era su mundo, hecho de ruidos, olores y el rozar de los dedos en las cosas sólidas. Había salido a buscar un saco de comida y necesitaba la ayuda de Wladas para acarrearlo.
El ciego le contó que auxiliaban a personas perdidas y que habían recogido ya algunas, pero que la provisión de alimentos era escasa. No podían albergar a nadie más. La oscuridad seguía, sin ninguna señal de que fuera a terminar. En poco tiempo miles de personas morirían de inanición, y nada podría hacerse.
Llegaron finalmente al Instituto de Ciegos. Wladas se dejó llevar por las distintas habitaciones hasta un lugar donde le dieron una silla. Se sentía como un niño al que los adultos salvan de un peligro y le dan confort y seguridad. Bebió un vaso de leche y comió algunas tostadas que pusieron en sus manos. Sin embargo, no podía apartar de sus recuerdos la imagen de sus amigos sobresaltándose a cada rumor, pasando hambre, esperando su regreso. Pidió hablar con Vasco, su salvador, e insistió una y otra vez en que no podía dejar a sus vecinos presos en el apartamento. Ellos argumentaron que el edificio era grande, y todos los demás moradores merecían también ayuda, cosa impracticable. Wladas no podía dejar de pensar en los niños. Pidió que le mostraran el camino, iría solo. Se levantó para salir, tropezó con algo, cayó. Vasco, aunque los otros dudasen, recordó que había una bañera llena de agua; era una reserva que luego se haría necesaria. Trajeron dos grandes recipientes de plástico y Vasco condujo a Wladas a la calle. Se ataron una cuerda a la cintura, uniéndolos. Así podían andar uno detrás de otro, con menos peligro ante los obstáculos. Vasco dijo que estaban a cinco manzanas de distancia. Había nacido en aquel barrio y lo conocía perfectamente.
Amarrado a su guía, sentía ahora el miedo de aquellos que vislumbran una salvación, aunque dudosa y frágil. Andaba lo más aprisa posible. Vasco escogía los mejores lugares, diciendo el nombre de las calles, cambiando de itinerario cuando oían rumores sospechosos o gritos enfurecidos. Vasco se detuvo y dijo en voz baja:
—Debe de ser por aquí.
Wladas avanzó unos pasos, reconoció el pomo de su puerta. Vasco le susurró que se quitara los zapatos; irían sin hacer ruido. Entraron, Wladas delante, subiendo la escalera de dos en dos. Apartaban las cosas de su camino y captaban voces ininteligibles a través de las puertas.
Llegados al tercer piso se encaminaron al apartamento del vecino. Llamaron suavemente, luego más fuerte, nadie respondió. Imaginaron que estaban en el otro, pues Wladas les había dejado la llave para que utilizaran el agua. Fueron allí. Oyeron ruido, y una voz preguntó:
—¿Quien está ahí?
—Soy yo, Wladas, déjenme entrar.
Se oyó una exclamación como quien no puede creer lo que oye y la puerta se abrió, y unos brazos lo recibieron.
—Soy yo. ¿Cómo están? Encontré a un amigo que me salvó y sabe el camino.
No dijo que era ciego; parecía que la palabra se identificaba con la desgracia de todos. Rodeado por la mujer y los niños, distintos ahora, con las voces débiles, el vecino les contó sus padecimientos, alimentándose sólo de agua, con las esperanzas puestas en la llegada del amigo. Éste les explicó la situación en el Instituto de Ciegos, y que tenían que ir allí.
Llenaron los dos recipientes con el agua de la bañera, y Vasco los amarró con una tira de tela al costado de ambos. Ayudó a identificar algunos utensilios útiles para llevarse. Se quitaron los zapatos y, en fila, sujetándose por las manos, se dirigieron a la escalera. Iban de prisa; era inevitable que fueran detectados. En la planta baja, cerca de la puerta, una voz indagó:
—¿Quiénes son, qué es lo que llevan?
Nadie respondió. Vasco fue empujándolos a todos hacia la puerta. La voz se movió en dirección a ellos, pero ya estaban en la calle, emprendiendo el camino. El hombre gritó preguntando si tenían agua o comida. La fila se distanciaba. Difícilmente serían perseguidos.
Siguieron descalzos, para no perder tiempo, aunque los pies sensibles se quejaban de las irregularidades del camino. El regreso les llevó más tiempo debido a los niños y a las paradas, cuando oían ruidos cercanos. Llegaron cansados al Instituto, con el alivio provisional de los soldados que consiguen un permiso después de una batalla.
Vasco les sirvió leche con avena y fue a discutir con los compañeros lo que harían para sobrevivir si la oscuridad continuaba. Otro ciego les arregló un lugar donde podían dormir, lo cual no fue difícil pues no lo hacían desde hacía mucho. Horas después Vasco acudió a despertarles, diciendo que eran las tres de la madrugada y que se había decidido abandonar el Instituto para refugiarse en la Granja Modelo, que la institución poseía a algunos kilómetros en las afueras de la ciudad. Era necesario, pues las provisiones no durarían mucho y no había medio de renovarlas sin peligro. Aunque era un camino muy largo, habían planeado seguir los raíles del ferrocarril, que cruzaban algunas calles a pocas manzanas del Instituto. Por aquella parte las dificultades serían más improbables. Las últimas instrucciones serían dadas en el salón principal, hacia donde fueron conducidos Wladas y sus amigos.
Debía de ser un local amplio, pues los rumores de las voces resonaban casi con ecos. Vasco, que debía de ser más viejo o tenía alguna ascendencia sobre los demás, dijo que era indispensable un gran sentido práctico para todos aquellos que quisieran sobrevivir. Se dirigió en primer lugar a los compañeros ciegos, afirmando que la oscuridad que afligía a los demás no constituía una novedad para ellos. Lo difícil era la imposibilidad de producir calor con cualquier tipo de combustión. Eso impedía la ingestión de la mayor parte de los alimentos comunes. Tenían recogidas a once personas en el Instituto. Con los doce ciegos que vivían allí, sumaban veintitrés. La comida susceptible de ser ingerida daría para alimentarlos durante seis o siete días. Sería arriesgado esperar a que todo se normalizara dentro de ese plazo, sin hablar del riesgo de ser asaltados o robados por los hambrientos marginales. En la Granja Modelo solía haber diez personas. Poseían varias plantaciones, y mantenían un stock para vender y agua potable en cantidad, lo que podría, con economía y racionamiento, garantizar la vida de todos durante un tiempo más dilatado. Aunque el propio Vasco reconoció que las posibilidades de mantener sus organismos en razonable estado durante más de treinta o cuarenta días eran dudosas. De todos modos, era necesaria la unión de todos y la obediencia a las decisiones. Acordaron que saldrían del Instituto en silencio, sin responder a ninguna llamada, fuera cual fuese. Los adultos deberían ayudar en el transporte de las latas de avena, miel y alimentos secos que poseían. Inmediatamente fue iniciado su embalaje y distribución. Algunos pidieron más informes, otros dieron sugerencias. Nadie se opuso a lo acordado. Los ciegos acabaron de distribuir los sacos, maletas y cajas llenos para el viaje. Wladas y los refugiados estaban en sus sitios, aguardando. Nada podían hacer sino estorbar. Los movimientos se veían acompañados por órdenes dadas en voz alta. Por mucho que se esforzasen, era perturbador recordar que los ciegos vivían en su misma oscuridad. ¿Cómo habituarse a aquello, a la sensación de vacío, a la dificultad de orientarse? Sólo vestirse ya era un problema; andar dos pasos sin chocar contra algo era una suerte. Vivían ahora en el mismo mundo invisible y peligroso. Wladas pensaba en cuántas veces se había cruzado con esos hombres de gafas oscuras, bastón blanco, la cabeza estática mirando siempre al frente. Lo cierto es que durante toda su vida les había dedicado un rápido pensamiento de piedad. Ah, si hubiese sabido entonces cómo iban a convertirse en mágicos protectores, capaces de salvar a otros seres, hechos de carne, músculos y pensamientos, y de ojos inútiles, iguales a los de ellos...
Como alpinistas, hicieron cuatro grupos, atados por una cuerda. Los ciegos conocían el trayecto. La parte más arriesgada sería recorrer las manzanas hasta la vía férrea. Se exigió un silencio absoluto; que sólo se hablase cuando fuera estrictamente necesario. Wladas fue asignado al último grupo y llevaba un pequeño bulto. Sintieron en el rostro la fría atmósfera del exterior cuando iniciaron su camino a ciegas. Atravesaron calles y doblaron esquinas, sintiéndose protegidos por la oscuridad, ya que confiaban en los guías. Cuando nuestra supervivencia se ve amenazada, nos invade una dura coraza de egoísmo. Los gritos anónimos que oían en las tinieblas se transformaban en obstáculos que había que evitar. La columna, cargada de pertrechos, se desviaba de aquellos que imploraban un pedazo de pan para sobrevivir. El viento traía gritos, y la fila de náufragos se deslizaba en la más extraña de las fugas, con sus timoneles ciegos. Cuando sintieron bajo sus zapatos el acero sin fin de los raíles, la tensión se alivió. Había aún un cruce con otra carretera, luego todo lo demás eran pasos elevados y sería improbable encontrar obstáculos serios. El avance se hizo penoso, tenían que calcular los pasos para no tropezar con los travesaños. Pasó el tiempo, a Wladas le parecieron muchas horas, aunque sabía que aquellas impresiones eran engañosas. De pronto se detuvieron. Vasco fue de grupo en grupo explicando que había un tren o vagones al frente. Fue solo a investigar. Se sentaron para un descanso no muy aprovechado, ya que oían un ruido como de algo arrastrado o arañado. Vasco se demoraba. Un murmullo pasado de boca en boca les hizo ponerse de nuevo en camino. Tenían que rodear los vagones. El rumor venía de uno de ellos. Pasaron por su lado con el corazón latiendo fuertemente, los oídos casi tocando las paredes de madera. Un hombre o un animal, echado, muriéndose... Todo quedaba atrás, los pies agotados agitándose en un avance sin fin. Wladas recordó la gran marcha cuando prestó su servicio militar. El sol quemándole, el equipo tirando de sus huesos doloridos, la sensación de fatiga sin remedio... Cómo la envidiaba ahora, en ese túnel de pesadilla, andando como un condenado con su capuz de muerte. La oscuridad hacía bajar toda su vida hacia sus zapatos, que lo transportaban por entre las piedras aguzadas entre los límites paralelos de los raíles.
Wladas se sorprendió cuando la cuerda amarrada a su cintura lo empujó hacia un camino de tierra. Sin saber cómo, percibió que estaban en el campo. ¿De qué modo descubrían los ciegos el lugar exacto? Tal vez por el olfato, por el perfume de los árboles como un limón maduro. Aspiró el aire. Conocía aquel olor, era el de eucaliptos. Podía imaginarlos en hileras cerradas, a cada lado del camino que recorrían. Tal vez no fuera una carretera, apenas un simple camino, ¿cómo saberlo? La fila se detuvo; habían llegado. Era difícil acostumbrarse a las transiciones bruscas que traía consigo la ausencia de visión. No sabían el tamaño de la propiedad, ni si era segura, nada. Les permitieron hablar e hicieron preguntas rápidas, simultáneas, no siempre respondidas. Había en la casa ocho ciegos y unos pocos empleados. Vasco dijo que descansaran, pero ya estaban sentados o echados en el suelo. Wladas se situó cerca de su vecino de apartamento. Algunos dormían en el duro piso, los niños en el cuello de sus padres. Del fondo llegaban sollozos ahogados como si provinieran de otra habitación, y alguien hablando abajo. Provisionalmente habían terminado la lucha urgente para no morir de hambre. Los ciegos trajeron una sopa fría, donde parecía haber miel o avena. Vasco dirigía la difícil maniobra para que nadie chocara con nadie. Estaban a cubierto y tenían comida. ¿Y los demás que habían quedado en la ciudad, los enfermos en los hospitales, los niños pequeños...? Nadie podía ni quería saber. Las mayores desgracias colectivas impresionan menos que las más pequeñas que nos afectan directamente. Los refugiados no tenían que «cerrar los ojos» a las escenas de desamparo e inanición dejadas atrás, en las calles y las casas. Estaban encerrados dentro de sí mismos, con las suposiciones y pensamientos girando en una engañosa sucesión.
Mientras Wladas había circulado por su barrio y apartamento, había sido capaz de recordar la forma de los edificios, muebles y objetos. En su nuevo ambiente, sus dedos inexpertos tocando aquí y allá no le daban ninguna base para una idea de conjunto. Él, Vasco y otros estaban reunidos en un círculo para establecer una norma de vida a seguir. Era evidente que en poco tiempo podían igualar la experiencia de los ciegos. En los huertos había zanahorias, tomates, verduras, etc. En los árboles frutales, algunos frutos a punto de comer. Habría que establecer raciones iguales, un poco más grandes para los niños. Se especulaba que las verduras, con tantos días sin la luz del sol, no iban a prosperar. El encargado del pequeño corral informó que desde el primer día sin luz había seguido alimentando a las gallinas, pero que desde entonces no habían puesto ni un huevo. Las cabras estaban sueltas y no sabían si habían sobrevivido o no.
Cada refugiado debería ayudar en los trabajos generales. Aunque su cooperación valdría menos que los problemas de conducirles y enseñarles.
Con la tensión del peligro inmediato relajada, Wladas empezaba a sentir las reacciones que provocaba la oscuridad. Sus palabras ya no seguían un camino directo a los ojos del interlocutor, no había nada que reforzara sus argumentaciones, un leve fruncir del ceño, una señal aprobadora con la cabeza... Hablar sin ver a nadie implicaba siempre la duda de si se era escuchado o no. Con los músculos del rostro inertes, comprendía ahora la falta de expresión que exhiben siempre los ciegos. Los diálogos perdían naturalidad, y cuando no se obtenía una respuesta inmediata parecía como si nadie escuchara.
También cuidaron de los problemas del alojamiento, que sería colectivo, en un barracón con camastros de paja recubiertos con tela impermeable. Fue regulado el uso de las pocas instalaciones sanitarias. Vasco informó que eran las diez de la noche y que debían dormir. Cada ciego quedó encargado de instruir a un pequeño grupo, al que llamaba por sus nombres y conducía en fila. Chocar contra obstáculos era algo muy común. Alguien hizo un chiste sobre ello y hubo una inesperada risa general, como si la desterrada alegría hubiera vuelto, por unos segundos, para iluminar los pensamientos ocultos en las tinieblas.
Wladas durmió con un sueño pesado, poblado de pesadillas sin continuidad, llenas de luces fuertes y una angustia que lo envolvía. Se despertó bruscamente y, durante un momento, esperó a que alguien encendiera una luz. Aceptaba la realidad de la ceguera como algo fantástico y transitorio. Imaginaba que, en otros países, era probable que la situación fuese distinta. Laboratorios y hombres de ciencia estarían investigando en busca de la salvación para todos. Hasta que un ciego viniera a buscarle debía permanecer en el mismo lugar. No quería despertar a nadie. Susurró el nombre de Vasco y esperó. No sabía cómo, pero él sabía enseñarle aquel mundo vacío donde las cosas se materializaban debajo de los pies o pegadas a sus dedos. Era cierto que esos contactos perduraban en su memoria, y recordaba el agujero en el suelo del día anterior, y sus manos reconocían una forma tocada antes. Pero cuando manos y pies tanteaban un nuevo camino, sólo los sonidos orientaban, y a menudo había que llamar pidiendo auxilio, aguardar a la experiencia de aquellos que eran hijos definitivos de la oscuridad.
