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Un asesino

Un asesino es siempre irreal en cuanto uno sabe que es un asesino. Hay gente que mata por odio, o miedo, o codicia. Están los asesinos astutos que planean y esperan salir bien parados. Están los asesinos violentos que no piensan en nada. Y están los asesinos enamorados de la muerte para quienes el asesinato es una clase de suicidio remoto.

 

Raymond Chandler.

El largo adiós.

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Todo depende

Cuando llegué a casa me preparé un trago bien fuerte, me paré al lado de la ventana abierta y lo fui tomando a sorbos, mientras escuchaba la oleada del tránsito del boulevard Laurel Canyon y contemplaba el resplandor de la gran ciudad inquieta, recostada en las colinas a través de las cuales había sido construido el boulevard. Muy lejos, el lamento ululante de los coches policiales o las sirenas de los bomberos se elevaban o decrecían, pero nunca quedaban completamente silenciosos por largo tiempo. Durante las veinticuatro horas del día hay alguien que corre y algún otro que trata de atraparlo. Ahí afuera, en la noche de miles de crímenes, la gente estaba muriendo o quedaba mutilada o herida o aplastada por las pesadas ruedas de los coches o con el volante de dirección incrustado en el pecho. La gente era golpeada, robada, estrangulada, violada y asesinada. La gente se sentía hambrienta, enferma, aburrida, desesperada en su soledad o por el remordimiento o el miedo, enojada, cruel, afiebrada, estremecida por sollozos. Una ciudad no peor que las otras, una ciudad rica, vigorosa y llena de orgullo, una ciudad perdida, golpeada y llena de vacuidad.

Todo depende de dónde uno está sentado y cuál sea su propio puntaje. Yo no tenía ninguno y no me importaba. Terminé la bebida y me fui a la cama.

Raymond Chandler

El largo adiós.

