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La evolución de la ciencia humana-Ted Chiang

Hace veinticinco años desde la última vez que un informe de investigación original fue enviado a nuestros editores para su publicación, lo que hace que éste sea un buen momento para revisar una cuestión muy discutida por aquel entonces: ¿cuál es el papel de los científicos humanos en una época en la que las fronteras de la indagación científica han quedado más allá de la comprensión de los humanos?

Sin duda, muchos de nuestros suscriptores recordarán haber leído artículos cuyos autores eran los primeros individuos que habían obtenido los resultados que describían. Pero cuando los metahumanos comenzaron a dominar la investigación experimental, tendieron a comunicar sus descubrimientos sólo vía TDN (transferencia digital neuronal), dejando que las revistas publicasen explicaciones de segunda mano traducidas al lenguaje humano. Sin la TDN, los humanos no podían apreciar completamente los avances anteriores ni utilizar de forma efectiva las nuevas herramientas necesarias para realizar investigaciones, mientras que los metahumanos siguieron mejorando la TDN y dependiendo de ella cada vez más. Las revistas para el público humano quedaron reducidas al papel de meros vehículos de divulgación, y además no demasiado buenos, puesto que incluso los humanos más brillantes se quedaban perplejos ante las traducciones de los últimos descubrimientos.

Nadie niega los muchos beneficios de la ciencia metahumana, pero uno de sus costes para los investigadores humanos fue la constatación de que probablemente nunca volverían a realizar una contribución original, a la ciencia. Algunos abandonaron el campo completamente, pero los que se quedaron desplazaron su atención, alejándose de la investigación original y acercándose a la hermenéutica: interpretar el trabajo científico de los metahumanos.

La hermenéutica textual fue la primera en popularizarse, puesto que ya había terabytes de publicaciones metahumanas cuyas traducciones, aunque crípticas, eran presumiblemente bastante precisas. Descifrar esos textos no guarda demasiada relación con la tarea realizada por los paleógrafos tradicionales, pero se sigue progresando: los últimos experimentos han confirmado la validez del desciframiento efectuado por Humphries de las publicaciones que, hace décadas, abordaron la genética de la histocompatibilidad.

La disponibilidad de aparatos basados en la ciencia metahumana provocó el nacimiento de la hermenéutica de artefactos. Los científicos comenzaron a intentar reproducir el proceso de construcción de estos artefactos, pero su objetivo no era fabricar productos alternativos, sino sencillamente entender los principios físicos subyacentes a su funcionamiento. La técnica más habitual es el análisis cristalográfico de los aparatos nanológicos, que a menudo nos proporciona nuevas perspectivas acerca de la mecanosíntesis.

El método de indagación más moderno y con mucho el más especulativo es la observación a distancia de las instalaciones de investigación metahumanas. Uno de los objetivos más recientes de la investigación es el ExaCollider recién instalado bajo el desierto de Gobi, cuyas desconcertantes emisiones de neutrinos han dado lugar a grandes controversias. (El detector de neutrinos portátil es, por supuesto, otro artefacto metahumano cuyos principios de funcionamiento nos son desconocidos.)

La cuestión es si estas ocupaciones son dignas de un científico. Algunos las califican de pérdida de tiempo, equiparándolas a lo que hubiera supuesto una investigación de los nativos americanos sobre fundición del bronce cuando ya estaban disponibles las herramientas de acero fabricadas por los europeos. Esta comparación podría ser más adecuada si los humanos estuvieran compitiendo con los metahumanos, pero en la economía de la abundancia de hoy en día, no hay señales que indiquen esa competición. De hecho, es importante reconocer que, al contrario de lo que sucedió con la mayoría de las culturas de bajo nivel tecnológico cuando se enfrentaron a una de alto nivel tecnológico, los humanos no están en peligro de asimilación o de extinción.

Sigue sin existir una forma de convertir un cerebro humano en metahumano; la terapia genética Sugimoto debe ser realizada antes de que comience la neurogénesis en el embrión para que el cerebro sea compatible con la TDN. Esta ausencia de un mecanismo de asimilación quiere decir que los padres humanos de un niño metahumano tienen ante sí una elección difícil: pueden permitir que su hijo interactúe mediante TDN con la cultura metahumana, y observar cómo se vuelve cada vez más incomprensible para ellos; o restringir su acceso a la TDN durante los años de formación del niño, lo que para un metahumano es una privación similar a la sufrida por Kaspar Hauser. No resulta sorprendente que el porcentaje de padres humanos que eligen la terapia genética Sugimoto para sus hijos haya descendido en los últimos años casi hasta cero.

Como resultado, la cultura humana tiene buenas posibilidades de sobrevivir hasta muy lejos en el futuro, y la tradición científica es una parte vital de esa cultura. La hermenéutica es un método legítimo de indagación científica y aumenta el acervo del conocimiento humano de la misma forma en que lo hacia la investigación original. Lo que es más, los investigadores humanos pueden descubrir aplicaciones que pasan por alto los metahumanos, cuyas ventajas tienden a provocar que nuestras preocupaciones les pasen desapercibidas. Por ejemplo, imaginen que la investigación ofreciera esperanzas de una terapia alternativa de aumento de la inteligencia, una que permitiera a los humanos «mejorar» gradualmente sus mentes hasta nivel equivalente al metahumano. Esa terapia ofrecería un puente para superar lo que se ha convertido en la mayor división cultural en la historia de nuestra especie, pero los metahumanos podrían no pensar siquiera en explorarla; sólo esa posibilidad justifica la continuidad de la investigación humana.

No debemos sentirnos intimidados por los logros de la ciencia metahumana. Deberíamos recordar en todo momento que las tecnologías que hicieron posibles a los metahumanos fueron inventadas originalmente por humanos, y ellos no eran más inteligentes que nosotros.

Las Gafas de Pigmalión-Stanley Weinbaum

—¿Qué es la realidad? —preguntó el hombre con aspecto de gnomo con el que compartía el banco. Hizo un ademán hacia los altos bloques de edificios que rodeaban el Central Park, con sus incon­tables ventanas que relucían como las fogatas de un poblado prehis­tórico—. Todo es sueño, todo es ilusión; yo soy la visión de usted como usted es la visión mía.

Dan Burke, luchando por aclarar sus ideas entre los vapores de licor, miraba sin comprender la diminuta figura de su compañero. Empezó a lamentar el impulso que le había inducido a abandonar la reunión para buscar aire puro en el parque y que le había llevado a tropezar por casualidad con aquel viejo loco. Sin embargo, no pudo evitarlo; había demasiada gente en la reunión y ni siquiera la presencia de Claire con su esbelta figura pudo retenerlo. Sentía un ardiente deseo de volver a casa, no a su hotel, sino a su casa en Chicago y a la relativa paz de la Cámara de Comercio. De cualquier modo se marchaba al día siguiente.

—Usted bebe —prosiguió el barbado elfo— para hacer real un sueño, ¿no es así? O, tal vez, para soñar que ya es suyo aquello que perseguía, o para creer que ha destruido todo cuanto aborrecía. Bebe para escapar de la realidad, y lo irónico del caso es que la misma realidad es un sueño.

«¡Chiflado!», pensó de nuevo Dan.

—O, por lo menos —concluyó el otro—, eso asegura el filósofo Berkeley.

—¿Berkeley? —repitió Dan, La cabeza se le iba aclarando y acu­dían a su mente recuerdos de un curso de filosofía elemental que había seguido en la universidad—. El obispo Berkeley, ¿no?

—¿Lo conoce usted? El filósofo del idealismo, claro. El que arguye que nosotros no vemos, palpamos, oímos y gustamos el objeto, sino que sólo tenemos la sensación de ver, palpar, oír, gustar.

—Creo... creo recordar algo de eso.

—-Perfectamente. Pero las sensaciones son fenómenos mentales.

Existen en nuestras mentes. ¿Cómo sabemos, pues, que los objetos en sí no existen sólo en nuestras mentes? —De nuevo apuntó hacia los edificios iluminados—. Usted no ve ese muro de albañilería; usted percibe solamente una sensación, un sentimiento de estar viendo. Lo demás lo interpreta usted.

—Usted ve lo mismo —objetó Dan.

—¿Cómo puede afirmarlo? Y aún más, se lo concedo; pero ¿cómo sabe que yo soy algo más que un sueño suyo? Dan se echó a reír.

—Desde luego nadie sabe nada. Todo cuanto conocemos penetra en nosotros a través de los cinco sentidos. Uno hace después sus conjeturas y si se equivoca, paga su error. —Ahora su mente estaba clara, excepto un ligero dolor de cabeza—. Escuche —dijo de pron­to—, usted puede argüir que una realidad es una ilusión; eso es fácil. Pero si su amigo Berkeley tiene razón, ¿por qué no puede usted hacer real un sueño? Si funciona en un sentido, también debe fun­cionar en el otro.

La barba se meneó rápidamente; los brillantes ojos de elfo lo miraron de un modo extraño.

—Todos los artistas lo hacen —dijo el viejecito con voz suave. Dan sintió que había algo más que era muy difícil de expresar.

—Eso es una evasiva —gruñó—. Todo el mundo puede apreciar la diferencia entre un cuadro y la realidad, o entre una película y la vida.

—Pero —susurró el otro— lo más real será lo mejor, ¿no? Y si alguien pudiera hacer una... una película... muy, muy real, ¿qué diría usted entonces?

—Nadie puede hacer eso.

Los ojos del viejo resplandecieron de nuevo extrañamente.

—¡Yo puedo! —susurró—. ¡Yo lo hice!

—¿Hizo qué?

—Hice real un sueño. —La voz se tornó irritada—. ¡Estúpidos! Lo traje para ofrecérselo a Westman, la gente del cine, y, ¿qué dije­ron? «No es negocio. Se necesitan aparatos individuales. No es ren­table.» ¡Hatajo de estúpidos!

—¿Eh?

—Escuche, soy Albert Ludwig, el profesor Ludwig. —Como Dan permaneciera silencioso, prosiguió—: Mi nombre no le dice nada, ¿verdad? Pero escuche: ¿Qué nos proporciona ahora el cine? Visión plana y sonido, ¿no es así? Suponga que yo añado gusto, olor, incluso tacto. Suponga que lo hago de forma que el espectador interviene en el relato, habla a las sombras y las sombras le responden, y que el relato, en lugar de desarrollarse en una pantalla, se refiere por comple­to a quien participa en él, ¿No sería eso hacer real un sueño?

—¿Cómo diablos podría usted conseguirlo?

—¿Cómo? Pues muy simplemente. Primero mi líquido positivo, luego mis gafas mágicas. Fotografío el relato en un líquido con elementos cromáticos sensibles a la luz. Elaboro una solución com­pleja, ¿comprende usted? Añado el gusto químicamente y el sonido electrónicamente. Y cuando el relato está registrado vierto la solución en las gafas: mi proyector cinematográfico. Electrolizo la solución, el relato, la vista, el sonido, el olor, el gusto, todo.

—¿Y el tacto?

—Si es eso lo que le interesa, su propia mente se encargará de proporcionárselo. —Su voz estaba cargada de ansiedad—. ¿Quiere hacer una prueba, señor...?

—Burke —dijo Dan. «Un estafador», pensó. Luego una chispa de temeridad prendió en los evanescentes vapores del alcohol—. ¿Por qué no? —gruñó.

Se puso en pie; Ludwig, que había hecho lo mismo, le llegaba escasamente a los hombros. «Un curioso viejecillo con aspecto de gnomo», pensó Dan mientras lo seguía por el parque.

Entraron en uno de los numerosos edificios de apartamentos que había en la vecindad. Una vez en su habitación, Ludwig rebuscó en una maleta y sacó un artilugio que recordaba vagamente una más­cara antigás. Iba provisto de oculares y la embocadura, de caucho, estaba regulada por una válvula. Dan lo examinó con curiosidad mientras el bajito y barbudo profesor blandía una botella de líquido incoloro.

—¡Aquí está! —exclamó jubiloso—. Mi líquido positivo, el argu­mento. Una fotografía dura, infernalmente dura, por tanto el argumen­to más simple. Una utopía: sólo dos personajes y usted, el público. Ahora póngase las gafas. Póngaselas y dígame si los Westman no son unos estúpidos. —Derramó algo del líquido en la máscara y unió un retorcido alambre a un aparato que descansaba sobre la mesa—. Un rectificador —explicó—. Para la electrólisis.

—¿Hay que usar todo el líquido? —preguntó Dan—. Si utiliza usted sólo una parte, ¿veré únicamente una parte del relato? ¿Cuál?

—Cada gota lo contiene todo, pero hay que colmar las gafas. —Luego, mientras Dan se colocaba ávidamente el dispositivo, aña­dió—: ¡Eso es! ¿Qué ve usted ahora?

—Nada especial, Sólo las ventanas y las luces del otro lado de la calle.

—Naturalmente. Pero ahora voy a hacer funcionar la electrólisis. ¡Ya está!

 

Hubo un momento de caos. El líquido adquirió un tinte blanque­cino y los oídos de Dan se llenaron de zumbidos informes. Aturdido y algo inquieto, Dan intentó zafarse de aquel artilugio que le oprimía la cabeza, pero unas siluetas que emergían de la niebla captaron su interés.

La escena se precipitó. De un modo increíble, aferrado a los brazos de una imaginaria butaca, estaba contemplando un bosque. Pero, ¡que bosque! ¡Increíble, extraterrestre, hermosísimo! Pulidos troncos ascendían hacia un cielo brillante, extraños árboles que sugerían eras perdidas en la noche de los tiempos. A una altura que se antojaba infinita, ondeaban frondosas copas de un verdor moteado de castaño. Singulares y encantadores gorjeos, tenues silbidos que parecían arrancados de un cuento de hadas, vibraban en el aire; pájaros, sin duda, aunque ninguna criatura era visible.

Dan permanecía inmóvil, sumido en un trance inefable. Se dejaba acariciar por la dulce melodía que crecía en una sucesión de tañidos cristalinos y suaves acordes de una música soñada. Por unos ins­tantes, olvidó la sórdida habitación, al viejo Ludwig, su dolorida cabeza. «¡El edén!», murmuró para sí, y le repuso la música poderosa entonada por gargantas invisibles.

Al cabo, recobró cierto grado de razón. «Ilusión», se dijo a sí mismo. «Inteligentes dispositivos ópticos, no realidad.» Tanteó en busca del brazo de la butaca, lo encontró y se aferró a él. Frotó los pies y encontró una nueva contradicción. A sus ojos, el suelo era un verdor musgoso; a su tacto, se trataba meramente de una gruesa alfombra de hotel.

La delicada música cautivó de nuevo su atención. Un ligero per­fume, de una exquisita finura, soplaba hacia él. Alzó la mirada y contempló cómo en el árbol más próximo se abría una gran diadema carmesí y cómo un diminuto sol rojizo aparecía en el retazo de cielo que alcanzaba a ver, La encantadora orquesta parecía incrementar la luz y las notas le comunicaban un estremecimiento de alegría. ¿Ilusión? Si era así, la realidad resultaría casi insoportable. Nece­sitaba creer que en algún lugar, en algún punto más acá de los sueños, existía realmente esta región de la delicia. ¿Una avanzadilla del paraíso? Tal vez.

Y luego, mucho más allá de la tenue bruma, percibió un centelleo de plata, un movimiento que no era el temblor del follaje. Algo se acercaba. Vio cómo la figura se movía, ora visible, ora oculta por los árboles. Muy pronto distinguió que era una figura humana y ya estaba casi encima de él cuando comprendió que se trataba de una muchacha.

Vestía un traje plateado, casi transparente, luminoso como rayos de estrellas, Una delgada cinta de plata ceñía sus negros cabellos. Sus blancos piececitos andaban descalzos sobre el musgoso suelo del bosque. Apenas un paso les separaba y ella estaba allí, mirándolo con obscuros ojos. La tenue música vibró de nuevo; la muchacha sonrió.

Dan trató de ordenar sus alocados pensamientos. ¿También este ser no era más que ilusión? ¿No tenía más realidad que la belleza del bosque? Abrió los labios para hablar cuando una voz urgente y excitada sonó en sus oídos:

—¿Quién es usted?

¿Era él quién había hablado? La voz llegaba como si viniese de otro, como el sonido de las palabras que uno pronuncia en el delirio de la fiebre.

La muchacha sonrió de nuevo.

—Inglés —dijo con un tono suave—, Sé hablar un poco de inglés. —Pronunciaba lenta, cuidadosamente—. Lo aprendí del... —vaciló— del padre de mi madre, a quien llaman el Tejedor Gris.

Una vez más resonó una voz extraña en los oídos de Dan.

—¿Quién es usted?

—Me llaman Galatea —dijo ella—. He venido a buscarte.

—¿A buscarme? —repitió la voz que Dan apenas reconocía como suya.

—Leucon, a quien llaman el Tejedor Gris, me anunció tu llegada —explicó ella, sonriendo—, Dijo que permanecerás con nosotros hasta el segundo mediodía a partir de éste. —Lanzó una rápida mi­rada de soslayo al pálido sol que ahora caía a plomo sobre el claro, luego la muchacha se acercó más—. ¿Cómo te llaman?

—Dan —masculló él.

—¡Qué nombre tan raro! —dijo la muchacha—. Ven —sonrió, tendiéndole una mano.

Dan la tomó entre las suyas y sintió, sin ninguna sorpresa, el vivo calor de aquellos dedos femeninos. Había olvidado las paradojas de la ilusión; se sentía inmerso en la pura y simple realidad. Empezó a seguir a la muchacha por el sombreado césped. Bajó la mirada y notó que él mismo llevaba puesto un vestido de plata y que tenía los pies desnudos. Sintió una alada brisa en su cuerpo y la humedad de la hierba bajo sus pies.

—Galatea —dijo su voz—, Galatea, ¿qué sitio es éste? ¿Qué idioma hablas?

Ella le devolvió la mirada echándose a reír,

—Bueno, esto es Paracosma, naturalmente, y este es nuestro idioma.

—Paracosma —murmuró Dan—. ¡Paracosma!

Un lejano recuerdo del griego que había estudiado años antes acu­dió a su mente. ¡Paracosma! ¡El país más allá del mundo! Galatea le lanzó una risueña mirada. Inquirió:

—¿Te parece extraño este mundo real después de aquel país tuyo de sombras?

—¿País de sombras? —repitió Dan, desconcertado—. ¡Aquí es donde hay sombras, no en mi mundo!

La sonrisa de la muchacha se hizo burlona.

—¡Uf! —replicó con un mohín descarado y delicioso—. Supongo, entonces, que soy yo el fantasma en lugar de serlo tú, ¿no? —Se echó a reír—. ¿Tengo acaso aspecto de fantasma?

Dan no contestó; estaba quebrándose la cabeza con preguntas insolubles mientras caminaba detrás de la esbelta figura de su guía. El sendero se iba ensanchando y el bosque clareaba. Llevaban quizá recorridos un par de kilómetros, cuando un sonido de agua canta­rina apagó la otra música. Desembocaron a la orilla de un riachuelo, rápido y cristalino, que nacía en una centelleante laguna. Galatea se arrodilló, juntó las manos y se llevó unos buches de agua a los labios. Dan siguió su ejemplo; el agua estaba muy fría.

—¿Cómo vamos a cruzar? —preguntó él.

—Puedes vadear por allí —le respondió la dríada que lo guiaba, señalándole un paso poco profundo—, pero yo siempre cruzo por aquí.

Se zambulló en la corriente como una flecha de plata. Dan la siguió. Un par de brazadas le bastaron para alcanzar la orilla opuesta donde Galatea había emergido ya con un resplandor de morenos miembros desnudos. El vestido mojado se adhería a su cuerpo con la fuerza de una envoltura metálica; Dan sintió que se le cortaba la respiración al verla. Y luego, milagrosamente, el plateado vestido secó y la pareja siguió moviéndose vivamente.

El increíble bosque había acabado con el río. Caminaban por un prado cubierto de muchas florecillas de distintos matices y en forma de estrellas cuyas frondas resultaban bajo los pies tan blandas como un césped bien cuidado. Sin embargo aún los seguían los débiles piulidos ora ruidosos, ora dulces, en una tenue red melódica.

—¿Galatea —preguntó Dan de pronto—, de dónde viene esta mú­sica?

Ella volvió la cabeza, asombrada.

—¡Qué tonto eres! —se rió—, De las flores, naturalmente. ¡Mira!

Arrancó una estrellita púrpura y la acercó al oído de su compañero. Era verdad: una melodía débil y quejumbrosa brotaba de la flor. La muchacha le golpeó con ella la sorprendida cara y echó a correr.

Frente a ellos se perfiló un bosquecillo. Rebosaba de plantas car­gadas de flores y frutos de colores iridiscentes. Lo atravesaba un diminuto arroyuelo. Allí estaba la meta de su viaje: un edificio de piedra blanca como el mármol, de un solo piso, cubierto de enre­daderas y con anchas ventanas sin cristales. Caminaron por una senda de brillantes guijarros hasta la entrada en arco y allí, en un complicado banco de piedra, hallaron sentado a un hombre de patriarcal barba blanca. Galatea se dirigió a él en un extraño len­guaje que le recordó a Dan la melodía de las flores; luego se volvió a Dan.

—Este es Leucon —señaló.

El anciano se levantó de su asiento y habló en inglés:

—Galatea y yo nos sentimos felices de darle la bienvenida. Los visitantes son aquí un extraño placer y los procedentes de su país de las sombras son los más raros.

Dan profirió turbadas palabras de agradecimiento. El anciano le respondió con una leve inclinación de cabeza y volvió a sentarse en el banco, Galatea desapareció en el interior de la casa y Dan, tras un momento de indecisión, se sentó junto al anciano. Una vez más sus pensamientos se arremolinaban en una turbulenta perplejidad. ¿Se trataba de verdad de una ilusión? ¿Seguía sentado en la prosaica ha­bitación del hotel, mirando a través de unas gafas mágicas que pintaban en torno de él este mundo o, por algún milagro, había sido transportado y estaba realmente sentado en aquel reino de hermo­sura? Palpó el banco y sus dedos comprobaron la dureza y frialdad de la piedra.

—Leucon —preguntó—, ¿cómo sabía que yo iba a venir?

—Me lo dijeron —respondió.

—¿Quién se lo dijo?

—Nadie.

—¡Pero alguien tiene que habérselo dicho! El Tejedor Gris sacudió su solemne cabeza.

—Simplemente me lo dijeron.

Dan dejó de preguntar, contentándose por el momento con admirar la belleza que reinaba a su alrededor. Poco después Galatea volvió; venía con un cuenco de cristal rebosante de extrañas frutas: rojas, púrpuras, anaranjadas y amarillas, en forma de peras, en forma de huevos, en forma de arracimados esferoides, fantásticas, extraterrestres. Dan eligió un ovoide pálido y transparente, lo mordió y, para diversión de la muchacha, quedó inundado por un diluvio de dulce líquido. Ella se echó a reír y eligió una fruta parecida; tras morder una diminuta protuberancia que tenía en uno de los extremos, sorbió el contenido. Dan eligió otra fruta diferente, purpúrea y agria como uvas del Rin, y luego otra, llena de semillas comestibles parecidas a almendras. Galatea reía divertida al ver su sorpresa, e incluso Leucon bosquejó una gris sonrisa. Finalmente Dan arrojó la última cáscara en el arroyuelo que tenía al lado, donde bailoteó alegremente hacia el río.

—Galatea —dijo—, ¿has ido alguna vez a una ciudad? ¿Qué ciu­dades hay en Paracosma?

—¿Ciudades? ¿Qué son ciudades?

—Sitios donde mucha gente vive reunida.

—Oh —dijo la muchacha, frunciendo el ceño—, no. No hay ciu­dades aquí.

—Entonces, ¿dónde está la gente de Paracosma? Debéis de tener vecinos.

La muchacha le miró perpleja.

—Un hombre y una mujer viven hacia allá —dijo, señalando con un vago ademán a una distante cadena de colinas en el horizonte—. Muy lejos de aquí. Fui allí una vez, pero Leucon y yo preferimos el valle.

—¡Pero, Galatea! —protestó Dan—. ¿Quieres decir que Leucon y tú estáis solos en este valle? ¿Dónde..., qué les ocurrió a vuestros padres..., a tu padre y a tu madre?

—Se fueron. Por esa dirección, hacia la salida del sol. Volverán algún día.

—¿Y si no vuelven?

—¡Qué tontería! ¿Qué podría impedírselo?

—Animales feroces —repuso Dan—, Insectos venenosos, enferme­dades, inundaciones, forajidos, muerte.

—Nunca he oído tales palabras —dijo Galatea—. Aquí no hay nada de eso, —Resopló desdeñosamente—. ¡Forajidos!

—¿Que no hay... que no hay muerte?

—¿Qué es muerte?

—Es... —Dan se detuvo sin saber qué decir—. Es como quedarse dormido y no despertar nunca. Es lo que le pasa a todo el mundo al final de su vida.

Es la primera vez que oigo hablar de una cosa así —dijo la mu­chacha resueltamente—. ¡Eso no existe!

—¿Qué pasa entonces —inquirió Dan desesperadamente— cuando uno se hace viejo?

—¡No pasa nada, tonto! Nadie se hace viejo a menos que lo de­see, como Leucon, Una persona crece hasta la edad que más le gusta y luego se detiene. Es una ley.

Dan procuró concentrar sus desordenados pensamientos. Se que­dó mirando los obscuros y lindos ojos de Galatea.

—¿Te has parado tú ya?

La muchacha bajó la vista; él se asombró al ver un profundo rubor de embarazo extenderse por sus mejillas. Galatea miró a Leucon, quien asintió pensativamente con la cabeza, luego volvió a mirar a Dan.

—Todavía no —dijo.

—¿Y cuándo te detendrás, Galatea?

—Cuando tenga el único hijo que me está permitido. Mira... —bajó la mirada hasta los deditos de sus pies—, una no puede... tener hijos... después.

—¿Permitido? ¿Permitido por quién?

—Por una ley.

—¡Ley, ley! ¿Es que aquí todo está gobernado por leyes? ¿No existen el azar, los accidentes?

—¿Qué es el azar? ¿Qué son los accidentes?

—Cosas inesperadas... cosas imprevistas.

—No hay nada imprevisto —dijo Galatea, todavía extrañada. Re­pitió lentamente—: No hay nada imprevisto.

Dan pareció advertir un tono melancólico en la voz de la mu­chacha.

Leucon alzó la mirada.

—Basta ya de esto —interrumpió bruscamente. Se volvió hacia Dan—. Conozco esas palabras vuestras: azar, enfermedad, muerte. No son para Paracosma. Resérvalas para tu país irreal.

—¿Dónde las oyó usted, entonces?

—Se las oí a la madre de Galatea —contestó el Tejedor Gris—, quien las conservaba de tu predecesor, un fantasma que nos visitó antes de nacer Galatea.

Dan tuvo una visión del rostro de Ludwig.

—¿Qué aspecto tenía?

—Muy parecido al tuyo.

—Pero, ¿cómo se llamaba?

El rostro del anciano se ensombreció de pronto.

—No hablemos de él —dijo, y se puso en pie y entró en la mora­da envuelto en un frío silencio.

—Se va a tejer —explicó Galatea al cabo de un momento. Su linda y expresiva cara aún aparecía turbada.

—¿Qué es lo que teje?

—Esto. —Ella tocó la plateada tela de su propia túnica—. Lo teje con hilos de metal en una máquina muy curiosa. No sé el método.

—Pero, ¿quién hizo la máquina?

—Estaba aquí.

—¡Pero..., Galatea! ¿Quién construyó la casa? ¿Quién plantó es­tos árboles frutales?

—Estaban aquí. La casa y los árboles estuvieron siempre aquí. —Alzó la mirada—, Ya te dije que todo había sido previsto desde el comienzo hasta la eternidad, todo. La casa, los árboles y la máquina estaban dispuestos para Leucon, para mis padres y para mí. Aquí hay un sitio para mi hijo, que será una niña, y un sitio para el hijo de ella, y así sucesivamente.

Dan se quedó pensando un momento.

—¿Naciste aquí?

—No lo sé.

Él notó, con repentina preocupación, que las lágrimas pugnaban por salir de los ojos de Galatea.

—¡Galatea, querida! ¿Por qué te sientes desgraciada? ¿Qué ocu­rre?

—¿Cómo? ¡Nada! —Sacudió sus negros rizos y le sonrió de pron­to—. ¿Qué podría ocurrir? ¿Quién podría ser desgraciado en Paracosma? —Se irguió y le tomó de la mano—. ¡Ven! Recojamos frutas para mañana.

Se alejó en un torbellino de centelleante plata y Dan la siguió hasta dar la vuelta a un ala del edificio. Grácil como una bailarina, Galatea se alzó hasta alcanzar una rama que tenía sobre la cabeza, la asió risueñamente y le arrojó a él un gran globo dorado. Le cargó los brazos con las brillantes frutas y le envió de nuevo al banco; cuando él regresó, la muchacha siguió recogiendo tanta fruta, que un diluvio de abigarradas esferas se amontonaba alrededor del hom­bre. Galatea se echó a reír de nuevo y, con delicados puntapiés, en­viaba las frutas al arroyuelo, mientras Dan la miraba con dolorosa melancolía. Luego, súbitamente, ella se quedó mirándolo; durante un largo y tenso instante permanecieron inmóviles, los ojos clava­dos en los ojos, hasta que ella se alejó, caminando lentamente hacia el portal de la casa. Dan la siguió con su carga de fruta, sumida una vez más su mente en un torbellino de duda y perplejidad.

El pequeño sol se ocultaba tras los árboles de aquel bosque colo­sal que había a poniente y un frescor se insinuaba entre largas som­bras. El arroyuelo tomaba una tonalidad purpúrea en el ocaso, pero sus alegres notas seguían mezclándose con la música de las flores. Cuando por fin el sol se apagó y los dedos de sombra obscurecieron el prado las flores se quedaron calladas y el arroyuelo borboteó solitario en un mundo de silencio, En silencio también, Dan cruzó la puerta.

Entró en una estancia espaciosa, recubierta de grandes losas blan­cas y negras; exquisitos bancos de mármol esculpido se repartían aquí y allá. El viejo Leucon, en un apartado rincón, se inclinaba so­bre un intrincado y reluciente mecanismo. Cuando Dan entró, daba por terminada una brillante pieza de tela plateada; la dobló y la colocó cuidadosamente a un lado. Dan no pudo por menos que ad­vertir un curioso fenómeno: a pesar de que las ventanas estaban abiertas a las tinieblas, ningún insecto nocturno rondaba los glo­bos que alumbraban a intervalos desde hornacinas excavadas en las paredes.

Galatea permanecía en pie junto a una puerta que él tenía a su izquierda. La muchacha se apoyaba cansinamente en el marco. Él colocó el frutero sobre un banco que había a la entrada y caminó hacia la joven.

—Esta es tu habitación —dijo ella, indicando el cuarto que había más al fondo.

Dan miró una agradable habitacioncita; un ventanal enmarcaba un cuadrado lleno de estrellas y un delgado, rápido y casi silencioso chorro de agua brotaba de la boca de una cabeza humana esculpida en la pared de la izquierda que se curvaba hasta formar una pisci­na de unos dos metros de profundidad hundida en el suelo. Otro de aquellos graciosos bancos cubierto de tela plateada completaba el mobiliario; una única esfera brillante, colgada del techo por una ca­dena, iluminaba la habitación. Dan se volvió hacia la muchacha, en cuyos ojos advirtió aún una profunda gravedad.

—Esto es ideal —comentó Dan—, pero, Galatea, ¿cómo voy a apa­gar la luz?

—¿Apagarla? —dijo ella—. Tienes que taparla:   ¡así!

Una débil sonrisa flotó de nuevo en sus labios cuando dejó caer una pantalla de metal sobre la brillante esfera. Permanecieron ten­sos en la obscuridad; Dan percibía dolorosamente la proximidad de la muchacha, y luego la luz brilló una vez más. La muchacha se mo­vió hacia la puerta, allí se detuvo y le alargó una mano.

—Querida sombra —dijo suavemente—, espero que tus sueños sean música.

Se había ido.

Dan permaneció indeciso en su habitación; lanzó una mirada a la gran sala donde Leucon seguía inclinado sobre su trabajo; el Te­jedor Gris levantó una mano en solemne saludo, pero no dijo nada. Dan no sintió ningún deseo de la silenciosa compañía del anciano y se metió en su habitación para disponerse a dormir.

Casi instantáneamente, al parecer, había amanecido y el extraño y rojizo sol enviaba sus rayos al interior de la habitación. Suaves gorjeos vibraban en el aire. Se levantó tan penetrado de la realidad de su entorno como si no hubiese dormido en absoluto. La piscina lo tentó y se bañó en un agua fresquísima. Luego salió a la sala cen­tral, notando con curiosidad que los globos aún seguían brillando en pálida rivalidad con la luz del día. Tocó casualmente uno de ellos; a sus dedos estaba tan frío como el metal. Lo descolgó en seguida de su varilla. Por un momento pudo tener entre las manos aquella cosa fría y resplandeciente. Volvió a colocarlo en la varilla y salió al alba.

Galatea estaba danzando en el sendero, comiendo una fruta ex­traña tan rosada como sus labios. Estaba contenta de nuevo, una vez más era la ninfa feliz que le había dado la bienvenida y que ahora le dirigía una brillante sonrisa mientras él estaba eligiendo una dulce esfera verde para su desayuno.

—¡Ven! —gritó ella—. ¡Al río!

Se alejó hacia el increíble bosque; Dan la seguía, maravillándose de que la ágil velocidad de la muchacha compitiera tan fácilmente con sus músculos de corredor. Poco después estaban riéndose en el río y jugueteando hasta que Galatea se dirigió a la orilla, radiante. La siguió y se tendió junto a ella. Dan constató, sorprendido, que no estaba ni cansado ni jadeante, ni tenía el menor síntoma de ago­tamiento. Se le ocurrió una pregunta, hasta ahora sin contestación:

—Galatea, ¿a quién tomarás como compañero? Los ojos de la muchacha se pusieron serios.

—No lo sé —dijo ella—. Llegará a su debido tiempo. Es la ley.

—¿Y serás feliz?

—Por supuesto. —Parecía turbada—. ¿No lo es todo el mundo?

—Donde yo vivo no, Galatea.

—Entonces, debe de ser un sitio extraño ese fantasmal mundo tuyo. Un sitio terrible.

—Lo es, lo es con frecuencia —reconoció Dan—. Me gustaría...

Hizo una pausa. ¿Qué le gustaría? ¿No le estaba hablando a una ilusión, a un sueño, a una aparición? Miró a la muchacha, sus res­plandecientes cabellos negros, sus ojos, su dulce piel blanca, y luego, en un momento trágico, se esforzó en sentir bajo sus manos los brazos de aquella gastada butaca de hotel..., y fracasó. Sonrió; ade­lantó los dedos para tocar el brazo desnudo de la joven y por un instante ella lo miró con ojos sorprendidos y se puso en pie de un salto.

—¡Vamos!  ¡Quiero enseñarte mi país!

Empezó a andar, arroyo abajo, y Dan, desganadamente, se puso en pie para seguirla.

¡Qué día aquél! Siguieron el riachuelo desde la serena laguna hasta las cantarinas cataratas. Por doquier sonaban los extraños piulidos y gorjeos que eran las voces de las flores. A cada recodo se ofrecía una nueva visión de belleza; cada momento aportaba una nueva sensación de delicia. Hablaban o estaban callados; cuando tenían sed, el fresco río estaba a mano; cuando tenían hambre, las frutas se ofrecían por doquier; cuando estaban cansados, siempre había una laguna profunda y una orilla musgosa; y cuando habían descansado, una nueva belleza hacía su aparición. Frente a ellos, los increíbles árboles alzaban sus increíbles formas fantásticas, pero en la margen donde se hallaban los dos jóvenes seguía el prado lleno de flores en forma de estrellas. Galatea entrelazó con ellas una bri­llante guirnalda para la cabeza de su compañero, y él siguió ade­lante tarareando una dulce canción. Poco a poco, el rojo sol se in­clinó hacia el bosque. Dan lo hizo notar y, de mala gana, volvieron a casa.

Mientras regresaban, Galatea cantaba una extraña canción, que­jumbrosa y dulce como la mezcla de la música, del río y de las flores. Una vez más sus ojos estaban tristes.

—¿Qué canción es ésa? —preguntó él.

—Una canción que cantó otra Galatea —contestó ella—, mi ma­dre. —Posó su mano en el brazo del hombre—. Te la cantaré en in­glés para que la entiendas:

 

El río corre entre flores y helechos,

entre flores y helechos suspira una canción.

Una canción que habla de ti, de tu regreso,

tu regreso algún día, algún año, mi amor.

Los años van llevando sus lánguidos murmullos

como exigiendo réplicas que nadie puede dar,

las flores se entristecen y acongojadas dicen:

El río miente, miente; no hace más que soñar.

 

Su voz vaciló en las notas finales; reinó el silencio sólo quebrado por el tintineo del agua y el zumbido de las flores. Dan no pudo contenerse:

—Galatea... Esa es una canción triste, Galatea. ¿Por qué estaba triste tu madre? Me dijiste que todo el mundo era feliz en Paracosma.

—Quebrantó una ley —replicó la muchacha con voz neutra—. Es el camino que lleva inevitablemente a la pena. Se enamoró de un fantasma. Uno que vino de vuestro reino de sombras y tuvo que re­gresar. Así, cuando el novio que le habían designado llegó, era de­masiado tarde; ¿comprendes? Pero ella cedió finalmente a la ley y es por siempre infeliz, Va vagando de un sitio en otro por todo el mundo. —Hizo una pausa—. Yo nunca quebrantaré una ley —dijo desafiante.

Dan le tomó una mano.

—No quiero verte desgraciada, Galatea, Quiero que siempre seas feliz.

Ella sacudió la cabeza.

—Soy feliz —dijo, y le sonrió con una sonrisa tierna y melan­cólica.

Permanecieron en silencio un largo rato mientras caminaban de vuelta a casa, Las sombras de los gigantescos árboles sobrepasaban el río al deslizarse el sol detrás de ellos. Durante un trecho la pareja anduvo con las manos unidas, pero cuando llegaron al sendero de brillantes guijarros cerca de la casa, Galatea se apartó y echó a co­rrer velozmente. Dan la siguió todo lo aprisa que pudo; cuando llegó, Leucon estaba sentado en su banco junto al pórtico y Galatea se había detenido en el umbral. En sus ojos, Dan creyó adivinar el bri­llo de las lágrimas.

—Estoy muy cansada —dijo, y se escabulló adentro. Dan se movió para seguirla, pero el anciano levantó una mano y lo detuvo.

—Amigo de las sombras, ¿quieres escucharme un momento? Dan accedió y se dejó caer en el banco. Tuvo un presentimiento: nada agradable lo aguardaba.

—Hay algo que debes saber —continuó Leucon—, y te lo diré sin ánimo de apenarte, si es que los fantasmas sienten pena. Galatea te ama, aunque creo que hasta ahora ella misma no se ha dado cuenta.

—También la amo yo —dijo Dan. El Tejedor Gris le miró fijamente:

—Es algo que no comprendo. Cierto que la substancia puede amar a la sombra, pero, ¿cómo la sombra puede amar a la substancia?

—La quiero —insistió Dan.

—Si es así, ¡aflicción para vosotros dos! Porque tal cosa es impo­sible en Paracosma; es un conflicto con las leyes. El compañero de Galatea está designado, quizás incluso se acerca en estos momentos.

—¡Leyes! ¡Leyes! —masculló Dan—. ¿De quién son esas leyes? ¡Ni de Galatea, ni de mí!

—Pero existen —dijo el Tejedor Gris—. No es competencia tuya ni mía criticarlas, aunque todavía me pregunto qué poder consiguió anularlas para permitir tu presencia aquí.

—Yo no tuve voz en vuestras leyes.

El anciano lo miró escrutadoramente en la penumbra.

—¿Es que alguien ha tenido en algún sitio voz en las leyes? —in­quirió.

—En mi país la tenemos —replicó Dan.

—¡Locura! —gruñó Leucon—. ¡Leyes hechas por el hombre! ¿De qué utilidad son las leyes hechas por el hombre con sanciones he­chas por el hombre o con ninguna pena en absoluto? Si vuestras sombras hacen una ley en el sentido de que el viento sólo debe soplar desde el este, ¿la obedece el viento del oeste?

—Promulgamos leyes de ese tipo —reconoció Dan amargamente—. Puede que sean estúpidas, pero no más injustas que las vuestras.

—Las nuestras —dijo el Tejedor Gris— son las leyes inalterables del mundo, las leyes de la naturaleza. Su quebrantamiento acarrea siempre la infelicidad. Lo he visto; lo he experimentado en otra persona, en la madre de Galatea, aunque Galatea es más fuerte que ella. —Hizo una pausa—. Ahora —continuó—, sólo pido un poco de piedad; tu estancia aquí es corta y te suplico que no hagas más daño que el que se ha hecho ya. Sé misericordioso; no apenes más a la muchacha.

Se levantó y cruzó la puerta; cuando Dan lo siguió un momento más tarde, el anciano ya estaba retirando una pieza de tejido de plata de la máquina que tenía en el rincón. Dan se volvió silencioso a su propia habitación, donde el chorro de agua tintineaba débil­mente como una distante campanilla. Se sentía profundamente desgraciado.

Una vez más se levantó con el resplandor del alba y una vez más Galatea le salió al encuentro con su cuenco de frutas. Depositó su carga dirigiéndole una tenue sonrisa de saludo y se quedó mirán­dolo como a la espera.

—Ven conmigo, Galatea —dijo él,

—¿Adonde?

—A la orilla del río. A hablar.

Caminaron en silencio hasta el borde de la laguna. Dan notaba una sutil diferencia en el mundo que lo rodeaba; los contornos eran vagos; los tenues piídos de las flores, menos audibles, y el paisaje mismo era extrañamente inestable, cambiante. Cuando no lo mira­ba directamente, parecía nebuloso. Y también era muy extraño que aunque hubiese traído aquí a la muchacha para hablar con ella, ahora no tenía nada que decir. Se sentó en doloroso silencio con los ojos clavados en la belleza de aquella carita.

Galatea señaló el rojo sol, que ascendía.

—¡Tan poco tiempo! —suspiró—. ¡Tan poco tiempo antes de que; vuelvas a tu mundo de fantasmas! Lo sentiré mucho, muchísimo. —Le tocó la mejilla con los dedos—. ¡Querida sombra!

—Suponte —dijo Dan roncamente— que no me voy. ¿Qué pasa­ría? —Su voz se hizo más enérgica—. ¡No me iré! ¡Voy a quedarme!

La resignada tristeza del rostro de la muchacha lo conmovió; comprendió la ironía de luchar contra el desenlace inevitable de un sueño. Ella habló:

—Si fuera yo quien hiciese las leyes, te quedarías. Pero no puedes, querido. No puedes.

Dan había olvidado las palabras del Tejedor Gris.

—Te quiero, Galatea —dijo.

—Y yo a ti —susurró ella—. Mira, queridísima sombra, cómo que­branto la misma ley que mi madre quebrantó y cómo me alegro de afrontar la pena que eso va a acarrearme. —Colocó tiernamente una mano sobre la de Dan—. Leucon es muy sabio y estoy obligada a obedecerlo, pero lo que sentimos está más allá de su sabiduría, por­que él mismo se dejó envejecer. —Hizo una pausa—. Él mismo se dejó envejecer —repitió lentamente.

Una extraña luz relumbró en sus obscuros ojos cuando se volvió de pronto hacia Dan.

—¡Queridísimo! —dijo tensamente—. Esa cosa que les ocurre a los viejos... esa muerte vuestra... ¿qué es lo que la sigue?

—¿Qué es lo que sigue a la muerte? —repitió él—. ¿Y quién lo sabe?

—Pero... —La voz de la muchacha era como un gemido—. Pero uno no puede simplemente... desaparecer. Tiene que haber un des­pertar.

—¿Y quién lo sabe? —dijo Dan de nuevo—. Hay gente que cree que despertaremos en un mundo más feliz, pero... Sacudió la cabeza desesperadamente.

—¡Tiene que ser verdad! ¡Oh, tiene que serlo! —gritó Galatea—. ¡Tiene que existir para vosotros más de lo que hay en ese mundo loco del que me has hablado, —Se estrechó contra él—. Suponte, que­rido, que cuando llegue el esposo que me ha sido designado, lo re­chazo. Suponte que no engendro ningún hijo, que me dejo envejecer, más que Leucon, envejecer hasta la muerte. ¿Me uniría contigo en ese vuestro mundo más feliz?

—¡Galatea! —exclamó él, acongojado—. ¡Qué pensamiento tan te­rrible!

—Más terrible de lo que te imaginas —susurró ella—. Es más que violación de una ley; es rebelión. Todo está planeado, todo esta­ba previsto, excepto esto; y, si no engendro ningún hijo, su puesto quedará sin cubrir—, y los puestos de sus hijos y de los hijos de sus hijos, y así hasta que algún día todo el gran plan de Paracosma fracase. —Su murmullo se hizo muy débil y temeroso—. Es destruc­ción, pero te amo más a ti de lo que temo... a la muerte.

Dan la rodeó con sus brazos.

—¡No, Galatea! ¡No! ¡Prométemelo! Ella susurró:

—Puedo prometer y luego romper mi promesa. —Se inclinó; los labios de ambos se rozaron y Dan sintió en aquel beso toda la fra­gancia y el dulce sabor a miel—. Por fin —suspiró ella—, puedo dar­te un nombre por el que amarte, ¡Filometros! ¡Medida de mi amor!

—¿Un nombre? —masculló Dan.

Una idea fantástica pasó por su mente, una manera de probarse a sí mismo que todo esto era realidad y no simplemente una página que pudiese leer cualquiera que usase las gafas mágicas del viejo Ludwig. ¡Si Galatea quisiese pronunciar su nombre! Qui­zá, pensó él temerariamente, quizás entonces podría quedarse. Apar­tó a la muchacha.

—¡Galatea!  —gritó—. ¿Recuerdas mi nombre? Ella asintió silenciosamente, sus desgraciados ojos fijos en los de él.

—¡Entonces, dilo!  ¡Dilo, querida!

Ella se quedó mirándolo callada y lastimeramente, pero no exha­ló ningún sonido.

—¡Dilo, Galatea! —suplicaba él con desesperación—. ¡Di mi nom­bre, querida, simplemente mi nombre!

La boca de la muchacha se movió; palideció por el esfuerzo y Dan habría jurado que su nombre aleteó en aquellos labios temblo­rosos.

Por último, la joven habló.

—¡No puedo, queridísimo! ¡Oh, no puedo! Una ley lo prohíbe. —Se irguió de pronto, pálida como una estatuilla de marfil—. Leucon me llama —dijo, y se precipitó afuera.

Dan la siguió por la senda de guijarros, pero la velocidad de la muchacha superaba en mucho a la suya. En el pórtico encontró úni­camente al Tejedor Gris, frío y severo. Levantó una mano cuando Dan apareció.

—Te queda poco tiempo —dijo—, Vete, pensando en el daño que has hecho.

—¿Dónde está Galatea? —jadeó Dan.

—La he enviado lejos.

El anciano bloqueaba la entrada; por un momento Dan pensó apartarlo violentamente, pero algo lo contuvo. Miró con ansia hacia el prado, ¡allí! Un relámpago de plata al otro lado del río, al borde del bosque. Dio media vuelta y corrió en aquella dirección mientras, inmóvil y frío, el Tejedor Gris lo veía alejarse.

—¡Galatea! —gritaba—. ¡Galatea!

Estaba ya junto al río, en la orilla del bosque, corriendo entre co­lumnas de árboles que se arremolinaban en torno de él como niebla. El mundo era neblinoso; finos copos danzaban como nieve ante sus ojos; Paracosma estaba disolviéndose en torno de él. A través del caos imaginó atisbar una vislumbre de la muchacha, pero al acer­carse no pudo sino seguir repitiendo su desesperado grito de «¡Galatea!».

Después de un tiempo que le pareció interminable, se detuvo; algo conocido en el lugar lo impresionó y, justamente cuando el rojo sol aparecía sobre él, reconoció el sitio, el punto mismo por donde ha­bía entrado en Paracosma. Una sensación de futilidad le oprimió por un momento mientras miraba una aparición increíble: una obscu­ra ventana suspendida ante él y a través de la cual irradiaban hile­ras de luces eléctricas. ¡La ventana de Ludwig!

Aquella visión desapareció. Pero los árboles se retorcían y el cie­lo se iba obscureciendo mientras él vacilaba como un borracho en aquel torbellino. Se dio cuenta de pronto de que ya no estaba de pie, sino sentado en medio del claro de un bosque, y que sus manos afe­rraban algo liso y duro: los brazos de aquella miserable butaca de hotel. Entonces, por último, muy cerca de él, la vio, vio a Galatea, con los rasgos contraídos por la pena y los ojos llenos de lágrimas. Hizo un esfuerzo terrible para levantarse, para mantenerse erguido, y cayó agitando los brazos en medio de una hoguera de luces y des­tellos.

Luchó por ponerse de rodillas; lo sujetaban paredes, las de la habitación de Ludwig; debía de haberse resbalado desde la butaca. Las gafas mágicas yacían ante él. Uno de los cristales se había roto y derramaba un líquido que no era ya claro como el agua, sino blan­co como la leche.

—¡Dios mío! —masculló.

Se sentía sacudido, enfermo, exhausto, con una amarga sensación de haber sido despojado, y la cabeza le dolía atrozmente. La habita­ción era sucia, repugnante; necesitaba salir de allí. Miró maquinalmente su reloj: las cuatro; debía de haber estado sentado allí cerca de cinco horas. Por primera vez notó la ausencia de Ludwig; y se alegró de ello. Cruzó sobriamente la puerta y se dirigió al ascen­sor. No hubo respuesta a su llamada; alguien estaba utilizando el ca­charro. Bajó a pie tres tramos hasta llegar al vestíbulo y salió a la calle precipitadamente.

¡Enamorado de una visión! Peor aún: enamorado de una mu­chacha que nunca había vivido en una Utopía fantástica que literal­mente no estaba en ninguna parte. Se arrojó sobre la cama de su habitación con un gemido que tenía mucho de sollozo.

Comprendió por fin lo que implicaba el nombre de Galatea. Galatea, la estatua de Pigmalión, a la que dio vida Venus en el antiguo mito griego. Pero esta otra Galatea, la Galatea de él, cálida, deliciosa y vital, tendría que permanecer para siempre sin el don de la vida, puesto que él no era ni Pigmalión ni dios.

Despertó entrada la mañana y miró a su alrededor buscando, aturdido, la fuente y la piscina de Paracosma. Poco a poco fue re­capacitando. ¿Hasta qué punto había sido real la experiencia de la noche pasada? ¿Hasta qué punto había sido producto del alcohol? ¿O es que el viejecillo Ludwig tenía razón y no existía diferencia al­guna entre la realidad y el sueño?

Se cambió de ropa y bajó desalentadamente a la calle. Encontró por fin el hotel de Ludwig donde averiguó que el bajito profesor se había ido definitivamente sin dejar más señas.

¿Qué importaba? Ni siquiera Ludwig podría darle lo que él bus­caba, una Galatea viviente. Dan se alegraba de que el individuo hu­biese desaparecido; odiaba al pequeño profesor. ¿Profesor? Los hip­notizadores se llaman a sí mismos «profesores». Pasó un día agota­dor y tras una noche sin dormir llegó en tren a Chicago.

Era a mediados de invierno cuando vio en una avenida a una diminuta figura que caminaba delante de él. ¡Ludwig! Pero, ¿de qué serviría llamarlo? Sin embargo, su grito fue automático:

—¡Profesor Ludwig!

La diminuta figura se volvió, le reconoció y sonrió. Se refugiaron en los soportales de un edificio.

—Siento lo de su máquina, profesor. Estoy dispuesto a indemni­zarle el daño.

—Ah, no fue nada, un cristal roto. Pero, ¿ha estado usted enfermo? Tiene mucho peor aspecto que antes.

—No es nada —dijo Dan—. Su espectáculo fue maravilloso, pro­fesor, realmente maravilloso. Se lo habría dicho así, pero usted se había ido cuando acabó.

Ludwig se encogió de hombros.

—Salí al vestíbulo para buscar cigarrillos. Llevaba ya cinco horas con un maniquí de cera, comprenda.

—Fue maravilloso —repitió Dan.

—¿Tan real? —sonrió el otro—, Sólo porque usted cooperó. Es un caso de autohipnosis.

—Fue real, completamente real —reconoció Dan lúgubremente—. No lo comprendo..., ese extraño y bello país.

—Los árboles eran palos de golf aumentados por una lente —dijo Ludwig—. Todo era cuestión de trucos fotográficos, pero estereoscópicos, como le dije a usted, tridimensionales. Las frutas eran de caucho; la casa, un edificio de verano en nuestro campus, en la univer­sidad del norte. Y la voz era la mía; usted no habló en absoluto, ex­cepto cuando dijo su nombre al principio, y para eso dejé un espacio en blanco. Mire, yo interpreté su papel; yo iba de un lado a otro con, el aparato fotográfico amarrado a la cabeza para mantener siempre! el punto de vista del observador. ¿Comprende? —Sonrió—. Por fortuna soy más bien bajo. De lo contrario, usted habría parecido un; gigante.

¡Espere un momento! —dijo Dan, dándole vueltas la cabeza—. Dice usted que interpretó mi papel. Entonces Galatea, ¿también es real?

—Completamente real —respondió el profesor—. Es sobrina mía, estudia en la universidad y le gusta el arte dramático. Me ayudó a montar la fábula. ¿Por qué? ¿Quiere conocerla?

Dan contestó vagamente, sintiéndose muy feliz. Un dolor había desaparecido, una pena se había curado. ¡Paracosma era accesible al fin!

 

 

 

Es Una Buena Vida. Por Jerome Bixby.

Tía Amy estaba afuera, en el pórtico, meciéndose hacia atrás y hacia adelante en la silla de alto respaldo, y abanicándose; cuando Bill Soames condujo su bicicleta por el camino y se detuvo frente a la casa.

Transpirando bajo el “sol” de la tarde, Bill sacó el paquete de comestibles de la gran canasta que tenía sobre la rueda frontal de su bicicleta, y avanzó por la arboleda. El pequeño Anthony estaba sentado en el césped, jugando con una rata. La había atrapado en el sótano – le había hecho pensar que olía queso, el más aromático, desmenuzable y delicioso queso que una rata hubiera creído oler— y ella había salido de su agujero, y ahora Anthony la tenía atrapada con su mente y la estaba obligando a hacer trucos.

Cuando la rata vio que Bill Soames se aproximaba, trató de correr, pero Anthony pensó hacia ella, y ella dio una voltereta sobre el césped y yació temblando, sus ojos brillando en un pequeño y negro terror.

Bill Soames se apresuró al pasar junto a Anthony y alcanzó los primeros escalones, mascullando. Siempre mascullaba cuando venía a la casa de los Fremont, o pasaba cerca, o incluso cuando pensaba en ella. Todos lo hacían. Pensaban en tonterías, cosas sin significado, como dos-y-dos-son-cuatro-y-cuatro-son-ocho y cosas así; trataban de entremezclar sus pensamientos para mantenerlos a raya, y así Anthony no pudiera leer sus mentes. Mascullar ayudaba. Porque si Anthony captaba cualquier cosa fuerte en tus pensamientos, podría decidir hacer algo al respecto – como aliviar los terribles dolores de cabeza de tu esposa o las paperas de tus hijos, o hacer que tu vieja vaca lechera volviera a trabajar, o arreglar el retrete. Y, a pesar de que Anthony no intentaba provocar daño alguno, no podría esperarse que tuviera mucha noción sobre lo que tenía que hacerse en esos casos.

Eso era si le agradabas. Podría tratar de ayudarte, a su manera. Y eso podía ser bastante horrible.

Si no le agradabas... bueno, eso podía ser peor.

Bill Soames puso el paquete de comestibles en la barandilla del pórtico e interrumpió su mascullar el tiempo necesario para decir:

Todo lo que usted quería, señorita Amy.

Ah, está bien, William – dijo suavemente Amy Fremont — Dios, ¿no hace un horrendo calor el día de hoy?

Bill Soames casi se encogió. Sus ojos parecían rogarle. Sacudió la cabeza negando violentamente, y luego interrumpió de nuevo su mascullar, a pesar de que evidentemente no lo deseaba.

¡Oh, no diga eso, señorita Amy!... ¡está bien, perfecto! ¡Es verdaderamente un buen día!