Estaban en el sexto día sin luz. La temperatura descendió, pero era normal en esa época del año. De modo que el sol debía de alcanzar, de alguna manera, la atmósfera. El fenómeno no debía de ser de orden cósmico. Alguien citó las profecías de la Biblia, el fin de los tiempos. Otro sugirió una misteriosa invasión de otro planeta. Hablando en voz alta, en la oscuridad. Wladas intentaba poner equilibrio en las suposiciones, filtrándolas en relación a lo que la ciencia podía elucidar Al parecer no se trataba ni de invasión de otros planetas ni del fin del mundo. La Tierra, en su trayectoria por el espacio, debía de haber penetrado en una sustancia de algún tipo que afectaba al sistema nervioso central al mismo tiempo que impedía la combustión. Eran explicaciones cerebrales tan descabelladas e improbables como las metafísicas y trascendentales. Vasco decía que, sin ni siquiera consultar el reloj, percibía una sutil diferencia entre las horas del día y de la noche. Wladas afirmaba que era el hábito, el organismo acostumbrado a los sucesivos períodos de descansotrabajo. De tanto en tanto alguien trepaba por una escalera situada junto a la puerta, en el lado de fuera, y miraba en las cuatro direcciones. A veces alguien gritaba entusiasmado, anunciando haber percibido vagas claridades. Había un tumulto de alegría, todo el mundo avanzaba con los brazos extendidos hacia la puerta, algunos en dirección opuesta, golpeando contra las paredes y preguntando: «¿Dónde están? ¿Que ocurre, vieron algo, qué fue?» De tanto repetirse, la alegría cuando alguien «vislumbraba» alguna cosa fue desgastándose. Tras exámenes y discusiones, la oscuridad seguía siendo total. La vida se desarrollaba en la granja con algunas contusiones y trastornos, resueltos por los ciegos. Wladas observó que sabía quiénes eran ciegos por el tono de voz. Lo cual no dejaba de ser extraño, puesto que nadie veía.
Los refugiados tenían una nota perceptible de amargura en lo que decían o pedían. Cuando intentaban frases alegres, la oscuridad eliminaba su sonrisa y la vivacidad de sus ojos. Cuando vemos, son esos detalles los que dan a la palabra su cualidad sutil, su especie de intraducible aureola que no existe en la oscuridad. Los ciegos tenían una inflexión de voz diferente. No se podía saber si era la propia oscuridad la que los había hecho cambiar. Era probable que sí. En Vasco percibía con mayor nitidez una actitud firme, la seguridad de quien actúa sabiendo lo que hace y que lo hace mejor que los otros y se siente bien así. Aquellos mismos hombres de bastón blanco y gafas oscuras que preguntaban humildemente cuál era el autobús que llegaba, o pedían que les ayudaran a cruzar la calle, o pasaban tanteando y despertando miradas compasivas de los transeúntes, eran ahora rápidos, eficientes, milagrosos con su habilidad manual. Respondían a las preguntas y llevaban a los refugiados del brazo, con la solicitud y la satisfacción de la caridad prestada que antes recibían. Eran pacientes y tolerantes con los yerros e incomprensiones de sus protegidos. La desgracia particular de ellos había recaído sobre todo el mundo. Algunos olvidaban a veces que aquellos hombres que contaban su vida de un mes atrás, en un mundo de luces y colores, se habían vuelto ahora tan inexpertos como niños en la negrura que los dominaba. Las manos eran insuficientes para los trabajos que la vida y la subsistencia del grupo exigían. Había poco tiempo de descanso, pero después de la última comida del día, los ciegos cantaban, acompañados por dos violines. Wladas notaba un entusiasmo natural e incluso una alegría que la situación no comportaba. Por unos segundos, imaginó a los otros viendo y él ciego como estaba. ¿Cuánta piedad hipócrita y superficial y deprimentes limosnas habrían soportado con sus gafas oscuras y sus bastones blancos? Ahora se desquitaban; eran los guías que prestaban favores y alimentaban generosamente a los de ojos perfectos.
Cuando no se puede alterar una situación, hay que enfrentarse a ella o perecer. Wladas observó que los niños resistían mejor las circunstancias que los adultos. Los dos hijos de su vecino habían tenido miedo al principio, pero la continua proximidad de los compañeros les hizo salir en exploraciones difíciles de controlar. A su madre le hubiera gustado que permanecieran constantemente ligados a ella. Los dos desaparecían, aunque supuestamente no podían alejarse de los demás. Eran reprendidos e incluso llegó a pegarles, lo que provocó la intervención de voces conciliadoras.
Finalmente, y Wladas se sorprendió de ello, adoptaron incluso una rutina. Las idas a las instalaciones sanitarias, la higiene a la orilla del río, las importantes horas de las comidas, que se hacían cada vez más insípidas: verduras mustias, pepinos, tomates, leche, avena, miel, no siempre identificables al paladar. Ninguna catástrofe, ningún acontecimiento humano podría ser más extraordinario y peligroso que aquél. ¿Qué causaba la oscuridad, y cuándo terminaría? ¿Cómo hablar rutinariamente si tal vez estaban ya dentro de las profecías, si aquello podía ser el fin del mundo, vaticinado desde épocas inmemoriales? Había que recalcar esta perspectiva siniestra y pese a todo cuidar de las banalidades esenciales, las ropas y los cuidados corporales, todo lo que nos mantiene vivos desde que nacemos. Muchos rezaban en voz alta, implorando un milagro. ¿Podía un acontecimiento general alterarse con peticiones aisladas? Wladas no los criticaba. Si el rezar proporcionaba un poco de esperanza y paz de espíritu, era también una parcela de salvación. Si bien la negrura que los envolvía traía aparejadas incomodidades y problemas, nada eran en comparación con los pensamientos que la impenetrable pared destilaba en sus cerebros.
Sin la vista para distraer la mente, era difícil soportar los momentos de ocio. La dedicación al trabajo se convertía en una exageración, porque en cuanto se controlaban los movimientos de los dedos, de lo que se iba en busca era de una normalidad cotidiana, una voluntad de conservar un modo de vida absurdo que no podía perdurar por más tiempo. Esa alternativa del final, si el mundo regresaría a la normalidad o los hombres morirían de inanición, constituía un dilema más pesado que la oscuridad que los ahogaba. Wladas no encontraba mucho tiempo para conversar con Vasco. Cuando lo hacía, notaba que había en él una preocupación por el futuro, aunque menos angustiosa que la suya propia. Enfrentados ambos a una experiencia idéntica, se veían imposibilitados de situarse en el punto de vista del otro. Vasco había nacido sin visión y no sabía lo que era perderla. Wladas no podía adivinar el estado de ánimo de quien nunca había llegado a ver. Las habilidades más elementales que aprendía le mostraban la distancia que lo separaba de Vasco y de los demás, manipulando los objetos y construyéndolos cuando era necesario. La rutina se ajustaba a los hábitos y horarios, pero nunca a la expectativa del dudoso fin que la disminución de los alimentos indicaba. Ya estaban en el decimosexto día. Vasco llamó aparte a Wladas. Le dijo que incluso las reservas que habían economizado, de avena, leche en polvo y otros productos que podían consumirse en frío, se estaban terminando. El estado nervioso se agravaba; no sería prudente avisar a los demás. El día anterior uno de los refugiados, aún adolescente, había salido por la puerta al exterior, sin rumbo fijo, para ser recogido poco después, caído en una hoya. Se producían discusiones por tonterías, y se prolongaban sin motivo. La mayoría se hallaba en la frontera de un colapso nervioso que irrumpiría de un momento a otro.
En las primeras horas del decimoctavo día, la gran sala fue despertada por gritos de alegría y animación. Uno de los refugiados, que no conseguía dormir, sintió un cambio en la atmósfera. Subió por la escalera exterior. A la altura del horizonte, había una pálida bola rojiza. Era el sol. Hubo carreras precipitadas, todos salieron al mismo tiempo, empujándose y atropellándose, y se lo quedaron mirando, en una euforia contagiosa, aguardando a que aumentase la luz. Vasco iba de unos a otros preguntando si realmente veían, si no se trataba de un engaño como ocurriera tantas veces. Alguien se acordó de encender un fósforo y tras algunas tentativas, apareció una llama, frágil y sin calor, pero visible a los ojos de quienes la contemplaban como un milagro extraordinario. La luz aumentaba de la misma forma en que desapareciera.
Fue un día perfecto, con esas alegrías inesperadas y totales que actúan como una bebida alcohólica. Los corazones parecían exaltados, llenos de buena voluntad. Los ojos nacían de nuevo como criaturas inocentes sin ninguna maldad. Comieron fuera, y Vasco decidió aumentar las raciones, puesto que los días normales volverían. El sol trazó su esperado camino por el cielo. A las cuatro de la tarde ya se distinguía la silueta de una persona a cuatro metros. Cuando el sol se ocultó la oscuridad se hizo de nuevo completa. Hicieron una hoguera en el patio, de llamas débiles y translúcidas, que consumían poco la madera seca. Se apagaba frecuentemente, los refugiados volvían a encenderla con pedazos de papel y soplidos, conservando la pálida fuente de luz y calor, señal de vida futura. A medianoche fue difícil convencerles de que debían irse a dormir, y lo hicieron tan sólo cuando Vasco insistió. Sólo los niños durmieron aquella noche. Los que aún tenían fósforos los encendían de tanto en tanto y reían para sí mismos, como si hubieran hallado la piedra filosofal de la felicidad.
A las cuatro y media de la mañana estaban en pie, allá fuera. Ninguna madrugada en toda la historia del mundo fue tan esperada como aquélla. No era sólo la belleza de los colores, la poesía del horizonte descubriéndose en nubes y montañas, árboles y mariposas. Al igual que en la Edad del Fuego el hombre conservaba su hoguera y la veneraba, la divinidad de la luz era esperada por los refugiados como el condenado a muerte recibe al oficial que le trae la conmutación de la pena. El sol lucía más fuerte, los ojos desacostumbrados se entrecerraban, los ciegos extendían las palmas de sus manos hacia los rayos, daban vueltas para sentirlos en todo su cuerpo. Wladas nunca fue capaz de describir aquellos momentos. ¿Qué son las palabras para simbolizar una vida que se recupera...? Aparecieron fisonomías desconocidas, pertenecientes a voces conocidas, y se rieron y abrazaron. Las envolturas humanas que guardaban solidaridad y amor se fundieron en aquella madrugada, sin las limitaciones que la propia luz traería después. Los ciegos fueron besados y abrazados, llevados en triunfo. Lloraban, lo cual hacía que los ojos desacostumbrados a la luz se pusieran aún más rojos. Hacia el mediodía las llamas eran normales, y comieron por primera vez desde hacía tres semanas una comida cocida y caliente. Nadie trabajó prácticamente el resto del día, ahítos de luz, absorbiendo las perspectivas, andando por las mismas estancias por las que se habían arrastrado en la oscuridad y que ahora les parecían diferentes y extrañas.
¿Y la ciudad? ¿Cómo estarían allí? Los que tenían parientes borraron sus sonrisas. ¿Cuántos habrían muerto o pasarían necesidad? Wladas sugirió que al día siguiente iría a examinar la situación. Otros se ofrecieron a acompañarle. Se decidió que irían tres.
Wladas pasó mala noche. El impacto de todos aquellos días hacía ahora su efecto. Sus manos temblaban: tenía miedo, no sabía de qué. Volver a la ciudad, recomenzar la vida... El trabajo, los amigos, las mujeres... Los valores que antes eran importantes para él se habían visto trastocados y sepultados por las tinieblas. Era un hombre distinto el que se agitaba ahora en el lecho improvisado, sin poder dormir. Por la puerta entreabierta penetraba un danzante cuadrilátero de luz, procedente de una lamparilla encendida, aviso de que todo estaba bien. Siempre había llevado una existencia tranquila. Haber rozado las fronteras de la muerte, sin visión, había desgastado hasta el límite su resistencia. ¿Qué somos, qué valemos, adonde vamos? La memoria le traía rápidos fragmentos: el ladrido de un perro, un hombre gimiendo en el suelo, su mano blandiendo la palanqueta, Vasco conduciéndolo por las calles, el jefe conversando en la ventanilla... Se mezclaron episodios de su infancia. El sueño le venció poco a poco, pero no dejó de agitarse, luchando contra las pesadillas.
Partieron con el sol naciente, por el camino que conducía a la vía férrea. Uno de ellos era de mediana edad, casado, sin hijos. Su mujer se había quedado en la Granja. El otro tendría la edad de Wladas. Sus hermanos y hermanas vivían al otro lado de la ciudad. Había sido salvado por un ciego y no pudo volver a casa. Caminaron al principio hablando, pero la voluntad de llegar aprisa hacía que apretaran el paso, y el cansancio les alcanzó pronto debido a la insuficiente alimentación de aquellas semanas. Las primeras casas que rodeaban la línea férrea tenían una apariencia normal. Tras una curva surgió la ciudad. Pasados los primeros puentes la vía atravesaba varias calles. Wladas y sus compañeros entraron por una de ellas. Las dos primeras manzanas de casas parecían pacíficas, con gente circulando, más lentamente que antes tal vez. En la siguiente esquina había un grupo de personas llevando a un muerto hacia un camión, tapado con una burda tela. Los acompañantes lloraban. Pasó un vehículo verde del ejército. Difundía por un altavoz un comunicado del gobierno. Había sido decretada la ley marcial. Serían fusilados los que invadieran la propiedad ajena. El gobierno requisaba todos los depósitos de alimentos y los distribuiría según las necesidades. Cualquier vehículo sería requisado si era necesario. Se recomendaba que se comunicasen inmediatamente a la policía todos los lugares de donde surgiera mal olor, para investigar la existencia de cadáveres. Los muertos serían enterrados en fosas comunes...
Wladas no quiso llegar hasta su casa. Recordaba las voces llamando a través de las puertas entreabiertas, y él huyendo, descalzo, abandonándolos a su suerte. Tendría que telefonear si notaba mal olor... Ya había visto suficiente, no quería permanecer más allí. Su joven compañero conversaba con un oficial, y decidió acudir inmediatamente en busca de su familia. Se despidieron emocionados, sin pensar siquiera en dejarse sus domicilios. El otro refugiado quiso volver con Wladas a la granja. Pero éste no podía hacerlo sin auxiliar antes a su hermana. Preguntó si los teléfonos funcionaban y supo que sí, algunos circuitos automáticos. Consiguió comunicar con casa de su cuñado. Tras aguardar un tiempo, respondieron. Estaban muy enflaquecidos, pero vivos. En el edificio había habido cuatro muertes. Wladas les contó rápidamente cómo se había salvado, y preguntó si le necesitaban. No era necesario, había comida, estaban mejor que otros.
Todo el mundo conversaba con desconocidos, contándose sus historias. Los niños y los enfermos eran quienes más habían sufrido. Se habían producido casos de muertes en circunstancias aterradoras. Los servicios públicos se reorganizaban, con la ayuda del ejército, para socorrer a los desamparados, enterrar a los muertos y recomenzarlo todo. Wladas y su compañero no quisieron saber nada más. Habían caminado algunas manzanas y comido lo poco que trajeran. Se sentían agotados, con un terrible cansancio de la razón, viendo y oyendo cosas extrañas, donde lo absurdo no era una hipótesis, sino que había ocurrido, a despecho de la lógica y de las leyes científicas.
Regresaron por los raíles aún vacíos, los dos, caminando lentamente, bajo un agradable cielo nuboso. Los verdes árboles se estremecían con la brisa, algunos pájaros volaban por entre los brotes. ¿Cómo habían podido sobrevivir a la oscuridad? Wladas pensaba en todo esto mientras sus doloridas piernas le conducían hacia adelante. Sus certidumbres científicas ya no valían nada. En aquel mismo instante hombres enflaquecidos hacían funcionar computadoras electrónicas, los microscopios escrutaban sus portaobjetos, los religiosos explicaban en sus templos la voluntad de Dios, los políticos redactaban decretos, las madres lloraban a los muertos que quedaron en la oscuridad...
Dos seres fatigados caminaban por entre los raíles. Traían noticias, tal vez mejores de lo que esperaban. El hombre había resistido. Royendo alimentos impropios, tomando cualquier líquido, habían pasado tres semanas en el mundo de los ciegos. Wladas y su compañero volvían tristes y enflaquecidos, pero con el ardor de la secreta alegría de estar vivos. Por encima de las especulaciones racionales permanecía el misterio de la sangre corriendo, el placer de amar, realizar cosas, agitar los músculos y sonreír. Vistos a distancia, los dos hombres eran mucho más pequeños que los raíles paralelos que los delimitaban. Sus pensamientos saltaban por encima de las fronteras y del tiempo. Sus cuerpos volvían a lo cotidiano, sujetos a las fuerzas y a los descontroles, desde el principio de las eras.
Había planetas, sistemas solares y galaxias. Eran apenas dos hombres, cercados por raíles impasibles, volviendo a casa con sus problemas.