Joyce Lakeland

—Se llama Joyce Lakeland —me explicó el viejo Bob Maples, el sheriff—. Vive a unos siete u ocho kilómetros, en Derrick Road, justo al lado de la vieja granja de los Branch. Tiene una casita confortable allá arriba, detrás de las acacias.
 Creo que conozco el sitio —dije—. ¿Es una fulana, Bob?
 Bueno, es probable, aunque actúa muy discretamente. No ha hecho tonterías ni se lía con el primero que encuentra. Si no fuera por alguno de esos clérigos de la ciudad, no me preocuparía lo más mínimo por ella.
 Me pregunté si con ello no se la beneficiaría, pero me dije que no. Tal vez no tenía mucha cabeza, pero Bob Maples era un hombre recto.
 —Entonces, ¿qué hago con esa Joyce Lakeland? —le pregunté—. ¿Le digo que le largue una temporada o que no vuelva?
 —Bueeeno —se rascó la cabeza enfurruñado—. No sé, Lou. Pues... bueno, tú vas allí a verla, te haces una idea y decides tú mismo. Estoy seguro de que serás amable y educado con ella, como sabes serlo. Y lo estoy también de que si es preciso actuarás con firmeza. Ve a ver que opinas. Tienes mi apoyo, hagas lo que hagas.
 Me presenté allí hacia las diez de la mañana. Aparqué el coche en el patio dando la vuelta para salir con más facilidad. La placa oficial de la oficina del sheriff quedaba así oculta, pero no lo hice a propósito.
 Llegué al portal, llamé y retrocedí un poco, con el Stetson en la mano.
 Me sentía incómodo. No estaba seguro de saber qué decirle. Porque nosotros tal vez seamos anticuados, pero nuestras normas de conducta no son las mismas que las del Este o el Medio Oeste. Aquí todos dicen "si, señora" y "no, señora" a cualquier persona que lleve faldas; a cualquiera mientras sea blanca, se entiende. Aquí, si se pilla a un sujeto con los pantalones bajados, se le piden excusas... aunque inmediatamente después haya que detenerle. Aquí se es hombre, hombre y caballero, o no se es nada. Y al que no lo sea, que Dios le ampare.
 La puerta se entreabrió unos centímetros. Luego se abrió de par en par y la chica se quedó mirando.
 —¿Qué hay? —preguntó con frialdad.
 Llevaba los shorts de un pijama y un jersey de lana; su cabello oscuro estaba enredado como la cola de un borrego, y la cara sin maquillar aparecía abotargada por el sueño. Pero nada de eso importaba. No habría importado que saliese de una pocilga, con un saco de arpillera encima. Tenía todo lo que necesitaba. Bostezó sin cumplidos y volvió a preguntarme:
 —¿Qué hay?
 Pero yo seguía sin recuperar el habla. Creo que tenía la boca abierta como un aldeano. Eso ocurrió hace tres meses y no me había pasado desde quince años atrás. Cuando tenía catorce.
 La mujer medía como un metro sesenta, no debía pasar los cincuenta kilos, y el cuello y los tobillos parecían algo más flacos de la cuenta. Pero estaba muy bien. Perfectamente bien. El Señor había conseguido distribuir la carne allí donde realmente convenía.
 —¡Oh, Dios mío! —se echó a reír—. Pase. No acostumbro a recibir tan temprano, pero...
 Sujetó la tela metálica para que pudiera entrar y me hizo un gesto. Entré, y cerró la puerta echando el pestillo.
 —Lo siento, señora —dije— pero...
 —No, no se preocupe. Pero tendré que tomar primero un poco de café. Pase usted al fondo.
 En el extremo de un pequeño pasillo encontré la habitación. Me sentí incómodo mientras la oía poner el agua para el café. Me había comportado como un bobo. Con semejante comienzo, resultaría difícil mostrarme firme con ella, pero algo me decía que tendría que serlo. No sabía por qué, ni lo sé aún. Pero lo presentí desde el principio. Tenía que habérmelas con una mujercita que conseguía lo que deseaba, sin preocuparse por el precio.
 Bien, qué diablos, pensé; no era más que una impresión. Ella se había comportado con corrección, la casa era agradable. Decidí dejarle llevar la iniciativa, al menos por el momento. ¿Por qué no? Se me ocurrió echar un vistazo a los armarios, e inmediatamente supe por qué no. Imposible. El cajón superior de la cómoda estaba entreabierto, y el espejo ligeramente inclinado. Y una cosa son las fulanas y otra las fulanas que tienen revólver.
 Lo saqué del cajón, un 32 automático, cuando entró con la bandeja del café. Me echó una mirada fulminante y dejó bruscamente la bandeja sobre la mesa.