Amy Fremont se levantó de la mecedora , y cruzó el pórtico. Era una mujer alta, delgada, una vacuidad sonriente en sus ojos. Aproximadamente un año antes, Anthony se había enojado con ella porque ella le había dicho que no debería haber convertido al gato en un tapete—gato; y, a pesar de que él siempre la había obedecido más que a cualquier otra persona — lo que era raro – esta vez él había chasqueado hacia ella. Con su mente. Y ese había sido el fin de los brillantes ojos de Amy Fremont, y el fin de la Amy Fremont que todos habían conocido. Y ahí fue cuando en Peaksville (población: 46) corrió la voz de que ni siquiera los miembros de la familia de Anthony estaban a salvo.

Después de eso todos fueron el doble de cautelosos.

Algún día Anthony desharía lo que le había hecho a la tía Amy. Eso esperaban la mamá y el papá de Anthony. Cuando él fuera mayor, y le surgiera tal vez algo de culpa. Si eso era posible, claro está.

Porque la tía Amy había cambiado mucho, y además, ahora Anthony no obedecía a nadie.

Calma, Willliam— dijo tía Amy – no tienes porque estar mascullando de ese modo. Anthony no va a lastimarte. ¡Por Dios, tú le agradas!

Ella gritó llamando a Anthony, que se había cansado de la rata y estaba obligándola a comerse a sí misma.

¿No es cierto, Anthony? ¿Verdad que el Sr. Soames te agrada?

Anthony miró a través del jardín hacia el repartidor – una brillante, húmeda y púrpura mirada. No dijo nada.

Bill Soames trató de sonreírle. Después de un segundo Anthony volvió su atención a la rata. Ya había devorado su cola , o al menos masticado porque Anthony la había hecho morder más rápido de lo que podía tragar, y pequeños trozos peludos, rosados y rojos, yacían alrededor de ella sobre el verde césped.

Ahora la rata estaba teniendo problemas para alcanzar sus cuartos traseros.

Murmurando silenciosamente, vehementemente pensando en nada en particular, Bill Soames caminó con las piernas rígidas a través de la arboleda, montó en su bicicleta y se alejó pedaleando.

Nos veremos está noche William —le dijo tía Amy.

Mientras hacía girar los pedales deseaba profundamente poder pedalear el doble de rápido, para alejarse cuánto antes de Anthony; y de tía Amy, que a veces olvidaba cuán cuidadoso debía uno ser. Y no debió haber pensado eso. Porque Anthony lo captó. Captó el deseo de alejarse del hogar de los Fremont cómo algo malo, y su mirada púrpura parpadeó, chasqueando un pequeño pensamiento de desaprobación hacia Bill Soames – sólo uno pequeñito, porque hoy estaba de buen humor, y, además, a él le agradaba Bill Soames, o al menos no le desagradaba, no el día de hoy. Bill Soames quería huir, así que, petulantemente, él le ayudó.

Pedaleando a velocidad superhumana – o eso parecía, porque en realidad la bicicleta lo estaba pedaleando a él – Bill Soames se desvaneció por el camino en una nube de polvo, su débil y aterrado lamento flotando en el aire caliente.

Anthony miró a la rata. Había devorado la mitad de su estómago y muerto de dolor. Él la pensó dentro de una tumba en lo profundo del maizal – su padre le había dicho una vez, sonriendo, que el podría hacer eso con las cosas que matara – y caminó, rodeando la casa, proyectando su extraña sombra bajo la luz metálica y caliente del “sol”.

 

En la cocina, tía Amy estaba desempacando los comestibles. Puso las conservas Mason en los estantes, la carne y la leche en la hielera, el azúcar de remolacha y la harina entera en las grandes latas bajo el fregadero. Puso la caja de cartón en el rincón, junto a la puerta, para que el Sr. Soames la recogiera la próxima vez. Estaba sucia y magullada, pero era una de las pocas que quedaban en Peaksville. En letras rojas desteñidas decía “Sopa Campbell’s”. La última lata de sopa, o de cualquier otra cosa, había sido devorada hace mucho, a excepción de una pequeña reserva comunal que los habitantes reservaban para ocasiones especiales – pero la caja seguía ahí, como un ataúd, y cuando ésta y las otras cajas desaparecieran, los hombres harían otras con madera.

Tía Amy salió al patio trasero, donde la Mamá de Anthony – su hermana — estaba sentada a la sombra de la casa, desgranando guisantes. Los guisantes, cada vez que Mamá pasaba un dedo por sus vainas, caían ploc—ploc—ploc en la cazuela que tenía sobre su regazo.

William trajo los comestibles— dijo tía Amy.

Se sentó fatigosamente en la silla de respaldo recto junto a Mamá, y comenzó a abanicarse. Ella no era vieja realmente, pero, desde que Anthony había chasqueado hacia ella con su mente, había algo malo con su cuerpo, así como con su mente, y estaba fatigada todo el tiempo.

¡Oh, bien! – dijo Mamá. Ploc—ploc caían los gordos guisantes en la cazuela.

Todo el mundo en Peaksville decía siempre: “¡Oh, bien!”, o “¡Bien!” o “ ¿Ah sí? ¡Eso es genial¡”, casi ante cada cosa que sucedía o era mencionada – incluso ante acontecimientos desdichados como un accidente o una muerte. Siempre decían “¡Bien!” porque si no intentaban cubrir lo que realmente sentían, Anthony podría oír por casualidad con su mente, y entonces ya nadie sabría lo que podía pasar. Como la vez en que el esposo de la Sra. Kent, Sam, había regresado caminando del cementerio porque a Anthony le agradaba la Sra. Kent y había escuchado su pena.

Ploc—ploc.

Hoy es Noche de Televisión – dijo tía Amy. – Me agrada, espero por esa noche cada semana. Me pregunto qué veremos hoy.

¿Trajo Bill la carne?— preguntó Mamá.

Sí – tía Amy se abanicó, mirando a la monotonía metálica del cielo. – Por Dios, ¡hace tanto calor! Desearía que Anthony hiciera que estuviera sólo un poco más fresco.

¡Amy!

—¡Oh!— El tono agudo de Mamá había penetrado en donde la agónica expresión de Bill Soames no había podido llegar. Tía Amy puso una delgada mano sobre su boca en exagerado sobresalto

¡Oh!... Lo siento.

Sus pálidos ojos azules se dispararon en todas direcciones, para ver si Anthony estaba cerca. No es que hiciera mucha diferencia el hecho de que lo estuviera o no – él no necesitaba estar cerca de ti para saber lo que estabas pensando. Normalmente, sin embargo, a menos de que estuviera atento a alguien, él estaba ocupados con sus propios pensamientos.

Pero algunas cosas atraían su atención — nunca podías saber cuáles exactamente.

Esta clima está perfecto – dijo Mamá.

Ploc—ploc.

¡Oh, sí! – dijo tía Amy. – Es un día maravilloso. ¡No lo cambiaría por nada del mundo!

Ploc—ploc.

Ploc—ploc.

¿Qué hora es? – Preguntó Mamá.

Tía Amy estaba sentada de tal manera que podía ver a través de la cocina de la ventana al reloj en el estante sobre la estufa.

Cuatro treinta. – dijo. Ploc—ploc.

Quiero que esta noche sea especial. – dijo Mamá — ¿Trajo Bill buena carne?

Buena y magra, hermanita. Lo sacrificaron hoy mismo, ¿sabes?, y nos enviaron la mejor porción.

¡Dan Hollis se va a sorprender cuando descubra que esta Noche de Televisión es también una fiesta de cumpleaños para él!

¡Oh, ya lo creo que sí! ¿estás segura de que nadie le ha dicho?

Todos juraron que no lo harían.

Eso será muy lindo – asintió tía Amy, mirando hacia el maizal. – Una fiesta de cumpleaños.

Bueno...— Mamá puso la cazuela con los guisantes a un lado, se puso de pie y sacudió su mandil.

Mejor comienzo a preparar el asado. Luego podremos poner la mesa. — Dijo tomando los guisantes.

Anthony pasó por la esquina de la casa. No las miró, sino que continuó avanzando a través del pulcro jardín – todos los jardines de Peaksville estaban escrupulosamente cuidados, muy escrupulosamente – pasó por el oxidado e inútil armatoste que una vez había sido el automóvil de la familia Fremont, y siguió suavemente sobre la cerca adentrándose en el maizal.

¿ No es este un día encantador? – dijo Mamá, elevando un poco la voz, al tiempo en que entraban a la casa.

Tía Amy se abanicó. – ¡Un hermoso día, hermanita! ¡Perfecto!

 

 

En el maizal, Anthony caminó por entre las altas y crujientes hileras de tallos verdes.

Le gustaba el olor del maíz. Del maíz vivo sobre su cabeza y del viejo y muerto a sus pies. La fértil tierra de Ohio — rica en hierbajos y en mazorcas pardas y resecas — era aplastada entre los dedos de sus pies con cada paso, el había hecho llover la última noche, para que el día de hoy todo oliera bien y fuera agradable al tacto.

Él caminó libremente hasta los márgenes del maizal, hasta llegar a donde un soto de árboles verdes y sombríos cubría un terreno fresco, húmedo y oscuro, con una abundancia de frondosa maleza y rocas cubiertas de musgo, y un pequeño manantial de donde brotaba un estanque claro y limpio. A él le gustaba descansar aquí, y observar los pájaros, insectos y pequeños animales que rumoreaban y se escabullían y gorjeaban alrededor. Le gustaba tenderse sobre ese suelo fresco mirando hacia el móvil verdor sobre su cabeza, y observar a los insectos revolotear entre los suaves rayos de sol que caían oblicuos formando un tejido intrincado, hebras brillantes cayendo desde las copas de los árboles. De algún modo, los pensamientos de las criaturas de este lugar le gustaban más que los pensamientos de afuera; y, a pesar de que los pensamientos que él captaba aquí no eran muy fuertes o muy claros, podía entender lo suficiente como para saber lo que le gustaba a las criaturas y aquello que querían, y ocupó mucho de su tiempo haciendo que el soto fuera cada vez más de la manera que ellos querían. El manantial no había estado aquí desde siempre, sino que había surgido una vez que él había encontrado sed dentro de una pequeña mente peluda, él había traído a la superficie un chorro frío y diáfano proveniente de una corriente subterránea, y había observado fascinado como las criaturas bebían, sintiendo su placer. Más tarde había hecho el estanque, cuando captó una pequeño impulso de nadar.

Él había hecho rocas y árboles y escondrijos y cuevas, y rayos de sol aquí y sombras allá, porque había sentido en todas las diminutas mentes a su alrededor el deseo – o la necesidad instintiva – de este tipo de lugar de descanso, y aquel tipo de lugar de apareamiento y este tipo de lugar para jugar, y un hogar así.

Y de alguna manera las criaturas de todos los campos y pasturas fuera del seto parecían saber que este era un buen lugar, por que siempre había más, migrando, cada vez que Anthony venía aquí había más criaturas que la última vez, y más deseos y necesidades por ser atendidos. Cada vez habría algún nuevo tipo de criatura que él nunca había visto, y él encontraría su mente, y vería lo que ella deseaba, y entonces lo haría realidad.

Le gustaba ayudarlos. Sentir su sencilla gratificación.

El día de hoy, él estaba descansando bajo un grueso olmo, y alzó su púrpura mirada a un pájaro rojinegro que acababa de llegar al seto. El pájaro trinó en una rama sobre su cabeza, y saltó adelante y atrás, y pensó sus pequeños pensamientos, Anthony hizo un nido grande y suave para él, y pronto él saltó dentro.

Un animal alargado, café, con un pelaje liso y brillante estaba bebiendo en el estanque. Anthony encontró su mente de inmediato. El animal estaba pensando en una criatura más pequeña que estaba hurgando en el suelo al otro lado del estanque, en busca de insectos. La pequeña criatura no sabía que estaba en peligro. El animal alargado acabó de beber y tensó su piernas para saltar, y Anthony lo pensó dentro de una tumba en el maizal.

A él no le gustaban ese tipo de pensamientos. Le recordaban los pensamientos de afuera. Mucho tiempo atrás, algunas personas de afuera habían pensado de esa manera acerca de él, y una noche ellos se habían escondido y esperado a que volviera del soto – y él simplemente los había pensado a todos bajo el maizal. Desde entonces, el resto de las personas no habían pensado de esa manera, al menos no claramente. Ahora sus pensamientos se tornaban entremezclados y confusos cada vez que pensaban en él o cerca de él, así que no les prestaba mucha atención.

Le agradaba ayudarlos a ellos también, algunas veces – pero no era sencillo, ni muy gratificante. Ellos nunca tenían pensamientos felices cuando les ayudaba – sólo la confusión usual. Así que él pasaba más tiempo aquí dentro.

Observó todas los pájaros e insectos y criaturas peludas por un rato, y jugó con un ave. Haciéndola elevarse, y hundirse, y pasar como un rayo enloquecido entre los troncos de los árboles; hasta que, accidentalmente, cuando otra ave captó su atención, se estrelló contra una piedra. Petulantemente, él envió a la roca al interior de un tumba en el maizal.; pero no pudo hacer nada más con el ave. No porque estuviera muerta, aunque lo estaba; sino por habérsele roto un ala. Así que volvió a la casa. No tenía deseos de caminar de regreso por el maizal, así que simplemente se dirigió a la casa, directamente al sótano.

Estaba bien ahí abajo. Agradable y oscuro y húmedo y algo así como fragante, porque una vez Mamá había estado guardando conservas en un anaquel situado contra la pared, y luego, desde que Anthony había empezado a pasar el tiempo aquí, había dejado de venir, y las conservas se habían arruinado y habían comenzado a gotear y a esparcirse sobre el sucio piso, y a Anthony le agradaba el olor.

Atrapó otra rata, haciéndola oler queso, y después de jugar con ella, la pensó dentro de una tumba al lado del alargado animal que había matado en el soto. Tía Amy odiaba las ratas, y por eso él mataba muchas, porque tía Amy le agradaba más que nadie y algunas veces hacía lo que la tía Amy quería. Su mente era un poco más parecida a las peludas mentes del soto. Ella no había pensado nada malo acerca de él por mucho tiempo.

Después de la rata, jugó con una gran araña negra en el rincón bajo las escaleras, haciéndola moverse hacia delante y hacia atrás hasta que su telaraña se sacudió y tembló bajo la luz de la ventana, como un reflejo en agua plateada. Luego condujo moscas hacia la telaraña hasta que la araña se puso frenética tratando de envolverlas a todas. A la araña le gustaban las moscas, y sus pensamientos eran más fuertes que los de ellas, así que él hizo eso. Había algo malo en la manera que la araña deseaban moscas, pero no estaba muy claro – y además, tías Amy odiaba a las moscas también.

Escuchó pasos arriba – Mamá desplazándose por la cocina. Hizo parpadear su púrpura mirada, y estuvo e punto de decidir paralizarla – pero en lugar de eso subió al ático, y, después de mirar por un rato hacia él jardín por la ventana circular situada al frente del gran techo en forma de X, y hacia al camino empolvado, y hacia el ondulante campo de trigo de los Henderson, él se enroscó adoptando una forma improbable y se puso a dormir parcialmente.

“Pronto la gente comenzara a llegar para la Noche de Televisión”, escuchó a Mamá pensar.

Se hundió más en el sueño. Le agradaba la Noche de Televisión. A tía Amy siempre le había gustado mucho la televisión, y por eso una vez él había pensado un poco de televisión para ella, y algunas otras personas habían estado ahí ese día, y tía Amy se había sentido decepcionada cuando los otros quisieron irse. Él les había hecho algo por eso – y ahora todos venían a ver la Televisión.

Le gustaba toda la atención que obtenía cuando todos llegaban.

 

El padre de Anthony volvió a casa alrededor de las 6:30, luciendo cansado y sucio, lleno de sangre. Había estado en la pastura de Dunn con los otros hombres del pueblo, ayudando a escoger la vaca que sería sacrificada este mes y haciendo el trabajo, y luego partiendo y salando la carne para conservarla en el almacén frigorífico de Soames. No era un trabajo que le agradara mucho, pero cada hombre tenía su turno. Ayer había ayudado a segar el trigo del viejo McIntyre. Mañana comenzarían a rastrillar el suelo. Manualmente. Todo en Peaksville tenía que ser hecho manualmente.

Besó a su esposa en la mejilla y se sentó en la mesa de la cocina. Sonrió y dijo:

¿Dónde está Anthony?

Por ahí. – dijo Mamá.

Tía Amy estaba al lado de la estufa de leña, meneando la gran olla de guisantes. Mamá volvió al horno, lo abrió y bañó el asado.

Pues bien, ha sido un buen día.— dijo Papá. Maquinalmente. Luego miró al tazón de la masa y a la tabla de cortar sobre la mesa. Olfateó la masa. – Mmm— dijo – me comería una hogaza entera, estoy hambriento.

¿Nadie le dijo a Dan Hollis acerca de la fiesta, o sí?

No. Tan callados como momias.

¡Hemos preparado una adorable sorpresa!

Em, ¿qué?

Bueno... tú sabes cuánto le agrada a dan la música. Bueno, la semana pasada, ¡Thelma Dunn encontró un disco en su ático!

¡No!

¡Sí! Y luego hicimos que Ethel le preguntara, tú sabes, sin preguntárselo realmente, sí ya tenía ese disco. Y dijo que no. ¿No es una maravillosa sorpresa?

Bueno, claro que lo es. ¡Un disco, imagínate! ¡Eso es algo verdaderamente agradable de encontrar! ¿Qué disco es?

 Perry Como, interpretando “You are my sunshine”.

¡Diablos! Siempre me gustó esa tonada. – Había algunas zanahorias crudas sobre la mesa. Papá tomó una pequeña, la restregó en su pecho, y la mordió. —¿Cómo fue que Thelma lo encontró?

Oh, tú sabes, simplemente curioseando por cosas nuevas.

Mmm – Papá rumió la zanahoria. – ¿Quién tiene esa foto que encontramos hace tiempo? Me gustaba, ese viejo clíper zarpando...

Los Smith. La próxima semana los Siphic y ... — su mente divagó sobre el orden tentativo de las cosas que iban a ser intercambiadas entre las mujeres el domingo en la iglesia.

Él asintió.

Parece que no tendremos la foto en mucho tiempo, creo. Escucha querida, tú podrías tratar de recuperar ese libro detectivesco que tienen los Reilly. Estuve muy ocupado la semana que lo tuvimos, nunca pude terminar todos los cuentos...

Trataré – dijo su esposa sin mucha seguridad. – Pero escuché que los van Husen tienen un estereoscopio que encontraron en el sótano. – Su voz era sólo levemente acusadora. – Lo tuvieron por 2 meses enteros sin de avisar a nadie...

Diantres – dijo Papá — Eso también estaría bien. ¿Muchas fotos?

Supongo. Ya veré el domingo. Me gustaría tenerlo, pero aún le debemos a los van Husen su canario. No sé porque esa ave tuvo que elegir nuestra casa para morir... debió estar enfermo cuando llegó. Ahora ya no hay manera de contentar a Betty van Husen, incluso insinuó que le gustaría tener nuestro piano por un tiempo.

Está bien querida, intenta obtener el estereoscopio o cualquier cosa que creas agradable.

Por fin tragó la zanahoria. Había estado algo verde y dura. Los caprichos de Anthony con el clima hacían que la gente nunca supiera que sembradíos prosperarían, o que formas adoptarían si lo hicieran. Todo lo que podían hacer era sembrar mucho, y siempre lo suficiente de las cosas que podían crecer en cualquier temporada. Sólo en una ocasión había habido un excedente de grano, toneladas habían sido arrojadas más allá de los márgenes de Peaksville y botados en el vacío. De otra manera nadie hubiera podido respirar, cuando empezaran a descomponerse.

Tú sabes, — prosiguió Papá – es bueno tener cosas nuevas alrededor. Es bueno pensar que probablemente aún hay muchas cosas que no han sido encontradas, en sótanos y áticos y graneros y debajo de cosas. Eso ayuda, alivia de alguna manera. En la medida que eso es posible.

¡Shh! – Mamá miró nerviosamente alrededor.

Oh – dijo Papá, sonriendo apresuradamente — ¡Está muy bien! ¡Las cosas nuevas son buenas! Es agradable poder tener algo que nunca has visto antes, y saber que algo que le has dado a alguien los está haciendo felices... eso es una cosa buena verdaderamente.

Una cosa buena – coreó su esposa.

Pronto, — dijo tía Amy desde la estufa – no habrá más cosas nuevas. Habremos encontrado todo lo que se podía encontrar. Dios, eso será my triste.

¡Amy!

Bueno... – sus pálidos ojos estaban vacíos y fijos, un signo de su recurrente estupor – Será una lástima cuando ya no...

No hables así – dijo mamá, temblando – por favor cierra la boca.

Está bien, – dijo Papá, con esa familiar voz sonora, deseosa de ser escuchada – esta plática es buena. Está bien querida, ¿no lo ves? Está bien que Amy hable de la manera que guste. Está bien que se sienta mal. Todo es bueno. Todo tiene que ser bueno.

La mamá de Anthony estaba pálida, y también lo estaba tía Amy, el peligro de la situación había penetrado las nubes que rodeaban su mente. Algunas veces era difícil manejar las palabras de tal manera que no resultara desastroso. Nunca se sabía. Había tantas cosas que era mejor no decir, o incluso pensar. Pero la recriminación por decirlas o pensarlos podía ser igual de mala, si Anthony escuchaba y decidía hacer algo. Nunca podías saber cuando lo que le importaba a Anthony.

Todo tenía que ser bueno. Tenía que estar bien tal como era, aunque no lo estuviera. Porque cualquier cambio podía ser peor. Terriblemente peor.

Oh dios, sí, desde luego que está bien— dijo Mamá. – Habla de la manera que quieras, Amy, está bien. Aunque, tal vez te gustaría recordar que algunas maneras son mejores que otras...

Tía Amy meneó los guisantes, el miedo en sus ojos pálidos.

Sí – dijo. – Pero no tengo ganas de hablar ahora. Está... está bien que no tenga ganas.

Papá dijo cansadamente, sonriendo:

Voy a lavarme.

 

Empezaron a llegar a las ocho. Para esa hora Mamá y tía Amy ya habían puesto la gran mesa del comedor, y dos mesas extras al lado. Las velas estaban encendidas, y las sillas colocadas, y Papá había encendido una gran fuego en el hogar.

Los primeros en llegar fueron los Sipichs, John y Mary. John portaba su mejor traje y su rostro lucía pulido y rubicundo después de un día de trabajo en la pastura de McIntyre. El traje le ajustaba bien, pero estaba algo raído en los codos y en los puños. El viejo McIntyre estaba trabajando en un telar, diseñándolo con base en libros escolares, pero el proyecto iba para largo. McIntyre era un hombre hábil con la madera y las herramientas, pero una telar era algo serio cuando no podías obtener piezas de metal. McIntyre había sido uno de los que, al principio, habían querido intentar que Anthony produciera cosas que los habitantes necesitaban, como ropa o comida enlatada, medicamentos, gasolina. Desde entonces, el sintió que lo que le había pasado a la familia Terrance y a Joe Kinney era su culpa, y trabajaba duro tratando de hacer la vida mejor para los que quedaban. Y desde entonces nadie había tratado de hacer que Anthony hiciera nada.

Mary Sipich era una mujer pequeña y alegre en un vestido sencillo. Inmediatamente se unió a Mamá y tía Amy para darle los toques finales a la cena.

Los siguientes en llegar fueron los Smith y los Dunn, que vivían en casa contiguas camino abajo, apenas a unas cuantas yardas del vacío. Llegaron en la carreta de los Smith, jalada por su viejo caballo.

Luego los Reilly se dejaron ver cruzando el oscuro trigal, y la velada realmente empezó. Pat Reilly se sentó en al piano y comenzó a tocar piezas del libro de partituras populares que era guardado en el anaquel. Tocaba suavemente, tan expresivamente como podía, nadie cantaba. A Anthony le agradaba muchísimo la música del piano, pero no el canto; a menudo podría venir desde el sótano, o desde el ático, o simplemente venir, sentándose sobre el piano, moviendo la cabeza al tiempo que Pat tocaba “Lover”, o “Boulevard of Broken Dreams”, o “Night and Day”. Parecía preferir las baladas, canciones suaves y armoniosas; pero la única vez que alguien había empezado a cantar, Anthony había lanzado una mirada desde la cima del piano y hecho algo que provocó que todos tuvieran miedo de cantar desde entonces. Más tarde, decidieron que el piano era lo que Anthony había escuchado primero, y ahora cualquier otra cosa no le sonaba bien y le hacía distraerse de su placer.

Así que, cada Noche de Televisión, Pat tocaba el piano, y eso era el inicio de la velada. Dondequiera que Anthony estuviera, la música lo haría feliz, y lo pondría de buen humor, y el sabría que se estaban reuniendo para ver “televisión” y esperaban por él.

Para las ocho treinta todos habían llegado, excepto los diecisiete niños y la Sra. Soames, quien estaba cuidándolos en el edificio escolar al otro extremo del pueblo. A los niños de Peaksville nunca, de ningún modo se les permitía acercarse a la casa de los Fremont – desde que Fred Smith, en un arrebato, había tratado de jugar con Anthony. Los otros niños se habían olvidado prácticamente de él, o se les hacia creer que Anthony era duende muy pero muy bueno del que tenían que permanecer alejados.

Dan y Ethel Hollis llegaron tarde, y Dan entró sin sospechar nada. Pat Reilly había tocado el piano hasta que le dolieron las manos, — había trabajado muy duro con ellas ese día – y en ese momento se levantó, y todos se reunieron alrededor de Dan Hollis para desearle feliz cumpleaños.

Oh... diantres, — dijo Dan sonriendo – ¡Esto es genial! No me lo esperaba... ¡Dios, es genial!

Le dieron los regalos, mayormente cosas que habían hecho ellos mismos, aunque algunas eran cosas que habían sido de su propiedad y ahora regalaban. John Sipich le dio un ornamento para reloj, tallado a mano de una pieza de nogal americano. El reloj de Dan se había roto hacía una año, y no había nadie en el pueblo que supiera como repararlo, pero él aún lo cargaba consigo porque había sido el reloj de su abuelo y era una magnífica y pesada pieza de oro y plata. Prendió el ornamento en la cadena mientras todos reían y decían que John había hecho un buen trabajo de tallado. Entonces Mary Sipich le dio una corbata bordada, la cual él usó inmediatamente, quitándose la que traía puesta.

Los Reilly le dieron una pequeña caja que habían hecho, para guardar cosas. No dijeron que tipo de cosas, pero Dan dijo que guardaría su joyería personal en ella. Los Reilly la habían fabricado a partir de una caja de puros, pelando cuidadosamente el papel que la cubría y cubriendo el interior con terciopelo. El exterior había sido pulido, y tallado de una manera cuidadosa – si no experta— por Pat, pero su trabajo recibió también cumplidos. Dan Hollis recibió muchos regalos: una pipa, un par de agujetas, un alfiler de corbata, un par de calcetines bordados, algo de dulce de chocolate, un par de ligas fabricadas a partir de suspensores.

Desenvolvió cada regala con inmenso placer, y usó tantos como pudo, incluso las ligas. Encendió la pipa, y dijo que nunca había fumado mejor, lo cual no era completamente cierto, puesto que el cañón estaba algo atascado. Peter Manners la había tenido rodando por su casa desde que la había recibido a manera de regalo cuatro años antes de un pariente foráneo que no se había enterado que él había dejado de fumar. Dan puso con cuidado el tabaco en el recipiente. El tabaco era un bien precioso. Había sido pura suerte que a Pat Reilly se le hubiera ocurrido intentar cultivar algo de tabaco en su patio trasero justo antes de que pasara lo que le había pasado a Peaksville. No creció muy bien, y luego tuvieron que curarlo y desmenuzarlo, y era simplemente un bien precioso. Todos en el pueblo usaban contenedores de madera que el viejo McIntyre había hecho para guardar las colillas.

Y al final, Thelma Dunn le dio a Dan Hollis el disco que había encontrado.

Los ojos de Dan se nublaron aún antes de abrir el paquete. Sabía que era un disco.

Dios – dijo suavemente. — ¿Cuál es? Casi temo mirar...

No lo tienes, querido – Ethel Hollis sonrió. – ¿No recuerdas que te hice preguntas acerca de “You are my sunshine”?

¡Oh, Dios! – dijo nuevamente Dan. Cuidadosamente removió la envoltura y se quedó allí acariciando el disco, pasando sus grandes manos sobre los gastados surcos cruzados de pequeños rasguños deslustrados. Miró alrededor, con los ojos brillantes, y todos le sonrieron sabiendo lo encantado que estaba.

¡Feliz cumpleaños querido! – dijo Ethel, arrojando sus brazos hacia él y besándolo.

Se aferró al disco con ambas manos, haciéndolo a un lado mientras ella lo abrazaba.

_ ¡Hey! – rió inclinando hacia atrás la cabeza. – Con cuidado, estoy sosteniendo un objeto invaluable.

Miró de nuevo alrededor, a través de los de brazos de su esposa, que aún estaban prendidos a su cuello. Sus ojos lucían ansiosos.

Este... ¿creen que podría escucharlo? Dios, lo que daría por escuchar algo de nueva música... sólo la primera parte, la parte orquestal, antes de que Como cante.

Los rostros se ensombrecieron. Después de un minuto, John Sipich dijo:

Es preferible que no, Dan. Después de todo, no sabemos exactamente cuando entra la voz, y sería tomar demasiados riesgos. Es mejor que esperes hasta llegar a casa.

Renuente, Dan Hollis puso el disco en la mesa, con todos sus otros regalos.

Está bien – dijo automáticamente, pero decepcionado – que no pueda escucharlo aquí.

¡Oh sí! – dijo Sipich — ¡Es bueno! – para compensar el tono decepcionado de Dan, — ¡Es bueno!

 

Cenaron, las velas alumbrando sus rostros sonrientes, y devoraron todo hasta la última gota de salsa. Alabaron el asado preparado por Mamá y Tía Amy, y la sopa de guisantes con zanahoria, y los tiernos granos de las mazorcas. Éstas no habían salido del maizal de los Fremont, naturalmente, todos sabían lo que había en él; y en su suelo comenzaban a crecer hierbajos.

Luego acabaron con los postres, helado y galletas caseros. Y después tomaron asiento, en la fluctuante luz de las velas, y conversaron esperando la “televisión”. Nunca había demasiado mascullar la Noche de Televisión, todos venían y tenían una buena cena en la casa de los Fremont, y eso estaba bien, y después venía la “televisión” y nadie pensaba mucho en ello, simplemente lo sobrellevan. Así que era una reunión lo suficientemente satisfactoria, a parte del hecho de tener que cuidar lo que decías tan cuidadosamente como lo harías en cualquier lugar. Si un pensamiento peligroso te llegaba a la mente, simplemente comenzabas a mascullar, incluso en medio de una frase. Cuando hacías eso, los otros sencillamente te ignoraban hasta que te sentías feliz de nuevo.

A Anthony le gustaba la Noche de Televisión. Sólo había hecho dos o tres cosas horribles durante una Noche de Televisión en todo el año pasado.

Mamá había puesto una botella de brandy en la mesa, y todos se sirvieron un pequeño vaso. El licor era aún más escaso que el tabaco. Los pobladores podían hacer vino, pero había algo malo con las uvas, y ciertamente las técnicas tampoco eran muy buenas, no era un vino muy agradable.. Sólo quedaban unas cuantas botellas de verdadero licor en el pueblo, cuatro de whisky, tres de whisky escocés, tres de brandy, nueve de vino verdadero y media botella de Drambuie perteneciente al viejo McIntyre (sólo para los matrimonios), y cuando éstas se acabaran eso sería todo.

Más tarde, todos desearon que el brandy no hubiera sido ofrecido. Porque Dan Hollis bebió más de lo debido, y lo mezcló con una gran cantidad de vino casero. Nadie pensó nada al respecto al principio, porque no lo mostraba mucho, y era su fiesta de cumpleaños, una feliz fiesta, y a Anthony le agradaban estas reuniones y no vería ninguna razón para hacer algo, aún suponiendo que estuviera escuchando.

Pero a Dan Hollis se le pasaron las copas, e hizo algo estúpido. Y si lo hubieran visto venir, lo hubieran llevado afuera a caminar un rato.

Lo primero que llamó la atención, fue cuando Dan dejó de reír justo a la mitad de la historia de cómo Thelma Dunn había encontrado el disco de Perry Como y se le había ido de las mano y no se había roto porque ella se había movido tan rápido de lo que nunca se había movido en su vida y lo había atrapado. Él estaba acariciando el disco de nuevo, y mirando anhelante el gramófono de los Fremont situado en un rincón, y súbitamente había dejado de reír y su rostro se relajó, luego se deformó, y dijo:

¡Oh, Cristo!

La habitación se tornó silenciosa inmediatamente. Tan silenciosa que podían oír el rechinar de las piezas del reloj del abuelo en el hall. Pat Reilly había estado tocando el piano, suavemente. Se detuvo, sus manos paralizadas sobre las teclas amarillentas.

Las velas en la mesa del comedor oscilaron en la fría brisa que soplaba a través de las cortinas de encaje de la ventana del pasillo.

Sigue tocando, Pat – dijo suavemente el padre de Anthony.

Pat volvió a empezar. Tocó “Night and Day”, pero sus ojos miraban de soslayo hacia Dan Hollis, y equivocó algunas notas.

Dan se quedó en medio del cuarto, sosteniendo el disco. En la otra mano sostenía una copa de brandy, con tanta fuerza que su mano temblaba.

Todos estaban mirándolo.

Cristo – dijo de nuevo, y lo hizo sonar como una mala palabra. El reverendo Younger, quien había estado conversando con Mamá y con tía Amy cerca de la puerta del comedor, dijo “Cristo” también; pero él lo estaba usando en una plegaria. Sus manos juntas, los ojos cerrados.

John Sipich se adelantó.

Bien, Dan... es bueno que hables de esa manera. Pero tal vez no quieras hablar demasiado, ¿sabes?

Dan se sacudió la mano que Sipich había puesto en su hombro.

Ni siquiera puedo escuchar mi disco – dijo ruidosamente. Bajó su mirada hacia el disco, luego la dirigió en redondo hacia sus rostros – Oh, Dios mío...

Arrojó la copa de brandy contra la pared. Salpicó y escurrió ramificándose sobre el papel tapiz.

Algunas mujeres soltaron gritos crispados.

Dan – dijo Sipich susurrando. – Dan, ya déjate de eso...

Pat Reilly tocaba “Night and Day” más fuertemente, tratando de cubrir los sonidos de las voces.

De cualquier manera, si Anthony estaba escuchando, eso no serviría de nada.

Dan Hollis se aproximó al piano y se detuvo junto al hombro de Pat, tambaleándose en poco.

Pat, – dijo – no toques eso. Toca esto.— Y comenzó a cantar. Una voz suave, ronca, miserable: — Feliz cumpleaños a mí... Feliz cumpleaños amí...

¡Dan! – gritó Ethel Hollis. Trató de correr hacia él. Mary Sipich la tomó del brazo y la contuvo. – ¡Dan! – gritó nuevamente Ethel – ¡Detente!

Por el amor de Dios, cierra la boca – siseó Mary Sipich, y la empujó hacia uno de los hombres, el cual puso su mano sobre su boca y le asió fuertemente.

Feliz cumpleaños, querido Danny. ¡Feliz cumpleaños a mí!— Se detuvo y miró a Pat Reilly. – Tócala, Pat. Tócala, para que yo pueda cantarla bien... tú sabes que no puedo llevar una nota a menos que alguien toque.

Pat Reilly puso sus manos sobre las teclas y comenzó “Lover” en un tempo lento de vals, de la manera que más agradaba a Anthony. El rostro de Pat era blanco. Sus manos se revolvían torpemente.

Dan Hollis miró fijamente hacia la puerta del comedor. Hacia la madre de Anthony, y hacia su padre, que se había acercado a ella.

Ustedes lo trajeron aquí — dijo. Las lágrimas destellaban en sus mejillas, a la luz de las velas – Tenían que haberlo traído...

Cerró los párpados, y las lágrimas en sus ojos se exprimieron. Cantó ruidosamente:

You are my sunshine... my only sunshine... you make me happy... when I am blue...

Anthony llegó al cuarto.

Pat dejó de tocar. Se congeló. Todos lo hicieron. La brisa encrespó las cortinas. Ethel Hollis no podía ni siquiera intentar gritar, se había desmayado.

Please don’t take my sunshine... away... – La voz de Dan desfalleció, hasta acallarse. Puso ambas manos frente a él, el vaso vacío en una, el disco en la otra. Hipó y dijo: — No...

Hombre malo – dijo Anthony, y moldeó a Dan Hollis con su pensamiento hasta convertirlo en una cosa como nadie hubiera creído posible.Luego pensó a esa cosa dentro de una tumba, muy en lo profundo del maizal.

El vaso y el disco cayeron pesadamente sobre la alfombra. Sin romperse.

La púrpura mirada de Anthony vagó por el cuarto.

Algunas personas comenzaron a mascullar. Todos trataron de sonreír. El sonido del mascullar de todos llenó el cuarto con el tono de una aprobación lejana. Entre los murmullos podían distinguirse dos o tres voces claras:

Oh, esto es algo muy bueno – dijo John Sipich.

Algo bueno – dijo el padre de Anthony, sonriendo. Tenía más práctica en sonreír que la mayoría de ellos. — Una cosa maravillosa.

Esto es genial ..., simplemente genial. – dijo Pat Reilly, lágrimas goteando de sus ojos y su nariz, y empezó a tocar el piano de nuevo, suavemente, sus manos temblorosas palpando a tientas la melodía de “Night and Day”.

Anthony trepó a la cima del piano, y Pat tocó por dos horas.

 

Más tarde, vieron la televisión. Todos fueron al cuarto principal, y encendieron sólo unas cuantas velas, y agruparon sillas alrededor del equipo. Era un equipo de pantalla pequeña, y no podían sentarse todos lo suficientemente cerca para ver, pero eso no importaba. Ni siquiera tenían que encender el equipo. No hubiera funcionado, no habiendo electricidad en Peaksville. Sólo tomaron asiento silenciosamente, y observaron aquellas figuras que se retorcían y contorsionaban, y escucharon los sonidos que salían de las bocinas, y ninguno de ellos tenía la más remota idea acerca de que trataba todo aquello. Nunca lo entendían. Siempre era lo mismo.

Esto es muy bonito— dijo por una sola vez tía Amy, sus pálidos ojos sobre los parpadeos de luz y sombras sin significado. – Pero me gustaba un poco más cuando había ciudades allá afuera y podíamos obtener verdadera...

¡Vamos, Amy!— dijo Mamá. – Es bueno que digas esas cosas. Muy bueno. ¿Pero cómo puedes decirlo en serio? ¡En verdad esta televisión es mucho mejor que cualquier cosa que veíamos antes!

Sí – coreó John Sipich. – Esta muy bien. ¡Es el mejor espectáculo que hayamos visto!

Él se sentó en el sofá, con otros dos hombres, presionando a Ethel Hollis contra los cojines, sosteniendo sus brazos y piernas y cubriendo su boca con las manos, para que no comenzara a gritar de nuevo.

¡Es algo muy bueno! – insistió.

Mamá miró al exterior a través de la ventana principal, y a través de la oscuridad del camino, y a través del trigal de los Henderson; hacia la vasta, gris, interminable vacuidad en la que Peaksville flotaba como un alma, la enorme vacuidad que era evidente por la noche, cuando el metálico día de Anthony se había ido.

No era bueno preguntarse donde estarían... no era bueno de ninguna manera. Peaksville era simplemente un lugar. Un lugar alejado del mundo. Seguía estando dondequiera que hubiera estado desde el aquel día en que, tres años antes, Anthony había reptado fuera de su útero y el viejo Dr. Bates – Dios le dé descanso – había gritado y lo había arrojado tratando de matarlo, y Anthony había llorado y hecho la “cosa”. Había llevado al pueblo a algún lugar. O había destruido al mundo dejando sólo el pueblo, nadie lo sabía exactamente.

No hacía bien preguntarse acerca de eso. Nada hacía ningún bien excepto el vivir tal como debían vivir. Tal como debían siempre, siempre vivir; si Anthony lo permitía.

Esos pensamientos eran peligrosos, ella pensó.

Comenzó a mascullar. Los otros comenzaron a mascullar también. Todos habían estado pensando, evidentemente.

Los hombres en el sofá susurraron largamente con Ethel Hollis, y cuando la dejaron libre, ella comenzó a mascullar también.

Mientras Anthony estuvo sentado sobre el equipo haciendo televisión, ellos permanecieron sentados alrededor, mascullando, observando las formas parpadeantes y carentes de significado hasta altas horas de la noche.

Al día siguiente nevó, y mató la mitad de las cosechas, pero fue un buen día.

Presentación y traducción: Fredegiso.

El Mundo Sumergido

Kerans alzó los ojos hacia los acantiladosrectangulares de ventanas intactas que le recordaban las fotografías de lossoleados paseos marítimos de Niza, Río y Miami que había visto de niño en lasenciclopedias del campamento Byrd. Sin embargo, curiosamente, a pesar delpoderoso encanto de esos mundos de lagunas y ciudades sumergidas, nunca sehabía interesado en visitar los edificios, ni se había molestado en identificar las ciudades.El doctor Bodkin, veinticinco años mayor, había vivido en muchas de esasciudades, europeas y americanas, y empleaba casi todas sus horas libres enrecorrer los canales más remotos, buscando museos y bibliotecas, donde enverdad no encontraba otra cosa que sus propios recuerdos.La falta de recuerdos explicaba quizá la indiferencia de Kerans ante elespectáculo de una civilización que se hundía lentamente. Había nacido y habíasido educado en la zona limitada en otro tiempo por el llamado círculo polarártico —ahora una región subtropical, con una temperatura anual media deveinticinco grados centígrados— y fue por primera vez al sur siguiendo unaexpedición ecológica, cuando ya había cumplido los treinta. Los vastos pantanosy las junglas le parecieron un laboratorio fabuloso; las ciudades sumergidaspoco más que pedestales adornados.Excepto los hombres más viejos, como Bodkin, no había nadie que recordarahaber vivido en ellas, y aun en la infancia de Bodkin las ciudades habían sidofortines asediados, encerrados en enormes diques, desintegrados por el pánico yla desesperación, Venecias que se resistían a celebrar sus bodas con el mar.Las ciudades, hermosas y fascinantes precisamente porque estaban vacías, porqueen ellas se unían extraordinariamente dos extremos de la naturaleza, eran ahoracomo coronas de oro abandonadas en una selva y cubiertas de orquídeas salvajes.La sucesión de gigantescos cataclismos geológicos que transformaron elclima de la Tierra se había iniciado sesenta o setenta años atrás. Una serie detormentas solares, violentas y prolongadas, provocadas por una inestabilidadrepentina del Sol, había ampliado los cinturones de Van Allen y habíadebilitado la atracción gravitatoria terrestre que retenía las capas exterioresde la ionosfera. Cuando estas capas se desvanecieron en el espacio, dejando ala Tierra sin protección contra las radiaciones solares, la temperatura empezóa subir regularmente, y la atmósfera recalentada se expandió hasta alcanzar loslímites de la ionosfera.La temperatura media subió unos pocos grados por año, en todo el mundo. Laszonas tropicales fueron pronto inhabitables, y poblaciones enteras emigraronhacia el sur y hacia el norte escapando a temperaturas de cincuenta y sesentagrados. Las regiones templadas se convirtieron en tropicales. En Europa y enAmérica del Norte, golpeadas por continuas olas de calor, la temperatura eraapenas inferior a los treinta y cinco grados. Las Naciones Unidas dispusieron entoncesla colonización de las llanuras antárticas y de la costa septentrional deCanadá y de la Unión Soviética.Durante un período de veinte años la vida se adaptógradualmente a estos cambios climáticos. El tempo vital se hizo más lento, comoera inevitable, y nadie se decidía a combatir el avance de las junglas. No sólose aceleró el crecimiento detodas las formas vegetales. Los niveles más altosde radiactividad aumentaron también provocando mutaciones. Pronto aparecieronlas primeras variedades botánicas anormales, parecidas a los helechos gigantesdel período carbonífero, y las formas inferiores de vida se desarrollaronrápidamente.Un nuevo e importante cataclismo geológico oscureció estas apariciones. Elcalentamiento continuo de la atmósfera había empezado a fundir los casquetespolares. Los mares helados de las llanuras antárticas se quebraron ydisolvieron. Decenas de millares de témpanos del círculo ártico, Groenlandia yel norte de Europa, la Unión Soviética y América se derramaron en el mar, y millonesde metros cúbicos de nieves eternas se licuaron en ríos gigantescos.En realidad, el nivel del agua en todo el mundo sólo hubiera subido unospocos pies, pero los vastos torrentes arrastraron millones de toneladas desedimentos. Los deltas se alzaron en las desembocaduras como diques,extendiendo las costas de los continentes. Los mares que habían cubierto dostercios de la superficie total del globo, ocupaban ahora sólo la mitad.Los nuevos mares empujaron hacia las costas el cieno sumergido y modificaronla forma y los contornos de los continentes. El Mediterráneo se transformó enun sistema lacustre, y las Islas Británicas se unieron otra vez a Francia. Lasllanuras centrales de los Estados Unidos, cubiertas por las aguas que traía elMississipi de las montañas Rocosas, se convirtieron en un golfo enorme que seabría en la bahía de Hudson, y en el Caribe asomaron unas salinas barrosas. EnEuropa el agua se acumuló en lagos, y el barro arrastrado hacia el sur inundólas ciudades de las llanuras.Durante los treinta años siguientes las poblaciones continuaron emigrandohacia el polo. Unas pocas ciudades fortificadas desafiaron el nivel crecientede las aguas y la invasión de los bosques, pero las murallas cedieron una trasotra. La vida sólo era tolerable en las zonas vecinas a los polos, donde laincidencia oblicua de los rayos del sol debilitaba el poder de las radiaciones.Las ciudades que se alzaban en las regiones montañosas cercanas al ecuador, ydonde la temperatura no era tan elevada, habían sido abandonadas también, puesla atmósfera apenas absorbía allí los rayos solares.El problema del emplazamiento de las poblaciones migratorias encontró susolución en este último factor. La fertilidad cada vez menor de los mamíferos,y la ascendencia creciente de los anfibios y reptiles, mejor adaptados a lavida en las lagunas y pantanos, invirtieron el equilibrio ecológico. En laépoca del nacimiento de Kerans en el campamento Byrd —una ciudad de diez milhabitantes del norte de Groenlandia— se estimaba que en los casquetes polaresno vivían más de cinco millones de hombres.El nacimiento de un niño era en ese entonces casiuna curiosidad, y sólo un matrimonio de cada diez tenía descendencia. ComoKerans se decía a veces, elárbol genealógico de la humanidad se podabasistemáticamente a sí mismo, acaso retrocediendo en el tiempo, y era posibleque un día un segundo Adán y una segunda Eva se encontraran otra vez solos, enun nuevo Edén.James G Ballard.El Mundo Sumergido.

En los muros de Erix

En los muros de Erix

El cuento de Lovecraft de donde James Cameron sacó su "original" historia de Avatar.

En Los Muros De Erix

Antes de intentar descansar escribiré unas notas preliminares para el informe que debo redactar. Lo que he descubierto es tan singular, y tan opuesto a todas las pasadas experiencias y suposiciones, que merece una descripción muy cuidadosa.

Llegué al campo de aterrizaje principal de Venus el 18 de marzo, según el cómputo terrestre; el 9, VI según el calendario de ese planeta. Cuando me destinaron al grupo de Miller, recibí mi equipo -junto con un reloj adaptado a la rotación ligeramente más rápida de Venus- y efectué los usuales ejercicios con la máscara. Dos días después me declararon apto para el servicio.

Salí del puesto que la Crystal Company tiene en Terra Nova hacia el amanecer de 12, VI y seguí la ruta sur que Anderson había trazado desde el aire. El camino era malo, ya que estas selvas se vuelven casi impracticables después de la lluvia.

Debe de ser la humedad lo que da a las enmarañadas enredaderas y plantas de tallo rastrero esa resistencia correosa; una resistencia tan grande que se tarda unos diez minutos en cortarlas con el cuchillo. Hacia mediodía, el tiempo era algo más seco; la vegetación se volvió más suave y elástica, de forma que el cu- chillo la cortaba con facilidad, pero ni aun entonces lograba ir más de prisa.

Estas máscaras Carter de oxígeno son demasiado pesadas: sólo llevarlas puestas dejan medio agotado a un hombre normal. La máscara Dubois, con depósito- esponja en vez de cilindros, proporciona un aire igual de bueno con la mitad de peso.

El detector de cristales parecía funcionar bien, e indicaba constantemente una dirección que confirmaba el informe de Anderson. Es curioso cómo funciona ese principio de afinidad, sin ninguna de las imposturas del género de las viejas "varitas de zahorí" terrestres. Debe de haber un gran yacimiento de cristales dentro de un área de unas mil millas, aunque supongo que esos condenados hombres-lagartos estarán al acecho, vigilando. Puede que nos consideren estúpidos por venir a Venus en busca de material, igual que nosotros los consideramos a ellos por arrastrarse en el carro cada vez que encuentran un cristal, o por tener ese enorme ejemplar en un pedestal, en su templo. Me gustaría que adoptasen una nueva religión, dado que los cristales no les sirven más que para rezar ante ellos. Suprimida la teología, nos dejarían coger cuantos quisiéramos; y aun cuando aprendiesen a aprovechar su poder, habría más que suficientes para su planeta y para la Tierra. Yo al menos estoy harto de tener que renunciar a los yacimientos importantes y buscar sólo cristales aislados en el lecho de los ríos de la selva. Alguna vez elevaré una petición para que se elimine a estos miserables seres escamosos con un ejército bien pertrechado que venga de casa. Unas veinte naves podrían traer tropas suficientes para terminar con el problema. No se puede considerar personas a estos seres, a pesar de sus "ciuda- des" y sus torres. No tienen habilidad más que para construir - y utilizar espadas y dardos envenenados-, y no creo que sus supuestas "ciudades" representen mucho más que los hormigueros o los diques de los castores. Dudo que tengan siquiera un verdadero lenguaje... Toda esa palabrería sobre su comunicación psíquica a través de los tentáculos que poseen en la parte inferior del pecho no me parece más que paparruchas. Lo que engaña a la gente es su postura erecta, lo que no es más que una mera semejanza accidental con el hombre terrestre.

Me gustaría recorrer la selva de Venus sin tener que preocuparme de que aparezca algún grupo de estas hoscas criaturas, ni de esquivar sus malditos dardos. Puede que fuera lógico antes de que empezáramos a llevarnos cristales; pero ahora se han convertido verdaderamente en una molestia de lo más enojosa, ya que no paran de lanzarnos dardos y de cortarnos las tuberías del agua. Cada vez estoy más convencido de que están dotados de una sensibilidad especial semejante a la de nuestros detectores de cristales. No se sabe que hayan molestado a ningún hombre excepto tirándole dardos de lejos-, a menos que llevara cristales encima.

Hacia la una de la tarde, un dardo casi me arrancó el casco, y por un segundo pensé que me había perforado los cilindros de oxígeno. Los sigilosos demonios no habían hecho el menor ruido, a pesar de que tenía encima tres de ellos. Acabé con todos barriendo en círculo con mi pistola lanzallamas, pues, aunque su color hacía que se les confundiera con la vegetación, pude percibir el movimiento de las enredaderas. Uno de ellos medía unos ocho pies de altura y tenía un hocico de tapir. Los Otros eran de tamaño corriente, unos siete pies. Lo único que hace que sigan siendo un problema es su número; hasta un simple regimiento de lanzallamas podría acabar con ellos. Es curioso, sin embargo, cómo han llegado a dominar el planeta. No hay otros seres más grandes, salvo los contorsionantes akmans y skorahs, o los tukahs voladores del otro continente... , a menos, por supuesto, que los agujeros de la Meseta Dionea estén habitados.

Hacia las dos, mi detector viró hacia el Oeste, indicando cristales aislados delante de mí, hacia la derecha. Lo comprobé con las referencias de Anderson, y modifiqué mi marcha. El avance se me hizo más difícil, no sólo porque el terreno se elevaba, sino porque la vida animal y las plantas carnívoras eran más abundantes. Andaba constantemente acuchillando ugrats y pisando skorahs, y tenía el traje de cuero todo salpicado de reventar los darobs que salían de todas partes. El sol molestaba a causa de la niebla, y no parecía secar el barro lo más mínimo. Cada vez que daba un paso, el pie se me hundía cinco o seis pulgadas, y sonaba un blup succionante cada vez que lo sacaba. Quisiera que alguien inventara una clase de traje para este clima que no fuese de cuero. De tela se pudriría, por supuesto; pero podrían hacerlo de algún tejido fino y metálico que no pudiera romperse, como la superficie de este rollo indestructible de notas.

Comí hacia las 3,30... , si es que deslizar esas desdichadas tabletas alimenticias a través de la máscara puede llamarse comer. Poco después noté un cambio en el paisaje: las flores brillantes y de aspecto ponzoñoso variaron de color y se volvieron espectrales. Las siluetas de las cosas temblaban rítmicamente, y surgían luminosos puntitos con el mismo tiempo lento e invariable. Después, la temperatura pareció fluctuar de acuerdo con una palpitación acompasada y peculiar.

El universo entero parecía latir con pulsaciones profundas, regulares, que llenaban cada rincón del espacio y fluían a través de mi cuerpo y de mi mente por igual. Perdí el sentido del equilibrio y me tambaleé dominado por el vértigo, pero de nada me sirvió cerrar los ojos y taparme los oídos con las manos. Sin embargo, conservé la mente lúcida, y muy pocos minutos después me di cuenta de lo que había sucedido.

Al fin había dado con una de esas curiosas plantas-espejismo, de las que tantos de nuestros hombres cuentan historias. Anderson me ha prevenido sobre ellas, y me ha descrito muy fielmente su aspecto: tallo velludo, hojas espinosas y flores jaspeadas, cuyas emanaciones, generadoras de ensueños, penetran por cualquier clase de material de que esté hecha una máscara.

Al recordar lo que le ocurrió a Bailey hace tres años, un pánico momentáneo se apoderé de mí, y empecé a correr y a vacilar en el mundo caótico y demencial que las exhalaciones de la planta habían tejido a mi alrededor. Luego volvió la sensatez y comprendí que todo lo que necesitaba era alejarme de esas flores peligrosas, distanciarme de la fuente de esas pulsaciones, y abrirme paso como fuese -sin tener en cuenta lo que girara a mi alrededor-, hasta salir de la zona de influencia de la planta. Aunque todo daba vueltas peligrosamente, traté de proseguir la marcha en la dirección correcta y abrirme paso hacia adelante. Debí de alejarme bastante de la línea recta, porque creo que transcurrieron horas antes de que me sintiera libre del penetrante influjo de la planta. Gradualmente, las luces danzantes empezaron a desaparecer, y el temblor dei espectral escenario empezó a adquirir fijeza.

Cuando me sentí completamente libre consulté el reloj, y me quedé asombrado al descubrir que sólo eran las 4,20. Aunque me había dado la sensación de que había transcurrido una eternidad, toda aquella experiencia había durado poco más de media hora.

Cada demora, no obstante, constituía un fastidio, y había perdido terreno al alejarme de la planta. Ahora avancé penosamente en dirección a la elevación que indicaba el detector de cristales, concentrando todas mis energías en recuperar el mayor tiempo posible. La selva seguía siendo espesa, aunque había menos vida animal. En una ocasión, una flor carnívora me engulló el pie derecho y me lo agarró con tanta fuerza que tuve que librarme de ella a cuchilladas, reduciendo la flor a tiras, antes de que me soltara.

Menos de una hora después, la vegetación empezó a aclarar, y hacia las cinco - después de atravesar una franja de helechos gigantes con muy poca maleza- salí a una meseta ancha y musgosa. Ahora podía caminar más de prisa, y por las oscilaciones de la aguja del detector vi que me estaba acercando al cristal que buscaba. Era extraño, porque la mayoría de los esferoides se encuentran por los arroyos de la selva; de manera que no era corriente que apareciesen en un terreno elevado y sin árboles como éste.

El terreno ascendía basta terminar en una cresta definida. Llegué a lo alto hacia las 5,30, y ante mí descubrí una llanura muy extensa, con un bosque a lo lejos.

Esta era, sin lugar a dudas, la meseta que Matsugawa había registrado desde el aire cincuenta años antes, y que nuestros mapas denominan "Erys" o "Meseta Ericinia". Pero lo que hizo que me latiera el corazón con violencia fue un detalle más pequeño, cuya posición no distaba demasiado, quizá, del centro exacto de la planicie. Era un simple punto luminoso, centelleante a través de la niebla, que parecía reflejar la luminosidad penetrante y concentrada de los rayos amarillentos de sol empañados por el vapor. Este era, sin duda, el cristal que buscaba; quizá no fuera más grande que un huevo de gallina, pero estaba dotado de fuerza suficiente para abastecer de calefacción a una ciudad durante un año.