André Carneiro

André Carneiro ha hecho mucho por la ciencia ficción en el Brasil. Entre otras obras se le deben dos libros de relatos —Diario da nave perdida (1963, que incluye el cuento aquí presentado) y O homen que adivinhava (1967)—, una novela —Piscina livre (1975)— y la recopilación de dos antologías: Histórias do acontecerá (1961) y Além do tempo e do espaço (1965). Hay que apuntar también en su haber un excelente ensayo: Introduçao ao estudo da 'sience-fiction’ (1968).
Su cuento A escuridño, que aquí les ofrecemos, dio origen a un guión del escritor norteamericano Leo Barrow y ha sido incluido en una antología mundial de los mejores relatos de 1962. Su obra ha sido traducida a varios idiomas, entre ellos el español, el inglés y el sueco.

Lo mejor de la ciencia ficción latinoamericana
Bernard Goorden, Alfred E. van Vogt
(recopiladores)

 

Ciencia ficción latinoamericana

Primera necesidad


Cuando entró el Flaco, yo había llegado ya al límite de mi resistencia y estaba pensando en tomar medidas drásticas. Incluso tenía en la mano la tenaza de mecánico que me había prestado Willogh, y estaba sopesando los pros y los contras. Ignoro lo que hubiera ocurrido entonces; pero, afortunadamente, fue en ese preciso momento cuando el Flaco llegó con noticias.
Casi me abalancé sobre él.
—¿Y?
Sonrió, confortador.
—Hecho, patrón —dijo—. Ya está localizado el A. P. N. Puede estar tranquilo.
Lo invité a sentarse en un cajón y me ubiqué frente a él.
—¿Son muchos? —le pregunté.
—Bueno... —repuso, tras meditarlo unos instantes—. Son bastantes, pero tienen tres tullidos y un ciego. Creo que podremos arreglárnoslas, sobre todo si les caemos de sorpresa. Se ve a la legua que son novatos; no conocen esto.
—Podremos —afirmé. Teníamos que poder, me dije—. Y una cosa, Flaco: ¿qué hay del A. P. N.? ¿Es hombre o mujer?
Se rascó un sobaco bajo la piel de perro que lo cubría y luego contestó:
—Eso no se lo puedo decir. La información me la pasó Sammy, y no me habló nada de ese asunto.
—Pues espero que sea hombre —dije—. Si no, la cosa se va a complicar el doble... Bueno, llama a los otros, Flaco—ordené.
En un minuto estuvo reunido todo el elemento masculino del grupo. Se ubicaron como pudieron entre los escombros y me miraron como el perro al amo. Ya sabían de qué se trataba, y había tres o cuatro que estaban tan desesperados como yo mismo. Mejor, pensé; de ese modo, van a luchar con todo.
—Bueno, chicos—comencé—, el A. P. N. ha sido localizado. El Flaco, aquí presente, les va a dar toda la información. Adelante, Flaco.
Avanzó él un tanto aparatosamente —no puede olvidarse de sus buenos tiempos de orador gremialista, supongo—, y se apoyó sobre el garrote, asumiendo una actitud que debió de haberle parecido sumamente digna, y que en verdad tenía algo de eso; pero hubiese resultado mejor si la cabeza pelada y las cicatrices no hubiesen atentado contra el efecto general.
—Son unos treinta, según me transmitió Sammy—manifestó—. Están en el Metropolitan Museum. Bastante protegidos, claro; hay escombros obstruyendo casi todas las avenidas que los rodean... Pero nosotros iremos abriendo un camino —levantó un índice audaz y declamante—, con nuestro esfuerzo común y vuestro espíritu de grupo y, todos juntos, sabremos llegar al pináculo de...
—Basta, Flaco —le interrumpí—. No estamos en una asamblea. Haríamos mejor en empezar a preparar el ataque.
Y nos pusimos manos a la obra. Somos un grupo ducho en esas lides, aunque como jefe me esté mal el decirlo, y en contados minutos teníamos esbozado un plan de ataque.
—No esperaremos a la noche —indiqué—. Eso es lo que hace todo el mundo, y ya no hay forma de sorprender a nadie de tal modo. Nosotros les caeremos encima en pleno mediodía —ignoré el murmullo que se levantó de inmediato y proseguí—: Cuando el calor apriete bien, la mayoría estará sesteando, y los centinelas no esperarán nada más peligroso que la picadura de un mosquito. Será el momento justo para darles con todo.
—Un minuto —objetó «Doc», mirándome desde atrás de los aros sin cristales que se ha empeñado en conservar sobre los ojos, contra viento y marea, si bien no hacen juego con el tapado de visón que usa sobre sus destrozados paños menores—. Si vamos tan a la descubierta nos verán en seguida y les será fácil emboscarnos. ¡Estás loco, Matt! Tenemos que ir de noche, como es lo más lógico.
—Cállate, «Doc». No demuestres tu inteligencia atrofiada de esa manera. ¿Quién habló de ir a la descubierta? Nos iremos ocultando tras las ruinas, idiota. Los rodeamos, después uno o dos se hacen ver y, cuando ellos intenten apresarlos, los demás les caemos desde todos lados. Es el mejor modo, te digo.
—¡Matt tiene razón! —gritó Bull.
Bull me apoya eternamente. Fue semipesado, como yo, y unos buenos puños son las únicas credenciales que reconoce. Cuando me hice jefe, entre él y yo acabamos con la poca oposición que se nos presentó... y ahora lo veía dispuesto a emplear análogos métodos contra los que no se mostrasen de acuerdo. Pero no era el momento. Necesitábamos a todos en perfecta forma. Se lo hice entender a Bull y procedí a emplear el raciocinio.
—Todas las defensas se preparan teniendo en vista ataques nocturnos —expliqué pacientemente—; una arremetida en pleno día los dejará pasmados.
—¿Cómo sabes que habrá donde esconderse? —volvió a entremeterse «Doc» a destiempo.
—No te preocupes. El Flaco y yo exploramos las inmediaciones del Central Park hace unos días..., con Durkey. Hay montañas de escombros por todos lados. Árboles caídos, follaje..., de todo. En cuanto al Metropolitan, tiene un boquete grande como un elefante en la pared de atrás. Por ahí nos podríamos colar, si fuera preciso..., ¿no es cierto, Flaco? Si los agarramos en el salón principal, están fritos.
Hubo algunos testarudos todavía, pero finalmente los pudimos convencer. Entonces pasamos a preparar en forma el armamento. Pulimos los garrotes y les colocamos nuevas tiras de cuero en las puntas; nos calzamos lo mejor posible —yo tenía unas botas de charol que había desenterrado de las ruinas de una tienda, Macy's, creo— y quien podía se protegió la cabeza. A mí me hubiese gustado resguardármela, especialmente la mitad calva, pero había perdido el casco de bombero días atrás, al intentar cruzar el Puente de Brooklyn colgado de los cables menos destrozados. Ordenamos además a las mujeres ponerse a preparar agua caliente y trapos, porque había que estar prontos para curar a quienes lo necesitasen.
No esperábamos salir intactos, claro. Yo me reservé a dos de ellas para otro trabajo. Se me había ocurrido algo que daría el toque maestro a nuestro plan de combate. Por último, quedaba lo más importante: había que revisar a conciencia a cada uno de los del grupo, por si alguno tenía armas encima. Sin ir más lejos, un mes antes se había colado un puñal en una pelea y había resultado un tipo muerto. Esas son cosas que es preciso evitar a toda costa. Quedamos muy pocos en Manhattan, como para darnos el lujo de liquidarnos así. Liarse a garrotazos está bien; es la ley de los grupos y, por desgracia, la única manera de entenderse. Pero nada de tiros ni cuchilladas. Al que rompe esa ley cardinal, se le condena al ostracismo riguroso. Es el peor castigo. Un hombre solo no dura mucho en estos días. Si no muere de hambre lo terminan los perros salvajes o las ratas, o lo aplasta algún derrumbe atrasado... Es una ley muy dura; pero no cabe duda de que es la única forma de evitar la suciedad en las luchas de grupos.
Por fin estuvimos listos para marchar. Una gallarda tropa, me dije amargamente, pensando en Corea y mirando las fachas de mis hombres, adornados con cicatrices y moretones, y engalanados como para un Carnaval. Pero sabían dar fuerte, y eso era lo principal. Nos pusimos en marcha, avanzando agachados por detrás de las colinas de ladrillo, argamasa, cemento y vigas retorcidas que alguna vez —¿cuánto hacía ya de eso?— habían recibido el elegante nombre de Rockefeller Center.
Imposible avanzar por la Quinta Avenida. Ni con una grúa nos hubiésemos abierto paso. Madison, por el contrario, estaba demasiado llana. No nos convenía. Siempre hay algún vigía rondando por ahí. Tomamos la de las Américas, cortando por callejones laterales cada vez que los obstáculos se hacían demasiado grandes como para superarlos. A la altura de la calle Cincuenta y Siete, nos frenó el agujero más grande que había visto hasta entonces.
—¡Alto! —ordené, levantando una mano—. Una «mastodontera».
Así le llamamos a los hoyos de bomba. El nombre clásico de «zorreras» resultaría inadecuado...: ¿quién ha oído hablar jamás de zorros de noventa y ocho metros? La «mastodontera» estaba inundada. Podríamos haberla cruzado sobre los tablones que flotaban dentro de la lodosa agua, pero aquello era ponerse demasiado en evidencia. Preferí dar un rodeo por detrás de los escombros hasta Columbus. Esto nos alejó bastante, pero era mejor ser prudentes.
Entramos al parque por la Sesenta y seis. A golpe de garrote nos fuimos abriendo camino a través de la verdadera selva que era todo aquello. Ya era casi mediodía y el calor empezaba a hacerse sentir. La transpiración nos pegaba las pieles al cuerpo. Un «perfume» no muy floral comenzó a invadir nuestras inmediaciones.
—¡Maldita sea! —gruñó Curls, rascándose el protuberante abdomen peludo—. Nos van a descubrir por el olor... Tendríamos que bañarnos una vez al año, por lo menos.
Algunos se rieron. Yo no pude. Me acaricié la mejilla.
—Tenemos que arrebatarles al A. P. N. —y mis dedos aferraron el garrote.
—¡Cállense, animales! —masculló Bull, colérico—. ¡Nos van a oír!
Atravesamos lo que había sido el zoológico, ahora un bosque de barrotes hechos pasta dentífrica, y cuerpos de bestias en descomposición. Dos gatos, que banqueteaban sobre los restos de un inidentificable cuadrúpedo, salieron disparados, todo huesos, erizada piel y amarillos ojos enloquecidos. No pude evitar estremecerme ante la vista pesadillesca de los felinos... Me pregunté qué aspecto tendría yo mismo, con barba de seis semanas —de un solo lado de la cara—, una mejilla hinchada y media cabeza lisa como un flan; para colmo, iba con unos pantalones de mujer y empuñaba un garrote.
Salimos del Zoo y nos fuimos escurriendo por debajo de un gigantesco tronco. La suerte parecía sonreímos: las ramas y las hojas formaban un verdadero telón delante de nosotros. Podríamos acercarnos bastante sin ser vistos.
Por fin avistamos la aguja del Obelisco de Cleopatra. Irónicamente, se mantenía en pie, en tanto que el Empire, el Chrisley y la Catedral de San Patricio, siglos más jóvenes, mordían el asfalto. Al lado del obelisco, el viejo Metropolitan Museum exhibía sus heridas, sangrantes de manipostería.
—Bueno —anuncié—. Es el turno de los voluntarios.
Hubo un silencio. Todos parecían interesados en mirar a otra parte.
Bull ofreció:
—Yo te convenzo a unos cuantos, Matt —y cerró los enormes puños; pero yo sacudí la cabeza.
—Contigo y conmigo bastará, Bull. Los demás, quedan a las órdenes del Flaco. Rodeen el sitio, y cuando vean que yo señalo hacia el obelisco, ataquen.
Alguno protestó todavía, pero al fin quedó convencido.
Bull y yo cargamos con unos cueros de vaca rellenos de papeles —éste era el trabajo que había encomendado antes a las mujeres—, y caminamos sin vacilar hacia el ruinoso museo.
No pasó mucho tiempo sin que nos gritaran que nos detuviéramos.
—¡Queremos unirnos a su grupo! —vociferé—. ¡Traemos comida!
Abracadabra. Los cueros de vaca rellenos parecían, de lejos, un animal muerto, y los individuos estaban tan hambrientos que ni desconfiaron. Vacilaron un poco, pero al cabo fueron emergiendo uno por uno de la madriguera. Nos rodearon, relamiéndose por anticipado.
—¿De dónde vienen? —preguntó un gigante de espesa barba rubia, que sin duda era el jefe. Llevaba un cuello alto y unos estrafalarios shorts de Bermuda.
—Del campo —repuse.
—¿Cómo no les vimos acercarse?
—Es que vinimos atravesando el parque. Por aquel lado —dije, y señalé hacia el obelisco.
La mía era una tropa disciplinada. En pocos segundos estuvieron sobre nosotros. La sorpresa fue total. El ruido de los cráneos sacudidos era una gloria. Entre el maremágnum de los garrotazos, busqué con los ojos al A. P. N. No me cosió ubicarlo. Era hombre, por fortuna. Su actitud era la acostumbrada. Miraba la lucha con aire un poco ausente, como si sólo en forma indirecta le concerniese. Había algo de dilettante en su porte, algo de espectador de un partido de rugby. El condenado sabía que, cualquier que fuese el resultado, él seguiría pasándoselo bien. No le importaba gran cosa qué grupo lo adoptase. Se notaba incluso que estaba habituado a pasar con frecuencia de mano en mano. Acodado en una de las ventanas, sus ojuelos astutos nos observaban condescendientes.
Por fin el rubio alzó la mano.
—Es... tá bien —jadeó, restañándose la sangre que le fluía de la aplastada nariz, otrora prominente—. Ganaron ustedes... ¿Qué... cuernos... quieren?
—La sacan barata —contesté—. Nos quedamos con el A. P. N. Pueden llevarse todo lo demás.
Hubo un mirar de súplica en sus ojos grises; pero no me ablandó. Primero está el grupo de uno, y además... Con un temblor, recordé las tenazas de mecánico.
Se fueron. El individuo de la ventana, comprendiendo, descendió lentamente a nuestro encuentro. Era bajito y calvo, y había en sus maneras un insultante aire de superioridad. Vestía un traje bastante discreto, si bien lucía un remiendo de color bermellón precisamente en el trasero. Bajo el brazo, noté con tremendo alivio un portafolios negro.
—Me gusta el pescado —dijo a bocajarro.
—Está bien—repliqué.
—Y dormir en colchón blando, si no le importa.
—Está bien..., lo tendrá.
—Habrá un buen techo, claro —insinuó.
—Y fuego, y mujeres, y todo lo que quiera —aseguré.
Se pasó la lengua por los finos labios.
—Mujeres... ¿con pelo?
—Nos quedan nueve. Dos rubias —y me mordí la lengua pensando en Lydia.
—Perfectamente. Me quedo con ustedes.
En un instante lo rodearon, pero yo me abrí paso a empujón limpio.
—¡Atrás, marranos! —grité.
Arrastré al hombrecito por un brazo, ignorando el gutural coro de protestas que provoqué. Penetré con el Artículo de Primera Necesidad en el museo y me desplomé en el primer asiento que encontré.
Lo miré anhelante.
—Yo primero, doctor —pedí—. ¡Esta maldita muela me está matando!
Y abrí la boca tan grande como pude.