 —¿Qué está haciendo con eso? —saltó. Me desabroché la chaqueta y mostré la insignia.
 —Sheriff adjunto, señora. Y usted con eso, ¿qué hace?
 Se limitó a coger el bolso del armario, lo abrió y sacó una licencia. Había sido extendida en Fort Worth, pero era legal. Esos documentos suelen admitirse en cualquier ciudad.
 —¿Satisfecho, polizonte? —dijo.
 —Creo que está en regla, señorita —le contesté—. Pero no me llame polizonte, me llamo Ford.
 Le dirigí una sonrisa afectuosa, que no fue correspondida. Mi instinto no me había engañado. Un minuto antes parecía dispuesta a tendérseme en la cama, sin importarle lo más mínimo que yo no tuviese un centavo. Pero ahora su actitud era distinta, sin que le importara tampoco cómo habría conseguido vivir tanto tiempo.
 —¡Santo cielo! —se mofó la mujer—. El tío más guapo que he visto en mi vida, y resulta que es un asqueroso y entrometido polizonte. ¿Qué quiere? Yo no me acuesto con polis.
 Noté que me ponía colorado.
 —Señora, no es usted muy cortés. Sólo vine para charlar un rato —expliqué.
 —¡Estúpido bastardo! —chilló—. Te he preguntado qué quieres.
 —Ya que insiste, se lo diré. Quiero que se largue de Central City antes de que anochezca. Si la pillo por aquí más tarde la haré encerrar por prostitución.
 Me encasqueté el sombrero y me dirigí hacia la puerta. Se me plantó delante cerrándome el paso.
 —¡Miserable hijo de puta! Tú...
 —No me llame eso —dije—. No lo repita, señora, o...
 —Te lo he llamado y te lo volveré a llamar. Hijo de puta, bastardo, chulo...
 Traté de abrirme paso a la fuerza. Tenía que salir de allí. Sabía lo que ocurriría si no me iba inmediatamente, y no podía consentirlo. Era capaz de matarla. Podía volverme la enfermedad. Y aunque no sucediese una cosa ni otra, estaba perdido. Se iría de la lengua. Lo contaría a voces en todas partes. La gente empezaría a pensar, a pensar y a preguntarse qué fue lo que ocurrió quince años antes.
 Me abofeteó con tanta fuerza que los oídos me retumbaron, primero uno, luego el otro. Continuó pegándome una y otra vez. Se me cayó el sombrero. Al agacharme para recogerlo, me clavó la rodilla en el mentón. Me tambaleé sobre los talones y me encontré sentado en el suelo. Oí una risita malévola, seguida de otra más suave, a modo de excusa. Me dijo:
 —Caray, sheriff, yo no quería... yo... me sacó usted de quicio, y... yo...
 —Claro —sonreí. Empezaba a distinguir de nuevo los objetos y recuperar el habla—. Claro, señora. Lo comprendo. A mí también me pasa a veces. ¿Me ayuda a levantarme?
 —¿No... no me pegará?
 —¿Yo? ¡Oh! Por favor, señora...
 —No —exclamó casi defraudada—. Sé que no lo hará. Se le ve en seguida que tiene buen carácter.
 Se inclinó lentamente hacia mí y me tendió las manos.
 Me levanté de un salto. Asiéndole las muñecas con una mano empecé a golpearla con la otra. Casi perdió el conocimiento, pero yo no quería que se desmayase. Tenía que darse cuenta de lo que ocurría.
 —No, preciosa —le mostré toda mi dentadura—. No te voy a pegar. Sólo voy a arrancarte el culo a tiras.
 No era una bravata, lo dije en serio y casi lo cumplí.
 Tiré el jersey hacia arriba hasta cubrirle la cabeza y le hice un nudo. Luego la tumbé en la cama, le bajé los shorts de un tirón y le até los pies con ellos.
 Me desabroché el cinturón y lo balanceé sobre mi cabeza.
 No sé cuánto tiempo pasó hasta que me detuve, y recuperé el dominio de mí mismo. Sólo sé que el brazo me dolía terriblemente y que sus nalgas estaban en carne viva. Me sentía asustado hasta lo indecible, asustado casi hasta el punto de perder la cabeza.
 Le desaté los pies y le quité el jersey de la cara. Empapé una toalla en agua fría y se la apliqué. Le acerqué a los labios una taza de café. Y, mientras, le hablaba y hablaba sin parar, suplicándole que me perdonase, explicándole lo mucho que lo sentía.
 Me arrodillé junto a la cama, le pedí perdón una y otra vez. Al fin, sus párpados temblaron y se abrieron.
 —No... —musitó.
 —No —respondí—. No, señora. Le juro por Dios que jamás volveré...
 —Calla —me acarició los labios con los suyos—. No digas eso.
 Volvió a besarme. Empezó a desabrocharme la corbata, la camisa, desnudándome después de casi haberla desollado viva.