Casi no me extrañó, al divisar de lejos su resplandor, que esos miserables hombres- lagartos adorasen estos cristales. Sin embargo, no tienen la menor idea del poder que contienen.

Emprendí una rápida marcha, tratando de alcanzar la inesperada presa lo antes posible, y me fastidió que el firme musgo diera paso a un barro líquido sumamente detestable, salpicado aquí y allá de rodales de yerba y enredaderas.

No obstante, continué chapoteando sin hacer caso, ni vigilar siquiera a mi alrededor por si aparecía alguno de esos enojosos hombres-lagartos. No era probable que atacaran en este descampado. A medida que avanzaba, la luz que tenía ante mí parecía aumentar en tamaño y brillantez, y empecé a notar algo raro respecto a su situación. Evidentemente, se trataba de un cristal de la más fina calidad, y mi júbilo crecía a cada paso.

A partir de aquí debo tener cuidado al hacer el informe, ya que lo que voy a decir se refiere a cosas que carecen de precedente - aunque por fortuna se pueden comprobar-. Corría yo con creciente ansiedad, y había llegado a un centenar de yardas más o menos del cristal - cuya situación, en una especie de pequeña prominencia del omnipresente limo, parecía muy extraña-, cuando una fuerza irresistible y repentina me golpeó en el pecho y en los nudillos de mis puños apretados, y me derribó de espaldas en el barro. La salpicadura que provocó mi caída fue tremenda, y ni la blandura del suelo, ni la presencia de enredaderas y yerbas mucilaginosas, impidieron que me golpeara la cabeza, produciéndome un atontamiento. Me quedé tendido boca arriba un momento, demasiado perplejo para pensar. Luego, maquinalmente, me puse en pie tambaleándome, y empecé a arrancarme las costras de barré y de limo adheridas a mi traje de cuero.

No tenía la más ligera idea de con qué había chocado. No había visto nada que pudiese haber provocado el golpe, ni lo veía ahora tampoco. ¿Había resbalado en el barro, en definitiva? El dolor de los nudillos y del pecho me impedían creer que fuese eso. ¿O acaso este incidente no era sino una ilusión provocada por alguna planta-espejismo que no veía? No parecía probable, ya que no notaba ninguno de los síntomas habituales, ni habla ningún sitio donde pudiera ocultarme una vegetación tan llamativa y característica y pasar desapercibida.

De haber estado en la Tierra, lo habría atribuido a una barrera de fuerza N instalada por algún gobierno para acotar una zona prohibida; pero en una región donde no hay seres humanos tal idea resultaba absurda.

Finalmente, haciendo acopio de valor, decidí investigar con precaución.

Esgrimiendo el cuchillo lo más lejos posible de mi cuerpo a fin de poder tantear con él cualquier fuerza extraña, avancé de nuevo hacia el cristal resplandeciente, dispuesto a llegar a él paso a paso, con la mayor precaución. Al tercer paso me detuvo en seco el choque de la punta del cuchillo contra una superficie aparente- mente sólida... , superficie que mis ojos no veían en absoluto.

Tras un momentáneo retroceso, recobré la audacia. Extendí mi mano izquierda, enguantada, y comprobé la presencia de una materia sólida e invisible -o de una ilusión táctil de materia sólida- delante de mí. Al mover la mano descubrí que formaba dicha barrera una sustancia extensa de una tersura casi cristalina, sin indicios de unión de bloques separados. Animándome a seguir explorando, me quité un guante y exploré la superficie con la mano desnuda. Era, efectivamente, dura y vítrea, y de una frialdad extraña que contrastaba con la temperatura ambiente. Forcé la vista al máximo, a fin de captar algún vestigio de la sustancia que me impedía el paso, pero no logré distinguir nada en absoluto.

No producía tampoco ni la menor sombra de refracción, a juzgar por el aspecto del paisaje que tenía ante mí. La carencia de reflexión quedaba demostrada al no arrancar el sol destello alguno en ningún punto. Una acuciante curiosidad empezó a prevalecer en mi espíritu sobre todo otro sentimiento, y amplié mis exploraciones todo lo posible. Palpando con las manos, descubrí que la barrera se extendía desde el suelo hasta una altura mayor que la que yo podía alcanzar, y se prolongaba indefinidamente a uno y otro lado.

Así, pues, era una especie de muro... , aunque no podía explicarme de qué materia estaba hecho, ni cuál era su objeto. Nuevamente pensé en las plantas- espejismo y los sueños que producían, pero tras reflexionar un momento descarté tal hipótesis.

Golpeé con energía la barrera con el puño del cuchillo, le di unas patadas con mis pesadas botas y traté de interpretar los sonidos así producidos. Había algo en estas reverberaciones que me recordaban el cemento o el hormigón, aunque mis manos encontraban la superficie vítrea o metálica Verdaderamente, me enfrentaba a algo extraño que rebasaba toda experiencia previa.

El siguiente movimiento lógico fue hacerme alguna idea de las dimensiones del muro. Calcular la altura podía ser un problema difícil, si no insoluble; pero tal vez resultara fácil averiguar su forma y longitud. Extendí los bravos y me ceñí a la barrera. Empecé a desplazarme lateralmente hacia la izquierda, fijándome con todo cuidado en la trayectoria que llevaba. Tras dar algunos pasos, comprobé que no era recta, sino que describía un círculo o elipse. Luego me llamó la atención algo enteramente distinto, algo relacionado con el lejano cristal, que era el objeto de mi búsqueda.

Ya he dicho que incluso desde una distancia mayor, la situación del objeto resplandeciente, sobre un pequeño montículo que se alzaba en el limo parecía más bien extraña. Ahora -a unas cien yardas- pude distinguir con claridad, a pesar de la creciente niebla, qué era exactamente aquel montículo. Se trataba del cadáver de un hombre vestido con el traje de cuero de la Crystal Company, tendido de espaldas y con la máscara de oxígeno medio enterrada en el barro, a unas pulgadas de él. En su mano derecha, apretado convulsivamente contra el pecho, tenía el cristal que me había guiado hasta allí: era un esferoide de increíble tamaño, tan grande que los dedos del muerto apenas lo abarcaban.

Incluso a esa distancia pude observar que el cadáver era reciente. Apenas se apreciaba descomposición, y pensé que en ese clima tal cosa significaba que no llevaba muerto más de un día. No tardaría en acudir un enjambre de moscas farnoth. Me pregunté quién sería. Sin duda, nadie a quien yo hubiera conocido en este viaje. Quizá se tratara de uno de los veteranos que habían salido a efectuar un largo recorrido y que había llegado a esta región especial con independencia del plan de Anderson. Ahí yacía, más allá de toda preocupación, y con los rayos del gran cristal brotando entre sus dedos rígidos.

Me quedé mirándole durante unos cinco minutos, con perplejidad y aprensión.

Me invadió un extraño temor, y sentí unos deseos irrazonados de echar a correr.

No había sido obra de esos huidizos hombres-lagartos, ya que aún sujetaba con la mano el cristal que había encontrado. ¿Tendría aquello alguna relación con el muro invisible? ¿Dónde había encontrado el cristal? El instrumento de Anderson había indicado la presencia de un cristal en esa zona mucho antes de que ese hombre muriese. Ahora empecé a considerar la barrera invisible como algo siniestro, y me aparté de ella con un estremecimiento. Pero comprendí que debía explorar el misterio más de prisa y a fondo, debido a la reciente tragedia.

De repente -centrando mi atención en el problema que ahora tenía delante-, pensé en un medio posible de comprobar la altura del muro, o de averiguar al menos si se elevaba indefinidamente. Cogí un puñado de barro, lo escurrí hasta que adquirió cierta consistencia, y lo lancé hacia arriba en dirección a la barrera transparente. A una altura de quizá unos catorce pies chocó contra la superficie invisible con sonoro y blando ruido, se desintegró inmediatamente y se escurrió hacia abajo, formando unos regueros que desaparecieron con sorprendente rapi- dez. Así, pues, el muro era alto. Una segunda pella, lanzada en ángulo más elevado, dio en la superficie a unos dieciocho pies del suelo, y desapareció con la misma prontitud que la primera.

Ahora recurrí a todas mis fuerzas, y me dispuse a lanzar una tercera pella lo más alto posible. Escurrí el barro, lo exprimí al máximo y lo lancé tan alto que temí que no llegara a la pared que me cortaba el paso. Pero sí llegó, y esta vez cruzó la barrera y cayó en el barro, al otro lado, con un violento chapoteo. Al fin había logrado tener una idea aproximada de su altura, ya que lo había rebasado a unos veinte o veintiún pies.

Evidentemente, era imposible salvar una pared vertical de diecinueve o veinte pies y de superficie lisa como el cristal. Así que tenía que seguir rodeando la barreta con la esperanza de encontrar un acceso, un final, o algún tipo de interrupción. ¿Formaba el obstáculo un círculo completamente redondo u otra clase de figura cerrada, o describía tan sólo un arco o semicírculo? De acuerdo con mi decisión, continué avanzando despacio hacia la izquierda, moviendo las manos arriba y abajo por la superficie invisible por si descubría alguna ventana o abertura. Antes de reemprender la marcha traté de dejar una señal haciendo un hoyo en el barro con el pie; pero el barro estaba demasiado líquido para que se conservase la señal. Tomé, sin embargo, una referencia del lugar aproximado fijándome en una alta cícada del bosque lejano que estaba en línea con el centelleante cristal, a cien yardas de donde me encontraba yo. Si no había acceso ni interrupción, sabría cuándo había completado el círculo.

No llevaba aún mucho trecho recorrido cuando comprendí que la Curvatura indicaba un recinto circular de unas cien yardas de diámetro, si su contorno era regular. Esto significaba que el hombre muerto estaba cerca del muro, en un lugar casi opuesto al que yo había tomado como punto de partida. ¿Estaba dentro del recinto, o en la parte exterior? No tardaría en comprobarlo.

Fui rodeando lentamente la barrera sin descubrir acceso, ventana ni interrupción de ninguna clase, y concluí que el cadáver estaba en el interior. A medida que me acercaba, el semblante del hombre muerto me iba pareciendo más vagamente inquietante. Había algo alarmante en su expresión y en la mirada de sus ojos vidriosos. Cuando estuve cerca me pareció que se trataba de Dwight, un veterano a quien no había llegado a conocer, pero al que me señalaron en el puesto el año pasado. El cristal que tenía cogido era desde luego un verdadero trofeo, el ejemplar más grande que he visto en mi vida.

Estaba tan cerca del cadáver que podía haberlo tocado -de no interponerse la barrera-, cuando mi exploradora mano izquierda encontró una esquina de la invisible superficie. En un segundo averigüé que había una abertura de unos tres de ancho que iba desde el suelo hasta una altura a que yo no llegaba. No había puerta, ni huellas de goznes que indicaran que la hubiese habido en otro tiempo.

Sin vacilar un instante, la crucé y di dos pasos hacia el cuerpo tendido, que formaba ángulo recto con la abertura por la que yo acababa de entrar, y que daba a lo que parecía ser un corredor sin puertas. Sentí renacer mi curiosidad al encontrarme en el interior de este inmenso recinto dividido en compartimientos.

Me incliné a examinar el cuerpo y vi que no tenía heridas. Casi no me sorprendió, ya que la presencia del cristal indicaba que no se había enfrentado a los nativos pseudo-reptiles. Al mirar a mi alrededor, tratando de descubrir alguna posible causa de su muerte, mis ojos descubrieron la máscara de oxígeno cerca de los pies del cadáver. Este detalle era efectivamente significativo. Sin di- cho accesorio, ningún ser humano podía respirar el aire de Venus durante más de treinta segundos; y Dwight -si era él- lo había perdido. Probablemente se había puesto mal la máscara, y el peso de los cilindros debieron de soltar las correas, cosa que no podía suceder con una mascara Dubois de depósito- esponja. El medio minuto de gracia había resultado demasiado breve para permitirle al hombre inclinarse a recoger su aparato protector... o quizá el cianógeno de la atmósfera era anormalmente elevado en ese momento. Quizá se encontraba absorto contemplando el cristal, dondequiera que lo hubiese descubierto. Al parecer, acababa de sacarlo de la bolsa de su traje, ya que tenía la solapa desabrochada.

Procedí a desprender el enorme cristal de entre los dedos del prospector muerto, tarea que su rigidez hacía muy difícil. El esferoide era más grande que el puño de un hombre, y brillaba como si estuviese vivo bajo los rayos rojizos del sol poniente. Al tocar su centelleante superficie me estremecí involuntariamente como si, al cogerlo, este objeto precioso me transmitiera el destino que había fulminado a su anterior propietario. Sin embargo, no tardarán en disiparse mis escrúpulos, y me guardé cuidadosamente el cristal en la bolsa de mi traje de cuero. La superstición no ha sido nunca una de mis debilidades.

Coloqué el casco del muerto sobre su rostro inmóvil, me enderecé y retrocedí por la entrada invisible al vestíbulo del gran recinto. Nuevamente me volvió toda mi curiosidad en relación con el extraño edificio y me devané los sesos pensando cuál sería su material, su origen y su objeto. Ni por un instante se me ocurrió que pudieran haberlo erigido manos humanas. Nuestras naves habían llegado a Venus por primera vez hacía tan sólo setenta y dos años, y los únicos seres humanos del planeta eran los de Terra Nova. Por otra parte, los conocimientos humanos no incluyen tampoco el de una sustancia sólida, transparente y no refractaría como la de ese edificio. Asimismo, se puede descartar la idea de una prehistórica invasión humana de Venus, de forma que tuve que volver a la hipótesis de que era una construcción nativa. ¿Precedió a los hombres-lagartos, en la dominación de Venus, una raza olvidada de seres sumamente evolucionados? A pesar de sus ciudades de trazado complejo, me costaba creer que los pseudo-reptiles hubiesen logrado un avance de esta naturaleza. Debió de existir otra raza, miles de años antes, de la que quizá era esto una última reliquia. ¿O se descubrirán otras ruinas de naturaleza similar en futuras expediciones? El objeto de semejante edificio escapa a toda conjetura... , pero es extraño, y su material aparentemente nada práctico sugiere un uso religioso.

Comprendiendo mí incapacidad para resolver el problema, se me ocurrió que todo lo que podía hacer era explorar el edificio. Estaba convencido de que había diversos corredores y estancias que se extendían sobre la llanura embarrada y aparentemente ininterrumpida, y pensé que un conocimiento de su trazado podía conducirme a algo importante. De modo que volví a entrar a tientas por la puerta, sorteé el cadáver y empecé a avanzar por el corredor, hacia las regiones interiores de las que probablemente había salido el hombre muerto. Más tarde inspeccionaría la entrada que dejaba atrás.

Andando a tientas como un ciego, a pesar de la brumosa luz, del sol seguí adelante despacio. A los pocos pasos, el corredor giraba bruscamente e iniciaba una espiral en dirección al centro, en curvas cada vez más pequeñas. De cuando en cuando descubría a tientas un pasadizo transversal sin puertas, y en varias ocasiones me tropecé con la confluencia de dos, tres y cuatro corredores divergentes. Cuando sucedía esto, seguía siempre el camino más interior, que parecía ser continuación del que había estado recorriendo. Tendría tiempo de sobra para examinar las ramificaciones, una vez que llegara a las regiones principales y regresara. ¡Me es imposible describir la extraña experiencia que supuso recorrer los corredores de un edificio invisible erigido por manos desconocidas en un planeta extraño! Finalmente, tropezando y palpando, llegué al extremo del corredor, que daba a un espacio bastante amplio. Des cubrí a tientas que me encontraba en una cámara circular de unos diez pies de anchura; y por la situación del muerto en relación con determinadas referencias del bosque lejano, inferí que dicha cámara ocupaba el centro del edificio o estaba próxima a él. De ella salían cinco pasillos además del que yo había recorrido para entrar; pero conservaba en la mente la situación de este último gracias a una cuidadosa observación, por encima del cadáver, de determinado árbol que sobresalía en el horizonte cuando estaba exactamente en la entrada.

No había nada en esta estancia; sólo el suelo de lodo inconsistente, presente en todas partes. Quise saber si estaba techada esta parte del edificio, y repetí mi experimento lanzando hacia arriba una pella de barro; en seguida descubrí que carecía de todo tipo de cubierta. Si la tuvo, debió de derrumbarse hacía tiempo, ya que mis pies no habían tropezado con escombros ni bloques desprendidos de ningún género. Al pensar en ello, me resultó muy sorprendente que este edificio aparentemente primordial careciera tan por completo de fragmentos derruidos, grietas y demás accidentes propios de los edificios en ruinas.

¿Qué era? ¿Qué había sido? ¿De qué estaba hecho? ¿Por qué no había signos de bloques separados en los muros homogéneos, vítreos, desconcertantes? ¿Por qué no había el menor rastro de puertas, ya fuesen interiores o exteriores? Lo único que había averiguado era que estaba en un edificio sin techumbre, sin puertas, hecho dé un material duro, suave, perfectamente transparente y no refractario, de unas cien yardas de diámetro, con numerosos corredores, y una pequeña estancia circular en el centro. Salvo esto, no podría saber nada mediante una inspección directa.

Observé entonces que el sol estaba ya muy bajo en occidente: su disco rojizo flotaba en un charco rojo y anaranjado por encima de los árboles borrosos del horizonte. Tenía que darme prisa si quería encontrar un terreno seco donde dormir, antes de que anocheciera. Previamente había decidido pernoctar en el borde firme y musgoso de la meseta próxima a la cresta, desde donde había visto por primera vez el cristal, fiando en que mi habitual suerte me salvaría de un ataque de los hombres-lagartos. Siempre he sido partidario de que debemos salir en grupos de dos o más, de forma que haya siempre uno de guardia durante el descanso, pero el escasísimo numero de ataques nocturnos que sufrimos hace que la

Compañía no muestre interés en este tipo de cosas. Parece que les es muy difícil ver de noche a esos seres desdichados de piel escamosa, aun alumbrándose con curiosas antorchas.

Tras localizar otra vez el acceso por el que había llegado al centro, emprendí el regreso hacia la entrada del edilicio. Podía continuar otro día la exploración.

Caminando a tientas lo mejor que podía por el corredor en espiral, y valiéndome tan sólo del sentido común, la memoria y un vago reconocimiento de algunos rodales de yerba mal definidos en la llanura corno únicos auxiliares, no tardé en encontrarme de nuevo junto al cadáver. Había ya una o dos moscas farnotb revoloteando sobre el rostro cubierto por el casco, y comprendí que había em- pezado la descomposición. Con una repugnancia instintiva y pueril, alcé la mano para ahuyentar estos primeros insectos carroñeros, y entonces sucedió algo asombroso. Un muro invisible, deteniéndome el movimiento de mi brazo, me hizo ver que -a pesar de que había vuelto sobre mis pasos corrí todo cuidado- no había regresado al corredor en el que se encontraba el cadáver. En vez de eso, me hallaba en un acceso paralelo por el que sin duda me había metido en una vuelta o bifurcación equivocada de los intrincados pasadizos de atrás.

Confiando en encontrar más adelante un acceso al pasillo de salida, proseguí la marcha; pero poco después llegué a una pared que me cortaba el paso. Así que tendría que volver a la cámara central e iniciar el retorno de nuevo. No sabía exactamente dónde me había equivocado. Eché una ojeada al suelo con idea de comprobar si por algún milagro habían quedado impresas mis huellas, pero en seguida comprobé que el inconsistente barro sólo conservaba la señal de las pisadas unos instantes. No me fue difícil encontrar de nuevo el camino hasta el centro; una vez allí, medité detenidamente qué camino era el que conducía a la salida. Me había desviado demasiado a la derecha la vez anterior. Ahora tomaría una bifurcación más a la izquierda... , por el camino decidiría dónde.

Mientras avanzaba a tientas por segunda vez me sentía completamente seguro de que estaba en el camino correcto, y me desvié a la izquierda en una confluencia que estaba seguro de recordar. Seguí la espiral, cuidando de no extraviarme en ninguno de los pasadizos que la cruzaban. Sin embargo, no tardé en descubrir, para mi malhumor, que el cadáver quedaba a bastante distancia; evidentemente, este otro pasadizo llegaba al muro exterior en un punto bastante alejado de él.

Seguí apresuradamente unos pasos más, con la esperanza de que hubiese otra salida en la mitad del muro que aún no habla explorado, pero al final volví a encontrarme con una pared. Estaba claro que el plano del edificio era mucho más complicado de lo que yo había supuesto.

A continuación dudé entre regresar al centro otra vez. o intentar encontrar algún corredor lateral que me llevase hasta el cadáver. Si optaba por la segunda alternativa, corría el peligro de romper mi esquema mental de dónde me encontraba; por tanto, era mejor no intentarlo, a menos que encontrara la forma de dejar un rastro visible detrás de mí. Cómo dejar ese rastro, era todo un problema; de modo que me devané los sesos buscando una solución. No llevaba nada encima que pudiera dejar a manera de señal, ni materia qué pudiera esparcir, o subdividir y distribuir.

La pluma no dejaba huella alguna sobre el muro invisible, y no podía dejar como rastro mis preciosas tabletas alimenticias. Aunque hubiese querido desprenderme de ellas, no habrían sido suficientes... Además, los pequeños comprimidos habrían desaparecido en seguida, hundiéndose en el barro acuoso.

Me registré los bolsillos por si llevaba encima un anticuado cuaderno -que a menudo empleamos extraoficialmente en Venus, a pesar del rápido deterioro del papel en la atmósfera de este planeta-, a fin de arrancarle las páginas y esparcirlas, pero no tenía ninguno. Evidentemente, era imposible romper el fino y resistente metal de este rollo de notas indestructible, y mi indumentaria no ofrecía tampoco posibilidad alguna. En la peculiar atmósfera de Venus, no podía prescindir de mi resistente traje de cuero sin peligro. Por otra parte, hemos eliminado la ropa interior a causa del clima.

Intenté embadurnar con barro las invisibles y lisas paredes después de escurrirlo todo lo posible, pero descubrí que desaparecía de la vista tan rápidamente como las pellas que había lanzado para probar su altitud. Finalmente, saqué el cuchillo y traté de hacer en la superficie vítrea y fantasmal una raya o algo que pudiese reconocer con la mano, aun cuando no tuviese la ventaja de verlo desde lejos. Sin embargo, fue inútil: la hoja no hizo la más ligera señal en esta sustancia desconocida y desconcertante.

Fracasados todos los intentos de dejar alguna huella, busqué el recinto central valiéndome de la memoria. Resultaba más fácil volver a dicha habitación que seguir una trayectoria concreta y predeterminada en dirección opuesta, y no tuve dificultad en llegar a ella. Esta vez consigné en mi rollo de anotaciones cada uno de los giros que hice, trazando un diagrama rudimentario e hipotético de mi trayecto, y marcando todos los corredores que salían de él. Por supuesto, fue un trabajo exasperantemente lento, ya que tenía que determinarlo todo por el tacto, y las posibilidades de error eran infinitas; pero pensaba que al final daría resultado.

El largo crepúsculo de Venus estaba muy avanzado cuando llegué al recinto central, pero aún tenía esperanzas de salir antes de que se hiciera de noche. Al comparar mi reciente diagrama con lo que recordaba de antes pensé que había localizado mi error inicial; así que emprendí confiadamente la marcha a lo largo de los corredores invisibles, me desvié más a la izquierda que en mis intentos anteriores y procuré consignar mis giros, en el rollo de notas, por si me equivocaba otra vez. En las crecientes sombras podía divisar la oscura silueta del cadáver, ahora centro de una nube repugnante de moscas farnoth. No tardarían mucho en acudir de la llanura los sificligs que habitan en el barro, y completar la obra macabra. Me acerqué al cadáver con cierta renuencia; y me dispuse a pasarlo, cuando una colisión repentina contra el muro me reveló que me había extraviado de nuevo.

Ahora comprendí claramente que estaba desorientado. Las complicaciones de ese edificio eran excesivas para darles una solución improvisada, y sin duda tendría que hacer cuidadosas comprobaciones si quería tener alguna esperanza de salir. No obstante, estaba deseoso de llegar a terreno seco antes de que cerrase la noche; de modo que retrocedí una vez más al centro para efectuar una serie de intentos al azar, tomando nota de todo a la luz de mi lámpara eléctrica.

Al encenderla comprobé con atención que no producía reflejos -ni el más ligero destello- en los muros transparentes que me rodeaban. Pero no me sorprendió, ya que el sol tampoco había producido ningún reflejo en el extraño material.

Aún andaba a tientas cuando cayó la noche por completo. Una especie de niebla oscureció la mayoría de las estrellas y planetas, pero la tierra seguía vanamente visible como un punto incandescente, verde azulado, en el sudeste. Acababa de rebasar su cenit, y habría ofrecido una visión gloriosa en su telescopio. Incluso podía distinguir la luna junto a ella, cuando los vapores se disipaban momentáneamente. Ahora era imposible ver el cadáver -mi único punto de referencia-; de modo que, tras algunas vueltas equivocadas, regresé torpemente a la cámara central. Al fin y al cabo, había perdido toda esperanza de dormir en terreno seco. No podía hacer nada hasta el amanecer; por tanto, debía descansar aquí como pudiera. No resulta agradable tumbarse en el barro; pero podía hacerlo, enfundado en mi traje de cuero. En otras expediciones había dormido en peores condiciones incluso, y ahora el agotamiento me ayudaría a vencer mi repugnancia.

Así que aquí estoy, en cuclillas en el limo del recinto central, redactando estas notas en el rollo de anotaciones, a la luz de mi lámpara eléctrica. Hay algo casi humorístico en esta extraña, inusitada y comprometida situación. ¡Perdido en un edificio sin puertas, en un edificio que no puedo ver! Evidentemente, saldré mañana temprano, y hacia el atardecer estaré en Terra Nova con el cristal. Desde luego, es una preciosidad, y tiene un brillo sorprendente aun a la luz débil de esta lámpara. Acabo de examinarlo. A pesar de mi cansancio, el sueño tarda en llegar, así que estoy escribiendo largo y tendido. Debo dejarlo ya. En este lugar no hay peligro de que me molesten esos malditos nativos. Lo que menos me gusta es el cadáver; pero afortunadamente mi máscara de oxígeno me salva de los peores efectos. Voy gastando los cubos de clorato muy espaciadamente.

Tomaré un par de tabletas alimenticias ahora, y trataré de dormir. Ya seguiré

Más tarde: 13, VI; por la tarde

Han surgido más dificultades de las que esperaba. Todavía estoy en el edificio, y tendré que obrar con rapidez y prudencia si quieto descansar en terreno secó esta noche. Tardé en dormirme, y no me he despertado hasta este mediodía. Desde luego, habría dormido bastante más, de no haber sido por el deslumbrante sol que se filtraba a través de la neblina. El cadáver ofrecía un espectáculo bastante desagradable: era un hervidero de sificligs, y tenía tina nube de moscas farnoth a su alrededor. Algo le había apartado el casco de la cara y preferí no mirársela. Me alegré doblemente de llevar mi máscara de oxígeno, al pensar en la situación.

Por último, me sacudí, me sequé, tomé un par de tabletas alimenticias y puse un nuevo cubo de clorato potásico en el electrolizador de la máscara. Voy consumiendo despacio los cubos, pero me habría gustado tener más abundante provisión. Me sentía mucho mejor después del sueño, y esperaba salir del edificio en seguida.

Al consultar las notas y bocetos que había tomado, me quedé impresionado ante la complejidad de los corredores y la posibilidad de haber cometido una equivocación fundamental. De las seis aberturas que salían del espacio central, había elegido la que creía que era aquella por la cual había entrado, guiándome por la disposición de ciertos elementos del paisaje. Situado exactamente en la entrada, el cadáver, a una distancia de cincuenta yardas, se encontraba en línea recta con un lepidodendro particular del bosque lejano. Ahora se me ocurrió que quizá este punto de referencia no era suficientemente preciso: la distancia del cadáver hacía que la diferencia de dirección respecto al horizonte fuese relativamente pequeña al mirar desde las aberturas próximas a la de mi primera entrada. Además, el árbol no se diferenciaba demasiado de otros lepidodendros que había en el horizonte.

Al someter todo esto a comprobación descubrí, para mi desencanto, que no estaba seguro de cuál de las aberturas era la correcta. ¿Había recorrido una serie de pasillos distintos en cada intento de salida? Esta vez me aseguraría. Se me ocurrió que a pesar de la imposibilidad de marcar un rastro había una señal que yo podía dejar. Aunque no era posible desprenderme del traje, podía prescindir del casco debido a mi espesa mata de pelo; era lo bastante grande y claro como para destacar sobre el barro líquido. Así que me quité el accesorio semiesférico, y lo deposité en la entrada de uno de los corredores; el de la derecha, de los tres que iba a explorar.

Seguiría dicho corredor en la suposición de que era el que buscaba, repitiendo las vueltas que me parecían las adecuadas, tomando notas y consultándolas constantemente. Si no salía, iría eliminando sistemáticamente todas las variantes posibles, y si esto no daba resultado, continuaría explorando de la misma forma los callejones que salían de la siguiente abertura, a partir de la tercera entrada.

Tarde o temprano, no tenía más remedio que dar con el camino de salida, pero debía tener paciencia. Aun en el peor de los casos, llegaría a campo abierto a tiempo para poder dormir en terreno seco.

Los resultados inmediatos fueron más bien desalentadores, aunque me ayudaron a descartar la abertura de la derecha en poco más de una hora. De esta entrada parecía arrancar tan sólo una serie de callejones sin salida, cada uno de los cuales terminaba bastante lejos del cadáver; y muy pronto vi que no figuraban en absoluto en los recorridos de la tarde anterior. Como en las demás ocasiones, no obstante, me resultaba relativamente fácil volver a tientas a la cámara central.

Hacia la una de la tarde cambié el casco a la siguiente abertura y empecé a explorar los corredores que partían de ella. Al principio me pareció reconocer sus vueltas, pero no tardé en encontrarme en una serie de corredores completamente desconocidos. No conseguí acercarme al cadáver, ni pude llegar a la cámara central tampoco, aun cuando había tomado nota de todos los movimientos efectuados. Al parecer, había giros engañosos y cruces demasiado sutiles para poderlos representar en mis rudimentarios diagramas; y empecé a experimentar una mezcla de ira y de desaliento. Aunque la paciencia acabaría por triunfar, comprendí que mi búsqueda debía ser minuciosa, incansable, prolongada.

A las dos me encontraba vagando aún inútilmente por los extraños corredores, palpando sin parar, mirando alternativamente el casco y el cadáver, y anotando datos en mi rollo con menos confianza cada vez. Maldije la estupidez y la vana curiosidad que me había arrastrado al interior de esta maraña de muros invisibles; pensaba que si hubiera renunciado a la exploración y hubiese regresado tan pronto como le quité el cristal al cadáver, a estas horas estaría a salvo en Terra Nova.

De repente se me ocurrió que podía excavar un túnel con el cuchillo por debajo de los muros invisibles, y atajar así hasta el exterior, o hasta algún corredor que condujese afuera. No había medio de saber la profundidad que tenían los cimientos de este edificio, pero el omnipresente barro indicaba que no había más piso que la tierra. Me puse de cara al cadáver cada vez más distante y horrible, y empecé a cavar febrilmente con la ancha y afilada hoja del cuchillo.

Había unas seis pulgadas de barro semilíquido, por debajo de las cuales la densidad del suelo aumentaba bruscamente. Esta tierra inferior parecía ser de color distinto; era una tierra grisácea como la de las formaciones próximas al polo norte de Venus. A medida que ahondaba al pie de la barrera invisible, el suelo se iba volviendo más duro. El barro acuoso inundaba mi excavación tan pronto como extraía la arcilla; pero yo llegaba al fondo a través de él y seguí trabajando. Si lograba abrir un acceso por debajo del muro, el barro no me impediría cruzarlo.

A unos tres pies, sin embargo, la dureza del suelo me obligó a interrumpir la excavación. Su tenacidad era superior a la de todo lo que había encontrado hasta entonces aun en ese planeta, y estaba acompañada de una anómala pesantez. Mi cuchillo tenía que hender y astillar la arcilla apretada, y los fragmentos que sacaba eran como piedras sólidas o trozos de metal. Finalmente, incluso este hender y astillar se hizo imposible, y tuve que desistir sin haber alcanzado el borde inferior del muro.

La hora larga empleada en ese intento ha resultado cara e infructuosa, ya que me ha hecho gastar grandes reservas de energía, me ha obligado a tomar una tableta extra de alimento y a poner un cubo más de clorato en la máscara de oxígeno.

Ha supuesto también un retraso en mi exploración a tientas, porque. todavía me siento demasiado cansado para proseguir la marcha. Después de limpiarme un poco las manos y los brazos me he sentado a escribir estas notas, apoyado contra una pared invisible y de espaldas al cadáver.

Este cadáver ya no es más que una masa hirviente de gusanos; el olor ha empezado a atraer a los viscosos akmans de la selva lejana. Observo que muchas de las yerbas efjeh de la llanura alargan sus tallos necrófagos hacia él; pero dudo que sean lo bastante largos como para alcanzarlo. Quisiera que apareciesen organismos carnívoros del tipo de los skorabs, porque entonces podrían olerme y abrirse paso por el edificio hasta mí. Los seres así tienen un sentido primitivo de la dirección. Podría verlos venir, y anotar el camino aproximado que recorren, en caso de que no siguieran una línea continua. Serían una gran ayuda. En cuanto los tuviera delante, podría aniquilarlos con la pistola.

Pero no hay esperanza de que ocurra nada de eso. Ahora que he terminado de anotar todo esto, descansaré un rato; después exploraré un poco más. Tan pronto como vuelva a la cámara central, cosa que deberá ser bastante fácil, examinaré la abertura del extremo a la izquierda. Quizá consiga salir hacia el atardecer.

13, VI; por la noche

Ha surgido una nueva dificultad. Me va a resultar tremendamente difícil salir, ya que hay factores cuya existencia no había sospechado siquiera. Pasará otra noche aquí, en el barro, y mañana reanudaré la lucha. Interrumpí el descanso, me levanté y me puse otra vez en marcha, a tientas, a las cuatro de la tarde. Unos quince minutos después llegué a la cámara central y señalé con el casco el último de los tres accesos posibles. Al adentrarme por esa abertura, me pareció que su recorrido me era más familiar; pero menos de cinco minutos después me detuve ante una visión que me sobresaltó sobremanera.

Era un grupo de cuatro o cinco de esos detestables hombres-lagartos que habían salido del lejano bosque del otro lado de la llanura. A esa distancia no los distinguía con claridad, pero me pareció que se detenían, se volvían hacia los árboles gesticulando y a continuación se les unía una docena más. El incrementado grupo se dirigió directamente hacia el edificio invisible, y cuando estuvieron cerca les observé atentamente. Nunca había visto a esos seres a tan corta distancia, fuera de las sombras vaporosas de la selva.

Su semejanza con los reptiles era perceptible, aunque yo sabía que era sólo aparente, ya que estas criaturas no tienen nada en común con la vida terrestre. Al aproximarse más, me di cuenta de que el parecido con los reptiles no era tan grande: sólo la cabeza aplastada y la piel verdosa y resbaladiza de batracio sugería tal asociación. Caminaban sobre sus extraños y gruesos muñones, y sus ventosas producían curiosos ruidos en el barro. Eran de unos siete pies de altura, un tamaño normal, con cuatro largos y filamentosos tentáculos pectorales. Los movimientos de esos tentáculos -si las teorías de Fogg, Ekbcrg y Janat son correctas, cosa que antes dudaba pero que ahora estoy más inclinado a creer- indicaban que sostenían una animada conversación.

Saqué la pistola lanzallamas y me apresté a entablar una enconada lucha. Mi situación era apurada, pero el arma me daba cierta ventaja. Si esas criaturas conocían el edificio, entrarían a buscarme, y esto me daría la clave de la salida; lo mismo que podían haber hecho los carnívoros skorahs. Parecía seguro que me iban a atacar, pues aunque no veían el cristal que yo llevaba en el bolsillo, podían adivinar su presencia gracias a su especial sensibilidad.

Sin embargo, sorprendentemente, no me atacaron. Al contrario, se separaron y formaron un gran círculo a mi alrededor, a una distancia que indicaba que se habían pegado al muro invisible. De pie, en círculo, aquellos seres me miraban en silencio, inquisitivamente, moviendo los tentáculos, asintiendo a veces con la cabeza y gesticulando con sus miembros superiores. Un rato después vi surgir del bosque a unos cuantos más; avanzaron y se unieron a la multitud curiosa.

Los que estaban cerca del cadáver lo miraron brevemente, pero no hicieron ningún ademán para moverlo. Ofrecía un espectáculo horrible; sin embargo, a los hombres-lagartos eso parecía tenerles completamente sin cuidado. De cuando en cuando uno de ellos ahuyentaba alguna mosca farnoth con sus extre- midades o tentáculos, o aplastaba con las ventosas de sus muñones algún sificlig o contorsionante akman, o alguna yerba efjeh que se estiraba.

Me quedé mirando a esos intrusos grotescos e inesperados, preguntándome con inquietud por qué no atacaban de una vez, y perdí momentáneamente mi fuerza de voluntad y energía para proseguir la búsqueda de la salida. En vez de eso, me apoyé desmayadamente contra el muro invisible del corredor donde estaba, dejando que mi asombro se resolviese gradualmente en una disparatada sucesión de especulaciones. Un centenar de enigmas que me habían tenido perplejo parecieron adquirir de repente un significado nuevo y siniestro; y me estremecí, dominado por un miedo distinto de cuanto había experimentado hasta ahora.

Creí saber por qué estos seres repulsivos merodeaban expectantes a mi alrededor. Asimismo, me pareció comprender al fin el misterio del edificio transparente. El seductor cristal que yo había cogido, el cadáver del hombre que lo había cogido antes que yo... , todas estas cosas empezaron a adquirir un significado sombrío y amenazador.

No era una serie casual de contratiempos lo que había hecho que me extraviara en esta maraña de corredores invisibles y sin techo. Indudablemente, se trataba de un auténtico laberinto; de un laberinto construido deliberadamente por estos seres infernales cuyo ingenio y mentalidad había subestimado yo tan lamentablemente. ¿No podía haberlo sospechado antes, conociendo sus inusita- das habilidades arquitectónicas? Estaba bien claro su objetivo. Era una trampa; una trampa destinada a atrapar seres humanos, con el esferoide de cristal como cebo. Estas criaturas reptiles, en guerra con los recolectores de cristales, habían recurrido a la estrategia y estaban utilizando nuestra propia codicia en contra nuestra.

Dwight -si es que este cadáver putrefacto es efectivamente él- ha sido una víctima. Tal vez cayó en la trampa hace algún tiempo y no consiguió dar con la salida. Sin duda le enloqueció la falta de agua, y puede que se le agotaran también los cubos de clorato. Quizá no se le desprendiera accidentalmente la máscara. Es más probable que se suicidara antes que afrontar una muerte lenta.

Había preferido quitarse la máscara deliberadamente, dejando que la atmósfera letal actuase en él de forma instantánea. La horrible ironía de su destino radicaba en su posición: había caído a unos pies de la salida salvadora sin haberla podido encontrar. Un minuto más y se habría salvado.

Y ahora era yo quien estaba atrapado. Atrapado y con esta horda de curiosos mirones que me cercaban dispuestos a reírse de mi situación. La idea era enloquecedora, y, al darme cuenta del trance en que me encontraba, me invadió un súbito sentimiento de pánico que me impulsó a correr sin rumbo por los pasillos invisibles. Durante unos momentos no tuve conciencia de lo que hacía: tropezaba, trastabillaba, chocaba contra las paredes invisibles; finalmente caí en el barro como un montón jadeante y lacerado de carne ensangrentada y sin conciencia.

La caída me calmó un poco, de forma que cuando me puse trabajosamente en pie pude reconocer las cosas y ejercitar la razón. Los mirones que me rodeaban agitaban sus tentáculos de una manera rara e irregular que sugería una especie de risa maliciosa y extraña, por lo que les mostré el puño salvajemente mientras me levantaba. Mi gesto pareció aumentar su risa, y unos cuantos me imitaron torpemente con sus verdosos miembros superiores. Avergonzado, traté de serenar mis facultades y analizar la situación.

Al fin y al cabo no me sentía tan mal como debió de sentirse Dwight. A diferencia suya, sabía cuál era mi situación... , y hombre prevenido vale por dos.

Yo tenía pruebas de que al final se podía alcanzar la salida, y no repetiría su trágico acto de impaciente desesperación. El cadáver - o el esqueleto que ya no tardaría en ser- estaba constantemente delante de mí indicando como un guía la buscada abertura; y una paciente tenacidad me conduciría inevitablemente a ella, si perseveraba con inteligencia y sin desfallecer.

Tenía, sin embargo, la desventaja de estar cercado por esos demonios reptiles.

Ahora que había comprendido la naturaleza de la trampa - cuyo material invisible denotaba una ciencia y una tecnología superiores a las de la Tierra-, no podía ya menospreciar la mentalidad y los recursos de mis enemigos. Incluso con mi pistola lanzallamas me vería en apuros para escapar; aunque la decisión y la rapidez podían ayudarme a salir de esta situación.

Pero antes tenía que llegar al exterior, a menos que pudiera atraer o provocar a alguna de estas criaturas, y hacerla avanzar hacia mí. Cuando preparaba la pistola para la acción, y hacía el recuento de mi abundante provisión de municiones, se me ocurrió probar el efecto de sus descargas sobre los muros invisibles. ¿Se me había pasado por alto un medio factible de escapar? No tenía ningún indicio sobre cuál podía ser la composición química de esa barrera transparente, pero quizá pudiera cortarla una lengua de fuego como si fuese de queso. Eligiendo una sección que estaba frente al cadáver, descargué la pistola a corta distancia de ella, y hurgué con el cuchillo el punto al que había dirigido la llama. Nada había cambiado. Había visto desparramarse la llama al chocar contra la superficie, y ahora comprobé que mis esperanzas habían sido vanas.

Sólo una larga y tediosa búsqueda de la salida podía sacarme al exterior.

Así que me tragué otra tableta alimenticia, puse otro cubo en el electrolizador de la máscara y reanudé la interminable marcha; volví a la cámara central y empecé de nuevo. Consulté constantemente mis notas y bocetos, hice otros nuevos, registré una tras otra las falsas vueltas y anduve tambaleándome hasta que casi desapareció la luz de la tarde. Y mientras persistía en mi búsqueda, observaba de cuando en cuando el círculo de miradas burlonas, y notaba un relevo periódico en sus filas. A cada instante se retiraba al bosque algún pequeño grupo, y venía otro a ocupar su puesto. Cuanto más pensaba en sus tácticas, más intranquilo me sentía, ya que me daban una idea de las intenciones de estos seres. Podían entrar a presentarme batalla en cualquier momento; pero parecía que preferían observar mis esfuerzos por escapar. No podía por menos de pensar que disfrutaban con el espectáculo... , y esto hacía que me horrorizara aún más la perspectiva de caer en sus manos.

Al hacerse de noche, dejé de buscar, y me senté en el barro a descansar. Ahora estoy escribiendo a la luz de la lámpara, y dentro de un momento trataré de dormir un poco. Confío en poder salir mañana, ya que el agua de mi cantimplora está bastante menguada y las tabletas de lacol son un precario sustituto. No me atrevería a mojarme los labios con este lodo, porque el agua de las zonas emba- rradas no es potable, salvo si se destila. Esa es la razón de que hayamos instalado largas tuberías hasta las regiones de arcilla amarilla, y de que dependamos del agua de lluvia cuando esos demonios descubren las tuberías y las cortan. Tampoco me quedan demasiados cubos de clorato, así que procuraré reducir el consumo de oxígeno lo más que pueda. Mi intento de practicar un túnel esta tarde, y mi posterior huida aterrada, me han hecho gastar una peligrosa cantidad de aire. Mañana reduciré al mínimo el esfuerzo físico, hasta que me enfrente con los reptiles y tenga que habérmelas con ellos? Debo conservar una provisión suficiente de cubos para el regreso a Terra Nova. Mis enemigos siguen ahí; un círculo de débiles antorchas me rodea. Hay algo espantoso en estas luces que me mantienen despierto.

14, VI; por la noche

¡Otro día entero de búsqueda, sin haber dado con la salida! Está empezando a preocuparme la escasez de agua, ya que a mediodía se me quedó vacía la cantimplora. Por la tarde cayó un chaparrón; regresé al centro de la cámara en busca del casco que señalaba el lado izquierdo, y utilizándolo como cuenco, recogí como dos tazones de agua. Me la bebí casi toda, y vertí el resto en la cantimplora. Las tabletas de lacol no alivian casi nada cuando se tiene verdadera sed; confío en que llueva más por la noche. Voy a dejar el casco boca arriba para recoger un poco si llueve. No tengo demasiadas tabletas alimenticias, aun que no me escasean peligrosamente. En adelante reduciré la ración a la mitad. Lo que verdaderamente me preocupa son los cubos de clorato, ya que incluso sin esfuerzos violentos, el estar andando sin parar todo el día ha mermado peligrosamente mis reservas. Me siento débil a causa del ahorro obligado de oxígeno, y de la sed que me aumenta constantemente. Supongo que cuando reduzca el alimento me sentiré más débil aún.

Hay algo maligno, algo misterioso, en este laberinto. Juraría que había logrado descartar ciertas vueltas con mis planos; sin embargo, cada nuevo intento parece desmentir cualquier conclusión anterior. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo perdidos que estamos cuando carecemos de puntos de referencia visuales.

Un ciego podría desenvolverse mejor... , pero para la mayoría de nosotros la vista es el rey de los sentidos. El resultado de todos estos vagabundeos infructuosos es un profundo desaliento. Comprendo lo desdichado que debió de sentirse el pobre Dwight. Su cadáver no es más que un esqueleto, y los sificligs y los akmans y las moscas fanroth han desaparecido. Las yerbas efjen mordisquean su traje de cuero, desmenuzándolo; son más largas y crecen mas de prisa de lo que creía.

Entretanto, esas tandas de mirones tentaculados continúan disfrutando, alrededor de la barrera, riéndose de mí y gozándose de mi desgracia. Como siga así un día más, enloqueceré, si es que no muero de agotamiento.

Sin embargo, no puedo hacer otra cosa que perseverar. Dwight habría salido si hubiese continuado un minuto más. Es posible que venga pronto a buscarme alguien de Terra Nova, aunque sólo hace tres días que falto. Me duelen los músculos espantosamente, y me parece que no voy a poder descansar tumbado en este barro repugnante. Anoche, a pesar de mi terrible cansancio, dormí sólo a ratos, y hoy me temo que me pasará igual. Vivo en una pesadilla interminable, entre la vigilia y el sueño, y ni estoy verdaderamente despierto, ni verdaderamente dormido. Me tiemblan las manos; no puedo seguir escribiendo de momento. Ese círculo de débiles llamas de antorcha es horrible.

15, VI; a la caída de la tarde

¡Un progreso importante! Parece que la cosa marcha. Me siento muy débil, y no dormí mucho hasta el amanecer. Entonces dormité hasta mediodía, aunque sin descansar en absoluto. No ha llovido, y la sed me ha debilitado mucho. Tomé una tableta extra de alimento para mantenerme; pero sin agua, no me ha servido de mucho. Intenté probar un poco de agua embarrada por una sola vez, pero me produjo violentas náuseas y me dejó más sediento que antes. Tenso que ahorrar cubos de clorato, y la falta de oxígeno me tiene casi sofocado. No puedo caminar durante mucho tiempo, aunque me las arreglo para arrastrarme por el barro. Hacia las dos me pareció reconocer algunos corredores, y llegué a acercarme al cadáver - o esqueleto- - más que en los primeros intentos del día. Una de las veces me desvié por un callejón lateral sin salida, pero volví al corredor principal con ayuda de mi plano y mis notas. El problema de las anotaciones es que hay demasiadas. Llevo ya unos tres pies de rollo plagados de anotaciones, y necesito detenerme mucho tiempo para desentrañarlas. La sed, la falta de agua y el agotamiento hacen que me flaquee la cabeza, y no logro entender todo lo que he escrito. Esos condenados seres verdosos siguen mirando y riendo con sus tentáculos; a veces gesticulan de una forma que me hace pensar que comparten alguna broma terrible que no alcanzo a comprender.

Eran las tres cuando di el gran paso. Se trataba de un acceso que, según mis notas, no había explorado anteriormente; y al cruzarlo descubrí que podía arrastrarme circularmente hacia el esqueleto envuelto por las enredaderas. El camino describía una especie de espiral muy semejante a aquella por la que había llegado a la cámara central. Cada vez que me tropezaba con una abertura o bifurcación debía conservar la trayectoria que más me parecía que repetía el recorrido original. A medida que pasaba más y más cerca de mi espantoso punto de referencia, los mirones de afuera intensificaban sus gestos enigmáticos y su muda risa sardónica. Era evidente que encontraban siniestramente divertidos mis progresos, sabedores de lo impotente que iba a yerme si llegaba a enfrentarme con ellos. Me limité a dejarles que rieran, porque si bien me daba cuenta de mi extraordinaria debilidad, contaba con una pistola y cargas de repuesto para abrirme paso entre esta falange de reptiles repugnantes.

Mis esperanzas aumentaron prodigiosamente, aunque no intenté ponerme de pie.

Ahora era mejor ir a rastras, y ahorrar fuerzas para el próximo enfrentamiento con los hombres-lagartos. Avanzaba muy despacio, y el peligro de extraviarme por algún callejón sin salida era grande; de todos modos, me pareció que recorría una curva que iba directamente hacia mi óseo objetivo. Tal perspectiva me infundió nuevas fuerzas, y por el momento dejé de pensar en mis dolores, en la sed y en la escasez de provisiones. Las criaturas se apiñaban ahora junto a la entrada, gesticulando, saltando y riendo con sus tentáculos. Pensé que no tardaría en enfrentarme con la horda entera... y quizá con los refuerzos que sin duda recibirían del bosque.

Ahora estoy a unas yardas tan sólo del esqueleto; me he detenido para escribir estas notas, antes de irrumpir en medio de esa horda de entidades inmunda.

Tengo la seguridad de que mi último átomo de fuerzas los va a poner en fuga, pesar de su número, ya que el alcance de mi pistola es muy grande. Después acamparé en el musgo seco del borde de la meseta, y por la mañana emprenderé la penosa marcha por la selva, hasta Terra Nova. Me alegrará ver hombres vivos y edificios de seres humanos otra vez. Los dientes de ese cráneo brillan y sonríen horriblemente.

15, VI; hacia el anochecer

Horror y desesperación. ¡Me he vuelto a desviar! Después de hacer la anotación anterior, me acerqué aún más al esqueleto; pero de repente tropecé con una pared que se interponía. tina vez más me había equivocado, y al parecer me encontraba en el sitio en que había estado hace tres días, cuando intenté salir del laberinto por primera vez. No sé si grité... , quizá estaba demasiado débil para proferir ningún grito. Me limité a quedarme tendido en el barro, ofuscado, durante largo rato, mientras los seres verdosos del exterior saltaban y reían y gesticulaban.

Un rato después habla recobrado algo más la conciencia. La sed, la debilidad y la asfixia me estaban venciendo de prisa, y con la última pizca de fuerza que me quedaba metí un cubo en el electrolizador.. , temerariamente, sin pensar en las necesidades para el regreso a Terra Nova. El oxígeno me reanimó un poco, y me permitió mirar en torno mío con más lucidez.

Me daba la sensación de que estaba ligeramente más lejos del pobre Dwight que en mi primera decepción, y pensé ofuscado que tal vez estaba en un corredor un poquitín más alejado. Con esa pizca de esperanza seguí arrastrándome penosamente... , pero un poco más allá llegué al fondo de un callejón sin salida, como la primera vez.

Así que esto era el final. En tres días no había conseguido nada, y me encontraba sin fuerzas. No tardaría en enloquecer de sed, y no contaba ya con cubos suficientes para regresar. Me pregunté débilmente por qué esos seres de pesadilla se habían agolpado tan multitudinariamente alrededor de la entrada, burlándose de mí. Sin duda constituía parte de su burla hacerme creer que me estaba acercando a una salida que ellos sabían que no existía.

Ya no viviré mucho, aunque he decidido no precipitar el desenlace como Dwight. Su cráneo sonriente acaba de girar hacia mí, desplazado por los tallos tanteantes de una de las matas de efjeh que ahora devoran su traje de cuero. La macabra mirada de esas cuencas vacías es peor que la de esos horrorosos lagartos. Confiere un significado espantoso a la sonrisa muerta de dientes blancos.

Me echaré y me quedará muy quieto en el barro a fin de ahorrar todas las energías que pueda. Este informe - que espero que llegue a quienes vengan después de mí, y les sirva de advertencia-, concluirá muy pronto. En cuanto termine de escribir, descansará un rato. Luego, cuando sea demasiado oscuro para que esas horrendas criaturas puedan ver nada, haré acopio de las fuerzas que me quedan y trataré de lanzar el rollo por encima del muro y de los corredores a la llanura exterior. Procuraré dirigirlo hacia la izquierda, a fin de que no caiga entre la horda saltadora de burlones sitiadores. Quizá se hunda en el barro inconsistente... , pero puede que caiga en algún grupo de matas, de las que hay tantas, y vaya a parar finalmente a manos de los hombres.

Si sobrevive, y llega a ser leído, confío que sirva para algo más que para advertir a los hombres de la existencia de esta trampa. Espero que enseñe a nuestra especie a dejar donde están esos cristales brillantes. Pertenecen sólo a Venus.

Nuestro planeta no los necesita verdaderamente; y creo que hemos violado alguna ley misteriosa, alguna ley profundamente oculta en los arcanos del cos- mos, al tratar de apoderarnos de ellos. ¿Quién sabe qué fuerzas oscuras, poderosas y omnipresentes empujan a estos seres reptiles a guardar tan extrañamente su tesoro? Dwight y yo hemos pagado nuestra codicia, como la pagaron y la pagarán otros. Pero tal vez estas muertes aisladas no sean sino un preludio de nuevos y más tremendos horrores. Dejemos a Venus lo que sólo pertenece a Venus.

Siento la muerte muy cerca, y temo no poder lanzar el rollo cuando oscurezca.

Si no puedo, supongo que los hombres-lagartos se apoderarán de él; porque sin duda comprenderán de qué se trata. No quieren que nadie sospeche la existencia del laberinto, y no sabrán que mi mensaje constituye un alegato en favor de ellos. A medida que se acerca el final, me siento más inclinado a juzgar con benevolencia los acontecimientos. A escala cósmica, ¿quién sabe qué especie es superior, o se acerca más a la norma orgánica espacial, si la de ellos o la mía? Acabo de sacar el cristal de la bolsa para contemplarlo en mis últimos momentos. Brilla violenta, amenazadoramente, con los rayos rojos del día agonizante. La inquieta horda se ha dado cuenta, y sus gestos han cambiado de una forma que no puedo entender. Me pregunto por qué siguen apiñados en la entrada, en vez de concentrarse en un punto más cercano a mí, junto al muro transparente.

Me estoy quedando entumecido, y no puedo escribir. Las cosas giran a mi alrededor, aunque no pierdo el conocimiento. ¿Podré lanzar esto por encima del muro? ¡Cómo brilla este cristal, a pesar de que está anocheciendo!

Es de noche. Estoy muy débil. Aún ríen y saltan en la entrada, y han encendido sus condenadas antorchas.

¿Se van? He soñado que oía un ruido... , luz en el cielo.

INFORME DE WESLEY P. MILLER, JEFE DEL GRUPO A, VENUS CRYSTAL Co.

(Terra Nova, Venus: 36, VI)

Nuestro operario A-49, Kenton J. Stanfield, de Marshall Street 5317, Richmond, Va., salió de Terra Nova en la madrugada del día 12, VI, para efectuar un breve recorrido señalado por el detector. Debía estar de regreso el 13 o el 14. Dado que el 15 por la noche aún no había vuelto, salí en el avión de reconocimiento FR-58 con cinco hombres a mis órdenes, a fin de seguir su ruta con ayuda del detector. La aguja indicadora no señalaba cambio alguno respecto de las anteriores lecturas.

Seguimos la aguja hasta la región de las tierras altas Ericianas, iluminando todo el trayecto con potentes proyectores. Los lanzallamas de triple fila y los cilindros de radiación D estaban preparados para dispersar cualquier contingente ordinario de nativos hostiles, o neutralizar cualquier agresión peligrosa de skorahs carnívoros.