 

 Carlos María Federici

Nacido en Montevideo (Uruguay) en 1941, Carlos María Federici, dibujante e ilustrador de talento, es ante todo un autor de obras policíacas, en cuyo género tiene publicados muchos cuentos y excelentes novelas tales como La orilla roja (1972), Mi trabajo es el crimen (1974) y Dos caras para un crimen (1975). Fue la revista española Nueva Dimensión la que lo reveló como un excelente autor de ciencia ficción, precisamente con este cuento. Desde entonces ha seguido publicando su obra con regularidad en la mayoría de las publicaciones del género.

 

Lo mejor de la ciencia ficción latinoamericana
Bernard Goorden, Alfred E. van Vogt
(recopiladores)

Relatos de Julio Garmendia

El cuento ficticio

Hubo un tiempo en que los héroes de historia éramos todos perfectos y felices al extremo de ser completamente inverosímiles. Un día vino en que quisimos correr tierras, buscar aventuras y tentar la fortuna, y andando y desandando de entonces acá, así hemos venido a ser los descompuestos sujetos que ahora somos, que hemos dado en el absurdo de no ser absolutamente ficticios, y de extraordinarios que éramos nos hemos vuelto verosímiles, y aún verídicos, y hasta reales…

 

El alma

Qué viene a buscar el Diablo en mis aposentos?  ¿Y por qué se toma la molestia de tentarme? (…) Nunca requerí su presencia para caer en pecado. En cambio, seguramente viven a estas mismas horas personas suficientemente virtuosas  para que pueda el Maligno ocuparse con fruto de inducirlas a pecar. Existen sin duda muchas gentes honradas que muy bien pudieran ser digna ocupación del diablo…

Julio Garmendia.

La tienda de muñecos. Monte Avila Latinoamericana, C. A., Caracas, 1980

Fantasía

Las modernas fantasías son muy sofisticadas, elaborados tratamientos de motivos populares. Tras la fachada de la voluble y locuaz irrealidad, subyacen con frecuencia tajantes comentarios sobre el mundo de hoy. La fantasía al estilo moderno constituye esencialmente un alimento para adultos.

Isaac Asimov

Cosa de críos. Los mejores relatos de ciencia ficción, Círculo de lectores S.A., Bogotá, 1985.

Domingo Fatal

Baby Jean rodó sobre la alfombra, tirando el oso de felpa al aire. Al chocar contra el suelo, el muñeco pareció quejar¬se a través de la lengüeta oculta en su pecho.
—¿Me echarás de menos, papi?
Levanté bruscamente la vista del periódico.
—Ten cuidado con la lámpara. Has estado a punto de dar¬le con el oso.
Baby Jean recogió el peludo animal y se sentó, haciendo pucheros.
—¿Nos echarás de menos, a Wally y a mí?
Ellen dejó caer sobre su regazo la prenda que estaba co¬siendo.
—¿De qué diablos está hablando la niña?
Me encogí de hombros y volví a concentrarme en el perió¬dico: el nuevo programa de la administración; las nuevas exi¬gencias de Rusia; los extraños objetos sin identificar que ha¬bían sido vistos sobre ocho países...
Pero Baby Jean me estaba tirando de la pernera de los pantalones.
—¿Qué harás, papi?
—¿Qué haré, sobre qué?
Doblé el periódico y lo dejé encima de la mesilla. Ellen me miró sonriendo, divertida por mi fingido mal humor.
Wally entró en aquel momento procedente del vestíbulo, mordisqueando una manzana.
Baby Jean apoyó los codos en el brazo de mi sillón y se tomó el rostro con las manos. Sus ojos castaños me miraron, muy serios.
—¿Qué harás cuando Wally y yo nos hayamos marchado? ¿Se quedarán muy solos tú y mamá?
Wally se acercó a su hermana y la tomó del brazo.
—¡Es un secreto! ¡No tenías que decírselo a nadie!
Ellen se inclinó hacia delante con aire interesado.
—¿Qué es lo que no tenía que decir, Wally?
—Nada, mamá. —Wally tomó a su hermana de la mano y la llevó hasta el centro de la alfombra, donde había un rom¬pecabezas con el rostro de un payaso a medio completar—. Termina tu cuadro, Baby Jean.
La niña golpeó el suelo con el pie, indignada.
—¡No me llames baby! ¡Ya tengo seis años! Pronto seré tan mayor como tú.
Había estado desarrollando una intensa campaña contra el uso del apodo. Pero la costumbre estaba muy arraigada.
—¿No te han puesto deberes para hacer en casa, Wally? —preguntó Ellen.
—Los martes, la maestra no nos da nunca tarea. Pero ha dicho que tenía un premio para el que supiera más sobre los niños de... —arrugó el rostro, pensando intensamente—. De las cru...
—¿Cruzadas? —sugirió Ellen.
—Eso mismo.
Miré a mi esposa.
—No creí que se estudiara tan pronto la historia de la Edad Media.
—La señorita Miller es una maestra progresiva. Opina que hay que despertar el interés de los niños por los grandes temas. Será mejor que le cuentes algo acerca de las Cruzadas, de modo que pueda ganar un premio.
—Las Cruzadas... Bueno, vamos a ver...
—Los libros, querido —sugirió Ellen burlonamente—. Le dijiste al vendedor que encontrarías muchas ocasiones para consultarlos.
El cuero rojo de los treinta volúmenes de la enciclopedia, en su estantería de caoba, brillaban de un modo persuasivo.
—Y así —dije, cerrando el Volumen Octavo, media hora más tarde—, parece ser que los cincuenta mil niños franceses y alemanes no llegaron nunca a Tierra Santa, y la mayoría de ellos fueron capturados por el camino y vendidos como esclavos.
Wally se quedó sentado, con aire pensativo.
—¿Niños vendidos como esclavos? —inquirió Ellen en tono de duda.
—¿Y por qué no? ¿Quién mejor que ellos? Al principio qui¬zá resultaran improductivos. Pero entretanto podían apren¬der el idioma y las costumbres. Y, siendo unos niños, eran inofensivos durante los primeros años de cautiverio... Ino¬fensivos, crédulos y maleables.
Ellen sacudió la cabeza solícitamente y se puso en pie.
—Hay que acostarse, niños.
Baby Jean se atrincheró detrás del sofá.
—¡Yo no quiero ir a la cama!
—¡Un poco más, mamá! —suplicó Wally, retirándose ha¬cia un rincón—. ¡Deja que me quede un poco más!
Implacable, Ellen se acercó a él y le agarró por la muñeca. Luego capturó a Baby Jean.
La niña gritó, protestando. Wally, por su parte, dijo:
—¡En cuanto pase el domingo no tendremos que ir a la cama! ¡Y no podrás decirnos lo que tenemos que hacer! ¡Ya verás!

El miércoles fue un mal día en la oficina, con tres nuevos contratos que redactar. En consecuencia, llegué a casa can¬sado y de mal humor. Ellen me esperaba en la puerta.
—Frank, tienes que hablar con Wally —me dijo, con el ceño fruncido—. Le he enviado ya a la cama.
—¿Qué pasa? ¿Ha estado saltando otra vez la cerca de los Morrison?
—No. Llegó a casa con esta nota de la señorita Miller.
«Wallace —leyó en una tira de papel— ha estado hoy in¬gobernable, mostrando una provocativa falta de respeto a la autoridad. Su actitud no ha sido más rebelde que la de los otros alumnos, pero a menos que actuemos individualmente sobre cada uno de ellos, corremos el peligro de encontrarnos con un alumnado incontrolable.»
—Suena como si la señorita Miller temiera una revolución ar¬mada —gruñí.
Wally estaba acostado, boca arriba, con la mirada fija en el techo. Se había olvidado del tocadiscos que, sobre la mesi¬lla de noche, repetía interminablemente una frase de The Good Ship Lollipop. Lo desconecté.
—¿Qué ha pasado en la escuela, hijo?
Wally volvió la cabeza sobre la almohada.
—Vamos, vamos —dije, sonriendo—. Este invierno iremos a cazar juntos, ¿recuerdas? Ahora, vamos a aclarar ese asun¬to de la escuela.
—No iré a cazar.
—¿Por qué? Siempre has deseado ir.
—No estaré aquí.
—¿De veras?
De pronto recordé su vaga amenaza acerca del domingo.
—Mamá me ha pegado y me ha enviado a la cama —acu¬só Wally—. Y ahora tú también vas a pegarme.
Se sentó en la cama, agarrándose a la sábana, y no supe si lo que había en sus enrojecidos ojos era resentimiento o desafío.
—Sólo te pegan cuando lo mereces.
—Bueno, puedes pegarme todo lo que quieras hasta el domingo. ¡No me importa! Pero en cuanto pase el domingo no podrás pegarme..., porque no estaré aquí.
Llegué a la conclusión que lo que había en sus ojos era desafío... Wally se ganó su segunda zurra.
Cuando bajé al comedor, Baby Jean estaba importunan¬do a su madre pidiéndole un níquel.
—No es hora de comer caramelos —decía Ellen—. Vamos a cenar en seguida.
—Por favor, mamá. Me comeré toda la cena. Te lo prometo.
—He dicho que no.
—Bueno, puedes guardarte tu asqueroso níquel —replicó Baby Jean furiosamente—. Pronto tendré todos los carame¬los que quiera..., y helados, también. ¡Y pasteles!
—¿Después del domingo? —inquirió Ellen.
Baby Jean, que había echado a andar hacia la puerta de la calle, se detuvo.
—¿Cómo lo sabes?

Cuando Baby Jean se hubo marchado, rodeé con mis bra¬zos la cintura de Ellen y miré por encima de su hombro las cacerolas puestas al fuego.
—¿Qué es todo eso acerca del domingo?
—Algún juego, supongo.
—Los niños no habían amenazado nunca con marcharse de casa.
—Todos pasan por esa fase, en un momento u otro.
—¿Y por qué el domingo?
Ellen se echó a reír.
—Es un día tan bueno como cualquiera..., y el tener que ir a la iglesia les parte la mañana por la mitad.
Después de cenar, me retiré diplomáticamente al salón y me concentré en la televisión, para que Ellen pudiera su¬birle un bocadillo y un vaso de leche a Wally sin que yo me diese cuenta.
El teléfono sonó durante el último asalto del combate de boxeo, y cuando anunciaban el resultado Ellen apareció en el umbral de la puerta.
—Era la señora Watkins. Estaba tratando de descubrir qué clase de misterio se llevan los niños entre manos para el domingo.
—¡Vaya! ¿De modo que el pequeño Arthur anda también metido en eso?
—La señora Watkins dice que Arthur no se lo ha contado. Pero lo mantiene sobre su cabeza como una especie de amenaza. No se lo ha contado, porque está seguro del hecho que Wally no te lo contará a ti. Y Jimmy, y Frank, y Mary Ann, y los mellizos Collins —Ellen fue contándolos con los dedos— tampoco se lo contarán a sus padres.
Me eché a reír.
—Es más importante de lo que pensábamos, ¿eh? Una es¬pecie de emigración en masa, ¿no crees?
—Sea lo que sea, Frank —dijo Ellen, muy seria—, es algo que parece afectar a todos los niños.
—Si te dejas impresionar por esas naderías —bromeé—, ¿qué vas a hacer cuando tengamos otros cinco hijos?
Me agaché instintivamente. En circunstancias normales, uno de los almohadones del sofá hubiera salido volando ha¬cia mi cabeza. Pero Ellen no se mostró agresiva: estaba mi¬rando fijamente el televisor, en cuya pantalla aparecían en aquel momento una serie de fotografías de chiquillos.
«...y en Baltimore —estaba diciendo el locutor— han de¬saparecido cinco niños, posiblemente escapados de su casa. En Cincinnati, el número de desaparecidos asciende a cuatro.»
Estaba tratando el asunto jovialmente, con palabras im¬pregnadas de risa.
«El más eminente de los cuatro era Alexander Belling III —en la pantalla apareció la fotografía de un chiquillo de rostro travieso y pecoso, de unos nueve años—. Desapareció de su casa anoche, después de haber amenazado con mar¬charse para siempre el domingo.»
Ellen me miró con aire preocupado.
—Frank...
Procuré tranquilizarla.
—Psicología. Esas cosas llegan a oleadas. Reacciones en masa. Un chiquillo se escapa de casa y su fotografía sale en los periódicos. Otros chiquillos piensan en fugarse, para que salgan también sus fotografías es los periódicos. Una especie de reacción en cadena.
—Pero..., en domingo... Y el hijo de los Watkins, y los me¬llizos de los Collins...
—Coincidencia —dije, sin demasiado convencimiento.
Salimos juntos de la habitación mientras el locutor comen¬taba la reciente plaga de objetos sin identificar. En la habita¬ción de los niños, Wally y Baby Jean dormían profundamente.
La aguja del tocadiscos giraba alrededor de la ranura in¬terna de The Good Ship Lollipop...
—No los despiertes —suplicó Ellen en tono vacilante. Se inclinó sobre los niños y los arropó cuidadosamente.
Baby Jean sonrió en sueños.
—El domingo —murmuró—. Feliz aterrizaje sobre una barra de chocolate.