Jim Thompson.

El asesino dentro de mí.

La perfecta señorita

Theodora, o Thea como la llamaban, era la perfecta señorita desde que nació. Lo decían todos los que la habían visto desde los primeros meses de su vida, cuando la llevaban en un cochecito forrado de raso blanco. Dormía cuando debía dormir. Al despertar, sonreía a los extraños. Casi nunca mojaba los pañales. Fue facilísimo enseñarle las buenas costumbres higiénicas y aprendió a hablar extraordinariamente pronto. A continuación, aprendió a leer cuando apenas tenía dos años. Y siempre hizo gala de buenos modales. A los tres años empezó a hacer reverencias al ser presentada a la gente. Se lo enseñó su madre, naturalmente, pero Thea se desenvolvía en la etiqueta como un pato en el agua.

-Gracias, lo he pasado maravillosamente -decía con locuacidad, a los cuatro años, inclinándose en una reverencia de despedida al salir de una fiesta infantil. Volvía a su casa con su vestido almidonado tan impecable como cuando se lo puso. Cuidaba muchísimo su pelo y sus uñas. Nunca estaba sucia, y cuando veía a otros niños corriendo y jugando, haciendo flanes de barro, cayéndose y pelándose las rodillas, pensaba que eran completamente idiotas. Thea era hija única. Otras madres más ajetreadas, con dos o tres vástagos que cuidar, alababan la obediencia y la limpieza de Thea, y eso le encantaba. Thea se complacía también con las alabanzas de su propia madre. Ella y su madre se adoraban.

Entre los contemporáneos de Thea, las pandillas empezaban a los ocho, nueve o diez años, si se puede usar la palabra pandilla para el grupo informal que recorría la urbanización en patines o bicicleta. Era una típica urbanización de clase media. Pero si un niño no participaba en las partidas de «póquer loco» que tenían lugar en el garaje de algunos de los padres, o en las correrías sin destino por las calles residenciales, ese niño no contaba. Thea no contaba, por lo que respecta a la pandilla.

-No me importa nada, porque no quiero ser uno de ellos -les dijo a sus padres.

-Thea hace trampas en los juegos. Por eso no queremos que venga con nosotros -dijo un niño de diez años en una de las clases de Historia del padre de Thea.

El padre de Thea, Ted, enseñaba en una escuela de la zona. Hacía mucho tiempo que sospechaba la verdad, pero había mantenido la boca cerrada, confiando en que la cosa mejorara. Thea era un misterio para él. ¿Cómo era posible que él, un hombre tan normal y laborioso, hubiese engendrado una mujer hecha y derecha?

-Las niñas nacen mujeres -dijo Margot, la madre de Thea-. Los niños no nacen hombres. Tienen que aprender a serlo. Pero las niñas ya tienen un carácter de mujer.

-Pero eso no es tener carácter -dijo Ted-. Eso es ser intrigante. El carácter se forma con el tiempo. Como un árbol.

Margot sonrió, tolerante, y Ted tuvo la impresión de que hablaba como un hombre de la edad de piedra, mientras que su mujer y su hija vivían en la era supersónica.

Al parecer, el principal objetivo en la vida de Thea era hacer desgraciados a sus contemporáneos. Había contado una mentira sobre otra niña, en relación con un niño, y la chiquilla había llorado y casi tuvo una depresión nerviosa. Ted no podía recordar los detalles, aunque sí había comprendido la historia cuando la oyó por primera vez, resumida por Margot. Thea había logrado echarle toda la culpa a la otra niña. Maquiavelo no lo hubiera hecho mejor.

-Lo que pasa es que ella no es una sinvergüenza -dijo Margot-. Además, puede jugar con Craig, así que no está sola.

Craig tenía diez años y vivía tres casas más allá. Pero Ted no se dio cuenta al principio de que Craig estaba aislado, y por la misma razón. Una tarde, Ted observó cómo uno de los chicos de la urbanización hacía un gesto grosero, en ominoso silencio, al cruzarse con Craig por la acera.

-¡Gusano! -respondió Craig inmediatamente.