Cuando sobrevolábamos la planicie despejada de Eryx divisamos un grupo de luces que se movía, y comprendimos que eran antorchas de nativos. Al acercarnos, se dispersaron y echaron a correr hacia el bosque. Serían unos setenta y cinco o cien en total. El detector indicaba la presencia de un cristal en el lugar donde habían estado. Descendimos, y nuestras luces revelaron dos objetos en el suelo. Un esqueleto enredado en tallos de efjeh, y un cadáver entero a diez pies de él. Dirigimos el avión hacia los cuerpos, y el extremo de un ala chocó contra un obstáculo invisible.

Al acercarnos a pie a los cadáveres, tropezamos con una barrera lisa, invisible, que nos desconcertó enormemente. Tanteándola no lejos del esqueleto, dimos con una abertura, que daba a un espacio en el que se abría otra abertura que conducía hasta el esqueleto. Junto a él, aunque la vegetación le había devorado la ropa, estaba su casco metálico numerado de la compañía. Era el operario B-9, Frederick N. Dwight, de la división de Koenig, que había salido de Terra Nova hacía dos meses para llevar a cabo una larga misión.

Entre este esqueleto y el cadáver intacto había otro muro, pero pudimos identificar con facilidad al segundo hombre como Stanfield. Tenía un rollo de notas en la mano izquierda y una pluma en la derecha; al parecer estaba escribiendo cuando le sobrevino la muerte. No se veía ningún cristal; sin embargo, el detector indicaba la presencia de un enorme ejemplar cerca del cuerpo de Stanfield.

Nos costó mucho llegar hasta Stanfield, pero finalmente lo conseguimos. El cuerpo estaba aún caliente, y descubrimos un gran cristal junto a él, cubierto por el. barro semilíquido. Examinamos inmediatamente el rollo de notas de su mano izquierda, y nos dispusimos a tomar ciertas precauciones, de acuerdo con sus datos. El contenido del rollo consiste en la larga relación que antecede a este informe; relación cuyos principales aspectos hemos comprobado, y que incluimos como explicación de lo descubierto. Los fragmentos finales de dicha relación revelan un deterioro mental; sin embargo, no hay razón para dudar de lo demás. Evidentemente, Stanfield murió a causa de la sed, la asfixia, la tensión cardíaca y la depresión psíquica. Tenía puesta la máscara, que seguía generando oxígeno a pesar de su provisión de cubos alarmantemente escasa.

Dado que nuestro avión había quedado averiado, llamamos por radio a Anderson para que acudiera con el avión de reparaciones FG-7, un grupo de mecánicos, una brigada de demolición y un equipo de material explosivo. Por la mañana quedó reparado el FH-58, y regresamos remolcados por Anderson, llevándonos los dos cadáveres y el cristal. Enterraremos a Dwight y a Stanfield en el cementerio de la compañía, y embarcaremos el cristal con destino a Chicago en la primera nave que salga para la Tierra. Después seguiremos la sugerencia de Stanfield - la que hay en la primera parte, más equilibrada, de su informe-, y traeremos tropas suficientes para acabar con todos los nativos. Despejado el campo, la cantidad de cristales que podremos recoger puede ser ilimitada.

Por la tarde estudiamos el edificio o trampa invisible con suma precaución; lo exploramos con ayuda de largas cuerdas de guía, y levantamos un plano completo para nuestros archivos, Su trazado nos ha dejado impresionados, y hemos guardado muestras de la sustancia para su análisis químico. Todos estos conocimientos serán útiles cuando nos ocupemos de las diversas ciudades de los nativos. Nuestros taladros de diamante tipo C han conseguido barrenar el material invisible, y la brigada de demolición está colocando la dinamita para volarlo. Cuando hayamos terminado no quedará nada. El edificio representa una clara amenaza tanto para el tráfico aéreo como para cualquier otro.

Al examinar el plano del laberinto, uno se siente impresionado no sólo por la ironía del destino de Dwight, sino por la de Stanfield también. Cuando tratamos de llegar al segundo cuerpo desde el esqueleto, no encontramos ningún acceso a la derecha, pero Marheim dio con una entrada desde el primer espacio interior, a unos pies de Dwight, y a cuatro o cinco de Stanfield. A continuación de esa entrada había un amplio vestíbulo que no exploramos hasta después, pero a la derecha de dicho vestíbulo había otra entrada que conducía directamente al cadáver. Stanfield habría podido salir al exterior veintidós o veintitrés pies más adelante, si hubiese encontrado la abertura que tenía justamente detrás... , abertura que se le había pasado por alto a causa de su agotamiento y desesperación.

 

Howard Phillips Lovecraft

 

Tren al infierno

Tren al infierno


That Hell-Bound Train (1958)
Premio Hugo (1958) al mejor relato

 

Cuando Martin era un niño pequeño, su papito era ferroviario. Papito nunca viajaba en los trenes, pero caminaba a lo largo de las vías del CB&Q, y estaba orgulloso de su tarea. Y cada noche, cuando se emborrachaba, cantaba esa vieja canción acerca de Ese tren al infierno.
Martin no podía recordar nada de las letras, pero no podía olvidar la forma en que su papito las cantaba. Y cuando papito cometió el error de ya estar borracho por la tarde, y quedó aplastado entre un vagón cisterna de la Pennsy y un vagón de bordes bajos de la AT&SF, Martin se preguntó por qué la Hermandad no cantaba esa canción en su funeral.
Después de eso, las cosas no fueron demasiado bien para Martin, pero de alguna manera siempre recordaba la canción de papito. Cuando mamita se largó un día con un viajante de comercio de Keokuk (papito debió agitarse en su tumba, al saber que había hecho tal cosa, y además con un pasajero), Martin tatareaba para sí mismo la tonadilla cada noche, en el orfanato. Y cuando el mismo Martin se escapó, acostumbraba a silbar bajito la canción, por la noche, en los bosques, cuando los otros vagabundos estaban dormidos.
Martin erró por los caminos durante cuatro o cinco años antes de darse cuenta de que no iba a ninguna parte. Naturalmente, probó fortuna en muchas cosas: recogiendo frutas en Oregón, limpiando platos en Montana, robando tapacubos en Denver y neumáticos en Oklahoma City, pero para entonces ya había cumplido seis meses en los campos de trabajo de Alabama, y sabía que no había futuro alguno en vagabundear de aquella manera.
Así que trató de meterse en el ferrocarril como su papito, pero le dijeron que los tiempos eran malos.
Aunque Martin no podía mantenerse alejado del ferrocarril. Siempre que viajaba, lo hacía en tren: prefería meterse de polizón en un tren de carga que iba hacia el norte con un tiempo bajo cero, que mover el pulgar para que lo llevase un Cadillac en dirección a Florida. Siempre que lograba hacerse con una lata de cerveza, se quedaba sentadito en un cómodo y confortable paso de aguas bajo la vía, pensaba en los viejos tiempos, y a menudo canturreaba la canción acerca de Ese tren al infierno. Aquel era el tren en el que viajaban los borrachos y los pecadores: los jugadores y los que aceptan sobornos, los manirrotos, los donjuanes, toda esa alegre compañía. Sería realmente hermoso el poder hacer un viaje con tan buena gente, pero a Martin no le gustaba pensar en lo que sucedía cuando aquel tren llegaba finalmente a la Estación de Allá Abajo. No quería imaginarse el pasarse la eternidad haciendo de fogonero en las calderas del infierno, sin ni siquiera un sindicato que lo protegiese. No obstante, sería un hermoso viaje. Si es que existiese algo así como un Tren al Infierno. Que, naturalmente, no lo había.
Al menos, Martin no pensaba que existiese, hasta aquella tarde, cuando se halló caminando sobre las traviesas en dirección al sur, justo pasado Appleton Junction. La noche era fría y oscura, como son las noches de noviembre en el valle del río Fox, y sabía que tendría que llegar hasta Nueva Orleáns para pasar el invierno o quizá hasta Texas. Por algún motivo, no tenía muchas ganas de ir, aunque había oído contar que algunos de aquellos coches de Texas llevaban tapacubos de oro macizo.
No señor, las raterías no habían sido hechas para él. Eran peor que un pecado: no eran provechosas. Lo bastante malas para ser obra del diablo, pero además con mala pata. Quizá fuera mejor que dejase que el Ejército de Salvación lo regenerase.
Caminaba canturreando la canción de papito, esperando que un mercancías saliese de la estación tras él. Debería agarrarlo... no tenía otra cosa que pudiera hacer.
Pero el primer tren en venir llegaba en el otro sentido, rugiendo hacia él a lo largo de la vía del sur.
Martin atisbo hacia adelante, pero sus ojos no igualaban a sus oídos, y por el momento lo único que podía captar era el sonido. Era un tren, seguro; notaba como el acero se estremecía y cantaba bajo sus pies. Y, no obstante, ¿cómo podía ser eso? La estación más cercana hacia el sur era Meenah-Menasha, y no tenía que salir nada de allí en muchas horas.
Las nubes colgaban espesas por encima, y las neblinas rodaban sobre los campos como una sábana fría en aquella noche de noviembre. Aún así, Martin debería haber sido capaz de ver el faro de la locomotora mientras el tren se le acercaba. Pero sólo escuchaba el silbato, chillando desde las oscuras fauces de la noche. Martin podía reconocer el equipo de casi todas las locomotoras jamás construidas, pero nunca había oído un silbato que sonase como ése. No estaba haciendo señales: estaba aullando como un alma perdida.
Se hizo a un lado, pues el tren estaba ya casi encima de él. Y, repentinamente, allí estaba, alzándose sobre los rieles y chirriando para detenerse en menos tiempo de lo que hubiera creído posible. Las ruedas no habían sido aceitadas, porque rechinaban como los condenados, pero el tren se detuvo, y los chirridos murieron para dejar paso a una serie de profundos gruñidos. Y Martin alzó la vista y vio que era un tren de pasajeros. Era grande y negro, sin una sola luz que brillase en la cabina de la locomotora ni en ninguno de los vagones de la larga hilera. Martin no podía ver ningún letrero en sus costados, pero estaba bastante seguro de que aquel tren no pertenecía a la Northwestern Road.
Aún estuvo más seguro cuando vio al hombre que bajaba del primer vagón. Había algo raro en la forma en que caminaba, como si arrastrase uno de sus pies, así como en el farol que llevaba. Éste estaba apagado, y el hombre lo acercó a su boca y sopló, e instantáneamente brilló rojizo. Uno no tiene que ser miembro de la Hermandad de Ferroviarios para saber que ésta es una extraña manera de encender un farol.
Mientras la figura se aproximaba, Martin reconoció la gorra de revisor encasquetada en la cabeza, y esto le hizo sentirse mejor por un instante... hasta que se fijó en que la llevaba un poco demasiado alta, como si hubiese algo que surgiese bajo ella, en la frente.
Sin embargo, Martin era educado, y cuando el hombre sonrió le dijo:
-Buenas noches, señor revisor.
-Buenas noches, Martin.
-¿Cómo sabe usted mi nombre?
El hombre se alzó de hombros.
-¿Y cómo supiste tú que soy el revisor?
-Lo es, ¿no?
-Para tí sí. Aunque para otra gente, en otros momentos de la vida, quizá me conozcan con otros nombres. Por ejemplo, deberías ver el aspecto que tengo cuando me presento a los tipos de Hollywood -el hombre sonrió-. Viajo mucho -explicó.
-¿Qué es lo que le trae por aquí? -le preguntó Martin.
-Vaya, deberías saber la respuesta a eso, Martin. He venido porque me necesitabas. De repente, esta noche, me di cuenta de que estabas yendo por un camino equivocado. ¿O me negarás que pensabas en unirte al Ejército de Salvación?
-Bueno... -dudó Martin.
-No te avergüences. El errar es humano, como dijo no sé quién. ¿Sería el Reader’s Digest? No importa. Lo que importa es que creí que me necesitabas. Así que cambié de vía y vine por aquí.
-¿Para qué?
-Bueno, pues para ofrecerte un viaje, naturalmente. ¿No es mejor viajar confortablemente en tren que caminar a lo largo de las frías calles tras una banda del Ejército de Salvación? Según me han dicho, es duro para los pies, y mucho más para los tímpanos.
-No estoy seguro de que sienta muchos deseos de viajar en su tren, señor -le dijo Martin-, considerando dónde probablemente acabará.
-Ah, sí, la vieja discusión -suspiró el revisor-. Supongo que prefieres algún tipo de trato, ¿no es así?
-Exactamente -contestó Martin.
-Bueno, me temo que ya no llevo a cabo ese tipo de negocios. En la actualidad, no me faltan los candidatos a pasajeros. ¿Por qué iba a ofrecerte alguna ventaja especial?
-Usted debe desearme, de lo contrario no se habría molestado en cambiar su camino para venir a buscarme.
El revisor suspiró de nuevo.
-En eso tienes razón. El orgullo ha sido siempre la peor de mis debilidades, lo admito. Y, de alguna manera, odio la idea de perderte a la competencia, después de pensar que eras mío durante todos esos años -dudó-. Sí, si insistes, estoy dispuesto a tratar contigo, según tus propios términos.
-¿Qué términos? -preguntó Martin.
-La propuesta standard: cualquier cosa que desees.
-Ah -dijo Martin.
-Pero te advierto por anticipado que no habrá trucos. Te daré cualquier deseo que me pidas, pero a cambio tienes que prometerme viajar en el tren cuando llegue tu hora.
-¿Y si no llegase nunca?
-Llegará.
-¿Y suponiendo que tuviese un deseo que me mantuviese siempre lejos de ese tren?
-No existe ese deseo.
-No esté muy seguro.
-Ése es mi problema -dijo el revisor-. Tengas lo que tengas en mente, te advierto que al final cobraré mi deuda. Y no habrá ninguno de esos milagritos de última hora. Nada de arrepentimientos en un momento, ni fraüleins rubias o astutos abogados mostrándote el camino de escapar. Te ofrezco un trato limpio. Es decir, tú tienes lo que quieres, y yo también.
-He oído que engaña a la gente. Dicen que es usted peor que un vendedor de coches usados.
-Mira, escúchame un momento...
-Me excuso -añadió apresuradamente Martin-, pero se supone que lo cierto es que no se puede fiar uno de usted.
-Lo admito. Pero por otra parte, pareces creer que tienes una vía de escape.
-Un método infalible.
-¿Infalible? ¡Muy divertido! -el hombre comenzó a carcajearse, y luego se detuvo-. Pero estamos perdiendo un tiempo muy valioso, Martin. Vamos al grano. ¿Qué es lo que quieres?
Martín inspiró profundamente:
-Quiero ser capaz de detener el tiempo.
-¿Ahora mismo?
-No. Aún no. Y no para todo el mundo. Naturalmente, me doy cuenta de que esto sería imposible. Pero quiero ser capaz de detener el tiempo para mí mismo. En una sola ocasión, en el futuro. Cuando llegue a un puente en el que sepa que estoy feliz y contento, allí quiero quedarme, pa-ra poder seguir siendo feliz por siempre.
-Es una buena petición -musitó el revisor-. Tengo que admitir que jamás había oído nada similar... Y, créeme, he algunas difíciles en mis muchos años -sonrió a Martin-. Has estado pensando mucho en esto, ¿no?
-Durante años -admitió Martin. Luego tosió-. Bueno, ¿qué es lo que dice?
-No es imposible, en los términos de tu propio sentido temporal subjetivo -murmuró el revisor-. Sí, creo que podría hacerse.
-Pero yo quiero que se detenga realmente, no simplemente imaginarlo.
-Comprendo. Puede hacerse.
-Entonces, ¿acepta?
-¿Por qué no? Te hice una promesa, ¿no? Dame la mano.
Martin dudó.
-¿Me hará mucho daño? Quiero decir que no me gusta ver sangre, y...
-¡Tonterías! Has estado escuchando un montón de bobadas. Muchacho, ya hemos sellado nuestro trato. Simplemente, quiero darte algo. La forma en que llevar a cabo tu deseo. Después de todo, nadie puede saber en qué momento decidirás ejercer tu derecho, y no puedo dejarlo caer todo y venir corriendo. Así que será mejor que puedas regular el asunto por tí mismo.
-¿Me va a dar un control del tiempo?
-Más o menos. Tan pronto como pueda decidir qué será lo más práctico -el revisor dudó-. ¡Ah, esto es justamente lo que buscaba! Toma, ten mi reloj.
Se lo sacó del bolsillo del chaleco: un reloj de ferroviario, con caja de plata. Abrió la parte trasera e hizo unos delicados ajustes; Martin intentó ver qué era exactamente lo que estaba haciendo, pero sus dedos se movían a una velocidad imposible de seguir.
-Ya está -sonrió el revisor-. Todo está dispuesto. Cuando llegue finalmente el momento en que te gustaría pararte, gira simplemente la corona al revés y quítale la cuerda al reloj hasta que se detenga. Cuando se detenga, el tiempo se detendrá para tí. ¿Te parece suficiente sencillo?
Y el revisor dejó caer el reloj sobre la mano de Martin. Éste apretó fuertemente sus dedos alrededor del mismo.
-¿No hay que hacer nada más?
-Absolutamente. Pero recuerda: sólo puedes detener el reloj en una ocasión, así que lo mejor será que estés bien seguro de sentirte satisfecho en el momento que decidas prolongar. Te aconsejo esto con toda lealtad; asegúrate muy bien en tu elección.
-Lo haré -Martin sonrió-. Y, como se ha mostrado usted tan honesto acerca de todo, yo también lo seré. Hay una cosa que parece usted haber olvidado. Realmente no importa qué momento elija, pues, en cuanto detenga el tiempo para mí mismo, eso significa que me quedaré donde estoy, por siempre. No tendré que envejecer más. Y si no sigo envejeciendo, nunca moriré. Y si no muero, nunca tendré que viajar en su tren.
El revisor se dio la vuelta. Sus hombros se estremecieron convulsivamente, y quizá hubiera llorado.
-Y has dicho que yo era peor que un vendedor de coches usados -jadeó con voz estrangulada. Entonces se perdió entre la niebla, y el silbato del ferrocarril lanzó un alarido impaciente, y de repente se puso en marcha con rapidez sobre la vía, desapareciendo en medio de la oscuridad.
Martin se quedó allí, contemplando parpadeante el reloj de plata que tenía en su mano. Si no fuera porque podía verlo y tocarlo, y si no fuese por aquel olor tan peculiar, quizá hubiera llegado a creer que había imaginado todo desde principio al fin: tren, revisor, trato y demás.
Pero tenía el reloj, y podía reconocer el olor dejado por el tren al partir, y desde luego no hay muchas locomotoras que usen azufre como combustible.
Y no tenía dudas acerca de su trato. Eso es lo que sucede cuando uno piensa en las cosas hasta llegar a su conclusión lógica. Algunos estúpidos hubieran pedido dinero, poder o a Kim Novak. Papito se hubiera vendido por una botella de whisky.
Martin sabía que había realizado un trato mejor. ¿Mejor? Era a prueba de bomba. Lo único que necesitaba ahora era escoger su momento.
Se metió el reloj en el bolsillo, y regresó a la vía. Realmente, antes sus pensamientos no habían tenido un destino, pero ahora sí. Iba a encontrar un momento de felicidad...


El joven Martin no era ningún tonto. Se daba perfecta cuenta de que la felicidad es algo relativo; de que hay condiciones y grados de satisfacción, y que varían según sea la vida de cada uno. Como vagabundo, a menudo se sentía satisfecho con unas sobras calientes, un banco en el parque o una lata de cerveza. Muchas veces había alcanzado un estado de éxtasis momentáneo a través de tales simples accesorios, pero sabía que existían cosas mejores. Martin decidió hallarlas.
Al cabo de dos días estaba en la gran ciudad de Chicago. Con bastante naturalidad, llegó a West Madison Street, y allí dio unos pasos para elevar su papel en la vida. Se convirtió en un vagabundo ciudadano, un tramposo, un buscón. Al cabo de una semana había llegado a un punto en que la felicidad era una comida en un restaurante barato, un ratito sobre un catre del ejército en una verdadera casa de citas, y una botella de moscatel.
Hubo una noche en que, después de gozar al máximo esos tres lujos, Martin pensó en quitarle la cuerda al reloj, en el punto álgido de su intoxicación. Pero también pensó en los rostros de la gente honesta a la que hoy había sacado dinero. De acuerdo, eran unos integrados, pero eran prósperos. Llevaban buenas ropas, tenían buenos trabajos, usaban lindos coches. Y para ellos, la felicidad tenía un mayor grado de éxtasis: cenaban en excelentes restaurantes, dormían en colchones de muelles, y bebían whisky escocés.
Integrados o no, algo bueno tenían. Martin acarició su reloj, apartó la tentación de conseguirse otra botella de moscatel, y se fue a dormir decidido a conseguirse trabajo y mejorar su cociente de felicidad.
Cuando se despertó, tenía resaca, pero aún seguía decidido. Antes de que hubiera terminado el mes, Martin estaba trabajando para un contratista de obras del lado sur, en uno de los grandes proyectos de reconstrucción. Odiaba el trabajo, pero la paga era buena, y pronto obtuvo un apartamento de una habitación en la Blue Island Avenue. Ahora, tenía costumbre de comer en restaurantes decentes, y se compró una cama confortable, y cada noche del sábado bajaba a la taberna de la esquina. Todo era muy placentero, pero...
Al capataz le gustaba su trabajo, y le prometió un aumento de sueldo en un mes. Si seguía, el aumento significaría que podría permitirse un coche de segunda mano. Con un coche, hasta podría comenzar a buscarse una chica a la que citar de vez en cuando. Otros tipos del trabajo lo hacían, y parecían bastante felices.
Así que Martin siguió trabajando, y le llegó el aumento, y consiguió el coche, y pronto un par de chicas.
La primera vez que le sucedió, deseaba quitar la cuerda de su reloj de inmediato, hasta que empezó a pensar lo que siempre decían algunos de los viejos. Por ejemplo, había un individuo llamado Charlie, que trabajaba junto a él en el andamio:
-Cuando eres joven y no conoces nada mejor, quizá le saques algún gusto en ir con esas cerdas, pero al cabo de un tiempo deseas algo mejor: una buena chica para tí solo.
Martin creyó que tenía que averiguar si eso era cierto. Si no le gustaba más, siempre podía volver a lo que ya tenía.
Pasaron casi seis meses antes de que Martin conociese a Lillian Gillis. Por aquel entonces ya había conseguido otro aumento, y estaba trabajando en la oficina. Le habían hecho ir a la escuela nocturna para aprender como llevar una contabilidad rudimentaria, pero eso significaba otros quince pavos extra a la semana, y gustaba más trabajar bajo cubierto.
Y Lillian era muy divertida. Cuando le dijo que aceptaba casarse con él, Martin estuvo casi seguro de que había llegado el momento. Excepto que ella era lo que diríamos... Bueno, era una buena chica, y le dijo que tendrían que esperar hasta estar casados. Naturalmente, Martin no podía esperar casarse con ella hasta que no tuviera algo más de dinero ahorrado, y otro aumento le iría bien.
Eso le llevó un año. Martin tenía paciencia, porque sabía que iba a valer la pena. Cada vez que tenía dudas, sacaba su reloj y lo miraba. Pero nunca se lo mostró a Lillian ni a nadie más. La mayor parte de los otros llevaban caros relojes de muñeca, y el viejo reloj de plata de ferroviario parecía un tanto ridículo.
Martin sonrió mientras contemplaba la corona. Unas pocas vueltas, y tendría algo que ninguno de aquellos pobres hombres estúpidos y trabajadores tendrían jamás: una satisfacción permanente con su ruborizada novia...
Sólo que el casarse resultó ser simplemente el principio. Sí, era maravilloso. Pero Lillian le explicó lo mucho mejor que serían las cosas si pudieran buscarse una casa nueva y arreglarla. Martin deseaba un mobiliario decente, un televisor, un buen coche.
Así que comenzó a seguir clases nocturnas, y consiguió un ascenso en la oficina. Con el niño por venir, deseaba aguantar un poco más y ver a su hijo. Y cuando lo tuvo, se dio cuenta de que tendría que esperar hasta que se hiciera un poco mayor, comenzase a caminar y a hablar, y desarrollase una personalidad propia.
Por aquel entonces la empresa lo estaba enviando de viaje como supervisor de algunas de las construcciones, y ahora estaba comiendo en buenos restaurantes, viviendo por todo lo grande y con cuenta de gastos. En más de una ocasión se sintió tentado a quitarle la cuerda al reloj. Aquello era la buena vida... Naturalmente, aún sería mejor si no tuviera que trabajar. Más pronto o más tarde, si lograba intervenir en uno de los tratos de la compañía, podría sacar una buena tajada y retirarse. Entonces, sería ideal.
Así sucedió, pero costó tiempo. El hijo de Martin iba a la escuela superior antes de que él lograse llegar hasta donde realmente estaba el dinero. Martin tenía la impresión de que era ahora o nunca, porque ya no era exactamente un muchacho.
Pero justo entonces conoció a Sherry Westcott, y ella no parecía pensar que fuera maduro en absoluto, a pesar de la forma en que estaba perdiendo cabello y ganando tripa. Le enseñó que un bisoñé podía cubrir su calvicie, y una faja reducir el depósito de los garbanzos. De hecho, le enseñó muchas cosas, y disfrutó tanto aprendiendo que realmente sacó el reloj y se preparó a quitarle la cuerda.
Por desgracia, eligió justamente el momento preciso en que los detectives privados hicieron saltar la puerta de la habitación del hotel, y entonces hubo un largo período en el que Martin estuvo tan ocupado peleándose ante los tribunales con el asunto de su divorcio que honestamente no pudo decir que disfrutase de ningún momento.
Cuando llegó a un acuerdo final con Lil, estaba arruinado y a Sherry ya no le parecía que él fuera tan joven, después de todo. Así que se alzó de hombros, y volvió al trabajo.
También esta vez reunió su montón de dinero, aunque tardó más tiempo, y no tuvo muchas posibilidades de diversión mientras lo conseguía. Las damas elegantes de los elegantes salones de cóctel ya no le interesaban ni tampoco el licor. Además, el médico se lo había prohibido.
Pero un hombre rico podía descubrir otros placeres. Por ejemplo, los viajes... y nada de viajar en los topes de los vagones yendo de un lugar podrido a otro peor. Martin recorrió el mundo en avión y transatlántico de lujo. En una ocasión le pareció que, después de todo, iba a hallar el momento, mientras visitaba el Taj-Mahal a la luz de la luna. Martin sacó el maltratado reloj, y se dispuso a quitarle la cuerda. Nadie le contemplaba...
Y eso es lo que le hizo dudar. Seguro, aquel era un momento muy agradable, pero estaba solo. Lil y el chico habían desaparecido, Sherry había desaparecido y, por alguna razón, nunca había tenido tiempo de hacer amigos. Quizá si lograse hallar alguna gente con la que congeniase lograra la felicidad definitiva. Ésa debía ser la respuesta: no era simplemente el dinero, o el poder, o el sexo, o el ver cosas hermosas. La verdadera satisfacción se encontraba en la amistad.
Así que, de regreso a casa en barco, Martin trató de hacerse algunos amigos en el bar del buque. Pero toda aquella gente era mucho más joven, y Martin no tenía nada en común con ellos. Además, deseaban bailar y beber, y Martin no se encontraba en condiciones de disfrutar de tales pasatiempos. Sin embargo, lo intentó.
Quizá fuera por esto por lo que tuvo el pequeño accidente el día anterior al que atracasen en San Francisco. "Pequeño accidente" fue como lo describió el doctor de a bordo, pero Martin se fijó en que tenía un aspecto muy serio cuando le ordenó que se quedara en cama y hasta llamó a una ambulancia para que fuera a recibir al barco al muelle y llevase al paciente directamente al hospital.
En el hospital, todo aquel tratamiento oneroso con las onerosas sonrisas y las onerosas palabras no engañaron a Martin. Era un viejo con un corazón débil, y pensaban que se iba a morir.
Pero podía ser más listo que ellos. Aún tenía el reloj. Lo encontró en su chaqueta cuando se puso la ropa, y huyó del hospital.
No tenía por qué morir. Podía burlar la muerte con un solo gesto... y pensaba hacerlo como un hombre libre, allá afuera, bajo el cielo abierto.
Aquél era el verdadero secreto de la felicidad. Ahora lo comprendía. Ni siquiera la amistad representaba tanto como la libertad. Aquello era lo mejor de todo: el estar libre de amigos o familia o de las furias de la carne.
Martin caminó lentamente junto al andén de carga, bajo el cielo nocturno. Ahora que lo pensaba, estaba justamente donde había comenzado, hacía tantos años. Pero el momento era bueno, lo bastante bueno como para prolongarlo para siempre. Quien había sido un vagabundo en una ocasión, siempre lo seguía siendo.
Sonrió mientras pensaba en ello, y luego su sonrisa se contorsionó seca y repentinamente, como el dolor que estaba seca y repentinamente contrayendo su pecho. El mundo comenzó a girar, y cayó por el costado del muelle de carga.
No podía ver muy bien, pero aún estaba consciente y sabía lo que había pasado. Otro ataque, y bastante malo. Quizá el definitivo. Excepto que ya no iba a seguir haciendo el estúpido. No iba a esperar a ver lo que había al doblar la esquina.
Justo en aquel momento llegaba su oportunidad de usar su deseo y salvar su vida. E iba a hacerlo. Aún podía moverse, nada lo detendría.
Buscó en su bolsillo, y sacó el viejo reloj de plata, tanteando la corona. Unas cuantas vueltas, y burlaría a la muerte. Nunca tendría que viajar en aquel Tren al Infierno. Podría continuar vivo por siempre.
Por siempre.
Martín no había considerado nunca antes aquellas palabras. Vivir siempre... Pero, ¿cómo? ¿Deseaba seguir así siempre, un hombre enfermo, yaciendo inerme sobre la hierba?
No. No podía hacerlo. No lo haría. Y repentinamente, tuvo grandes deseos de llorar, porque supo que en algún punto a lo largo de su vida se había pasado de listo. Y ahora era demasiado tarde. Se le nubló la vista, sintió un rugido en los oídos...
Naturalmente, reconoció el rugido. Y no le sorprendió lo más mínimo el ver cómo el tren salía corriendo de entre la niebla y llegaba hasta el andén. Tampoco se sintió sorprendido cuando se detuvo, ni cuando el revisor bajó del mismo y caminó lentamente hacia él.
El revisor no había cambiado en lo más mínimo. Hasta seguía mostrando la misma sonrisa.
-Hola, Martin -dijo-. Viajeros al tren.
-Lo sé -susurró Martin-. Pero tendrá que llevarme. No puedo caminar. Y tampoco puedo hablar, ¿no?
-Sí, sí puedes -dijo el revisor-. Te puedo oír muy bien. Y también puedes caminar.
Se inclinó, y colocó su mano sobre el pecho de Martin. Siguió un momento de helado atontamiento, y luego Martin pudo caminar de nuevo.
Se alzó y siguió al revisor a lo largo de la rampa, llegando hasta el lado del tren.
-¿Aquí? -preguntó.
-No, en el siguiente vagón -murmuró el revisor-. Supongo que tienes derecho a viajar en primera. Después de todo, eres un hombre de éxito. Has disfrutado de las alegrías de la riqueza, la posición social y el prestigio. Has conocido los placeres del matrimonio y la paternidad. Has probado las delicias de la comida y la bebida y también el sexo, y has viajado mucho y bien. Así que nada de recriminaciones de última hora.
-De acuerdo -suspiró Martin-. No puedo culparle de mis errores. Por otra parte, tampoco usted puede atribuirse lo que sucedió. Trabajé para lograr cada una de las cosas que deseaba. Lo hice todo por mí mismo. Ni siquiera necesité su reloj.
-Así es -aceptó el revisor, sonriendo-. Pero, ¿te importaría devolvérmelo ahora?
-Lo necesita para el siguiente tonto, ¿eh? -murmuró Martin.
-Quizá.
Algo en la forma en que lo dijo hizo que Martin alzase la vista. Trató de ver los ojos del revisor, pero la visera de su gorra los mantenía en sombra, así que bajó la vista a su reloj.
-Dígame una cosa -dijo suavemente-. Si le devuelvo el reloj, ¿qué es lo que hará con él?
-Pues tirarlo a la cuneta -le explicó el revisor-. Eso es lo que haré con él -y extendió la mano.
-¿Qué pasaría si alguien lo encontrara y diera vueltas hacia atrás a la corona y detuviese el tiempo?
-Nadie haría eso -murmuró el revisor-. Aunque lo supieran.
-¿Quiere decir que todo fue un truco? ¿Que éste es únicamente un reloj barato y ordinario?
-Yo no he dicho eso -susurró el revisor-. Solo he dicho que nunca nadie gira hacia atrás la corona. Todos han sido como tú, Martin. Todos esperaban hallar la felicidad perfecta. Esperaban el momento que jamás llega.
El revisor extendió de nuevo la mano.
Martin suspiró y agitó la cabeza.
-Después de todo, me engañó.
-Tu mismo te engañaste, Martin. Y ahora vas a viajar en este Tren al Infierno.
Empujó a Martin escalones arriba, al interior del vagón. Mientras entraba, el tren comenzó a moverse, y aulló el pito. Y Martin se quedó de pie en el traqueteante vagón de primera, mirando a lo largo del pasillo a los otros pasajeros. Los podía ver a todos allí sentados, y en alguna manera no le parecía nada extraño.
Allí estaban: los borrachos y los pecadores, los jugadores y los que aceptan soborno, los manirrotos, los donjuanes, toda esa alegre compañía. Sabían adónde iban, claro está. Pero no parecía importarles un comino. Las cortinillas estaban bajadas en todas las ventanas, pero había luz dentro; y todos ellos estaban disfrutando, cantando y pasándose botellas y rugiendo a carcajadas, jugando a dados y contando sus chistes y fanfarroneando por todo lo grande, justo como papito acostumbraba a decir de ellos en su vieja canción.
-Unos encantadores compañeros de viaje -dijo Martin-. Vaya, lo cierto es que jamás había visto un grupo de gente más agradable que este. Y parece que están disfrutando de lo lindo.
El revisor se alzó de hombros.
-Me temo que las cosas no serán tan alegres cuando nos detengamos en la Estación de Allá Abajo.
Por tercera vez, extendió la mano.
-Ahora, antes de que te sientes, tienes que darme ese reloj. Un trato es un trato...
Martin sonrió.
-Un trato es un trato -hizo eco-. Acepté viajar en su tren si podía detener el tiempo cuando hallase el justo momento de felicidad. Y creo que en este momento soy más feliz que jamás.
Muy lentamente, Martin tiró de la corona de plata.
-¡No! -jadeó el revisor-. ¡No!
Pero la corona giró.
-¿Te das cuenta de lo que has hecho? -aulló el revisor-. ¡Ahora jamás llegaremos a la estación! ¡Todos nosotros seguiremos viajando... para siempre!
Martin hizo una mueca de alegría.
-Lo sé -dijo-. Pero lo divertido es el viaje, y no la llegada. Usted mismo me lo dijo. Y pienso pasar un maravilloso viaje. Mire, quizá hasta pueda ayudar. Si me busca una de esas gorras, y me deja conservar este reloj...
Y así es como por fin se resolvieron las cosas. Con su gorra puesta, y llevando el maltratado y viejo reloj de plata, no hay persona más feliz, dentro o fuera de este mundo, ahora y siempre, que Martin. Martin, el nuevo guardafrenos de ese Tren al Infierno.

Tren al infierno. Robert Bloch
That Hell-Bound Train (F&SF, Septiembre 1958)
Nueva Dimensión, nº 39 (Diciembre 1972)
Ediciones Dronte

Tomado de Premios Hugo-Nebula CF en Quedelibros:

http://www.4shared.com/file/19WSFqb-/Premios_SF_1990-2008.html
http://www.4shared.com/file/dlZwoX7j/Premios_SF_1970-1989.html
http://www.4shared.com/file/HuiNT6VH/Premios_SF_hasta_1970.html

Ondas

Ella llegaba hasta él a través de las ondas televisivas que, expelidas por los satélites artificiales de comunicación, atravesaban el vasto espacio vacío que mediaba entre ambos mundos.
Él llegaba hasta ella haciendo uso de  de las emanaciones del sueño, que su mente superior era capaz de enviar allende las unidades astronómicas de soledad que los separaban.
Ella calcó su deseo en una imagen holográfica que envió hacia él con los brazoa abiertos.
Él proyectó su anhelo en un haz de luz que fue a su encuentro.
Ambos se encontraron a medio camino, en la playa desierta de una nube de polvo estelar.

Al entrar en el espacio mágnetico de la nube de polvo, una nave comercial tuvo interferencias en sus comunicaciones. Al enfocar las frecuencias  televisivas, los monitores mostraron la elusiva imagen del polvo estelar trazado en espirales que, por fugaces instantes, semejaban las siluetas de dos cuerpos entrelazados. Y al filtrar las ondas de radio, pudieron percibir loque algunos, sobre todo entre los más jóvenes, creyeron reconocer como el chasquido de un beso y el murmullo de placer escapado d eunos labios entreabiertos...

 

Bufón.
30-10-09/11-07-10

Un asesino

Un asesino es siempre irreal en cuanto uno sabe que es un asesino. Hay gente que mata por odio, o miedo, o codicia. Están los asesinos astutos que planean y esperan salir bien parados. Están los asesinos violentos que no piensan en nada. Y están los asesinos enamorados de la muerte para quienes el asesinato es una clase de suicidio remoto.

 

Raymond Chandler.

El largo adiós.

Todo depende

Cuando llegué a casa me preparé un trago bien fuerte, me paré al lado de la ventana abierta y lo fui tomando a sorbos, mientras escuchaba la oleada del tránsito del boulevard Laurel Canyon y contemplaba el resplandor de la gran ciudad inquieta, recostada en las colinas a través de las cuales había sido construido el boulevard. Muy lejos, el lamento ululante de los coches policiales o las sirenas de los bomberos se elevaban o decrecían, pero nunca quedaban completamente silenciosos por largo tiempo. Durante las veinticuatro horas del día hay alguien que corre y algún otro que trata de atraparlo. Ahí afuera, en la noche de miles de crímenes, la gente estaba muriendo o quedaba mutilada o herida o aplastada por las pesadas ruedas de los coches o con el volante de dirección incrustado en el pecho. La gente era golpeada, robada, estrangulada, violada y asesinada. La gente se sentía hambrienta, enferma, aburrida, desesperada en su soledad o por el remordimiento o el miedo, enojada, cruel, afiebrada, estremecida por sollozos. Una ciudad no peor que las otras, una ciudad rica, vigorosa y llena de orgullo, una ciudad perdida, golpeada y llena de vacuidad.

Todo depende de dónde uno está sentado y cuál sea su propio puntaje. Yo no tenía ninguno y no me importaba. Terminé la bebida y me fui a la cama.

Raymond Chandler

El largo adiós.

Joyce Lakeland

—Se llama Joyce Lakeland —me explicó el viejo Bob Maples, el sheriff—. Vive a unos siete u ocho kilómetros, en Derrick Road, justo al lado de la vieja granja de los Branch. Tiene una casita confortable allá arriba, detrás de las acacias.
 Creo que conozco el sitio —dije—. ¿Es una fulana, Bob?
 Bueno, es probable, aunque actúa muy discretamente. No ha hecho tonterías ni se lía con el primero que encuentra. Si no fuera por alguno de esos clérigos de la ciudad, no me preocuparía lo más mínimo por ella.
 Me pregunté si con ello no se la beneficiaría, pero me dije que no. Tal vez no tenía mucha cabeza, pero Bob Maples era un hombre recto.
 —Entonces, ¿qué hago con esa Joyce Lakeland? —le pregunté—. ¿Le digo que le largue una temporada o que no vuelva?
 —Bueeeno —se rascó la cabeza enfurruñado—. No sé, Lou. Pues... bueno, tú vas allí a verla, te haces una idea y decides tú mismo. Estoy seguro de que serás amable y educado con ella, como sabes serlo. Y lo estoy también de que si es preciso actuarás con firmeza. Ve a ver que opinas. Tienes mi apoyo, hagas lo que hagas.
 Me presenté allí hacia las diez de la mañana. Aparqué el coche en el patio dando la vuelta para salir con más facilidad. La placa oficial de la oficina del sheriff quedaba así oculta, pero no lo hice a propósito.
 Llegué al portal, llamé y retrocedí un poco, con el Stetson en la mano.
 Me sentía incómodo. No estaba seguro de saber qué decirle. Porque nosotros tal vez seamos anticuados, pero nuestras normas de conducta no son las mismas que las del Este o el Medio Oeste. Aquí todos dicen "si, señora" y "no, señora" a cualquier persona que lleve faldas; a cualquiera mientras sea blanca, se entiende. Aquí, si se pilla a un sujeto con los pantalones bajados, se le piden excusas... aunque inmediatamente después haya que detenerle. Aquí se es hombre, hombre y caballero, o no se es nada. Y al que no lo sea, que Dios le ampare.
 La puerta se entreabrió unos centímetros. Luego se abrió de par en par y la chica se quedó mirando.
 —¿Qué hay? —preguntó con frialdad.
 Llevaba los shorts de un pijama y un jersey de lana; su cabello oscuro estaba enredado como la cola de un borrego, y la cara sin maquillar aparecía abotargada por el sueño. Pero nada de eso importaba. No habría importado que saliese de una pocilga, con un saco de arpillera encima. Tenía todo lo que necesitaba. Bostezó sin cumplidos y volvió a preguntarme:
 —¿Qué hay?
 Pero yo seguía sin recuperar el habla. Creo que tenía la boca abierta como un aldeano. Eso ocurrió hace tres meses y no me había pasado desde quince años atrás. Cuando tenía catorce.
 La mujer medía como un metro sesenta, no debía pasar los cincuenta kilos, y el cuello y los tobillos parecían algo más flacos de la cuenta. Pero estaba muy bien. Perfectamente bien. El Señor había conseguido distribuir la carne allí donde realmente convenía.
 —¡Oh, Dios mío! —se echó a reír—. Pase. No acostumbro a recibir tan temprano, pero...
 Sujetó la tela metálica para que pudiera entrar y me hizo un gesto. Entré, y cerró la puerta echando el pestillo.
 —Lo siento, señora —dije— pero...
 —No, no se preocupe. Pero tendré que tomar primero un poco de café. Pase usted al fondo.
 En el extremo de un pequeño pasillo encontré la habitación. Me sentí incómodo mientras la oía poner el agua para el café. Me había comportado como un bobo. Con semejante comienzo, resultaría difícil mostrarme firme con ella, pero algo me decía que tendría que serlo. No sabía por qué, ni lo sé aún. Pero lo presentí desde el principio. Tenía que habérmelas con una mujercita que conseguía lo que deseaba, sin preocuparse por el precio.
 Bien, qué diablos, pensé; no era más que una impresión. Ella se había comportado con corrección, la casa era agradable. Decidí dejarle llevar la iniciativa, al menos por el momento. ¿Por qué no? Se me ocurrió echar un vistazo a los armarios, e inmediatamente supe por qué no. Imposible. El cajón superior de la cómoda estaba entreabierto, y el espejo ligeramente inclinado. Y una cosa son las fulanas y otra las fulanas que tienen revólver.
 Lo saqué del cajón, un 32 automático, cuando entró con la bandeja del café. Me echó una mirada fulminante y dejó bruscamente la bandeja sobre la mesa.
 —¿Qué está haciendo con eso? —saltó. Me desabroché la chaqueta y mostré la insignia.
 —Sheriff adjunto, señora. Y usted con eso, ¿qué hace?
 Se limitó a coger el bolso del armario, lo abrió y sacó una licencia. Había sido extendida en Fort Worth, pero era legal. Esos documentos suelen admitirse en cualquier ciudad.
 —¿Satisfecho, polizonte? —dijo.
 —Creo que está en regla, señorita —le contesté—. Pero no me llame polizonte, me llamo Ford.
 Le dirigí una sonrisa afectuosa, que no fue correspondida. Mi instinto no me había engañado. Un minuto antes parecía dispuesta a tendérseme en la cama, sin importarle lo más mínimo que yo no tuviese un centavo. Pero ahora su actitud era distinta, sin que le importara tampoco cómo habría conseguido vivir tanto tiempo.
 —¡Santo cielo! —se mofó la mujer—. El tío más guapo que he visto en mi vida, y resulta que es un asqueroso y entrometido polizonte. ¿Qué quiere? Yo no me acuesto con polis.
 Noté que me ponía colorado.
 —Señora, no es usted muy cortés. Sólo vine para charlar un rato —expliqué.
 —¡Estúpido bastardo! —chilló—. Te he preguntado qué quieres.
 —Ya que insiste, se lo diré. Quiero que se largue de Central City antes de que anochezca. Si la pillo por aquí más tarde la haré encerrar por prostitución.
 Me encasqueté el sombrero y me dirigí hacia la puerta. Se me plantó delante cerrándome el paso.
 —¡Miserable hijo de puta! Tú...
 —No me llame eso —dije—. No lo repita, señora, o...
 —Te lo he llamado y te lo volveré a llamar. Hijo de puta, bastardo, chulo...
 Traté de abrirme paso a la fuerza. Tenía que salir de allí. Sabía lo que ocurriría si no me iba inmediatamente, y no podía consentirlo. Era capaz de matarla. Podía volverme la enfermedad. Y aunque no sucediese una cosa ni otra, estaba perdido. Se iría de la lengua. Lo contaría a voces en todas partes. La gente empezaría a pensar, a pensar y a preguntarse qué fue lo que ocurrió quince años antes.
 Me abofeteó con tanta fuerza que los oídos me retumbaron, primero uno, luego el otro. Continuó pegándome una y otra vez. Se me cayó el sombrero. Al agacharme para recogerlo, me clavó la rodilla en el mentón. Me tambaleé sobre los talones y me encontré sentado en el suelo. Oí una risita malévola, seguida de otra más suave, a modo de excusa. Me dijo:
 —Caray, sheriff, yo no quería... yo... me sacó usted de quicio, y... yo...
 —Claro —sonreí. Empezaba a distinguir de nuevo los objetos y recuperar el habla—. Claro, señora. Lo comprendo. A mí también me pasa a veces. ¿Me ayuda a levantarme?
 —¿No... no me pegará?
 —¿Yo? ¡Oh! Por favor, señora...
 —No —exclamó casi defraudada—. Sé que no lo hará. Se le ve en seguida que tiene buen carácter.
 Se inclinó lentamente hacia mí y me tendió las manos.
 Me levanté de un salto. Asiéndole las muñecas con una mano empecé a golpearla con la otra. Casi perdió el conocimiento, pero yo no quería que se desmayase. Tenía que darse cuenta de lo que ocurría.
 —No, preciosa —le mostré toda mi dentadura—. No te voy a pegar. Sólo voy a arrancarte el culo a tiras.
 No era una bravata, lo dije en serio y casi lo cumplí.
 Tiré el jersey hacia arriba hasta cubrirle la cabeza y le hice un nudo. Luego la tumbé en la cama, le bajé los shorts de un tirón y le até los pies con ellos.
 Me desabroché el cinturón y lo balanceé sobre mi cabeza.
 No sé cuánto tiempo pasó hasta que me detuve, y recuperé el dominio de mí mismo. Sólo sé que el brazo me dolía terriblemente y que sus nalgas estaban en carne viva. Me sentía asustado hasta lo indecible, asustado casi hasta el punto de perder la cabeza.
 Le desaté los pies y le quité el jersey de la cara. Empapé una toalla en agua fría y se la apliqué. Le acerqué a los labios una taza de café. Y, mientras, le hablaba y hablaba sin parar, suplicándole que me perdonase, explicándole lo mucho que lo sentía.
 Me arrodillé junto a la cama, le pedí perdón una y otra vez. Al fin, sus párpados temblaron y se abrieron.
 —No... —musitó.
 —No —respondí—. No, señora. Le juro por Dios que jamás volveré...
 —Calla —me acarició los labios con los suyos—. No digas eso.
 Volvió a besarme. Empezó a desabrocharme la corbata, la camisa, desnudándome después de casi haberla desollado viva.

Jim Thompson.

El asesino dentro de mí.

Exódo

Cuando por fin el exòdo fue posible, los hombres escaparon de la Tierra sin mirar atràs, una estampida de millones de seres humanos abandonando el planeta que los habìa visto nacer y crecer como especie.
¿Por què? ¿Què los impelìa a preferir la frìa soledad del espacio exterior? ¿Una nueva utopìa capaz de hacer latir de nuevo sus corazones; acaso una guerra estemecedora o un virus tan radical que cambiarìa la vida en el planeta?...
Tal vez. O quizàs sòlo se tratò de hastìo, de que los seres humanos estaban cansados de su pròjimo que los fastidiaba, de su semejante que los agobiaba, del otro al que simplemente se negaban a comprender...

Bufón.

Un aroma de flores lascivas

Un aroma de flores lascivas


 «¡El límite de la curva espacio-tiempo!», fueron las últimas palabras que el padre Ulises Lem le oyó vociferar al comandante Rowulf por el sistema de altoparlantes de la astronave Lorelei II. Después, el estridente aullido de la sirena de alarma, con sus toques entrecortados, histéricos, y una feroz deflagración que envolvió el compacto recinto de la capilla, donde Lem se había refugiado un rato antes para entregarse, tan sólo como de costumbre, a sus rutinarios ejercicios espirituales.
La sirena enmudeció, las luces se apagaron tras un fugaz parpadeo, y en medio del silencio y las tinieblas le capturó un torbellino por cuya rauda espiral se precipitó hacia el abismo inconmensurable. Todo fue tan inesperado, tan vertiginoso, que ni siquiera atinó a articular una plegaria por su alma y por las de sus compañeros de expedición.