El jueves amaneció con un aura de presagio. A la hora del desayuno, con los niños todavía dormidos, capté una rara sensación en el aire, una especie de tensión eléctrica. Me había sucedido lo mismo unos años antes..., una plácida tar¬de de domingo. Una hora después estalló el infierno de Pearl Harbour.
Ellen la había captado también. Se notaba en la crispación de su rostro. Pero no dijimos nada, ya que no había nada que pudiéramos expresar con palabras.
En la oficina, le llevé los contratos a Andy para que diera el visto bueno. Pero Andy los apartó a un lado.
—¿Qué pasa con los niños, Frank?
—¿Los tuyos también? —inquirí, muy poco sorprendido, en realidad.
Asintió lúgubremente.
—Que me aspen si lo entiendo.
—¿Van a marcharse..., a alguna parte?
—Sí. El domingo.
—¿Adónde? —pregunté, porque hasta entonces no había concedido importancia a su posible destino.
—Eso es lo que me preocupa. En catorce años, Freddy no me había ocultado nada. Anoche lo intenté todo: le supliqué, quise sobornarle, le pegué..., y muy fuerte. Pero todo fue inútil.
Hasta entonces me había negado a admitir que se trataba de algo serio. Ahora me daba cuenta que tal vez mi ac¬titud era equivocada.
—¿Se ha escapado Freddy? —pregunté.
—No, pero probablemente lo hará.
Tomé el teléfono y llamé a Ellen.
—Vete a buscar a los niños a la escuela, querida.
—¿Qué pasa?
—No lo sé. Pero tenemos que descubrirlo. Llegaré dentro de veinte minutos.
Colgué el receptor para evitar más preguntas.
Andy estaba mirando fijamente a través de la ventana.
—¿Temes que se escapen?
—No creo que lo hagan. Supongo que podré descubrir qué hay detrás de todo eso.
—Por lo visto, no has escuchado la radio. Todo el mundo está intentando hacer hablar a los chicos..., desde Washington para abajo.
—No puede tratarse de nada más que de una especie de historia juvenil.
—¿No? ¿Con los chiquillos actuando repentinamente del mismo modo en todo el país? Una incomprensible reacción en masa que se extiende de punta a punta... Sería demasiado casual.
—Entonces, ¿crees que los chicos van a marcharse a al¬guna parte el domingo?
Andy se encogió de hombros, con aire de desaliento.
—Eso es lo que Washington trata de averiguar. Y tam¬bién Londres, y París, al parecer. Le han dado el nombre de Efecto Junior.
Me encaminé hacia la puerta.
—Y, Frank..., no te excites si tus chicos se escapan de casa. Esa parte del Efecto Junior parece ser una reacción temporal. La mayoría de los desaparecidos han regresado.
Le miré, desconcertado:
—Entonces, ¿por qué se escapan?
—Ellos —señaló con un gesto el aparato de radio— creen que es una manifestación de impaciencia. Los chicos tienen que hacer algo mientras esperan que llegue el domingo.

De camino a casa, hice que el taxista pasara junto a la escuela con la esperanza de encontrar a Ellen y a los niños. No era el único padre que había tenido aquella idea. Había una hilera de taxis rodeando el edificio. Reconocí a algunos de los pasajeros como miembros del Club de los Padres.
Otra hilera de madres entraba apresuradamente por una de las puertas y salía por otra, agarrando con mano firme las muñecas de sus hijos. Y bruscamente me di cuenta que estaba presenciando una reacción espontánea que debía es¬tar produciéndose en millares de escuelas al mismo tiempo.
En casa, los niños se sentaron con aire cariacontecido en el sofá, mientras Ellen se agachaba delante del televisor. Baby Jean jugueteaba con el borde de su vestido. Wally estaba muy interesado en la contemplación de sus propias manos.
Me detuve en el umbral, vacilante, y Ellen cruzó apresu¬radamente la habitación para reunirse conmigo.
—¿Has oído?
—¿Lo del Efecto Junior? —asentí.
Ellen se refugió entre mis brazos, temblando, mientras ambos mirábamos a los niños con una expresión de temor. En la pantalla del televisor, un hombre con aspecto de in-telectual trataba de explicar el Efecto en términos de conduc¬ta inhibitoria.
—Bueno, Wally —dije, muy serio, colocando una silla de¬lante de él—. Creo que ha llegado el momento para que hable¬mos de hombre a hombre.
Wally se hundió en la blandura del sofá sin hacerme el menor caso.
—No hablará —dijo Ellen, en tono desesperado—. Lo he intentado todo, inútilmente.
Le hice una seña para que nos dejara solos.
—¿Wally...?
Volvió los ojos hacia la ventana.
—¿Baby Jean...?
—¡No me llames baby! ¡Ya no soy una niña!
Sonriendo, acaricié sus cabellos.
—Desde luego que no. Ya eres una chica mayor. Y las chi¬cas mayores saben cómo tienen que hablar con sus papás, ¿no es cierto?
Wally se inclinó hacia ella.
—No le hagas caso. ¡Está tratando de sonsacarte!
Baby Jean cruzó los brazos sobre el pecho y apretó fuer¬temente los labios.
—Vamos, Wally —dije, en tono condescendiente—, ¿acaso tengo la costumbre de sonsacarte? ¿Acaso te he engañado al¬guna vez?
Me miró fijamente, con una emoción en los ojos, que nun¬ca había visto en ellos.
—¡Sí! —gritó—. ¿Qué me dices de Santa Claus? Tú...
—¡Wally! —le advirtió Ellen.
Pero Wally ignoró la advertencia, insolentemente.
—¡No hay ningún Santa Claus! ¡Me has estado mintiendo siempre!
Baby Jean abrió mucho los ojos, con una expresión de in¬credulidad, y se volvió hacia mí.
—No es cierto, ¿verdad, papá? Santa Claus existe, ¿ver¬dad?
—¡Adelante! —se burló Wally—. Miéntele a ella como me has mentido a mí. Y cuando tenga ocho años, tendrás que decirle la verdad.
Baby Jean se había puesto en pie y me tiraba de la manga.
—Santa Claus existe, ¿verdad, papá?
Aparté la mirada, sintiéndome extrañamente culpable. Tomé los temblorosos hombros de la niña.
—Mira, Baby Jean... Verás, es como...
Pero Baby Jean se apartó bruscamente.
—¡No hay ningún Santa Claus! ¡Mamá y tú han es¬tado mintiendo siempre!
Ellen se acercó a ella, tratando de consolarla. Pero Baby Jean echó a correr, sollozando.
Me volví furiosamente hacia Wally.
—¡Te has portado como un cerdo!
—¡Pero es verdad! Tal como ellos dicen. ¡Eres cruel, y mientes, y nos engañas, y nos castigas!
Le agarré firmemente del brazo.
—¿Quiénes son ellos? —inquirí.
Pero Wally continuó con su infantil acusación.
—Todo eran mentiras. Santa Claus, y el Conejo de Pas¬cua, y la rata que ponía níqueles debajo de nuestra almoha¬da, y...
—Pero, Wally...
Mi hijo había vuelto a ponerse a la defensiva.
—¡Mentiras! ¡Mentiras! ¡Mentiras!
Le obligué a ponerse en pie y me arrodillé delante de él.
—¿Quién te ha estado contando todas esas cosas? ¿Quié¬nes son ellos?
Wally no era el tipo de muchacho que se muestra de re¬pente escéptico sin motivo. Y yo estaba dispuesto a llegar al fondo del asunto.
—Wally, ¿quién te ha cambiado de ese modo? ¡Contesta!
Le sacudí rudamente.
—¡Anda, pégame! —me desafió—. Ellos dicen que me pe¬garás hasta que llegue el domingo, pero debo ser valiente.
Derrotado, le solté.
—¡Sube a tu cuarto!
Llorando, Ellen se acercó a mí y apretó su rostro contra mi pecho.
—¡Oh, Frank! No es cierto que nos esté ocurriendo esto, ¿verdad?
Luego se apartó de mí, mientras yo me quedaba mirándo¬la, sin saber qué hacer. Oí el sonido de sus pasos subiendo la escalera detrás de los niños, gritando:
—¡Wally! ¡Baby Jean!

Ellen pasó la mayor parte del resto de aquel día en la ha¬bitación de los niños, tratando de razonar con ellos. Yo paseé sin rumbo fijo por la vecindad, intentando examinar el Efec¬to Junior desde una perspectiva más cuerda. En el curso de mi deambular, tropecé con una muchedumbre que se había reunido espontáneamente en una especie de asamblea.
Un hombre delgado y calvo, cuyos hijos eran ya induda¬blemente adultos, trepó a una silla y sugirió en tono burlón que todos los chicos menores de dieciséis años fueran obli-gados a reunirse en público. Allí presenciarían el castigo de los que se negaran a renunciar a sus planes domingueros.
Otro exigió que los maestros fueran objeto de una inves¬tigación. ¿No era evidente acaso el carácter comunista del asunto? El año anterior, sin ir más lejos, un maestro de escuela de alguna parte de Missouri había sido expulsado de un instituto, por rojo...
No tardó en quedar demostrado que nadie tenía nada cons¬tructivo que ofrecer, y la asamblea degeneró en una serie de discusiones individuales. Oí a varios padres que se acusaban a sí mismos de haber infligido castigos que, ahora se daban cuenta, habían sido más rencorosos que correctivos.
Finalmente, alguien que llevaba una radio portátil recla¬mó silencio y subió el volumen del receptor.
«...de modo que, en beneficio del país y en vista de los acontecimientos —era la voz grave del Presidente—, pro¬clamo un estado de emergencia nacional. Y asumo todos los poderes que puedan ser necesarios para afrontar esta amena¬za a nuestra seguridad colectiva como nación..., a nuestra identidad individual como miembros de las familias que for¬man la nación.»
Me abrí paso entre los grupos hasta que el tono enron¬quecido del pequeño altavoz se hizo más audible.
«Todavía no se ha encontrado una explicación al Efecto Junior —continuó el Presidente—. Sin embargo, debo rogarles que ejerzan con cordura vuestro papel de padres durante este período de prueba en las relaciones con los niños. Sean moderados en cada uno de vuestros actos.
»Debo advertirles también que no den pábulo a las expli¬caciones que pretenden relacionar la conducta de nuestros hijos con la presencia de objetos sin identificar. No existe ninguna justificación para relacionar los dos fenómenos..., hasta el momento.»
En silencio, la muchedumbre empezó a dispersarse. Mien¬tras regresaba a casa, no pude evitar el pensar en las últimas palabras del Presidente. ¿Se trataba simplemente de una negativa inicial, destinada a preparar el camino para una eventual aceptación de lo que ahora se negaba?
Ellen y los niños estaban dormidos..., los tres en la cama de Wally. Ellen tenía el pelo revuelto y el rostro húmedo de lágrimas. En sueños, extendía un brazo protectoramente en¬cima de los niños.
Bajé al salón, me serví un buen vaso de whisky y conecté la radio. Luego fui en busca de mi Winchester de repetición y empecé a limpiarlo.
Mientras repasaba mi provisión de cartuchos, oí el bo¬letín de noticias informando que Radio Moscú estaba con¬vencida del hecho que el Efecto Junior era un complot capitalista. Se trataba de una acusación recíproca, puesto que los Aliados europeos occidentales habían enviado ya notas diplomáticas al Kremlin, aludiendo claramente a la complicidad rusa.
Sonó el teléfono.

—¿Frank? Aquí, Andy. Sólo quería decirte que no es ne¬cesario que vengas a la oficina hasta después del domingo... Los empleados solteros se ocuparán de todo hasta entonces.
—¿Cómo está Freddy?
—No quiere hablar con nosotros. Pero no pienso insis¬tir más.
—¿Has oído el mensaje del Presidente?
—Sí. ¿No te ha producido la impresión que él ocultaba algo?
Por lo visto, Andy también se había dado cuenta.
—¿Los objetos sin identificar? —pregunté.
Andy permaneció silencioso unos instantes. Pensé en lo estereotipada que era la conducta de los adultos: como la de las ovejas. Casi al mismo tiempo, todos habíamos obser¬vado el Efecto Junior. Luego, como un solo hombre, todos habíamos admitido su gravedad, ¿íbamos ahora a aceptar, en masa, la explicación de los objetos sin identificar como única posible?
—¡Dios mío! Frank, ¿acaso vamos a creer que unos seres de..., de otro mundo tratan de raptar a nuestros hijos? ¿Para qué?
Recordé el artículo de la enciclopedia acerca de los ni¬ños de las Cruzadas.
—Esclavos —susurré, en tono vacilante.
—¡Esclavos! Si fueran tan endiabladamente listos, ¿no tendrían máquinas para hacerlo todo?
—Nosotros no concebimos ninguna máquina tan perfecta y tan económica como el cuerpo y la mente humanos. Tal vez ellos tampoco la conciban.
—Pero, ¿por qué únicamente los niños?
—Tal vez no desean unos adultos capaces de resistir obs¬tinadamente, en tanto que los niños serían dominables y re¬lativamente inofensivos. Podrían atraerlos actuando sobre su imaginación y su credulidad, hipnotizándolos hasta cierto punto. Y podrían utilizar ese hipnotismo para hacer que los niños desearan marcharse.
—Tal vez sea eso..., una especie de efecto Flauta Mágica. Freddy ha estado hablando en sueños de una especie de pa¬raíso donde aprenderá a ser un as del fútbol.
Recordé la somnielocuencia de Baby Jean acerca de un «feliz aterrizaje sobre una barra de chocolate».
—Pero, ¿por qué esperar hasta el domingo? —preguntó Andy, intrigado—. ¿Por qué no se los han llevado inmedia¬tamente?
Medité unos instantes.
—Tal vez imaginan que se presentarían muchas compli¬caciones..., complicaciones que pueden evitarse mediante una preparación hipnótica que cree en los niños el deseo de cola¬borar.
La voz de Andy sonó desesperada a través del receptor.
—¡Es demasiado difícil de creer! ¿Debemos decirle a al¬guien lo que hemos imaginado?
Me encogí de hombros.
—Sería inútil.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer?
El rifle estaba aún en mi regazo. Lo empuñé con aire de¬cidido.
—Quienquiera que trate de llevarse a mis hijos, va a vérselas en dificultades para acercarse a ellos el domingo —pro¬metí.
La voz del locutor interrumpió bruscamente el programa musical:
«Una formación de objetos sin identificar ha sido avistada sobre la ciudad, procedente del norte...»
Solté el receptor y eché a correr hacia la calle. Escruté cuidadosamente el cielo hasta localizar un grupo de puntos de color verde pálido que al principio parecían formar parte de la Osa Mayor. Avanzaron hacia el este, giraron a la dere¬cha y desaparecieron detrás de una nube baja que reflejaba el rosado resplandor de las luces de neón de la ciudad.
Volví a entrar en casa y me serví otro whisky.