Luego echó a correr, por si el chico lo perseguía, pero el otro se limitó a volverse y decir:

-¡Eres un mierda, igual que Thea!

No era la primera vez que Ted oía tales palabras en boca de los chicos, pero tampoco las oía con frecuencia y quedó impresionado.

-Pero, ¿qué hacen solos, Thea y Craig? -le preguntó a su mujer.

-Oh, dan paseos. No sé -dijo Margot-. Supongo que Craig está enamorado de ella.

Ted ya lo había pensado. Thea poseía una belleza de cromo que le garantizaría el éxito entre los muchachos cuando llegara a la adolescencia y, naturalmente, estaba empezando antes de tiempo. Ted no tenía ningún temor de que hiciera nada indecente, porque pertenecía al tipo de las provocativas y básicamente puritanas.

A lo que se dedicaban Thea y Craig por entonces era a observar la excavación de un refugio subterráneo con túnel y dos chimeneas en un solar a una milla de distancia aproximadamente. Thea y Craig iban allí en bicicleta, se ocultaban detrás de unos arbustos cercanos y espiaban riéndose por lo bajo. Más o menos una docena de los miembros de la pandilla estaban trabajando como peones, sacando cubos de tierra, recogiendo leña y preparando patatas asadas con sal y mantequilla, punto culminante de todo esfuerzo, alrededor de las seis de la tarde. Thea y Craig tenían la intención de esperar hasta que la excavación y la decoración estuvieran terminadas y luego se proponían destruirlo todo.

Mientras tanto a Thea y a Craig se les ocurrió lo que ellos llamaban «un nuevo juego de pelota», que era su clave para decir una mala pasada. Enviaron una nota mecanografiada a la mayor bocazas de la escuela, Verónica, diciendo que una niña llamada Jennifer iba a dar una fiesta sorpresa por su cumpleaños en determinada fecha, y por favor, díselo a todo el mundo, pero no se lo digas a Jennifer. Supuestamente la carta era de la madre de Jennifer. Entonces Thea y Craig se escondieron detrás de los setos y observaron a sus compañeros del colegio presentándose en casa de Jennifer, algunos vestidos con sus mejores galas, casi todos llevando regalos, mientras Jennifer se sentía cada vez más violenta, de pie en la puerta de su casa, diciendo que ella no sabía nada de la fiesta. Como la familia de Jennifer tenía dinero, todos los chicos habían pensado pasar una tarde estupenda.

Cuando el túnel, la cueva, las chimeneas y las hornacinas para las velas estuvieron acabadas, Thea y Craig fingieron tener dolor de tripas un día, en sus respectivas casas, y no fueron al colegio. Por previo acuerdo se escaparon y se reunieron a las once de la mañana en sus bicicletas. Fueron al refugio y se pusieron a saltar al unísono sobre el techo del túnel hasta que se hundió. Entonces rompieron las chimeneas y esparcieron la leña tan cuidadosamente recogida. Incluso encontraron la reserva de patatas y sal y la tiraron en el bosque. Luego regresaron a casa en sus bicicletas.

Dos días más tarde, un jueves que era día de clases, Craig fue encontrado a las cinco de la tarde detrás de unos olmos en el jardín de los Knobel, muerto a puñaladas que le atravesaban la garganta y el corazón. También tenía feas heridas en la cabeza, como si lo hubiesen golpeado repetidamente con piedras ásperas. Las medidas de las puñaladas demostraron que se habían utilizado por lo menos siete cuchillos diferentes.

Ted se quedó profundamente impresionado. Para entonces ya se había enterado de lo del túnel y las chimeneas destruidas. Todo el mundo sabía que Thea y Craig habían faltado al colegio el martes en que había sido destrozado el túnel. Todo el mundo sabía que Thea y Craig estaban constantemente juntos. Ted temía por la vida de su hija. La policía no pudo acusar de la muerte de Craig a ninguno de los miembros de la pandilla, y tampoco podían juzgar por asesinato u homicidio a todo un grupo. La investigación se cerró con una advertencia a todos los padres de los niños del colegio.