Lo primero que vio cuando abrió los ojos fue la bóveda poblada de resplandores granates. Éstos parecían proceder de dos discos gemelos, descomunales, casi tangentes entre sí y muy próximos al cénit: dos satélites rodeados de constelaciones y nebulosas mortecinas que no figuraban en ninguna de las cartas celestes cuyos componentes había memorizado Lem. Pero el portento mayor no eran esas lunas en cuya factura parecía adivinarse la intervención de una técnica sobrehumana, ni ese cielo irreconocible. El milagro que le hizo pensar instintivamente en los designios inescrutables de la misericordia divina fue su propia supervivencia. Despojado de la escafandra y del traje protector, respiraba normalmente en un medio extraño. Apenas salido de una catástrofe cuya clave aún ignoraba, se reencontraba gradualmente con sus sensaciones corporales, sin experimentar dolores ni contratiempos.
Primero se sentó, cautelosamente, ensayando los reflejos musculares, flexionando una a una las articulaciones como le habían enseñado a hacerlo en el centro de adiestramiento. Luego se levantó, explorando las posibilidades de una gravitación que no le deparó ninguna sorpresa. Finalmente, dio media vuelta para estudiar su entorno.
Fue entonces cuando vio, a pocas decenas de metros, los restos de la nave. Construida con aleaciones que podían resistir las temperaturas de los magmas solares y de los gases incandescentes, había quedado reducida, sin embargo, a un montón de chatarra calcinada.
La angustia y la desolación de los vacíos siderales estrujaron las entrañas del padre Lem. Su dicha había sido efímera. Ahora debía asimilar la idea de que sus camaradas habían muerto y de que él estaba varado en un vericueto remoto de las trayectorias galácticas. «¡El límite de la curva espacio-tiempo!», había exclamado, antes de la hecatombe, el comandante Rowulf. Esta frase críptica explicaba, tai vez por qué él, Ulises Lem, debía su salvación y su condena a un único e inexplicable capricho de la Providencia, que no había perdonado a los demás.
El padre Lem recordó la obligación que le imponían sus votos. Era el capellán de la Lorelei II, un capellán que había encontrado muy poco eco en su rebaño, pero capellán al fin, y debía rezar un responso por el resto de la tripulación. Se encaminó hacia la espectral mole inerte, sobre la cual el fulgor granate parecía haber generado una fosforescencia ubicua.
Además, este fenómeno óptico se comunicaba al cuerpo del padre Lem. El sacerdote era alto, flaco, nervudo. Su rostro demacrado, de pómulos prominentes y ojos ligeramente saltones, estaba enmarcado por una cabellera blanca, larga pero rala, que contribuía a avejentarle a pesar de que sólo tenía cincuenta años. Con el jersey y los pantalones uniformemente negros, típicos de las unidades expedicionarias espaciales, parecía un personaje apocalíptico, un profeta flamígero pronto a descargar su ira sobre territorios que jamás había hollado la planta del hombre.
Algo le detuvo, súbitamente. Algo sutil, que al principio no pudo identificar, y que diluyó el mandato del deber litúrgico. Se quedó inmóvil, como si necesitara discernir las coordenadas de esa comarca antes de seguir adelante. Alzó la cabeza y sus fosas nasales se dilataron. Su actitud era la de un animal que ventea territorios desconocidos, y sus ojos se apartaron de los restos de la nave para otear el paisaje.
La luminosidad cromática de las lunas bastaba para mostrar una extensa llanura cubierta por una alfombra de hierba como las que en ese momento aplastaba bajo sus pies. Y en lontananza se adivinaba una hilera de formas achaparradas que abarcaban todo el perímetro del horizonte. Pero no eran estas formas las que le habían distraído, haciéndole olvidar, ya totalmente, su responsabilidad eclesiástica.
La causa de su enajenación era el aroma.
Ulises Lem inhalaba profundamente, empeñado en individualizar un matiz que avivara en su memoria recuerdos adormecidos. Una evocación esquiva le cosquilleaba las neuronas, excitándolas, movilizándolas, y luego se replegaba, casi como si ensayara un juego perverso y provocativo, para dejarle aún más ansioso. El perfume estaba asociado, él lo intuía, lo sabía, mejor dicho, con un episodio furtivo, infinitamente obsceno, que había conseguido sepultar en su inconsciente, al cabo de muchos afanes, y que de pronto pugnaba por aflorar, aprovechando quizás el relajamiento de sus defensas interiores en esa circunstancia crítica.
Simultáneamente, ya fuera porque el aroma había activado ciertos mecanismos secretos de su imaginación, o porque la atmósfera se estaba modificando, le envolvió un vaho cálido, bochornoso, que pesó sobre él como una manta. Con una reacción automática se despojó del jersey, a tirones, porque el sudor ya lo había adherido a su piel. Las lunas dieron una pincelada de color a su torso esquelético, curiosamente desprovisto de vello, y así disimularon su blancura enfermiza. Luego, siempre sin pensarlo, y agobiado por la temperatura tórrida, se quitó las botas de media caña, seguidas por los calcetines, los pantalones y el slip.
Al verse desnudo, en medio de la llanura solitaria, Ulises Lem se sobresaltó. Le acometió la vergüenza, estimulada por la fugaz revitalización de las represiones que llevaba profundamente implantadas. Para colmo, observó un cambio en su cuerpo, una alteración que no se producía desde hacía muchas décadas. En verdad, desde que él había conseguido sojuzgar sus impulsos bestiales mediante sistemáticas mortificaciones y disciplinas. Entre sus muslos, allí donde crecía, aislada, una espesa mata de pelo incongruentemente negro y ensortijado, empezaba a salir de su prolongado reposo una oruga de carne. Ya no estaba fláccida, replegada, como de costumbre, sino que se agitaba recorrida por comezones hormigueantes, desperezándose, buscando la horizontal.
La imagen surgió entonces, patente, en su cerebro. La evocación esquiva derribó todas las barreras, las compuertas, e irrumpió con brutal crudeza. Ulises Lem sintió que se le aflojaban las piernas y cayó de rodillas sobre la alfombra de hierba, cubriéndose el rostro con las manos. Tenía las mejillas mojadas. Por la transpiración y el llanto.
En aquella ocasión también había estado de rodillas. Tenía trece, catorce años. Quién sabe cuántos. Era una tarde de verano. Sí, también cálida, bochornosa. El sol entraba por el ancho ventanal del aposento, bañaba el lecho que en su recuerdo adquiría dimensiones colosales, y llegaba hasta donde estaba hincado él, frente al cajón abierto de la cómoda.
¿Dónde había sucedido aquello? En una finca de campo, durante las vacaciones. Pero con más precisión, ¿dónde? ¿Quién era el ocupante de esa habitación? Una mujer, sí, esa era la alcoba de una mujer. Nuevamente, ¿quién? ¿Una tía? ¿Una parienta lejana? ¿Tal vez una criada? ¿Una amiga de su madre? ¿O acaso era posible que...? Sobre ese tramo se corría un velo impenetrable, del que se apartó con horror, sin atreverse a atisbar siquiera lo que se ocultaba atrás.
Pero el resto de la imagen conservaba su nitidez. Él, postrado frente al cajón abierto de la cómoda. Sus manos hurgaban dentro. Prendas íntimas, quiméricas, cuya suavidad le exasperaba. Las frotaba entre los dedos, oyéndolas crujir y sisear seductoramente. Un fru-fru de seda, de nylon, de raso. Costuras y elásticos que habían marcado su trayectoria sobre formas prohibidas. Hebillas de metal y cierres de caucho que apresaban y estiraban y ceñían. Tules que enfundaban carnes opulentas, agresivas.
Extrajo, tímidamente, una de esas prendas. Se volvió a medias para desplegarla frente al sol, para mirarla al trasluz. Negra, transparente, tenía la consistencia de una telaraña. Pensó en los secretos que seguramente dejaba entrever, pérfidamente, cuando ocupaba el lugar que le correspondía. Sus dedos se deslizaron hacia el punto donde confluían todos sus deseos, hacia el centro de las voluptuosidades innombrables. Manoseó la prenda, la acarició, la palpó. La acercó a su rostro.
El aroma. Ese fue su primer encuentro con el aroma. Lo aspiró vehementemente, como si quisiera incorporarlo a su organismo, mezclado con el oxígeno del aire. Como si quisiera convertirlo en el ingrediente esencial de sus procesos químicos vitales, hasta amalgamarse con él a lo largo de sucesivas y escalonadas mutaciones de sus tejidos. El aroma. Exóticos bálsamos de almizcle, empalagosas maceraciones de flores lascivas. Obedeciendo a un instinto atávico, exhaló luego sobre la tela nuevamente estirada una bocanada de aliento tibio, para extraerle mejor sus efluvios.
La embriaguez, el delirio, se agudizaron. Se llevó la prenda a la boca, la rozó con los labios, la lamió, primero con cautela, después con más exaltación, confundiendo aroma y sabor, dejando un reguero de saliva sobre el lustroso nylon negro, hasta que, finalmente, presa de un ataque paroxístico, la sorbió, la mascó, la desgarró con los dientes, apretándola con la lengua contra su paladar para exprimir sobre sus papilas gustativas hasta la última partícula de substancia orgánica.
Una de sus manos soltó, independientemente de su voluntad, la apelmazada y ya empapada bola de nylon, y desabrochó febrilmente los botones de su pantalón. Los dedos se introdujeron por la abertura, extrajeron el cilindro de carne que latía, endurecido, se cerraron sobre él e iniciaron un precipitado vaivén...
Se abrió la puerta de la alcoba.
Ulises Lem, niño, adolescente, se paralizó. El mundo quedó en suspenso alrededor de él. Lo único que parecía no haberse detenido era el torrente de su sangre, que se agolpaba en el bajo vientre, congestionándolo, palpitando convulsivamente.
Ella entró y cerró la puerta a sus espaldas.
Era prodigiosamente bella aunque, cosa extraña, su rostro era otro de los pocos elementos que se habían difuminado irrecuperablemente. Sólo vislumbraba, como entre brumas, una rizada melena cobriza; los ojos verdes, ligeramente rasgados, felinos; la boca de labios gruesos, que siempre delineaba y hacía resaltar con una espesa capa de carmín. Pero su cuerpo sí lo veía, aún, como si lo tuviera delante. Los pechos altos, majestuosos, exageradamente constreñidos por la tela del vestido rojo que llevaba puesto aquel día, prolongaban su surco intermedio más arriba del escote. Los brazos muy blancos, mórbidos, se mostraban hasta los hombros, con un nido de vello oscuro que asomaba bajo la axila. La cintura estrecha, pero no demasiado, y las fuertes caderas, eran el preludio de unas nalgas rotundas, por detrás, y de unos muslos sólidos, bien torneados, por delante. La falda muy ajustada dejaba adivinar los turbadores relieves de aquellas mismas prendas que él acababa de sobar y devorar, y terminaba justo sobre los hoyuelos de las rodillas, desde donde las medias negras, primorosamente finas, despedían irritantes destellos cada vez que captaban un rayo de luz. Los altos tacones de las sandalias doradas marcaban con premeditada malicia la esbeltez de las corvas y las pantorrillas, la delgadez del tobillo, el declive del empeine, y entre las tiras del calzado asomaban, por delante, los dedos cubiertos por el refuerzo más oscuro y grueso de la media, a través del cual se translucía el esmalte escarlata de las uñas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la voz que su memoria cargaba de inflexiones roncas, nasales—. ¿Qué haces, gandul?
Avanzó lentamente hacia él, que continuaba arrodillado, mudo, con la bola de tela en una mano, y la otra cerrada sobre la carne, ocultándola a medias con un improvisado recato que era, si cabe, más escabroso que su desenfreno anterior. El perfume que flotaba adherido a su piel y el sabor que se le revolvía en la boca, saturándole las fauces, aumentaban su ofuscación.
—¿Dónde has aprendido esas guarradas, sinvergüenza? —insistió la mujer, deteniéndose frente a él, en el angosto espacio que separaba la cómoda del lecho.
Al brillar entre las hebras exteriores de su cabellera cobriza, el sol formaba una aureola refulgente. En esa posición, tan próxima, con las piernas rígidas y ligeramente separadas, producía un efecto titilante que se comunicaba, por canales desconocidos, hasta aquello que se había transformado, imprevistamente, en la aguja imantada de sus deseos. Y el polo magnético hacia el que apuntaba la precaria brújula era precisamente aquel de donde había emanado el aroma que él terminaba de aspirar, de fagocitar. El aroma que, paradójicamente, era más penetrante, más recargado, a medida que se evaporaba de su piel. Como si nuevos efluvios, esta vez despedidos por la fuente, vinieran a reforzarlo.
—Levántate —ordenó ella, con tono inapelable.
Peor aún. Al ponerse en pie, descubrió que sus ojos quedaban a la altura de los pechos, en cuyos vértices la tela del vestido ostentaba una leve protuberancia que antes no había estado allí, un mamelón que se hinchaba, rebelde. La metamorfosis le hipnotizó y alzó las dos manos, trémulas, soltando lo que sostenía en la una y en la otra. Ni siquiera pensó en lo que así dejaba al descubierto.
Reverberó una sonora bofetada, que le devolvió a la realidad. Y otra. Y otra. Su cabeza bamboleaba flojamente sobre el cuello y las lágrimas brotaron tan insensiblemente que sólo se dio cuenta de que lloraba cuando un dejo salobre se mezcló con el que tenía en la boca, diluyéndolo, envileciéndolo, despojándolo de su maravillosa peculiaridad.
Se cubrió el rostro con las manos, presagiando el acto que habría de ejecutar a la hora de la catarsis, y se dejó arrebatar por la fuerza incontenible de los sollozos. Mientras tanto, ella le había cogido por los hombros y le zamarreaba violentamente.
—¡Vicioso! Nunca lo habría imaginado de ti. ¿Es que no te das cuenta de que lo que te has llevado a la boca está siempre en contacto con las partes más sucias de mi cuerpo? ¿Qué haré ahora contigo? ¿Cómo podré escarmentarte?
Hubo una pausa. Él no se movió, pero se dio cuenta de que su carne culpable se mantenía tiesa, quizá más dura que antes, como si la referencia que ella había hecho a las partes sucias de su cuerpo hubiera repercutido directamente sobre un trauma secreto, ingobernable, que le empujaba a perpetrar con renovada furia esas insidiosas profanaciones.
—¿Lloras aún? —preguntó ella—. ¿Acaso te he hecho daño? No fue esa... no fue esa mi intención...
Cuando menos lo esperaba, el tono cambió. La voz era la misma, ronca, nasal, pero ahora se había dulcificado, le consolaba.
—Oh, pobrecillo. No te pongas así, cariño. Ya pasó. Ya pasó. Verás como todo se arregla. Seré muy buena contigo. Fue la sorpresa la que me hizo perder la cabeza, ¿sabes? Claro, he sido una tonta. Debería haberlo previsto. Ya no eres un niño. Y yo con esta ropa tan provocativa. ¿Pero qué es lo que te atrae en mí? Vamos, dilo. Si soy una pobre vieja. Y sin embargo no hay duda, no hay duda... Esto lo demuestra...
Los dedos. Él seguía cubriéndose el rostro con las manos, pero otros dedos, que no eran los suyos, se habían apoderado de su ser y lo masajeaban, lo frotaban. Iban y venían rítmicamente, dándole apretones sabios en el momento oportuno. Y después... Después...
Apartó las manos para poder ver. Sí, esta vez era ella quien se había arrodillado y le manipulaba delicadamente, susurrándole incoherencias.
—Pobrecillo, mi niño, cómo le he hecho sufrir. Pero todo pasará. Oh, qué gallardo es, y qué arrogante, qué bonito... Un hombrecillo... todo un hombrecillo... Así, así quedará conforme. ¿Ves... ves...?
La voz se trocó en sonidos ahogados, guturales. Chasquidos babosos restallantes. Una gruta pulposa, libadora, poblada de tibiezas, que absorbía sin tregua. El vio, sí, vio, alelado, absorto, un rastro de carmín pastoso sobre la epidermis irritada. Dentro de la caverna, un órgano dotado de vida propia se encarnizaba con él, sometiéndole a una flagelación epiléptica.
Jamás había sospechado que semejante aberración pudiera materializarse, y la sola idea de que estaba practicando un rito abominablemente salaz, licencioso, un rito que condensaba sus obsesiones más aviesas, le ayudó a vencer sus últimas reticencias. Cogió con ambas manos los bucles sedosos, para dirigir las alternativas de esa ceremonia servil, graduándola a su antojo, hasta que con una amalgama de horror y placer se abandonó a una sucesión de pulsaciones espasmódicas que le vaciaron de toda su savia. A pesar de lo cual ella se empecinó en su faena voraz, que sólo concluyó, de mala gana, cuando él lanzó un gemido de dolor. Las terminaciones de sus nervios parecían haber quedado laceradas por el incansable hostigamiento. A continuación, un vahído le hizo vacilar sobre las piernas, y después de dar un paso tambaleante se dejó caer sobre el lecho.
Sin embargo, la sesión no terminó allí. En realidad, sólo había comenzado. Aún jadeante, con los párpados entrecerrados, vio cómo ella se despojaba lentamente del vestido, desabrochando los botones delanteros uno por uno, hasta aparecer sin más ropas que aquellas cuyo perfume le había arrastrado a esa progresiva degradación. Luego, también las prendas minúsculas, que revelaban más de lo que ocultaban, cayeron al suelo. Sólo conservó, ceñida a las caderas, una franja de encajes y volados rojos y negros de la que nacían dos tiras elásticas a ambos costados, para sujetar las medias, cuyo puño renegrido comprimía el muslo y lo ondulaba, por arriba, en una orla de piel marmórea. El ignoraba cómo se llamaba esa prenda, pero sí sabía que en otras incursiones por el cajón de la cómoda le había encandilado con la promesa de inefables deleites. El hecho de que la conservara, junto con las medias y las sandalias doradas, inyectó en la escena un nuevo elemento de complacencia morbosa.
La mujer trepó sobre el lecho, y sus piernas, apoyadas a ambos lados del cuerpo de él, formaron un arco, un túnel, que se fue deslizando implacablemente hacia arriba, hasta cernirse encima del rostro de Ulises Lem. Desde esa perspectiva, seguía viendo las facciones de ella, vueltas hacia abajo, crispadas en un rictus lúbrico. Seguía viendo los labios que habían perdido su capa de carmín pero que ahora estaban recubiertos por una película brillante que la lengua ágil recorría con viciosa gula. Seguía viendo los pechos pesados, exuberantes, parcialmente ocultos por las manos de la mujer, que los sometía a una impúdica caricia egocéntrica. Pero lo que vio, sobre todo, fue una flor lasciva que le mostraba su corola entreabierta, sus pétalos tumescentes y rezumantes enclavados en el centro del monte hirsuto, su pistilo apenas disimulado por la capucha distendida, su cavidad de rojas paredes aterciopeladas. Allí residía la mayor promesa, la insinuación de deslizamientos lánguidos, abrigados por la extasiante opresión de membranas untuosas.
Le envolvió el aroma. Puro, sin la intromisión ni la distracción de los elementos intermedios. El aroma de esa flor lasciva, fuerte, penetrante, corrosivo.
—¿Esto era lo que buscabas, verdad? —preguntó la voz desde arriba—. Pues ya lo tienes, viciosillo. Aprovecha, aprovecha porque no sabes si se te presentará otra oportunidad. Vamos, hártate. Ya... ya... ya...
La cabalgata lúbrica que se desarrolló a continuación le empujó hacia las fronteras de un trance cataléptico. La voz siguió resonando en la habitación, pero ahora con inflexiones demenciales, excitándole, espoleándole, desafiándole a hundirse cada vez más en la abyección. Ululaba una delirante letanía de interjecciones soeces, de palabras sicalípticas que hasta entonces él sólo había escuchado en las conversaciones prostibularias de sus compañeros de escuela, cuando no las había visto escritas en las paredes de las letrinas. Algunas le resultaron totalmente nuevas, y éstas fueron, precisamente por su acepción ambigua, las más estimulantes, las que más le subyugaron, las que más ánimos le dieron para hacer lo que se esperaba de él.
Por último, incluso le resultó difícil oírla, porque los muslos le apretaban las sienes con un vigor incontrolado, maltratándole, mientras la corola abierta acentuaba el ritmo frenético de la frotación, hasta contaminarle no sólo la boca, la nariz y los ojos, sino todo el rostro y el cabello con la concentrada viscosidad de las mucosas desbordantes.
La apoteosis, rugiente, tempestuosa, marcada por una retahíla de blasfemias inconexas, de desvaríos obscenos, de gemidos y suspiros orgásmicos, se produjo cuando él ya estaba casi asfixiado y desvanecido. Aun así, se dio cuenta de que, después de reposar un momento sobre el lecho, para recuperarse, ella repetía, sobre su ariete nuevamente tenso, el rito con que había iniciado la metódica corrupción.
AI día siguiente, a primera hora, Ulises Lem ya había hecho su maleta. Fue a la estación de ferrocarril, solo, sin despertar a nadie, y regresó a la ciudad. Allí ingresó en un colegio religioso, de donde habría de pasar al seminario, con una beca por sus sobresalientes calificaciones, y una vez ordenado sacerdote eligió la carrera de capellán de los cuerpos expedicionarios espaciales. Era como si quisiera alejarse lo más posible de la escena de su caída.
Nunca volvió a ver a la mujer.
Hubo una época, por supuesto, al principio, en que efímeras visiones de tegumentos chorreantes y de crestas pulposas y de acoplamientos grotescos poblaron de angustia sus noches. Pero la voluntad, ayudada por el severo rigor del ayuno y los cilicios, triunfó sobre esas flaquezas corporales.
Ulises Lem descubrió, con espanto, que ahora toda esa inexpugnable muralla de ascetismo y templanza que había levantado, trabajosamente, alrededor de sus instintos, se derrumbaba irremisiblemente. El más claro testimonio de ello era el vástago erguido y chocante que se empinaba entre sus piernas, con una rigidez que no había ostentado jamás, ni siquiera en aquella jornada de depravación. Vibraba, sintonizando una confusa estática de llamadas malignas, sigilosas. Aún no había localizado la fuente de la emisión, pero su antena enhiesta auscultaba el éter con sensibilidad autónoma.
El aroma, el aroma de la flor lasciva, le envolvía como si aún impregnara su rostro, como si hubiera quedado latente en sus poros desde el día aquel, para revitalizarse cuando él menos lo esperaba. Pero no era de su piel de donde nacía, sino que saturaba el aire y llegaba en ráfagas sofocantes desde el horizonte lejano, donde el reflejo de las lunas granates delineaba el vago perfil de indescifrables masas acechantes.
Ulises Lem se puso en pie y marchó por el prado, obedeciendo a la sibilina instigación. Unos zarcillos invisibles se habían infiltrado en las anfractuosidades de su cerebro, donde transmitían órdenes cifradas y activaban circuitos largamente descuidados, centros generadores de espejismos concupiscentes, estratos recónditos donde se agazapaban sus anhelos más inconfesables. Su organismo se había transformado en un ovillo de receptores hipertrofiados sobre los que confluían las llamadas de la genitalidad, y él era un autómata gobernado por ondas que oscilaban en una frecuencia subliminal.
Obnubilado por su idea fija, ni siquiera hizo caso de los fuselajes corroídos de otras naves espaciales que jalonaban la llanura, lúgubres cenotafios cuya proliferación delataba, probablemente, la existencia de un plan hermético de ordenamiento cósmico.
A medida que se acercaba al perímetro de siluetas combadas, notó, eso sí, que las briznas de hierba alcanzaban mayor altura. Ya le rozaban las corvas desnudas, pero después de una primera reacción de recelo se despreocupó, porque tenían una consistencia tersa, sedosa, y en verdad producían un masajeo sensual semejante al que, según les había oído narrar a los tripulantes de la Lorelei II, administraban algunas hetairas especializadas en las metrópolis más envilecidas del universo. Y en varios trechos, como si las mutaciones de la flora hubiesen respondido a las excentricidades de una mente tortuosa, algunas de las hierbas, más altas que las otras, ostentaban apéndices que se prolongaban hasta el bajo vientre. Dichos apéndices estaban coronados, además, por ramilletes de pequeñas ventosas que se adherían brevemente a la piel, en los puntos más susceptibles, en razón de lo cual desencadenaban inquietantes pruritos.
Un soplo particularmente intenso del aroma le anunció a Ulises Lem que ya estaba próximo a su meta. Sus ojos, habituados al fulgor granate de las lunas, desentrañaron las formas que se alzaban frente a él, y le recorrió un estremecimiento. A primera vista parecían flores gigantescas, del tamaño de un hombre, o de una mujer, con corolas lobuladas, muy suculentas, glutinosas, recorridas por nervaduras laberínticas. De su interior asomaban estambres y pistilos erizados de gruesas cilias vibrátiles, y por debajo se implantaban directamente en el suelo, sin la intervención de un pedúnculo. Pero lo más prodigioso era el movimiento del que estaban dotadas. Un parsimonioso balanceo pendular, complementado por lánguidas fluctuaciones intrínsecas que reptaban sobre la superficie de los pétalos. Grandes goterones de una exudación oleosa colgaban de los pistilos, y de vez en cuando una convulsión más intensa de la planta los hacía caer entre la hierba circundante, donde reventaban y diseminaban sus esencias concentradas.
De allí emanaba el aroma.
Por primera vez, Ulises Lem pensó en la posibilidad de huir. Recordó la ejemplar entereza de aquel otro Ulises que había sabido eludir la emboscada de las sirenas. Recordó también a san Antonio, trabado en desigual batalla con legiones de súcubos. Sin embargo, para él ya era demasiado tarde. La jungla lujuriante que se extendía hasta los confines de ese mundo le había capturado con sus señuelos venéreos. Esas plantas eran el espejo donde se reflejaba la imagen contrahecha de su ignominia pasada. Marchaba al encuentro de su expiación por un sendero regresivo que le devolvía a la matriz de su precoz iniquidad.
Porque él sabía qué plantas eran esas. Un expedicionario desequilibrado por el terror, con su personalidad definitivamente alterada por apetitos nefastos, había intentado describir las flores que crecían en un repliegue interdicto del universo. Un repliegue en el que había caído por azar, según creía él, y del que había escapado a tiempo en su nave maltrecha. Claro que la crónica de ese único sobreviviente no era fidedigna, precisamente por la ofuscación del autor. De ella estaba ausente la objetividad científica, sustituida por hipótesis descabelladas, por fabulaciones calenturientas, por sugerencias insidiosas.
Ulises Lem había visto los dibujos sobrecogedores que ilustraban la narración, completados con una nomenclatura expresamente inventada para designar los órganos singulares de esos ominosos engendros. Vocablos absurdos, que no estaban asociados a ninguna rama conocida de la botánica, y que sin embargo habían despertado en él turbadores presentimientos. Ahora esos órganos, apenas entrevistos en las láminas premeditadamente borrosas, se erguían y se hinchaban delante de él, con un despliegue intoxicante de epitelios pegajosos.
Antes de dar el paso decisivo que le llevaría al encuentro de las flores, Ulises Lem intentó musitar un rezo, exorcizar con su arma de rutina a las sirenas mimetizadas. Cerró un momento los ojos, contuvo la respiración, se acorazó contra visiones y aromas. Pero eso fue no sólo inútil sino también contraproducente. En la pantalla interior de sus párpados apareció, como estereotipada, la otra flor, la que había estado rampante sobre su rostro en una afiebrada tarde de verano. Y el aroma también se yuxtapuso a la fantasmagoría, con una cualidad casi óptica, en virtud de la cual le resultaba difícil discriminar sus sensaciones. Sólo una sobresalía con mortificante agudeza. Era la que provenía del bajo vientre, de un instrumento enardecido que no acataba más imperativos categóricos que los de su apremiante necesidad de desahogo.
Entonces, ya sin preocuparse por las consecuencias, Ulises Lem corrió hacia la flor más próxima. La abarcó con sus brazos, y las yemas de sus dedos se hundieron en la superficie mullida, resbalando sobre los néctares coagulados, atascándose en blancos opérculos, deslizándose hasta el seno mucilaginoso de concavidades y alvéolos. Su cetro se alojó sin dificultad en una hendidura que parecía expresamente destinada a esa intromisión anómala, y allí quedó cautivo de un protoplasma tibio, compacto y contráctil, animado por débiles pulsaciones envolventes.
Los nombres que antaño le habían parecido caprichosos y ridículos adquirieron de pronto un significado preciso, justo, coherente con una fisiología cuyos arcanos se desvelaban en el transcurso de la empedernida hibridación. En semejante trance era imposible ignorar el deleite de los pliscinios prensiles o la cimbreante actividad de las lérulas. Los dulimares le hostigaban, le azotaban, se colaban por intersticios umbríos, violaban espacios vedados. Las manos de Ulises Lem se crispaban brutalmente sobre las sifias eréctiles, magreándolas, retorciéndolas, atormentándolas, hasta obligarlas a eyacular nubes de mestén iridiscente. Su rostro se hundía entre los claumas, chupando y mordiendo la pulpa elástica, sorbiendo sus zumos almibarados. Pero el núcleo infalible de su potencia estaba sepultado en la médula del ginofio, donde el protoplasma había arreciado sus latidos hasta tejer alrededor de la carne sobreexcitada una filigrana de sensaciones alucinantes que se fundieron en un ramalazo ciclópeo, en una descarga entrecortada de simiente.
Cuando Ulises Lem se desprendió de la planta, exhausto, saciado, tuvo un acceso de remordimiento y pensó en huir. Sin embargo, su resolución duró poco. Asombrosamente, la feroz expulsión de sus humores no sólo no le había desentumecido, sino que, por el contrario, la rigidez había llegado a un nuevo apogeo.
Mecánicamente, tomó por asalto el ginofio de otra flor, y aunque esta vez sus acrobacias resultaron más trabajosas y prolongadas, al espasmo final tampoco le siguió la previsible distensión. Presa de un frenesí rabioso, Ulises Lem se encarnizó, a partir de ese instante, con una flor tras otra. La luz granate de las lunas gemelas le mostró contorsionándose entre los pliscinios, columpiándose sobre las lérulas, sometiéndose a la intromisión de los dulimares, maltratando las sifias, bañándose en el mestén, revolcándose entre los claumas. Y, sobre todo, derramándose, una y otra vez, en los ginofios.
Hasta que la fibrilación del músculo cardíaco le abatió en medio de un paroxismo de placer.
Las lunas se ocultaron detrás del horizonte y fueron sustituidas por un sol cintilante, cuyos rayos se proyectaban desde una bóveda violácea. El ciclo se repitió muchas veces, y el cadáver de Ulises Lem, al principio intacto, con el obelisco de carne incorruptible apuntando al cielo, se cubrió poco a poco de bubones y excrecencias. Que luego se abrieron y dejaron asomar los retoños del mestén instilado en la materia orgánica fecundante y nutricia. El cuerpo sólo desapareció cuando los capullos terminaron de eclosionar. La floración siguió su curso.

Eduardo Goligorsky

Eduardo Goligorsky nació en Buenos Aires el 30 de marzo de 1931. Actualmente reside en España, donde alterna su profesión de traductor con la de asesor literario y periodista. Autor prolífico, se inició literariamente en Argentina como introductor de los mejores escritores americanos de la «serie negra» en castellano, al tiempo que escribía gran número de novelas policíacas —la primera de ellas Lloro a mis muertos, a la que siguió una veintena más— con el seudónimo de James Alistair, con el que firmó también su libro de relatos fantásticos Pesadillas.
Ya en el campo de la ciencia ficción, en 1966 escribió en colaboración con el poeta Alberto Vanasco el libro de relatos Memorias del futuro, al que siguió en 1967 Adiós al mañana. Bajo su impulso se editó también en 1969 la antología Los argentinos en la luna, y en 1969 publicó su obra crítica Ciencia ficción, realidad y psicoanálisis, escrita en colaboración con Marie Langer, también presente en esta antología. En 1977 aparecía, ya en España, su obra A la sombra de los bárbaros, que recogía lo mejor de su obra corta de ciencia ficción.


Lo mejor de la ciencia ficción latinoamericana
Bernard Goorden, Alfred E. van Vogt
(recopiladores)
Ediciones Martínez Roca, S. A., 1982