El viernes, nuestro desayuno fue muy lúgubre. Ellen es¬taba ojerosa y preocupada, y Wally y Baby Jean permanecían sentados delante de nosotros como silenciosos desconocidos.
No dije nada, preguntándome cómo podría hablarle a Ellen de mi convencimiento acerca de la fantasía de los seres de otro mundo. Pero, al ver cómo miraba repetidamente ha¬cia el cielo a través de la ventana, comprendí que no tendría que hacerlo. Ellen se había levantado más temprano que nosotros. Y evidentemente había oído alguna noticia radiada reflejando la adopción general de la teoría que Andy y yo habíamos elaborado.
Observé disimuladamente a los niños. Su conducta de los últimos días..., ¿había sido espontánea? ¿Era su sincera reac¬ción a la creencia del hecho que iban a ser transportados a una pa¬radisíaca Jauja? ¿O era una actitud provocada hipnótica¬mente para ayudarles a resistir la coacción de los adultos durante aquel período de control?
Wally había gritado sus acusaciones acerca de la desilu¬sión de Santa Claus y del Conejo de Pascua de un modo metódico, como si hubiesen sido proferidas a través de él por una mente más lógica y madura.
—¿Hoy tampoco vamos a la escuela, mamá? —preguntó Baby Jean.
Ellen sacudió la cabeza tristemente, con los labios apre¬tados.
—No iremos nunca más a la escuela —dijo Wally jactan¬ciosamente.
Ellen se inclinó sobre él y agarró su mano.
—Wally, ¿no quieres a tu padre y a tu madre? —imploró.
Wally inclinó la mirada.
—Claro que les quiero.
—¿Y deseas marcharte?
—Eso no significa que no les quiera. Ellos dicen que ustedes vendrán más tarde. Y dicen que en el momento que lo deseemos podremos regresar.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté, en tono exasperado.
Pero Ellen me hizo una seña para que no interviniera.
—¿No te das cuenta, Wally, que ellos hablan por hablar? Te están mintiendo.
—Ellos dicen que ustedes dirán eso.
—¿Por qué iban a mentirte tus padres, querido?
—Porque quieren que nos quedemos en casa —su voz se estaba haciendo de nuevo acusadora—. Porque quieren que vayamos a la escuela. Porque les gusta mandarnos a la cama temprano...
—Quieren que nos quedemos —intervino Baby Jean— para pegarnos, y castigarnos, y ser malos con nosotros.
Estrellé mi puño sobre la mesa y la vajilla tembló peli¬grosamente.
—¡Vuestra madre y yo no somos unos demonios! —grité.
Los niños no dijeron nada. Pero sus ojos se clavaron en los nuestros con expresión acusadora.
Ellen dio la vuelta a la mesa y se arrodilló entre sus dos sillas, colocando los brazos alrededor de sus hombros.
—¿De modo que no van a ir a la escuela? —empezó, pa¬cientemente—. ¿Y no les castigarán nunca? ¿Qué es lo que harán?
Los ojos de Baby Jean se iluminaron y unió sus manos con deleite.
—¡Todos los días serán como Navidad..., aunque no haya ningún Santa Claus!
—Y cada mañana tendremos un juguete nuevo —añadió Wally, mirando ávidamente a su madre—. Luego, todos los chicos iremos a un campo muy grande y jugaremos.
Baby Jean rió.
—¡Y tendremos muñecas, y caramelos, y una fiesta cada día después de comer!
Wally frunció el ceño.
—¡Y no tendremos que dormir la siesta en verano!
—Y tendremos cada uno un gatito, y un perrito, y un lorito...
—Y nos quedaremos levantados hasta la hora que quera¬mos cada noche...
—Y...
—¡Dios mío! —gemí.
Ellen estaba llorando y apretaba las cabezas de los niños contra sus mejillas.
—¡Oh, queridos! ¿No se dan cuenta que les dicen esas cosas para que deseen marcharse con ellos?
Wally se irguió.
—¡Ellos dicen la verdad! No son como ustedes cuando hacen una promesa, que tenemos que esperar y ver si la re¬cuerdan. ¡Cuando ellos nos dicen algo, sabemos que es verdad!
—¿Cómo sabes que es verdad? —pregunté.
—Lo sé.
—A veces nos enseñan fotografías —explicó Baby Jean.
—Y a veces lo sentimos dentro de nosotros —añadió Wally.
Me puse en pie y me incliné sobre la mesa.
—¿Dónde les enseñan esas fotografías?
—Casi siempre por la noche, antes que Baby Jean y yo nos quedemos dormidos. Pero muchas veces, cuando cerra¬mos los ojos, podemos verlo todo: el árbol grande lleno de lu¬ces, y la piscina, y los cisnes, y los circos, y...
Baby Jean dejó escapar una risita.
—...y los caramelos, y las muñecas, y los vestidos bo¬nitos...
—...y bicicletas, y balones, y..., bueno, todo.
Desalentado, miré mis manos. Estaban temblando.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté.
—Bueno, papá —dijo Wally—, ¿qué importa eso?
Me acerqué lentamente a la ventana y luego regresé a la mesa.
—Mira, hijo, ¿recuerdas lo que te conté la otra noche acerca de los niños que iban a luchar a Tierra Santa? ¿Re¬cuerdas lo que les sucedió?
Pero el entusiasmo ante aquel nuevo argumento se apagó en mí al ver que Wally no me escuchaba. De todos modos, lo más probable era que ellos no le permitieran dejarse in¬fluir por ningún argumento que yo pudiera aducir.
Tomé a Wally y a Baby Jean de la mano y, con una risa forzada, les hice levantar de sus sillas.
—Vayan a vestirse. Vamos a marcharnos de la ciudad..., todos.

Mi suposición respecto a que la reacción adulta al Efecto Junior era estereotipada se reveló como correcta. A fin de cuentas, ¿no éramos todos seres humanos, variando muy poco alrede¬dor de una norma? ¿No se podía esperar que reconociéramos la amenaza casi al mismo tiempo? ¿Que utilizáramos la intimi¬dación al mismo tiempo? ¿Que empezáramos a sospechar de los objetos sin identificar casi simultáneamente? ¿Y, por últi¬mo, que pensáramos en el soborno como contraarma en el espacio de unas cuantas horas?
En consecuencia, a media tarde el barrio comercial recor¬daba la víspera de Navidad. Padres tomados de las manos de sus hijos entrando y saliendo apresuradamente de las tiendas.
Risas y balones..., de todas las formas, colores y tamaños.
Manos diminutas jugueteando con bolsas de palomitas de maíz, empuñando cucuruchos de helado...
Vestidos y trajes domingueros infantiles manchados de chocolate...
Juegos, juguetes y artículos deportivos bajo unos brazos juveniles.
Enormes muñecas arrastradas descuidadamente por el pol¬vo de la acera...
Y padres luchando con bicicletas, y piscinas de plástico, y scooters, y automóviles y aeroplanos de juguete, e incluso trineos pintados de alegres colores.
Pero la risa y la alegría, aunque fueran falsas, eran lo más estimulante de aquel demencial día de otoño.
Fue una borrachera de compras sin precedente en la his¬toria: una locura que dejó limpias las estanterías de tiendas y almacenes, agotó las existencias de todas las bombonerías y pastelerías y llenó hasta los topes los cines, que previamen¬te se habían procurado películas de dibujos animados.
El delirio disminuyó y luchamos por abrirnos camino a tra¬vés de las atestadas aceras en dirección al lugar donde ha¬bíamos estacionado nuestro automóvil. Yo iba cargado con una bicicleta de veintiséis pulgadas, una muñeca parlante y otra que caminaba, una tienda de campaña de nueve pies, dos pares de patines y un microscopio.
Ellen llevaba un montón de paquetes, pero su rostro, por encima de ellos, mostraba una expresión esperanzada.
Wally y Baby Jean se dejaron caer en el asiento trasero con su botín, y emprendimos el camino de regreso. Mientras conducía, me permití a mí mismo la ilusoria creencia que todo aquello era un estupendo fraude: una conspiración juve¬nil universal destinada a adelantar las Navidades al mes de septiembre. Una explicación que hubiese sido acogida con entusiasmo..., a no ser por el pequeño detalle del hecho que Wash¬ington había admitido ya que existía una relación entre el Efecto Junior y los objetos sin identificar.
—¿Crees que enfermarán con todas esas porquerías en sus estómagos? —pregunté.
—Sería la única enfermedad que acogería con placer des¬de que nacieron —respondió Ellen.
Al cabo de un rato, Ellen señaló el montón de juguetes que habíamos comprado.
—¿Crees que servirá para algo, Frank? —me preguntó.
—Desde luego —la tranquilicé—. No puede fallar. Ellos les prometieron el oro y el moro. Naturalmente, no podíamos luchar contra esa clase de ataque con más promesas, sino con realidades concretas.
—¡Oh, Frank! —Ellen se agarró a mi brazo y apoyó la ca¬beza en mi hombro—. ¡Me siento tan aliviada!
Cuando llegamos a casa, después de habernos detenido a ce¬nar en un restaurante, era de noche. Durante largo rato con¬templamos a los niños entretenidos con sus juguetes, olvi¬dando lo cansados que estábamos.
—Ya es hora de acostarnos, niños —anunció finalmente Ellen.
—¡Oh, mamá! —suplicó Baby Jean—. ¿No podemos que¬darnos un poco más?
Ellen suspiró con resignación.
—Desde luego, queridos... Tanto como quieran.
—¿Hasta después de medianoche? —inquirió Wally en tono de duda.
—Hasta el amanecer, si quieren.
—¡Viva! —exclamó Baby Jean—. ¡Oh, mamá! ¿No podría¬mos hacer un árbol de Navidad? Parece que estamos en Na¬vidad...
—Desde luego, querida. Tendremos un árbol de Navidad.
Ellen me miró, sonriendo.
En las afueras de la ciudad había un bosquecillo donde podría encontrar algún vástago de pino adecuado para el caso. Y en el desván había adornos y papel de estaño...
Fui en busca de mi americana, mientras Ellen se arrodi¬llaba junto a los niños.
—Tendrán vuestro árbol de Navidad mañana por la ma¬ñana, y el domingo por la mañana, y el lunes por la maña¬na, y...
—¡Oh, no, mamá! —objetó Baby Jean.
Ellen se sobresaltó.
—¿Por qué no?
Wally contorneó el dibujo floral de la alfombra con la punta del pie.
—Porque el lunes no estaremos aquí.
No hace falta decir que el sábado por la mañana no hubo ningún árbol de Navidad.
Yo había salido de casa unas horas antes del amane¬cer, pero sólo para quedarme temblando en medio del frío aire nocturno y mirar con aprensión las formaciones de puntos verdes que cruzaban el cielo.
Los niños quedaron decepcionados por lo del árbol. Baby Jean se enfurruñó, y sorprendí varias veces a Wally mirán¬donos con silencioso reproche.
Ellen, enferma y completamente agotada, pasó la mayor parte de la mañana en la cama, llamando continuamente a los niños. La mayoría de las veces, los niños acudían a su lado. Supongo que prevalecía en ellos su básica bondad, a pesar de los lazos invisibles que desfiguraban su actitud y endu¬recían su conducta.
A media mañana, el comandante de las Fuerzas Aéreas apareció en la pantalla del televisor para explicar los prepa¬rativos que se estaban haciendo. Su rostro tenía una expre¬sión de cansancio, y llevaba un uniforme muy arrugado.
«Debido a la naturaleza de la emergencia —dijo—, las medidas de defensa han sido dejadas a discreción de cada uno de los Cuerpos de Ejército, con determinadas maniobras básicas a efectuar bajo la dirección del Estado Mayor Cen¬tral...»
En la calle se oyó un gran estrépito y me perdí parte del mensaje mientras me acercaba a la ventana a contemplar tres enormes cañones antiaéreos que estaban siendo empla¬zados en un solar.
«... Probablemente —estaba diciendo el general cuando regresé junto al televisor—, la estrategia del enemigo consis¬tirá en provocar una oleada de pánico..., un pánico que nos obligue a reunir a nuestros hijos en grupos compactos y en¬cerrarlos en edificios públicos, o escuelas, o cárceles... En realidad, a reunirlos de un modo conveniente para él.
»Pero no vamos a caer en la trampa. Por el contrario, nuestros hijos permanecerán tan dispersos como lo están ahora. Todas las armas y tropas disponibles están siendo con-centradas en los centros habitados, por si el enemigo se de¬cide a intentar el rapto a pesar de nuestra negativa a reunir en rebaño a sus víctimas.»
El general aceptó una taza de café de una mano que apa¬reció en un extremo de la pantalla. Se bebió el café de un trago y dejó la taza sobre su pupitre.
«No necesito subrayar —continuó— nuestra confianza en que todos los hombres tomarán parte en la defensa. Se su¬ministrarán armas a todos aquellos que no las posean de pro¬piedad personal.»
Luego miró fijamente hacia la cámara.
«Esto es la guerra —dijo, en tono sombrío—. Sólo se diferencia de la guerra en que tenemos la suerte de saber que el ataque se producirá el domingo por la tarde.»
Sonaron unos compases marciales, mientras en la pan¬talla aparecía un letrero que decía:
«Permanezcan a la escucha de los próximos boletines.»
Salí a la calle. Todos los vecinos estaban allí, a excepción de los niños, encerrados en las casas. Pero todo el mundo guardaba un extraño silencio.
Una escuadrilla de aviones a reacción cruzó por encima de nuestras cabezas; luego otra, seguida por una formación de transportes de tropas que descendió en dirección al aero¬puerto.
Una plataforma de lanzamiento de cohetes dirigidos sur¬gió desde una calle lateral y se estacionó en medio de la manza¬na. Tres helicópteros descendieron rápidamente a dos man¬zanas de distancia y empezaron a vomitar soldados de in¬fantería completamente equipados. Más lejos, se oía el rugido de los motores de los tanques.
Pero, como en burlona réplica, una flota de aeronaves enemigas se acercó procedente del sur y permaneció colgada muy alta sobre la ciudad, semejante a un ramo de hojas pla¬teadas centelleando a la luz del sol.
Una escuadrilla de aviones a reacción giró bruscamente y trepó, trepó, trepó..., hasta que también ellos se convirtieron en manchas diminutas. Y, sin embargo, no habían llegado ni con mucho a la altura de los treinta o cuarenta objetos. Las aeronaves desconocidas debían ser tan grandes como barcos de guerra.
Finalmente, los aviones se acercaron más y el enemigo se retiró. Un suspiro de alivio se elevó de la multitud.
Una mano tocó mi manga. Era Ellen. Me volví hacia ella. En sus ojos ya no había terror, sino una expresión mara¬villada.
—¡Están huyendo! —exclamó, mirando al cielo.
Y la confianza asomó a su pálido rostro cuando vio la pla¬taforma de lanzamiento de cohetes, y los cañones antiaé¬reos, y los tanques, y los soldados plantando sus tiendas en el solar.
—¡No conseguirán nada, Ellen! —exclamé, con repentino optimismo—. Es posible que se hubieran salido con la suya si hubiésemos caído en la trampa de reunir a los niños. Pero ahora tendrán que dispersarse para recogerlos. Y si aterrizan separadamente, acabaremos con ellos...