-Sólo porque Craig y yo faltáramos al colegio ese mismo día no quiere decir que fuésemos juntos a romper ese estúpido túnel -le dijo Thea a una amiga de su madre, que era madre de uno de los miembros de la pandilla. Thea mentía como un consumado bribón. A un adulto le resultaba difícil desmentirla.

Así que para Thea la edad de las pandillas -a su modo- terminó con la muerte de Craig. Luego vinieron los novios y el coqueteo, oportunidades de traiciones y de intrigas, y un constante río, siempre cambiante, de jóvenes entre dieciséis y veinte años, algunos de los cuales no le duraron más de cinco días.

Dejemos a Thea a los quince años, sentada frente a un espejo, acicalándose. Se siente especialmente feliz esta noche porque su más próxima rival, una chica llamada Elizabeth, acaba de tener un accidente de coche y se ha roto la nariz y la mandíbula y sufre lesiones en un ojo, por lo que ya no volverá a ser la misma. Se acerca el verano, con todos esos bailes en las terrazas y fiestas en las piscinas. Incluso corre el rumor de que Elizabeth tendrá que ponerse la dentadura inferior postiza, de tantos dientes como se rompió, pero la lesión del ojo debe ser lo más visible. En cambio Thea escapará a todas las catástrofes. Hay una divinidad que protege a las perfectas señoritas como Thea.

Patricia Highsmith

Tomado de www.apocatastasis.com

El tratamiento del viejo poli

El tratamiento del viejo poli

...Lo abofeteè. Le dì el tratamiento habitual del viejo poli: una por ocupar mi tiempo, otra por no responder a  mis preguntas, la tercera porque no sabìa responderlas, una màs porque me dolìa la mano, otra por su cara de hijo de puta asquerosa chorreante de sangre. Y una docena de golpes bien dados por una cuestiòn de principios,

Sòlo un asesinato.

Jim Thompson.

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Un bello crimen

Un bello crimen

La gente comienza a darse cuenta que en la formación de un bello crimen toman parte algo más que dos imbéciles, uno que asesina y otro que es asesinado, un cuchillo, una bolsa y una callejuela oscura. Un designio, señores, la unión de las figuras, luz y sombra, poesía, sentimiento, se creen indispensables ahora para asuntos de esta naturaleza.

El asesinato como una de las bellas artes.

Thomas de Quincey.

Ariel universal,1975.

Un crimen

Un crimen

La polìcia considerò aquèl acto como criminal, dada la alevosìa y el furor manifestados en el ataque, que resultò mortal.

La parte acusadora hablò de premeditaciòn.

El abogado defensor obtuvo la opiniòn profesional de varios especialistas, quienes hablaron de un profundo malestar narcisista.

Sin embargo, el hecho irrefutable era que el acusado habìa atacado a uno de sus clones -conocidos en el mercado como "copias"-, destrozàndole la cara con las uñas...

Bufòn.

26-28--02-07

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Maigret

Maigret

Maigret tenìa necesidad de  los contactos que le procuraban sus investigaciones y  a menudo se le habìa reprochado no dirigirlas desde su despacho sino participar activamente en ellas, realizando tareas habitualmente reservadas a sus inspectores.

(...)

Tenìa necesidad de  escapar de su despacho, de respirar el aire del tiempo, de descubrir, a cada nueva encuesta, unos mundos diferentes. Tenìa necesidad de las tabernas donde tan a menudo debìa esperar, ante el mostrador, bebiendo una caña o un calvadòs, segùn las circunstancias.

Tenìa necesidad en su despacho, de luchar pacientemente con un sospechoso que no querìa soltar prenda y obtener a veces, despuès de unas horas, una dramàtica confesiòn.

George Simenon.

Maigret y monsieur  Charles.

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