La Oscuridad


Wladas aceptó la realidad del fenómeno más tarde que los demás. Era soltero, distraído y muy práctico. Tan sólo al segundo día, cuando todos comentaban que la oscuridad diurna crecía cada vez más y que las luces eran más débiles, admitió que sí. Una vieja hablaba a gritos de que el mundo iba a acabarse. Se formaban tertulias para discutir el fenómeno, y se daban innumerables explicaciones metafísicas, mezcladas con los comentarios científicos de los periódicos. Él se fue a trabajar, normalmente. El propio jefe, siempre invisible, estaba en una ventanilla, hablando con un amigo. La mayor parte de los funcionarios no estaban. La enorme sala llena de mesas se veía casi despoblada, definiendo el grado de importancia del acontecimiento. Recordó la revolución, en su juventud.
Algo que irrumpe, haciéndonos rebelar y arrastrándonos hacia un destino que no escogemos. Pero una revolución es algo distinto. Tiros, bombardeos, muertes. Ahora era un fenómeno extraño, ciertamente, pero que no alcanzaba la categoría de calamidad pública. Los que se ocupan del tiempo fueron los primeros en observarlo. La luz del sol parecía más opaca, las casas y objetos estaban orlados por una creciente penumbra. Al principio creyeron que era una ilusión óptica, pero de noche la propia luz eléctrica era también mas débil. Las mujeres observaron que los líquidos no llegaban a hervir y que los alimentos permanecían duros. Wladas se aproximó al jefe. Estaba citando opiniones competentes, oídas en la radio. Eran vagas y contradictorias. Las personas nerviosas hacían que cundiera el pánico, y las estaciones ferroviarias y las terminales de autobuses estaban repletas de millares de personas que huían, nadie sabía adonde. Wladas dudaba que el fenómeno fuera universal como decían las noticias.
Los últimos telegramas afirmaban que las sombras aumentaban rápidamente. Alguien encendió un fósforo, y comenzaron las experiencias que se hacían en todas partes: se encendían mecheros y linternas eléctricas, y se apuntaban a los rincones, notando que la llama y la luz eran menos intensas. Las lámparas no iluminaban como antes. No podía tratarse de una dolencia visual colectiva. La gente pasaba los dedos por encima del fuego sin quemarse. Muchos tenían miedo, pero Wladas no sentía ninguno. Aquella animación general, el asunto único que dominaba todas las conversaciones aproximaba a todos; era un espectáculo humano que hacía olvidar las inquietudes del mañana. Volvió a casa a las dieciséis horas. Las luces estaban encendidas. No iluminaban casi nada, parecían bolas rojizas, como señales de peligro. En el bar donde solía comer consiguió que le sirviesen bocadillos fríos. Sólo estaban el dueño y un camarero, que se marcharon inmediatamente después que el, andando despacio en la penumbra.
Wladas llegó sin dificultad a su apartamento. Estaba acostumbrado a regresar tarde sin encender la luz del descansillo. El ascensor no funcionaba; tuvo que subir por la escalera hasta el tercer piso. Puso a todo volumen su radio portátil, y ni siquiera pegándola a su oído pudo percibir más que sonidos indistintos, no sabía si voces o estática. Se sentó al borde de la cama con una penosa sensación de aislamiento. Abrió la ventana y se reconfortó con los millares de bolas rojizas, lámparas encendidas en los grandes edificios, cuyas siluetas apenas se destacaban contra un cielo sin estrellas. A tientas, Wladas halló una vela en un cajón y la encendió. La llama, sin ningún calor, era corta y pálida, y apenas permitía ver las manecillas del reloj de pulsera a un palmo de distancia. Se sintió triste y mal. Debía de ser la ausencia de tráfico. No se oía ningún automóvil por las calles, sólo gritos y voces distantes, tal vez gente extraviada, padres de familia volviendo a pie de su trabajo. De no ser por la luz de la vela, se diría que era un fallo de la electricidad. Fue a la nevera y bebió un vaso de leche. El hielo se desprendía con un ruido seco, el motor no funcionaba. Lo mismo ocurría con la bomba de subir el agua; dentro de poco el depósito del edificio se agotaría. Puso el tapón del desagüe de la bañera y la llenó completamente. Halló su linterna eléctrica de tres pilas y recorrió el pequeño apartamento, ansioso por hallar sus pertenencias a la débil luz. Dejó los botes de leche en polvo, el azúcar y la comida sobre la mesa de la cocina. Había galletas y una caja de bombones. Quien viviera en familia se ayudaría mutuamente Él tenía que cuidarse a sí mismo, prever lo peor. Cerró la ventana, apagó las luces y se acostó. Un escalofrío recorrió su cuerpo; sintió la realidad del peligro. Nunca había ocurrido una oscuridad igual, nunca en la historia de la Tierra. No era solamente la claridad del sol lo que se apagaba, sino todo lo que emitiese luz, los destellos y el calor luminoso, las hogueras, las chispas de las piedras de afilar y los motores, las sustancias químicas, las luciérnagas y las linternas. Wladas lo sabía, los últimos periódicos lo publicaban. Habían parado también, como los automóviles, los camiones, los autocares, los aviones y los trenes. Se oían gritos y llamadas a lo lejos. Wladas procuró relajar los músculos y dormir. Al día siguiente todo se normalizaría. Volverían las luces, las radios, los vehículos...
Durmió en un sueño agitado, con pesadillas confusas y desagradables. En el apartamento de al lado lloraba un niño, pidiendo a su madre que encendiera la luz. Se despertó sobresaltado. Con la linterna eléctrica pegada al reloj vio que eran las ocho de la mañana. Saltó de la cama y abrió la ventana. La oscuridad era casi total. Por el este se veía el sol, rojo y redondo, como si estuviera detrás de un grueso cristal ahumado. En la calle se veían pasar siluetas como bultos. Wladas se lavó con dificultad, fue a la cocina, tomó leche condensada y galletas. La fuerza de la costumbre le hizo pensar en su empleo. Descubrió que no sabía ni siquiera hacía dónde debía ir. Recordó su terror infantil una vez que lo encerraron en un armario. Le faltaba aire, y la oscuridad le oprimía. Respiró profundamente junto a la ventana. Sobre el fondo negro del cielo se destacaba el disco rojo del sol. Se esforzó en razonar con calma, en hacer deducciones. Al principio los científicos habían emitido hipótesis y análisis.
Por aquel entonces la electricidad conseguía aún hacer girar la rotativa de los periódicos, y las radios emitían sonidos por sus altavoces, ahora mudos. ¿Qué estaría haciendo el gobierno para protegerlos a todos?. Era inexplicable que los rayos del sol desaparecieran la temperatura siguiera siendo normal. Se trataría de un gas desconocido e invisible que alteraba las leyes comunes. Wladas no consiguió coordinar su pensamiento. La oscuridad le impulsaba a correr en busca de auxilio. Apretó los puños, se repitió para sí mismo: «Debo mantener la calma, defender mi vida hasta que todo se normalice».
Tenía una hermana casada que vivía a tres manzanas de distancia.
La necesidad de comunicarse con alguien le hizo decidirse a ir hasta allí y ayudarles en lo que fuera posible. Se metió la linterna eléctrica en el bolsillo, aunque no le sirviese de nada. Cerró la puerta del apartamento y fue andando en la oscuridad del descansillo en dirección a la escalera, apoyándose en la pared. A su lado se abrió una puerta, y una voz ansiosa de hombre preguntó:
—¿Quién está ahí?
—Soy yo, Wladas, del apartamento 312 —respondió.
Sabía quién era, un hombre vulgar, con mujer y dos hijos.
—Por favor —pidió éste—, dígale a mi mujer que la oscuridad va a pasar. Está llorando desde ayer, y los niños tienen miedo.
Wladas se acercó a tientas. La mujer parecía estar al lado del marido, sollozando en voz baja. Procuró sonreír, aunque no le viesen.
—Estése tranquila, señora, es sólo la oscuridad, pero aún se ve el sol allá fuera. No hay peligro, luego pasará.
—¿Estás oyendo? —secundó el hombre—, es sólo la oscuridad, no le va a pasar nada a nadie, tienes que calmarte, por los niños.
A juzgar por los ruidos, Wladas adivinó que los niños estaban agarrados unos a otros. Permaneció en silencio unos segundos y luego dijo, rápido:
—Ahora tengo que irme, si necesitan alguna cosa...
El hombre se despidió, animando a la mujer:
—No, muchas gracias, esto va a pasar, hasta luego.
En la escalera no se veía nada. Wladas bajó agarrándose al pasamanos. Oía retazos de conversaciones a través de las puertas de los apartamentos. La falta de luz hacía que todo el mundo hablase más alto, o quizá las voces destacaban más en el silencio general.
Llegó a la calle. El sol estaba alto pero no iluminaba prácticamente nada, tal vez menos que la luna en cuarto menguante. De vez en cuando pasaban hombres, solos o en grupos. Hablaban en voz alta. Algunos andaban a trompicones, tropezando en los desniveles de la calzada. Wladas echó a andar, visualizando mentalmente el camino hasta casa de su hermana. La rojiza claridad disminuía en las sombras de los edificios. Con los brazos extendidos apenas podía divisar los dedos. Andaba con cautela, asombrándose de los que pasaban aprisa. De un terrado cualquiera le llegaba el ladrido de un perro, que fue coreado a lo lejos. Se oían confusos gritos de llamada. Alguien caminaba rezando.
Wladas iba pegado a las paredes para no chocar con nadie. Debía de estar a mitad de camino. Se detuvo para recuperar el aliento. Sus pulmones jadeaban en busca de aire, sus músculos estaban tensos y cansados. El único punto de referencia era la mancha del sol, cada vez más débil. Por unos instantes imaginó que tal vez los otros vieran más que él. Pero de todos lados se alzaban gritos y voces. Wladas giró la cabeza. El disco rojo desapareció pulsando. La negrura era absoluta. Un hombre pasó gritando en otro idioma. Se percibía ruido de quejas y palabras entrecortadas. Wladas sacó una caja de cerillas de su bolsillo y frotó una con cuidado. Se oyó el ruido característico, pero no brotó llama alguna. Encendió la linterna ante sus ojos: nada. Si apretaba los párpados veía danzar manchas de luz. ¿Qué hacer? Permanecer inmóvil, escuchando el coro de medrosos niños y de aquellos que perdían el control, podía llevarle a decisiones irreflexivas. La oscuridad era total. Sin la silueta de los edificios se sintió perdido. Memorizó el trayecto que hiciera hasta allí. Imposible continuar. Intentaría regresar al apartamento. ¿Qué hora sería? Apoyó el reloj de pulsera contra su oído. No consiguió abrir el cristal con la uña, para comprobar las manecillas por el tacto. Con la mano derecha tocando una pared y la izquierda en arco al frente dio media vuelta, arrastrando los pies por la acera. Conocía aquel trecho; sus manos identificaban algunas puertas y escaparates. Transpiraba y se estremecía, concentrando sus sentidos en el camino de regreso.
Al girar una esquina oyó palabras incomprensibles de un hombre que venía en su dirección. Tal vez bebido, se agarró con fuerza a Wladas, gritando, y éste intentó soltarse, perdiendo la calma, gritando aún más que el otro cosas sin sentido. Wladas lo sujetó desesperadamente por la garganta, lo empujó hacia atrás. El hombre cayó y empezó a gemir. Con los brazos extendidos al frente, en defensa, Wladas anduvo unos pasos, atento a su alrededor. El borracho lloraba y gemía, como si le doliera algo. Pensó en hablar con él, en socorrerle, pero el forcejeo le había agotado. Receló verse dominado y se alejó a toda prisa, mientras el hombre lloraba tras él. Una puerta rota golpeaba una y otra vez en algún lugar contra su batiente, y surgían ruidos inconcretos de las casas y apartamentos, no cubiertos por los ruidos de los motores, radios y vehículos. En la oscuridad. Wladas llegó hasta su casa. Sus manos palpaban, reconociendo puertas de tiendas, paredes de viviendas y sus portales Con la alegría de llegar, tropezó y cayó en los primeros peldaños. Alguien gritó:
—¿Quién está ahí?
—Soy yo, Wladas, del tercer piso.
Una voz preguntó:
—¿Usted estaba ahí fuera? ¿Se ve algo en algún lugar?
—No, no se ve nada en parte alguna.
Hubo un silencio, y subió a tientas. Regresaba a su apartamento. Allí conocía la posición de los muebles y los objetos, podía controlar las pertenencias familiares hasta que la pesadilla terminase. Moviéndose con cuidado, abrió su puerta y se derrumbó en la cama.
Fue un descanso corto y ansioso. No podía desagarrotar sus músculos, pensar con tranquilidad. Se arrastró hasta la cocina, consiguió abrir la tapa del reloj con un cuchillo. Palpó las manecillas. Eran las once o las doce, aproximadamente. No tenía hambre, pero abrió la nevera, comiendo los bocadillos guardados de la víspera. El agua goteaba del congelador; el hielo estaba completamente derretido. Con lentitud, disolvió leche en polvo en un vaso de agua y se la bebió. Regresó al cuarto y se tendió, pero halló imposible permanecer sumido en sus pensamientos sin tomar ninguna decisión. Llamaron a la puerta. Su corazón latió aceleradamente. Gritó que esperasen, llegó hasta ella y preguntó quién era antes de abrir. Por la respuesta supo que era el vecino de antes. Había tenido dificultades en hallar la puerta correcta. Pedía agua para sus hijos. Wladas le contó lo de la bañera llena, y fue con él a buscar a su esposa y los niños. Su previsión le había valido. Se cogieron todos de la mano y fueron deslizándose en fila india por el descansillo, los niños más tranquilos, y hasta la mujer dejó de llorar y de repetir: «Gracias, muchas gracias». Wladas los condujo hasta la cocina e hizo que se sentaran. Los pequeños se agarraban al cuello de su madre. Palpó un armario, rompió un vaso y encontró una jarra de aluminio que llenó en la bañera y llevó a la mesa. Fue entregando vasos de agua a los dedos que se los solicitaban. Sin divisar dónde estaban situados, el agua resbalaba por su mano. Mientras bebían, pensó que debía ofrecerles algo de comer. El niño dijo que tenía hambre. Wladas fue a buscar un bote grande de leche en polvo y empezó a prepararla con precaución Mientras efectuaba los gestos lentos de abrir el bote, contar las cucharadas y mezclarlas con el agua, hablaba en voz alta y recibía los ánimos de los demás, recomendándole cuidado y aplaudiendo su habilidad. Le llevó más de una hora distribuir la leche a todos, y le hizo bien el esfuerzo de no equivocarse, la certeza de estar siendo útil.
Uno de los niños rió una broma. Por primera vez desde que oscureciera. Wladas sintió optimismo. La impresión de que todo terminaría bien. Probó, con argumentos lógicos, que en modo alguno podía prolongarse aquella sombra extraña. Eran contradictorios y complicaban todas las deducciones, pero el hombre del apartamento vecino y su familia los apoyaron con exclamaciones, como si él, por si solo, tuviese el poder de devolverlo todo a la normalidad. Pasaron la tarde en su apartamento, procurando hablar, aunque no tuvieran nada de qué hablar; intentando divisar, apoyados contra la ventana, alguna luz distante, percibiendo a veces alguna, entusiasmados, para descubrir luego el error, que no admitían, de que había sido tan sólo un destello que tan pronto como apareciera había desaparecido. Wladas se convirtió en el líder de aquella familia; los alimentaba y conducía por el pequeño mundo de sus aposentos, que conocía «con los ojos cerrados»... Estuvieron ocupados toda la tarde, haciendo muy poca cosa, pasando mucho tiempo para realizar los gestos más simples: llevar una silla de un lado a otro, buscar objetos caídos que no aparecían... Serían las nueve o las diez de la noche cuando Wladas los acompañó, ayudándoles a acostar a los niños. Por un momento pareció que para ellos sólo se hubiera fundido un fusible; saltaban y reían. En la oscuridad otros debían de estar sufriendo, enfermos y con dolores, sin médicos ni medicamentos; niños con hambre y sed. En las calles, padres desesperados gritaban pidiendo comida. Wladas cerró las ventanas para no oírlos. Lo que tenía daría para un día o dos, alimentando a los cinco. Su vecino, emocionado, le pidió que se quedara con ellos; los niños se sentirían mejor. Accedió. Volvió a su apartamento, donde se arregló. Se puso un pijama, aun sabiendo que nadie lo notaría. Cerró su puerta con llave para prevenir una improbable invasión. Fue reconfortante oír cómo saludaron los niños su llegada:
—¡Tío Wladas ya está aquí, mamá!
Se sintió conmovido. En la oscuridad no era preciso disimularlo. La memoria visual es débil. Wladas recordaba sólo vagamente la fisonomía de sus nuevos amigos, a los que antes apenas prestaba atención en sus idas y venidas. Fue instalado en un gran sofá a un lado del salón. Hablaron, acostados, dejando que las palabras señalaran su presencia y su compañía. Terminaron durmiéndose, aferrados a las almohadas, como náufragos agarrados a una tabla que oyeran gritos de socorro sin poder acudir a ellos. Se durmieron, o tal vez se quedaron quietos, fingiendo, para no molestar a los demás. ¿Qué haría el mundo, inmerso en la oscuridad, para no perecer? Una ventana dejaba entrar las voces. En ocasiones era sólo un: «¡Ayuda, necesito comida!». Otras hacían descripciones completas, a gritos, mientras zigzagueaban por las calles llenas de detritus, hablando de su familia sin alimentos. Wladas procuraba no pensar. Apretaba la almohada contra su cabeza, repitiendo que no podía hacer nada. Durmieron, empujados por el cansancio, soñando con un amanecer de cielo azul, con el sol inundando las habitaciones, los ojos alimentándose de todos los colores después de aquel ayuno. Fue diferente. Wladas se sentó en el sofá y su vecino susurró:
—Señor Wladas, ¿está usted despierto?
Había dejado un cuchillo sobre la silla para descubrir las horas. Tenía práctica; levantó en seguida la tapa de cristal: las ocho, más o menos. Los otros se agitaron, y se inició el complicado aseo, hecho con un caldero de agua traído por Wladas, que inició con cuidado la preparación de los vasos de leche y la separación de las galletas en raciones iguales. La procesión en fila india, todos dándose las manos, se dirigió de nuevo a la cocina, donde tomaron el frugal refrigerio. Los niños golpeaban contra los muebles, se perdían en el pequeño salón, su madre les regañaba ansiosa. Cuando se sentaron en las sillas no sabían qué hacer. Los vasos usados se quedaron sucios para no desperdiciar agua.
Volvieron sobre las causas del fenómeno, inventando razones e hipótesis que trascendían de la ciencia. Por el momento soportaban las dificultades con la esperanza de volver pronto a la normalidad, quizás en las próximas horas. Wladas apuntó imprudentemente que la situación podía prolongarse para siempre. La mujer se echó a llorar, y fue difícil calmarla. Los niños hacían preguntas imposibles de responder. Wladas palpaba las manecillas del reloj, sin saber qué hacer. Sintió ansias de hacer algo, se levantó, iba a salir para investigar. Ellos protestaron; sería peligroso e inútil. Se apoyaban en él, tenían miedo de quedarse solos y perderlo. Tuvo que garantizarles que no se alejaría más de veinte metros del edificio, sólo hasta la esquina, no cruzaría la calle. Apretaron fuertemente su mano antes de salir.
Cuando llegó a la escalera, bajó más aprisa. Sus pies tocaban obstáculos difíciles de identificar. Cruzó la puerta principal del edificio, pegado a la pared, escuchando. Soplaba un viento frío, arrastrando papeles con un ruido fofo. Había ladridos muy lejos, que a veces se recrudecían, y voces, muchas e ininteligibles. Wladas recordó sus paseos en la hacienda del abuelo. Solo entre los árboles, había oído también el viento agitando las hojas y trayendo retazos de conversaciones de las casas del otro lado de la colina. Estaba inmóvil, tenso, a la expectativa. Caminó algunos metros. Sólo los oídos captaban el pulsar de la ciudad ahogada. Con ojos abiertos o cerrados, siempre era el mismo color, negro sin fin ni principio. Era terrible permanecer allí, quieto, a la espera de nada.
Los fantasmas de la infancia cercaron a Wladas, y éste se dio la vuelta hacia su edificio casi corriendo, arañándose las manos contra las paredes, tropezando en los escalones, subiendo de prisa, mientras voces medrosas gritaban: «¿Quién está ahí, quién está ahí?». Él respondía, sin aliento, subiendo los peldaños de dos en dos, hasta llegar entre sus amigos que tropezaban entre sí para acudir a su encuentro, temerosos de que estuviera herido, deseando preguntarle qué había ocurrido. Se sentó y respiró, aliviado. Rió y confesó que había sentido miedo, que había subido corriendo. Allí fuera todo era igual que aquí. Permanecieron encerrados el resto del día, si podía emplearse esa palabra. Las menores acciones se hacían difíciles sin luz, y eso servía para mantenerlos ocupados, lo cual era mejor que pensar. Hablaban mucho, y cuando se dedicaban a algo iban escribiendo lo que hacían. De tanto en tanto las palabras que los unían se interrumpían. Nadie podía saber nada, pero todos levantaban las cabezas al mismo tiempo, escrutando, respirando fuerte, aguardando un milagro que no surgía.
Racionada y repartida, la caja de bombones se acabó. Aún que daban galletas y leche en polvo, pero si la luz no volvía pronto era difícil prever las consecuencias. Pasaban las horas. Acostados de nuevo, con los ojos cerrados, luchando por dormir, aguardaban una mañana de rendijas luminosas en la ventana. Pero despertaron como antes, los ojos inútiles, las llamas apagadas, los fuegos fríos y la comida terminándose. Wladas repartió las últimas raciones de galletas y leche. Permanecían parados frente a la ventana, esperando una luz. La negra pared parecía aplastarse contra sus cabezas, impenetrable. Se sentían inquietos. Tenían aún una buena cantidad de agua, pero se les había acabado la comida. El edificio tenía diez pisos. Wladas murmuró que debía subir hasta el último para mirar a lo lejos.
Salió y comenzó a subir. De los apartamentos surgían preguntas: «¿Quién está ahí?, ¿quién está subiendo?». Wladas se identificaba, aunque pocos inquilinos le conocían. Preguntaban lo que quería, y en el sexto piso una voz le aseguró:
—Puede usted subir tan arriba como quiera, pero pierde el tiempo estuve allí hace poco, con dos compañeros. No se ve nada por ninguna parte.
Wladas se atrevió:
—Mi comida se ha terminado, y tengo a una pareja y dos niños conmigo. ¿Podrían ayudarme en algo?
La voz respondió:
—Nuestra reserva durará exactamente hasta mañana. No podemos hacer nada...
Pensó durante unos segundos y decidió volver a bajar. ¿Les diría la verdad a sus amigos?
Cuando lo recibieron con preguntas ansiosas, mintió:
—No he llegado hasta allí. He encontrado a alguien que había ido hacía poco. Dice que se ve algo, muy a lo lejos, no ha sabido explicarlo.
La pareja y los niños se sintieron henchidos de esperanzas, mientras él sugería la única idea viable. Saldría nuevamente, armado con una palanqueta, y forzaría la tienda de comestibles que estaba a unos cien metros, más o menos. Conocía el trayecto, no se perdería. Sacó la caja de herramientas de encima del armario, separó una palanqueta, un martillo y unos alicates. Su vecino insistió en ir también. Wladas no dijo nada, pero la desesperación de la mujer y de los niños ante la idea de quedarse solos le hizo desistir finalmente. Se puso las herramientas en el bolsillo, envueltas con una bolsa vacía, y se colocó la palanqueta en el cinturón, para tener las manos libres. Les pidió que no se preocuparan si tardaba en volver.
Salía de su refugio dará robar comida. No sabía lo que iba a encontrar allá fuera. La oscuridad había derribado las jerarquías. El dinero ya no valía para nada, como tampoco los documentos de identidad. No existía policía, gobierno ni leyes aplicables. Uno tenía que confiar en voces, surgidas de fisonomías ocultas, cuyas manos podían dar o agredir. Wladas caminaba pegado a las paredes, su cerebro reconstruyendo los detalles de aquel trecho. Sus manos revisaban cada hueco. De repente, los recuerdos se mezclaban, el suelo parecía girar bajo sus pies, y se detenía, apoyado de espaldas contra la pared, la mano derecha inmóvil, señalando la dirección a seguir. Se aproximaba lentamente al objetivo. Aunque justificable, la idea del robo le hacía temblar, como si alguien tuviera medios para sorprenderlo. Los dedos, palmo a palmo, seguían el trayecto hasta que tocaron las ondulaciones de una puerta de hierro. No podía fallar.
Era el único comercio de alimentación de aquella zona. Wladas se detuvo y escuchó. Había sonidos distantes, como los de una sala de hospital a través de sus puertas cerradas. Se inclinó, buscando el candado. Sus manos no hallaron resistencia. La puerta estaba sólo medio cerrada, no tendría que forzarla. Se inclinó y entró sin ruido. Las estanterías de la derecha contenían las latas y los dulces. Tropezó contra el mostrador. Lanzó una exclamación y se inmovilizó, los músculos tensos, a la espera. Nadie habló ni hizo ruido. Saltó por encima del mostrador y fue avanzando a tientas, tocó un estante, fue deslizándose por la estantería. No había nada, debían de haberlo vendido todo antes de que la oscuridad se hiciera total. Levantó el brazo, buscando con más rapidez. Nada, ni un objeto. Empezó a rebuscar, sin importarle el ruido, los dedos resecos por el polvo acumulado. Se agachó sin precauciones, el cuerpo inclinado al frente, las manos agitándose en todas direcciones, rebuscando en las esquinas, golpeándose contra las paredes, con imprudencia, como si se estuviera disputando con otro latas y artículos que no existían. Volvió varias veces al mismo lugar donde empezara la búsqueda. No había nada, en ningún rincón. Se detuvo, sintiendo deseos de volver a empezar y sabiendo que no adelantaría nada. Había sido un ingenuo pensando que encontraría comida. Para los que no tenían reservas era evidente que las tiendas de alimentación eran la única salida posible.
Wladas se sentó en una caja vacía y dejó que las lágrimas asomaran a su ojos. Había sido un idiota, esperando tanto. El saqueo ya se había efectuado, quizás el día anterior, cuando oyera gritos y ruido. ¿Cómo se las arreglaría para comer y alimentar a sus amigos? Se sintió desamparado y ridículo, recordando su calma inicial, con la bañera llena de agua, la leche en polvo... Y en tan poco tiempo verse reducido a nada, sin planes ni destino... ¿Hacer qué? ¿Regresar como un fracasado, comenzar de nuevo en busca de otras tiendas más distantes, cuya localización no conseguiría precisar? ¿Y si no encontraba nada? Salió a la calle, los brazos doloridos por el esfuerzo, presa de una desesperación que sabía peligrosa. Estaba solo en un mundo limitado a lo que alcanzaban sus brazos. Temió seguir adelante, enfrentarse a algún asaltante enloquecido por la oscuridad.
Regresó a casa a largas zancadas, en busca de sus amigos invisibles. Se detuvo de pronto, buscando una señal conocida con las manos. Paso a paso avanzó algunos metros, descubriendo puertas y paredes hasta una esquina desconocida. Tenía que regresar a la tienda para comenzar de nuevo el trayecto. Rehizo con cuidado el camino recorrido, los dedos arañados por la oscuridad, buscando la puerta ondulada que no aparecía. Anduvo en todas direcciones. Estaba perdido. Imposible tener la menor noción de dónde se hallaba, ni de lo que tenía que hacer para descubrir el camino a casa. Se sentó en el bordillo, con las sienes latiéndole. Se alzó como alguien que se ahoga y gritó:
—¡Por favor, estoy perdido, quiero saber el nombre de esta calle!
Repitió su grito una y otra vez, cada vez más alto, sin que nadie le respondiese. Cuanto más silencio había a su alrededor, más imploraba, pidiendo por caridad que lo ayudasen. ¿Por qué deberían hacerlo?. Él mismo había oído en su ventana los gritos de socorro de los extraviados, cuyas voces desesperadas hacían temer la locura de un asalto. Wladas echó a correr sin dirección precisa, gritando socorro, explicando que cuatro personas dependían de él. Ya no tocaba las paredes, andaba de prisa, de un lado para otro, como un borracho, implorando información y comida. No sabía cuánto se había apartado de su calle; tenía esperanzas de hallarla:
—Soy Wladas, vivo en el número 215, por favor, ayúdenme.
Había ruidos en la oscuridad, era imposible que no le oyesen. Lloraba y pedía sin la menor vergüenza, sintiéndose reducido por el manto negro al estado de un niño indefenso. ¿Cuánto tiempo pasó? No lo sabía; su reloj funcionaba, pero no halló ninguna hoja fina para abrir la tapa de cristal, ni le importaban las horas. La oscuridad le asfixiaba, entrando por los poros, modificando los pensamientos. Wladas dejó de implorar. Insultaba a sus semejantes a gritos, llamándoles malditos, preguntando por qué no respondían. Su desvalimiento se convirtió en odio y empuñó la pesada palanqueta, dispuesto a conseguir comida por la violencia. Se cruzó con otros como él, pidiendo comida. Wladas avanzaba blandiendo su palanqueta, hasta que tropezó con alguien lo sujetó con fuerza. El hombre gritó y Wladas, sin soltarlo, le exigió que le dijera dónde estaban y cómo conseguiría comida. El otro parecía viejo; se derrumbó entre sollozos de miedo. Wladas aflojó la presión, lo dejo ir. ¿De qué le serviría andar armado con una palanqueta, agresor potencial de aquellos que sufrían su misma desgracia? Volvió a meterse su arma en el cinturón. Se sentía falto de apoyo. Se sentó para no desfallecer, hundiendo la cabeza entre los hombros. En cualquier posición, la negrura total hacia que el equilibrio fuera una entelequia. Se sintió un poco mejor, pero su cuerpo estaba roto por el agotamiento y el hambre. Consiguió levantarse y siguió andando en silencio. Las tinieblas habían engullido su sentido práctico, y avanzaba en medio de la permanente noche en busca de auxilio.
Perder así la vida era indignante. Wladas volvió a clamar en voz muy alta, pidiendo socorro, explicando su situación, discutiendo con oídos invisibles que le debían de estar escuchando detrás de las puertas y de las ventanas, sin valor o fuerzas para responder. Giraba las esquinas a la izquierda, para no alejarse demasiado, y posiblemente estaba dando vueltas a la misma manzana, pasando frente a su casa y alejándose de nuevo sin darse cuenta. Exhausto, con hambre y sed, hablaba consigo mismo, pidiendo socorro muy alto de vez en cuando. Se sentó de nuevo en el bordillo para escuchar los menores ruidos. El viento hacía resonar las ventanas abiertas en los apartamentos abandonados.
Desde varias direcciones le llegaban ruidos distintos, sonidos huecos, rasposos o agudos, de animales u hombres, tal vez presos o hambrientos. Se llevó una mano al oído, formando bocina. Se acercaba un leve batir rítmico de pasos. Gritó pidiendo ayuda y escuchó. Una voz de hombre le respondió en la distancia:
—Espere, iré a ayudarle.
Wladas se lo agradeció, diciendo que no tuviera miedo; sólo necesitaba un poco de comida y alguien que le ayudara a volver a casa. Todavía hablaba cuando notó que un brazo tocaba su hombro. Se alzó e imploró que no le dejase abandonado. El hombre cargaba un pesado saco y jadeaba de cansancio. Pidió que le ayudara sujetando una de las puntas; él iría delante. Wladas disimulaba los sollozos, los brazos doliéndole bajo el peso, hablando sin parar de lo que le había ocurrido, desde el principio. El hombre le respondía con monosílabos y seguía andando, con relativa rapidez. Wladas se calmó, sintiendo algo inexplicable. Casi no podía seguirle el paso, y el hombre giraba las esquinas con toda seguridad. Una duda pasó por su mente. Quién sabe si su compañero veía, si la luz volvía para los demás. Le preguntó:
—Anda usted con mucha seguridad. ¿Acaso... ve algo?
El hombre tardó un poco en contestar:
—No, no veo absolutamente nada. Soy completamente ciego.
Wladas tartamudeó:
—¿Antes... de esto, también?
—Sí —respondió el otro—. Soy ciego de nacimiento. Ahora nos dirigimos al Instituto de Ciegos, donde vivo.
Wladas sintió una paradójica emoción. Aquel hombre conocía los caminos, su voz era natural, no tenía el tono ansioso que ya se había acostumbrado a oír. Ahora la oscuridad de ambos era la misma. Solo que el ciego, que se llamaba Vasco, había vivido siempre en ella, era su mundo, hecho de ruidos, olores y el rozar de los dedos en las cosas sólidas. Había salido a buscar un saco de comida y necesitaba la ayuda de Wladas para acarrearlo.
El ciego le contó que auxiliaban a personas perdidas y que habían recogido ya algunas, pero que la provisión de alimentos era escasa. No podían albergar a nadie más. La oscuridad seguía, sin ninguna señal de que fuera a terminar. En poco tiempo miles de personas morirían de inanición, y nada podría hacerse.
Llegaron finalmente al Instituto de Ciegos. Wladas se dejó llevar por las distintas habitaciones hasta un lugar donde le dieron una silla. Se sentía como un niño al que los adultos salvan de un peligro y le dan confort y seguridad. Bebió un vaso de leche y comió algunas tostadas que pusieron en sus manos. Sin embargo, no podía apartar de sus recuerdos la imagen de sus amigos sobresaltándose a cada rumor, pasando hambre, esperando su regreso. Pidió hablar con Vasco, su salvador, e insistió una y otra vez en que no podía dejar a sus vecinos presos en el apartamento. Ellos argumentaron que el edificio era grande, y todos los demás moradores merecían también ayuda, cosa impracticable. Wladas no podía dejar de pensar en los niños. Pidió que le mostraran el camino, iría solo. Se levantó para salir, tropezó con algo, cayó. Vasco, aunque los otros dudasen, recordó que había una bañera llena de agua; era una reserva que luego se haría necesaria. Trajeron dos grandes recipientes de plástico y Vasco condujo a Wladas a la calle. Se ataron una cuerda a la cintura, uniéndolos. Así podían andar uno detrás de otro, con menos peligro ante los obstáculos. Vasco dijo que estaban a cinco manzanas de distancia. Había nacido en aquel barrio y lo conocía perfectamente.
Amarrado a su guía, sentía ahora el miedo de aquellos que vislumbran una salvación, aunque dudosa y frágil. Andaba lo más aprisa posible. Vasco escogía los mejores lugares, diciendo el nombre de las calles, cambiando de itinerario cuando oían rumores sospechosos o gritos enfurecidos. Vasco se detuvo y dijo en voz baja:
—Debe de ser por aquí.
Wladas avanzó unos pasos, reconoció el pomo de su puerta. Vasco le susurró que se quitara los zapatos; irían sin hacer ruido. Entraron, Wladas delante, subiendo la escalera de dos en dos. Apartaban las cosas de su camino y captaban voces ininteligibles a través de las puertas.
Llegados al tercer piso se encaminaron al apartamento del vecino. Llamaron suavemente, luego más fuerte, nadie respondió. Imaginaron que estaban en el otro, pues Wladas les había dejado la llave para que utilizaran el agua. Fueron allí. Oyeron ruido, y una voz preguntó:
—¿Quien está ahí?
—Soy yo, Wladas, déjenme entrar.
Se oyó una exclamación como quien no puede creer lo que oye y la puerta se abrió, y unos brazos lo recibieron.
—Soy yo. ¿Cómo están? Encontré a un amigo que me salvó y sabe el camino.
No dijo que era ciego; parecía que la palabra se identificaba con la desgracia de todos. Rodeado por la mujer y los niños, distintos ahora, con las voces débiles, el vecino les contó sus padecimientos, alimentándose sólo de agua, con las esperanzas puestas en la llegada del amigo. Éste les explicó la situación en el Instituto de Ciegos, y que tenían que ir allí.
Llenaron los dos recipientes con el agua de la bañera, y Vasco los amarró con una tira de tela al costado de ambos. Ayudó a identificar algunos utensilios útiles para llevarse. Se quitaron los zapatos y, en fila, sujetándose por las manos, se dirigieron a la escalera. Iban de prisa; era inevitable que fueran detectados. En la planta baja, cerca de la puerta, una voz indagó:
—¿Quiénes son, qué es lo que llevan?
Nadie respondió. Vasco fue empujándolos a todos hacia la puerta. La voz se movió en dirección a ellos, pero ya estaban en la calle, emprendiendo el camino. El hombre gritó preguntando si tenían agua o comida. La fila se distanciaba. Difícilmente serían perseguidos.
Siguieron descalzos, para no perder tiempo, aunque los pies sensibles se quejaban de las irregularidades del camino. El regreso les llevó más tiempo debido a los niños y a las paradas, cuando oían ruidos cercanos. Llegaron cansados al Instituto, con el alivio provisional de los soldados que consiguen un permiso después de una batalla.
Vasco les sirvió leche con avena y fue a discutir con los compañeros lo que harían para sobrevivir si la oscuridad continuaba. Otro ciego les arregló un lugar donde podían dormir, lo cual no fue difícil pues no lo hacían desde hacía mucho. Horas después Vasco acudió a despertarles, diciendo que eran las tres de la madrugada y que se había decidido abandonar el Instituto para refugiarse en la Granja Modelo, que la institución poseía a algunos kilómetros en las afueras de la ciudad. Era necesario, pues las provisiones no durarían mucho y no había medio de renovarlas sin peligro. Aunque era un camino muy largo, habían planeado seguir los raíles del ferrocarril, que cruzaban algunas calles a pocas manzanas del Instituto. Por aquella parte las dificultades serían más improbables. Las últimas instrucciones serían dadas en el salón principal, hacia donde fueron conducidos Wladas y sus amigos.
Debía de ser un local amplio, pues los rumores de las voces resonaban casi con ecos. Vasco, que debía de ser más viejo o tenía alguna ascendencia sobre los demás, dijo que era indispensable un gran sentido práctico para todos aquellos que quisieran sobrevivir. Se dirigió en primer lugar a los compañeros ciegos, afirmando que la oscuridad que afligía a los demás no constituía una novedad para ellos. Lo difícil era la imposibilidad de producir calor con cualquier tipo de combustión. Eso impedía la ingestión de la mayor parte de los alimentos comunes. Tenían recogidas a once personas en el Instituto. Con los doce ciegos que vivían allí, sumaban veintitrés. La comida susceptible de ser ingerida daría para alimentarlos durante seis o siete días. Sería arriesgado esperar a que todo se normalizara dentro de ese plazo, sin hablar del riesgo de ser asaltados o robados por los hambrientos marginales. En la Granja Modelo solía haber diez personas. Poseían varias plantaciones, y mantenían un stock para vender y agua potable en cantidad, lo que podría, con economía y racionamiento, garantizar la vida de todos durante un tiempo más dilatado. Aunque el propio Vasco reconoció que las posibilidades de mantener sus organismos en razonable estado durante más de treinta o cuarenta días eran dudosas. De todos modos, era necesaria la unión de todos y la obediencia a las decisiones. Acordaron que saldrían del Instituto en silencio, sin responder a ninguna llamada, fuera cual fuese. Los adultos deberían ayudar en el transporte de las latas de avena, miel y alimentos secos que poseían. Inmediatamente fue iniciado su embalaje y distribución. Algunos pidieron más informes, otros dieron sugerencias. Nadie se opuso a lo acordado. Los ciegos acabaron de distribuir los sacos, maletas y cajas llenos para el viaje. Wladas y los refugiados estaban en sus sitios, aguardando. Nada podían hacer sino estorbar. Los movimientos se veían acompañados por órdenes dadas en voz alta. Por mucho que se esforzasen, era perturbador recordar que los ciegos vivían en su misma oscuridad. ¿Cómo habituarse a aquello, a la sensación de vacío, a la dificultad de orientarse? Sólo vestirse ya era un problema; andar dos pasos sin chocar contra algo era una suerte. Vivían ahora en el mismo mundo invisible y peligroso. Wladas pensaba en cuántas veces se había cruzado con esos hombres de gafas oscuras, bastón blanco, la cabeza estática mirando siempre al frente. Lo cierto es que durante toda su vida les había dedicado un rápido pensamiento de piedad. Ah, si hubiese sabido entonces cómo iban a convertirse en mágicos protectores, capaces de salvar a otros seres, hechos de carne, músculos y pensamientos, y de ojos inútiles, iguales a los de ellos...
Como alpinistas, hicieron cuatro grupos, atados por una cuerda. Los ciegos conocían el trayecto. La parte más arriesgada sería recorrer las manzanas hasta la vía férrea. Se exigió un silencio absoluto; que sólo se hablase cuando fuera estrictamente necesario. Wladas fue asignado al último grupo y llevaba un pequeño bulto. Sintieron en el rostro la fría atmósfera del exterior cuando iniciaron su camino a ciegas. Atravesaron calles y doblaron esquinas, sintiéndose protegidos por la oscuridad, ya que confiaban en los guías. Cuando nuestra supervivencia se ve amenazada, nos invade una dura coraza de egoísmo. Los gritos anónimos que oían en las tinieblas se transformaban en obstáculos que había que evitar. La columna, cargada de pertrechos, se desviaba de aquellos que imploraban un pedazo de pan para sobrevivir. El viento traía gritos, y la fila de náufragos se deslizaba en la más extraña de las fugas, con sus timoneles ciegos. Cuando sintieron bajo sus zapatos el acero sin fin de los raíles, la tensión se alivió. Había aún un cruce con otra carretera, luego todo lo demás eran pasos elevados y sería improbable encontrar obstáculos serios. El avance se hizo penoso, tenían que calcular los pasos para no tropezar con los travesaños. Pasó el tiempo, a Wladas le parecieron muchas horas, aunque sabía que aquellas impresiones eran engañosas. De pronto se detuvieron. Vasco fue de grupo en grupo explicando que había un tren o vagones al frente. Fue solo a investigar. Se sentaron para un descanso no muy aprovechado, ya que oían un ruido como de algo arrastrado o arañado. Vasco se demoraba. Un murmullo pasado de boca en boca les hizo ponerse de nuevo en camino. Tenían que rodear los vagones. El rumor venía de uno de ellos. Pasaron por su lado con el corazón latiendo fuertemente, los oídos casi tocando las paredes de madera. Un hombre o un animal, echado, muriéndose... Todo quedaba atrás, los pies agotados agitándose en un avance sin fin. Wladas recordó la gran marcha cuando prestó su servicio militar. El sol quemándole, el equipo tirando de sus huesos doloridos, la sensación de fatiga sin remedio... Cómo la envidiaba ahora, en ese túnel de pesadilla, andando como un condenado con su capuz de muerte. La oscuridad hacía bajar toda su vida hacia sus zapatos, que lo transportaban por entre las piedras aguzadas entre los límites paralelos de los raíles.
Wladas se sorprendió cuando la cuerda amarrada a su cintura lo empujó hacia un camino de tierra. Sin saber cómo, percibió que estaban en el campo. ¿De qué modo descubrían los ciegos el lugar exacto? Tal vez por el olfato, por el perfume de los árboles como un limón maduro. Aspiró el aire. Conocía aquel olor, era el de eucaliptos. Podía imaginarlos en hileras cerradas, a cada lado del camino que recorrían. Tal vez no fuera una carretera, apenas un simple camino, ¿cómo saberlo? La fila se detuvo; habían llegado. Era difícil acostumbrarse a las transiciones bruscas que traía consigo la ausencia de visión. No sabían el tamaño de la propiedad, ni si era segura, nada. Les permitieron hablar e hicieron preguntas rápidas, simultáneas, no siempre respondidas. Había en la casa ocho ciegos y unos pocos empleados. Vasco dijo que descansaran, pero ya estaban sentados o echados en el suelo. Wladas se situó cerca de su vecino de apartamento. Algunos dormían en el duro piso, los niños en el cuello de sus padres. Del fondo llegaban sollozos ahogados como si provinieran de otra habitación, y alguien hablando abajo. Provisionalmente habían terminado la lucha urgente para no morir de hambre. Los ciegos trajeron una sopa fría, donde parecía haber miel o avena. Vasco dirigía la difícil maniobra para que nadie chocara con nadie. Estaban a cubierto y tenían comida. ¿Y los demás que habían quedado en la ciudad, los enfermos en los hospitales, los niños pequeños...? Nadie podía ni quería saber. Las mayores desgracias colectivas impresionan menos que las más pequeñas que nos afectan directamente. Los refugiados no tenían que «cerrar los ojos» a las escenas de desamparo e inanición dejadas atrás, en las calles y las casas. Estaban encerrados dentro de sí mismos, con las suposiciones y pensamientos girando en una engañosa sucesión.
Mientras Wladas había circulado por su barrio y apartamento, había sido capaz de recordar la forma de los edificios, muebles y objetos. En su nuevo ambiente, sus dedos inexpertos tocando aquí y allá no le daban ninguna base para una idea de conjunto. Él, Vasco y otros estaban reunidos en un círculo para establecer una norma de vida a seguir. Era evidente que en poco tiempo podían igualar la experiencia de los ciegos. En los huertos había zanahorias, tomates, verduras, etc. En los árboles frutales, algunos frutos a punto de comer. Habría que establecer raciones iguales, un poco más grandes para los niños. Se especulaba que las verduras, con tantos días sin la luz del sol, no iban a prosperar. El encargado del pequeño corral informó que desde el primer día sin luz había seguido alimentando a las gallinas, pero que desde entonces no habían puesto ni un huevo. Las cabras estaban sueltas y no sabían si habían sobrevivido o no.
Cada refugiado debería ayudar en los trabajos generales. Aunque su cooperación valdría menos que los problemas de conducirles y enseñarles.
Con la tensión del peligro inmediato relajada, Wladas empezaba a sentir las reacciones que provocaba la oscuridad. Sus palabras ya no seguían un camino directo a los ojos del interlocutor, no había nada que reforzara sus argumentaciones, un leve fruncir del ceño, una señal aprobadora con la cabeza... Hablar sin ver a nadie implicaba siempre la duda de si se era escuchado o no. Con los músculos del rostro inertes, comprendía ahora la falta de expresión que exhiben siempre los ciegos. Los diálogos perdían naturalidad, y cuando no se obtenía una respuesta inmediata parecía como si nadie escuchara.
También cuidaron de los problemas del alojamiento, que sería colectivo, en un barracón con camastros de paja recubiertos con tela impermeable. Fue regulado el uso de las pocas instalaciones sanitarias. Vasco informó que eran las diez de la noche y que debían dormir. Cada ciego quedó encargado de instruir a un pequeño grupo, al que llamaba por sus nombres y conducía en fila. Chocar contra obstáculos era algo muy común. Alguien hizo un chiste sobre ello y hubo una inesperada risa general, como si la desterrada alegría hubiera vuelto, por unos segundos, para iluminar los pensamientos ocultos en las tinieblas.
Wladas durmió con un sueño pesado, poblado de pesadillas sin continuidad, llenas de luces fuertes y una angustia que lo envolvía. Se despertó bruscamente y, durante un momento, esperó a que alguien encendiera una luz. Aceptaba la realidad de la ceguera como algo fantástico y transitorio. Imaginaba que, en otros países, era probable que la situación fuese distinta. Laboratorios y hombres de ciencia estarían investigando en busca de la salvación para todos. Hasta que un ciego viniera a buscarle debía permanecer en el mismo lugar. No quería despertar a nadie. Susurró el nombre de Vasco y esperó. No sabía cómo, pero él sabía enseñarle aquel mundo vacío donde las cosas se materializaban debajo de los pies o pegadas a sus dedos. Era cierto que esos contactos perduraban en su memoria, y recordaba el agujero en el suelo del día anterior, y sus manos reconocían una forma tocada antes. Pero cuando manos y pies tanteaban un nuevo camino, sólo los sonidos orientaban, y a menudo había que llamar pidiendo auxilio, aguardar a la experiencia de aquellos que eran hijos definitivos de la oscuridad.
Estaban en el sexto día sin luz. La temperatura descendió, pero era normal en esa época del año. De modo que el sol debía de alcanzar, de alguna manera, la atmósfera. El fenómeno no debía de ser de orden cósmico. Alguien citó las profecías de la Biblia, el fin de los tiempos. Otro sugirió una misteriosa invasión de otro planeta. Hablando en voz alta, en la oscuridad. Wladas intentaba poner equilibrio en las suposiciones, filtrándolas en relación a lo que la ciencia podía elucidar Al parecer no se trataba ni de invasión de otros planetas ni del fin del mundo. La Tierra, en su trayectoria por el espacio, debía de haber penetrado en una sustancia de algún tipo que afectaba al sistema nervioso central al mismo tiempo que impedía la combustión. Eran explicaciones cerebrales tan descabelladas e improbables como las metafísicas y trascendentales. Vasco decía que, sin ni siquiera consultar el reloj, percibía una sutil diferencia entre las horas del día y de la noche. Wladas afirmaba que era el hábito, el organismo acostumbrado a los sucesivos períodos de descansotrabajo. De tanto en tanto alguien trepaba por una escalera situada junto a la puerta, en el lado de fuera, y miraba en las cuatro direcciones. A veces alguien gritaba entusiasmado, anunciando haber percibido vagas claridades. Había un tumulto de alegría, todo el mundo avanzaba con los brazos extendidos hacia la puerta, algunos en dirección opuesta, golpeando contra las paredes y preguntando: «¿Dónde están? ¿Que ocurre, vieron algo, qué fue?» De tanto repetirse, la alegría cuando alguien «vislumbraba» alguna cosa fue desgastándose. Tras exámenes y discusiones, la oscuridad seguía siendo total. La vida se desarrollaba en la granja con algunas contusiones y trastornos, resueltos por los ciegos. Wladas observó que sabía quiénes eran ciegos por el tono de voz. Lo cual no dejaba de ser extraño, puesto que nadie veía.
Los refugiados tenían una nota perceptible de amargura en lo que decían o pedían. Cuando intentaban frases alegres, la oscuridad eliminaba su sonrisa y la vivacidad de sus ojos. Cuando vemos, son esos detalles los que dan a la palabra su cualidad sutil, su especie de intraducible aureola que no existe en la oscuridad. Los ciegos tenían una inflexión de voz diferente. No se podía saber si era la propia oscuridad la que los había hecho cambiar. Era probable que sí. En Vasco percibía con mayor nitidez una actitud firme, la seguridad de quien actúa sabiendo lo que hace y que lo hace mejor que los otros y se siente bien así. Aquellos mismos hombres de bastón blanco y gafas oscuras que preguntaban humildemente cuál era el autobús que llegaba, o pedían que les ayudaran a cruzar la calle, o pasaban tanteando y despertando miradas compasivas de los transeúntes, eran ahora rápidos, eficientes, milagrosos con su habilidad manual. Respondían a las preguntas y llevaban a los refugiados del brazo, con la solicitud y la satisfacción de la caridad prestada que antes recibían. Eran pacientes y tolerantes con los yerros e incomprensiones de sus protegidos. La desgracia particular de ellos había recaído sobre todo el mundo. Algunos olvidaban a veces que aquellos hombres que contaban su vida de un mes atrás, en un mundo de luces y colores, se habían vuelto ahora tan inexpertos como niños en la negrura que los dominaba. Las manos eran insuficientes para los trabajos que la vida y la subsistencia del grupo exigían. Había poco tiempo de descanso, pero después de la última comida del día, los ciegos cantaban, acompañados por dos violines. Wladas notaba un entusiasmo natural e incluso una alegría que la situación no comportaba. Por unos segundos, imaginó a los otros viendo y él ciego como estaba. ¿Cuánta piedad hipócrita y superficial y deprimentes limosnas habrían soportado con sus gafas oscuras y sus bastones blancos? Ahora se desquitaban; eran los guías que prestaban favores y alimentaban generosamente a los de ojos perfectos.
Cuando no se puede alterar una situación, hay que enfrentarse a ella o perecer. Wladas observó que los niños resistían mejor las circunstancias que los adultos. Los dos hijos de su vecino habían tenido miedo al principio, pero la continua proximidad de los compañeros les hizo salir en exploraciones difíciles de controlar. A su madre le hubiera gustado que permanecieran constantemente ligados a ella. Los dos desaparecían, aunque supuestamente no podían alejarse de los demás. Eran reprendidos e incluso llegó a pegarles, lo que provocó la intervención de voces conciliadoras.
Finalmente, y Wladas se sorprendió de ello, adoptaron incluso una rutina. Las idas a las instalaciones sanitarias, la higiene a la orilla del río, las importantes horas de las comidas, que se hacían cada vez más insípidas: verduras mustias, pepinos, tomates, leche, avena, miel, no siempre identificables al paladar. Ninguna catástrofe, ningún acontecimiento humano podría ser más extraordinario y peligroso que aquél. ¿Qué causaba la oscuridad, y cuándo terminaría? ¿Cómo hablar rutinariamente si tal vez estaban ya dentro de las profecías, si aquello podía ser el fin del mundo, vaticinado desde épocas inmemoriales? Había que recalcar esta perspectiva siniestra y pese a todo cuidar de las banalidades esenciales, las ropas y los cuidados corporales, todo lo que nos mantiene vivos desde que nacemos. Muchos rezaban en voz alta, implorando un milagro. ¿Podía un acontecimiento general alterarse con peticiones aisladas? Wladas no los criticaba. Si el rezar proporcionaba un poco de esperanza y paz de espíritu, era también una parcela de salvación. Si bien la negrura que los envolvía traía aparejadas incomodidades y problemas, nada eran en comparación con los pensamientos que la impenetrable pared destilaba en sus cerebros.
Sin la vista para distraer la mente, era difícil soportar los momentos de ocio. La dedicación al trabajo se convertía en una exageración, porque en cuanto se controlaban los movimientos de los dedos, de lo que se iba en busca era de una normalidad cotidiana, una voluntad de conservar un modo de vida absurdo que no podía perdurar por más tiempo. Esa alternativa del final, si el mundo regresaría a la normalidad o los hombres morirían de inanición, constituía un dilema más pesado que la oscuridad que los ahogaba. Wladas no encontraba mucho tiempo para conversar con Vasco. Cuando lo hacía, notaba que había en él una preocupación por el futuro, aunque menos angustiosa que la suya propia. Enfrentados ambos a una experiencia idéntica, se veían imposibilitados de situarse en el punto de vista del otro. Vasco había nacido sin visión y no sabía lo que era perderla. Wladas no podía adivinar el estado de ánimo de quien nunca había llegado a ver. Las habilidades más elementales que aprendía le mostraban la distancia que lo separaba de Vasco y de los demás, manipulando los objetos y construyéndolos cuando era necesario. La rutina se ajustaba a los hábitos y horarios, pero nunca a la expectativa del dudoso fin que la disminución de los alimentos indicaba. Ya estaban en el decimosexto día. Vasco llamó aparte a Wladas. Le dijo que incluso las reservas que habían economizado, de avena, leche en polvo y otros productos que podían consumirse en frío, se estaban terminando. El estado nervioso se agravaba; no sería prudente avisar a los demás. El día anterior uno de los refugiados, aún adolescente, había salido por la puerta al exterior, sin rumbo fijo, para ser recogido poco después, caído en una hoya. Se producían discusiones por tonterías, y se prolongaban sin motivo. La mayoría se hallaba en la frontera de un colapso nervioso que irrumpiría de un momento a otro.
En las primeras horas del decimoctavo día, la gran sala fue despertada por gritos de alegría y animación. Uno de los refugiados, que no conseguía dormir, sintió un cambio en la atmósfera. Subió por la escalera exterior. A la altura del horizonte, había una pálida bola rojiza. Era el sol. Hubo carreras precipitadas, todos salieron al mismo tiempo, empujándose y atropellándose, y se lo quedaron mirando, en una euforia contagiosa, aguardando a que aumentase la luz. Vasco iba de unos a otros preguntando si realmente veían, si no se trataba de un engaño como ocurriera tantas veces. Alguien se acordó de encender un fósforo y tras algunas tentativas, apareció una llama, frágil y sin calor, pero visible a los ojos de quienes la contemplaban como un milagro extraordinario. La luz aumentaba de la misma forma en que desapareciera.
Fue un día perfecto, con esas alegrías inesperadas y totales que actúan como una bebida alcohólica. Los corazones parecían exaltados, llenos de buena voluntad. Los ojos nacían de nuevo como criaturas inocentes sin ninguna maldad. Comieron fuera, y Vasco decidió aumentar las raciones, puesto que los días normales volverían. El sol trazó su esperado camino por el cielo. A las cuatro de la tarde ya se distinguía la silueta de una persona a cuatro metros. Cuando el sol se ocultó la oscuridad se hizo de nuevo completa. Hicieron una hoguera en el patio, de llamas débiles y translúcidas, que consumían poco la madera seca. Se apagaba frecuentemente, los refugiados volvían a encenderla con pedazos de papel y soplidos, conservando la pálida fuente de luz y calor, señal de vida futura. A medianoche fue difícil convencerles de que debían irse a dormir, y lo hicieron tan sólo cuando Vasco insistió. Sólo los niños durmieron aquella noche. Los que aún tenían fósforos los encendían de tanto en tanto y reían para sí mismos, como si hubieran hallado la piedra filosofal de la felicidad.
A las cuatro y media de la mañana estaban en pie, allá fuera. Ninguna madrugada en toda la historia del mundo fue tan esperada como aquélla. No era sólo la belleza de los colores, la poesía del horizonte descubriéndose en nubes y montañas, árboles y mariposas. Al igual que en la Edad del Fuego el hombre conservaba su hoguera y la veneraba, la divinidad de la luz era esperada por los refugiados como el condenado a muerte recibe al oficial que le trae la conmutación de la pena. El sol lucía más fuerte, los ojos desacostumbrados se entrecerraban, los ciegos extendían las palmas de sus manos hacia los rayos, daban vueltas para sentirlos en todo su cuerpo. Wladas nunca fue capaz de describir aquellos momentos. ¿Qué son las palabras para simbolizar una vida que se recupera...? Aparecieron fisonomías desconocidas, pertenecientes a voces conocidas, y se rieron y abrazaron. Las envolturas humanas que guardaban solidaridad y amor se fundieron en aquella madrugada, sin las limitaciones que la propia luz traería después. Los ciegos fueron besados y abrazados, llevados en triunfo. Lloraban, lo cual hacía que los ojos desacostumbrados a la luz se pusieran aún más rojos. Hacia el mediodía las llamas eran normales, y comieron por primera vez desde hacía tres semanas una comida cocida y caliente. Nadie trabajó prácticamente el resto del día, ahítos de luz, absorbiendo las perspectivas, andando por las mismas estancias por las que se habían arrastrado en la oscuridad y que ahora les parecían diferentes y extrañas.
¿Y la ciudad? ¿Cómo estarían allí? Los que tenían parientes borraron sus sonrisas. ¿Cuántos habrían muerto o pasarían necesidad? Wladas sugirió que al día siguiente iría a examinar la situación. Otros se ofrecieron a acompañarle. Se decidió que irían tres.
Wladas pasó mala noche. El impacto de todos aquellos días hacía ahora su efecto. Sus manos temblaban: tenía miedo, no sabía de qué. Volver a la ciudad, recomenzar la vida... El trabajo, los amigos, las mujeres... Los valores que antes eran importantes para él se habían visto trastocados y sepultados por las tinieblas. Era un hombre distinto el que se agitaba ahora en el lecho improvisado, sin poder dormir. Por la puerta entreabierta penetraba un danzante cuadrilátero de luz, procedente de una lamparilla encendida, aviso de que todo estaba bien. Siempre había llevado una existencia tranquila. Haber rozado las fronteras de la muerte, sin visión, había desgastado hasta el límite su resistencia. ¿Qué somos, qué valemos, adonde vamos? La memoria le traía rápidos fragmentos: el ladrido de un perro, un hombre gimiendo en el suelo, su mano blandiendo la palanqueta, Vasco conduciéndolo por las calles, el jefe conversando en la ventanilla... Se mezclaron episodios de su infancia. El sueño le venció poco a poco, pero no dejó de agitarse, luchando contra las pesadillas.
Partieron con el sol naciente, por el camino que conducía a la vía férrea. Uno de ellos era de mediana edad, casado, sin hijos. Su mujer se había quedado en la Granja. El otro tendría la edad de Wladas. Sus hermanos y hermanas vivían al otro lado de la ciudad. Había sido salvado por un ciego y no pudo volver a casa. Caminaron al principio hablando, pero la voluntad de llegar aprisa hacía que apretaran el paso, y el cansancio les alcanzó pronto debido a la insuficiente alimentación de aquellas semanas. Las primeras casas que rodeaban la línea férrea tenían una apariencia normal. Tras una curva surgió la ciudad. Pasados los primeros puentes la vía atravesaba varias calles. Wladas y sus compañeros entraron por una de ellas. Las dos primeras manzanas de casas parecían pacíficas, con gente circulando, más lentamente que antes tal vez. En la siguiente esquina había un grupo de personas llevando a un muerto hacia un camión, tapado con una burda tela. Los acompañantes lloraban. Pasó un vehículo verde del ejército. Difundía por un altavoz un comunicado del gobierno. Había sido decretada la ley marcial. Serían fusilados los que invadieran la propiedad ajena. El gobierno requisaba todos los depósitos de alimentos y los distribuiría según las necesidades. Cualquier vehículo sería requisado si era necesario. Se recomendaba que se comunicasen inmediatamente a la policía todos los lugares de donde surgiera mal olor, para investigar la existencia de cadáveres. Los muertos serían enterrados en fosas comunes...
Wladas no quiso llegar hasta su casa. Recordaba las voces llamando a través de las puertas entreabiertas, y él huyendo, descalzo, abandonándolos a su suerte. Tendría que telefonear si notaba mal olor... Ya había visto suficiente, no quería permanecer más allí. Su joven compañero conversaba con un oficial, y decidió acudir inmediatamente en busca de su familia. Se despidieron emocionados, sin pensar siquiera en dejarse sus domicilios. El otro refugiado quiso volver con Wladas a la granja. Pero éste no podía hacerlo sin auxiliar antes a su hermana. Preguntó si los teléfonos funcionaban y supo que sí, algunos circuitos automáticos. Consiguió comunicar con casa de su cuñado. Tras aguardar un tiempo, respondieron. Estaban muy enflaquecidos, pero vivos. En el edificio había habido cuatro muertes. Wladas les contó rápidamente cómo se había salvado, y preguntó si le necesitaban. No era necesario, había comida, estaban mejor que otros.
Todo el mundo conversaba con desconocidos, contándose sus historias. Los niños y los enfermos eran quienes más habían sufrido. Se habían producido casos de muertes en circunstancias aterradoras. Los servicios públicos se reorganizaban, con la ayuda del ejército, para socorrer a los desamparados, enterrar a los muertos y recomenzarlo todo. Wladas y su compañero no quisieron saber nada más. Habían caminado algunas manzanas y comido lo poco que trajeran. Se sentían agotados, con un terrible cansancio de la razón, viendo y oyendo cosas extrañas, donde lo absurdo no era una hipótesis, sino que había ocurrido, a despecho de la lógica y de las leyes científicas.
Regresaron por los raíles aún vacíos, los dos, caminando lentamente, bajo un agradable cielo nuboso. Los verdes árboles se estremecían con la brisa, algunos pájaros volaban por entre los brotes. ¿Cómo habían podido sobrevivir a la oscuridad? Wladas pensaba en todo esto mientras sus doloridas piernas le conducían hacia adelante. Sus certidumbres científicas ya no valían nada. En aquel mismo instante hombres enflaquecidos hacían funcionar computadoras electrónicas, los microscopios escrutaban sus portaobjetos, los religiosos explicaban en sus templos la voluntad de Dios, los políticos redactaban decretos, las madres lloraban a los muertos que quedaron en la oscuridad...
Dos seres fatigados caminaban por entre los raíles. Traían noticias, tal vez mejores de lo que esperaban. El hombre había resistido. Royendo alimentos impropios, tomando cualquier líquido, habían pasado tres semanas en el mundo de los ciegos. Wladas y su compañero volvían tristes y enflaquecidos, pero con el ardor de la secreta alegría de estar vivos. Por encima de las especulaciones racionales permanecía el misterio de la sangre corriendo, el placer de amar, realizar cosas, agitar los músculos y sonreír. Vistos a distancia, los dos hombres eran mucho más pequeños que los raíles paralelos que los delimitaban. Sus pensamientos saltaban por encima de las fronteras y del tiempo. Sus cuerpos volvían a lo cotidiano, sujetos a las fuerzas y a los descontroles, desde el principio de las eras.
Había planetas, sistemas solares y galaxias. Eran apenas dos hombres, cercados por raíles impasibles, volviendo a casa con sus problemas.

André Carneiro

André Carneiro ha hecho mucho por la ciencia ficción en el Brasil. Entre otras obras se le deben dos libros de relatos —Diario da nave perdida (1963, que incluye el cuento aquí presentado) y O homen que adivinhava (1967)—, una novela —Piscina livre (1975)— y la recopilación de dos antologías: Histórias do acontecerá (1961) y Além do tempo e do espaço (1965). Hay que apuntar también en su haber un excelente ensayo: Introduçao ao estudo da 'sience-fiction’ (1968).
Su cuento A escuridño, que aquí les ofrecemos, dio origen a un guión del escritor norteamericano Leo Barrow y ha sido incluido en una antología mundial de los mejores relatos de 1962. Su obra ha sido traducida a varios idiomas, entre ellos el español, el inglés y el sueco.

Lo mejor de la ciencia ficción latinoamericana
Bernard Goorden, Alfred E. van Vogt
(recopiladores)

 

Ciencia ficción latinoamericana

Primera necesidad


Cuando entró el Flaco, yo había llegado ya al límite de mi resistencia y estaba pensando en tomar medidas drásticas. Incluso tenía en la mano la tenaza de mecánico que me había prestado Willogh, y estaba sopesando los pros y los contras. Ignoro lo que hubiera ocurrido entonces; pero, afortunadamente, fue en ese preciso momento cuando el Flaco llegó con noticias.
Casi me abalancé sobre él.
—¿Y?
Sonrió, confortador.
—Hecho, patrón —dijo—. Ya está localizado el A. P. N. Puede estar tranquilo.
Lo invité a sentarse en un cajón y me ubiqué frente a él.
—¿Son muchos? —le pregunté.
—Bueno... —repuso, tras meditarlo unos instantes—. Son bastantes, pero tienen tres tullidos y un ciego. Creo que podremos arreglárnoslas, sobre todo si les caemos de sorpresa. Se ve a la legua que son novatos; no conocen esto.
—Podremos —afirmé. Teníamos que poder, me dije—. Y una cosa, Flaco: ¿qué hay del A. P. N.? ¿Es hombre o mujer?
Se rascó un sobaco bajo la piel de perro que lo cubría y luego contestó:
—Eso no se lo puedo decir. La información me la pasó Sammy, y no me habló nada de ese asunto.
—Pues espero que sea hombre —dije—. Si no, la cosa se va a complicar el doble... Bueno, llama a los otros, Flaco—ordené.
En un minuto estuvo reunido todo el elemento masculino del grupo. Se ubicaron como pudieron entre los escombros y me miraron como el perro al amo. Ya sabían de qué se trataba, y había tres o cuatro que estaban tan desesperados como yo mismo. Mejor, pensé; de ese modo, van a luchar con todo.
—Bueno, chicos—comencé—, el A. P. N. ha sido localizado. El Flaco, aquí presente, les va a dar toda la información. Adelante, Flaco.
Avanzó él un tanto aparatosamente —no puede olvidarse de sus buenos tiempos de orador gremialista, supongo—, y se apoyó sobre el garrote, asumiendo una actitud que debió de haberle parecido sumamente digna, y que en verdad tenía algo de eso; pero hubiese resultado mejor si la cabeza pelada y las cicatrices no hubiesen atentado contra el efecto general.
—Son unos treinta, según me transmitió Sammy—manifestó—. Están en el Metropolitan Museum. Bastante protegidos, claro; hay escombros obstruyendo casi todas las avenidas que los rodean... Pero nosotros iremos abriendo un camino —levantó un índice audaz y declamante—, con nuestro esfuerzo común y vuestro espíritu de grupo y, todos juntos, sabremos llegar al pináculo de...
—Basta, Flaco —le interrumpí—. No estamos en una asamblea. Haríamos mejor en empezar a preparar el ataque.
Y nos pusimos manos a la obra. Somos un grupo ducho en esas lides, aunque como jefe me esté mal el decirlo, y en contados minutos teníamos esbozado un plan de ataque.
—No esperaremos a la noche —indiqué—. Eso es lo que hace todo el mundo, y ya no hay forma de sorprender a nadie de tal modo. Nosotros les caeremos encima en pleno mediodía —ignoré el murmullo que se levantó de inmediato y proseguí—: Cuando el calor apriete bien, la mayoría estará sesteando, y los centinelas no esperarán nada más peligroso que la picadura de un mosquito. Será el momento justo para darles con todo.
—Un minuto —objetó «Doc», mirándome desde atrás de los aros sin cristales que se ha empeñado en conservar sobre los ojos, contra viento y marea, si bien no hacen juego con el tapado de visón que usa sobre sus destrozados paños menores—. Si vamos tan a la descubierta nos verán en seguida y les será fácil emboscarnos. ¡Estás loco, Matt! Tenemos que ir de noche, como es lo más lógico.
—Cállate, «Doc». No demuestres tu inteligencia atrofiada de esa manera. ¿Quién habló de ir a la descubierta? Nos iremos ocultando tras las ruinas, idiota. Los rodeamos, después uno o dos se hacen ver y, cuando ellos intenten apresarlos, los demás les caemos desde todos lados. Es el mejor modo, te digo.
—¡Matt tiene razón! —gritó Bull.
Bull me apoya eternamente. Fue semipesado, como yo, y unos buenos puños son las únicas credenciales que reconoce. Cuando me hice jefe, entre él y yo acabamos con la poca oposición que se nos presentó... y ahora lo veía dispuesto a emplear análogos métodos contra los que no se mostrasen de acuerdo. Pero no era el momento. Necesitábamos a todos en perfecta forma. Se lo hice entender a Bull y procedí a emplear el raciocinio.
—Todas las defensas se preparan teniendo en vista ataques nocturnos —expliqué pacientemente—; una arremetida en pleno día los dejará pasmados.
—¿Cómo sabes que habrá donde esconderse? —volvió a entremeterse «Doc» a destiempo.
—No te preocupes. El Flaco y yo exploramos las inmediaciones del Central Park hace unos días..., con Durkey. Hay montañas de escombros por todos lados. Árboles caídos, follaje..., de todo. En cuanto al Metropolitan, tiene un boquete grande como un elefante en la pared de atrás. Por ahí nos podríamos colar, si fuera preciso..., ¿no es cierto, Flaco? Si los agarramos en el salón principal, están fritos.
Hubo algunos testarudos todavía, pero finalmente los pudimos convencer. Entonces pasamos a preparar en forma el armamento. Pulimos los garrotes y les colocamos nuevas tiras de cuero en las puntas; nos calzamos lo mejor posible —yo tenía unas botas de charol que había desenterrado de las ruinas de una tienda, Macy's, creo— y quien podía se protegió la cabeza. A mí me hubiese gustado resguardármela, especialmente la mitad calva, pero había perdido el casco de bombero días atrás, al intentar cruzar el Puente de Brooklyn colgado de los cables menos destrozados. Ordenamos además a las mujeres ponerse a preparar agua caliente y trapos, porque había que estar prontos para curar a quienes lo necesitasen.
No esperábamos salir intactos, claro. Yo me reservé a dos de ellas para otro trabajo. Se me había ocurrido algo que daría el toque maestro a nuestro plan de combate. Por último, quedaba lo más importante: había que revisar a conciencia a cada uno de los del grupo, por si alguno tenía armas encima. Sin ir más lejos, un mes antes se había colado un puñal en una pelea y había resultado un tipo muerto. Esas son cosas que es preciso evitar a toda costa. Quedamos muy pocos en Manhattan, como para darnos el lujo de liquidarnos así. Liarse a garrotazos está bien; es la ley de los grupos y, por desgracia, la única manera de entenderse. Pero nada de tiros ni cuchilladas. Al que rompe esa ley cardinal, se le condena al ostracismo riguroso. Es el peor castigo. Un hombre solo no dura mucho en estos días. Si no muere de hambre lo terminan los perros salvajes o las ratas, o lo aplasta algún derrumbe atrasado... Es una ley muy dura; pero no cabe duda de que es la única forma de evitar la suciedad en las luchas de grupos.
Por fin estuvimos listos para marchar. Una gallarda tropa, me dije amargamente, pensando en Corea y mirando las fachas de mis hombres, adornados con cicatrices y moretones, y engalanados como para un Carnaval. Pero sabían dar fuerte, y eso era lo principal. Nos pusimos en marcha, avanzando agachados por detrás de las colinas de ladrillo, argamasa, cemento y vigas retorcidas que alguna vez —¿cuánto hacía ya de eso?— habían recibido el elegante nombre de Rockefeller Center.
Imposible avanzar por la Quinta Avenida. Ni con una grúa nos hubiésemos abierto paso. Madison, por el contrario, estaba demasiado llana. No nos convenía. Siempre hay algún vigía rondando por ahí. Tomamos la de las Américas, cortando por callejones laterales cada vez que los obstáculos se hacían demasiado grandes como para superarlos. A la altura de la calle Cincuenta y Siete, nos frenó el agujero más grande que había visto hasta entonces.
—¡Alto! —ordené, levantando una mano—. Una «mastodontera».
Así le llamamos a los hoyos de bomba. El nombre clásico de «zorreras» resultaría inadecuado...: ¿quién ha oído hablar jamás de zorros de noventa y ocho metros? La «mastodontera» estaba inundada. Podríamos haberla cruzado sobre los tablones que flotaban dentro de la lodosa agua, pero aquello era ponerse demasiado en evidencia. Preferí dar un rodeo por detrás de los escombros hasta Columbus. Esto nos alejó bastante, pero era mejor ser prudentes.
Entramos al parque por la Sesenta y seis. A golpe de garrote nos fuimos abriendo camino a través de la verdadera selva que era todo aquello. Ya era casi mediodía y el calor empezaba a hacerse sentir. La transpiración nos pegaba las pieles al cuerpo. Un «perfume» no muy floral comenzó a invadir nuestras inmediaciones.
—¡Maldita sea! —gruñó Curls, rascándose el protuberante abdomen peludo—. Nos van a descubrir por el olor... Tendríamos que bañarnos una vez al año, por lo menos.
Algunos se rieron. Yo no pude. Me acaricié la mejilla.
—Tenemos que arrebatarles al A. P. N. —y mis dedos aferraron el garrote.
—¡Cállense, animales! —masculló Bull, colérico—. ¡Nos van a oír!
Atravesamos lo que había sido el zoológico, ahora un bosque de barrotes hechos pasta dentífrica, y cuerpos de bestias en descomposición. Dos gatos, que banqueteaban sobre los restos de un inidentificable cuadrúpedo, salieron disparados, todo huesos, erizada piel y amarillos ojos enloquecidos. No pude evitar estremecerme ante la vista pesadillesca de los felinos... Me pregunté qué aspecto tendría yo mismo, con barba de seis semanas —de un solo lado de la cara—, una mejilla hinchada y media cabeza lisa como un flan; para colmo, iba con unos pantalones de mujer y empuñaba un garrote.
Salimos del Zoo y nos fuimos escurriendo por debajo de un gigantesco tronco. La suerte parecía sonreímos: las ramas y las hojas formaban un verdadero telón delante de nosotros. Podríamos acercarnos bastante sin ser vistos.
Por fin avistamos la aguja del Obelisco de Cleopatra. Irónicamente, se mantenía en pie, en tanto que el Empire, el Chrisley y la Catedral de San Patricio, siglos más jóvenes, mordían el asfalto. Al lado del obelisco, el viejo Metropolitan Museum exhibía sus heridas, sangrantes de manipostería.
—Bueno —anuncié—. Es el turno de los voluntarios.
Hubo un silencio. Todos parecían interesados en mirar a otra parte.
Bull ofreció:
—Yo te convenzo a unos cuantos, Matt —y cerró los enormes puños; pero yo sacudí la cabeza.
—Contigo y conmigo bastará, Bull. Los demás, quedan a las órdenes del Flaco. Rodeen el sitio, y cuando vean que yo señalo hacia el obelisco, ataquen.
Alguno protestó todavía, pero al fin quedó convencido.
Bull y yo cargamos con unos cueros de vaca rellenos de papeles —éste era el trabajo que había encomendado antes a las mujeres—, y caminamos sin vacilar hacia el ruinoso museo.
No pasó mucho tiempo sin que nos gritaran que nos detuviéramos.
—¡Queremos unirnos a su grupo! —vociferé—. ¡Traemos comida!
Abracadabra. Los cueros de vaca rellenos parecían, de lejos, un animal muerto, y los individuos estaban tan hambrientos que ni desconfiaron. Vacilaron un poco, pero al cabo fueron emergiendo uno por uno de la madriguera. Nos rodearon, relamiéndose por anticipado.
—¿De dónde vienen? —preguntó un gigante de espesa barba rubia, que sin duda era el jefe. Llevaba un cuello alto y unos estrafalarios shorts de Bermuda.
—Del campo —repuse.
—¿Cómo no les vimos acercarse?
—Es que vinimos atravesando el parque. Por aquel lado —dije, y señalé hacia el obelisco.
La mía era una tropa disciplinada. En pocos segundos estuvieron sobre nosotros. La sorpresa fue total. El ruido de los cráneos sacudidos era una gloria. Entre el maremágnum de los garrotazos, busqué con los ojos al A. P. N. No me cosió ubicarlo. Era hombre, por fortuna. Su actitud era la acostumbrada. Miraba la lucha con aire un poco ausente, como si sólo en forma indirecta le concerniese. Había algo de dilettante en su porte, algo de espectador de un partido de rugby. El condenado sabía que, cualquier que fuese el resultado, él seguiría pasándoselo bien. No le importaba gran cosa qué grupo lo adoptase. Se notaba incluso que estaba habituado a pasar con frecuencia de mano en mano. Acodado en una de las ventanas, sus ojuelos astutos nos observaban condescendientes.
Por fin el rubio alzó la mano.
—Es... tá bien —jadeó, restañándose la sangre que le fluía de la aplastada nariz, otrora prominente—. Ganaron ustedes... ¿Qué... cuernos... quieren?
—La sacan barata —contesté—. Nos quedamos con el A. P. N. Pueden llevarse todo lo demás.
Hubo un mirar de súplica en sus ojos grises; pero no me ablandó. Primero está el grupo de uno, y además... Con un temblor, recordé las tenazas de mecánico.
Se fueron. El individuo de la ventana, comprendiendo, descendió lentamente a nuestro encuentro. Era bajito y calvo, y había en sus maneras un insultante aire de superioridad. Vestía un traje bastante discreto, si bien lucía un remiendo de color bermellón precisamente en el trasero. Bajo el brazo, noté con tremendo alivio un portafolios negro.
—Me gusta el pescado —dijo a bocajarro.
—Está bien—repliqué.
—Y dormir en colchón blando, si no le importa.
—Está bien..., lo tendrá.
—Habrá un buen techo, claro —insinuó.
—Y fuego, y mujeres, y todo lo que quiera —aseguré.
Se pasó la lengua por los finos labios.
—Mujeres... ¿con pelo?
—Nos quedan nueve. Dos rubias —y me mordí la lengua pensando en Lydia.
—Perfectamente. Me quedo con ustedes.
En un instante lo rodearon, pero yo me abrí paso a empujón limpio.
—¡Atrás, marranos! —grité.
Arrastré al hombrecito por un brazo, ignorando el gutural coro de protestas que provoqué. Penetré con el Artículo de Primera Necesidad en el museo y me desplomé en el primer asiento que encontré.
Lo miré anhelante.
—Yo primero, doctor —pedí—. ¡Esta maldita muela me está matando!
Y abrí la boca tan grande como pude.

 

 Carlos María Federici

Nacido en Montevideo (Uruguay) en 1941, Carlos María Federici, dibujante e ilustrador de talento, es ante todo un autor de obras policíacas, en cuyo género tiene publicados muchos cuentos y excelentes novelas tales como La orilla roja (1972), Mi trabajo es el crimen (1974) y Dos caras para un crimen (1975). Fue la revista española Nueva Dimensión la que lo reveló como un excelente autor de ciencia ficción, precisamente con este cuento. Desde entonces ha seguido publicando su obra con regularidad en la mayoría de las publicaciones del género.

 

Lo mejor de la ciencia ficción latinoamericana
Bernard Goorden, Alfred E. van Vogt
(recopiladores)

Relatos de Julio Garmendia

El cuento ficticio

Hubo un tiempo en que los héroes de historia éramos todos perfectos y felices al extremo de ser completamente inverosímiles. Un día vino en que quisimos correr tierras, buscar aventuras y tentar la fortuna, y andando y desandando de entonces acá, así hemos venido a ser los descompuestos sujetos que ahora somos, que hemos dado en el absurdo de no ser absolutamente ficticios, y de extraordinarios que éramos nos hemos vuelto verosímiles, y aún verídicos, y hasta reales…

 

El alma

Qué viene a buscar el Diablo en mis aposentos?  ¿Y por qué se toma la molestia de tentarme? (…) Nunca requerí su presencia para caer en pecado. En cambio, seguramente viven a estas mismas horas personas suficientemente virtuosas  para que pueda el Maligno ocuparse con fruto de inducirlas a pecar. Existen sin duda muchas gentes honradas que muy bien pudieran ser digna ocupación del diablo…

Julio Garmendia.

La tienda de muñecos. Monte Avila Latinoamericana, C. A., Caracas, 1980

Fantasía

Las modernas fantasías son muy sofisticadas, elaborados tratamientos de motivos populares. Tras la fachada de la voluble y locuaz irrealidad, subyacen con frecuencia tajantes comentarios sobre el mundo de hoy. La fantasía al estilo moderno constituye esencialmente un alimento para adultos.

Isaac Asimov

Cosa de críos. Los mejores relatos de ciencia ficción, Círculo de lectores S.A., Bogotá, 1985.

La perfecta señorita

Theodora, o Thea como la llamaban, era la perfecta señorita desde que nació. Lo decían todos los que la habían visto desde los primeros meses de su vida, cuando la llevaban en un cochecito forrado de raso blanco. Dormía cuando debía dormir. Al despertar, sonreía a los extraños. Casi nunca mojaba los pañales. Fue facilísimo enseñarle las buenas costumbres higiénicas y aprendió a hablar extraordinariamente pronto. A continuación, aprendió a leer cuando apenas tenía dos años. Y siempre hizo gala de buenos modales. A los tres años empezó a hacer reverencias al ser presentada a la gente. Se lo enseñó su madre, naturalmente, pero Thea se desenvolvía en la etiqueta como un pato en el agua.

-Gracias, lo he pasado maravillosamente -decía con locuacidad, a los cuatro años, inclinándose en una reverencia de despedida al salir de una fiesta infantil. Volvía a su casa con su vestido almidonado tan impecable como cuando se lo puso. Cuidaba muchísimo su pelo y sus uñas. Nunca estaba sucia, y cuando veía a otros niños corriendo y jugando, haciendo flanes de barro, cayéndose y pelándose las rodillas, pensaba que eran completamente idiotas. Thea era hija única. Otras madres más ajetreadas, con dos o tres vástagos que cuidar, alababan la obediencia y la limpieza de Thea, y eso le encantaba. Thea se complacía también con las alabanzas de su propia madre. Ella y su madre se adoraban.

Entre los contemporáneos de Thea, las pandillas empezaban a los ocho, nueve o diez años, si se puede usar la palabra pandilla para el grupo informal que recorría la urbanización en patines o bicicleta. Era una típica urbanización de clase media. Pero si un niño no participaba en las partidas de «póquer loco» que tenían lugar en el garaje de algunos de los padres, o en las correrías sin destino por las calles residenciales, ese niño no contaba. Thea no contaba, por lo que respecta a la pandilla.

-No me importa nada, porque no quiero ser uno de ellos -les dijo a sus padres.

-Thea hace trampas en los juegos. Por eso no queremos que venga con nosotros -dijo un niño de diez años en una de las clases de Historia del padre de Thea.

El padre de Thea, Ted, enseñaba en una escuela de la zona. Hacía mucho tiempo que sospechaba la verdad, pero había mantenido la boca cerrada, confiando en que la cosa mejorara. Thea era un misterio para él. ¿Cómo era posible que él, un hombre tan normal y laborioso, hubiese engendrado una mujer hecha y derecha?

-Las niñas nacen mujeres -dijo Margot, la madre de Thea-. Los niños no nacen hombres. Tienen que aprender a serlo. Pero las niñas ya tienen un carácter de mujer.

-Pero eso no es tener carácter -dijo Ted-. Eso es ser intrigante. El carácter se forma con el tiempo. Como un árbol.

Margot sonrió, tolerante, y Ted tuvo la impresión de que hablaba como un hombre de la edad de piedra, mientras que su mujer y su hija vivían en la era supersónica.

Al parecer, el principal objetivo en la vida de Thea era hacer desgraciados a sus contemporáneos. Había contado una mentira sobre otra niña, en relación con un niño, y la chiquilla había llorado y casi tuvo una depresión nerviosa. Ted no podía recordar los detalles, aunque sí había comprendido la historia cuando la oyó por primera vez, resumida por Margot. Thea había logrado echarle toda la culpa a la otra niña. Maquiavelo no lo hubiera hecho mejor.

-Lo que pasa es que ella no es una sinvergüenza -dijo Margot-. Además, puede jugar con Craig, así que no está sola.

Craig tenía diez años y vivía tres casas más allá. Pero Ted no se dio cuenta al principio de que Craig estaba aislado, y por la misma razón. Una tarde, Ted observó cómo uno de los chicos de la urbanización hacía un gesto grosero, en ominoso silencio, al cruzarse con Craig por la acera.

-¡Gusano! -respondió Craig inmediatamente.

Luego echó a correr, por si el chico lo perseguía, pero el otro se limitó a volverse y decir:

-¡Eres un mierda, igual que Thea!

No era la primera vez que Ted oía tales palabras en boca de los chicos, pero tampoco las oía con frecuencia y quedó impresionado.

-Pero, ¿qué hacen solos, Thea y Craig? -le preguntó a su mujer.

-Oh, dan paseos. No sé -dijo Margot-. Supongo que Craig está enamorado de ella.

Ted ya lo había pensado. Thea poseía una belleza de cromo que le garantizaría el éxito entre los muchachos cuando llegara a la adolescencia y, naturalmente, estaba empezando antes de tiempo. Ted no tenía ningún temor de que hiciera nada indecente, porque pertenecía al tipo de las provocativas y básicamente puritanas.

A lo que se dedicaban Thea y Craig por entonces era a observar la excavación de un refugio subterráneo con túnel y dos chimeneas en un solar a una milla de distancia aproximadamente. Thea y Craig iban allí en bicicleta, se ocultaban detrás de unos arbustos cercanos y espiaban riéndose por lo bajo. Más o menos una docena de los miembros de la pandilla estaban trabajando como peones, sacando cubos de tierra, recogiendo leña y preparando patatas asadas con sal y mantequilla, punto culminante de todo esfuerzo, alrededor de las seis de la tarde. Thea y Craig tenían la intención de esperar hasta que la excavación y la decoración estuvieran terminadas y luego se proponían destruirlo todo.

Mientras tanto a Thea y a Craig se les ocurrió lo que ellos llamaban «un nuevo juego de pelota», que era su clave para decir una mala pasada. Enviaron una nota mecanografiada a la mayor bocazas de la escuela, Verónica, diciendo que una niña llamada Jennifer iba a dar una fiesta sorpresa por su cumpleaños en determinada fecha, y por favor, díselo a todo el mundo, pero no se lo digas a Jennifer. Supuestamente la carta era de la madre de Jennifer. Entonces Thea y Craig se escondieron detrás de los setos y observaron a sus compañeros del colegio presentándose en casa de Jennifer, algunos vestidos con sus mejores galas, casi todos llevando regalos, mientras Jennifer se sentía cada vez más violenta, de pie en la puerta de su casa, diciendo que ella no sabía nada de la fiesta. Como la familia de Jennifer tenía dinero, todos los chicos habían pensado pasar una tarde estupenda.