Aquella noche no nos acostamos, y el domingo amaneció claro y radiante. A las ocho nos bebimos nuestra última taza de café y Ellen dijo:
—Ya es hora de despertar a los niños y vestirlos para ir a la iglesia.
—No vamos a ir. La iglesia es un lugar de reunión. Esta¬remos más seguros aquí... Y, Ellen, procura conducirte del modo más normal posible delante de los niños. Sufrirán una terrible decepción cuando se den cuenta que no van a te¬ner todas las cosas que les habían prometido.
Ellen colocó sus manos sobre mis hombros.
—Lo intentaré, querido.
La besé cariñosamente. Luego llamé a los niños para el desayuno.
Cuando bajaron, sus rostros reflejaban una gran expec¬tación. Mientras comían, Ellen subió a vestirse. Me alegré del hecho que no pudiera oír la conversación de los niños: hubiera vuel¬to a sumirla en un estado de depresión.
—¿Tenemos que llevarnos algún vestido? —preguntó Baby Jean.
Wally se echó a reír.
—¿Eres tonta? ¿Con la de vestidos que tendremos allí? ¡Y un equipo de futbolista para mí!
—¡Oh, Wally! ¿Qué haremos cuando lleguemos allí?
—Supongo que ayudaremos a adornar el árbol para mañana.
—¿Y luego?
—Luego nos sentaremos delante de una gran fogata y nos contarán cuentos durante el resto de la noche.
Su conversación no reflejaba ningún cambio de planes por parte de ellos. Desalentado, salí a la calle y apoyé la escalera de mano contra la casa. Con unas tablas del garaje, cegué la ventana del cuarto de los niños.
Cuando terminé, Hank Collins me estaba imitando en la casa contigua. Luego resonó el martilleo en otra casa de la parte trasera, y en otra de la manzana siguiente. De pronto, el ruido de innumerables martillos hundiendo clavos en la madera repercutió a través de toda la ciudad, por otra parte silenciosa. Aquella apresurada preparación de santuarios fi-nales para los niños, ¿era acaso otra manifestación de con¬ducta reactiva en masa? ¿Una frenética medida que estaba siendo repetida en todo el país..., en todo el mundo?
El bebé de los Collins empezó a llorar lastimeramente detrás de la tapiada ventana mientras yo regresaba a la parte delantera de la casa.
Una compañía de soldados avanzaba por en medio de la calzada; al llegar a la esquina, se dispersó. Los soldados se infiltraron en la vecindad, ocupando posiciones en las calle¬jas, en los patios traseros y a lo largo de las aceras. Poco después se unió a ellos un grupo de marines.
El rugido de los aviones a reacción resonaba en el cielo maravillosamente tranquilo, en tanto que los cañones y las ametralladoras antiaéreas oscilaban a través de sus arcos, como guerreros flexionando sus músculos al despertar.
Pero el enemigo no daba señales de vida. ¿Se habría mar¬chado definitivamente? ¿Se habría dado cuenta que está¬bamos bien preparados para recibirle? ¿O se limitaba a revisar su estrategia, para contrarrestar nuestra descentralización de las defensas?
A mediodía tomamos un ligero refrigerio. Comprensible¬mente, Ellen se había olvidado de comprar el almuerzo del domingo. Los niños comieron en silencio.
Más tarde, mientras quitábamos la mesa, el bebé de los Collins empezó a llorar de nuevo; su llanto resonó sorpren¬dentemente claro en medio del anormal silencio de la ve-cindad.
—Me gustaría que se callara de una vez —exclamé, en tono irritado.
Ellen cerró nerviosamente los puños.
—A mí, no —dijo.
Tuve que admitir que tampoco yo lo deseaba; que anhe¬laba desesperadamente oír llorar al bebé todo aquel día y toda la noche siguiente.
—Bueno, niños —dije bruscamente—. Suban a vuestro cuarto.
—Pero, papá —protestó Baby Jean—, no podemos subir a nuestro cuarto..., precisamente ahora.
—¡Yo no subiré! —gritó Wally, y echó a correr hacia la puerta de la calle.
Pero yo le agarré por la muñeca, mientras Ellen se hacía cargo de Baby Jean. Medio a rastras, les subimos a su cuar¬to. Después de haber cerrado la puerta les oímos llorar largo rato, pero finalmente las notas de The Good Ship Lollipop ahogaron los últimos sollozos de Baby Jean.
—Tú quédate en casa —le dije a Ellen, mientras sacaba el rifle del arcón del vestíbulo.
En la acera, me acerqué a un soldado que empuñaba un fusil lanzagranadas. Los vecinos estaban frente a sus hogares, con aire vacilante: unos hombres serios y silencio-sos a los cuales conocía desde hacía años pero que ahora, en su preocupación por lo increíble, parecían unos desconocidos. Llevaban toda clase de armas: fusiles, rifles, pistolas, incluso cuchillos de cocina.
—¿No hay ninguna novedad? —le pregunté al soldado.
—Ninguna. —Miró hacia el cielo—. ¿Qué hora es?
—Acaban de dar las doce.
Hank Collins pasó junto a nosotros sin vernos y se enca¬minó hacia el lugar donde estaban emplazados los cañones antiaéreos.
Esperamos... Las doce y media. La una. La una y media. Las dos.

En aquel momento hicieron su aparición: un racimo de leves manchas plateadas procedentes del este. Tres escuadri¬llas de aviones a reacción se elevaron frenéticamente para interceptarlos. Los cañones antiaéreos, oscilaron ansiosamen¬te a través de sus arcos, esperando:
—¡Dios mío! —murmuré—. ¡Se han presentado, a pesar de todo!
—¡Pero no bajarán! —dijo el soldado. Luego añadió, en tono más dubitativo—: No creo que se atrevan a bajar.
Repentinamente, las naves enemigas empezaron a aumen¬tar de tamaño, dispersándose paulatinamente mientras des¬cendían.
Hank Collins profirió una maldición y agarró por el brazo a uno de los artilleros.
—¡Dispara de una vez! —gritó.
Un sargento de la unidad móvil de radar gritó algo acer¬ca de la altura excesiva y de cien mil pies.
Hank, exasperado, levantó su rifle. Disparó seis veces, y los cartuchos vacíos repiquetearon acompasadamente sobre el cemento. Hank volvió a cargar el rifle.
Ahora los objetos eran discos visibles, cubriendo la ciudad en una formación semejante al esqueleto de un paraguas, planeando, sin descender más. Conté más de treinta antes que las baterías antiaéreas abrieran fuego.
Las casas se estremecieron, los cristales de las ventanas se astillaron y el olor a pólvora quemada impregnó el aire mientras los enfurecidos cañones vomitaban su carga.
La plataforma de lanzamiento de cohetes estaba envuelta en una nube de humo acre.
Pero ninguno de los cohetes alcanzó su blanco.
Los aviones a reacción se acercaron más al enemigo y, con sorprendente brusquedad, el ataque terrestre quedó in¬terrumpido.
En el profundo silencio que siguió, el llanto del bebé de los Collins resonó extrañamente.
Los rastros grisáceos de los cohetes disparados desde los aviones hacia los objetos semejaban una miríada de hilos de araña brillando al sol. Pero ninguno de ellos hizo blanco, ya que las naves enemigas desaparecieron de repente..., disminu¬yendo de tamaño mientras se alejaban a una velocidad in¬creíble.
El bebé dejó de llorar.
—¡Están huyendo! —gritó un alegre coro de un millar de voces.
Pero un grito de mujer resonó en una casa situada al otro lado de la calle... Y luego otro más abajo. Después oí el ate¬rrorizado grito de Ellen.
Subí la escalera como un poseso, guiado por sus gritos.
Ellen estaba aporreando la puerta del cuarto de los niños.
—¡La llave, Frank! ¡Dame la llave!
Se la entregué, y Ellen abrió la puerta de par en par.
La habitación estaba vacía. Unas rayas de luz penetraban a través de la tapiada ventana.
El oso de felpa de Baby Jean aparecía tirado sobre la cama. La bicicleta nueva de Wally estaba apoyada contra la pared.
A pequeños saltos, la muñeca andadora caminaba a tra¬vés de la alfombra, moviendo la cabeza a uno y otro lado. La cuerda se terminó, y la muñeca se quedó parada delante de nosotros, mirándonos con aire lastimero, con los brazos ex¬tendidos en un gesto de súplica.
La aguja giraba incansablemente sobre el gastado disco:
«On the good ship Lollipop the good ship Lollipop the good ship Lolli...»

Han pasado casi quince años desde que los niños se mar¬charon. Lentamente, según nos dicen, las cosas están vol¬viendo a la normalidad. No pasará mucho tiempo sin que los efectos queden totalmente borrados: un par o tres de genera¬ciones, según los sociólogos.
La vida, desde luego, es distinta, y no tiene comparación con la de los años Cincuenta. En realidad, ahora, en los Se¬tenta, estamos tan lejos de los Cincuenta como los Cincuenta lo estaban de la Edad Media.
Los economistas explican el hecho en función del merca¬do del trabajo. Los niños que desaparecieron constituían ape¬nas una quinta parte de la población. En su calidad de niños, no ejercían ningún efecto sobre la economía.
Pero ahora ya no serían niños. Ahora constituirían el grupo de los quince a los treinta años, es decir, la tercera parte de la población productiva.
Desde luego, los salarios son elevados, porque la gente en condiciones de ganar dinero escasea. Pero..., bueno, un par de zapatos, por ejemplo, vale lo que un obrero de la cons¬trucción gana en una semana: cuatrocientos ochenta dólares. Los hacemos bastante bien, aunque utilizando arpillera. El truco consiste en no atarlos demasiado flojos ni demasiado fuertes al tobillo. Sin embargo, los zapatos no nos preocupan, puesto que nos vemos obligados a improvisar en casi todos los artículos de primera necesidad.
Y, ¡oh, sí!, los caballos han vuelto a hacerse populares.
Otras características de la existencia son menos agrada¬bles: la recluta para el trabajo, por ejemplo, y la prohibición federal de la jubilación excepto para los que se encuentran completamente incapacitados.
¿Qué hicimos después de la huida de nuestros hijos? Sen¬cillamente: tener más hijos. Aprisa. Era indispensable, si queríamos recuperarnos económicamente en un período pre¬visible. Y también era un bálsamo para la angustia general provocada por la desaparición de los niños.
Ellen y yo tuvimos otro niño y otra niña. El primero nació tres años después del de Efecto Junior. Llevados por el sentimentalismo, le bautizamos con el nombre de Wallace. A la niña le pusimos el nombre de Jean.
Y son tan parecidos a sus hermanos, que a veces llegamos a olvidarnos de los dos primeros.
Anoche, por ejemplo, Baby Jean (todavía la llamamos así, a pesar que ya tiene diez años) alzó la mirada del libro que estaba leyendo. Y la luz de la lámpara parpadeó de un modo extrañamente evocador en su delgado rostro.
—Papá —me preguntó, muy seria—, ¿nos echarán de menos a Wally y a mí?

 

Daniel F. Galouye

Julio Olaciregui

Personajes:

Muchos no se pueden nombrar aquí porque se desvanecen en torcidos movimientos al contacto con la brisa o el papel. Otros fueron tan luminosos que hoy son la frescura de estas noches, el silencio de la mente, la tranquilidad de las aguas, la ilusión de los por nacer.

Moribundo:

De noche los maniquiés se apoderan de las calles. Sonríen torvamente a los hombres del aseo que abandonan los camiones amarillos sobre las calles húmedas. Se miran en silencio. Cuajadas las cejas encima d elas grnades, muertas pupilas blancas mientras extienden sus manos rosadas y perfectas al neón que, con una precisión milimétrica, hace un zig-zag dorado sobre los uniformes, manchando las camisas d elos transeúntes.

Caminando por entre ellos, a aquella hora, se pueden ver pubis endurecidos, caras agrietadas, pelucas verdes, carcajadas detenidas, sobacos húmedos y gestos en el aire. Como si todo fuese a estallar después, a incendiarse.

Vestido de bestia.

Instituo Colombiano De Cultura, Bogotá, 1980.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

El hospital del reino

Para asegurar la buena atención en el hospital del reino, Su Majestad ordenó que, dado d ealta el paciente, quienes lo hubieran atendido pasaran por los mismo males; si habían cumplido su labor con eficacia y caridad, en ellos los males asumirían su forma benigna; pero si habían sido ineficaces y desatentos, los males adquirirían la mayor virulencia.

Adolfo Bioy Casares.

Una magia modesta.

Tusquets editores S.A., Barcelona, 1998

El dueño de la biblioteca

Fui bastante amigo del cura Bésero. Recuerdo que una vez le pregunté si a lo largo de la vida había escuchado en las confesiones alguna curiosa revelación. Me dijo que sí (...) Un fiel de su parroquia, hombre tan orgulloso como ignorante, a lo largo d elos años había reunido una importante biblioteca. Bésero le hizo la clásica pregunta:

-¿Es usted muy lector?

-No leí ninguno de estos libros- exclamó el hombre-. Ninguno

Con sorpresa advirtió Bésero que los ojos de su interlocutor estaban humedecidos por lágrimas.

-¿Por qué?

-No sé. Usted perdona mis pecados, pero algo o alguien no me perdona. Me castiga quizá, porque soy orgulloso. Un castigo que me rebela. Mire: tome al azar cualquier libro de esta biblioteca.

Lo entreabrió. Le hizo ver las páginas.

-¿Qué tiene esas páginas? preguntó Bésero- Son como las de cualquier libro.

-efectivamente. Cubiertas d eletras, ¿no es verdad?

-Sí, cubiertas de letras..

-Fíjese lo que pasa cuando yo quiero leer. Es para volverse loco. Mire, de nuevo, el libro.

El hombre lo abrió, como para leerlo.  Miró Bésero y vió que las páginas estaban en blanco.

Adolfo Bioy Casares.

Una magia modesta.