Cuando el túnel, la cueva, las chimeneas y las hornacinas para las velas estuvieron acabadas, Thea y Craig fingieron tener dolor de tripas un día, en sus respectivas casas, y no fueron al colegio. Por previo acuerdo se escaparon y se reunieron a las once de la mañana en sus bicicletas. Fueron al refugio y se pusieron a saltar al unísono sobre el techo del túnel hasta que se hundió. Entonces rompieron las chimeneas y esparcieron la leña tan cuidadosamente recogida. Incluso encontraron la reserva de patatas y sal y la tiraron en el bosque. Luego regresaron a casa en sus bicicletas.

Dos días más tarde, un jueves que era día de clases, Craig fue encontrado a las cinco de la tarde detrás de unos olmos en el jardín de los Knobel, muerto a puñaladas que le atravesaban la garganta y el corazón. También tenía feas heridas en la cabeza, como si lo hubiesen golpeado repetidamente con piedras ásperas. Las medidas de las puñaladas demostraron que se habían utilizado por lo menos siete cuchillos diferentes.

Ted se quedó profundamente impresionado. Para entonces ya se había enterado de lo del túnel y las chimeneas destruidas. Todo el mundo sabía que Thea y Craig habían faltado al colegio el martes en que había sido destrozado el túnel. Todo el mundo sabía que Thea y Craig estaban constantemente juntos. Ted temía por la vida de su hija. La policía no pudo acusar de la muerte de Craig a ninguno de los miembros de la pandilla, y tampoco podían juzgar por asesinato u homicidio a todo un grupo. La investigación se cerró con una advertencia a todos los padres de los niños del colegio.

-Sólo porque Craig y yo faltáramos al colegio ese mismo día no quiere decir que fuésemos juntos a romper ese estúpido túnel -le dijo Thea a una amiga de su madre, que era madre de uno de los miembros de la pandilla. Thea mentía como un consumado bribón. A un adulto le resultaba difícil desmentirla.

Así que para Thea la edad de las pandillas -a su modo- terminó con la muerte de Craig. Luego vinieron los novios y el coqueteo, oportunidades de traiciones y de intrigas, y un constante río, siempre cambiante, de jóvenes entre dieciséis y veinte años, algunos de los cuales no le duraron más de cinco días.

Dejemos a Thea a los quince años, sentada frente a un espejo, acicalándose. Se siente especialmente feliz esta noche porque su más próxima rival, una chica llamada Elizabeth, acaba de tener un accidente de coche y se ha roto la nariz y la mandíbula y sufre lesiones en un ojo, por lo que ya no volverá a ser la misma. Se acerca el verano, con todos esos bailes en las terrazas y fiestas en las piscinas. Incluso corre el rumor de que Elizabeth tendrá que ponerse la dentadura inferior postiza, de tantos dientes como se rompió, pero la lesión del ojo debe ser lo más visible. En cambio Thea escapará a todas las catástrofes. Hay una divinidad que protege a las perfectas señoritas como Thea.

Patricia Highsmith

Tomado de www.apocatastasis.com

La Familia del Vourdalak

Fragmento Inédito de las Memorias de un Desconocido
(Sem'ya Vurdalaka-1847)

En el año de 1815 se reunió en Viena lo más distinguido en materia de erudición europea, espíritus brillantes de la sociedad y de enormes capacidades diplomáticas. Cuando el Congreso concluyó, los monárquicos emigrados se preparaban para regresar definitivamente a sus castillos, los guerreros rusos a ver de nuevo sus hogares abandonados y algunos polacos partían a disgusto por tener que llevar con ellos su amor a la libertad a Cracovia, para ponerla bajo la triple y dudosa independencia que supuestamente habían logrado el príncipe Metternich, el príncipe de Hardenberg y el conde de Nesselrode.

Parecido al fin de un baile animado, la reunión hacía poco tiempo muy concurrida se redujo a un pequeño número de personas dispuestas al placer que, fascinadas por los encantos de las damas austriacas, se demoraban en cerrar el equipaje y postergaban su marcha.

Esta feliz sociedad, de la que yo formaba parte, se reunía dos veces por semana en el castillo de la señora princesa viuda de Schwarzemberg, a pocas millas de la ciudad, al lado de un pequeño burgo llamado Hitzing. Los buenos modales de la anfitriona del lugar eran realzados por la gentil amabilidad y la finura de su espíritu, y hacían deleitosa la estancia en su residencia.

Las mañanas estaban destinadas a dar paseos; merendábamos todos juntos, en el castillo o en los alrededores y, en la noche, sentados alrededor de un agradable fuego de chimenea, nos entreteníamos conversando y contando historias. Estaba estrictamente prohibido hablar de política. Ya habíamos tenido demasiado, y preferíamos los relatos de leyendas de nuestros respectivos países o de nuestras evocaciones.

Una noche, cuando ya cada uno había contado alguna cosa y nuestros ánimos se encontraban en ese estado de tensión que por lo común la oscuridad y el silencio incrementan, el marqués de Urfé, viejo emigrado a quien todos estimábamos por su alegría juvenil y por la forma atrevida de hablar de su antigua buena fortuna, aprovechó un momento de silencio y tomó la palabra:

—Vuestras historias, señores —nos dijo—, sin duda son asombrosas, pero es de mi parecer que les falta algo esencial, quiero decir, la autenticidad. Que yo sepa ninguno de vosotros ha visto con sus ojos las cosas maravillosas que acaban de narrar, como tampoco puede asegurar su veracidad bajo palabra de honor.

Fuimos obligados a reconocerlo y el anciano, acariciándose la papada, continuó:

—En cuanto a mí, señoras, no conozco sino una sola aventura de ese género, pero al mismo tiempo es tan extraña, tan horrible, y tan verdadera que ella sola es suficiente para herir de espanto el espíritu del más incrédulo. Desgraciadamente fui testigo y actor al mismo tiempo, y aunque no me gusta recordarla, esta vez con placer les narraré la historia, siempre que las damas lo consientan.

La aprobación fue unánime. Algunas miradas, temerosas ante la perspectiva de escuchar una narración verdadera, se posaron en los cuadros de luz que comenzaban a dibujarse sobre la duela; pero pronto el pequeño círculo se fue cerrando y cada uno hizo silencio para escuchar la historia del marqués.

El señor de Urfé tomó una porción de tabaco, la fumó lentamente y comenzó diciendo:

—Antes que nada, señoras mías, les pido una disculpa si en el transcurso de mi narración sucede que hablo de mis asuntos amorosos más de lo que conviene a un hombre de mi edad. Pero deberé mencionarlos para la comprensión del relato. Además, se perdona a la vejez tener momentos de confusión, y será su culpa señoras mías, si al verlas tan hermosas frente a mí, me siento tentado a creer que soy un joven mozo. Les diré sin más preámbulos que en el año de 1759 yo estaba perdidamente enamorado de la bella duquesa de Gramont. Esa pasión que creí entonces profunda y duradera no me dejaba en paz ni de día ni de noche, y la duquesa, como suelen hacer las mujeres bonitas, se complacía en coquetear para acrecentar mis tormentos. Tanto que en un momento de desesperación, fui a solicitar y obtuve una misión diplomática cerca del hospodar de Moldavia, durante las negociaciones con el gabinete de Versalles y sería tan aburrido como inútil detallarlas. La víspera de mi partida, me presenté en casa de la duquesa. Ella me recibió menos sarcástica que de costumbre y me dijo con una voz que dejaba traslucir cierta emoción:

—De Urfé, comete usted una locura. Pero le conozco y sé muy bien que nunca se retracta cuando ya ha tomado una decisión. Así que no le demando sino una cosa: acepte esta pequeña cruz como prueba de mi amistad, y llévela puesta hasta su regreso. Es una reliquia que para mi familia tiene una gran valor.

Con una galantería, quizá para el momento fuera de tono besé no la reliquia, sino la encantadora mano que me la ofrecía y me la puse alrededor del cuello. Es la misma cruz que aquí muestro; desde ese día nunca me he separado de ella.

No las fatigaré, señoras, con los detalles del viaje, ni con las observaciones que hice de los húngaros y de los serbios, un pueblo empobrecido e ignorante pero valiente y honesto, que a pesar de estar bajo el dominio turco no había olvidado ni su dignidad ni su antigua independencia. Será suficiente decirles que haber aprendido un    poco del idioma polaco durante una estadía en Varsovia, facilitó mi instrucción y en poco tiempo me adiestré en el serbio, ya que esos dos idiomas, al igual que el ruso y el bohemio, como deben saber, no son sino ramas de una misma y única lengua que llaman eslava.

Ahora bien, sabía lo suficiente para hacerme entender, cuando un día llegué a un pueblo, cuyo nombre interesa apenas. Encontré a los habitantes de la casa en donde iba a hospedarme sumergidos en una consternación que me pareció tanto más inusual puesto que era domingo, día en que el pueblo serbio acostumbra entregarse a los más diversos placeres, tales como el baile, el tiro de arcabuz, la lucha, etc. Atribuí la forma de actuar de mis anfitriones a alguna desgracia reciente, y ya iba a retirarme cuando un hombre como de treinta años, alto de estatura e imponente, se acercó y me tomó de la mano.

—Pase, pase, extranjero —me dijo—, no se moleste por nuestra tristeza, cuando conozca la causa nos entenderá.

Me contó entonces que su anciano padre, llamado Gorcha, hombre de carácter inquieto e intratable, un día se había levantado de su cama y había descolgado de la pared su gran arcabuz turco.

—Muchachos —les había dicho a sus dos hijos, Georges y Pierre—, me voy a la montaña para reunirme con los valientes que persiguen a ese perro de Alibek (ése era el nombre de un bandolero turco que entonces asolaba al país). Espérenme durante diez días, y si no regreso al décimo, hagan decir una misa de difuntos, puesto que estaré muerto. Pero —añadió el viejo Gorcha poniéndose aún más circunspecto—, si yo regresara (de esto Dios los guarde) después de cumplirse los diez días, por sus vidas no me permitan de ningún modo entrar. Si esto ocurre, les ordeno olvidar que fui su padre y que me atraviesen con una estaca de álamo sin tomar en cuenta lo que yo pueda decir o hacer, ya que para ese momento no seré sino un maldito vourdalak que vendrá a succionar vuestra sangre.

Es oportuno decir, señoras mías, que los vourdalaks o vampiros de los pueblos eslavos no son otra cosa que cuerpos muertos, salidos de sus tumbas para succionar la sangre de los vivos. Hasta ahí sus costumbres son las mismas de todos los vampiros, pero tienen otra que los hace más temibles. Los vourdalaks, señoras mías, prefieren succionar la sangre de sus familiares más cercanos y de sus amigos más íntimos, quienes al morir se convierten en vampiros a su vez, de manera que se afirma haber visto en Bosnia y en Hungría poblaciones enteras convertidas en vourdalaks. El abad Agustín Calmet, en su curiosa obra sobre aparecidos, cita ejemplos escalofriantes. Los emperadores de Alemania en varias ocasiones han nombrado comisiones encargadas de esclarecer casos de vampirismo. Se levantan actas, se exhuman cadáveres encontrados ahítos de sangre y se les quema en las plazas públicas luego de perforárseles el corazón. Magistrados que son testigos de esas ejecuciones afirman haber escuchado a los cadáveres emitir alaridos al momento en que el verdugo hendía la estaca en sus pechos. Los mismos magistrados han hecho la deposición formal y lo corroboran sus juramentos y sus firmas.

Después de estas referencias, les será más fácil comprender, señoras, la impresión que produjeron las palabras de Gorcha en sus hijos. Los dos se hincaron a sus pies y le suplicaron que se les dejara ir en su lugar; pero, por toda respuesta, él les dio la espalda y se puso en marcha canturreando el estribillo de una antigua balada. Precisamente el día en que llegué al pueblo, expiraba el plazo fijado por Gorcha, y no me costó trabajo comprender la desesperación de esos jóvenes.

Se trataba de una familia buena y honesta. Georges, el mayor de los dos hijos, era de marcados rasgos masculinos, aparentaba ser un hombre serio y decidido. Estaba casado y tenía dos hijos. Su hermano Pierre era un hermoso joven de dieciocho años, su fisonomía revelaba más dulzura que audacia, y parecía ser el favorito de una hermana menor llamada Sdenka, una joven que representaba muy bien la belleza eslava. Además de esa belleza indiscutible desde todo punto de vista, el parecido con la duquesa de Gramont me impresionó de entrada. Tenía en especial un rasgo en la frente que en toda mi vida no encontré sino en esos dos seres. Esa particularidad podía no agradar en una primera impresión pero se volvía irresistiblemente atractiva después de haberla visto más de una vez.

Ya fuera porque en ese tiempo era muy joven, ya fuera el parecido, aunado a un espíritu único e ingenuo, Sdenka provocó en mí un efecto irresistible. No habíamos conversado ni dos minutos y ya sentía por ella una simpatía demasiado viva como para que no amenazara en convertirse en un sentimiento más tierno si prolongaba mi estadía en el pueblo.

Estábamos reunidos delante de la casa en torno a una mesa provista de quesos y de cuencos de leche. Sdenka hilaba; su cuñada preparaba la merienda de los niños que jugaban en la arena; Pierre, con afectada despreocupación, silbaba mientras pulía un yatagán, o largo cuchillo turco; Georges, acodado sobre la mesa, la cabeza entre las manos y el ceño fruncido, parecía devorar el camino con los ojos, sin pronunciar una palabra.

Por lo que a mí se refiere, vencido por la tristeza general, miraba con melancolía cómo las nubes enmarcaban el cielo dorado y, entre un bosque de pinos, la silueta de un convento a medio esconder.

Ese convento, como lo supe más tarde, antaño gozó de una enorme celebridad gracias a una imagen milagrosa de la Virgen, que según la leyenda los ángeles habían conducido y colocado en un roble. Pero al inicio del siglo pasado, cuando los turcos invadieron el país, degollaron a los monjes y saquearon el convento. De él no quedaban sino unos cuantos muros y una capilla comunicada por una especie de ermita. Este último acogía en sus ruinas a los curiosos y brindaba refugio a los peregrinos que llegaban a pie, venidos de un santo lugar a otro, para rendir las       devociones en el convento de la Virgen del Roble. Ya dije antes que esto lo supe tiempo después. Esa tarde, yo pensaba en cosas que distaban mucho de la arqueología serbia. Como sucede a menudo, cuando se deja volar la imaginación, evocaba tiempos pasados, los días de mi infancia, la querida patria, Francia, a la que había abandonado por un país lejano y salvaje.

Recordaba a la duquesa de Gramont y, por qué no confesarlo, en la distancia recordaba también a algunas damas de mi época, abuelas vuestras, cuyos rostros, después del de la encantadora duquesa, se deslizaban en mi corazón. Rápidamente olvidé a mis anfitriones y su desasosiego.

De pronto Georges rompió el silencio:

—Mujer —dijo—, ¿a qué hora partió el viejo?

—A las ocho —respondió la mujer—. Escuché con claridad las campanas del convento.

—Entonces está bien —siguió diciendo Georges—, no pueden ser más de las siete y media—. Y enmudeció fijando otra vez los ojos el largo camino que se perdía en el bosque.

Olvidé decirles, señoras, que cuando los serbios sospechan de algún vampirizado, evitan llamarlo por su nombre o de manera directa, puesto que para ellos es hacerlo salir de su tumba. También Georges, desde hacía algún tiempo, al hablar de su padre no se refería a él de otro modo sino como el viejo.

Se quedó otro rato en silencio. De pronto, uno de los niños, tirando del delantal de Sdenka, preguntó:

—Tía, ¿cuándo regresará el abuelo a la casa?

Una bofetada fue la respuesta de Georges a la pregunta inoportuna. El niño se puso a llorar, y su hermano más pequeño interrogó asombrado y temeroso:

—¿Por qué, padre, nos prohíbe hablar del abuelo?

Otra bofetada le cerró la boca. Los dos niños se pusieron a chillar y la familia entera se santiguó.

En eso estábamos cuando escuché las campanas del convento dar poco a poco las ocho. Apenas el primer toque resonaba en nuestros oídos vimos una forma humana salir de la espesura del bosque y avanzar lentamente hacia nosotros.

—¡Es él! ¡Alabado sea Dios! —gritaron al unísono Sdenka, Pierre y su cuñada.

—¡Dios nos guarde! —dijo Georges preocupado—, ¿cómo saber si los diez días transcurrieron o no?

Todos lo miraron con pánico, mientras la forma humana seguía avanzando. Era un viejo de gran altura con un bigote plateado, la cara pálida y severa y que se arrastraba a duras penas con la ayuda de un bastón. A medida que se acercaba, el rostro de Georges se hacía más sombrío. Una vez que el recién llegado estuvo muy cerca, se plantó y recorrió a su familia con unos ojos que no parecían ver, de tan apagados y hundidos en sus órbitas.

—¡Bueno! —dijo con una voz cavernosa—, ¿nadie me va a recibir?, ¿qué significa ese silencio?, ¿no ven que estoy herido?

Entonces me di cuenta que el viejo sangraba por el costado izquierdo.

—¡Ayude a su padre a sostenerse! —dije a Georges—. ¡Sdenka, usted vaya a preparar alguna medicina, este hombre está a punto de desfallecer!

—Padre mío —dijo Georges acercándose a Gorcha—, muéstreme su herida, sé de estas cosas y lo voy a curar.

Se acercó para abrirle las vestiduras, pero el viejo lo rechazó bruscamente y ocultó la lesión tras sus manos.

—¡Quítate, torpe —dijo—, me haces daño!

—Pero entonces, ¡es en el corazón donde trae la herida! —gritó Georges palideciendo—. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Quítese esas ropas, es urgente, urgente le digo!

El viejo se irguió.

—¡Cuídate mucho —dijo con su voz hueca— de tocarme, pues si lo haces, te maldeciré!

Pierre se puso en medio de Georges y de su padre.

—¡Déjalo! ¿no te das cuenta que lo lastimas?

—¡No le lleves la contra —añadió su mujer—, sabes que nunca lo ha tolerado!

En ese momento vimos a un rebaño regresar de pacer, entre una nube de polvo, que se dirigía hacia la casa. El perro pastor que lo conducía, o no reconoció a su viejo amo, o por otro motivo ignorado, desde el momento en que percibió la presencia de Gorcha se detuvo, y, con el pelambre erizado, comenzó a aullar como si viera algo sobrenatural.

—¿Qué le pasa a ese perro? —dijo el viejo cada vez más enojado—, ¿qué significa todo esto?, ¿me he convertido en un extraño en mi propia casa?, ¿diez días pasados en la montaña me cambiaron hasta el punto de que ni mis perros me reconocen?

—¿Escuchaste? —dijo Georges a su mujer.

—¿Qué cosa?

—¡Reconoce que pasaron los diez días!

—¡No, pero si regresó dentro del plazo fijado!

—¡Está bien, está bien, yo sé lo que tengo que hacer!

Como el perro seguía aullando, vociferó:

—¡Maten a ese perro! ¿No me escuchan?"

Georges no se movió, pero Pierre se levantó con lágrimas en los ojos, tomó el arcabuz de su padre y disparó. El perro rodó por el suelo.

—¡Era mi perro preferido —dijo en voz baja—, no entiendo porqué ha querido que lo mataran!

—¡Porque lo merecía! —dijo Gorcha—. ¡Vamos, quiero entrar, hace mucho frío!

Mientras eso sucedía afuera, Sdenka preparó para el viejo una tisana hecha de aguardiente hervido con peras, miel y raíces secas. Pero su padre la rechazó con asco. Mostró la misma aversión al plato de carnero con arroz que le sirvió Georges, y finalmente fue a sentarse en un rincón del hogar, mascullando palabras ininteligibles.

Un fuego hecho de pinos chispeaba en la chimenea y alumbraba vacilante el rostro pálido y derrotado del viejo, y sin esa luz se habría dicho que era la cara de un muerto. Sdenka fue a sentarse junto a él.

—Padre mío —le dijo—, no desea tomar alguna cosa ni descansar. ¿Y si nos contara sus aventuras en las montañas?

Al decir esto la joven sabía que tocaba un punto débil, pues al viejo le encantaba narrar historias de guerras y combates. Se dibujó una sonrisa en sus labios descoloridos, sus ojos permanecieron inexpresivos y pasando las manos por sus hermosos cabellos blancos, respondió:

—Sí, hija mía; sí, Sdenka, me gustará mucho narrarte lo que sucedió en las montañas, pero será otro día, ahora estoy muy cansado. Entretanto te adelantaré que Alibek ya no existe y que por mi mano murió. Si alguien lo duda  —siguió el viejo paseando la mirada sobre su familia—, ¡aquí está la prueba!

Desató una especie de alforja que le colgaba de la espalda y extrajo una cabeza pálida y cruel, que aún no excedía en estas características al rostro del viejo. Nos volvimos horrorizados, y Gorcha se la entregó a Pierre:

—Toma —le dijo—, ¡colócame esto encima de la puerta, para que la gente que pase sepa que Alibek está muerto y que los caminos están limpios de bandoleros, exceptuando, claro está, a los jenízaros del Sultán!

Pierre acató la orden con repugnancia.

—¡Ahora comprendo —dijo el viejo—, que ese pobre perro aullaba por olfatear la carne muerta!

—Sí, olió carne muerta —respondió con tristeza Georges, que había salido sin que nos diéramos cuenta y en ese momento entraba portando en la mano un objeto que me pareció una estaca y fue a depositarlo en un rincón.

—Georges —le dijo su mujer en voz baja— ¿no estarás pensando...?, espero.

—Hermano —añadió Sdenka—, ¿qué vas a hacer?   Pero no, ¿no harás nada, verdad?

—¡Déjenme —respondió Georges—, yo sé lo que debe hacerse y no haré nada que no sea necesario!

Entretanto había llegado la noche, la familia fue a acostarse en una parte de la casa separada de mi habitación solamente por un tabique muy delgado. Reconozco que lo sucedido aquella tarde turbó la tranquilidad de mis pensamientos. La luz de mi cuarto estaba apagada, la luna penetraba por una ventana muy baja cercana a mi cama y dejaba caer sobre el piso y los muros resplandores blanquecinos, más o menos similares, queridas damas, a los que invaden el salón donde nos encontramos ahora. Quise dormir sin poder lograrlo. Atribuí el insomnio a la claridad de la luna; busqué algo que pudiera hacer las veces de cortina, pero no hallé gran cosa. Entonces, al percibir voces confusas detrás del tabique, me acerqué para escuchar mejor.

—Acuéstate, mujer —decía Georges—, Pierre, Sdenka, ustedes también. No se preocupen, yo velaré por ustedes.

—Pero Georges —dijo su mujer—, me toca a mí permanecer en vela, tú lo hiciste ayer y trabajaste todo el día, debes estar muy cansado. Soy yo la que debe cuidar a nuestro hijo mayor, no está muy bien desde ayer.

—¡Tranquilízate y vete a la cama —respondió Georges—, yo velaré por los dos!

—Pero hermano— intervino Sdenka, con su voz más dulce—, todo esto me parece inútil. Nuestro padre ya se durmió, mira cómo está calmo y apacible.

—Ninguna de las dos entiende —dijo Georges en un tono que no admitía réplica—. Les he dicho que deberán acostarse y dejarme hacer guardia.

De pronto se hizo silencio, sentí el peso de mis párpados y el sueño vino a apoderarse de mí.

Creí ver que la puerta de mi habitación se abría y que el viejo Gorcha aparecía en el umbral. Pero más que ver su forma, la intuía, pues la habitación de la que salió estaba muy oscura. Me pareció que sus ojos apagados intentaban adivinar mis pensamientos y trataban de seguir el ritmo de mi respiración. Primero adelantó un pie, después el otro. Luego con extrema precaución caminó con paso de lobo hacía a mí. De inmediato dio un salto hasta quedar a un lado de mi cama. Padecí una angustia indecible pero una fuerza oculta me mantuvo inmóvil. El viejo se inclinó y aproximó su cara lívida tan cerca de la mía que me pareció sentir su respiración difunta.

Hice un esfuerzo sobrehumano y desperté bañado en sudor. No había nadie en mi habitación, pero me volví hacia la ventana y descubrí al viejo Gorcha afuera, con el rostro pegado al vidrio y sus ojos espeluznantes mirándome fijamente. Tuve el ánimo suficiente para no gritar y el dominio para permanecer acostado, como si nada hubiera visto. Sin embargo, el viejo daba la impresión de haber venido a asegurarse de que dormía y no hizo ningún intento por entrar. Después de escudriñarme se alejó de la ventana y lo sentí caminar hacia el cuarto vecino. Georges se había dormido y roncaba tan fuerte que hacía temblar los muros. El niño tosió y reconocí la voz de Gorcha.

—¿No puedes dormir, pequeño?

—No, abuelo —respondió el niño—, ¡y me gustaría mucho hablar contigo!

—¡Ah! Quieres hablar, ¿y de qué?

—Quisiera que me contaras cómo, al combatir a los turcos, los venciste. ¡También yo lucharé contra ellos!

—Ya lo había pensado, por eso te traje un pequeño yatagán. Mañana te lo daré.

—No, abuelo, mejor dámelo ahora, ya que estás despierto.

—Y tú, ¿por qué durante el día no me dirigiste la palabra?

—¡Porque papá me lo prohibió!

—Tu papá es demasiado precavido. Entonces, ¿de veras te gustaría tener tu pequeño yatagán?

—¡Oh!, sí que me gustaría, pero no aquí, papá podría despertar.

—Entonces, ¿dónde?

—Si salimos, prometo portarme bien y no hacer el menor ruido.

Me pareció escuchar la risa burlona de Gorcha y oí que el niño se levantaba. No creía en los vampiros pero la pesadilla que acababa de tener afectó mis nervios y no deseaba cargar en el futuro con una culpa a cuestas, así que me levanté y golpeé el tabique lo suficientemente fuerte como para despertar a toda la familia. Me precipité hacia la puerta dispuesto a salvar al niño; estaba obstruida por fuera y el cerrojo no cedió pese a mis esfuerzos. Mientras intentaba derribarla, vi por la ventana al viejo con el niño en brazos.

—¡Levántense! ¡Levántense! —grité con furia, haciendo que el tabique se estremeciera con mis golpes.

Sólo Georges despertó.

—¿Dónde está el viejo? —me preguntó.

—¡Salga rápido —grité—, acaba de llevarse a su hijo!

Georges abrió la puerta de una patada, pues la suya también había sido cerrada por fuera, y se echó a correr hacia el bosque. Por fin conseguí despertar a Pierre, a su cuñada y a Sdenka. Nos reunimos delante de la casa y pasados unos minutos vimos a Georges regresar con su hijo. Lo encontró desmayado en el camino, pero pronto recobró la conciencia; no parecía estar más enfermo que antes.

Acosado por las preguntas, respondió que su abuelo no le había hecho ningún mal, que ambos habían salido para conversar pero una vez fuera perdió el conocimiento y no recordaba nada. Gorcha había desaparecido. El resto de la noche, como pueden imaginar, nadie durmió.

Al día siguiente me enteré que el Danubio, cuyo curso interceptaba el camino a un cuarto de legua del pueblo, comenzaba a arrastrar témpanos de hielo, lo que siempre ocurre en esas regiones hacia el fin del invierno e inicio de la primavera. El paso estaba obstruido y no podía ni pensar en la partida. Aun cuando lo hubiera podido, la curiosidad y una atracción cada vez más poderosa, me retuvieron. Más veía a Sdenka, más me sentía dispuesto a      amarla. No soy de ésos que creen en las pasiones súbitas e irresistibles de las que ofrecen tantos ejemplos las novelas; pero hay casos en los que el amor crece de prisa. La belleza única de Sdenka, ese extraño parecido con la duquesa de Gramont de la que huí en París para reencontrarla ahí, sumergida en las costumbres folklóricas, hablando un idioma extranjero y melódico, el rasgo peculiar por el que en Francia me habría dejado matar; todo eso, sumado a la rareza de mi situación y a los misterios que me envolvían, debieron contribuir a que naciera dentro de mí un sentimiento que, en otras circunstancias, quizá se hubiera manifestado vago y pasajero.

En el transcurso del día escuché cómo Sdenka conversaba con su hermano menor.

—¿Qué piensas de todo esto? —decía ella—, ¿también tú desconfías de nuestro padre?

—No me atrevo —respondió Pierre—, menos cuando el niño dice que no le hizo ningún daño. Y de la desaparición, tú sabes que nunca rindió cuentas de sus ausencias.

—Lo sé —dijo Sdenka—, pero entonces tenemos que protegerlo, ya conoces a Georges...

—Sí, sí, lo conozco. Hablar con él sería inútil, pero si le escondemos la estaca nunca irá a buscar otra, pues de este lado de las montañas no hay un solo álamo.

—Sí, escondámosla, pero no digamos nada a los niños, ya que podrían delatarse frente a Georges.

—Nos mantendremos alerta —dijo Pierre. Y luego se separaron.

Llegó la noche sin que tuviésemos noticias del viejo Gorcha. Al igual que la víspera, yo estaba acostado en mi cama y la luz de la luna invadía la alcoba. Cuando el sueño comenzó a hacer turbias mis ideas sentí como por instinto la proximidad del anciano. Abrí los ojos y su rostro lívido estaba pegado a mi ventana.

Esta vez quise levantarme, pero me fue imposible. Sentí entumecidos todos mis miembros. Luego de mirarme con insistencia, el viejo se alejó. Percibí cómo merodeaba alrededor de la casa y cómo, muy quedo, tocaba la ventana donde dormían Georges y su mujer. El niño daba vueltas en la cama y gimió en sueños. Pasaron algunos minutos en calma y volví a escuchar el toque en la ventana. Entonces el niño se quejó de nuevo y despertó...

—¿Abuelo, eres tú?

—Sí —contestó la voz apagada—, vengo a traerte el pequeño yatagán.

—Pero no me atrevo a salir, ¡papá me lo ha prohibido!

—¡No es necesario, sólo ábreme la ventana y ven a darme un abrazo!

El niño se levantó y abrió la ventana. Entonces, haciendo un llamado a mis fuerzas, descendí de la cama y me precipité a golpear el tabique. Georges se levantó al instante.

Lo escuché gritar, su mujer emitió un chillido. Muy pronto todos estaban reunidos en torno al cuerpo inerte del niño. Gorcha desapareció al igual que la noche anterior. Con muchas atenciones logramos que el niño viniera en sí, pero estaba débil y apenas respiraba. El infortunado ignoraba la causa de su desvanecimiento. La madre y Sdenka lo atribuyeron al susto de ser sorprendido hablando con su abuelo. Yo no dije una palabra. Cuando el niño se calmó, todos nos fuimos a recostar, excepto Georges.

Hacia el amanecer, Georges levantó a su mujer. Hablaron en voz baja. Sdenka se les acercó y la oí sollozar junto con su cuñada.

El niño había muerto.

Omito la consternación y la desesperanza de esa familia. A nadie se le ocurría atribuir la causa al viejo Gorcha.

Georges callaba, pero su expresión, siempre de desasosiego, tenía ahora algo terrible. Dos días pasaron sin que el viejo apareciera. La noche del tercero (ese mismo día tuvo lugar el entierro del niño) creí oír pasos afuera de la casa y una voz de anciano llamaba al hermano pequeño del difunto. Me pareció también que la cara de Gorcha estuvo pegada a mi ventana, pero no puedo asegurar si esto ocurrió en realidad o fue producto de mi imaginación, porque esa noche la luna estuvo escondida. De todas formas creí mi deber llamar a Georges. Interrogó al niño, y éste respondió que ciertamente su abuelo lo había llamado a través de la ventana. Georges le ordenó estrictamente a su hijo despertarlo si el viejo aparecía de nuevo.

Todas esas tribulaciones no evitaron que mi cariño por Sdenka creciera cada día más.

No había podido hablarle a solas desde la mañana. Y al llegar la noche, la idea de mi próxima partida afligió mi corazón. La habitación de Sdenka estaba separada de la mía por un pasillo que por un lado daba a la calle y a un patio por el otro.

Mis anfitriones ya estaban acostados cuando me dieron ganas de salir a dar un paseo para distraerme. Me adentré en el pasillo y vi entrebierta la puerta de la alcoba de Sdenka. Involuntariamente me detuve. El roce entre las telas de un vestido conocido hizo latir con fuerza mi corazón. Además escuché la letra de una balada cantada en voz baja. Se trataba del adiós que un rey serbio dirigía a su amada al momento de salir para la guerra.

"¡Oh, mi jóven álamo, decía el viejo rey, me voy a la guerra y tú me olvidarás!

"¡Los árboles que crecen al pie de la montaña son esbeltos y flexibles, pero tu tallo lo es más!

"¡Mecidos por el viento, los frutos del serbal son rojos, pero tus labios son más rojos que los frutos del serbal!

"¡Y yo soy como el viejo roble desprovisto de follaje, y mi barba es aún más blanca que la espuma del Danubio!

"¡Y tú me olvidarás, oh, mi alma, y yo moriré de pesadumbre pues mi enemigo, sin osar tocar a un viejo rey, no me matará."

Y la bella respondió: "Juro serte fiel y no olvidarte. Si llegara a faltar a mi promesa, después de tu muerte podrás venir a sorber toda la sangre de mi corazón!"

Y el viejo rey dijo: "¡Así sea! Y se marchó a la guerra. Y muy pronto la bella lo olvidó!"

Aquí se detuvo Sdenka, como temiendo completar la balada. Yo no podía contenerme. Esa voz tan dulce, tan expresiva, era la misma voz de la duquesa de Gramont... Sin pensar en nada, empujé la puerta y entré. Sdenka venía de quitarse una especie de corpiño que portan las mujeres de su país. Una camisa bordada en oro y roja seda, ajustada a su cintura por una sencilla falda a cuadros componían todo su atuendo. Sus hermosas y rubias trenzas estaban deshechas y el desaliño resaltaba los atractivos de la joven.

No se enojó por mi brusca entrada, pero la vi turbarse y enrojecer ligeramente.

—¡Ay! —me dijo—, ¿por qué ha venido usted y qué pensarán de mí si somos sorprendidos?

—Sdenka, alma mía —le dije—, tranquilícese, todo duerme a nuestro alrededor, sólo el grillo y el abejorro pueden escuchar lo que voy a decirle...

—¡Oh, amigo mío, salga, salga! Si mi hermano llega a sorprendernos, estaré perdida!

—Sdenka, no me iré si antes usted no promete amarme hasta el fin, como en la balada lo promete la bella al rey. Partiré muy pronto, Sdenka, ¿quién sabe cuándo nos volveremos a ver? Sdenka, yo la amo más que a mi alma, más que a mi libertad... mi vida, mi sangre le pertenecen... ¿no me daría usted, una hora en cambio?

—Muchas cosas pueden suceder en una hora —dijo Sdenka pensativa, pero dejando su mano entre la mía—. Usted no conoce a mi hermano —continuó ella temblando—; presiento que vendrá.

—¡Cálmese, Sdenka mía —le dije—, su hermano se encuentra fatigado de sus vigilias, y adormecido por el viento que juega entre los árboles; su sueño es profundo, larga la noche, y yo sólo le pido una hora! Y después, adiós... ¡acaso por siempre!

—¡Oh, no, por siempre no! —dijo con nerviosismo, y después retrocedió asustada de sus palabras.

—¡Oh, Sdenka! —grité—, no miro ni escucho otra cosa que usted, ya no soy mi dueño, obedezco a una fuerza superior, perdóneme, Sdenka! —Y actuando como un inconsciente la apreté contra mí.

—Usted no es mi amigo —dijo ella liberándose de mis brazos, y se refugió en el fondo de su alcoba. No sé qué le dije, yo mismo estaba confundido por mi audacia. No porque en esa ocasión me hubiera fallado, sino porque a pesar de la pasión que arrastraba, no podía sustraer mi sincero respeto por la inocencia de Sdenka.

Es verdad que al principio había aventurado algunas de las frases galantes que no disgustaban a las mujeres de nuestra época, pero pronto me sentí avergonzado, y renuncié al ver que la candidez de la joven le impedía adivinar lo que para otras como ustedes, lo veo en vuestras sonrisas, está sobreentendido.

Estaba ahí, delante de ella, sin saber qué decirle, cuando de pronto, la vi estremecerse fijando en la ventana unos ojos aterrorizados. Seguí la dirección de su mirada y vi con claridad la figura inmóvil de Gorcha, mirándonos desde afuera.

En ese mismo instante, sentí una pesada mano posarse sobre mi hombro. Me volví. Era Georges.

—¿Qué hace usted aquí? —me preguntó.

Desconcertado por ese reproche brusco, le señalé a su padre que todavía nos miraba a través de la ventana, y aunque huyó rápidamente, Georges lo alcanzó a ver.

—Sentí al viejo y vine a prevenir a su hermana —le dije.

Georges, queriendo leer en mi alma, me miró profundamente. Luego me tomó del brazo, me condujo hasta mi alcoba y se fue sin decirme una palabra.

A la mañana siguiente, la familia estaba reunida frente a la entrada de la casa, sentada en torno a una mesa bien provista de todo tipo de quesos y mantequillas.

—¿Dónde está el niño? —preguntó Georges.

—Está en el patio —respondió su mujer—, se divierte solo en su juego favorito: imaginar que combate a los turcos.

Apenas terminó de pronunciar la frase cuando, para sorpresa nuestra, vimos la figura de Gorcha acercarse desde la espesura del bosque. Caminaba lentamente hacia nosotros y se sentó a la mesa como el día de mi llegada.

—Padre, sed bienvenido —murmuró la nuera con voz apenas perceptible.

—Sed bienvenido, padre —repitieron en voz baja Sdenka y Pierre.

—¡Padre —dijo Georges con voz firme pero cambiando de color—, lo esperábamos para rezar!

El viejo se apartó frotándose las cejas.

—¡Rezaremos ahora mismo! —repitió Georges—, y haga el signo de cruz o la de San Jorge...

Sdenka y su cuñada se inclinaron hacia el viejo suplicándole pronunciar la oración.

—¡No, no —dijo el anciano—, no tiene ningún derecho de exigirme y, si insiste, lo maldeciré!

Georges se levantó y corrió hacia la casa. Y regresó con la furia en los ojos.

—¿Dónde está la estaca? —gritó—, ¿dónde la escondieron?

Sdenka y Pierre intercambiaron miradas.

—¡Cadáver! —dijo entonces Georges dirigiéndose al viejo—, ¿qué le hiciste a mi hijo mayor?, ¿por qué lo mataste? ¡Devuélveme a mi hijo, cadáver!

Y mientras decía esto se ponía cada vez más pálido y su mirada se inflamaba más aún.

El viejo, sin moverse, lo miraba con desprecio.

—¡Oh, la estaca, la estaca! —gritaba Georges—. ¡El que la haya escondido responderá por las desgracias que nos aguardan!

En ese momento oímos los alegres estallidos de risa del hijo menor; lo vimos llegar montando a caballo, sobre una estaca que él hacía galopar, y se acercó lanzando con su vocecita el grito de los serbios cuando atacan al enemigo.

A su vista la mirada de Georges resplandeció. Le arrancó al niño la estaca y se precipitó sobre su padre. Éste emitió un aullido y corrió hacia el bosque con tanta agilidad que parecía sobrenatural.

Georges lo siguió a través de la espesura y pronto los perdimos de vista.

Cuando Georges regresó a la casa, el sol ya se había puesto. Lo vimos pálido como la muerte y con los cabellos erizados. Se sentó junto al fuego y creí percibir que sus dientes castañeteaban. Nadie osó interrogarlo. A la hora en que la familia por costumbre se retiraba, pareció recobrar toda su energía y, llevándome aparte, me dijo de la manera más natural:

—Querido huésped, vengo de ver el río. Ya no hay témpanos, el camino está libre: nada impide su partida. En estos momentos resulta imposible —añadió lanzando una mirada a Sdenka— divertirse con nosotros. Le deseamos toda la buena suerte que sea posible aquí en la Tierra, y espero que usted guarde un buen recuerdo de nosotros. Mañana, al rayar el alba, encontrará el caballo ensillado y el guía listo para conducirlo. Adiós. De vez en cuando acuérdese de su anfitrión y perdónele si su estadía no estuvo exenta de adversidad, como él habría deseado.

Los severos rasgos de Georges, en ese momento me parecieron casi cordiales. Me acompañó hasta mi habitación y me estrechó la mano una vez más. Luego sus dientes castañetearon como si temblara de frío.

Solo, en mi alcoba, no pensaba ni por asomo acostarme, como ustedes podrán imaginar. Tenía otras preocupaciones. Muchas veces en mi vida me había enamorado. Había sufrido arrebatos de ternura, de despecho y de celos, pero nunca, ni siquiera cuando dejé a la duquesa de Gramont, sentí una tristeza similar a la que en ese momento me desgarraba. Antes de salir el sol me puse el atavío de viaje y quise intentar ver a Sdenka por última vez. Pero Georges me esperaba en el vestíbulo. La mínima posibilidad de verla me fue arrebatada.

Salté sobre mi caballo y partí al galope. Prometí que a mi vuelta de Jassy pasaría por este pueblo y esta esperanza tan lejana disipó poco a poco mi pesadumbre. Ya     pensaba con gozo en el regreso, y en mi imaginación se dibujaban recuerdos del porvenir con todos sus detalles, cuando un movimiento brusco del caballo casi me hizo caer. El animal se detuvo repentinamente, y poniéndose tenso, se paró, apoyándose en sus patas delanteras, y resopló ruidosamente, como suelen hacer los caballos cuando los acosa algún peligro. A cien pasos de mí distinguí un lobo cavando la tierra. Al oirnos, huyó. Hendí las espuelas en los costados del caballo y conseguí hacerlo avanzar. Entonces me dí cuenta que en el lugar donde estuvo el lobo había una sepultura reciente. Me pareció ver el extremo de una estaca que sobresalía algunas pulgadas de la tierra removida. Sin embargo, no puedo afirmarlo porque pasé velozmente por el lugar.

Llegado a este punto el marqués guardó silencio y tomó una porción de tabaco.

—¿Eso es todo? —preguntaron las damas.

—¡Desgraciadamente, no! —respondió el marqués de Urfé—. Lo que me resta por contarles forma parte de recuerdos que son todavía más dolorosos para mí, y al narrarlos creo librarme de ellos.

Los asuntos que me condujeron a Jassy, me retuvieron más tiempo del que esperaba. No cumplí con todos sino hasta seis meses después. ¿Qué puedo decirles? Es penoso confesarlo, en este mundo son pocos los sentimientos duraderos. El éxito de mi negociación, los estímulos que recibí del gabinete de Versalles, en una palabra, la política, esa vil política, que tanto nos ha mortificado en estos últimos tiempos, no tardaron en debilitar en mi alma el recuerdo de Sdenka. Además, la esposa de nuestro anfitrión, mujer bella y que hablaba perfectamente nuestro idioma, me honró al escogerme entre otros jóvenes extranjeros que residían en Jassy. Como estuve educado dentro de los principios de las cortes francesas, mi sangre gala se habría sublevado antes de pagar con ingratitud la benevolencia que me testimoniaba la bella. Por tanto correspondí galante a las ventajas que se me ofrecían, y también para defender los intereses y hacer valer los derechos de Francia,  comencé por avezarme en todo lo concerniente al hospitalario anfitrión.

Recibí un llamado de mi país y retomé una vez más el camino que me condujo a Jassy.

Ya no pensaba en Sdenka ni en su familia, hasta que una noche, galopando a campo traviesa, escuché las campanadas que anunciaban las ocho de la noche. Me pareció que ya había escuchado alguna vez ese sonido y mi acompañante anunció que provenía de un convento cercano. Le pregunté el nombre y me enteré que no era otro que el de la Virgen del Roble. Aceleré la marcha del caballo y en poco tiempo estábamos golpeando la puerta del convento. Un eremita vino a abrir y nos condujo a la estancia para los extranjeros. Lo encontré tan atiborrado de peregrinos que perdí las ganas de pasar ahí la noche y pregunté si podía hallar alguna casa de huéspedes en el pueblo.

—¡Encontrará más de una —me respondió el eremita profiriendo un suspiro—, gracias al infiel de Gorcha, las casas abandonadas no escasean!

—¿Qué quiere decir con eso? —inquirí—, ¿el viejo Gorcha todavía vive?

—¡Oh, no, ése está bien muerto y enterrado con una estaca clavada en el corazón! Pero antes de eso había succionado la sangre del hijo de Georges. El niño regresó una noche y llorando tras la puerta imploró que le abrieran pues tenía frío. La necia de su madre, siendo testigo de su entierro, no tuvo el valor para enviarlo de vuelta al cementerio y le abrió. Entonces el niño se lanzó sobre ella y la sorbió hasta morir. Fue enterrada, pero tornó para succionar la sangre de su otro hijo, luego la de su marido y finalmente la de su cuñado. A todos les tocó.

—¿Y Sdenka? —pregunté.

—¡Oh, ésa se volvió loca de dolor, pobre niña, ni me hable!

La respuesta del eremita no fue afirmativa pero no tuve el ánimo suficiente para repetir la pregunta.

—¡El vampirismo es contagioso! —continuó el eremita persignándose—. Numerosas familias en el pueblo son atacadas, en muchos casos perece hasta el último miembro, y si me cree, permanecerá esta noche en el convento. Aunque se quedara en el pueblo y usted no fuera devorado por los vourdalaks, el terror que experimentaría sería suficiente para dejar blancos sus cabellos antes de llamar a maitines. Yo soy un pobre religioso —continuó—, pero la misma generosidad de los viajeros me permite proveer sus necesidades. Tengo exquisitos quesos, uvas secas que le harán agua la boca y algunas botellas de vino de Tokay que no tienen nada que envidiar al que sirven a su Santidad.

En ese momento me pareció que el eremita se convertía en posadero. Creí que adrede me había narrado historias para no dormir en razón de hacerme agradable a los ojos de Dios al imitar la generosidad de los viajeros que proveen al santo para que éste sacie sus necesidades.

Además la palabra terror siempre hizo sobre mí el mismo efecto que el clarín hace sobre el corsario en tiempos de guerra. Hubiera sentido vergüenza de no haber salido de inmediato. Mi guía, tembloroso, me pidió permiso de permanecer y se lo di con gusto.

Tardé aproximadamente una media hora en llegar al pueblo. Lo encontré desierto. No refulgía una luz, no se dejaba oír una canción. Pasé en silencio por entre las casas, la mayoría de ellas me eran conocidas y llegué por fin a la de Georges. Ya fuera por sentimentalismo, ya por gallardía juvenil, fue ahí donde decidí pasar la noche.

Bajé de mi montura y toqué a la puerta de la cochera. Nadie me respondió. Empujé la puerta que se abrió rechinando los goznes y entré.

Amarré mi montura con todo y silla dentro del cobertizo en el que había una cantidad suficiente de avena, y avancé resuelto hacia la casa.

Como ninguna puerta estaba cerrada, las habitaciones parecían desiertas. La de Sdenka daba la impresión de haber sido abandonada la víspera. Algunos vestidos yacían aún sobre la cama. Las joyas que recibió de mí, entre ellas una pequeña cruz esmaltada que había adquirido al pasar por Pest, brillaban sobre una mesa al resplandor de la luna. No pude evitar sentir mi pecho oprimido, aunque el amor ya había pasado.

No obstante me arropé en mi abrigo y me tendí en la cama. De súbito, el sueño se apoderó de mí. No recuerdo con precisión los detalles, pero vagamente sé que vi de nuevo a Sdenka, hermosa, ingenua y cariñosa, igual que en el pasado. Viéndola, me arrepentía de mi egoísmo y de mi inconstancia. ¿Cómo pude, me preguntaba, abandonar a esta pobre niña que me amaba?, ¿cómo pude olvidarla? Luego su imagen se fundió con la de la duquesa y las vi a las dos en la misma persona. Me lanzaba a los pies de Sdenka, implorando su perdón. Todo mi ser, mi alma toda se sumergía en un laberinto inefable de felicidad y melancolía.

Ése era el rumbo de mis sueños cuando me despertó una música armoniosa parecida al murmullo de una brisa ligera sobre el campo. Me pareció escuchar que las espigas se encontraban en una misma melodía y que el canto de los pájaros se mezclaba con el fluir de un manantial y con el murmullo de los árboles. Luego todos esos sonidos confusos no me parecieron sino el roce de un vestido de mujer, abrí los ojos y vi a Sdenka junto a la cama. La luna refulgía con tal fulgor que pude distinguir los detalles más pequeños y adorables que me habían sido tan queridos en otro tiempo. Encontré a Sdenka más hermosa y madura. Iba con el mismo arreglo que la última vez que la vi: una simple camisa de seda bordada en oro y una falda estrechamente ajustada a sus caderas.

—¡Sdenka! —le dije incorporándome—, ¿es usted, Sdenka?

—Sí, soy yo —me respondió con dulzura y tristeza a la vez—, la misma Sdenka que olvidaste. Ay, ¿por qué no viniste antes? ¡Ahora todo se ha acabado, es mejor que te vayas! ¡Un momento más y estarás perdido!¡Adiós, amigo, adiós para siempre!

—¡Sdenka —le dije—, supe que ha sufrido usted numerosas desgracias! ¡Venga, hábleme de ello, eso aligerará sus penas!

—Amigo mío, no hay que creer todo lo que se dice de nosotros; pero váyase, váyase rápido, porque si permanece aquí, su ruina es segura.

—Pero Sdenka, ¿qué peligro será ése que me amenaza? ¿No podría concederme aunque fuera una hora para platicar con usted?

Sdenka se estremeció y un cambio se operó en toda su persona.

—Sí, claro —dijo ella—, una hora, una hora, ¿al igual que esa noche, cuando cantaba la balada del viejo rey, y tú entraste en esta habitación? ¿Es eso lo que quieres decir? ¡Hecho, te concedo una hora! Pero no, no —dijo ella, retractándose—, vete. ¡Sal rápido, te digo! ¡Huye... huye mientras puedas!

Una energía salvaje animaba sus rasgos.

No entendía el motivo que le hacía decir esas cosas, pero estaba tan hermosa que resolví permanecer a su pesar. Finalmente cedió a mi petición, se sentó cerca de mí, me habló del pasado, y me confesó, enrojeciendo, que me había amado desde el primer día. Mientras tanto, percibí que un cambio paulatino se iba operando en Sdenka. La timidez de otro tiempo dio paso a la desenvoltura. Su mirada, antes cohibida, hoy era atrevida. En fin, vi con asombro que su manera de ser conmigo estaba lejos de la modestia que antaño la distinguía.

¿Será posible, me dije, que Sdenka no fuera la joven pura e inocente que aparentaba ser hace dos años? ¿Habrá actuado por miedo a su hermano? ¿Habré sido vilmente engañado con una virtud prestada? Pero entonces, ¿porqué me suplicó partir? ¿No será una astucia de la coquetería? ¡Y yo que creía conocerla! ¡Pero, qué importa! Si Sdenka no es una Diana como lo creí, bien puedo compararla con otras divinidades, no menos encantadoras, y, ¡alabado sea Dios!, prefiero el papel de Adonis al de  Acteón.

Si esa sentencia clásica, que me dirigí a mí mismo, les parece fuera de tono, señoras mías, tengan presente que la historia que tengo el honor de contarles sucedió en el año de 1758. En esa época la mitología estaba en boga y yo no hago alardes de ir más rápido que el siglo. Las cosas han cambiado desde entonces, y no fue hace mucho que la    Revolución, echando abajo los principios paganos y los cristianos, entronizó a la deidad Razón en su lugar. Esta deidad, señoras mías, jamás fue mi patrona, menos cuando me hallé frente a una mujer, y en la época de que les hablo, estaba aún menos dispuesto a ofrecerle sacrificios. Yo me abandoné sin reservas a la inclinación que me conducía a Sdenka y me dejé llevar por sus provocaciones. Había transcurrido algo de tiempo en dulce intimidad, y jugando a adornar a Sdenka con todas sus joyas, quise rodear su cuello con la pequeña cruz esmaltada que había visto sobre la mesa. A mi gesto, Sdenka retrocedió sobresaltada.

—¡No más juegos, amigo mío —me dijo—, deja ahí esa fruslería y hablemos de ti y de tus proyectos!

El ofuscamiento de Sdenka me hizo reflexionar. Mirándola con atención, remarqué en su cuello la ausencia de las muchas imágenes santas, relicarios y saquitos con incienso que los serbios acostumbran llevar puestos desde que son niños hasta su muerte, y que Sdenka portaba en otro tiempo.

—Sdenka —le dije—, ¿dónde están las imágenes que llevabas colgadas?

—Las perdí —respondió con una actitud de impaciencia y rápidamente cambió la conversación.

Un vago presentimiento se adueñó de mí, y quise irme de inmediato, pero Sdenka me retuvo.

—¿Cómo? —me dijo—, ¡pediste una hora y, cuando te complazco, decides irte al cabo de unos pocos minutos!

—Sdenka —dije—, tenía usted razón de incitarme a partir, escuché ruido y temo que nos sorprendan.

—¡Tranquilízate, amigo mío, todo duerme a nuestro alrededor, sólo el grillo y el abejorro pueden escuchar lo que voy a decirle!

—¡No, no, Sdenka tengo que partir!...

—Espera, espera —dijo Sdenka—, ¡te amo más que a mi alma, más que a mi libertad, tú dijiste que tu sangre y tu vida me pertenecían!...

—¡Pero y tu hermano, tu hermano, Sdenka, presiento que vendrá!

—¡Cálmate, mi hermano está adormecido por el viento que juega entre los árboles; su sueño es profundo, larga la noche, y yo no te pido sino una hora!

Al decir esto, Sdenka estaba tan hermosa que, el vago terror que me agitaba comenzó a ceder ante el deseo de permancer junto a ella. Una mezcla de temor y voluptuosidad indecible se apoderó de todo mi ser. A medida que yo me entregaba, Sdenka se hacía más tierna, y si bien yo me había decidido a sucumbir, todo me decía que me mantuviera en guardia. Sin embargo, como dije hace un momento, siempre fui sabio a medias, y cuando Sdenka, dándose cuenta de mis reservas, me propuso disipar el frío nocturno con unos vasos de vino generoso, que me dijo provenían del eremita, acepté solícito y ella sonrió. El vino hizo efecto. A partir del segundo vaso, la mala impresión que experimenté por la escena de la cruz y de las imágenes, se borró por completo. Sdenka, desarreglada, con sus hermosos cabellos medio trenzados, con sus joyas a la luz de luna, me pareció irresistible. No pude contenerme y la tomé en mis brazos.

Entonces, mis queridas damas, tuvo lugar una de esas misteriosas revelaciones que jamás sabré cómo explicar, pero que ante mi experiencia terminé por creer aunque hasta la fecha me cuesta admitirlo.

Con tal fuerza tomé entre mis brazos a Sdenka que uno de los extremos de la cruz, que me regaló la duquesa de Gramont y que ustedes acaban de ver, se clavó en mi pecho. El dolor punzante me atravesó como el rayo de luz de la revelación. Miré a Sdenka, y sus rasgos, aunque hermosos, estaban contraídos por la muerte, sus ojos no veían y su sonrisa era una mueca impresa por la agonía, en un rostro cadavérico. Al mismo tiempo sentí el olor nauseabundo que despiden los sepulcros mal cerrados. La espantosa realidad en todo su esplendor se me brindó, era demasiado tarde para recordar las advertencias del eremita. En seguida comprendí lo precario de mi situación y que dependía de mi ánimo y de mi sangre fría. Desvié la mirada hacia la ventana para ocultar a Sdenka el horror que mi expresión debía traslucir. Pegado al vidrio estaba el infame de Gorcha, apoyado sobre una estaca ensangrentada y posando sobre mí unos ojos de hiena. En la otra ventana se veía el rostro pálido de Georges: ahora tenía con su padre un parecido aterrador. Los dos espiaban el más mínimo de mis movimientos y no dudé que en una tentativa de fuga se lanzarían sobre mí. Fingí no darme cuenta, pero no me fue fácil controlarme. Continué, sí, mis queridas damas, continué regalando a Sdenka las mismas caricias que antes del terrible descubrimiento. Todo ese tiempo de angustia no pensé en otra cosa que no fuera el modo de escapar. Percibí que Georges y Gorcha intercambiaban con Sdenka señales de impaciencia. De afuera llegaban una voz de mujer y unos gritos infantiles tan espeluznantes como los aullidos de un gato salvaje.

—¡Llegó la hora de hacer las maletas! —me dije, y mientras más rápido, mejor.

Le hablé a Sdenka en voz alta para que su horrenda parentela alcanzara a oír:

—Estoy cansadísimo, mi niña, y me gustaría mucho acostarme y dormir unas cuantas horas, pero antes tengo que ir a ver si el caballo ha comido y tiene el forraje suficiente. Le ruego no se vaya y, por favor, espere, vuelvo enseguida.