Tusquets editores S.A., Barcelona, 1998

Roger Zelasny-Divina Locura


—...yo que lo es Esto, ¿embelesados oyentes como plantarse hace las y errantes estrellas las a conjura pena de frase Cuya?...
Sopló humo por dentro de su cigarrillo y éste se hizo más grande.
Miró al reloj y se dio cuenta que las saetas andaban hacia atrás.
El reloj le dijo que eran las 10:33 yendo hacia las 10:32 de la noche.
Luego le sobrevino aquella especie de desesperación, porque sabía que no podía hacer nada para evitarlo. Estaba atrapado, moviéndose a la inversa por toda la secuencia de acciones pasadas. De algún modo se había pasado por alto el aviso. Normalmente existía un efecto de prisma, un fogonazo de estática rosada, una especie de sopor, luego un momento de percepción elevada... Pasó las páginas de izquierda a derecha, los ojos siguiendo las líneas escritas de final a principio.
¿Énfasis tal comporta pesar cuyo él es Qué?
Impotente, allí detrás de sus ojos, contempló cómo se comportaba su cuerpo. El cigarrillo había alcanzado toda su longitud. Hizo un chasquido con el encendedor, que absorbió la punta encendida, y luego sacudió el cigarrillo apagado y lo devolvió al paquete. Bostezó a la inversa: primero una exhalación, luego una inhalación. No era real... le había dicho el doctor. Era pena y epilepsia conjugándose para formar un síndrome nada común. Ya había sufrido otros ataques semejantes. El Dilantin no le causaba el menor efecto. Se trataba de una alucinación locomotriz postraumática provocada por la ansiedad, precipitada por el ataque. Pero él no creía en eso, no podía creerlo... no después que hubo retirado el libro del atril de lectura, se puso en pie, caminó hacia atrás por la habitación hacia el armario, colgó su bata, volvió a vestirse con la camisa y pantalón que usara durante todo el día, retrocedió hasta el bar y regurgitó un martini, trago fresco tras trago fresco, hasta que la copa se llenó por completo y no se derramó ni una gota. Notó un fuerte sabor a aceituna y luego todo volvió a sufrir un cambio. La saeta grande marchaba por la esfera de su reloj de pulsera siguiendo la dirección adecuada. Se sintió libre para moverse a su voluntad.
Eran las 10:07.
Volvió a beber su martini.
Ahora, si era consecuente con el sistema, se pondría la bata y trataría de leer. Pero en vez de eso se sirvió otra copa. La secuencia no se repetiría. Ahora las cosas no sucederían como creyó que habían ocurrido y desocurrido. Ahora todo era diferente. Y así se venía a demostrar que había sido una alucinación. Incluso la noción que había invertido veintiséis minutos en cada sentido constituía un intento de racionalización. Nada había pasado. No debiera beber, decidió. Puede provocarme un ataque. Soltó una carcajada. Todo el asunto, sin embargo, era una locura. Al recordarlo, bebió.
Por la mañana, como siempre, omitió el desayuno, advirtió que pronto dejaría de ser «por la mañana», tomó un par de aspirinas, una ducha templada, una taza de café y dio un paseo.
El parque, la fuente, las niñas con sus pequeños barcos, la hierba, el estanque... cosas que odiaba; y la mañana, el sol, y los fosos azules alrededor de las impresionantes nubes.
Odiando, permaneció allí sentado. Odiando y recordando.
Sí, estaba al borde del desmoronamiento; entonces lo que más deseaba era lanzarse de cabeza, no seguir correteando medio adentro, medio afuera.
Recordó el porqué.
Pero la mañana era tan clara, tan clara, y todo tan vivaz y marcado, ardiendo con los verdes fuegos de la primavera, allí en el signo de Aries, abril...
Contempló cómo los vientos amontonaban los restos del invierno contra la lejana cerca gris y les vio impulsar los pequeños barcos del estanque para acabar dejándolos descansar en el lodo poco profundo donde aguardaban los niños.
La fuente tendía su sombrilla de frescura por encima de los delfines de cobre verdoso. El sol inflamaba todo cuanto quedaba al alcance de su vista. El viento agitaba una infinidad de cosas.
En enjambre, sobre el cemento, unos pequeños pájaros picoteaban los restos de una barra de caramelo envuelta en papel rojo.
Los volantines sacudían sus colas, caían, remontaban el vuelo otra vez, mientras los niños tiraban de las invisibles cuerdas.
Odiaba los volantines, a los niños, a los pájaros.
Sin embargo, se odiaba aún más a sí mismo.
¿Cómo rectifica un hombre lo que ha sucedido? No puede. No hay un sistema posible bajo el sol. Puede sufrir, recordar, arrepentirse, maldecir u olvidar. Nada más. Lo pasado, en este sentido, es inevitable.
Pasó una mujer. No alzó la vista a tiempo para verle la cara, pero el rubio oscuro y otoñal del cabello, cayéndole hasta el cuello, la línea suave y firme de las medias de malla, surgiendo por debajo del dobladillo de su abrigo negro y por encima del adecuado repiqueteo de sus tacones, le dejó sin aliento y le hizo clavar los ojos en su cimbreante caminar, en su postura y... en algo más, como si pusiera una especie de rima visual a sus pensamientos.
Medio se levantó del banco cuando la estática rosada le golpeó las pupilas y la fuente se convirtió en un volcán que escupía arcos iris.
El mundo se quedó congelado y pareció como si se lo sirvieran en una copa de helado.
…La mujer volvió a pasar ante él y bajó la vista demasiado pronto para verle la cara.
Comprendió que el infierno comenzaba otra vez cuando los pájaros cruzaron el cielo volando hacia atrás.
Se entregó a la merced del fenómeno. Dejó que aquello le dominara hasta que se rompiera, hasta que lo empleara todo y no quedara ningún resto.
Aguardó allí, en el banco, contemplando como «desnacían» las salpicaduras a medida que la fuente sorbía dentro de sí sus chorros de agua, haciéndoles describir un gran arco por encima de los inmóviles delfines, y cómo los pequeños barcos navegaban hacia atrás cruzando nuevamente el estanque y cómo la cerca se desvestía en trocitos de papel, y los pájaros devolvían la barra de caramelo a su envoltura roja, pedacito a pedacito.
Sólo sus pensamientos permanecían inviolados; su cuerpo, en cambio, pertenecía a la ola que se retiraba.
Al rato se levantó y caminó hacia atrás hasta salir del parque.
En la calle un muchacho se le cruzó caminando de espaldas, «desilbando» retazos de una melodía popular.
Subió la escalera, también de espaldas, hasta llegar a su apartamento, empeorando su dolor de cabeza a cada instante, «desbebió» su café, se «desduchó», devolvió las aspirinas y se metió en la cama sintiéndose terriblemente mal.
Dejemos que así sea, decidió.
Una pesadilla apenas recordada pasó en secuencia inversa por su mente, proporcionándole un inmerecido final feliz.
Era de noche cuando despertó.
Estaba muy borracho.
Retrocedió hasta el bar y comenzó a escupir sus bebidas, una a una en la misma copa que había utilizado la noche anterior y volvió a meter el líquido en sus respectivas botellas. No tuvo dificultad alguna en separar la ginebra del vermouth. Los mismos licores saltaron por el aire mientras mantenía las botellas descorchadas por encima del mostrador.
Y a medida que ocurría todo esto se iba sintiendo menos borracho.
Luego se plantó ante su primer martini y eran las 10:07 de la noche. Allí, inmerso en la alucinación, meditaba en otra alucinación. ¿Rizaría el rizo del tiempo, adelante y atrás otra vez, a lo largo de todo su ataque anterior?
No.
Era como si eso no hubiese ocurrido, como si nunca hubiera sido.
Continuó el retroceso de toda la velada, deshaciendo cosas.
Descolgó el teléfono, dijo «adiós», desdijo que no iría a trabajar mañana, escuchó un momento, recolgó el teléfono y lo miró mientras sonaba.
El sol salió por el poniente y la gente conducía sus coches en marcha atrás hacia su trabajo.
Leyó el boletín meteorológico y los titulares, dobló el periódico de la tarde y lo colocó en el suelo del pasillo.
Era el ataque más largo que jamás había tenido, pero no le importaba en realidad. Se sentó cómodamente y presenció como el día se devanaba a sí mismo hasta desembocar en la mañana.
Le volvió la jaqueca a medida que el día se hacía más pequeño y el dolor era terrible cuando volvió a acostarse.
Al despertar en la noche anterior, la borrachera que tenía era impresionante. Rellenó dos de las botellas, las tapó, les puso precinto. Sabía que las llevaría pronto al establecimiento donde las había comprado y se reembolsaría el dinero pagado.
Mientras permanecía sentado aquel día, su boca «desmaldecía» y «desbebía» y sus ojos «desleían», sabiendo que los coches nuevos estaban siendo reembarcados con destino a Detroit y desmontados, que los cadáveres despertaban de sus camas mortales y que todos en el mundo obraban hacia atrás sin saberlo.
Quiso soltar una risa, pero no pudo dar la orden a su boca.
«Desfumó» dos paquetes y medio de cigarrillos.
Luego le sobrevino otra jaqueca y se fue a la cama. Más tarde, el sol se puso por el oriente.
El alado carro del tiempo desfiló raudo ante él mientras abría la puerta y decía «adiós» a los que le habían dado el pésame y estos le recomendaban que se resignara, que no pensara demasiado en la pérdida.
Y lloró sin lágrimas al darse cuenta de lo que iba a suceder.
Pese a su locura, sufría.
...Sufría, mientras las horas circulaban hacia atrás.
...Inexorablemente hacia atrás.
...Inexorablemente, hasta que supo que tenía el tiempo al alcance de la mano.
Rechinó los dientes mentalmente.
Grande era su pena, su odio, su amor.
Llevaba su traje negro y «desbebía» copa tras copa, mientras en alguna parte los hombres recobraban las partículas de arcilla, formando montones en sus palas para «desexcavar» la tumba.
Hizo retroceder su coche hasta la funeraria. lo estacionó, subió en la limosina.
Todos regresaron caminando de espaldas hasta el cementerio.
Se plantó entre sus amigos y escuchó al sacerdote.
—polvo al polvo; cenizas a las Cenizas —dijo el hombre, cosa que suena igual tanto si se dice al derecho como al revés.
El ataúd fue devuelto al coche fúnebre y éste regresó a la funeraria, donde el féretro quedó reinstalado en la capilla ardiente.
Permaneció sentado durante todo el servicio de difuntos y volvió a casa y se «desafeitó» y se «descepilló» los dientes y se fue a la cama.
Despertó y volvió a vestirse de negro y regresó a la funeraria.
Las flores habían vuelto todas a su lugar.
Los amigos, con rostro solemne, «desfirmaron» los pliegos de firmas de condolencia y le «desestrecharon» la mano. Luego entraron para sentarse un momento y mirar el ataúd cerrado. Después se fueron, hasta que se quedó solo con el maestro de ceremonias de la funeraria.
Luego estaba más solo todavía.
Las lágrimas le subían por las mejillas.
Su traje y su camisa volvían a estar planchados y crujientes.
Retrocedió hasta su casa, se desnudó, se despeinó. Luego el día se desplomó alrededor de él hasta dar con la mañana y regresó a la cama a «desdormir» otra noche.
La tarde anterior, cuando despertó, se dio cuenta de hacia dónde se encaminaba. Ejercitó toda su fuerza de voluntad en un intento de interrumpir la secuencia de acontecimientos.
Fracasó.
Deseaba morir. Si se hubiera suicidado aquel día no estaría ahora retrocediendo hacia aquello.
Había lágrimas en su mente al percibir el pasado que yacía a menos de veinticuatro horas ante él.
El pasado lo estuvo acechando durante todo el día mientras «descompraba» el féretro, el nicho y los accesorios.
Luego se encaminó a casa y a la mayor resaca de todas las conocidas y durmió hasta que se despertó y «desbebió» vaso tras vaso y luego regresó al depósito de cadáveres y retrocedió en el tiempo hasta colgar el teléfono en aquella llamada, aquella llamada que había venido a romper...
...El silencio de su cólera con su sonido.
Ella estaba muerta.
Ella yacía en alguna parte, entre los fragmentos de su coche, accidentado en plena autopista 90.
Mientras paseaba, «desfumando», sabía que ella estaba desangrándose.
...Luego muriendo, después de estrellarse cuando viajaba a 130 kilómetros por hora.
...¿Vivía entonces?
¿Se rehizo luego, junto con el coche, y recuperó la vida, se levantó? ¿Estaba ahora volviendo a casa a una tremenda velocidad y en marcha atrás para dar un portazo y abrir la puerta antes de su discusión final? ¿Para «desgritarle» a él y verse «desgritada»?
Lanzó un alarido mental. Se retorció las manos imaginativamente.
No podía detenerse en este punto. No. Ahora no.
Toda su pena y todo su amor y el odio por sí mismo le habían hecho retroceder hasta tan lejos, hasta casi el momento...
No podía terminar ahora.
Al cabo de un rato ingresó en la sala de estar, las piernas marcando los pasos, los labios maldiciendo, él mismo esperando.
La puerta se abrió de «un portazo».
Ella le miraba con fijeza, el maquillaje estropeado, las lágrimas en las mejillas.
—!infierno al vete Entonces¡ —dijo él.
—!marcho Me¡ —anunció ella.
Ella, retrocediendo, cerró la puerta.
Colgó su abrigo con prisa en el ropero del recibidor.
—...mí de eso opinas Si —dijo él, encogiéndose de hombros.
—!ti por preocupas te sólo Tú¡ —gritó ella.
—!criatura una como comportas Te¡ —saltó él.
—!sientes lo que decir podrías menos Al¡
Los ojos de ella llamearon como esmeraldas en medio de la estática rosada y volvió a estar adorablemente viva. Mentalmente, él estaba bailando.
Se produjo un cambio.
—¡Al menos podrías decir lo que sientes!
—Lo siento —dijo él, tomándole la mano con fuerza para que no pudiese soltarse—. Nunca podrás imaginarte cuánto lo siento.
—Ven aquí —dijo después.
Y ella obedeció.

F I N
Título Original: Divine Madness © 1966.
Digitalización, Revisión y Edición Electrónica de Arácnido.
Revisión 3.

Fantasmas

Al final, la ciudad se conviertió en el hábitat marchito de una marea en constante movimiento de desposeídos fantasmas grises; algunos como jirones de telas sucias aleteando con el viento; otros como pedazos de papel o restos de bolsas de pasabocas arrastrados calle abajo; unos más como pequeñas nubes  negras del humo del escape de un motor a gasolina, barridos por el viento...

Bufón.

04-05-07

La nave

La nave

La vieja y oxidada nave espacial llegò dando tumbos a travès del tiempo vacìo del espacio interestelar, hasta arribar a aquèl lejano planeta, donde sus habitantes la acogieron.

Durante mucho tiempo estuvieron indecisos sobre si abrirla o no, aùn cuando a simple vista comprendieron que se trataba de un medio de transporte, hueco en su interior, diseñado para que un ser viviente pudiera sobrevivir dentro de èl.

Cuando por fin de decidieron, comprobaron, no sin aprehensiòn, que se hallaban ante un fèretro flotante: su ùnico tripulante hacìa tiempo que habìa muerto a considerar por el estado del cuerpo.

Màs por nostalgia hacia aquèl explorador truncado que por curiosidad cientìfica -ya que su propia tecnologìa rebasaba con mucho la del desaparecido visitante-, se dedicaron a estudiar la nave. En la pared exterior, bajo la cabina de mando, hallaron escrito, con pintura ajena al resto del artefacto, unos caracteres que tardaron poco en descifrar, gracias a los muchos archivos entre tangibles y electrònicos hallados dentro del mismo aparato: La Española, decìa.

Despuès de muchas disquicisiones, concluyeron que se trataba del nombre de la nave , que presumiblemente habìa sido escrito allì por su solitario tripulante.

Pero nunca pudieron saber què significaba. Y ese fue el ùnico secreto que no pudieron arrancarle a la muerte...

 

Antes de embarcarse en su viaje sin retorno, Floyd Bowman sintiò la imperiosa necesidad de concederle un rasgo humanizante al frìo metal de la càpsula espacial, que habrìa de transportarlo millones de kilòmetros al olvido. La primera idea que se le ocurriò fue colocarle un nombre. Asì que tomò un tarro de pintura y con una brocha trazò el nombre de La Española, justo debajo de la cabina de mando en la cara exterior del aparato.

Y sonriò ante la alusiòn.

Pues La Española era el nombre del barco en que navegaba Jim Hawkins hacia la Isla del Tesoro, en la novela del mismo nombre que èl, Floyd Bowman, habìa leìdo cuando sòlo tenìa once años de edad...

26-02-06

Bufòn.

El ùltimo hombre

El ùltimo hombre levantò los ojos al cielo e implorò respuestas con un gemido estridente, antes de caer de bruces sobre la tierra desolada.

Al otro lado del tiempo, a miles de unidades astronòmicas de olvido, la entidad llamada Dom captò el dèbil  mensaje gracias a los dispositivos receptores de las màquinas blandas implantadas en su piel.

De inmediato Dom se conectò a la Inteligencia Central y asì supo que el mensaje provenìa de un planetoide extinto.

Por un instante, estuvo tentado de enviar una respuesta, acusando recibo de la sùplica interpuesta...

Pero la Inteligencia Central le hizo saber que no serìa necesario ya que , gracias a un extraño sentimiento llamado esperanza, el ùltimo hombre, en el ùltimo instante, tuvo la certeza de estar siendo escuchado...

24-02-07

Bufòn.

Tiempo

-El tiempo no es inmutable, es algo que la ciencia del caos nos ha demostrado (...).

-Si el tiempo no es inmutable, ¿se puede saber què es? (...)

-El tiempo es como una niebla con estructura de onda. Todo son ecuaciones, (...). Manipulas los datos, y nadie sabe què resultados obtendràs (...)

-Como la vida misma, en realidad.

-Sometida tambièn al caos.

Dràcula desencadenado.

Brian Aldiss.

Celeste ediciones S.A., Madrid, 2001.

El Buscador

El Buscador se sentìa naufragar.

Presentìa que una vez habìa tenido la Respuesta, pero como entre sus facultades no estaba la de recordar o retener, ni la de asociar, omitir u olvidar hasta crear una memoria, desconocìa la situaciòn de la Ventana donde podìa acceder  a ella...

Asì que iniciò una nueva Bùsqueda, casi al azar.

Pensò que si no encontraba la Ventana donde se hallaba su respuesta, encontrarìa otra que lo remitiera a aquella, de manera que , en algùn momento, podrìa recrear una aproximaciòn  a la respuesta original...

A veces , sobre todo por las noches cuando estaba exhausto, anhelaba retroceder en el tiempo, porque tenìa la sensaciòn de que sòlo en su pasado o en sus sueños, volverìa a obtener la Respuesta...

Bufón

29-X-05

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El Buscador

El Buscador sabìa que estaba atrapado en el laberinto, pero no le importò. Estaba demasiado ocupado para preocuparse por ello.

Si antaño las personas le solicitaban sabidurìa, èl se limitaba a otorgarles un dogma, una profesiòn de fe, una ideologìa que ellos abrazaban hasta abrasarse...

Pero ya el Buscador no tenìa tiempo para jugar con las fatuas pretensiones de los Usuarios, quienes ahora exigìan informaciòn y entretenimiento, y èl debìa fagocitarlo todo y regurgitarlo, en tiempo real, sin ningùn asomo de trascendencia...

Bufòn.

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