Entonces hice coincidir mis labios con los fríos y descoloridos labios de ella, y salí. Encontré al caballo con el hocico cubierto de espuma e inquieto. No había tocado la avena y el relincho con furia que emitió al verme llegar me erizó la piel. El caballo estaba incontrolable y temí que echara por tierra mi intención de escapar. Aunque seguramente los vampiros escucharon mi conversación con Sdenka y se inquietaron. Comprobé que la puerta de la cochera estaba abierta, y lanzándome sobre la silla de montar, espoleé al caballo.

Al salir pude ver un grupo numeroso reunido alrededor de la casa, casi todos con las caras pegadas a las ventanas. Mi brusca salida los dejó estupefactos, pues durante un largo rato en medio de la silenciosa noche no se escuchó sino un galope continuo. Cuando creí que había llegado el momento de felicitarme por mi astucia, oí a mis espaldas el ruido de un huracán entre las montañas. Miles de voces confusas gritaban, aullaban y parecían pelearse entre ellas. Luego, enmudecieron como por un acuerdo en-     tre ellas y sentí unas zancadas acuciantes como si una tropa de soldados se aproximara a paso rápido.

Espoleé mi montura hasta desgarrarle los costados. La fiebre me hacía temblar y mientras hacía esfuerzos inusitados por conservar el temple una voz detrás de mí gritó:

—¡Espera, espera, amigo! ¡Te amo más que a mi alma, más que a mi libertad, que a mi vida! ¡Espera, espera, tu sangre me pertenece!

En ese instante un aliento glacial rozó mi oreja y tuve la sensación que Sdenka había subido a la grupa.

—¡Mi corazón, mi alma! —dijo—, no miro ni escucho otra cosa que a ti, ya no soy mi dueña, obedezco a una fuerza superior, perdóname, amigo, perdóname!

Y enlazándome con sus brazos trató de estirarme hacia atrás para morderme el cuello. Una lucha feroz se estableció entre nosotros. Durante largo rato apenas conseguí defenderme, pero finalmente alcancé, con una mano, sujetar a Sdenka por la cintura y, con la otra, por las trenzas y apoyándome en los estribos, ¡la arrojé al suelo!

Acto seguido me abandonaron las fuerzas y tuve visiones delirantes. Miles de rostros enloquecidos me perseguían haciendo muecas terribles. Georges y su hermano Pierre bordeaban el camino y trataban de obstaculizarlo. No lo lograron y estuve a punto de sentirme salvado cuando vi a Gorcha que sirviéndose de su estaca daba saltos como un alpinista tirolés que traspone abismos. Gorcha también quedó rezagado en el camino. Entonces su nuera, arrastrando tras de sí a sus hijos, le lanzó uno, Gorcha lo recibió con el extremo de la estaca y utilizándola a modo catapulta, lanzó con todas sus fuerzas al niño como un proyectil sobre mí. Esquivé al niño pero con instinto de sabueso la pequeña alimaña se adhirió al cuello de mi caballo y me costó trabajo desprenderlo. Me lanzaron al otro niño pero, éste cayó delante y el caballo lo aplastó. No recuerdo qué otras cosas sucedieron y cuando volví en mí, estaba a un lado del camino y mi caballo moribundo.

Así termina, queridas damas, un amorío que debió curar para siempre las ganas de intentar nuevos. Algunas contemporáneas de sus abuelas podrán atestiguar si después de esta historia me hice prudente.

No importa lo que haya sido. Tiemblo todavía al pensar que, si hubiera sucumbido ante mis enemigos, hoy sería un vampiro; pero el cielo no quiso permitir que sucediera, y, ¡lejos de tener sed de vuestra sangre, señoras, no pido algo mejor, a pesar de mis años, que obtener la gracia de vertir la mía por vuestros favores!

Aleksei Konstantinovich Tolstoi

 

 
 
 

Domingo Fatal

Baby Jean rodó sobre la alfombra, tirando el oso de felpa al aire. Al chocar contra el suelo, el muñeco pareció quejar¬se a través de la lengüeta oculta en su pecho.
—¿Me echarás de menos, papi?
Levanté bruscamente la vista del periódico.
—Ten cuidado con la lámpara. Has estado a punto de dar¬le con el oso.
Baby Jean recogió el peludo animal y se sentó, haciendo pucheros.
—¿Nos echarás de menos, a Wally y a mí?
Ellen dejó caer sobre su regazo la prenda que estaba co¬siendo.
—¿De qué diablos está hablando la niña?
Me encogí de hombros y volví a concentrarme en el perió¬dico: el nuevo programa de la administración; las nuevas exi¬gencias de Rusia; los extraños objetos sin identificar que ha¬bían sido vistos sobre ocho países...
Pero Baby Jean me estaba tirando de la pernera de los pantalones.
—¿Qué harás, papi?
—¿Qué haré, sobre qué?
Doblé el periódico y lo dejé encima de la mesilla. Ellen me miró sonriendo, divertida por mi fingido mal humor.
Wally entró en aquel momento procedente del vestíbulo, mordisqueando una manzana.
Baby Jean apoyó los codos en el brazo de mi sillón y se tomó el rostro con las manos. Sus ojos castaños me miraron, muy serios.
—¿Qué harás cuando Wally y yo nos hayamos marchado? ¿Se quedarán muy solos tú y mamá?
Wally se acercó a su hermana y la tomó del brazo.
—¡Es un secreto! ¡No tenías que decírselo a nadie!
Ellen se inclinó hacia delante con aire interesado.
—¿Qué es lo que no tenía que decir, Wally?
—Nada, mamá. —Wally tomó a su hermana de la mano y la llevó hasta el centro de la alfombra, donde había un rom¬pecabezas con el rostro de un payaso a medio completar—. Termina tu cuadro, Baby Jean.
La niña golpeó el suelo con el pie, indignada.
—¡No me llames baby! ¡Ya tengo seis años! Pronto seré tan mayor como tú.
Había estado desarrollando una intensa campaña contra el uso del apodo. Pero la costumbre estaba muy arraigada.
—¿No te han puesto deberes para hacer en casa, Wally? —preguntó Ellen.
—Los martes, la maestra no nos da nunca tarea. Pero ha dicho que tenía un premio para el que supiera más sobre los niños de... —arrugó el rostro, pensando intensamente—. De las cru...
—¿Cruzadas? —sugirió Ellen.
—Eso mismo.
Miré a mi esposa.
—No creí que se estudiara tan pronto la historia de la Edad Media.
—La señorita Miller es una maestra progresiva. Opina que hay que despertar el interés de los niños por los grandes temas. Será mejor que le cuentes algo acerca de las Cruzadas, de modo que pueda ganar un premio.
—Las Cruzadas... Bueno, vamos a ver...
—Los libros, querido —sugirió Ellen burlonamente—. Le dijiste al vendedor que encontrarías muchas ocasiones para consultarlos.
El cuero rojo de los treinta volúmenes de la enciclopedia, en su estantería de caoba, brillaban de un modo persuasivo.
—Y así —dije, cerrando el Volumen Octavo, media hora más tarde—, parece ser que los cincuenta mil niños franceses y alemanes no llegaron nunca a Tierra Santa, y la mayoría de ellos fueron capturados por el camino y vendidos como esclavos.
Wally se quedó sentado, con aire pensativo.
—¿Niños vendidos como esclavos? —inquirió Ellen en tono de duda.
—¿Y por qué no? ¿Quién mejor que ellos? Al principio qui¬zá resultaran improductivos. Pero entretanto podían apren¬der el idioma y las costumbres. Y, siendo unos niños, eran inofensivos durante los primeros años de cautiverio... Ino¬fensivos, crédulos y maleables.
Ellen sacudió la cabeza solícitamente y se puso en pie.
—Hay que acostarse, niños.
Baby Jean se atrincheró detrás del sofá.
—¡Yo no quiero ir a la cama!
—¡Un poco más, mamá! —suplicó Wally, retirándose ha¬cia un rincón—. ¡Deja que me quede un poco más!
Implacable, Ellen se acercó a él y le agarró por la muñeca. Luego capturó a Baby Jean.
La niña gritó, protestando. Wally, por su parte, dijo:
—¡En cuanto pase el domingo no tendremos que ir a la cama! ¡Y no podrás decirnos lo que tenemos que hacer! ¡Ya verás!

El miércoles fue un mal día en la oficina, con tres nuevos contratos que redactar. En consecuencia, llegué a casa can¬sado y de mal humor. Ellen me esperaba en la puerta.
—Frank, tienes que hablar con Wally —me dijo, con el ceño fruncido—. Le he enviado ya a la cama.
—¿Qué pasa? ¿Ha estado saltando otra vez la cerca de los Morrison?
—No. Llegó a casa con esta nota de la señorita Miller.
«Wallace —leyó en una tira de papel— ha estado hoy in¬gobernable, mostrando una provocativa falta de respeto a la autoridad. Su actitud no ha sido más rebelde que la de los otros alumnos, pero a menos que actuemos individualmente sobre cada uno de ellos, corremos el peligro de encontrarnos con un alumnado incontrolable.»
—Suena como si la señorita Miller temiera una revolución ar¬mada —gruñí.
Wally estaba acostado, boca arriba, con la mirada fija en el techo. Se había olvidado del tocadiscos que, sobre la mesi¬lla de noche, repetía interminablemente una frase de The Good Ship Lollipop. Lo desconecté.
—¿Qué ha pasado en la escuela, hijo?
Wally volvió la cabeza sobre la almohada.
—Vamos, vamos —dije, sonriendo—. Este invierno iremos a cazar juntos, ¿recuerdas? Ahora, vamos a aclarar ese asun¬to de la escuela.
—No iré a cazar.
—¿Por qué? Siempre has deseado ir.
—No estaré aquí.
—¿De veras?
De pronto recordé su vaga amenaza acerca del domingo.
—Mamá me ha pegado y me ha enviado a la cama —acu¬só Wally—. Y ahora tú también vas a pegarme.
Se sentó en la cama, agarrándose a la sábana, y no supe si lo que había en sus enrojecidos ojos era resentimiento o desafío.
—Sólo te pegan cuando lo mereces.
—Bueno, puedes pegarme todo lo que quieras hasta el domingo. ¡No me importa! Pero en cuanto pase el domingo no podrás pegarme..., porque no estaré aquí.
Llegué a la conclusión que lo que había en sus ojos era desafío... Wally se ganó su segunda zurra.
Cuando bajé al comedor, Baby Jean estaba importunan¬do a su madre pidiéndole un níquel.
—No es hora de comer caramelos —decía Ellen—. Vamos a cenar en seguida.
—Por favor, mamá. Me comeré toda la cena. Te lo prometo.
—He dicho que no.
—Bueno, puedes guardarte tu asqueroso níquel —replicó Baby Jean furiosamente—. Pronto tendré todos los carame¬los que quiera..., y helados, también. ¡Y pasteles!
—¿Después del domingo? —inquirió Ellen.
Baby Jean, que había echado a andar hacia la puerta de la calle, se detuvo.
—¿Cómo lo sabes?

Cuando Baby Jean se hubo marchado, rodeé con mis bra¬zos la cintura de Ellen y miré por encima de su hombro las cacerolas puestas al fuego.
—¿Qué es todo eso acerca del domingo?
—Algún juego, supongo.
—Los niños no habían amenazado nunca con marcharse de casa.
—Todos pasan por esa fase, en un momento u otro.
—¿Y por qué el domingo?
Ellen se echó a reír.
—Es un día tan bueno como cualquiera..., y el tener que ir a la iglesia les parte la mañana por la mitad.
Después de cenar, me retiré diplomáticamente al salón y me concentré en la televisión, para que Ellen pudiera su¬birle un bocadillo y un vaso de leche a Wally sin que yo me diese cuenta.
El teléfono sonó durante el último asalto del combate de boxeo, y cuando anunciaban el resultado Ellen apareció en el umbral de la puerta.
—Era la señora Watkins. Estaba tratando de descubrir qué clase de misterio se llevan los niños entre manos para el domingo.
—¡Vaya! ¿De modo que el pequeño Arthur anda también metido en eso?
—La señora Watkins dice que Arthur no se lo ha contado. Pero lo mantiene sobre su cabeza como una especie de amenaza. No se lo ha contado, porque está seguro del hecho que Wally no te lo contará a ti. Y Jimmy, y Frank, y Mary Ann, y los mellizos Collins —Ellen fue contándolos con los dedos— tampoco se lo contarán a sus padres.
Me eché a reír.
—Es más importante de lo que pensábamos, ¿eh? Una es¬pecie de emigración en masa, ¿no crees?
—Sea lo que sea, Frank —dijo Ellen, muy seria—, es algo que parece afectar a todos los niños.
—Si te dejas impresionar por esas naderías —bromeé—, ¿qué vas a hacer cuando tengamos otros cinco hijos?
Me agaché instintivamente. En circunstancias normales, uno de los almohadones del sofá hubiera salido volando ha¬cia mi cabeza. Pero Ellen no se mostró agresiva: estaba mi¬rando fijamente el televisor, en cuya pantalla aparecían en aquel momento una serie de fotografías de chiquillos.
«...y en Baltimore —estaba diciendo el locutor— han de¬saparecido cinco niños, posiblemente escapados de su casa. En Cincinnati, el número de desaparecidos asciende a cuatro.»
Estaba tratando el asunto jovialmente, con palabras im¬pregnadas de risa.
«El más eminente de los cuatro era Alexander Belling III —en la pantalla apareció la fotografía de un chiquillo de rostro travieso y pecoso, de unos nueve años—. Desapareció de su casa anoche, después de haber amenazado con mar¬charse para siempre el domingo.»
Ellen me miró con aire preocupado.
—Frank...
Procuré tranquilizarla.
—Psicología. Esas cosas llegan a oleadas. Reacciones en masa. Un chiquillo se escapa de casa y su fotografía sale en los periódicos. Otros chiquillos piensan en fugarse, para que salgan también sus fotografías es los periódicos. Una especie de reacción en cadena.
—Pero..., en domingo... Y el hijo de los Watkins, y los me¬llizos de los Collins...
—Coincidencia —dije, sin demasiado convencimiento.
Salimos juntos de la habitación mientras el locutor comen¬taba la reciente plaga de objetos sin identificar. En la habita¬ción de los niños, Wally y Baby Jean dormían profundamente.
La aguja del tocadiscos giraba alrededor de la ranura in¬terna de The Good Ship Lollipop...
—No los despiertes —suplicó Ellen en tono vacilante. Se inclinó sobre los niños y los arropó cuidadosamente.
Baby Jean sonrió en sueños.
—El domingo —murmuró—. Feliz aterrizaje sobre una barra de chocolate.

El jueves amaneció con un aura de presagio. A la hora del desayuno, con los niños todavía dormidos, capté una rara sensación en el aire, una especie de tensión eléctrica. Me había sucedido lo mismo unos años antes..., una plácida tar¬de de domingo. Una hora después estalló el infierno de Pearl Harbour.
Ellen la había captado también. Se notaba en la crispación de su rostro. Pero no dijimos nada, ya que no había nada que pudiéramos expresar con palabras.
En la oficina, le llevé los contratos a Andy para que diera el visto bueno. Pero Andy los apartó a un lado.
—¿Qué pasa con los niños, Frank?
—¿Los tuyos también? —inquirí, muy poco sorprendido, en realidad.
Asintió lúgubremente.
—Que me aspen si lo entiendo.
—¿Van a marcharse..., a alguna parte?
—Sí. El domingo.
—¿Adónde? —pregunté, porque hasta entonces no había concedido importancia a su posible destino.
—Eso es lo que me preocupa. En catorce años, Freddy no me había ocultado nada. Anoche lo intenté todo: le supliqué, quise sobornarle, le pegué..., y muy fuerte. Pero todo fue inútil.
Hasta entonces me había negado a admitir que se trataba de algo serio. Ahora me daba cuenta que tal vez mi ac¬titud era equivocada.
—¿Se ha escapado Freddy? —pregunté.
—No, pero probablemente lo hará.
Tomé el teléfono y llamé a Ellen.
—Vete a buscar a los niños a la escuela, querida.
—¿Qué pasa?
—No lo sé. Pero tenemos que descubrirlo. Llegaré dentro de veinte minutos.
Colgué el receptor para evitar más preguntas.
Andy estaba mirando fijamente a través de la ventana.
—¿Temes que se escapen?
—No creo que lo hagan. Supongo que podré descubrir qué hay detrás de todo eso.
—Por lo visto, no has escuchado la radio. Todo el mundo está intentando hacer hablar a los chicos..., desde Washington para abajo.
—No puede tratarse de nada más que de una especie de historia juvenil.
—¿No? ¿Con los chiquillos actuando repentinamente del mismo modo en todo el país? Una incomprensible reacción en masa que se extiende de punta a punta... Sería demasiado casual.
—Entonces, ¿crees que los chicos van a marcharse a al¬guna parte el domingo?
Andy se encogió de hombros, con aire de desaliento.
—Eso es lo que Washington trata de averiguar. Y tam¬bién Londres, y París, al parecer. Le han dado el nombre de Efecto Junior.
Me encaminé hacia la puerta.
—Y, Frank..., no te excites si tus chicos se escapan de casa. Esa parte del Efecto Junior parece ser una reacción temporal. La mayoría de los desaparecidos han regresado.
Le miré, desconcertado:
—Entonces, ¿por qué se escapan?
—Ellos —señaló con un gesto el aparato de radio— creen que es una manifestación de impaciencia. Los chicos tienen que hacer algo mientras esperan que llegue el domingo.

De camino a casa, hice que el taxista pasara junto a la escuela con la esperanza de encontrar a Ellen y a los niños. No era el único padre que había tenido aquella idea. Había una hilera de taxis rodeando el edificio. Reconocí a algunos de los pasajeros como miembros del Club de los Padres.
Otra hilera de madres entraba apresuradamente por una de las puertas y salía por otra, agarrando con mano firme las muñecas de sus hijos. Y bruscamente me di cuenta que estaba presenciando una reacción espontánea que debía es¬tar produciéndose en millares de escuelas al mismo tiempo.
En casa, los niños se sentaron con aire cariacontecido en el sofá, mientras Ellen se agachaba delante del televisor. Baby Jean jugueteaba con el borde de su vestido. Wally estaba muy interesado en la contemplación de sus propias manos.
Me detuve en el umbral, vacilante, y Ellen cruzó apresu¬radamente la habitación para reunirse conmigo.
—¿Has oído?
—¿Lo del Efecto Junior? —asentí.
Ellen se refugió entre mis brazos, temblando, mientras ambos mirábamos a los niños con una expresión de temor. En la pantalla del televisor, un hombre con aspecto de in-telectual trataba de explicar el Efecto en términos de conduc¬ta inhibitoria.
—Bueno, Wally —dije, muy serio, colocando una silla de¬lante de él—. Creo que ha llegado el momento para que hable¬mos de hombre a hombre.
Wally se hundió en la blandura del sofá sin hacerme el menor caso.
—No hablará —dijo Ellen, en tono desesperado—. Lo he intentado todo, inútilmente.
Le hice una seña para que nos dejara solos.
—¿Wally...?
Volvió los ojos hacia la ventana.
—¿Baby Jean...?
—¡No me llames baby! ¡Ya no soy una niña!
Sonriendo, acaricié sus cabellos.
—Desde luego que no. Ya eres una chica mayor. Y las chi¬cas mayores saben cómo tienen que hablar con sus papás, ¿no es cierto?
Wally se inclinó hacia ella.
—No le hagas caso. ¡Está tratando de sonsacarte!
Baby Jean cruzó los brazos sobre el pecho y apretó fuer¬temente los labios.
—Vamos, Wally —dije, en tono condescendiente—, ¿acaso tengo la costumbre de sonsacarte? ¿Acaso te he engañado al¬guna vez?
Me miró fijamente, con una emoción en los ojos, que nun¬ca había visto en ellos.
—¡Sí! —gritó—. ¿Qué me dices de Santa Claus? Tú...
—¡Wally! —le advirtió Ellen.
Pero Wally ignoró la advertencia, insolentemente.
—¡No hay ningún Santa Claus! ¡Me has estado mintiendo siempre!
Baby Jean abrió mucho los ojos, con una expresión de in¬credulidad, y se volvió hacia mí.
—No es cierto, ¿verdad, papá? Santa Claus existe, ¿ver¬dad?
—¡Adelante! —se burló Wally—. Miéntele a ella como me has mentido a mí. Y cuando tenga ocho años, tendrás que decirle la verdad.
Baby Jean se había puesto en pie y me tiraba de la manga.
—Santa Claus existe, ¿verdad, papá?
Aparté la mirada, sintiéndome extrañamente culpable. Tomé los temblorosos hombros de la niña.
—Mira, Baby Jean... Verás, es como...
Pero Baby Jean se apartó bruscamente.
—¡No hay ningún Santa Claus! ¡Mamá y tú han es¬tado mintiendo siempre!
Ellen se acercó a ella, tratando de consolarla. Pero Baby Jean echó a correr, sollozando.
Me volví furiosamente hacia Wally.
—¡Te has portado como un cerdo!
—¡Pero es verdad! Tal como ellos dicen. ¡Eres cruel, y mientes, y nos engañas, y nos castigas!
Le agarré firmemente del brazo.
—¿Quiénes son ellos? —inquirí.
Pero Wally continuó con su infantil acusación.
—Todo eran mentiras. Santa Claus, y el Conejo de Pas¬cua, y la rata que ponía níqueles debajo de nuestra almoha¬da, y...
—Pero, Wally...
Mi hijo había vuelto a ponerse a la defensiva.
—¡Mentiras! ¡Mentiras! ¡Mentiras!
Le obligué a ponerse en pie y me arrodillé delante de él.
—¿Quién te ha estado contando todas esas cosas? ¿Quié¬nes son ellos?
Wally no era el tipo de muchacho que se muestra de re¬pente escéptico sin motivo. Y yo estaba dispuesto a llegar al fondo del asunto.
—Wally, ¿quién te ha cambiado de ese modo? ¡Contesta!
Le sacudí rudamente.
—¡Anda, pégame! —me desafió—. Ellos dicen que me pe¬garás hasta que llegue el domingo, pero debo ser valiente.
Derrotado, le solté.
—¡Sube a tu cuarto!
Llorando, Ellen se acercó a mí y apretó su rostro contra mi pecho.
—¡Oh, Frank! No es cierto que nos esté ocurriendo esto, ¿verdad?
Luego se apartó de mí, mientras yo me quedaba mirándo¬la, sin saber qué hacer. Oí el sonido de sus pasos subiendo la escalera detrás de los niños, gritando:
—¡Wally! ¡Baby Jean!

Ellen pasó la mayor parte del resto de aquel día en la ha¬bitación de los niños, tratando de razonar con ellos. Yo paseé sin rumbo fijo por la vecindad, intentando examinar el Efec¬to Junior desde una perspectiva más cuerda. En el curso de mi deambular, tropecé con una muchedumbre que se había reunido espontáneamente en una especie de asamblea.
Un hombre delgado y calvo, cuyos hijos eran ya induda¬blemente adultos, trepó a una silla y sugirió en tono burlón que todos los chicos menores de dieciséis años fueran obli-gados a reunirse en público. Allí presenciarían el castigo de los que se negaran a renunciar a sus planes domingueros.
Otro exigió que los maestros fueran objeto de una inves¬tigación. ¿No era evidente acaso el carácter comunista del asunto? El año anterior, sin ir más lejos, un maestro de escuela de alguna parte de Missouri había sido expulsado de un instituto, por rojo...
No tardó en quedar demostrado que nadie tenía nada cons¬tructivo que ofrecer, y la asamblea degeneró en una serie de discusiones individuales. Oí a varios padres que se acusaban a sí mismos de haber infligido castigos que, ahora se daban cuenta, habían sido más rencorosos que correctivos.
Finalmente, alguien que llevaba una radio portátil recla¬mó silencio y subió el volumen del receptor.
«...de modo que, en beneficio del país y en vista de los acontecimientos —era la voz grave del Presidente—, pro¬clamo un estado de emergencia nacional. Y asumo todos los poderes que puedan ser necesarios para afrontar esta amena¬za a nuestra seguridad colectiva como nación..., a nuestra identidad individual como miembros de las familias que for¬man la nación.»
Me abrí paso entre los grupos hasta que el tono enron¬quecido del pequeño altavoz se hizo más audible.
«Todavía no se ha encontrado una explicación al Efecto Junior —continuó el Presidente—. Sin embargo, debo rogarles que ejerzan con cordura vuestro papel de padres durante este período de prueba en las relaciones con los niños. Sean moderados en cada uno de vuestros actos.
»Debo advertirles también que no den pábulo a las expli¬caciones que pretenden relacionar la conducta de nuestros hijos con la presencia de objetos sin identificar. No existe ninguna justificación para relacionar los dos fenómenos..., hasta el momento.»
En silencio, la muchedumbre empezó a dispersarse. Mien¬tras regresaba a casa, no pude evitar el pensar en las últimas palabras del Presidente. ¿Se trataba simplemente de una negativa inicial, destinada a preparar el camino para una eventual aceptación de lo que ahora se negaba?
Ellen y los niños estaban dormidos..., los tres en la cama de Wally. Ellen tenía el pelo revuelto y el rostro húmedo de lágrimas. En sueños, extendía un brazo protectoramente en¬cima de los niños.
Bajé al salón, me serví un buen vaso de whisky y conecté la radio. Luego fui en busca de mi Winchester de repetición y empecé a limpiarlo.
Mientras repasaba mi provisión de cartuchos, oí el bo¬letín de noticias informando que Radio Moscú estaba con¬vencida del hecho que el Efecto Junior era un complot capitalista. Se trataba de una acusación recíproca, puesto que los Aliados europeos occidentales habían enviado ya notas diplomáticas al Kremlin, aludiendo claramente a la complicidad rusa.
Sonó el teléfono.

—¿Frank? Aquí, Andy. Sólo quería decirte que no es ne¬cesario que vengas a la oficina hasta después del domingo... Los empleados solteros se ocuparán de todo hasta entonces.
—¿Cómo está Freddy?
—No quiere hablar con nosotros. Pero no pienso insis¬tir más.
—¿Has oído el mensaje del Presidente?
—Sí. ¿No te ha producido la impresión que él ocultaba algo?
Por lo visto, Andy también se había dado cuenta.
—¿Los objetos sin identificar? —pregunté.
Andy permaneció silencioso unos instantes. Pensé en lo estereotipada que era la conducta de los adultos: como la de las ovejas. Casi al mismo tiempo, todos habíamos obser¬vado el Efecto Junior. Luego, como un solo hombre, todos habíamos admitido su gravedad, ¿íbamos ahora a aceptar, en masa, la explicación de los objetos sin identificar como única posible?
—¡Dios mío! Frank, ¿acaso vamos a creer que unos seres de..., de otro mundo tratan de raptar a nuestros hijos? ¿Para qué?
Recordé el artículo de la enciclopedia acerca de los ni¬ños de las Cruzadas.
—Esclavos —susurré, en tono vacilante.
—¡Esclavos! Si fueran tan endiabladamente listos, ¿no tendrían máquinas para hacerlo todo?
—Nosotros no concebimos ninguna máquina tan perfecta y tan económica como el cuerpo y la mente humanos. Tal vez ellos tampoco la conciban.
—Pero, ¿por qué únicamente los niños?
—Tal vez no desean unos adultos capaces de resistir obs¬tinadamente, en tanto que los niños serían dominables y re¬lativamente inofensivos. Podrían atraerlos actuando sobre su imaginación y su credulidad, hipnotizándolos hasta cierto punto. Y podrían utilizar ese hipnotismo para hacer que los niños desearan marcharse.
—Tal vez sea eso..., una especie de efecto Flauta Mágica. Freddy ha estado hablando en sueños de una especie de pa¬raíso donde aprenderá a ser un as del fútbol.
Recordé la somnielocuencia de Baby Jean acerca de un «feliz aterrizaje sobre una barra de chocolate».
—Pero, ¿por qué esperar hasta el domingo? —preguntó Andy, intrigado—. ¿Por qué no se los han llevado inmedia¬tamente?
Medité unos instantes.
—Tal vez imaginan que se presentarían muchas compli¬caciones..., complicaciones que pueden evitarse mediante una preparación hipnótica que cree en los niños el deseo de cola¬borar.
La voz de Andy sonó desesperada a través del receptor.
—¡Es demasiado difícil de creer! ¿Debemos decirle a al¬guien lo que hemos imaginado?
Me encogí de hombros.
—Sería inútil.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer?
El rifle estaba aún en mi regazo. Lo empuñé con aire de¬cidido.
—Quienquiera que trate de llevarse a mis hijos, va a vérselas en dificultades para acercarse a ellos el domingo —pro¬metí.
La voz del locutor interrumpió bruscamente el programa musical:
«Una formación de objetos sin identificar ha sido avistada sobre la ciudad, procedente del norte...»
Solté el receptor y eché a correr hacia la calle. Escruté cuidadosamente el cielo hasta localizar un grupo de puntos de color verde pálido que al principio parecían formar parte de la Osa Mayor. Avanzaron hacia el este, giraron a la dere¬cha y desaparecieron detrás de una nube baja que reflejaba el rosado resplandor de las luces de neón de la ciudad.
Volví a entrar en casa y me serví otro whisky.

El viernes, nuestro desayuno fue muy lúgubre. Ellen es¬taba ojerosa y preocupada, y Wally y Baby Jean permanecían sentados delante de nosotros como silenciosos desconocidos.
No dije nada, preguntándome cómo podría hablarle a Ellen de mi convencimiento acerca de la fantasía de los seres de otro mundo. Pero, al ver cómo miraba repetidamente ha¬cia el cielo a través de la ventana, comprendí que no tendría que hacerlo. Ellen se había levantado más temprano que nosotros. Y evidentemente había oído alguna noticia radiada reflejando la adopción general de la teoría que Andy y yo habíamos elaborado.
Observé disimuladamente a los niños. Su conducta de los últimos días..., ¿había sido espontánea? ¿Era su sincera reac¬ción a la creencia del hecho que iban a ser transportados a una pa¬radisíaca Jauja? ¿O era una actitud provocada hipnótica¬mente para ayudarles a resistir la coacción de los adultos durante aquel período de control?
Wally había gritado sus acusaciones acerca de la desilu¬sión de Santa Claus y del Conejo de Pascua de un modo metódico, como si hubiesen sido proferidas a través de él por una mente más lógica y madura.
—¿Hoy tampoco vamos a la escuela, mamá? —preguntó Baby Jean.
Ellen sacudió la cabeza tristemente, con los labios apre¬tados.
—No iremos nunca más a la escuela —dijo Wally jactan¬ciosamente.
Ellen se inclinó sobre él y agarró su mano.
—Wally, ¿no quieres a tu padre y a tu madre? —imploró.
Wally inclinó la mirada.
—Claro que les quiero.
—¿Y deseas marcharte?
—Eso no significa que no les quiera. Ellos dicen que ustedes vendrán más tarde. Y dicen que en el momento que lo deseemos podremos regresar.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté, en tono exasperado.
Pero Ellen me hizo una seña para que no interviniera.
—¿No te das cuenta, Wally, que ellos hablan por hablar? Te están mintiendo.
—Ellos dicen que ustedes dirán eso.
—¿Por qué iban a mentirte tus padres, querido?
—Porque quieren que nos quedemos en casa —su voz se estaba haciendo de nuevo acusadora—. Porque quieren que vayamos a la escuela. Porque les gusta mandarnos a la cama temprano...
—Quieren que nos quedemos —intervino Baby Jean— para pegarnos, y castigarnos, y ser malos con nosotros.
Estrellé mi puño sobre la mesa y la vajilla tembló peli¬grosamente.
—¡Vuestra madre y yo no somos unos demonios! —grité.
Los niños no dijeron nada. Pero sus ojos se clavaron en los nuestros con expresión acusadora.
Ellen dio la vuelta a la mesa y se arrodilló entre sus dos sillas, colocando los brazos alrededor de sus hombros.
—¿De modo que no van a ir a la escuela? —empezó, pa¬cientemente—. ¿Y no les castigarán nunca? ¿Qué es lo que harán?
Los ojos de Baby Jean se iluminaron y unió sus manos con deleite.
—¡Todos los días serán como Navidad..., aunque no haya ningún Santa Claus!
—Y cada mañana tendremos un juguete nuevo —añadió Wally, mirando ávidamente a su madre—. Luego, todos los chicos iremos a un campo muy grande y jugaremos.
Baby Jean rió.
—¡Y tendremos muñecas, y caramelos, y una fiesta cada día después de comer!
Wally frunció el ceño.
—¡Y no tendremos que dormir la siesta en verano!
—Y tendremos cada uno un gatito, y un perrito, y un lorito...
—Y nos quedaremos levantados hasta la hora que quera¬mos cada noche...
—Y...
—¡Dios mío! —gemí.
Ellen estaba llorando y apretaba las cabezas de los niños contra sus mejillas.
—¡Oh, queridos! ¿No se dan cuenta que les dicen esas cosas para que deseen marcharse con ellos?
Wally se irguió.
—¡Ellos dicen la verdad! No son como ustedes cuando hacen una promesa, que tenemos que esperar y ver si la re¬cuerdan. ¡Cuando ellos nos dicen algo, sabemos que es verdad!
—¿Cómo sabes que es verdad? —pregunté.
—Lo sé.
—A veces nos enseñan fotografías —explicó Baby Jean.
—Y a veces lo sentimos dentro de nosotros —añadió Wally.
Me puse en pie y me incliné sobre la mesa.
—¿Dónde les enseñan esas fotografías?
—Casi siempre por la noche, antes que Baby Jean y yo nos quedemos dormidos. Pero muchas veces, cuando cerra¬mos los ojos, podemos verlo todo: el árbol grande lleno de lu¬ces, y la piscina, y los cisnes, y los circos, y...
Baby Jean dejó escapar una risita.
—...y los caramelos, y las muñecas, y los vestidos bo¬nitos...
—...y bicicletas, y balones, y..., bueno, todo.
Desalentado, miré mis manos. Estaban temblando.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté.
—Bueno, papá —dijo Wally—, ¿qué importa eso?
Me acerqué lentamente a la ventana y luego regresé a la mesa.
—Mira, hijo, ¿recuerdas lo que te conté la otra noche acerca de los niños que iban a luchar a Tierra Santa? ¿Re¬cuerdas lo que les sucedió?
Pero el entusiasmo ante aquel nuevo argumento se apagó en mí al ver que Wally no me escuchaba. De todos modos, lo más probable era que ellos no le permitieran dejarse in¬fluir por ningún argumento que yo pudiera aducir.
Tomé a Wally y a Baby Jean de la mano y, con una risa forzada, les hice levantar de sus sillas.
—Vayan a vestirse. Vamos a marcharnos de la ciudad..., todos.

Mi suposición respecto a que la reacción adulta al Efecto Junior era estereotipada se reveló como correcta. A fin de cuentas, ¿no éramos todos seres humanos, variando muy poco alrede¬dor de una norma? ¿No se podía esperar que reconociéramos la amenaza casi al mismo tiempo? ¿Que utilizáramos la intimi¬dación al mismo tiempo? ¿Que empezáramos a sospechar de los objetos sin identificar casi simultáneamente? ¿Y, por últi¬mo, que pensáramos en el soborno como contraarma en el espacio de unas cuantas horas?
En consecuencia, a media tarde el barrio comercial recor¬daba la víspera de Navidad. Padres tomados de las manos de sus hijos entrando y saliendo apresuradamente de las tiendas.
Risas y balones..., de todas las formas, colores y tamaños.
Manos diminutas jugueteando con bolsas de palomitas de maíz, empuñando cucuruchos de helado...
Vestidos y trajes domingueros infantiles manchados de chocolate...
Juegos, juguetes y artículos deportivos bajo unos brazos juveniles.
Enormes muñecas arrastradas descuidadamente por el pol¬vo de la acera...
Y padres luchando con bicicletas, y piscinas de plástico, y scooters, y automóviles y aeroplanos de juguete, e incluso trineos pintados de alegres colores.
Pero la risa y la alegría, aunque fueran falsas, eran lo más estimulante de aquel demencial día de otoño.
Fue una borrachera de compras sin precedente en la his¬toria: una locura que dejó limpias las estanterías de tiendas y almacenes, agotó las existencias de todas las bombonerías y pastelerías y llenó hasta los topes los cines, que previamen¬te se habían procurado películas de dibujos animados.
El delirio disminuyó y luchamos por abrirnos camino a tra¬vés de las atestadas aceras en dirección al lugar donde ha¬bíamos estacionado nuestro automóvil. Yo iba cargado con una bicicleta de veintiséis pulgadas, una muñeca parlante y otra que caminaba, una tienda de campaña de nueve pies, dos pares de patines y un microscopio.
Ellen llevaba un montón de paquetes, pero su rostro, por encima de ellos, mostraba una expresión esperanzada.
Wally y Baby Jean se dejaron caer en el asiento trasero con su botín, y emprendimos el camino de regreso. Mientras conducía, me permití a mí mismo la ilusoria creencia que todo aquello era un estupendo fraude: una conspiración juve¬nil universal destinada a adelantar las Navidades al mes de septiembre. Una explicación que hubiese sido acogida con entusiasmo..., a no ser por el pequeño detalle del hecho que Wash¬ington había admitido ya que existía una relación entre el Efecto Junior y los objetos sin identificar.
—¿Crees que enfermarán con todas esas porquerías en sus estómagos? —pregunté.
—Sería la única enfermedad que acogería con placer des¬de que nacieron —respondió Ellen.
Al cabo de un rato, Ellen señaló el montón de juguetes que habíamos comprado.
—¿Crees que servirá para algo, Frank? —me preguntó.
—Desde luego —la tranquilicé—. No puede fallar. Ellos les prometieron el oro y el moro. Naturalmente, no podíamos luchar contra esa clase de ataque con más promesas, sino con realidades concretas.
—¡Oh, Frank! —Ellen se agarró a mi brazo y apoyó la ca¬beza en mi hombro—. ¡Me siento tan aliviada!
Cuando llegamos a casa, después de habernos detenido a ce¬nar en un restaurante, era de noche. Durante largo rato con¬templamos a los niños entretenidos con sus juguetes, olvi¬dando lo cansados que estábamos.
—Ya es hora de acostarnos, niños —anunció finalmente Ellen.
—¡Oh, mamá! —suplicó Baby Jean—. ¿No podemos que¬darnos un poco más?
Ellen suspiró con resignación.
—Desde luego, queridos... Tanto como quieran.
—¿Hasta después de medianoche? —inquirió Wally en tono de duda.
—Hasta el amanecer, si quieren.
—¡Viva! —exclamó Baby Jean—. ¡Oh, mamá! ¿No podría¬mos hacer un árbol de Navidad? Parece que estamos en Na¬vidad...
—Desde luego, querida. Tendremos un árbol de Navidad.
Ellen me miró, sonriendo.
En las afueras de la ciudad había un bosquecillo donde podría encontrar algún vástago de pino adecuado para el caso. Y en el desván había adornos y papel de estaño...
Fui en busca de mi americana, mientras Ellen se arrodi¬llaba junto a los niños.
—Tendrán vuestro árbol de Navidad mañana por la ma¬ñana, y el domingo por la mañana, y el lunes por la maña¬na, y...
—¡Oh, no, mamá! —objetó Baby Jean.
Ellen se sobresaltó.
—¿Por qué no?
Wally contorneó el dibujo floral de la alfombra con la punta del pie.
—Porque el lunes no estaremos aquí.
No hace falta decir que el sábado por la mañana no hubo ningún árbol de Navidad.
Yo había salido de casa unas horas antes del amane¬cer, pero sólo para quedarme temblando en medio del frío aire nocturno y mirar con aprensión las formaciones de puntos verdes que cruzaban el cielo.
Los niños quedaron decepcionados por lo del árbol. Baby Jean se enfurruñó, y sorprendí varias veces a Wally mirán¬donos con silencioso reproche.
Ellen, enferma y completamente agotada, pasó la mayor parte de la mañana en la cama, llamando continuamente a los niños. La mayoría de las veces, los niños acudían a su lado. Supongo que prevalecía en ellos su básica bondad, a pesar de los lazos invisibles que desfiguraban su actitud y endu¬recían su conducta.
A media mañana, el comandante de las Fuerzas Aéreas apareció en la pantalla del televisor para explicar los prepa¬rativos que se estaban haciendo. Su rostro tenía una expre¬sión de cansancio, y llevaba un uniforme muy arrugado.
«Debido a la naturaleza de la emergencia —dijo—, las medidas de defensa han sido dejadas a discreción de cada uno de los Cuerpos de Ejército, con determinadas maniobras básicas a efectuar bajo la dirección del Estado Mayor Cen¬tral...»
En la calle se oyó un gran estrépito y me perdí parte del mensaje mientras me acercaba a la ventana a contemplar tres enormes cañones antiaéreos que estaban siendo empla¬zados en un solar.
«... Probablemente —estaba diciendo el general cuando regresé junto al televisor—, la estrategia del enemigo consis¬tirá en provocar una oleada de pánico..., un pánico que nos obligue a reunir a nuestros hijos en grupos compactos y en¬cerrarlos en edificios públicos, o escuelas, o cárceles... En realidad, a reunirlos de un modo conveniente para él.
»Pero no vamos a caer en la trampa. Por el contrario, nuestros hijos permanecerán tan dispersos como lo están ahora. Todas las armas y tropas disponibles están siendo con-centradas en los centros habitados, por si el enemigo se de¬cide a intentar el rapto a pesar de nuestra negativa a reunir en rebaño a sus víctimas.»
El general aceptó una taza de café de una mano que apa¬reció en un extremo de la pantalla. Se bebió el café de un trago y dejó la taza sobre su pupitre.
«No necesito subrayar —continuó— nuestra confianza en que todos los hombres tomarán parte en la defensa. Se su¬ministrarán armas a todos aquellos que no las posean de pro¬piedad personal.»
Luego miró fijamente hacia la cámara.
«Esto es la guerra —dijo, en tono sombrío—. Sólo se diferencia de la guerra en que tenemos la suerte de saber que el ataque se producirá el domingo por la tarde.»
Sonaron unos compases marciales, mientras en la pan¬talla aparecía un letrero que decía:
«Permanezcan a la escucha de los próximos boletines.»
Salí a la calle. Todos los vecinos estaban allí, a excepción de los niños, encerrados en las casas. Pero todo el mundo guardaba un extraño silencio.
Una escuadrilla de aviones a reacción cruzó por encima de nuestras cabezas; luego otra, seguida por una formación de transportes de tropas que descendió en dirección al aero¬puerto.
Una plataforma de lanzamiento de cohetes dirigidos sur¬gió desde una calle lateral y se estacionó en medio de la manza¬na. Tres helicópteros descendieron rápidamente a dos man¬zanas de distancia y empezaron a vomitar soldados de in¬fantería completamente equipados. Más lejos, se oía el rugido de los motores de los tanques.
Pero, como en burlona réplica, una flota de aeronaves enemigas se acercó procedente del sur y permaneció colgada muy alta sobre la ciudad, semejante a un ramo de hojas pla¬teadas centelleando a la luz del sol.
Una escuadrilla de aviones a reacción giró bruscamente y trepó, trepó, trepó..., hasta que también ellos se convirtieron en manchas diminutas. Y, sin embargo, no habían llegado ni con mucho a la altura de los treinta o cuarenta objetos. Las aeronaves desconocidas debían ser tan grandes como barcos de guerra.
Finalmente, los aviones se acercaron más y el enemigo se retiró. Un suspiro de alivio se elevó de la multitud.
Una mano tocó mi manga. Era Ellen. Me volví hacia ella. En sus ojos ya no había terror, sino una expresión mara¬villada.
—¡Están huyendo! —exclamó, mirando al cielo.
Y la confianza asomó a su pálido rostro cuando vio la pla¬taforma de lanzamiento de cohetes, y los cañones antiaé¬reos, y los tanques, y los soldados plantando sus tiendas en el solar.
—¡No conseguirán nada, Ellen! —exclamé, con repentino optimismo—. Es posible que se hubieran salido con la suya si hubiésemos caído en la trampa de reunir a los niños. Pero ahora tendrán que dispersarse para recogerlos. Y si aterrizan separadamente, acabaremos con ellos...

Aquella noche no nos acostamos, y el domingo amaneció claro y radiante. A las ocho nos bebimos nuestra última taza de café y Ellen dijo:
—Ya es hora de despertar a los niños y vestirlos para ir a la iglesia.
—No vamos a ir. La iglesia es un lugar de reunión. Esta¬remos más seguros aquí... Y, Ellen, procura conducirte del modo más normal posible delante de los niños. Sufrirán una terrible decepción cuando se den cuenta que no van a te¬ner todas las cosas que les habían prometido.
Ellen colocó sus manos sobre mis hombros.
—Lo intentaré, querido.
La besé cariñosamente. Luego llamé a los niños para el desayuno.
Cuando bajaron, sus rostros reflejaban una gran expec¬tación. Mientras comían, Ellen subió a vestirse. Me alegré del hecho que no pudiera oír la conversación de los niños: hubiera vuel¬to a sumirla en un estado de depresión.
—¿Tenemos que llevarnos algún vestido? —preguntó Baby Jean.
Wally se echó a reír.
—¿Eres tonta? ¿Con la de vestidos que tendremos allí? ¡Y un equipo de futbolista para mí!
—¡Oh, Wally! ¿Qué haremos cuando lleguemos allí?
—Supongo que ayudaremos a adornar el árbol para mañana.
—¿Y luego?
—Luego nos sentaremos delante de una gran fogata y nos contarán cuentos durante el resto de la noche.
Su conversación no reflejaba ningún cambio de planes por parte de ellos. Desalentado, salí a la calle y apoyé la escalera de mano contra la casa. Con unas tablas del garaje, cegué la ventana del cuarto de los niños.
Cuando terminé, Hank Collins me estaba imitando en la casa contigua. Luego resonó el martilleo en otra casa de la parte trasera, y en otra de la manzana siguiente. De pronto, el ruido de innumerables martillos hundiendo clavos en la madera repercutió a través de toda la ciudad, por otra parte silenciosa. Aquella apresurada preparación de santuarios fi-nales para los niños, ¿era acaso otra manifestación de con¬ducta reactiva en masa? ¿Una frenética medida que estaba siendo repetida en todo el país..., en todo el mundo?
El bebé de los Collins empezó a llorar lastimeramente detrás de la tapiada ventana mientras yo regresaba a la parte delantera de la casa.
Una compañía de soldados avanzaba por en medio de la calzada; al llegar a la esquina, se dispersó. Los soldados se infiltraron en la vecindad, ocupando posiciones en las calle¬jas, en los patios traseros y a lo largo de las aceras. Poco después se unió a ellos un grupo de marines.
El rugido de los aviones a reacción resonaba en el cielo maravillosamente tranquilo, en tanto que los cañones y las ametralladoras antiaéreas oscilaban a través de sus arcos, como guerreros flexionando sus músculos al despertar.
Pero el enemigo no daba señales de vida. ¿Se habría mar¬chado definitivamente? ¿Se habría dado cuenta que está¬bamos bien preparados para recibirle? ¿O se limitaba a revisar su estrategia, para contrarrestar nuestra descentralización de las defensas?
A mediodía tomamos un ligero refrigerio. Comprensible¬mente, Ellen se había olvidado de comprar el almuerzo del domingo. Los niños comieron en silencio.
Más tarde, mientras quitábamos la mesa, el bebé de los Collins empezó a llorar de nuevo; su llanto resonó sorpren¬dentemente claro en medio del anormal silencio de la ve-cindad.
—Me gustaría que se callara de una vez —exclamé, en tono irritado.
Ellen cerró nerviosamente los puños.
—A mí, no —dijo.
Tuve que admitir que tampoco yo lo deseaba; que anhe¬laba desesperadamente oír llorar al bebé todo aquel día y toda la noche siguiente.
—Bueno, niños —dije bruscamente—. Suban a vuestro cuarto.
—Pero, papá —protestó Baby Jean—, no podemos subir a nuestro cuarto..., precisamente ahora.
—¡Yo no subiré! —gritó Wally, y echó a correr hacia la puerta de la calle.
Pero yo le agarré por la muñeca, mientras Ellen se hacía cargo de Baby Jean. Medio a rastras, les subimos a su cuar¬to. Después de haber cerrado la puerta les oímos llorar largo rato, pero finalmente las notas de The Good Ship Lollipop ahogaron los últimos sollozos de Baby Jean.
—Tú quédate en casa —le dije a Ellen, mientras sacaba el rifle del arcón del vestíbulo.
En la acera, me acerqué a un soldado que empuñaba un fusil lanzagranadas. Los vecinos estaban frente a sus hogares, con aire vacilante: unos hombres serios y silencio-sos a los cuales conocía desde hacía años pero que ahora, en su preocupación por lo increíble, parecían unos desconocidos. Llevaban toda clase de armas: fusiles, rifles, pistolas, incluso cuchillos de cocina.
—¿No hay ninguna novedad? —le pregunté al soldado.
—Ninguna. —Miró hacia el cielo—. ¿Qué hora es?
—Acaban de dar las doce.
Hank Collins pasó junto a nosotros sin vernos y se enca¬minó hacia el lugar donde estaban emplazados los cañones antiaéreos.
Esperamos... Las doce y media. La una. La una y media. Las dos.

En aquel momento hicieron su aparición: un racimo de leves manchas plateadas procedentes del este. Tres escuadri¬llas de aviones a reacción se elevaron frenéticamente para interceptarlos. Los cañones antiaéreos, oscilaron ansiosamen¬te a través de sus arcos, esperando:
—¡Dios mío! —murmuré—. ¡Se han presentado, a pesar de todo!
—¡Pero no bajarán! —dijo el soldado. Luego añadió, en tono más dubitativo—: No creo que se atrevan a bajar.
Repentinamente, las naves enemigas empezaron a aumen¬tar de tamaño, dispersándose paulatinamente mientras des¬cendían.
Hank Collins profirió una maldición y agarró por el brazo a uno de los artilleros.
—¡Dispara de una vez! —gritó.
Un sargento de la unidad móvil de radar gritó algo acer¬ca de la altura excesiva y de cien mil pies.
Hank, exasperado, levantó su rifle. Disparó seis veces, y los cartuchos vacíos repiquetearon acompasadamente sobre el cemento. Hank volvió a cargar el rifle.
Ahora los objetos eran discos visibles, cubriendo la ciudad en una formación semejante al esqueleto de un paraguas, planeando, sin descender más. Conté más de treinta antes que las baterías antiaéreas abrieran fuego.
Las casas se estremecieron, los cristales de las ventanas se astillaron y el olor a pólvora quemada impregnó el aire mientras los enfurecidos cañones vomitaban su carga.
La plataforma de lanzamiento de cohetes estaba envuelta en una nube de humo acre.
Pero ninguno de los cohetes alcanzó su blanco.
Los aviones a reacción se acercaron más al enemigo y, con sorprendente brusquedad, el ataque terrestre quedó in¬terrumpido.
En el profundo silencio que siguió, el llanto del bebé de los Collins resonó extrañamente.
Los rastros grisáceos de los cohetes disparados desde los aviones hacia los objetos semejaban una miríada de hilos de araña brillando al sol. Pero ninguno de ellos hizo blanco, ya que las naves enemigas desaparecieron de repente..., disminu¬yendo de tamaño mientras se alejaban a una velocidad in¬creíble.
El bebé dejó de llorar.
—¡Están huyendo! —gritó un alegre coro de un millar de voces.
Pero un grito de mujer resonó en una casa situada al otro lado de la calle... Y luego otro más abajo. Después oí el ate¬rrorizado grito de Ellen.
Subí la escalera como un poseso, guiado por sus gritos.
Ellen estaba aporreando la puerta del cuarto de los niños.
—¡La llave, Frank! ¡Dame la llave!
Se la entregué, y Ellen abrió la puerta de par en par.
La habitación estaba vacía. Unas rayas de luz penetraban a través de la tapiada ventana.
El oso de felpa de Baby Jean aparecía tirado sobre la cama. La bicicleta nueva de Wally estaba apoyada contra la pared.
A pequeños saltos, la muñeca andadora caminaba a tra¬vés de la alfombra, moviendo la cabeza a uno y otro lado. La cuerda se terminó, y la muñeca se quedó parada delante de nosotros, mirándonos con aire lastimero, con los brazos ex¬tendidos en un gesto de súplica.
La aguja giraba incansablemente sobre el gastado disco:
«On the good ship Lollipop the good ship Lollipop the good ship Lolli...»

Han pasado casi quince años desde que los niños se mar¬charon. Lentamente, según nos dicen, las cosas están vol¬viendo a la normalidad. No pasará mucho tiempo sin que los efectos queden totalmente borrados: un par o tres de genera¬ciones, según los sociólogos.
La vida, desde luego, es distinta, y no tiene comparación con la de los años Cincuenta. En realidad, ahora, en los Se¬tenta, estamos tan lejos de los Cincuenta como los Cincuenta lo estaban de la Edad Media.
Los economistas explican el hecho en función del merca¬do del trabajo. Los niños que desaparecieron constituían ape¬nas una quinta parte de la población. En su calidad de niños, no ejercían ningún efecto sobre la economía.
Pero ahora ya no serían niños. Ahora constituirían el grupo de los quince a los treinta años, es decir, la tercera parte de la población productiva.
Desde luego, los salarios son elevados, porque la gente en condiciones de ganar dinero escasea. Pero..., bueno, un par de zapatos, por ejemplo, vale lo que un obrero de la cons¬trucción gana en una semana: cuatrocientos ochenta dólares. Los hacemos bastante bien, aunque utilizando arpillera. El truco consiste en no atarlos demasiado flojos ni demasiado fuertes al tobillo. Sin embargo, los zapatos no nos preocupan, puesto que nos vemos obligados a improvisar en casi todos los artículos de primera necesidad.
Y, ¡oh, sí!, los caballos han vuelto a hacerse populares.
Otras características de la existencia son menos agrada¬bles: la recluta para el trabajo, por ejemplo, y la prohibición federal de la jubilación excepto para los que se encuentran completamente incapacitados.
¿Qué hicimos después de la huida de nuestros hijos? Sen¬cillamente: tener más hijos. Aprisa. Era indispensable, si queríamos recuperarnos económicamente en un período pre¬visible. Y también era un bálsamo para la angustia general provocada por la desaparición de los niños.
Ellen y yo tuvimos otro niño y otra niña. El primero nació tres años después del de Efecto Junior. Llevados por el sentimentalismo, le bautizamos con el nombre de Wallace. A la niña le pusimos el nombre de Jean.
Y son tan parecidos a sus hermanos, que a veces llegamos a olvidarnos de los dos primeros.
Anoche, por ejemplo, Baby Jean (todavía la llamamos así, a pesar que ya tiene diez años) alzó la mirada del libro que estaba leyendo. Y la luz de la lámpara parpadeó de un modo extrañamente evocador en su delgado rostro.
—Papá —me preguntó, muy seria—, ¿nos echarán de menos a Wally y a mí?

 

Daniel F. Galouye

Cuentos fantásticos

Circe
Yo no sueño, Ulises: cuento: una brizna, las estrellas, el aroma del heno, la lluvia, los árboles. Y como no quiero repetir nada, a nadie le pido permanencia. La vida es como el agua: tócala con la mano abierta y la sentirás vivir, siempre igual en su fuga. Pero si aprietas la mano para cogerla, la pierdes. Mucha gente ha pasado, de muchas leyes y distintos países, por esta casa a orillas del mar. Y en cada uno la felicidad tenía un nombre diferente; pero se trataba siempre de alguna vieja y arrugada historia que llevaban a cuestas.
Agustí Bartra.


Llamada
El último hombre sobre la Tierra está sentado a solas en una habitación. Llaman a la puerta...
Fredric Brown.


Cuento de horror
La mujer que amé se ha convertido en un fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.
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Los fantasmas y yo
Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de un habitación a otra sin utilizar los medios comunes.
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Grandes minicuentos fantásticos. Selección de Benito Arias García.
Alfaguara, S.A., Colombia, 2005.

Novela de terror
-Vámonos ya. Los muertos nos esperan.
José Emilio Pacheco.


Insomnio
Vendrá esta noche, como todas las anteriores.
Trepará por la pared y se esconderá en el armario o debajo de la cama. Esperará la hora exacta, cuando relaje los músculos del cuello y entorne los párpados (...) He intentado convencerle de que estoy débil y ya no le sirvo; mis mejillas están muy pálidas.
Pero el vampiro no escucha y se ríe de mi crucifijo.
Juan Gracia Armendáriz.


Grandes minicuentos fantásticos. Selección de Benito Arias García.
Alfaguara, S.A., Colombia, 2005.